CAPÍTULO XVIII
Contiene lo que
me pasó en Lambayeque hasta que llegué a la ciudad de
Cajamarca.
El peón que nos acompañaba me informó que en Lambayeque había
una señora viuda muy rica, que hospedaba a todos los religiosos
nuestros, y así al llegar a la ciudad, nos guió derecho a su casa,
la cual me recibió con mucho gusto y agasajo, y luego me señaló un
cuarto en que pusieron mis trastes. Tenía en el patio de la casa
unos árboles tamarindos, a cuya sombra se pusieron mis bestias, y
luego se compró alfalfa que hay con mucha abundancia, y quedé ya
del todo compuesto. Allí me dieron noticia que había en la ciudad
un mallorquín casado, llamado don Antonio Fullana. Salí al cabo de
rato, y fui a su casa, y supe que era de Lumayor. Este hombre sabía
con juncos tejer un sombrero. Supe pues que una legua de Lambayeque
había una laguna en que se criaban muchos juncos muy finos y
delicados. Enseñó pues a un indio de tejer sombreros, y entre los
dos fabricaron una partida, y viendo que tenían buen despacho, fue
aumentando fabricantes, y a tener correspondencia hasta Lima y
Cuenca, y con sólo este comercio de los sombreros de juncos ha
enriquecido.
A la sazón tenía 14 indios fabricantes, y les daba cada día a
todos dos reales de guarapo, y a cada uno un real y medio diario; y
cada cual le fabricaba cada día cuatro sombreros, y él los vendía a
cuatro reales cada uno. Estos días había parecido a su casa otro
mallorquín perdulario, natural de Dea, que venía fugitivo de un
navío que había llegado de España a Lima, y como no tenía más que
lo que llevaba encima, iba el hombre desviado. Él se quería
acompañar conmigo, pero yo por no dejar mi don Francisco, no le
admití. Al cabo de rato salí con don Antonio, y me guió a una
tienda en que compré cinco libras de munición, que con las pavas de
Piura la había acabado.
Díjele después que me acompañase a ver al señor Vicario. Este
era el Vicario Rubio, que dije anteriormente que decían que tenía
maleficiado al obispo de Trujillo. En el camino le pregunté sobre
el particular, y me dijo que era voz pública que estaba muy
malquisto en la ciudad, porque era muy pleitista, y acababa de
tener un grande cuento con el Corregidor, y que estaba encontrado
con los dos curas y con la mayor parte de la clerecía, por su
soberbia y de un hijo suyo clérigo, que él había sido antes
casado.
Ya que llegamos allá lo hallé con su hijo y otro clérigo. Díjele
como acababa de llegar y venía a besarle las manos para que me
mandase. Enséñele la licencia del Comisario General, y después de
haberla leído me dijo: Padre, usted viene apóstata, porque debía
haberse ido a embarcar a Cartagena. Yo le respondí: ¿Qué, esta
patente dícelo así? Respondió que no; pero que estando en el
obispado de Quito, que pertenece al Virreinato de Santa Fe, no
podía venir a embarcarme por Lima. Yo le dije: Esto lo habrá usted
encontrado en algún autor teólogo o en Sánchez
De
Matrimonio. Miren qué teólogo éste para decirme a mí que vengo
apóstata. Sí señor, respondió él, y le prohibo desde ahora que no
puede decir misa. Yo si me da la gana la diré en medio de la plaza,
que por razón de misionero apostólico, que supongo más que toda su
Vicaría, puedo llevar, como los obispos, altar portátil. Él me dijo
que le enseñase esta facultad. Yo le dije que esto lo debía él
saber por su oficio, y supuesto que no lo sabía, se infería su
ignorancia culpable.
