CAPÍTULO
XIX
Contiene lo que
me pasó en Cajamarca hasta que llegué al pueblo de
Angasmarca.
Cosa de una media hora antes de llegar a Cajamarca nos cogió un
aguacero diforme, y nos duró hasta después de haber llegado al
convento de nuestra Recolección, en donde me fui a apear, en donde
me recibió el Guardián con mucho agasajo. Yo conté a los Padres lo
que nos había pasado en el camino, y al instante vinieron en
conocimiento de quiénes eran los dos salteadores, y me contaron que
habían hecho varios hurtos, y que habían maltratado también a
algunos pasajeros y a uno lo mataron; y que habiéndolos preso la
justicia, una noche escalaron con otros la cárcel y se fueron a
refugiar a la parroquia de San José, en donde una noche hurtando la
iglesia, se volvieron a huir, y andaban por aquellas serranías
cometiendo insultos.
Cajamarca es el pedazo de tierra más fecundo de cuanto en el
mundo Dios ha criado. El clima más benigno de cuanto he andado,
porque todo el año, estando siempre en equinoccio es una continua
primavera. Está la ciudad una parte al pie de un cerro de cantería
que llaman Santa Lucía, y lo demás está llano, fundada en una pampa
de tres leguas y muy amena. Este llano está lleno de huertas de
varias frutas, especialmente manzanas, duraznos, chirimoyas,
ciruelas indianas y muchos árboles de capulíes. El capulí es árbol
grande y coposo, y carga mucha fruta, que es algo parecida a la
cereza, y en su tiempo va tan barata esta fruta, que en la plaza
dan más de un almud por medio real.
A cosa de una legua de la ciudad hay unos baños de agua fría y
caliente que allí nacen, y hay sus pozas para mixturarlas y
templarlas, y tienen sus aposentos, y cuartos para lavarse y
recogerse las familias que de continuo van allá a tomar baños. La
ciudad tiene todas las calles bien apedradas, y nunca hay lodo, y
las casas de a dos pisos todas de cantería. Tiene dos parroquias,
convento nuestro de observantes y de recoletos, hospital de Padres
betlemitas y un convento de monjas Clarisas. Tendrá la ciudad 4.000
vecinos, la mayor parte gente blanca y mestizos, y la menor indios,
negros y mulatos.
Tiene una bella plaza, y la más abastecida de cuantas tiene el
Perú, porque la tierra es muy abundante de trigo, cebada y todas
legumbres, y como toda la serranía comarcana es así, y sólo se
sacan los granos para Lambayeque y Trujillo en que la ganancia se
va en los fletes, por consiguiente es la tierra muy barata. En la
plaza todo el año al apuntar el día se halla ya una máquina de
indias y mestizas gateras formando varias filas con los comistrajes
para vender. Allí carne de res, de carnero, de oveja, de cabra y de
tocino fresco. Allí todo el año lechugas, coles, yucas, camotes,
sapallos, legumbres de toda especie, pescado salado, frutas,
indianas y españolas, sal, manteca, velas de sebo y
jabón.
A un canto de la plaza muchos canastos de pan caliente y bien
arropado, bueno y muy blanco, que se parece a la pañota romana. Por
medio real dan 12 panes, y a la tarde dan 14 y a la noche 16, y del
pan moreno dan 20, y a la noche dan 25. Huevos dan 16 por medio
real. Una pierna de carnero medio real. Un carnero cuatro reales.
Una fanega de harina 5 reales. Por lo regular con el pan y con los
huevos se compra la demás vitualla. Compra, v.
gr., uno
medio real de pan, y con estos doce panes da la vuelta a la plaza.
Con un pan le dan coles, con otro sal, con otro carne, y así de lo
demás, y con sólo medio real se va a su casa cargado de vitualla, y
aunque sea una familia no lo acabará en un día, y lo mismo pasa con
los huevos.
Tiene la ciudad mucho comercio de ropa de España, y mucha
fábrica de tocuyos de algodón, y en las haciendas muchos obrajes de
paños, pañetes y bayetas. Mucho vino y aguardiente que bajan de
Lima por Trujillo. Con sólo medio real de alfalfa hay sobrado para
comer dos días una bestia. Esta era la principal ciudad del Perú
antes de la conquista, y en ella vivía el rey linga. La conquista
se hizo por Tumbes, que es un pueblo que está en el Mar del Sur y
dista cuatro días de Cajamarca. La conquista la hizo el General con
sólo 14 hombres que a caballo vinieron de Cajamarca. Este General
Navarro asaltó con estos catorce hombres la ciudad. Los indios como
jamás habían visto caballos pensaron de pronto que el hombre y
caballo eran todo uno. Ellos con sus flechas se pusieron en
defensa, y hubieron de matar un soldado, y habiendo hecho los otros
una retirada cogieron los indios su escopeta, la cual estaba
cargada. Ellos pensaron que era un animal, y como había visto el
destrozo que hacía, armaron una hoguera y la echaron a la candela.
Ella se disparó, y la bala mató a un indio; y después decían ellos:
Miren qué demonio de animal, que aun quemado, mata
indios.
