INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO XVIII


 
Contiene lo que me pasó en Lambayeque hasta que llegué a la ciudad de Cajamarca.


 

El peón que nos acompañaba me informó que en Lambayeque había una señora viuda muy rica, que hospedaba a todos los religiosos nuestros, y así al llegar a la ciudad, nos guió derecho a su casa, la cual me recibió con mucho gusto y agasajo, y luego me señaló un cuarto en que pusieron mis trastes. Tenía en el patio de la casa unos árboles tamarindos, a cuya sombra se pusieron mis bestias, y luego se compró alfalfa que hay con mucha abundancia, y quedé ya del todo compuesto. Allí me dieron noticia que había en la ciudad un mallorquín casado, llamado don Antonio Fullana. Salí al cabo de rato, y fui a su casa, y supe que era de Lumayor. Este hombre sabía con juncos tejer un sombrero. Supe pues que una legua de Lambayeque había una laguna en que se criaban muchos juncos muy finos y delicados. Enseñó pues a un indio de tejer sombreros, y entre los dos fabricaron una partida, y viendo que tenían buen despacho, fue aumentando fabricantes, y a tener correspondencia hasta Lima y Cuenca, y con sólo este comercio de los sombreros de juncos ha enriquecido.

A la sazón tenía 14 indios fabricantes, y les daba cada día a todos dos reales de guarapo, y a cada uno un real y medio diario; y cada cual le fabricaba cada día cuatro sombreros, y él los vendía a cuatro reales cada uno. Estos días había parecido a su casa otro mallorquín perdulario, natural de Dea, que venía fugitivo de un navío que había llegado de España a Lima, y como no tenía más que lo que llevaba encima, iba el hombre desviado. Él se quería acompañar conmigo, pero yo por no dejar mi don Francisco, no le admití. Al cabo de rato salí con don Antonio, y me guió a una tienda en que compré cinco libras de munición, que con las pavas de Piura la había acabado.

Díjele después que me acompañase a ver al señor Vicario. Este era el Vicario Rubio, que dije anteriormente que decían que tenía maleficiado al obispo de Trujillo. En el camino le pregunté sobre el particular, y me dijo que era voz pública que estaba muy malquisto en la ciudad, porque era muy pleitista, y acababa de tener un grande cuento con el Corregidor, y que estaba encontrado con los dos curas y con la mayor parte de la clerecía, por su soberbia y de un hijo suyo clérigo, que él había sido antes casado.

Ya que llegamos allá lo hallé con su hijo y otro clérigo. Díjele como acababa de llegar y venía a besarle las manos para que me mandase. Enséñele la licencia del Comisario General, y después de haberla leído me dijo: Padre, usted viene apóstata, porque debía haberse ido a embarcar a Cartagena. Yo le respondí: ¿Qué, esta patente dícelo así? Respondió que no; pero que estando en el obispado de Quito, que pertenece al Virreinato de Santa Fe, no podía venir a embarcarme por Lima. Yo le dije: Esto lo habrá usted encontrado en algún autor teólogo o en Sánchez De Matrimonio. Miren qué teólogo éste para decirme a mí que vengo apóstata. Sí señor, respondió él, y le prohibo desde ahora que no puede decir misa. Yo si me da la gana la diré en medio de la plaza, que por razón de misionero apostólico, que supongo más que toda su Vicaría, puedo llevar, como los obispos, altar portátil. Él me dijo que le enseñase esta facultad. Yo le dije que esto lo debía él saber por su oficio, y supuesto que no lo sabía, se infería su ignorancia culpable.

