CAPÍTULO XVI
Contiene lo que me pasó en Cariamanga hasta que llegué a la ciudad
de Piura.
Llegamos con aguacero a Cariamanga, y derecho me fui a casa del
cura llamado don Diego Tobar, que ya me conocía de Quito, y sabía
que yo era muy amigo de su tío el Padre Definidor Tobar, de quien
tengo ya hecha mención. Luego me hizo mucho agasajo. Es Cariamanga
clima ya frío. Es pueblo que tendrá doscientos vecinos; la mayor
parte son indios y mestizos y algunos blancos. Tiene mucho ganado
vacuno y ovejuno y bastantes bestias. Es pueblo rico, y tiene mucho
trigo y papas, y lo llevan a vender a Piura que carece de
ello.
La iglesia había diez y siete años que estaba caída, y sólo
había quedado un pedazo como una choza, donde se decía la misa.
Este cura don Diego antes había sido cura de los Pastos, y ahora
había dos años que lo habían pasado a Cariamanga, que es el último
curato que pertenece a Quito, y Loja es la raya que divide los dos
Virreinatos de Santa Fe y Lima, de suerte que el gobierno
eclesiástico de Loja pertenece a Santa Fe, y el político ya es de
Lima. Este pues cura había emprendido el hacer una nueva iglesia.
Ya estaba hecho el altar principal hasta el arco toral, y para el
cuerpo de la iglesia estaban ya parados los estantillos de palos
incorruptibles. Tenía ya también hechos los adobes para las
paredes, e iba a mano de concluirse en un año.
A poco rato de haber llegado, comuniqué al cura la idea de las
raicitas de sacar nueva dentadura. Él envió a llamar unos tantos
indios, y yo le enseñé la que me dio la monja, y un indio dijo que
sabía dónde había de aquellas raíces, dos días lejos de Cariamanga,
y le pagué diez reales y fue, el quinto día me trujo una talega
llena que tuvo 12 libras. Yo remití seis libras a Quito a la
marquesa de Maensa, y me quedé con las otras seis con ánimo de
traerlo a España, pero en Cajamarca una señora me lo quitó, como
diré adelante. De Loja un Alcalde había escrito a un ciego de
Cariamanga la cura que yo había hecho allá al ciego de las
cataratas, y éste se había empeñado con el cura para que al llegar
yo, lo avisase. El cura me lo comunicó, y con ello el otro día lo
fuimos a ver. Había tenido también este ciego cataratas en los
ojos; pero unos meses antes había pasado por allí un curandero, y
con 200 pesos que le dio le batió las cataratas, pero le dejó las
principales telas inferiores, y las superiores se las arrancó mal,
de lo cual padecía grandes dolores en los lagrimales, y le había
acudido bastante humor, y lo tenía todo enconado. A lo que lo vi,
le dije que no me atrevía a poner mano a la cura, porque las aguas
que yo hacía eran mordicantes, y no las podría aguantar, que se
lavase con vino rosado y tendría algún alivio. Me fui y no lo volví
a ver.
Yo al sexto día partí con un mocito baqueaeno. A cosa de media
legua díjome: Padre, pasa adelante, que yo entro al monte a una
necesidad. Fuese y ya no lo volvimos a ver porque se huyó. Cerca de
las dos de la tarde llegamos a un pueblecito de indios, que
pertenece a Cariamanga. Serán unas 20 familias, no me acuerdo su
nombre. Aquí tomé otro mozo para que nos acompañase hasta Los
Valles. Arranchamos en despoblado, pero ya en clima templado. El
otro día a mediodía llegamos ya a lo último de la serranía. A la
mano izquierda está la bajada, pero a la mano derecha hay otro
pueblecito de indios y mestizos, que también es ayuda parroquial de
Cariamanga. Tampoco me acuerdo su nombre. Yo tenía un pataguay de
plata de Loja para restituírlo a un mestizo de este pueblo. Bajé
solo allá, y como traía escrito el nombre del sujeto, pregunté por
él y no estuvo en el pueblo, pero hubo unos parientes suyos a
quienes entregué el vaso para que se lo diesen.
Volví a subir, y el peón se volvió a su pueblo, y yo y mi
chapetón tomamos cuesta abajo y nos entramos en los llanos. Ya que
llegamos abajo, es clima caliente y muy caliente. A poco rato
empiezo a encontrar árboles de pitos, y entonces conocí que don
Ramón de la Piedra no los habría visto cuando me dijo que en el
Perú no los había, y por cosa singular los tenía en su hacienda.
Cerca de las tres llegamos a un trapiche de azúcar, y ya que nos
convidaron a beber guarapo, nos paramos una hora, porque ya no
podía aguantar tanto ardor. Proseguimos después, y al caer del sol,
nos arranchamos en otro trapiche en que solas hallamos a dos
mujeres madre e hija, que me dijeron que sus maridos habían ido a
una fiesta que se celebraba en un pueblo comarcano.