Cuando los dos compañeros vieron el modo con que yo le rebatía,
se pusieron a promediar y apaciguar la materia, y él vino a
decirme: Por fin, Padre, sólo los días de fiesta le permito que
pueda decir misa. Entonces le dije yo ya con ira: Esto confirma más
su ignorancia, porque suponiendo que vengo apóstata, y por
consiguiente excomulgado, me da licencia para celebrar, ignorando,
siendo párroco, que entonces quedaba suspenso, y la iglesia
entredicha. Los Superiores de los conventos por donde he pasado han
visto esta licencia de mi Superior general, y la han aprobado, y
usted, que no sabe su obligación, la quiere reprobar. Sabe más un
puro Guardián de un convento nuestro que el Vicario Rubio con toda
la prosapia de los Rubios, hasta la octava generación. Diciendo
esto me salí de la casa, y me fui. En casa de la señora donde me
apee, tenia la señora un sobrino clérigo y cura de una parroquia.
Yo le conté la mano, y me dijo: Véngase usted a decir misa cada día
en San José; a ver cómo lo impide este señor Vicario. Yo por
quitarme de empeños con un hombre que ya sabía que usaba de
maleficios, tomé por mejor, supuesto que la señora tenía en casa su
capilla, decir misa en ella, y así lo hice, los cuatro días que ahí
paré.
Lambayeque está fundado en un arenal, y es más grande que Piura,
y tiene mejores calles y casas. Puede tener siete mil vecinos. La
mayor parte es gente blanca y mestizos, y la menor son indios,
negros y mulatos. Es pueblo rico, y tiene las mismas cosechas que
Piura, pero su principal comercio es el jabón que hace del sebo de
las cabras y cabrones, que se lleva tierra arriba hasta Lima y toda
la serranía, y tierra abajo hasta Popayán. Y después los cordobanes
que del pellejo fabrican, y para ello tienen grandes partidas de
ganado cabruno. Tenía la señora un hermano clérigo, y entre los dos
tenían sobre doscientas mil cabezas de este ganado. Aquellos días
la señora había hecho una matanza de 30 mil cabezas. La carne se
sala y seca se vende, y es, aunque negruzca, más sabrosa que el
carnero. Allí trujeron una tarde para el abasto de la casa 10 mil
lenguas saladas y secas, y la señora me regaló 400, y me sirvieron
muy bien. No tiene Lambayeque más iglesias que dos parroquias, sin
convento ninguno. Don Antonio me regaló dos sombreros finos de
juncos, uno para mi y otro para mi chapetón don Francisco. Yo el
quinto día partí, y ya cansado de tanto arenal, tomé sin baqueano
el camino de la siena. A cosa de mediodía empezamos a encontrar
cuadrillas de gente que venía de la fiesta de la Virgen de la Cueva
Santa, que se venera en Santa Bárbara, y todos me preguntaban si
nos habían salido unos negros levantados, que andaban por el pie de
la sierra, y salían a hurtar, y habían hecho ya algunas muertes. Yo
con estas noticias, tomé la escopeta y le cargué una bala, por lo
que podía sobrevenir; pero no sucedió. A buena hora llegamos a la
casa de un mestizo con ánimo de arranchar allí, y al revolver de la
esquina para el portal, hubo de haber dos patos tamaños como unos
gansos, casta de Guinea, que tienen la cabeza llena de corales como
los pavos. Mi mula, que era algo pajarera, tuvo miedo, y dio una
estampida, y por poco me estampa en el suelo.
Estaba la casa llena de gente, y el mestizo me dijo: Padre, pase
usted adelante y hallará otra casa, y estará con más comodidad. Así
lo hice, y a cosa de un cuarto de legua topamos la casa. No había
nadie, pero a poco rato vino una mujer con un mozo. Yo les compré
alfalfa, y allí pasamos la noche. Volvimos a partir el otro día, y
a la tarde llegamos a un pueblo de indios y mestizos. Serán 150
familias. Yo no sé cómo se llama. Yo me arranché a la margen de una
quebrada a lo último del pueblo, en donde hay una gran partida de
matas de té. Delante había un buen alfalfar, y se compró para mis
bestias, y el dueño me informó que el otro día había de pasar el
despoblado y los Médanos. Con esta noticia busqué un peón baqueano,
y venido el día nos partimos subiendo un cerro de arena. Ya que
llegamos arriba tomamos una pampa de arenal de tres leguas, pero
camino bueno y no muy flojo. De un lado y otro a lo lejos se
descubrían los penachos de las peñas de las serranías, por la mayor
parte cubiertas de arena. Yo supongo que esto, como dista tres o
cuatro o seis leguas del Mar del Sur, alguna vez saliendo de madre,
traería esta arena, porque también en este arenal hay muchas
conchas marinas. En la mitad de la pampa me voló el sombrero de
juncos, y tres veces que me apeé para irlo a coger, al echarle la
mano, volvíalo a llevar el viento, y fue a parar a la punta de un
cerro de arena. Al cabo de las tres leguas están los Médanos, pero
no es sino media legua, y no fueron tan grandes y pesados como los
de Loja. Al salir de los Médanos se revolvió el baqueano, y
nosotros proseguimos, y a buena hora arranchamos en un grande
gramadal muy bueno. Allí junto había una huerta, y yo fui allá y el
amo me dio yucas y camotes. Le compré un pollo, me regaló un melón
y dos sandías.
