INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO XIV


 
Contiene lo que me pasó en Cuenca hasta que llegué a la ciudad de Loja.

 

Cosa de una legua antes de llegar a la ciudad de Cuenca, nos alcanzó en el camino un mestizo, del cual supe que en Cuenca vivía avecindado y casado un español llamado don Antonio Santandreu, y que era actual Alcalde ordinario de la ciudad. Yo por el linaje sospeché que podría ser mallorquín y ya desde luego determiné verme con él. Ya que llegamos a la ciudad, me fui a nuestro convento, que es una buena recolección, en donde el Guardián me hospedó con mucho agasajo. Ya que se compusieron mis bestias en un corral y se les trujo alfalfa, y mis trastes se compusieron en una celda que me señalaron, volví a salir a la ciudad y fuime a casa del dicho Alcalde, Santandreu. Me recibió con mucho agasajo, y hubo de ser aragonés, y sólo con informarlo que yo tenía una cuñada llamada Julia Santandreu, ya desde luego nos tratamos de parientes y con mucha llaneza.

Después de rato, me volví al convento, y a la noche catay que viene el señor Alcalde, y sin saberlo yo, contrata con el Guardián que me hagan quedar unos días a fin de que predique en la ciudad una misión. Viendo el Alcalde que el Guardián admitía con gusto la propuesta, vase el Alcalde y aquella misma noche vio al señor Corregidor, que era un caballero español, hombre muy recogido y dado a la virtud, y sería muy bueno, puesto que era cosa cierta y probada que habiendo antes estado de Corregidor en Guayaquil, el día que tomó posesión del Corregimiento tenía sólo 14 pesos, se mantuvo los seis años sólo con un criado que lo asistía del todo, y el día que acabó aquel Corregimiento se halló sólo en su poder 8 pesos. El Alcalde le comunicó el proyecto de la misión, y luego convino en ello, y aún se ofreció a promediarlo con esta traza.

Ya que vino la mañana, mandaron llamar al señor Alcalde, a mí y al Padre Guardián, a que fuéramos a su casa a tomar cacao. Fuimos los dos, y estando desayunándonos, catay que viene el otro Alcalde, y el señor Corregidor, y después de los debidos conejos, propóneme el señor Corregidor la especie de la misión. Yo dije que en suposición de hallarse allí todos los del gobierno de la ciudad, y juntamente el Guardián que por entonces era mi superior, y podía mandarme, que yo me dejaba a lo que ellos determinasen. Allí se ventiló si sería más a propósito que se predicase en la parroquia. El Guardián fue de sentir contrario, y que se predicase en el convento, y se resolvió dar parte al Padre cura y decirle que se había determinado que se predicase en el convento más que en la parroquia, porque aquella iglesia en una parte amenazaba ruina. Así se hizo y así se excusó el sentimiento que podía tener el Padre cura de que no se predicase la misión en la parroquia que era iglesia más capaz y estaba en medio de la ciudad, y con esta excusa quedó todo compuesto.

Aquella misma tarde el señor Alcalde Santandreu envió mis bestias a un potrero de una hacienda suya, para que se cuidaran bien, y aquella misma tarde ya se divulgó la voz de la misión, y aquella misma noche salí con el asalto con la comunidad, y se empezó la misión. Yo lo hube de hacer todo porque en el convento, con la excusa de la desprevención, no hubo quién se animase a una plática siquiera. Yo usé el mismo método que siempre había usado en todas partes de predicar las doctrinas por la mañana después de la misa, y a las noches la moral. Los primeros días hubo mucho concurso, y yo aguardaba coger bastante fruto, pero en mitad de la misión que duró quince días, cuando había más el pueblo de fervorizarse, se empezó más a enfriarse, y yo me quedé muy descontento del fruto que se hizo, sin poder averiguar de dónde vino el desmedro espiritual.

Un día mandóme llamar la Madre Vicaria de un convento que allí hay de monjas concepcionistas, y al llegar allá bajó con la Madre Priora, y me rogaron que al concluir la misión del convento, les predicase a ellas solas a puerta cerrada, algunas pláticas. Yo le dije que lo haría, aunque no podía dilatarme muchos días, porque tenía todavía mucho que andar. Y así que acabé en el convento, fui y les prediqué cinco pláticas morales al propósito.

