INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO XVI


 
Contiene lo que me pasó en Cariamanga hasta que llegué a la ciudad de Piura.


 

Llegamos con aguacero a Cariamanga, y derecho me fui a casa del cura llamado don Diego Tobar, que ya me conocía de Quito, y sabía que yo era muy amigo de su tío el Padre Definidor Tobar, de quien tengo ya hecha mención. Luego me hizo mucho agasajo. Es Cariamanga clima ya frío. Es pueblo que tendrá doscientos vecinos; la mayor parte son indios y mestizos y algunos blancos. Tiene mucho ganado vacuno y ovejuno y bastantes bestias. Es pueblo rico, y tiene mucho trigo y papas, y lo llevan a vender a Piura que carece de ello.

La iglesia había diez y siete años que estaba caída, y sólo había quedado un pedazo como una choza, donde se decía la misa. Este cura don Diego antes había sido cura de los Pastos, y ahora había dos años que lo habían pasado a Cariamanga, que es el último curato que pertenece a Quito, y Loja es la raya que divide los dos Virreinatos de Santa Fe y Lima, de suerte que el gobierno eclesiástico de Loja pertenece a Santa Fe, y el político ya es de Lima. Este pues cura había emprendido el hacer una nueva iglesia. Ya estaba hecho el altar principal hasta el arco toral, y para el cuerpo de la iglesia estaban ya parados los estantillos de palos incorruptibles. Tenía ya también hechos los adobes para las paredes, e iba a mano de concluirse en un año.

A poco rato de haber llegado, comuniqué al cura la idea de las raicitas de sacar nueva dentadura. Él envió a llamar unos tantos indios, y yo le enseñé la que me dio la monja, y un indio dijo que sabía dónde había de aquellas raíces, dos días lejos de Cariamanga, y le pagué diez reales y fue, el quinto día me trujo una talega llena que tuvo 12 libras. Yo remití seis libras a Quito a la marquesa de Maensa, y me quedé con las otras seis con ánimo de traerlo a España, pero en Cajamarca una señora me lo quitó, como diré adelante. De Loja un Alcalde había escrito a un ciego de Cariamanga la cura que yo había hecho allá al ciego de las cataratas, y éste se había empeñado con el cura para que al llegar yo, lo avisase. El cura me lo comunicó, y con ello el otro día lo fuimos a ver. Había tenido también este ciego cataratas en los ojos; pero unos meses antes había pasado por allí un curandero, y con 200 pesos que le dio le batió las cataratas, pero le dejó las principales telas inferiores, y las superiores se las arrancó mal, de lo cual padecía grandes dolores en los lagrimales, y le había acudido bastante humor, y lo tenía todo enconado. A lo que lo vi, le dije que no me atrevía a poner mano a la cura, porque las aguas que yo hacía eran mordicantes, y no las podría aguantar, que se lavase con vino rosado y tendría algún alivio. Me fui y no lo volví a ver.

Yo al sexto día partí con un mocito baqueaeno. A cosa de media legua díjome: Padre, pasa adelante, que yo entro al monte a una necesidad. Fuese y ya no lo volvimos a ver porque se huyó. Cerca de las dos de la tarde llegamos a un pueblecito de indios, que pertenece a Cariamanga. Serán unas 20 familias, no me acuerdo su nombre. Aquí tomé otro mozo para que nos acompañase hasta Los Valles. Arranchamos en despoblado, pero ya en clima templado. El otro día a mediodía llegamos ya a lo último de la serranía. A la mano izquierda está la bajada, pero a la mano derecha hay otro pueblecito de indios y mestizos, que también es ayuda parroquial de Cariamanga. Tampoco me acuerdo su nombre. Yo tenía un pataguay de plata de Loja para restituírlo a un mestizo de este pueblo. Bajé  solo allá, y como traía escrito el nombre del sujeto, pregunté por él y no estuvo en el pueblo, pero hubo unos parientes suyos a quienes entregué el vaso para que se lo diesen.

Volví a subir, y el peón se volvió a su pueblo, y yo y mi chapetón tomamos cuesta abajo y nos entramos en los llanos. Ya que llegamos abajo, es clima caliente y muy caliente. A poco rato empiezo a encontrar árboles de pitos, y entonces conocí que don Ramón de la Piedra no los habría visto cuando me dijo que en el Perú no los había, y por cosa singular los tenía en su hacienda. Cerca de las tres llegamos a un trapiche de azúcar, y ya que nos convidaron a beber guarapo, nos paramos una hora, porque ya no podía aguantar tanto ardor. Proseguimos después, y al caer del sol, nos arranchamos en otro trapiche en que solas hallamos a dos mujeres madre e hija, que me dijeron que sus maridos habían ido a una fiesta que se celebraba en un pueblo comarcano.