Cuando los dos compañeros vieron el modo con que yo le rebatía, se pusieron a promediar y apaciguar la materia, y él vino a decirme: Por fin, Padre, sólo los días de fiesta le permito que pueda decir misa. Entonces le dije yo ya con ira: Esto confirma más su ignorancia, porque suponiendo que vengo apóstata, y por consiguiente excomulgado, me da licencia para celebrar, ignorando, siendo párroco, que entonces quedaba suspenso, y la iglesia entredicha. Los Superiores de los conventos por donde he pasado han visto esta licencia de mi Superior general, y la han aprobado, y usted, que no sabe su obligación, la quiere reprobar. Sabe más un puro Guardián de un convento nuestro que el Vicario Rubio con toda la prosapia de los Rubios, hasta la octava generación. Diciendo esto me salí de la casa, y me fui. En casa de la señora donde me apee, tenia la señora un sobrino clérigo y cura de una parroquia. Yo le conté la mano, y me dijo: Véngase usted a decir misa cada día en San José; a ver cómo lo impide este señor Vicario. Yo por quitarme de empeños con un hombre que ya sabía que usaba de maleficios, tomé por mejor, supuesto que la señora tenía en casa su capilla, decir misa en ella, y así lo hice, los cuatro días que ahí paré.

Lambayeque está fundado en un arenal, y es más grande que Piura, y tiene mejores calles y casas. Puede tener siete mil vecinos. La mayor parte es gente blanca y mestizos, y la menor son indios, negros y mulatos. Es pueblo rico, y tiene las mismas cosechas que Piura, pero su principal comercio es el jabón que hace del sebo de las cabras y cabrones, que se lleva tierra arriba hasta Lima y toda la serranía, y tierra abajo hasta Popayán. Y después los cordobanes que del pellejo fabrican, y para ello tienen grandes partidas de ganado cabruno. Tenía la señora un hermano clérigo, y entre los dos tenían sobre doscientas mil cabezas de este ganado. Aquellos días la señora había hecho una matanza de 30 mil cabezas. La carne se sala y seca se vende, y es, aunque negruzca, más sabrosa que el carnero. Allí trujeron una tarde para el abasto de la casa 10 mil lenguas saladas y secas, y la señora me regaló 400, y me sirvieron muy bien. No tiene Lambayeque más iglesias que dos parroquias, sin convento ninguno. Don Antonio me regaló dos sombreros finos de juncos, uno para mi y otro para mi chapetón don Francisco. Yo el quinto día partí, y ya cansado de tanto arenal, tomé sin baqueano el camino de la siena. A cosa de mediodía empezamos a encontrar cuadrillas de gente que venía de la fiesta de la Virgen de la Cueva Santa, que se venera en Santa Bárbara, y todos me preguntaban si nos habían salido unos negros levantados, que andaban por el pie de la sierra, y salían a hurtar, y habían hecho ya algunas muertes. Yo con estas noticias, tomé la escopeta y le cargué una bala, por lo que podía sobrevenir; pero no sucedió. A buena hora llegamos a la casa de un mestizo con ánimo de arranchar allí, y al revolver de la esquina para el portal, hubo de haber dos patos tamaños como unos gansos, casta de Guinea, que tienen la cabeza llena de corales como los pavos. Mi mula, que era algo pajarera, tuvo miedo, y dio una estampida, y por poco me estampa en el suelo.

Estaba la casa llena de gente, y el mestizo me dijo: Padre, pase usted adelante y hallará otra casa, y estará con más comodidad. Así lo hice, y a cosa de un cuarto de legua topamos la casa. No había nadie, pero a poco rato vino una mujer con un mozo. Yo les compré alfalfa, y allí pasamos la noche. Volvimos a partir el otro día, y a la tarde llegamos a un pueblo de indios y mestizos. Serán 150 familias. Yo no sé cómo se llama. Yo me arranché a la margen de una quebrada a lo último del pueblo, en donde hay una gran partida de matas de té. Delante había un buen alfalfar, y se compró para mis bestias, y el dueño me informó que el otro día había de pasar el despoblado y los Médanos. Con esta noticia busqué un peón baqueano, y venido el día nos partimos subiendo un cerro de arena. Ya que llegamos arriba tomamos una pampa de arenal de tres leguas, pero camino bueno y no muy flojo. De un lado y otro a lo lejos se descubrían los penachos de las peñas de las serranías, por la mayor parte cubiertas de arena. Yo supongo que esto, como dista tres o cuatro o seis leguas del Mar del Sur, alguna vez saliendo de madre, traería esta arena, porque también en este arenal hay muchas conchas marinas. En la mitad de la pampa me voló el sombrero de juncos, y tres veces que me apeé para irlo a coger, al echarle la mano, volvíalo a llevar el viento, y fue a parar a la punta de un cerro de arena. Al cabo de las tres leguas están los Médanos, pero no es sino media legua, y no fueron tan grandes y pesados como los de Loja. Al salir de los Médanos se revolvió el baqueano, y nosotros proseguimos, y a buena hora arranchamos en un grande gramadal muy bueno. Allí junto había una huerta, y yo fui allá y el amo me dio yucas y camotes. Le compré un pollo, me regaló un melón y dos sandías.