La ciudad de Cuenca está fundada en un llano, y es algo mayor que la anterior de Riobamba. Su clima es benigno, templado y apacible. Muy fértil de fruta, especialmente naranjas chinas, manzanas, priscos, duraznos, melocotones, guaitambos, peras, chirimoyas, aguacates, melones y sandías. Muy abundante de granos, legumbres y carne, y la manutención va muy barata. Allí todo es bueno pero la gente es malísima, y tienen general fama y hechos de ladrones. Había entonces acabado de pasar este caso. Allí alrededor de una buena plaza que tiene están las tiendas de la mercancía. Había pues un mercader con su buena tienda de ropa de España. Éste por el día solía llamar a una niñita, hija de una mujer que allí en medio de la plaza vendía canastos de fruta, y le hacía buscar un poco de candela para chupar, y a ratos por este buen servicio, dábale algunos medios reales para tenerla congraciada.

Con esta ocasión tomó la madre la ocasión para pedirle que le hiciese el favor de guardarle en la tienda algunos canastos de fruta que no acabase de vender, y así todas las noches le acarreaba a la tienda varios canastos, y por las mañanas cuando el mercader venía a abrir la tienda, acudía ella y volvía a sacar sus canastos. A poco tiempo reparó el mercader que cada día hallaba que le hurtaban de la tienda ya piezas de cintas, ya bretañas, ya encajes. Aplicó todo su cuidado, registró la tienda, aseguró la puerta con nuevas cerraduras, pero todo era por demás, antes siempre perseveraban y se aumentaban los hurtos. Enfadado ya del todo, una noche puso de intento sobre del mostrador unas piezas de cinta de tela preciosas, y cerrando bien la tienda, haciendo el ademán de que se iba a dormir en su casa, se quedó rebosado a una esquina adonde estuvo de centinela toda la noche, persuadiéndose que por la noche era que le abrían la tienda y le hurtaban.

Él nadie vio en toda la noche que se acercase a su tienda. A la hora acostumbrada, va y abre la tienda, y halla faltas las cintas. Impaciente el hombre da un puntapié a varios canastos que allí había puesto la noche anterior la vendedora de fruta, y con ello hubo de tumbar dos canastos vacíos que estaban uno sobre la boca del otro, los que se despegaron, y dentro del de abajo halla a la niñita de la vendedora, que allí estaba cochada, y tenía las cintas que habíale hurtado aquella noche. Dio parte al Corregidor, y castigaron a la mujer, pero el mercader poco pudo ya recobrar.

En una parte de la plaza está la cárcel. A un lado del portal tiene una grande ventana con una fuerte reja de fierro, adonde salen los encarcelados a hablar, otros a pedir limosna, y otros a vender bolsitas, medias, birretes y otras cosas que fabrican de algodón. En viendo ellos pasar especialmente alguien que no conocen, echan unos suspiros que bastan a enternecer al que no los conoce. Regularmente dicen: ¡En ayunas hasta esta hora! ¡Anoche sin cenar, y hasta ahora en ayunas!, etc. Y como en la cárcel allí siempre hay muchos encarcelados, suele allí haber mucha plaga de piojos. Y son ellos tan perversos, que los ponen dentro de varios cañutillos ya la gente que se acerca a la reja a darle alguna limosna, o a comprarles alguna cosa, al volver la espalda, con un soplo le tiran una partida de piojos, que en un rato se le cunden por todo el cuerpo. Y entonces se quedan ellos dando grandes carcajadas de risa. A mí me avisaron de ello, y por esto, aunque me llamaron pasando por la plaza varias veces, jamás me acerqué allá.