Volvieron los españoles a avanzar la ciudad, y se rindieron los
indios, y el General Navarro se apoderó de un hermano del rey que
se llamaba Atahualpa. Éste era un gran tirano, porque entre otras
barbaridades que tenía, cada día hacía matar un indio, y se
almorzaba su cabeza asada. En cualquier parte que estuviese le
habían de llevar pescado fresco para cenar, y para ello como no
tenían bestias para transportarlo, tenían indios puestos a sus
trechos, los cuales corriendo y dándolo unos a otros, le llegaba
fresco el pescado para cenar. Había camino recto todo apedrado
desde Cajamarca hasta el Cuzco, que habrá 800 leguas, y cuando
subía el rey o su hermano a recoger el tributo, se hacían llevar en
unas andas a espaldas de indio, y todo el día corriendo; y el que
se caía o cansaba le quitaban la cabeza. Y para estos viajes tenían
puestos indios a sus trechos para remudarse unos con otros. Yo he
andado y he visto varios pedazos de este camino todavía apedrado, y
gran parte de él por serranías muy ásperas e inaccesibles, porque
se compuso buscando sólo ahorrar vueltas.
Al tiempo de la conquista el rey no estaba en Cajamarca, sino
que caminaba para el Cuzco, y este hermano suyo Atahualpa, deseoso
de reinar había dado orden secreta al cacique del Cauca (sic) para
que al llegar su hermano allá, lo mandase matar, y así se ejecutó.
El General Navarro puso en Cajamarca preso a este Atahualpa. Él era
muy astuto, y un día de sobremesa le regaló el General unos vasos
de cristal. Atahualpa, como no había visto jamás cristal, le
preguntó si en España aquello valía mucho. Navarro le dijo que no.
Entonces tiró al suelo los vasos, diciéndole: Pues si tan poco
vale, no es esto regalo para un rey.
Así que este Atahualpa se vio preso, le dijo a Navarro que
subiese una tarde sobre de este cerro de cantería, que dije que se
llama ahora Santa Lucía. De allí se descubre toda la pampa de
Cajamarca, que tiene tres leguas, y todo alrededor arrodado de
serranía y allí le dijo a Navarro, Atahualpa: Mira, si no me mandas
quitar la vida, todo lo que de aquí descubre tu vista te lo daré
cubierto de oro. Y es cierto que si a este hombre se hubiese
conservado la vida, pienso que del oro que hubieran traído del Perú
habrían podido apedrar a toda España de barretones de oro y plata.
El Atahualpa, viendo que Navarro no le otorgó la palabra, ya
temeroso, lo primero despachó indios por la posta a Chillogallo en
donde estaban las indias reales, y las mandó matar a
todas.
Aquí hay que suponer que cada cacique cada año daba al rey una
india doncella. De ellas usaba él a libre albedrío, y la que
quedaba preñada, en habiendo dado la leche a la cría, la llevaban
fuera niño o niña a Chillogallo, en donde se criaban juntos estos
niños y niñas en un palacio de cuenta de rey. A las madres después
las casaba el rey con algunos caciques inferiores, y a los niños y
niñas las casaba con los caciques más grandes. Ya más adelante,
viendo que el General no se allanaba a prometerle dar la vida,
mandó orden secreta a todas los caciques, mandándoles encantar
todos los tesoros. Y aquí sucedió que muchos indios ricos se
mandaron enterrar vivos con todo su tesoro, persuadidos que después
los indios volverían a reinar, supeditando a los españoles, y que
ellos volverían a resucitar, y entonces tendrían todo su
tesoro.
Al cabo de días vínole la noticia a Atahualpa de que en Cauca
(sic) ya habían muerto al rey su hermano, y para simular su
fratricidio se vistió aquel día de una chusma negra. El General
Navarro le preguntó por qué se había vestido de luto. Él le
respondió: He tenido noticia que en Cauca enfermó el rey mi
hermano, y ya murió. Supo por otra parte el General su alevosía, y
en público cadalso en medio de la plaza le mandó cortar la cabeza,
y con su muerte perdieron los indios la esperanza de volver a
sacudirse el yugo de los españoles, aunque varias veces lo han
intentado, pero ha sido siempre en vano.
Hay tradición en Cajamarca que el rey linga tenía una gran
porción de oro en un sótano que tenía en su palacio. Su palacio lo
tenía enfrente del convento de la Observancia, en donde aún están
en pie las cuatro principales paredes, y en la de mano izquierda
todavía está un sol pintado, que caía en el cuarto en donde él
dormía, y éste lo vi yo varias veces. Sobre de este punto han
emprendido en varias ocasiones el taladrar todo aquel piso, y le
han hecho un foso de más de cuarenta varas de hondo buscando el
oro, pero siempre ha sido en vano, porque lo cierto es que se quedó
el oro encantado.