El otro día de mañana volvimos a partir, y a la tarde llegamos a
un pueblo de indios, y no hallamos a nadie. Nos paramos en una
ramada y dimos de comer a las bestias hojarasca de maíz seca que
había allí en abundancia. En lo interim veo asomar un muchacho de
unos 12 años. Yo lo llamé, pero él apretó a huir, que ni venado, y
se enterró en una casa. Yo fui allá y no quería abrir de miedo. Por
fin lo hice abrir, y me dijo que la gente del pueblo no vendría
hasta tarde de la noche. Yo le pregunté por el camino de Piura, y
me dijo que en un trapiche que estaba allí cerca, allí habíamos de
ir a tomar el camino. Yo le di medio real, y nos acompañó al
trapiche, y allí arranchamos a pasar la noche.
El dueño del trapiche que era un buen mestizo me hizo mucho
agasajo, y me mandó poner las bestias en un gramadal en lo interim
que traía cogollo de caña dulce. En casa estaban de fiesta con dos
o tres familias que habían venido, y como el otro día era fiesta,
se mandó a traer ornamento, y en una capillita que había, dije el
otro día misa. Faltaba hostia, pero dentro de dos platos de plata,
apretando uno contra otro, se hizo una hostia, la que salió muy
gruesa, pero como no había otra, era la mejor. Yo consagré con ella
y dije la misa, y después de almorzar nos acompañó un mozo cosa de
dos leguas a un pueblecito de indios, en donde tomé el otro día un
mozo baqueano, que nos acompañó cinco jornadas hasta llegar a
Piura.
De este pueblo hasta la ciudad de Piura hay 50 leguas, las que
se andan en cinco jornadas, porque se camina por caguayes. Caguay
llaman puesto en donde hay agua. Aquí hay que suponer que de este
pueblo, que no sé cómo se llama, y tendrá 50 vecinos, hasta Piura
la poca tierra que hay esta mixturada con otra tanta arena. Es
clima muy ardiente, y cada 8 años no llueve más de una vez, y con
sola esta vez que llueve crían aquellos arenales unos pajonales muy
bellos, de una paja muy fina y del alto de un hombre, que abastecen
de pasto para ocho años a todo el ganado vacuno y cabruno que por
allí se cría, y a las bestias también. Hay sus pedazos de monte de
algarrobos que dan una algarroba del tamaño de la del fríjol, pero
muy buena. Estos árboles dan fruto cada cuatro meses, y antes que
vuelven a retoñar, les cae fruto y hoja. La hoja de que está muy
guarnecido es tamañita como la mitad de la uña del dedo menor, y a
esto llaman puñuello, y es el mejor sustento para ganado y
bestias.El palo del algarrobo es palo fino negrusco e
incorruptible, y una bestia que llega a engordar de la algarroba y
del puñuello, aunque sirva un año, no se cansa ni
enflaquece.
El otro día partimos bien de mañana, y el mozo que nos
acompañaba nos contó que unos años anteriores en aquel despoblado
había unos negros alzados, y en un pedacito de monte que topamos
habían de una vez muerto a siete pasajeros y tres mujeres; pero que
se armaron los indios de aquellos pueblos comarcanos y a lanzadas
los mataron. Este día llegamos antes de ponerse el sol a un charco
de agua que llaman Caguay de Pava Negra. Está esto en un despoblado
que no hay sino arenal. Contó el mozo que por las serranías que hay
a mano izquierda se crían muchos venados y gamos, y que para beber
acuden a este Caguay, y llegan tan sedientos, que aunque vean gente
y que los van a coger, no se huyen. Y que a veces ponen barba al
charco, y poniéndese a espiar, cogen grande partida de ellos de una
vez. La segunda jornada fuimos a dar a otro charco que llaman
Caguay de Garza Pintada. La tercer jornada fuimos a dar a un
riachuelo que llaman Caguay del Venado, y allí junto había un
pueblecito de indios que eran 8 casas no más. La cuarta jornada
fuimos a dar a otro riachuelo que llaman el Río de Achira. Río
arriba está poblado de siete trapiches de azúcar que abastecen toda
la provincia de dulces y guarapo.
La otra jornada fuimos a dar a un trapiche que gobernaba un
mulato, el cual me hizo tan poco favor, que ni siquiera me abrió la
casa para meter mis trastes, y me hizo pagar cuatro reales de un
poco de cogollo de caña para mis bestias. Yo antes de anochecer me
fui al río a bañarme. Había allí un buen platanar, y en él varios
papayos que tenían muchas papayas maduras. Yo soy devotísimo de
esta fruta, y entré a ver si podría coger una papaya. Ellas estaban
altas, y para ver si caía alguna madura, meneé el tronco de un
papayo, y en lugar de la madura, cayó una verde del tamaño del
puño, y me cayó en los labios, y el golpe me hizo una ampolla en
cada labio, y con el dolor se fue la gana de comer
papayas.
Ya que vino el día volvimos a partir, y cerca de mediodía
llegamos a unas casas de indios, y apretaba con la arena tanto el
sol, que nos paramos un rato y poniendo las bestias a la sombra de
unos algarrobos que delante había, nos fuimos a una casa y la hallé
llena de sandías. Al instante compré medio real, y como eran algo
chicas me dieron diez. Mi chapetón don Francisco comió cuatro, el
indio baqueano tres y yo otras tres; y al partirnos nos dieron tres
de regalo. Cerca de las cuatro de la tarde llegamos a Piura.