Tiene Cuenca tres conventos de religiosos, la parroquia y uno de monjas. Entonces también había colegio de Padres jesuitas. Tiene mucho comercio de ropa de España, y de la tierra, paños y bayetas, las mejores que se fabrican en todo el Perú. Se fabrica allí muy buen queso y rica mantequilla. Las Madres monjas me regalaron una cajeta de ella, y la mujer del señor Alcalde cinco quesos, que el menor pesaba seis libras. Yo a los veintitrés días de haber llegado, me partí para Loja. La primer jornada fue a dar a un llano que llaman el Llano de Tarqui. Hay en este llano cinco o seis pedazos de tierra que por sí crían sal en abundancia, y por ello acuden allí las bestias y el ganado de que está poblado aquel llano, que tiene siete leguas de largo. Al pasar de estas pozas de sal, nos sobrevino un temporal de viento y aguacero, que nos echó a perder la jornada. El baqueano que nos acompañaba se fue huyendo, y nosotros perdimos el camino cosa de un cuarto de legua. Nuestra fortuna fue que encontramos un hombre a caballo. Yo le pregunté por el camino, el cual me dijo: Síganme a mí, y yo los encaminaré. Así lo fuimos siguiendo cosa de media hora, y llegamos a pasar a la vereda de dos lagunas medianas que hay cerca de lo último de este llano de Tarqui, no muy distantes una de otra en que hay muchos patos. En lo interim se sosegó el temporal, el hombre que nos conducía me dijo que era el caporal de una hacienda que está a lo último del llano; si quería subir allá a arranchar, que lo pasaría bien, porque el amo estaba en la hacienda de festejo con su esposa, un clérigo y algunas señoras de Cuenca. Yo le dije que no, que allí en el camino me arrancharía, en que había una casa de unos indios y mucho gramadal para las bestias. El caporal se fue, y yo allí me arranché. Al llegar a la hacienda contó al amo lo que pasaba, y me lo despachó para que subiese a la hacienda. Yo haciéndome la cuenta que si iba allá, con el festejo me harían quedar algunos días, le agradecí la atención, pero que no subía allá; pero que si me daba licencia, metería al anochecer mis bestias en un potrero que allí estaba junto al camino. El caporal me dijo que sí, y nos enseñó el portillo del paso, y se fue.

Ya después que cenamos, metimos las bestias al potrero en que había otras de la hacienda; pero al madrugar del día, me hubieron aquella noche hurtado dos machos buenos. Entonces, para hacer diligencias de buscarlos, hube de subir a la hacienda. Allí adquirí noticias que el caporal había poco que había entrado en el oficio y el anterior que era notado de ladrón aquella noche se había ido a Cuenca. Lo primero se fue a registrar todo el llano de Tarqui, a ver si estaban o no por allí, y no se hallaron. Se registró toda la serranía de la hacienda, y tampoco se hallaron. Ya a la tarde, el indio del camino dijo que cerca de la media noche se había asomado al potrero, y que vio un hombre que cogía bestias, y preguntándole quién era, con la voz conoció que era el caporal pasado de la hacienda, el cual le dijo que cogía una bestia para irse a Cuenca. De estas noticias era ya grave la sospecha, que él era el que se había llevado los dos machos.

En estos discursos estábamos, cuando catay que llega dicho caporal, y haciéndole el cargo, respondió que era falso lo que el indio decía, y que probaría que a las once de la noche estaba ya en Cuenca. Entonces se discurrió que si éste probaba que a las once de la noche estaba en Cuenca, caía la sospecha del hurto contra el indio delator. Yo para aclarar el negocio, y ver si podría recobrar mis dos machos, escribí una carta al Alcalde Santandreu, explicándole por menudo todo el caso, y pidiéndole se sirviese de venir a expugnarlo. Mandéla con un propio, y el otro día de mañana evidenció allá el Alcalde la impostura del indio delator contra el caporal, y halló que era verdad que la hora que el indio decía haberlo visto y hablado en el potrero, dicho caporal estaba en Cuenca, y por consiguiente el indio delator era el que había hurtado los dos machos.

A lo que supo el indio esta declaración, se desdijo y dijo que por malevolencia que tenía al pasado caporal, le había levantado este testimonio. El señor Alcalde, viendo que la sospecha caía contra el indio, tomó su caballo y un negro y se venía a la hacienda para hacer la averiguación. Al haber andado cosa de media legua, catay que se le hizo encontradizo un hombre a caballo con una lanza, llevando una mujer a la grupa. Era este hombre ladrón y homicida, y vivía amachinado con aquella mujer, y los dos iban a la escondida en el poblado, viviendo lo más del tiempo en despoblado. El negro antes de llegar los conoció y le dijo al Alcalde. El Alcalde al llegar a ellos se apeó con una pistola en la mano y el puñal en la otra, y hacerlo apear. Se apeó y se apeó la mujer; pero con la lanza arremete contra el Alcalde, y la mujer a favorecerlo. El negro a favorecer a su amo. El homicida le cogió de la foja al Alcalde por el puñal, y al tirar el Alcalde, le cortó las yemas de los dedos y la sangre le tiznó los vuelos de la camisa. Por fin entre el negro y el Alcalde lo maniataron y se lo llevaron preso a la cárcel, pero la mujer en lo interim se les descabulló.