El otro día volvimos a partir, y a la tarde llegamos a Santa Bárbara. Yo me arranché a lo último del pueblo delante de una casa de mestizos a la sombra de unos tamarindos, y ya que se trujo alfalfa, y acomodé las bestias, se compró un polio y cenamos. Sobrevino un indio mozo y me dijo: Padre, yo vine a la fiesta, y me llevó unos garbanzos, y mañana, si quieres, me iré contigo para San Miguel, que mi padre es Alcalde, y puedes venirte a mi casa a arranchar. Ya yo conocí que él lo que pretendía era que yo lo convidase a cenar, y así lo hice. El pueblo de Santa Bárbara es de indios y mestizos, y tendrá 200 familias. Está fundado en arenal, pero como tiene ya junto la serranía, es clima algo templado. Ya que vino el día partimos, y al cabo de un rato hallamos una roza de sandías. No hubo a quién comprar, y cogimos cada cual de los tres su sandía y rezamos una salve a beneficio del dueño. A poco rato llegamos ya a tomar la sierra, y a la tarde venimos a arranchar ya sobre de un cerro pelado, y se hubieron de bajar las bestias a una quebrada, y cogerles hojas de cañas para que comieran, porque no había otra cosa, y éstas eran cañas como las de España.

El otro día volvimos a partir, y a la tarde al pie de un cerro se cansó un caballo, y fue el que compré en Quito al peón que de la villa de Ibarra me había acompañado. Mi chapetón quedó con él a traerlo poco a poco, y yo y el indiecito pasamos adelante, y arranchamos sobre del cerro en que había buen pasto. Sacamos candela y armamos la olla con tasajo y lenguas de chivato, y el indio sacó garbanzos y también los metimos a la olla. Ya todo compuesto despaché al indio a que fuera a ayudar a traer el caballo. Fuese allá, y yo que tengo malísima mano para cocinar, probaba la olla y siempre me parecía que le faltaba sal, y siempre le añadía. Viendo que tardaba mucho fui allá y ya estaba cerca. Yo tomé el cabestro tirando por delante, y los dos arrempujándolo por detrás. Venía él al canto del cerro, y pisó mal y se cayó, y de un revuelco a otro dio en un precipicio de más de 2.000 varas, y del golpe quedó el caballo hecho una torta. Nos fuimos entonces a cenar, y siendo así que no habíamos sino almorzado antes de partir, estuvo la olla tan salada, que ninguno de los tres pudo comer, y los garbanzos estaban más duros que balas. Entonces nos compusimos con pan y queso y unas lenguas que se asaron.

Ya que vino el día volvimos a partir, y a la tarde a las faldas de un cerro nos alcanzaron unos mestizos que venían con tres cargas de sandías en sus cerrones llenos. A la mano izquierda sobre de un cerro se descubría una hacienda, y me dijeron que era de un mallorquín casado que allí vivía y estaba muy rico. Yo deseé conocerlo, pero como caía desviado, pasamos de largo, y a cosa de dos leguas sobre de otro cerro en que había tres casas de indios arranchamos. Aquí ya es clima del todo templado, y algo tira a frío. Diéronme cuatro sandías por un real, y las comimos los tres. Aquí compré unas papas, y con tasajo y lenguas saladas cenamos muy bien. El otro día volvimos a partir, y a la tarde mi chapetón se quedó un poco atrás, y perdió el camino, y fue a dar a un molino de agua, que de viento no los hay en el Perú, y allí se quedó aquella noche.

