CAPÍTULO
XVII
Contiene lo que me pasó en la ciudad de Piura hasta que
llegué a la ciudad de
Lambayeque
.
Al llegar a la ciudad de Piura me fui derecho al convento, que
es el primero de la provincia de Lima que se encuentra, en donde el
Guardián me recibió con gusto, que era él chapetón, y en Lima tomó
el hábito, y había sido muchos años sacristán de la casa grande. Se
buscó algarroba para las bestias, y ya que se acomodaron también
mis trastes en una celda, me dijo él Guardián que ya había días que
me aguardaba, porque se había sabido de la misión que había
predicado en Loja, y deseaba que también predicase en Piura. Yo le
dije que para misión era aquel clima muy caluroso, y que por fin
que yo venía con ánimo de descansar unos días y que descansasen mis
bestias, y que veríamos en ello.
El convento no tenía más que tres religiosos, y en la ocasión
estaba allí presente un clérigo mulato que había sido secretario de
un obispo de Cartagena, y actualmente era cura de un pueblo de
indios a cosa de dos leguas cortas de Piura, llamado Catacaus. Este
pues cura de Catacaus era gran amigo del Guardián, y se venía
varias veces al convento a estarse algunos días. Éste pues al
instante se ofreció a ver un amigo, y que me tuviese en una
hacienda suya mis bestias a buen recaudo, hasta que me fuese, y así
se hizo, y el otro día de mañana se las llevaron y no las volví a
ver hasta que me fui.
La ciudad de Piura está fundada en un arenal; las casas tienen
las cuatro esquinas de ladrillo, y lo demás son de adobes. Sólo las
iglesias son todas de ladrillos. Tiene sólo la parroquia, nuestro
convento y convento de Padres betlemitas. Tendrá la ciudad más de
cuatro mil vecinos. Se coge mucho maíz, y da tres cosechas al año;
muchas y ricas yucas, camotes y sapallos. Tiene mucho ganado vacuno
y cabruno, cuya carne es mejor que de camero. Su principal comercio
es las grandes sembrerías de algodón que se lleva hasta Quito y
Pasto. Tiene bastante comercio de ropa de Castilla y vino de Chile,
lo que se baja embarcado de Lima por el Mar del Sur, que sólo dista
tres leguas de Piura. Allí junto al convento vivían los padres del
dominico el cual a lo que llegué cayó enfermo de tercianas, y
deseaba mucho que yo llegase para que lo curase. El otro día de
haber llegado me mandó llamar. Lo vi, y le dije que había menester
dos sangrías, pero como en aquella tierra no están versados a
sangrarse su madre lo repugnó totalmente. Yo viendo la repugnancia
de la señora, me retiré y le mandé decir que lo curase su madre;
pero como las tercianas le apretaban, por fin se hizo sangrar; pero
yo ya no quise volver allá. Él clamores y más recaudos, pero no lo
volví a ver.
A tanta instancia que me hicieron, le mandé un vomitorio de
quinoa. Quinoa llaman un granito tamañito, amarillo del tamaño del
granito que tienen los higos pasados. La mata que lo da es
totalmente parecida a aquella especie de col que en España llaman
bróculi, sólo que la quinoa se hace más alta que un hombre, con la
espiga muy grande a su parejo, y sólo fecunda en tierra fría. La
semilla es la que se come, y para comerla es preciso lavarla tres o
cuatro veces, porque de no, es muy agria y amarga. Pero ya así
desaguada es muy rica comida, y compuesta con miel es mucho
mejor.La lavaza de esta quinoa es un vomitorio bueno y muy
seguro, y muy usado por aquellas tierras. Éste pues le mandé en un
vaso sin decirle lo que era, porque conocí que le había de
aprovechar. Él lo tomó e hizo seis vómitos al cabo de una hora. Su
madre, pensando que se moría, levantó el grito contra mí, y él con
las bascas de vómito también. Acudieron al convento y no me
hallaron, pero fue allá mi chapetón y le dijo el enfermo que me
dijese que yo era un pícaro, que lo había muerto con aquella
bebida. Todo esto lo supo el Guardián, y como estaba picado del
dominico, porque cuando llegó a Piura no lo fue a ver y a prestarle
obediencia, y de esto era él muy fantástico, me dijo que no lo
fuera a ver.
Sin embargo, del buen efecto que le hizo el vomitorio, con todo
las tercianas a los tres días le repitieron con más fuerza, y yo
conocí que había menester tomar quina. Yo traía un zurrón hecho de
dos badanas, y en él apilada una arroba molida, fresca y escogida
de mi mano en Loja de un almacén que estaba lleno de ella, y antes
de irme, la pedí con ánimo de traerla a España. Su padre se vino a
empeñarme que fuera allá a verlo. Yo no quise ir, pero le dije yo
le mandaría tres papeles de quina, y que la tomase. Díle tres
adarmes de ella. La tomó y se le fueron las tercianas totalmente, y
a los cuatro días se levantó sano, y vino a verme y pedirme perdón.