Ya que el Alcalde dejó asegurado este hombre, se vino a la hacienda, y viendo que la sospecha toda caía sobre del indio, me dijo: Padre misionero, los indios para prenderlos es menester dar primero cuenta al Protector de los indios. Este indio tiene su señor a quien sirve. Este por no perder el servicio de su indio, saldrá a la defensa; se armará un grande pleito, y, aunque usted lo gane, los gastos le costarán más que lo que valen los machos. Yo vi que el Alcalde tenía razón, y que el indio, aunque lo condenasen no tenía con qué pagar, lo dejé así. Y porque yo en mi interior siempre sospeché que el caporal que me condujo a la hacienda era el que los había hurtado, y que aquella noche los había traspuesto, y los tenía atados en el monte tras de algún cerro, donde no se pudieran encontrar. Y como allí con el festín de las señoras había mucha bulla, vi que era por demás el mandarlos buscar. El Alcalde se volvió, y yo me quedé en la hacienda.

Ya al otro día de mañana me llevaron a pasear, y me enseñaron un cierrecito hecho a mano de los indios antiguos, porque el rey linga, como es constante tradición, era muy aficionado a ver cerros hechos a mano, y los indios por gratificarlo, en varias partes se las hacían. Y como hacían también de estos cierrecitos para esconder algún gran tesoro, sospechando sien éste lo habría, lo habían ya replanado casi la mitad sin haber en él hallado cosa alguna. A la tarde me llevaron a las dos lagunas a cazar patos, y el modo era poner gente en ambas lagunas e irlos aventando de una a otra hasta cansarlos y cogerlos. Algunos se cogieron así, otros se mataron con la escopeta, y de los juncales que dentro tenían las lagunas se cogieron bastantes huevos.

Yo procuré a componer en tres cargas todo lo que llevaba, y el otro día me partí solo con mi chapetón don Francisco, y cerca de las dos de la tarde, al bajar de una loma, topamos al lado del camino un palacio antiguo del rey linga y un pueblecito de indios antiguos, que serían unas cincuenta casas, todo lo cual no tiene techo alguno, sino sólo las paredes de piedrecitas llanas muy bien compuestas, sin mezcla ni liga alguna. Todas aquellas serranías están pobladas de muchos pueblos de indios de un lado y otro. Esta primer jornada arranchamos en despoblado, y ya pasamos a clima caliente. La segunda jornada fuimos a dar a un pueblo de indios y mestizos. Serían unas 250 familias. Yo no me acuerdo de su nombre. La tercera jornada llegamos a otro pueblo semejante, llamado Santa Catalina. Este pueblo ya había un año que no tenía cura. Tenía una iglesia muy chica, y casi del todo caída. Como aquel año ninguno se había confesado, a lo que vinieron, vinieron algunos y me rogaron que me quedase un día para confesar la gente. Yo les dije que si me traían hoja y cogollo de maíz para dar a mis bestias, que es lo regular que por allí comen, porque es una serranía muy seca y no tiene pasto, que me quedaría. Ellos luego proporcionaron la comida de mis bestias, y yo aquella noche les hice una plática al propósito, para que se preparasen para confesarse al otro día.

