INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO XX


 
Contiene lo que me pasó en Angasmarca hasta que llegué al pueblo de Guailas.


 

Al llegar a Angasmarca en la primer calle encontré con el indio Alcalde que venía con dos Regidores, y los tres venían borrachos. A lo que me vio, me agarró del freno de la mula, y me dijo tartamudeando que no podía con la borrachera hacer más. Padre, en mi casa te has de venir a apear. Yo bien lo rehusé, pero no hubo remedio, y nos guió a su casa. Tenía buena casa, y él, no pudiendo, quería hablar mucho como acostumbran los borrachos, y como no acertaba, decíale su mujer: Quítate de aquí, y cállate la boca, que estás borracho. La mujer me informó que el cura estaba fuera, y que en su casa encontraría el Vicario. Ya que tuve mis trastes y mis bestias acomodadas, fui a ver el Vicario, el cual me informó que el cura era un francés muy bueno, y que estaba en Lima, porque los indios le habían capitulado de que cuando bautizaba, al echar el agua a la criatura, no le refregaba con los dedos como quien lava aquella parte, y que ya presto volvería.

El Vicario me convidó a cenar, y con esto di orden a mi chapetón de que del venado hiciese un salón, y así se hizo. Tenía el Vicario un hermano recién casado, y aquella tarde vino con una bolita de plata virgen de unas 4 onzas, y la iba a remitir al Corregidor de Guaira para que le confiriese una mina que había encontrado, y la quería cavar con su hermano. En el pueblo aquellos días habían tenido grande fiesta, y habían puesto todo alrededor de la plaza una toldería de cañas, todas cubiertas de hojas de rosas y claveles, haciendo labores y realces con la diversidad de colores. Estaba con tal simetría, delicadeza y hermosura, que pudiera lucir en la mejor ciudad de Europa, y en cada esquina un arco todo de flores, y un altar asimismo. Yo salí con el Vicario y lo rodeé todo con admiración de que unos indios brutos compusieran obra tan perfecta y delicada.

Allí me dio el Vicario noticia que vivía un mallorquín casado con una limeña. Él había comprado al rey una gran porción de tierra, y en ella tenía buenos potreros, y en ellos varias crías de bestias y ganado, y lo pasaba muy bien. Yo lo fui a ver, y me dijo que era natural de la ciudad y cerca la puerta de San Antonio. Yo no hube conocido su familia ni él la mía. Había el cura agregado en su casa uno, el cual me contó que en años anteriores había habido en el pueblo un hacendado que tuvo una mina de plata muy pingüe, en que en lugar de metal en grosura, daba la plata tan limpia virgen y sin mezcla alguna, y que por su codicia lo castigó Dios derribando el cerro de la mina, y abonándola con un gran chorro de agua, y que sin embargo de ello un negro con una cuchara larga de fierro iba por un agujero sacando mucha pella, esto es, plata molida como arena. El amo lo llegó a saber, y se la quitó y el mismo día se tapó el agujero.

En lo interim que cenábamos vinieron unos indios y trujeron una partida de piñones negros y los midieron con una medida que el Vicario tenía. Yo le pregunté qué cosa era aquello y para qué servía. Él me dijo que era semilla de higuerilla, que en Mallorca llaman camera, y que de ellos sacaban el aceite para la lámpara del Santísimo, y que tenía doce mayordomos, y que cada uno había de dar para ello cada año dos fanegas de aquellos piñones, y que así se hacía por todas aquellas provincias. Estos piñones los he visto yo dar para purga, no iguales o pares, sino nones, porque pares no hacen efecto, y nones sí. Esta misma noche se buscó un peón baqueano para que nos acompañase hasta Mato, pueblo de la provincia de Guailas.

Ya que vino el día se volvió el baqueano de Guamachuco, y sin que yo lo advirtiese me hurtó dos quesos que me había regalado el Prefecto de Cajamarca. El Vicario me dijo: Padre misionero, el peón que le acompañará se llevará otro hermano suyo; yo le estimaré que en llegando a Guailas, interceda con el señor Teniente para que recobre una yegua que allí le tiene hurtada. Yo le dije que le haría el favor, averiguada la verdad.