Esto confirma este caso que allí me contó doña Clara Longa. Hubo
en Cajamarca en años anteriores un chapetón mercader, hombre muy
rico. Éste diciéndole mal el comercio, vino a empobrecer. El hombre
iba bastante enfadado. Lo reparó una india que frecuentaba la casa,
y le vino un día a decir: Mi amo, no estés triste, yo te daré oro
el viernes que viene. Ya que vino el viernes a la noche, vino la
india con una china hija suya y le dijo: Mi amo, si quieres que te
dé oro, te tengo de llevar con los ojos vendados. El hombre dijo
que como también viniese acompañándole un indio que tenía, que
convenía en ello. Vino la india en llevar a los dos. Vendóles los
ojos y los llevaron, según contaba él después, no muy lejos, y le
pareció que para hacerle perder el tino, los llevó haciendo varios
círculos, y ya que los destaparon, se halló en un sótano
subterráneo. La india sacó candela, y encendió luz, y vio dos
grandes montones de oro en polvo, y todo alrededor apilado de
barretones de oro y plata, y una gran partida de sapos, culebras,
lagartos, tigres y leones, etc.
La india entonces sacó un cuyecito que traía y le dijo: Mi amo,
yo y mi hija cargaremos cuanto oro pudiéremos, y vosotros dos
también, y todo será tuyo; pero para ello te has de mear en la boca
de este cuye. Aprehendió el chapetón que aquello contenía algún
pacto diabólico, y no lo quiso hacer. Entonces los volvieron a
vendar, y los volvieron a sacar con los mismos rodeos que los
trujeron. Mas el negro, al tomarlo de la mano, largó la otra, y se
llevó un barretón de oro que tuvo 5.000 pesos. El chapetón, al
descuido se quebró el rosario del cuello, y de cuando en cuando
dejaba caer al suelo las cuentas, haciéndose la cuenta que en
viniendo el día por las cuentas del suelo atinaría el sótano. Pero
la china lo reparó, y así fue recogiendo por detrás las cuentas que
largaba el chapetón. Y ya que llegaron a su casa y les quitaron las
vendas, díjole la china: Toma, mi amo, las cuentas de tu rosario,
que se te quebró. Y la india díjole al negro: Y vos que habéis
sacado este barretón de oro sin licencia, moriréis dentro de quince
días. Así le sucedió, que estando sano, se sintió quemar vivo con
un fuego interior, de cuya voracidad murió rabiando. Y el amo
siempre se afirmó que a este palacio de linga los había guiado la
india.
Juntamente me contó la dicha señora que en años anteriores,
viniendo para Cajamarca un mozo chapetón, enfermó por aquellas
serranías y vino a parar en casa de un indio que vivía en
despoblado. Allí lo cuidó el indio, y a cosa de un mes convaleció.
Tenía el indio una hija moza. El chapetón se trabó con ella, y allí
se mantuvo unos meses, y la moza remaneció preñada. El chapetón
trató de irse, pero la china le dijo que si no la dejaba le daría
dos botijas una llena de barretones de oro y la otra de plata.
Convino el chapetón siempre que se lo enseñase. Un día pues que sus
padres vinieron a Cajamarca, le enseñó la china en un cerro
enterradas las dos botijas. El chapetón cogió un barretón de oro, y
al cabo de días vínose con él a Cajamarca, y trocándolo en moneda,
compró diez mulas con todos los aparejos necesarios para viaje, y
el resto lo empleó en 400 novillas, otras tantas potrancas y 2.000
ovejas y cameros. Las mulas las dejó en Cajamarca a buen recaudo y
el ganado y bestias lo llevó a casa del indio.
Se contrató con la china que él traspondría una noche con las
mulas todos los barretones, y que compraría buena casa en
Cajamarca, y que después se casaría con ella. Lo creyó la china, y
sin que sus padres lo entendiesen, traspuso el chapetón los
barretones todos de oro y plata, cargando las diez mulas, y marchó
tierra arriba, y cuando la china acató, se halló sin el oro y plata
y sin marido. Y como de estos casos han sucedido varios en diversas
provincias, se ha propagado la voz, y ha esquivado a la gente india
a no querer descubrir la muchísima riqueza que hay enterrada por
aquellas provincias.
Esta familia de los Longas es española de parte del padre y
madre, porque su padre fue castellano viejo. De mozo vino a Buenos
Aires con una ancheta de ropa. Vendió bien, y volvió a comprar más
y tiró para Chile. Allí vendió bien y se vino a Lima. Volvió a
comprar ropa y tiró tierra arriba a una Presidencia que hay entre
Las Charcas y Arequipa. No me acuerdo del nombre de la provincia.
Allí se casó con una niña de estrado aragonesa que había traído con
otra hermana suya la señora Presidenta. Este novio marchó con las
dos a Lima, y allí compró ropa y se vino a Cajamarca y acabando de
vender fabricó una buena casa, y compró dos grandes haciendas
contiguas a jornada y media de Cajamarca. San Antonio y Catudén. La
cuñada en Trujillo tomó el hábito de monja clarisa, y entonces
estaba de abadesa. La esposa le parió tres hijos, don Antonio, que
casado poseía la hacienda de San Antonio, don Pablo que es clérigo
y gobierna Catudén con don Nicolás soltero, y doña María, que ya
moza vieja casó con un cabo portugués huído del Gran Pará; y doña
Clara, viuda con dos hijos don José y Juan de Dios, y una niña
Gertrudis de diez años.