Ya que vino el día, se hicieron unas hostias, y allí tuvieron una limeta de vino con que dije misa, y después de almorzar confesé hasta mediodía, y a la tarde también confesé hasta la noche. Después de cenar, uno de aquellos mestizos en conversación me vino a contar que no muy lejos del pueblo hay un cerro, que en lo superior hace un llano de cosa de una legua en redondo, pero por todas partes está tajado de la mitad para arriba, y se conoce que aquello no es natural, sino hecho a mano, y que sólo por una parte en donde tiene escalones hechos a pico, se puede subir a una cueva que tiene, que apenas de abajo se le descubre la boca, porque tiene pajonal que lo impide. Que en años anteriores, habiéndosele huído a un chapetón su caballo, y yéndolo por allí buscándolo, hubo casualmente de reparar con la boca de la cueva, y sólo por curiosidad subió arriba en donde halló los escalones, y haciendo cuenta que aquello estaba hecho con cuidado, se le avivó el deseo de subir a registrar lo que había en la cueva.

Subió arriba y entra adentro, y halló a un indio seco y entero echado en una hamaca fabricada de alambre de oro, y colgada con dos sogas o cordones hechos también de alambre de oro. Un poco más adentro había otro indio, también seco y entero, sentado en una grande silla de reposo muy bien labrada y tachonada de varias piedras preciosas, y a su lado una grande hidria de oro muy bien labrada, y también tachonada de piedras preciosas. Y más adentro había en un grande aposento un gran montón de oro en grano, y otro semejante de oro en barretones grandes. El chapetón, viendo tanta riqueza, sacó un machete que llevaba, y sacando al primer indio de la hamaca, a machetazos cortó un pedazo de la hamaca, lo que pensó que podría llevar su caballo cargado, y sacándolo a la boca de la cueva, lo derribé por abajo, y después tomando la hidria del otro, la bajó cargada a su espalda. Y haciéndose cuenta que nadie sabía lo que en esta cueva había, fuese en busca del caballo, y habiéndolo encontrado, lo cargó del trozo de hamaca y de la hidria, y al partirse, temiendo que talvez no volvería a atinar con el cerro, para conocerlo y no perderse, pegó fuego al pajonal de las faldas, para con esta seña, volver por lo que quedaba aperado de bastantes bestias, y marchó a camino real, y de allí a Cuenca, en donde con el oro que llevó, se aperó de una buena recua, y sólo con ella se volvió al paraje con ánimo de traer cargadas las diez mulas que llevó todas de oro.

La desgracia fue que en aquel cerro había muchas culebras, y como el fuego con el aire caminó por donde quiso, y las culebras, apresadas de la candela, se fueron subiendo cerro arriba huyendo, se fueron a refugiar en esta cueva. Ya que llegó el chapetón, subióse a la cueva con escoplos y martillo para trozar la hamaca y la silla para poderlo cargar; pero lo propio fue oír el ruido las culebras, salieron de ellas una máquina dando silbos y sacando la lengua, y parándose muchas para embestirlo, que lo hicieron retroceder más que de paso huyendo. Vínose a Santa Catalina y comunicó al Padre cura lo que le pasaba, y callando lo de las culebras prometió darle parte, si le facilitaba media docena de indios animosos que lo acompañasen allá. El cura no sólo le facilitó seis mozos buenos, si que también fue allá junto con él; pero al llegar arriba el primer indio, ya salieron las culebras y le embistieron y tres le picaron, el cual murió en una hora. Los otros con los silbos que daban las culebras no quisieron subir allá, y se hubo de desistir de la empresa. El caso se divulgó, y aunque varios codiciosos han querido allí probar fortuna, las culebras que salen a defender el paso a todos los han amedrentado. Yo le dije que el medio más proporcionado era subir allá fardos de paja y ramazón, y desde la boca con astas meterla adentro, y en estando ya la cueva llena, pegarle fuego y huir. El fuego quemaría las culebras, y después sobre seguro se podría ir allá a sacar el oro. Él se ofreció a ir conmigo, y que lo pusiéramos por obra, y me enseñó el otro día el cerro, que no estaba media legua lejos; pero yo no le admití el partido.