El otro día volvimos a partir, y a la tarde llegamos a Santa
Bárbara. Yo me arranché a lo último del pueblo delante de una casa
de mestizos a la sombra de unos tamarindos, y ya que se trujo
alfalfa, y acomodé las bestias, se compró un polio y cenamos.
Sobrevino un indio mozo y me dijo: Padre, yo vine a la fiesta, y me
llevó unos garbanzos, y mañana, si quieres, me iré contigo para San
Miguel, que mi padre es Alcalde, y puedes venirte a mi casa a
arranchar. Ya yo conocí que él lo que pretendía era que yo lo
convidase a cenar, y así lo hice. El pueblo de Santa Bárbara es de
indios y mestizos, y tendrá 200 familias. Está fundado en arenal,
pero como tiene ya junto la serranía, es clima algo templado. Ya
que vino el día partimos, y al cabo de un rato hallamos una roza de
sandías. No hubo a quién comprar, y cogimos cada cual de los tres
su sandía y rezamos una salve a beneficio del dueño. A poco rato
llegamos ya a tomar la sierra, y a la tarde venimos a arranchar ya
sobre de un cerro pelado, y se hubieron de bajar las bestias a una
quebrada, y cogerles hojas de cañas para que comieran, porque no
había otra cosa, y éstas eran cañas como las de España.
El otro día volvimos a partir, y a la tarde al pie de un cerro
se cansó un caballo, y fue el que compré en Quito al peón que de la
villa de Ibarra me había acompañado. Mi chapetón quedó con él a
traerlo poco a poco, y yo y el indiecito pasamos adelante, y
arranchamos sobre del cerro en que había buen pasto. Sacamos
candela y armamos la olla con tasajo y lenguas de chivato, y el
indio sacó garbanzos y también los metimos a la olla. Ya todo
compuesto despaché al indio a que fuera a ayudar a traer el
caballo. Fuese allá, y yo que tengo malísima mano para cocinar,
probaba la olla y siempre me parecía que le faltaba sal, y siempre
le añadía. Viendo que tardaba mucho fui allá y ya estaba cerca. Yo
tomé el cabestro tirando por delante, y los dos arrempujándolo por
detrás. Venía él al canto del cerro, y pisó mal y se cayó, y de un
revuelco a otro dio en un precipicio de más de 2.000 varas, y del
golpe quedó el caballo hecho una torta. Nos fuimos entonces a
cenar, y siendo así que no habíamos sino almorzado antes de partir,
estuvo la olla tan salada, que ninguno de los tres pudo comer, y
los garbanzos estaban más duros que balas. Entonces nos compusimos
con pan y queso y unas lenguas que se asaron.
Ya que vino el día volvimos a partir, y a la tarde a las faldas
de un cerro nos alcanzaron unos mestizos que venían con tres cargas
de sandías en sus cerrones llenos. A la mano izquierda sobre de un
cerro se descubría una hacienda, y me dijeron que era de un
mallorquín casado que allí vivía y estaba muy rico. Yo deseé
conocerlo, pero como caía desviado, pasamos de largo, y a cosa de
dos leguas sobre de otro cerro en que había tres casas de indios
arranchamos. Aquí ya es clima del todo templado, y algo tira a
frío. Diéronme cuatro sandías por un real, y las comimos los tres.
