CAPÍTULO
XX
Contiene lo que
me pasó en Angasmarca hasta que llegué al pueblo de
Guailas.
Al llegar a Angasmarca en la primer calle encontré con el indio
Alcalde que venía con dos Regidores, y los tres venían borrachos. A
lo que me vio, me agarró del freno de la mula, y me dijo
tartamudeando que no podía con la borrachera hacer más. Padre, en
mi casa te has de venir a apear. Yo bien lo rehusé, pero no hubo
remedio, y nos guió a su casa. Tenía buena casa, y él, no pudiendo,
quería hablar mucho como acostumbran los borrachos, y como no
acertaba, decíale su mujer: Quítate de aquí, y cállate la boca, que
estás borracho. La mujer me informó que el cura estaba fuera, y que
en su casa encontraría el Vicario. Ya que tuve mis trastes y mis
bestias acomodadas, fui a ver el Vicario, el cual me informó que el
cura era un francés muy bueno, y que estaba en Lima, porque los
indios le habían capitulado de que cuando bautizaba, al echar el
agua a la criatura, no le refregaba con los dedos como quien lava
aquella parte, y que ya presto volvería.
El Vicario me convidó a cenar, y con esto di orden a mi chapetón
de que del venado hiciese un salón, y así se hizo. Tenía el Vicario
un hermano recién casado, y aquella tarde vino con una bolita de
plata virgen de unas 4 onzas, y la iba a remitir al Corregidor de
Guaira para que le confiriese una mina que había encontrado, y la
quería cavar con su hermano. En el pueblo aquellos días habían
tenido grande fiesta, y habían puesto todo alrededor de la plaza
una toldería de cañas, todas cubiertas de hojas de rosas y
claveles, haciendo labores y realces con la diversidad de colores.
Estaba con tal simetría, delicadeza y hermosura, que pudiera lucir
en la mejor ciudad de Europa, y en cada esquina un arco todo de
flores, y un altar asimismo. Yo salí con el Vicario y lo rodeé todo
con admiración de que unos indios brutos compusieran obra tan
perfecta y delicada.
Allí me dio el Vicario noticia que vivía un mallorquín casado
con una limeña. Él había comprado al rey una gran porción de
tierra, y en ella tenía buenos potreros, y en ellos varias crías de
bestias y ganado, y lo pasaba muy bien. Yo lo fui a ver, y me dijo
que era natural de la ciudad y cerca la puerta de San Antonio. Yo
no hube conocido su familia ni él la mía. Había el cura agregado en
su casa uno, el cual me contó que en años anteriores había habido
en el pueblo un hacendado que tuvo una mina de plata muy pingüe, en
que en lugar de metal en grosura, daba la plata tan limpia virgen y
sin mezcla alguna, y que por su codicia lo castigó Dios derribando
el cerro de la mina, y abonándola con un gran chorro de agua, y que
sin embargo de ello un negro con una cuchara larga de fierro iba
por un agujero sacando mucha pella, esto es, plata molida como
arena. El amo lo llegó a saber, y se la quitó y el mismo día se
tapó el agujero.
En lo interim que cenábamos vinieron unos indios y trujeron una
partida de piñones negros y los midieron con una medida que el
Vicario tenía. Yo le pregunté qué cosa era aquello y para qué
servía. Él me dijo que era semilla de higuerilla, que en Mallorca
llaman camera, y que de ellos sacaban el aceite para la lámpara del
Santísimo, y que tenía doce mayordomos, y que cada uno había de dar
para ello cada año dos fanegas de aquellos piñones, y que así se
hacía por todas aquellas provincias. Estos piñones los he visto yo
dar para purga, no iguales o pares, sino nones, porque pares no
hacen efecto, y nones sí. Esta misma noche se buscó un peón
baqueano para que nos acompañase hasta Mato, pueblo de la provincia
de Guailas.
Ya que vino el día se volvió el baqueano de Guamachuco, y sin
que yo lo advirtiese me hurtó dos quesos que me había regalado el
Prefecto de Cajamarca. El Vicario me dijo: Padre misionero, el peón
que le acompañará se llevará otro hermano suyo; yo le estimaré que
en llegando a Guailas, interceda con el señor Teniente para que
recobre una yegua que allí le tiene hurtada. Yo le dije que le
haría el favor, averiguada la verdad.