Ya que vino el otro día dije misa, y di la comunión a los que se habían confesado; y después me dieron un peón, y me partí, y cerca de las tres de la tarde llegamos a un río, el cual tuvo el puente caído, y como estaba crecido, no lo pudimos pasar. En todo aquello no había pasto, y por ello nos fuimos a una hacienda que allí tenía la casa al lado del puente. Era de un mestizo llamado Carrión. Él no estaba allí, y la mujer me dijo que su marido no gustaba que diese hospicio a nadie en la hacienda. Yo le dije que me vendiese alfalfa para mis bestias, y que nos iríamos a arranchar a la margen del río. No hubo qué tratar de composición, y me fue preciso devolvernos a Santa Catalina. Ya el otro día volvimos a partir, y hallamos el río ya algo bueno, y pasamos. Pero con todo, el río me volcó una mula, y para sacarla fueme preciso echarnos los tres al agua. La fortuna fue que era clima caliente y en breve ya estuve seco. Trastornamos un cerro, y llegamos a arranchamos en otro pueblecito todo de indios. Serían unas treinta casas. Yo me fui a arranchar en casa del cura, y entregando al Alcalde las bestias, tratamos de componer nuestra cena. Allí no había cura, porque era pueblecito anejo a otro curato.

Ya que vino la mañana, mandé por las bestias, y me las trajo un indio, y me dijo: Mira, Padre, qué barriga traen. Yo te las llevé a buen pasto. Yo le pagué lo acostumbrado, que son dos reales, y con ello cargamos y partimos. A poco rato las bestias reparé que ya estaban todas sudadas, y cada rato se paraban a mear sin querer caminar. En el distrito de media legua se pararon a mear diez o doce veces. Yo viendo aquella novedad, no sabía a qué atribuirlo, hasta que el indio que nos guiaba me dijo: Padre, si no nos paramos a dejar comer las bestias un rato, hoy no llegaremos a la jornada. Yo le dije: Hombre, ellas vinieron esta mañana con tan buena barriga, y así no tienen gana de comer. El indio me dijo: La barriga la traen llena de agua, pero no, de comida. Mira, Padre, los indios de este pueblo son tan pícaros, que en entregarles alguna bestia de pasajeros para que las lleven al pasto y las guarden, el indio a quien las entrega el Alcalde, se las lleva a su casa, y allí las ata a un estantillo o palo, y allí las deja estar toda la noche. Ya que viene el día, a lo que conoce que ya es hora de irlas a entregar, toma dos o tres pimientos de aquellos que pican bien, y se los refriega a las bestias por la boca y luego las lleva a beber. Las pobres bestias, como se les abrasa con lo picante la boca, y hallan alivio con el agua, beben hasta que ya no pueden más, y como las traen entonces con tanta barriga, y dice al amo que las tuvo en buen pasto, se lo cree. Pero las pobres bestias después lo pagan con fatigas y sudores, meando todo el día.

Con esta noticia, a poco rato hallamos un buen comedero, y nos paramos descargando, y dejando comer un par de horas a las bestias. Esta detención fue causa que llegamos casi de noche al pueblo de Santo Tomás, y yo me fui a arranchar a casa del cura, y la fortuna fue que luego hallamos seis reales de cogollo de maíz para darles de comer. El Padre cura me recibió con mucho agasajo, y estando cenando, me dijo que era menester buscar un baqueano para el otro día, porque habíamos de pasar un despoblado de arenal muy malo, en donde en perdiéndose, se pierden para siempre, y que habiéndose en él perdido algunos correos, después de tiempo los encontraron secos en la arena con las bestias también secas.

Con estas funestas noticias, mandé buscar el baqueano más práctico del pueblo, y fue un buen mozo. Con él partimos el otro día, y a cosa de dos leguas, ya entramos en el arenal. A lo lejos se descubrían serranías muy altas de arena, y entre la que íbamos había varias conchas del mar, especialmente de caracoles grandes y de diversas almejas. Este es paraje muy retirado del mar, y yo me hago el concepto, o que del tiempo del general diluvio está allí aquella arena, o de alguna vez que el mar saldría de madre y anegó todo aquello, y entonces retirándose, se quedó allí aquella arena y aquellas conchas. Mas allí no hay noticia de nada de esto. Al haber andado ya cosa de una legua de arenal, llegamos a los Médanos. Médano llaman allá a un especie de arena gruesa, a modo de cantería picada de la que tiene el grano grueso. Ésta compone unos montones de arena fofa en donde al pisarla se atascan las bestias hasta el pecho.