En esta casa frecuenté el tiempo que estuve en Cajamarca, y doña
María me enseñó tres cosas raras. La una es: En un pedazo de mármol
destilada una lágrima de oro del mismo mineral en donde se encontró
en unas minas de oro muy fecundas, que hay una jornada más allá de
Las Balsas, que es un curato que hay cuatro jornadas de Cajamarca,
en donde hay mucho comercio, por la gran granjería que hay con el
oro que a la margen del río catean los del pueblo. La lágrima con
el rastro de donde bajó, tendría unas tres o cuatro onzas, y era el
oro más fino y acendrado que yo he visto, y entonces acabé de creer
lo que dije Tomo Tercero hablando del donado; y así es verdad que
hay minerales tan fecundos, que llegan a chorrear el oro y la plata
puros y destilados por su naturaleza y copia del
metal.
La segunda fue enseñarme una nuececita que cría adentro cuatro
piñones. Es menor que nuez moscada, y sólo es del tamaño de una
agalla de fabricar tinta. Allá las llaman cholitos, porque como los
niñitos llaman los indios cholos, por el efecto de estas
nuececitas, los llaman cholitos. Allí se tienen en mucha práctica
que la mujer que come estos piñones, en comiéndolos nones, al
instante que usa matrimonio, queda preñada. Y por esto llaman a las
nuececitas cholitos. Y la mata que lo da tiene su raíz en forma de
un hombre y una mujer juntos en acto carnal, con mucha perfección,
pero ambos sin cabeza. Yo pienso que será la mandrágora, porque en
el Padre Murcia Cuaresmal, en el sermón de ceniza, me parece que
siendo mozo, leí esta especie de la raíz de la
mandrágora.
La tercera fue enseñarme 8 varas de encaje fabricado a punta de
aguja en tela de bretaña fina, sacando hilos y labrando flores. Es
meses antes. El primero fue que un negro mozo que teñía, casado con
la labor más fina y delicada que yo he visto. Me dijo que estaba
labrado en Chachapoyas, que es una ciudad y cabeza de provincia que
hay en la sierra ocho jornadas de Cajamarca. Yo le pregunté a
cuánto había costado la vara, y me dijo que a 12 pesos, y que no
tenía sino cuatro dedos de ancho. Yo le ofrecí 25 pesos por cada
vara, y no me lo quiso dar, y dijo que lo guardaba para un alba de
don José su sobrino cuando se ordenase. Doña Clara que estaba
desdentada hubo de saber por mi chapetón de las raicecitas que yo
llevaba para sacar dentadura. Con la excusa de quererlas ver, le
mandé la talega en que las traía, y ya no las volví a ver y se
quedó con ella, y supongo que haría la experiencia en sí, porque
también le di la receta de la dieta que se había de observar.
En estos días vino de Catudén don Nicolás su hermano, y
avisándolo las señoras, me vino a ver. Y entre varias cosas que me
contó me dijo que por ser tan amena la hacienda y el temple tan
benigno, era antiguamente el divertimiento de los reyes gentiles, y
que por tradición se tiene que allí hay grandes tesoros encantados.
Contóme que siendo él mozo, andando cazando venados por aquellas
sierras, una tarde dio con un chorro de agua que corría por dentro
de una canalita, cavado a mano en la peña. Siguió con curiosidad el
chorrito de agua, y vino a dar a un tajo labrado a mano en la peña,
y con una escalera de un lado labrada en la peña misma, y abajo un
llano labrado también en la peña de unos 500 pasos de largo y unos
100 de ancho. Al piso de la caída del chorrito de agua halló una
pila en forma de una concha sostenida de una columnita y pedestal.
Todo de una pieza y todo de plata, en donde caía el chorrito del
agua. Él notó el puesto en donde caía, y haciéndose cuenta que por
el chorrito del agua iba siempre a dar al tajo, no hizo por
entonces más diligencia. A la noche contó a don Pablo su hermano lo
que había hallado, y determinaron de ir los dos al otro día. El
chorrito hallaron, y lo ha hallado siempre, pero nunca el tajo, ni
la escalera, ni el llano, ni la concha ni nada más que cansarse
buscando.
Contóme también que un vecino de Las Piedras, que es un pueblo
de este nombre que dista una jornada de Catudén yendo buscando por
las serranías de Catudén unas bestias que se le habían perdido, dio
casualmente en unos peñascos, en donde halló clavadas o nacidas en
ellos, muchísimas piedras preciosas. El hombre con el machete que
llevaba desclavó algunas y se las llevó. Al cabo de días fuese a
Trujillo y se las llevó, y sin saber lo que llevaba se las compró
un platero en cuarenta pesos y con palabra de que llevaría más.
Volvió a Catudén por ellas muchas veces, pero jamás pudo dar con
tales peñas. El platero se determinó venir con él a buscar, pero no
dieron con ello. Ya cansados de buscar vinieron a la hacienda y
dieron cuenta a don Pablo y a don Nicolás para que hiciera
diligencia con los indios que tiene la hacienda que lo buscasen,
asegurándoles que eran amatistas y topacios, y el hombre que lo
había visto afirmaba que había de tan grandes como la palma de la
mano. Don Pablo hizo diligencias con los indios, lo hizo buscar,
pero nada se ha encontrado, y si los indios lo saben o lo han
encontrado, no lo quieren decir.