Aquí compré unas papas, y con tasajo y lenguas saladas cenamos muy
bien. El otro día volvimos a partir, y a la tarde mi chapetón se
quedó un poco atrás, y perdió el camino, y fue a dar a un molino de
agua, que de viento no los hay en el Perú, y allí se quedó aquella
noche.
Yo y el indio nos arranchamos al lado de una quebrada en que
había buen pasto, y allí pasamos la noche. Yo reparé que había por
allí varios montoncitos de piedras del alto y redondo de un
sombrero poco más, y como no sabía lo que era, fui y di a uno un
puntapié, y al instante salieron millones de millones de hormigas
que todo aquel paraje infestaron, y nos fue preciso con manojos de
paja que allí había bastante quemar todo aquello. Estos nidos de
hormigas es cosa singular, porque ellas dentro tienen hecho su nido
a modo de colmena, y por encima de las piedras que sobremontonan, a
más de ponerlas muy juntas, les dan una mano de betún, para cuando
llueve no pase adentro el agua, y el nido no taladra la superficie
de la tierra.
Ya que vino el día, el indio cargó sus garbanzos y se fue, y sin
que yo lo reparase me hurtó una navaja inglesa que compré en un
patacón en Lambayeque cuando compré la munición, y un crudo de tres
varas encerado con que tapaba una carga. Yo me quedé a aguardar a
mi chapetón, el cual pareció al mediodía, y ya nos quedamos hasta
el otro día. Y ya que vino, cargamos y partimos. Ya a la tarde
llegamos a subir un cerro montuoso, y catay que me sale un venado,
y sin apearme le tiré un balazo y lo tumbé. Vuelvo a cargar y tumbé
otro, y vuelvo a cargar, y cogí otro. Había muchísimos, que por no
tener en qué llevarlos, los dejamos. Llevamos los tres cargados
sobre las cargas con mil trabajos, porque al salir del monte, que
ya se veía abajo a cosa de media legua el pueblo de San Miguel, nos
sobrevino un grande aguacero que nos llevaba casi
arrastrando.
Ya que llegamos me fui derecho a casa del indio, el cual ya me
estaba aguardando, y allí me apeé. Era este día el de nochebuena y
al cabo de rato hube de saber que era curato nuestro. Fui a ver al
Padre cura y lo hallé con otro religioso compañero. Yo me disculpé
de que no había sabido que ellos estaban allí. Con esto allí me
quedé y les ayudé aquella noche a cantar
Maitines, y allí
comí las tres fiestas de navidad. El día de San Juan es allí la
fiesta principal en que se celebra la patrona que es la Virgen del
Arco. Este año la pagaba un chapetón vecino y hacendado del pueblo,
y nos convidó a comer e hizo una mesa espléndida. Aunque yo bien lo
pagué, porque el cura me sacó media libra de tabaco del que me
había dado el cura de Catacaus; porque aunque me lo quiso pagar, yo
no se lo permití. A esta fiesta acudieron más de 2.000 criaturas de
los pueblos circunvecinos, que están repartidos por aquellas
serranías. Yo partí el día de Inocentes, y en dos jornadas llegamos
a Cajamarca. En la primer jornada nos llovió mucho, y en la
segunda, legua y media antes de llegar a la ciudad, al subir de una
cuesta toda de cantería, vi venir por encima del lomo dos hombres a
caballo cada uno con su lanza. A poco rato párase el que iba
delante, fue a hablar al otro, y de improviso vuelven las riendas
hacia nosotros. La acción me pareció mal, y díjele a mi chapetón:
En diciéndole yo, don Francisco, levante el gatillo a esta
escopeta, haga usted el ademán de encararles la escopeta; pero no
dispare usted hasta que yo se lo diga. Así se hizo. Ya que se
venían llegando, di el grito a don Francisco, el cual saca la
escopeta de bajo de la ruana y hace el ademán de apuntarles. Ellos
que sé venían determinados, al ver la escopeta, revuelven cerro
arriba a carrera con sus caballos, y yo que les daba vía
diciéndoles: Ea, vengan ustedes. Ellos que eran dos ladrones
salteadores y homicidas, se fueron a toda prisa, y en breve ya no
los volvimos a ver.