Tiene este paraje hasta la salida cosa de dos leguas. Yo soy de sentir, o que aquel paraje está encantado, o que allí hay las mismas insuflaciones internas que hay en el mar, en las barras en donde tiene el mar sus flujos y reflujos, que ocasionan las mareas. La razón que me asiste es que habiendo pasado yo, cuando de Tumaco quise con la lancha ir a Esmeraldas, tres de estas barras, siempre reparé que al llegar a entrar en los rompientes, hasta salir de ellos, está el viento tan desvariando, que a un mismo tiempo soplan allí muchos vientos encontrados, y por ello las velas no sirven en aquel paraje. De dónde viene esto, yo no lo sé, ni creo que nadie lo sepa. Lo mismo pasa en estos Médanos. El viento soplaba de todas partes y encrespaba en el aire, arremolinando la arena, que nos quería arrancar de las bestias al suelo; y como era preciso no sólo ir con los ojos cerrados, sino también tapada la cara, porque la arena que volaba nos cegaba y azotaba el rostro con demasía, trasponiendo los montones de arena de un lugar a otro; y como las bestias iban siempre atascadas de arena hasta el hocico, ya subiendo y ya bajando, hacia el tránsito del todo fastidioso y peligroso.

Yo lo que más temía era de caer, porque el que cae de la bestia, ya por lo fofo de la arena, le es imposible volverse a montar, porque al caer ya queda atascado hasta la cintura dentro de la arena, y ya le fuera entonces preciso, o salir caminando, o quedarse allí para siempre. No he pasado jamás pedazo de camino más penoso. Ya que llegamos al canto hay una bajada sesgando la loma, y con todo las mulas siempre iban resbalando con el resbaladero de la arena, y de nalgas, sin levantar sino las manos, hasta que llegamos abajo, en donde es ya peña y hay una quebradita. Pasamos a la otra banda, y fue menester subir otro tanto una cuesta en que sólo había cosa de media vara de arena, y ya las bestias como pisaban duro, se alentaron. Llegamos arriba en que hay una pampa rasa de dos leguas, y aquí ya es clima frío, y tan rígido, que no se cría una hierbecita; pero está toda la pampa tejida de gramadal y chicoria tan aparradas, que las hojas con el frío perpetuo de aquel clima no llegan a crecer dos dedos.

En lo último de la pampa hay una bajada bastante penosa y riesgosa, y abajo hay un pueblo. De fijo yo no sé cómo se llama, pero creo que lo llaman El Barranco. Es pueblo de indios y mestizos. Tiene el clima algo templado, y tendrá 125 vecinos. Allí volví a encontrarme con el Padre dominico, que con la pasada de los Médanos se mostró más afable conmigo. El Padre cura, que era un clérigo viejo me hizo mucho agasajo, y allí me dio noticia que sobre de un páramo que está allí junto, y es camino para ir a Loja, había un palacio antiguo del rey linga, y que tenía unas argollas de piedra muy hermosas. Y que delante había una pila en que entrando de continuo sin parar jamás un chorro de agua, jamás llegaba la pila a llenarse. Esta noche se buscó un baqueano, y el otro día, que era día de fiesta, cuando yo fui bien de mañana a decir misa, ya el Padre dominico la estaba acabando, y luego se fue, y no lo volví a ver hasta Piura.

Yo después de almorzar me partí, y aunque había camino por bajo del páramo, que iba a encontrarse con el del páramo al cabo de dos leguas, en una ciénaga que llaman Las Culebrillas, y sin embargo dícenme que el páramo estaba nevado, con tordo, yo quise ir por el páramo, para ver esta pila y el palacio del rey linga. Tomamos pues el camino del páramo por unos peñascales cuesta arriba. Tendrá cosa de una hora de subida, y ya que llegamos al alto, nos hizo un buen día, y aunque había bastante nieve, con todo lo pasamos bien.