Yo y el indio nos arranchamos al lado de una quebrada en que había buen pasto, y allí pasamos la noche. Yo reparé que había por allí varios montoncitos de piedras del alto y redondo de un sombrero poco más, y como no sabía lo que era, fui y di a uno un puntapié, y al instante salieron millones de millones de hormigas que todo aquel paraje infestaron, y nos fue preciso con manojos de paja que allí había bastante quemar todo aquello. Estos nidos de hormigas es cosa singular, porque ellas dentro tienen hecho su nido a modo de colmena, y por encima de las piedras que sobremontonan, a más de ponerlas muy juntas, les dan una mano de betún, para cuando llueve no pase adentro el agua, y el nido no taladra la superficie de la tierra.

Ya que vino el día, el indio cargó sus garbanzos y se fue, y sin que yo lo reparase me hurtó una navaja inglesa que compré en un patacón en Lambayeque cuando compré la munición, y un crudo de tres varas encerado con que tapaba una carga. Yo me quedé a aguardar a mi chapetón, el cual pareció al mediodía, y ya nos quedamos hasta el otro día. Y ya que vino, cargamos y partimos. Ya a la tarde llegamos a subir un cerro montuoso, y catay que me sale un venado, y sin apearme le tiré un balazo y lo tumbé. Vuelvo a cargar y tumbé otro, y vuelvo a cargar, y cogí otro. Había muchísimos, que por no tener en qué llevarlos, los dejamos. Llevamos los tres cargados sobre las cargas con mil trabajos, porque al salir del monte, que ya se veía abajo a cosa de media legua el pueblo de San Miguel, nos sobrevino un grande aguacero que nos llevaba casi arrastrando.

Ya que llegamos me fui derecho a casa del indio, el cual ya me estaba aguardando, y allí me apeé. Era este día el de nochebuena y al cabo de rato hube de saber que era curato nuestro. Fui a ver al Padre cura y lo hallé con otro religioso compañero. Yo me disculpé de que no había sabido que ellos estaban allí. Con esto allí me quedé y les ayudé aquella noche a cantar Maitines, y allí comí las tres fiestas de navidad. El día de San Juan es allí la fiesta principal en que se celebra la patrona que es la Virgen del Arco. Este año la pagaba un chapetón vecino y hacendado del pueblo, y nos convidó a comer e hizo una mesa espléndida. Aunque yo bien lo pagué, porque el cura me sacó media libra de tabaco del que me había dado el cura de Catacaus; porque aunque me lo quiso pagar, yo no se lo permití. A esta fiesta acudieron más de 2.000 criaturas de los pueblos circunvecinos, que están repartidos por aquellas serranías. Yo partí el día de Inocentes, y en dos jornadas llegamos a Cajamarca. En la primer jornada nos llovió mucho, y en la segunda, legua y media antes de llegar a la ciudad, al subir de una cuesta toda de cantería, vi venir por encima del lomo dos hombres a caballo cada uno con su lanza. A poco rato párase el que iba delante, fue a hablar al otro, y de improviso vuelven las riendas hacia nosotros. La acción me pareció mal, y díjele a mi chapetón: En diciéndole yo, don Francisco, levante el gatillo a esta escopeta, haga usted el ademán de encararles la escopeta; pero no dispare usted hasta que yo se lo diga. Así se hizo. Ya que se venían llegando, di el grito a don Francisco, el cual saca la escopeta de bajo de la ruana y hace el ademán de apuntarles. Ellos que sé venían determinados, al ver la escopeta, revuelven cerro arriba a carrera con sus caballos, y yo que les daba vía diciéndoles: Ea, vengan ustedes. Ellos que eran dos ladrones salteadores y homicidas, se fueron a toda prisa, y en breve ya no los volvimos a ver.

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