Pero el Guardián por poco lo echa del convento a
regaños.
Había en Piura una señora de 90 años que enfermó estos días de
un resfriado. Ella tenía un hijo capellán y comisario de la
Inquisición, llamado don Luis Quevedo. Éste me mandó llamar. Vi a
la señora, y le mandé tomar seis días un poco de guayusa. Con ello
sudó bastante y se le fue el resfriado. Yo quedé aficionado a la
casa, porque conocí que era casa de santos. Así la madre como don
Luis, una hermana suya doncella espuria que habían criado en casa,
todos eran buenos. Era casa rica, y un día con dos negros y dos
negras me mandaron dos melones y dos sandías exorbitantes de
grandes, y don Luis me dio una pieza de bretaña, diciéndome que me
hiciese un par de camisas, porque de allí para adelante hasta Lima
era más ardiente el clima, y no podría aguantar la ropa de
lana.
Es Piura tan fecunda de melones y sandías, que por las calles
están amontonadas para vender, y por medio real escoge cualquiera
del montón cinco de las que quiere, y esto todo el año, porque en
todo el año se dan en los arenales. De un día antes de llegar a
Piura hasta Lima, que por el rodeo hay 200 leguas y 60 por el
despoblado, en toda esta tierra no llueve jamás, ni jamás han visto
siquiera el cielo anublado, sino sol y más sol, calor y más calor.
Doce horas de día y doce de noche. Sus sembrerías se hacen y
fecundan con el agua de los ríos, y hay también cuatro meses cada
año que llaman tiempo de blanduras, porque aquella tierra de por sí
ella se humedece tanto, que entonces no ha menester regar. El
Guardián y algunos caballeros me instaron sobre la misión. Yo para
evadirme, conociendo que en el convento no había sujeto capaz para
ello, dije que yo no tenía repugnancia a predicar la misión, pero
que siendo preciso para ganar las indulgencias predicar también la
doctrina cristiana, no podía yo hacer uno y otro. Vióse el
predicador conventual del convento, y no se animó a
ello.
Desde Piura hasta Cajamarca las mujeres al salir de casa salen
con saya, y ésta con cola detrás de dos varas de larga, y las
señoras cuando van fuera, llevan una negra detrás que les lleva la
cola, y si es que va a la iglesia, lleva la negra también sobre la
cabeza doblada una alfombra para tender en el puesto donde se ha de
poner la señora. Todas las colas están forradas de badana y tanto
las pobres como las ricas, al entrar en la iglesia sueltan en
tierra la cola y la arrastran por el suelo, y en que haga mucho
ruìdo está su mayor gala.
Ya estábamos en los últimos de octubre, y el Guardián se empeñó
en que el día de todos los santos en la noche, había de predicar de
ánimas. Yo había de partir el otro día de finados, y prediqué dicho
sermón. Después de cenar es allí estilo acudir la gente a las
iglesias, y mandan decir responsorios sobre las sepulturas, y los
pagan a medio real cada uno, y esta noche hubo religioso que a las
diez de la noche ya tenía quince pesos de los responsorios que
había echado. Yo no quise ir a tal función, y temprano me fui a
recoger.
El día de finados por la tarde me trujeron mis bestias, tan
flacas y desmedradas, que era imposible con ellas proseguir mi
camino. Yo con todo cargué mis trastes, y a los quince días de
haber llegado a Piura, salí para Catacaus con ánimo que el cura
viese las bestias cómo estaban con su encargo. Él al verlas tan
flacas se airó, y de pronto quiso partirse a mandar deponer el
aperador de la hacienda por su descuido. Yo no se lo permití, y se
dispuso tenerlas ocho días a buen comer maíz y alfalfa, con que
algo se compusieron.
Catacaus es pueblo todo de indios, y tendrá 200 familias. Llevan
todos hombres y mujeres unas mangas de bayeta todas bordadas de
lanas de diversos colores, y los hombres los calzones también. Las
paredes de las casas son de encañizada embarrada con greda, y
blanqueada dentro y fuera, con las calles bien alineadas, sin que
sea una más grande o alta que otra, y todas son iguales. El pueblo
de indios más hermoso que he visto es éste: Pero las casas no
tienen techo, porque como nunca llueve, no le han menester. Sólo
tienen unas ramas para defenderse del sol. Es pueblo rico, porque
tiene junto un río y con él tienen mucha sembrería, y abastecen a
Piura de sandías y melones, camotes, yucas, sapallos, maíz y
alfalfa. Junto al pueblo que está fundado en un arenal, tienen una
legua y media de algarrobos para leña, y pasto para las bestias de
algarroba y puñuello. Cogen mucho algodón y crían mucho cabrío y
ganado vacuno.