Angasmarca tendrá 600 vecinos indios, y sólo mi paisano y su mujer blancos, y el cura. El Vicario y su hermano eran mestizos. Esta misma tarde llegó de Lima un clérigo a recoger el diezmo del cabildo, y regó la voz que traía encargo de trocar en plata cuanto oro en masa hallase, y a las diez de la noche ya había recogido diez libras de oro, porque como allí hay también de oro minerales, los indios a ratos se dedican a sacar, y acudieron a trocar cada cual las bolitas de oro que tenía, y como se compra barato, llevado a la Casa de la Moneda de Lima hay mucha ganancia.

Yo el otro día partí con el baqueano, y a la noche vinimos a arranchar al pie de un páramo, ya tierra muy fría. Cuando amaneció el día el toldo estuvo vestido de un cristal de hielo de más de un palmo, que con piedras no lo podíamos apenas romper. Partimos subiendo una cuesta, y ya empezamos a pisar hielo y nieve, y al llegar arriba del páramo por aquellos penachos nevados empezamos a ver correr manadas de guanacos, que salían relinchando. Yo pregunté al indio si tenían dueño, y me dijo que eran del que los cogía, y que para cogerlos armaban en el llano sus corrales de rejos, y que iban a circuírlos unos a caballo y otros a pie hasta encorralarlos, y después atados se los llevaban unos para comer, que su carne es tan buena como la del carnero, y otros los amansaban para trasponer los metales de las minas que ellos cargan hasta 4 y 5 arrobas.

A la tarde vinimos a arranchar a la bajada de una ensenada que forman dos cerros ya a la salida del páramo, clima ya algo templado. Antes de anochecer nos alcanzó el hermano del peón, y según su relación conocí que tenía razón en el cuento de la yegua hurtada. Al otro día volvimos a partir y a cosa de dos leguas de bajada tendida, llegamos al pueblo principal de la provincia de Angasmarca en donde asiste el Corregidor. El nombre se me ha olvidado. Es clima ya caliente y tendrá 1.500 vecinos, los más mestizos, pocos blancos y algunos indios, mulatos y negros. Nosotros pasamos de largo y a la tarde ya el clima era muy caliente. Llegamos a bajar por el lomo de un cerro todo de greda blanca, tan pendiente, que por poco que esté lloviendo, ni se puede bajar ni subir. El camino ni tiene ni puede tener más de media vara de ancho con precipicio inevitable de cada lado. Cuando yo de improviso me vi en este paraje sin poder retroceder, sin poderme apear ni siquiera por las nalgas de la mula, y las bestias todas con las orejas paradas y temblándoles las piernas de miedo, me hallé bastante afligido, y esta bajada tan pendiente tiene dos leguas de largo y sólo dos palmos de ancho.

Ya que llegamos abajo había un río no muy grande, pero tiene su puente de palos, porque no se puede vadear, porque está lleno de piedras grandes y redondas, y no hay cómo puedan las bestias asentar las patas. En la otra banda nos arranchamos, y por falta de pasto hubieran las mulas de comer hojas de caña. Ya al otro día volvimos a partir subiendo una cuesta tendida de cosa de una legua en que hay varias familias de mestizos, y ya puestos arriba, siendo a mediados de enero estaban segando mieses de trigo muy bueno. Era ya aquí clima templado, y a la tarde venimos a arranchar en un llanito de gramadal al lado de la casa de una india vieja. A poco rato sobrevino ella, y empezó de regañar, porque no quería que las bestias se comiesen la grama que ella guardaba para su caballo y gallinas, pero como no había más pasto que aquél, yo le quité el enojo, comprándole un pollo de que cenamos aquella noche.