El otro día de mañana volvimos a partir, y a la tarde llegamos a un pueblo de indios, y no hallamos a nadie. Nos paramos en una ramada y dimos de comer a las bestias hojarasca de maíz seca que había allí en abundancia. En lo interim veo asomar un muchacho de unos 12 años. Yo lo llamé, pero él apretó a huir, que ni venado, y se enterró en una casa. Yo fui allá y no quería abrir de miedo. Por fin lo hice abrir, y me dijo que la gente del pueblo no vendría hasta tarde de la noche. Yo le pregunté por el camino de Piura, y me dijo que en un trapiche que estaba allí cerca, allí habíamos de ir a tomar el camino. Yo le di medio real, y nos acompañó al trapiche, y allí arranchamos a pasar la noche.

El dueño del trapiche que era un buen mestizo me hizo mucho agasajo, y me mandó poner las bestias en un gramadal en lo interim que traía cogollo de caña dulce. En casa estaban de fiesta con dos o tres familias que habían venido, y como el otro día era fiesta, se mandó a traer ornamento, y en una capillita que había, dije el otro día misa. Faltaba hostia, pero dentro de dos platos de plata, apretando uno contra otro, se hizo una hostia, la que salió muy gruesa, pero como no había otra, era la mejor. Yo consagré con ella y dije la misa, y después de almorzar nos acompañó un mozo cosa de dos leguas a un pueblecito de indios, en donde tomé el otro día un mozo baqueano, que nos acompañó cinco jornadas hasta llegar a Piura.

De este pueblo hasta la ciudad de Piura hay 50 leguas, las que se andan en cinco jornadas, porque se camina por caguayes. Caguay llaman puesto en donde hay agua. Aquí hay que suponer que de este pueblo, que no sé cómo se llama, y tendrá 50 vecinos, hasta Piura la poca tierra que hay esta mixturada con otra tanta arena. Es clima muy ardiente, y cada 8 años no llueve más de una vez, y con sola esta vez que llueve crían aquellos arenales unos pajonales muy bellos, de una paja muy fina y del alto de un hombre, que abastecen de pasto para ocho años a todo el ganado vacuno y cabruno que por allí se cría, y a las bestias también. Hay sus pedazos de monte de algarrobos que dan una algarroba del tamaño de la del fríjol, pero muy buena. Estos árboles dan fruto cada cuatro meses, y antes que vuelven a retoñar, les cae fruto y hoja. La hoja de que está muy guarnecido es tamañita como la mitad de la uña del dedo menor, y a esto llaman puñuello, y es el mejor sustento para ganado y bestias.El palo del algarrobo es palo fino negrusco e incorruptible, y una bestia que llega a engordar de la algarroba y del puñuello, aunque sirva un año, no se cansa ni enflaquece.

El otro día partimos bien de mañana, y el mozo que nos acompañaba nos contó que unos años anteriores en aquel despoblado había unos negros alzados, y en un pedacito de monte que topamos habían de una vez muerto a siete pasajeros y tres mujeres; pero que se armaron los indios de aquellos pueblos comarcanos y a lanzadas los mataron. Este día llegamos antes de ponerse el sol a un charco de agua que llaman Caguay de Pava Negra. Está esto en un despoblado que no hay sino arenal. Contó el mozo que por las serranías que hay a mano izquierda se crían muchos venados y gamos, y que para beber acuden a este Caguay, y llegan tan sedientos, que aunque vean gente y que los van a coger, no se huyen. Y que a veces ponen barba al charco, y poniéndese a espiar, cogen grande partida de ellos de una vez. La segunda jornada fuimos a dar a otro charco que llaman Caguay de Garza Pintada. La tercer jornada fuimos a dar a un riachuelo que llaman Caguay del Venado, y allí junto había un pueblecito de indios que eran 8 casas no más. La cuarta jornada fuimos a dar a otro riachuelo que llaman el Río de Achira. Río arriba está poblado de siete trapiches de azúcar que abastecen toda la provincia de dulces y guarapo.

La otra jornada fuimos a dar a un trapiche que gobernaba un mulato, el cual me hizo tan poco favor, que ni siquiera me abrió la casa para meter mis trastes, y me hizo pagar cuatro reales de un poco de cogollo de caña para mis bestias. Yo antes de anochecer me fui al río a bañarme. Había allí un buen platanar, y en él varios papayos que tenían muchas papayas maduras. Yo soy devotísimo de esta fruta, y entré a ver si podría coger una papaya. Ellas estaban altas, y para ver si caía alguna madura, meneé el tronco de un papayo, y en lugar de la madura, cayó una verde del tamaño del puño, y me cayó en los labios, y el golpe me hizo una ampolla en cada labio, y con el dolor se fue la gana de comer papayas.

Ya que vino el día volvimos a partir, y cerca de mediodía llegamos a unas casas de indios, y apretaba con la arena tanto el sol, que nos paramos un rato y poniendo las bestias a la sombra de unos algarrobos que delante había, nos fuimos a una casa y la hallé llena de sandías. Al instante compré medio real, y como eran algo chicas me dieron diez. Mi chapetón don Francisco comió cuatro, el indio baqueano tres y yo otras tres; y al partirnos nos dieron tres de regalo. Cerca de las cuatro de la tarde llegamos a Piura.

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