Díjome también que en unas serranías muy ásperas y encumbradas
que tiene la hacienda, que forman un tajo horroroso que hace el
boquerón por donde se entra en la hacienda, que está en tal
conformidad que se puede cerrar con puerta, y cuyo tajo revuelve
hacía el pueblo que llaman La Magdalena, y media entre Catudén y
Cajamarca, muy de ordinario de parte de noche se ven varias luces,
y que se mueven y andan por allí, y que hay tradición haberse
encontrado el animal que cría el carbúnculo por aquellas serranías.
Y que habiendo puesto cuidado en ello, es cierto que se ven por
allí andar de noche aquellas luces. Mas ningún indio se ha querido
fiar de quedarse allí de noche, por los muchos leones que andan por
allí y hacen bastante daño al ganado y bestias de la hacienda. Y
también algunos tigres y osos, y los indios han aprehendido que las
luces que por allí se ven de noche son los ojos de estas fieras que
relumbran con la oscuridad. Bien puede ser que sea esto, pero
también es posible que sean carbúnculos que por allí se crían.
Contóme también doña Clara este caso gracioso. Hay en la
hacienda una familia de indios, que se tiene por cierto que saben
los puestos en donde hay dentro de la hacienda tesoros escondidos.
Hubo pues una india vieja que se decía que tenía escondidas dos
botijas de barretones de oro que le dejaron en herencia sus
antepasados. El padre de doña Clara tiró mucho a conquistar la
voluntad de esta india, pero jamás pudo hacerle otorgar la verdad.
Habiendo contádolo a un cura de un pueblo media jornada de Catudén,
el cura emprendió congraciar a esta india a este mismo fin, pero
fue en vano. Súpolo un mulato del pueblo, y díjole al Padre cura:
Padre, con ocho reales que usted me dé, yo haré declarar a esta
india en dónde tiene escondidas estas dos botijas de barretones de
oro. El cura dióle los ocho reales, y el mulato se vino a Cajamarca
y compró dos gallinas pintadas por dos reales y seis reales de
trementina, y se volvió al pueblo. Es estilo en esta hacienda tener
una choza segregada en el puesto en donde tienen el corral en que
de noche encorralan el ganado ovejuno, y de aquella familia que lo
pastorea va uno cada semana remudándose a dormir en aquella choza
guardando el ganado.
Informóse el mulato de la semana que tocaba a esta india vieja
dormir en la choza y ya que fue tiempo vase una tarde con el Padre
cura con diez bestias enjalmadas para Catudén, y métense tras de
una loma. Allí arma candela, mata las dos gallinas y compone un
buen puchero para cenar. Y a esto de las nueve de la noche, píntase
con almagre cabeza, manos y pies. Úntase luego todo el cuerpo de
trementina, y clávale el cura las plumas de las gallinas por todo
el cuerno, y con esta figura diabólica, con un látigo en la mano,
vase a la choza en que dormía la india, y al llegar de un puntapié
tírale al suelo la puerta. Entra para dentro y empieza a dar
latigazos a la india diciéndole: Ah, perra vieja, ya le diste al
cura las dos botijas de barretones de oro que no eran tuyas. Esto
que lo guardaba yo para tus parientes que nacieran, ya lo echaste a
rodar. Y
en lo interim latigazos con ella. Ella que
aprehendió que era el demonio que la azotaba, negaba que no lo
había dado ni descubierto a nadie, pero como el látigo no cesaba,
le dijo: Las botijas allí mismo están con el oro, y vamos allá lo
verás. A esto se capituló. Fueron los dos, y enséñale las dos
botijas, y entonces dícele al mulato: Si tú lo manifiestas a nadie,
ni lo tocas de aquí, te pelaré a azote. Entonces se fue el mulato
corriendo por aquellas lomas, y la india se volvió a la choza. Vino
luego el mulato con el cura y las bestias, y cargan el oro y se van
al pueblo. Ya que vino el día contó la india a su gente lo que le
había pasado. Van al puesto y hallan las dos botijas vacías. Es muy
verosímil que haya en Catudén mucho oro oculto, porque dentro de la
misma hacienda a la mitad del camino para San Pablo, que es un
pueblo de indios y mestizos que serán unas 80 familias, hay un
grande cerro piramidal, que llaman San Cristóbal, todo de minerales
de oro, el cual está todo taladrado de los antiguos, y al principio
que este Loja compró a Catudén, sacó de él bastante oro, y todavía
la gente de San Pablo de continuo lo está sacando.
Había en Cajamarca un ciego mercader llamado don Gregorio
Jáuregui, hombre célebre, el cual un día me contó que unos veinte
años había que en Cajamarca habían sucedido estos dos casos que ya
digo. Vino un nuevo Corregidor, hombre muy codicioso, el cual
deseoso de untarse las manos con un grueso caudal que tenía en
Cajamarca un mercader chapetón, usó de este ardid. Él vivía en casa
de dos señoras hermanas solteras, llamadas las Medranas. Yo las
conocí todavía ya viejas. Fue una noche a rondarlo, y queriéndolo
prender, el chapetón se le resistió con buenas palabras. Un negro
que llevaba el Corregidor ya adiestrado de lo que había de hacer,
quiso atropellar con el chapetón, el cual le dio un empellón, y
entonces saca el negro un puñal ylo mató, y empieza a
gritar:¡Ayuda al rey! Acudió gente, y el Corregidor propaga la
voz que el difunto lo quiso matar a puñaladas con aquel puñal, y
que el negro por defenderlo lo había muerto. Y con esto embarga
todo cuanto tenía el difunto, y aquella noche traspone a su casa
toda la tienda y todo lo demás. Ya que vino la mañana, cita a don
Fernando de Arce, que es un chapetón casado en Cajamarca, y hombre
muy rico, el cual era Justicia Mayor, y con los Alcaldes vase y
embargan dos grandes haciendas que gobernaba el difunto, y eran de
un marqués de Lima, y dentro de tres días venden y malbaratan todas
las bestias y ganado que hallaron, repartiéndolo por aquellos
pueblos comarcanos, y recogiendo la plata, van a hacer el entrego.