Esto ya pertenecía a la provincia de Guailas, y aquella noche me contó la india que aquellos días anteriores había el señor Teniente ahorcado en Guailas cinco indios y dos indias, madre e hija, porque las dos habían dado veneno al marido de la hija, y los indios habían hecho tres muertes y que los habían descuarterado y repartido por los caminos los cuartos, puestos en piras. Partimos al otro día y a cosa de una legua ya encontramos en una pira un cuarto. A poco rato hallamos una casa de indios y les compré medio real de plátanos guineos maduros, y los comimos en el camino. A la tarde llegamos a arranchar al pueblo de Guailas. Se le compró al indio casero hoja seca de maíz para las bestias y una oveja madre gorda. En ninguna parte he visto cerdos más grandes ni altos que en este pueblo, y a su pareja era el ganado ovejuno. Él me la dio en cuatro reales y yo la compré más por el pellejo que por la carne, porque la lana pasaba de cuarta y media, y yo tendido no llegaba de canto a canto. Estiróse el cuero, y con ceniza se curtió, y aquella noche dormí en él.

Esta misma tarde llegó un cura y otro clérigo que iban para Lima. El indio baqueano me dijo que de aquí se quería volver porque hasta Guailas sólo venía alquilado. Yo al instante conocí que él lo que pretendía era que le añadiese dos reales más para acompañarme hasta Mato, en donde estaba el Teniente con quien había yo de solicitar que recobrasen la yegua, y así les dije que si querían que se volviesen en queriendo. Ellos entonces condescendieron en acompañarme hasta Mato. El otro día era día de precepto, y con licencia del cura fui a decir misa, y dadas gracias fui con estos dos sacerdotes pasajeros a la plaza en donde había siete piras, y en ellas las siete cabezas clavadas. Ya después de almorzar partimos para Matos, que sólo dista tres leguas. Guailas es pueblo de indios y mestizos. Su clima caliente. Tendrá 900 familias.

A cosa de media legua encontré estos dos sacerdotes que se revolvían por haber hallado en un propio orden contraria. Nosotros proseguimos y al cabo de un rato hallé un cuye casero. Lo hice coger al peón, pero a breve rato lo largó diciéndome que no lo quería llevar, porque tal vez alguien se habría limpiado con él. Esta es una vana observancia que hay entre los indios, que en sospechando que alguien les ha hecho daño, o que les ha dado algún mal aire o calentura contagiosa, toman estos animales y se los refriegan por todo el cuerpo, y creen que con sola esta diligencia quedan libres, y si alguien llega a comer estos animales con que ellos se limpiaron, dicen que los tales quedan infectos del daño que ellos habían de padecer.

A la tarde temprano llegamos a Mato. Es pueblo de indios y mestizos, clima caliente y tendrá 600 vecinos. El Teniente que era un gallego honrado y muy rico llamado don Jacobo Blanco, al instante me vino a ver y me llevó a su casa a tomar mate. Yo le comuniqué el pedido del indio, y al instante lo mandó llamar, e informado, mandó venir al que le había perdido la yegua y le hizo dar un potro por ella. Allí cené con él y después me fui a acostar, y como ya era tarde, me eché en la cama sin acatar con el pellejo de la oveja. Cerca las dos de la madrugada vino el peón y me dijo Padre, ya yo me quiero ir, y mi hermano se fue con el potro. Yo le dije: Aguárdate. Me levanté, y al tiempo tomé un cuchillo, y corté una pierna de carne y dos panes, y se lo di para que comiesen en el camino. Ya que vino el día fui en un cuarto en donde se habían puesto mis trastes y me hubo hurtado dos quesos, el pellejo de la oveja y una cargadera. A mí me dio bastante cólera de ver la ingratitud y dije: Esta es la paga de haberle hecho recobrar la yegua.