Críase dentro de aquellos arenales muchísima grama, que bejuquea
por bajo de la arena, y sólo asoma las puntitas de las ramas. Los
indios sacan mucha, y a esto llaman ñudillo, que sustenta y engorda
mucho las bestias. Esta octava de los finados celebran con mucha
pompa. Cada día tiene la fiesta su mayordomo, y éste paga 25 pesos
por la misa cantada y procesión con responsorios de difuntos. Toda
la octava cada día ponen la iglesia llena de novillas, botijas de
chicha, vino y aguardiente, costales de harina de trigo y maíz,
montones de yucas, camotes, sapallos y muchísimas sandías y
melones, cerillos y platos de azúcar.
Después de la procesión va el cura y echa un responsorio en cada
sepultura, y acabada la función van todas las indias de doce años
para arriba con el plato del azúcar en la mano y en la otra dos
reales a besar la mano al cura en su casa, y ya que todas pasaron,
los hombres acarrean a casa del cura toda la vitualla que hay en la
iglesia; que con sola esta octava recoge el cura sobrado para pasar
el año con regalo. Él iba algo enfermizo de malos humores con la
barriga abultada y muy descolorido, y yo le dije: Padre, si yo
había de perseverar aquí, yo le curara. Él me preguntó con qué, y
yo le dije: Con una hierba que tomará usted esta tarde. Ya que fue
hora, mandé al negro que lo servía que cociera un poco de guayusa,
y la tomamos en lugar de mate, y al acabar de tomarla nos fuimos a
la iglesia al rosario. Fue tan copioso lo que sudó, que fue
menester mudar la camisa, e hizo un charco de saliva por la boca, y
no hacía más que repetir: Peste de hierba. Él me arrancó dos libras
de guayusa; pero me regaló una lata de a 2 libras de tabaco
sevillano muy bueno. Estos días me cosieron las dos camisas y el
día octavo, dejando un caballo por flaco, con un baqueano nos
partimos para el pueblo de Lambayeque.
Partimos a las tres de la tarde, y caminamos hasta la media
noche. Paramos cosa de una hora, y volvimos a partir hasta las ocho
del día, y llegamos a la ranchería, en que tenía su casa el peón
que nos acompañaba. Allí paramos un día. Había allí junto un pedazo
de monte con muchísimas pavas, y en los dos días maté con la
escopeta 28 pavas, y asadas nos alcanzaron hasta Lambayeque. Allí
vi que tenía este hombre varios árboles de algodón, no blanco sino
musgo natural, y éste se aprecia mucho para tejer medias. Ya que
vino la tarde sacó una partida de chipchis, que aquí llaman
calabazo de cabello de ángel y en las Andalucías cidra; hizo de
ello pedazos y los repartió por una plazuela que tenía delante de
su casa, y después sacó un cuerno taladrado, y dio con él unos
ronquidos, y al instante vinieron del monte más de 400 cochinos que
criaba y se lo comieron.
Partimos el segundo día a la tarde y dimos tres jornadas
semejantes a la pasada, y esta cuarta jornada dejé cansado en un
arenal un caballo que había ya adquirido, a perecer, porque allí ni
tenía él pasto ni agua qué beber. La quinta jornada después de
haber reposado un poco a la media noche en despoblado, volvimos a
partir. Estaba la noche algo oscura, y un caballo se desvió sin
advertirlo con la carga por dentro de un arenal poblado de
algarrobos. Por la madrugada lo advertimos, y como no había agua,
no pudimos parar, y a las 7 llegamos a un pueblo de indios y
mestizos y allí paramos. Yo no sé cómo se llama. Serán 120
familias. De allí mandé a mi chapetón con un mozo del pueblo, y
fueron a buscar el caballo, y lo trujeron a la
tarde.
Yo me había apeado en casa del cura, más él no estaba allí, y me
dijo una sobrina suya que el día anterior había ido a tomar una
deposición a un indio, que en otro pueblo estaba encarcelado; pero
que a la tarde vendría. La señora tenía un bulto en una mejilla, y
yo pensando que era lobanillo, se lo pregunté; pero ella metió la
mano, y hubo de ser un cabo de limpión que tenía dentro de la boca.
Ya que vino el cura me contó que el indio preso, la noche antes
otros amigos, habían minado la cárcel, y le dieron vado. Díjome que
era malísimo indio con fama de brujo, y que se tenía por cierto que
el Vicario de Lambayeque, llamado don Fulano Rubio, tenía hechizado
al obispo de Trujillo con un hechizo que obtuvo de este indio, y
daba tales razones, que me lo hizo creer. El otro día volvimos a
partir, y vinimos a arranchar a otro pueblo semejante. Yo no sé su
nombre; sólo si sé que éste es el pueblo en donde aquella hoja unió
aquellos tres trozos de carne fresca que llevo referido. Lo
pregunté ahí mismo, y me informaron que era verdad, y que se había
hecho después varias experiencias. El otro día volvimos a partir, y
a la tarde llegamos ya a Lambayeque.