Angasmarca tendrá 600 vecinos indios, y sólo mi paisano y su
mujer blancos, y el cura. El Vicario y su hermano eran mestizos.
Esta misma tarde llegó de Lima un clérigo a recoger el diezmo del
cabildo, y regó la voz que traía encargo de trocar en plata cuanto
oro en masa hallase, y a las diez de la noche ya había recogido
diez libras de oro, porque como allí hay también de oro minerales,
los indios a ratos se dedican a sacar, y acudieron a trocar cada
cual las bolitas de oro que tenía, y como se compra barato, llevado
a la Casa de la Moneda de Lima hay mucha ganancia.
Yo el otro día partí con el baqueano, y a la noche vinimos a
arranchar al pie de un páramo, ya tierra muy fría. Cuando amaneció
el día el toldo estuvo vestido de un cristal de hielo de más de un
palmo, que con piedras no lo podíamos apenas romper. Partimos
subiendo una cuesta, y ya empezamos a pisar hielo y nieve, y al
llegar arriba del páramo por aquellos penachos nevados empezamos a
ver correr manadas de guanacos, que salían relinchando. Yo pregunté
al indio si tenían dueño, y me dijo que eran del que los cogía, y
que para cogerlos armaban en el llano sus corrales de rejos, y que
iban a circuírlos unos a caballo y otros a pie hasta encorralarlos,
y después atados se los llevaban unos para comer, que su carne es
tan buena como la del carnero, y otros los amansaban para trasponer
los metales de las minas que ellos cargan hasta 4 y 5
arrobas.
A la tarde vinimos a arranchar a la bajada de una ensenada que
forman dos cerros ya a la salida del páramo, clima ya algo
templado. Antes de anochecer nos alcanzó el hermano del peón, y
según su relación conocí que tenía razón en el cuento de la yegua
hurtada. Al otro día volvimos a partir y a cosa de dos leguas de
bajada tendida, llegamos al pueblo principal de la provincia de
Angasmarca en donde asiste el Corregidor. El nombre se me ha
olvidado. Es clima ya caliente y tendrá 1.500 vecinos, los más
mestizos, pocos blancos y algunos indios, mulatos y negros.
Nosotros pasamos de largo y a la tarde ya el clima era muy
caliente. Llegamos a bajar por el lomo de un cerro todo de greda
blanca, tan pendiente, que por poco que esté lloviendo, ni se puede
bajar ni subir. El camino ni tiene ni puede tener más de media vara
de ancho con precipicio inevitable de cada lado. Cuando yo de
improviso me vi en este paraje sin poder retroceder, sin poderme
apear ni siquiera por las nalgas de la mula, y las bestias todas
con las orejas paradas y temblándoles las piernas de miedo, me
hallé bastante afligido, y esta bajada tan pendiente tiene dos
leguas de largo y sólo dos palmos de ancho.
Ya que llegamos abajo había un río no muy grande, pero tiene su
puente de palos, porque no se puede vadear, porque está lleno de
piedras grandes y redondas, y no hay cómo puedan las bestias
asentar las patas. En la otra banda nos arranchamos, y por falta de
pasto hubieran las mulas de comer hojas de caña. Ya al otro día
volvimos a partir subiendo una cuesta tendida de cosa de una legua
en que hay varias familias de mestizos, y ya puestos arriba, siendo
a mediados de enero estaban segando mieses de trigo muy bueno. Era
ya aquí clima templado, y a la tarde venimos a arranchar en un
llanito de gramadal al lado de la casa de una india vieja. A poco
rato sobrevino ella, y empezó de regañar, porque no quería que las
bestias se comiesen la grama que ella guardaba para su caballo y
gallinas, pero como no había más pasto que aquél, yo le quité el
enojo, comprándole un pollo de que cenamos aquella
noche.