Ya el cuarto día arman un grande convite en una de las dos
haciendas, y estando comiendo, empieza a chorrear sangre del techo
sobre los manteles. Quedan todos pasmados. Registrase arriba, y no
hallan de dónde sale la sangre. Don Fernando recogió los manteles,
y los tenía en su casa, y por más que se hayan lavado repetidas
veces con mucho cuidado, jamás se ha quitado aquella sangre, antes
cada día parece más fresca.
Cuando yo llegué a Cajamarca, había cosa de un mes que habían
sucedido estos dos casos. Había en Cajamarca un clérigo llamado don
Manuel Bocanegra, y lo llamaban vulgarmente el Padre Puno. Este por
dos ladrillos de oro que le quitó un hermano suyo, por poco se
vuelve loco, porque por esta falta no obtuvo el curato, y de enfado
se fue para Lima. Volvió al cabo de ocho meses, y al pasar por
Trujillo, se trujo una moza mestiza, llamada Antonia Alarcona, y
con ella vivía públicamente amachinado. Al cabo de siete años le
sucedió que saliendo una noche de jugar cerca de las once, de casa
de don Florencio, chapetón sevillano y casado con una sobrina de
doña Clara Longa, e hija de don Antonio Longa, en medio de la calle
le dio un vómito de sangre, y dentro de un cuarto murió sin
sacramentos, y la manceba se cogió todo cuanto tenía el clérigo, y
una vajilla de plata labrada, y se volvió rica a su casa. Y
haciéndole varios cargos al hermano del difunto porque lo permitía,
respondió: Ella lo ha servido 7 años, razón es que tenga del
difunto lo que ha dejado.
A pocos días después de esta muerte sucedió esta otra: Había en
Cajamarca una moza del pueblo de San Miguel, llamada doña Josefa.
Ella mestiza, y de muy tierna había sido allá moza perdida, y había
venido a dar a Cajamarca. Ella supo engañar un hijo de un chapetón
llamado don Fulano Luna, y se casó con él, del cual tuvo dos hijas,
que salieron tan perdidas como su madre. El marido dio en travesear
con otra, y ella hizo lo mismo con un mozo indio sastre casado, que
no hacía vida con su mujer. Al cabo pues de 14 años que este Fulano
Luna habíase apartado de esta mujer suya doña Josefa, una noche fue
donde ella. Ella al instante avió al indio su mancebo, y se fue a
guisarle a su marido la cena. Estando cenando dióle a él un dolor
de barriga tan vehemente, que le rompió las inglés, y por ellas en
breve rato arrojó las tripas, la barriga y los hígados, y murió sin
sacramentos. Unos decían que su mujer le había dado mal bocado;
pero los más decían que era castigo de Dios. Pero ella ya había
vuelto a la mala vida con su sastre indio.
Despunta Cajamarca en pintura y escultura. Allí compré dos
lienzos de a dos varas y media, el uno de La Concepción, y el otro
la Virgen de los Dolores. Éste tenía la Señora una toca blanca de
holán pintado y floreado como clarín, que era lo más delicado. La
Concepción tenía un huerto, cuyas flores eran lo más delicado.
Cuando vi yo las pinturas, pensé que me pedirían 10 pesos de cada
una, y sólo me pidieron 10, y me las dieron a las dos por 16 pesos.
Compré otra de la Virgen del Rosario de vara y media en 4 pesos.
Otra de 5 cuartas de la Virgen con una daga al pecho por 4 pesos y
otra de a 3 cuartas con los dos Patriarcas San Francisco y Domingo
en cuatro pesos, y en mi concepto valía él solo más que todos
juntos. Yo los compuse arrollados dentro de palos de maguey vacío,
y así me los llevé con ánimo de traerlos a España y mandarlos a mi
provincia.
Había en Cajamarca un catalán bizarro, belermita, que era el
Prefecto. Éste cuando me quise ir, me dio una carta para el
Prefecto de Guaraz, para que me fuera a hospedar al convento que
era muy su amigo. Y el día después de pascua de reyes, partí de
Cajamarca para Angasmarca. En la primer jornada fui a dar a un
pueblo de indios y mestizos que llaman San Marcos. Serán 200
familias, y el clima ya es algo frío. Mas viendo que todavía era
temprano, pasamos adelante sobre un cerro que llaman La Mesa, y me
hospedé en casa de un mestizo rico llamado don Tomás Cabanillas.