El indio que nos acompañaba, por no proseguir la jornada, empezó a decirme que le dolía la barriga. Yo haciéndome cuenta que él se había de huir, le dije que se fuera. Ya que llegamos a la mitad del páramo, a la mano derecha está el palacio. Tendrá de largo 80 pasos y cuarenta de ancho. El piso es de peña y todo de una pieza. No tiene más que las cuatro paredes de unas 8 varas de alto sin techo alguno. Las paredes son de cantería fina muy dura como peña. Tiene dos portales, uno delante en la mitad, y otro detrás enfrente del primero, y de cada lado una ventana de una vara en cuadro. A las dos varas de alto todo alrededor, a la parte de afuera tiene las argollas de esta suerte: Del plan de la piedra sale la argolla, argollada por dentro de la misma piedra, del grueso de una muñeca, y puede rodarse cuando quiera, y la argolla es de la misma piedra, y es toda de una pieza sin coyuntura ninguna, y por consiguiente pieza y argolla se fabricaron de la misma piedra. La mayor dificultad está en que cuando se fabricó antes de la Conquista, no tenían instrumentos de fierro para labrarlo. A más de esto, ¿qué ingenio ni instrumento puede sacar de dentro de una piedra llana una media argolla perfectamente arqueada? No creo que hoy día haya artífice que se atreviese a labrar otra semejante, y de ellas habrá allá más de dos docenas. Yo sólo de sentir: que sólo el demonio lo pudo labrar, o Dios, o algún ángel, pero pienso que sería el diablo, por lo que ya digo.

Delante del palacio a la mano izquierda está la pila. Es una pila que forma una media naranja, que tendrá vara y media de bordo a bordo, y tres cuartas de hondo. Ésta está encima de una columnita bien labrada con su estribo o pedestal, al modo que por acá están las pilas del agua bendita en las iglesias; pero pila, columna y pedestal, todo es de una pieza. A mí me pareció, que es piedra sillar. De lo interior de un cerro más alto viene un chorro de agua despeñándose por una canal, cavada en la misma peña, que tendrá una cuarta y media de ancho, y una cuarta de hondo, y viene casi llena de agua, y va a desembocar dentro de la pila. Pero con la maravilla que entran en ella de continuo, sin parar jamás de día ni de noche este chorro de agua, jamás llega el agua a rebosar ni llenar la pila de cosa de tres dedos. La pila no está quebrada ni taladrada: no tiene desagüe ninguno. Pues esta agua que de continuo le entra ¿por dónde se va? Yo no lo sé, ni creo que nadie lo sepa.

Aquí sólo queda por efugio que aquella piedra de que se fabricó esta pila es de tal cualidad, que consume todo el agua que le entra. Esta razón no subsiste, porque se ha hecho la experiencia de divertir el agua de la canal que fuese a desaguar fuera de la pila, y la pila ha conservado el agua que antes tenía. Se ha vaciado la pila, y se ha registrado de propósito, y no se le ha encontrado taladro, agujero ni raja alguna. Se ha refregado toda la pila, y se han apurado allí varios ingenios, y nadie ha atinado cómo puede ser este prodigio; sino que en volviendo el agua a chorrear dentro de la pila, al llegar a llenarla, sin acabar de llenarla del todo, así se queda, entrando en ella agua, y más agua sin parar jamás, y nunca llega a derramarla, ni a rebosar la pila. Yo soy del sentir que el diablo, que supo hacer las argollas, hizo también esta pila. Esta es aquella cosa repugnante a la razón que noto al fin del prólogo. Ya yo veo que es malo de creer uno y otro; pero el que fuere incrédulo, lo vaya allá a desengañarse con su vista. Nosotros a cosa de media hora, que allí me estuve parado y admirado, pasamos adelante y al salir del páramo, ya se mudó el clima de frío en caliente, y aquella tarde por una tierra llena de quiebras gredosas, en que no se congría sino hierba sanguinaria, cerca de las cuatro llegamos al pueblo de Vélez. Éste es pueblo todo de indios, y tendrá 200 familias, y es curato de frailes nuestros. Allí estaban dos, y me recibieron con mucho agasajo. Al instante mandaron traer cogollo de maíz para mis bestias. Tenía el Padre cura dos bueyes los mayores que yo he visto. Cada tarde cuando venían del pasto, les sacaban dos pedazos de piedra de sal, en donde iban ellos a lamer cosa de una hora, y con ello estaban monstruosos de tan gordos que estaban. El Padre cura se había ingeniado, y había impuesto que seis mozas por la mañana y otras seis por la tarde le iban a hilar algodón; y como esto era continuo todo el año, hacía tejer muchas piezas de tocuyo, y con esto no lo pasaba mal. Yo el otro día partí, y en dos jornadas llegamos a la ciudad de Loja.

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