Esto ya pertenecía a la provincia de Guailas, y aquella noche me
contó la india que aquellos días anteriores había el señor Teniente
ahorcado en Guailas cinco indios y dos indias, madre e hija, porque
las dos habían dado veneno al marido de la hija, y los indios
habían hecho tres muertes y que los habían descuarterado y
repartido por los caminos los cuartos, puestos en piras. Partimos
al otro día y a cosa de una legua ya encontramos en una pira un
cuarto. A poco rato hallamos una casa de indios y les compré medio
real de plátanos guineos maduros, y los comimos en el camino. A la
tarde llegamos a arranchar al pueblo de Guailas. Se le compró al
indio casero hoja seca de maíz para las bestias y una oveja madre
gorda. En ninguna parte he visto cerdos más grandes ni altos que en
este pueblo, y a su pareja era el ganado ovejuno. Él me la dio en
cuatro reales y yo la compré más por el pellejo que por la carne,
porque la lana pasaba de cuarta y media, y yo tendido no llegaba de
canto a canto. Estiróse el cuero, y con ceniza se curtió, y aquella
noche dormí en él.
Esta misma tarde llegó un cura y otro clérigo que iban para
Lima. El indio baqueano me dijo que de aquí se quería volver porque
hasta Guailas sólo venía alquilado. Yo al instante conocí que él lo
que pretendía era que le añadiese dos reales más para acompañarme
hasta Mato, en donde estaba el Teniente con quien había yo de
solicitar que recobrasen la yegua, y así les dije que si querían
que se volviesen en queriendo. Ellos entonces condescendieron en
acompañarme hasta Mato. El otro día era día de precepto, y con
licencia del cura fui a decir misa, y dadas gracias fui con estos
dos sacerdotes pasajeros a la plaza en donde había siete piras, y
en ellas las siete cabezas clavadas. Ya después de almorzar
partimos para Matos, que sólo dista tres leguas. Guailas es pueblo
de indios y mestizos. Su clima caliente. Tendrá 900
familias.
A cosa de media legua encontré estos dos sacerdotes que se
revolvían por haber hallado en un propio orden contraria. Nosotros
proseguimos y al cabo de un rato hallé un cuye casero. Lo hice
coger al peón, pero a breve rato lo largó diciéndome que no lo
quería llevar, porque tal vez alguien se habría limpiado con él.
Esta es una vana observancia que hay entre los indios, que en
sospechando que alguien les ha hecho daño, o que les ha dado algún
mal aire o calentura contagiosa, toman estos animales y se los
refriegan por todo el cuerpo, y creen que con sola esta diligencia
quedan libres, y si alguien llega a comer estos animales con que
ellos se limpiaron, dicen que los tales quedan infectos del daño
que ellos habían de padecer.
A la tarde temprano llegamos a Mato. Es pueblo de indios y
mestizos, clima caliente y tendrá 600 vecinos. El Teniente que era
un gallego honrado y muy rico llamado don Jacobo Blanco, al
instante me vino a ver y me llevó a su casa a tomar mate. Yo le
comuniqué el pedido del indio, y al instante lo mandó llamar, e
informado, mandó venir al que le había perdido la yegua y le hizo
dar un potro por ella. Allí cené con él y después me fui a acostar,
y como ya era tarde, me eché en la cama sin acatar con el pellejo
de la oveja. Cerca las dos de la madrugada vino el peón y me dijo
Padre, ya yo me quiero ir, y mi hermano se fue con el potro. Yo le
dije: Aguárdate. Me levanté, y al tiempo tomé un cuchillo, y corté
una pierna de carne y dos panes, y se lo di para que comiesen en el
camino. Ya que vino el día fui en un cuarto en donde se habían
puesto mis trastes y me hubo hurtado dos quesos, el pellejo de la
oveja y una cargadera. A mí me dio bastante cólera de ver la
ingratitud y dije: Esta es la paga de haberle hecho recobrar la
yegua.