Sobre de esta Mesa habrá unos 50 vecinos y pertenece a San Marcos,
y el clima ya es más frío. Partimos el otro día y bajamos a una
pampa arenosa que es un brazo del arenal que va para Trujillo. Está
toda poblada de vecinos con muchos trapiches de fabricar azúcar, y
muchos árboles de palo de tintura que llaman acá Palo de
Campeche.
Tendrá de ancho una media legua, y como tiene tantas verijuelas
y nosotros íbamos sin baqueano, perdimos el camino y vinimos a
parar sobre de un cerro. Toda esta vega es clima muy caliente, y ya
en este cerro es clima templado. Había una casa, y al lado un
pedacito de alfalfar. Allí arranchamos y había buen pasto de
gramadal, y un poco antes de anochecer sobrevino un mestizo a
caballo y le pregunté por el camino y me dijo: Que también íbamos
bien por allí. Él me pidió que no tocásemos la alfalfa, que era
para unas mulas de regalo que se mantenían en la hacienda que no
estaba muy lejos, y que si quería ir allá nos guiaría. Yo le dije
que no, pero que bien de mañana nos mandase un real de leche. Él lo
prometió y se fue, pero no lo cumplió. Ya que vino el día volvimos
a partir, y llegamos a Cajabamba cuando tocaban el prefacio de la
misa mayor, y era día de precepto.
Yo me apeé sin saber en casa de un portugués casado, de los que
huyeron del Gran Pará, y dejando allí encargadas las bestias a la
señora y apero para almorzar, en lo interim que se aderezaba nos
fuimos a decir misa. Vi al Padre cura que era Fr. Agustino, y luego
me dejó decir misa, y ya después de almorzar volvimos a partir.
Cajabamba es clima frío. Tendrá 1.500 vecinos indios y mestizos,
pocos blancos y algunos negros y mulatos. De aquí me llevé un
baqueano, el cual me cantó que en Cajabamba había un chapetón
sevillano muy rico, y que su riqueza le vino de lo que ya digo.
Este hombre llegó a Cajamarca que no tenía nada. Había unos meses
antes muerto el cura principal de la ciudad, y se empezó a sentir
todas las noches ruído en la casa, en tanto que nadie la quería
habitar, y juntamente en la iglesia se oía a ratos crujir un escaño
en que se acostumbraba sentar este cura cuando vivo. A esta casa se
hospedó este sevillano aunque lo avisaron de lo que pasaba. La
primer noche armó su cama en la sala principal sobre un bufete, y
estando con luz cerca de la media noche, vio salir de un cuarto un
hombre amortajado con una vela en la mano, y le hizo señas de que
cavase en un puesto dentro del cuarto, y que le mandase decir tres
misas y desapareció. El sevillano ya que se recobró del susto, fue
y cayó y halló 14 mil pesos. Mandó decir las misas y se vino a
avecindar en Cajabamba, y se había hecho hombre poderoso con el
comercio. Yo había oído en Cajamarca la especie del crujido del
escaño y decían que era el alma del difunto cura, y no lo creía,
pero con esta relación ya di ascenso al caso.
Este día vinimos a arranchar al pie de una loma en que había
tres casas de indios. Yo les compré un pollo para cenar, y una
india me regaló un chachamate de buenas papas. Ya que vino el día
volvimos a partir. Yo había reparado en varias partes de la
serranía sobre del lomo de muchos cerros una partida de torrecitas
chicas a modo de garita de muralla con sus ventanitas a todos
vientos, y sabiendo que antes de la conquista tenían los indios
entre sí sus guerras según las naciones opuestas, pensaba que estas
torrecitas servían de estar allí los indios de centinela para
avisar la venida del enemigo. Pregunté a este peón por unas que se
descubrían sobre de un cerro, y me dijo que eran fábricas de los
antiguos, y que allí guardaban ellos las semillas para que no se
les corrompiesen, y me pareció agudo pensamiento, porque en
aquellas alturas, gozando del aire mejor, se resguardaba también de
las sabandijas que tanto dañan las semillas.
A la tarde, antes de llegar a Guamachuco, que es cabeza de esta
provincia, cosa de 3.000 pasos hay un pueblo que fue de los
gentiles. Serían unas 50 casitas. La más grande tendrá 6 varas de
largo, con 4 ventanitas de media vara de alto y un palmo de ancho.
Hechas todas de piedrecitas bien compuestas y unidas con mezcla muy
fina. Ya que llegamos al pueblo me fui a apear a casa del cura.
Estaba éste recién venido, y era natural de Trujillo, llamado don
Domingo. Era él de la familia del obispo, el cual por haber los
indios capitulado a su cura, lo mandó llamar a su presencia, que
era un clérigo viejo y hacía 40 años que estaba de cura en
Guamachuco, con ánimo de deponerlo del curato, y en lugar suyo
entronizar a este don Domingo su familiar, el cual con un cuñado
suyo se había apeado en una tienda de la plaza al lado de la casa
del Corregidor. Él me recibió con gusto, y en la otra tienda que
estaba al lado me compuse yo.