Estando cargando para partir, pasó el Teniente y me dijo: Padre vámonos ya. Yo le dije: Váyase usted, que yo poco a poco iré, porque yo no puedo con mis cargas seguir su paso. Estaba allí cargando un indio que por mano del Alcalde había alquilado. Fuese el Teniente con dos que lo acompañaban, y nosotros a breve rato partimos. A cosa de media legua me dijo el peón: Padre, camina entretanto que yo entro al monte a una necesidad. Él se fue, y se resolvió al pueblo. Era el clima muy caliente, y yo, por ir a atajar las bestias, se me fueron del camino a un cañaveral de caña dulce, me extravié dentro de un pedazo de monte, y con la fatiga del calor iba algo colérico, porque el peón no parecía, y al pasar por bajo las ramas de un árbol me cayó el sombrero dentro de una quebrada precipitada, y por presto que me apeé, ya el sombrero estaba muy lejos, y conociendo que ya era imposible alcanzarlo, lo dejé, y a pie arreé las bestias al camino, y al cogerlo me hallé solo bajo una pira con un cuarto de un ahorcado, y me dio bastante miedo, y al cabo de rato apareció mi chapetón con un pasajero que me dio noticia que mi peón se iba huyendo para su pueblo, con cuya noticia me acabé de airar.

A la tarde llegamos al pueblo de Caras. Es pueblo de indios y algunos mestizos. Tendrá 600 familias. A mí me endilgaron a una tienda que estaba vacía. Hubo de ser de una mestiza que había sido casada con un mallorquín, y ya difunto volvió a casar con un mestizo. Ya que se compusieron mis trastes y las bestias en el patio de la casa, y se les dio alfalfa, les di carne para la cena, y me fui a ver al cura. Allí hallé al señor Teniente que estaba tomando mate. El cura era hombre muy fantástico, y me enseñó seis docenas de platos de plata sacados de vaciado que acababa de mandar labrar y para el uso de calentar el agua para tomar mate, tenía un instrumento que formaba unas andas con cuatro ruedas. Las andas sostenían una copa para la candela, y en ella una olleta con su pico arqueado de forma, que con sólo el vaho que exhalaba por el pico, soplaba la candela, y así siempre se mantenía al agua caliente. Todo este artificio era de plata. Alhaja verdaderamente digna de un gran caballero, y que pudiera adornar el aparador de un gran palacio.

Preguntóme el Teniente cómo me había ido en el viaje. Yo le conté lo que me había sucedido. Al instante llamó el Alcalde, y le dio orden que mandase a Mato un Regidor y que trujese preso al peón que me había de acompañar. Al otro día de mañana ya lo tuvieron en Caras preso en la cárcel. Él alegaba que yo no le había pagado. Fui allá con el Teniente y le dije: Dime, indio, ¿yo delante de tu Alcalde no te dio los dos reales? Él respondió: Sí, mi amo. Cátalos aquí. Y los tomé. Entonces díjole el Teniente: Ahora le pagarás al Padre el sombrero que perdió por tu culpa. Y le hizo largar cuatro pesos con que se compró un sombrero nuevo, y después de quince días de cárcel, lo mandó a un obraje preso por seis meses a ración y sin salario. Yo intercedí por él, y me prometió el Teniente que a los quince días lo libraría, pero que era menester portarse con este rigor, para que en adelante no volviese a suceder caso semejante con otro, y tenía razón.

El Padre cura me convidó a cenar, y me detuve un día, y el otro partí tras del Teniente, pero ya en casa, la mestiza con dos hermanas que tenía y dos indias criadas y mi chapetón, se había acabado la oveja y hube de comer venado salado hasta llegar a Guailas. A cosa de una legua de camino ya es clima frío, y a la tarde llegamos a arranchar en un pueblo que no sé cómo se llama. Es pueblo de blancos, mestizos, indios negros y mulatos. Puede tener 1.500 vecinos, y es el pueblo que tiene más comercio de ropa de España de toda la provincia de Guailas. El otro día volvimos a partir, y a la tarde venimos a arranchar a otro pueblo como el pasado, sólo que no tiene tanto comercio. Tampoco sé cómo se llama, y el clima ya es más frío. El otro día dimos otra jornada, y a la tarde llegamos a Guailas.

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