Estando cargando para partir, pasó el Teniente y me dijo:
Padre vámonos ya. Yo le dije: Váyase usted, que yo poco a poco iré,
porque yo no puedo con mis cargas seguir su paso. Estaba allí
cargando un indio que por mano del Alcalde había alquilado. Fuese
el Teniente con dos que lo acompañaban, y nosotros a breve rato
partimos. A cosa de media legua me dijo el peón: Padre, camina
entretanto que yo entro al monte a una necesidad. Él se fue, y se
resolvió al pueblo. Era el clima muy caliente, y yo, por ir a
atajar las bestias, se me fueron del camino a un cañaveral de caña
dulce, me extravié dentro de un pedazo de monte, y con la fatiga
del calor iba algo colérico, porque el peón no parecía, y al pasar
por bajo las ramas de un árbol me cayó el sombrero dentro de una
quebrada precipitada, y por presto que me apeé, ya el sombrero
estaba muy lejos, y conociendo que ya era imposible alcanzarlo, lo
dejé, y a pie arreé las bestias al camino, y al cogerlo me hallé
solo bajo una pira con un cuarto de un ahorcado, y me dio bastante
miedo, y al cabo de rato apareció mi chapetón con un pasajero que
me dio noticia que mi peón se iba huyendo para su pueblo, con cuya
noticia me acabé de airar.
A la tarde llegamos al pueblo de Caras. Es pueblo de indios y
algunos mestizos. Tendrá 600 familias. A mí me endilgaron a una
tienda que estaba vacía. Hubo de ser de una mestiza que había sido
casada con un mallorquín, y ya difunto volvió a casar con un
mestizo. Ya que se compusieron mis trastes y las bestias en el
patio de la casa, y se les dio alfalfa, les di carne para la cena,
y me fui a ver al cura. Allí hallé al señor Teniente que estaba
tomando mate. El cura era hombre muy fantástico, y me enseñó seis
docenas de platos de plata sacados de vaciado que acababa de mandar
labrar y para el uso de calentar el agua para tomar mate, tenía un
instrumento que formaba unas andas con cuatro ruedas. Las andas
sostenían una copa para la candela, y en ella una olleta con su
pico arqueado de forma, que con sólo el vaho que exhalaba por el
pico, soplaba la candela, y así siempre se mantenía al agua
caliente. Todo este artificio era de plata. Alhaja verdaderamente
digna de un gran caballero, y que pudiera adornar el aparador de un
gran palacio.
Preguntóme el Teniente cómo me había ido en el viaje. Yo le
conté lo que me había sucedido. Al instante llamó el Alcalde, y le
dio orden que mandase a Mato un Regidor y que trujese preso al peón
que me había de acompañar. Al otro día de mañana ya lo tuvieron en
Caras preso en la cárcel. Él alegaba que yo no le había pagado. Fui
allá con el Teniente y le dije: Dime, indio, ¿yo delante de tu
Alcalde no te dio los dos reales? Él respondió: Sí, mi amo. Cátalos
aquí. Y los tomé. Entonces díjole el Teniente: Ahora le pagarás al
Padre el sombrero que perdió por tu culpa. Y le hizo largar cuatro
pesos con que se compró un sombrero nuevo, y después de quince días
de cárcel, lo mandó a un obraje preso por seis meses a ración y sin
salario. Yo intercedí por él, y me prometió el Teniente que a los
quince días lo libraría, pero que era menester portarse con este
rigor, para que en adelante no volviese a suceder caso semejante
con otro, y tenía razón.
El Padre cura me convidó a cenar, y me detuve un día, y el otro
partí tras del Teniente, pero ya en casa, la mestiza con dos
hermanas que tenía y dos indias criadas y mi chapetón, se había
acabado la oveja y hube de comer venado salado hasta llegar a
Guailas. A cosa de una legua de camino ya es clima frío, y a la
tarde llegamos a arranchar en un pueblo que no sé cómo se llama. Es
pueblo de blancos, mestizos, indios negros y mulatos. Puede tener
1.500 vecinos, y es el pueblo que tiene más comercio de ropa de
España de toda la provincia de Guailas. El otro día volvimos a
partir, y a la tarde venimos a arranchar a otro pueblo como el
pasado, sólo que no tiene tanto comercio. Tampoco sé cómo se llama,
y el clima ya es más frío. El otro día dimos otra jornada, y a la
tarde llegamos a Guailas.