A poco rato de haber llegado, vínome a ver un indio vestido a lo
militar con peluca de su propio cabello, con su bastón con puño de
plata, pero sin espada. Como yo no sabía quién era, le hice todo
aquel cortejo que pude. Ya que se fue preguntéle al cura, y me
dijo. Éste es el cacique de esta provincia, y como sus antepasados
en la Conquista fueron a entregarse al General, le alcanzó para su
sucesión que pueda vestirse a lo militar, pero sin espada y así
éste como es fantástico, jamás se quita la casaca sino para dormir.
Ya después de cenar fui con el cura a volverle la visita, y
preguntándole yo sobre aquel pueblo de gentiles, me vino a contar
la historia que sigue. A poco tiempo de haber venido de cura el
cura viejo que se va, subiendo una noche a un soberado alto de su
casa, vio mucho resplandor dentro de este pueblo de los gentiles, y
pensando que habría alguna guaca rica, llamó a un indio pongo viejo
que tenía y se lo hizo ver. El cual le dijo: Ya parece, Padre, que
quiere Dios que se sepa lo que es; mañana te lo diré. Y así
quedó.
Ya que vino el otro día a buena hora fuéronse los dos allá, y en
medio del pueblo halla una mesa de piedra muy bien labrada,
sostenida de una columnita con su pedestal, y sobre la piedra un
simulacro o ídolo en forma de un hombre con hábito religioso, y
éste arremangado en ademán de quien desflora una mujer, y bajo de
sus partes ocultas muchas manchas de sangre. Entonces díjole el
indio: Todas las niñas de toda la provincia, al llegar a los 12
años, las traen aquí y las desflora este ídolo, y sus padres son, o
sus parientes, los que tiran de las piernas de la niña para meterle
las partes del indio dentro de sus partes, y estas manchas de
sangre es la que se derrama en esas ocasiones. Ellos se volvieron,
y el cura avisó al Corregidor, el cual lo quiso ver, y viendo la
perfección de simulacro, que con la mesa, columna y pedestal era
todo de una pieza, maquinó como poderlo remitir al Virrey de Lima;
pero el cura avisó a mi padre, y un día fueron allá con martillos y
barretones y lo hicieron todo pedazos. Y sin embargo de esto es
menester que todos los curas vayan con mucho cuidado porque todavía
a lo oculto suelen llevar allí a las niñas, y con una piedra
labrada en forma de las partes de un hombre, allí las van a
desflorar a los doce años, y de ello hay bastantes experiencias.
Según me lo pintaron yo soy del parecer que el demonio labraría
este tan perfecto simulacro.
Como nos dilatamos en conversación, vino a contar que unos años
antes de Lima había venido un chapetón con un derrotero para cavar
el piso de una ermita que está a la entrada del pueblo, dedicada al
patriarca San José. Decía el derrotero que a las 9 varas se
hallaría una piedra clavada con mezcla, y ésta de tres varas, y
bajo de ella fabricada una sepultura de ladrillo, y dentro de ella
50 banquillos de oro de a 3 quintales cada uno, que servían para
recibir los caciques de la provincia al rey cuando pasaba por allí.
El chapetón emprendió la obra y los indios acudían allí diariamente
a que dejase la obra porque no encontraría nada y que se caería la
capilla, etc. Y llevando ya cavadas 8 varas, y gastados en ello
4.000 pesos, cesó de la obra, porque le faltó la plata, y los
indios le ofrecieron dar y le dieron los 4.000 pesos que había
gastado; y en menos de 24 horas volvieron a llenar el hoyo que en
más de 4 meses se había abierto, de cuya prisa se infería estar
allí aquel oro que relataba el derrotero.
Yo alquilé un baqueano, y el otro día partí, y en la mitad de la
jornada llegamos a una pampa de gramadal que tiene tres leguas de
larga, y en ella hallé una punta de cerdos de año que iban como
suelen acordillados en procesión unos tras de otros a más de 12 en
parejo. Al cabo de la punta delante, llegaba ya a lo último de la
pampa, y había torcido ya por tras de una loma, y la punta trasera
todavía no parecía. Yo le pregunté al peón de dónde eran aquellos
cerdos, y me dijo que eran de un pueblo de indios que caía tras de
unas lomas traseras a la mano izquierda. Yo pregunté a un indio de
los que a trechos los guiaban cuántos habría, y me dijo que más de
ciento y setenta mil, y que los llevaban para Lima.
Al poco rato, al pasar de una quebrada, junto al camino sobre de
una lomita, se asomó un venado. Yo que traía la escopeta en la
mano, le tiré un balazo, y lo maté, y como era grande, se hizo
cuartos y lo cargamos sobre las cargas. Esta noche vinimos a
arranchar en un llano, ya algo de clima templado, que llaman El
Aicadero de Angasmarca. Aquí me informó el peón que en Guamachuco
con la gente que vive en despoblado, entre indios, mestizos,
blancos, negros y mulatos, pasa de 3.000 vecinos. El otro día dimos
otra jornada, y a mediodía llegamos a un pueblecito de indios y
mestizos que serán unas 70 familias, y yo no sé cómo se llama.
Bajamos abajo donde hay un río pequeño con su puente, y volvimos a
subir por otro cerro pelado muy alto y escabroso de subir, por
camino cavado a pico, porque todo el cerro es de lajas de piedra de
afilar, y sobre él hay otro regular, y sobre éste está el pueblo de
Angasmarca.