CAPÍTULO
XIII
Contiene lo que
me pasó en Riobamba hasta que llegué a la ciudad de
Cuenca.
Llegué a Riobamba cuatro días antes del Corpus, y me fui derecho
a nuestro convento. Al pasar por la plaza ya se contrató cuatro
reales de alfalfa, y tras de nosotros nos la trujeron las indias
alfalferas de la plaza. El Guardián me recibió con mucho agasajo.
Acomodáronse las bestias en un corral, y mis trastes se pusieron en
una celda que me señaló. A poco rato de haber llegado, catay que
viene un clérigo, llamado el doctor Andino, hombre muy bueno, de
natural sencillo, muy devoto nuestro y muy acomodado. Es el caso
que yo antes de llegar al convento, pasé por delante de su casa.
Hubo de haber quién me conoció, e informado, se vino a darme la
bienvenida. Ya después de esto díjole al Guardián: El Padre
misionero hasta que se vaya, ha de comer en mi casa. El Guardián
dijo que estaba muy bien. Y así cerca de la oración fuimos con él,
yo y el Guardián a cenar en su casa, y yo proseguí hasta que me fui
a los once días de haber llegado.
Por la mañana después de misa iba allá a almorzar: Pero ¡qué
almuerzo aquel! Sacábanse por lo menos tres fuentes de carne y
papas con guiso distinto con buenos trozos de jamón, longaniza y
morcilla, que con sólo el olor provocaba la gana, y buen pan, y
también vino chileno muy bueno. Un día me contó que por esto lo
murmuraban en Riobamba, diciendo: En casa del doctor Andino para
almorzar sacan platos como para comer. A mediodía se hacía una
buena mesa de un principio, olla y un asado, y a la noche otros
tres platos de carne y un locrito de papas. Yo a los tres días ya
no pude aguantar tanto comer, y mudamos de estilo en almorzar a las
ocho y merendar a las cuatro de la tarde.
Delante de su casa vivía el Oidor Rubio, el cual había cuatro
años que estaba en Madrid por un pleito con un caballero de
Riobamba llamado don Fulano Villavicencio. Éste tenía muchos
obrajes de paños, bayetas y tocuyos, y con el poder y la plata
tenía casi del todo esclavizados una máquina de indios; y con su
imitación todos los demás que tenían obraje hacían lo mismo. Gemía
con este yugo toda la provincia, y a socorrer estos pobres fue el
Oidor, que era hombre muy justificado. A este mismo tiempo llegó a
la ciudad la noticia de que un hijo de este Villavicencio, que
estaba en Quito de Tesorero se había huido, y la razón era porque
él tenía los cascos a la jineta, enamoraba mucho y gastaba largo.
Lo quiso tomar a cuentas la Audiencia; y hallando mucho de fraude
lo quiso prender, y él se escapó fugitivo.
El doctor Andino tenía mucha entrada en casa de la señora
Oidora, que vivía sola con su madre, y a la sazón en una hacienda
del doctor Andino se había descubierto una mina de oro, y se quería
trabajar junto de cuenta del doctor y de la señora Oidora. Se había
entrometido para minero un mozo advenedizo, que yo, según vi, no
entendía nada de trabajar minas. El doctor sabiendo que yo lo
entendía, me llevó a casa de la señora Oidora a ver una carga de
tierra que de la mina se había traído para hacer prueba. Me dijo
que ya allá había batea para depurarlo. Fuimos los dos, y después
del debido cortejo a las señoras, me enseñaron la tierra y la
batea. Yo al ver la batea, ya conocí que el que decía que era
minero no entendía de minas. Y era así verdad.
Allí con una fuente de plata hice una cata, y vi que el oro que
pintaba era granado y de buen quilate. Se dispuso que yo fuera a
ver la mina, y que diera mi parecer. Fui un día con el doctor
Andino, que estaba la hacienda tres leguas de la ciudad. Cateé la
mina, y vi que era buena y pingüe, y dije que aviasen el minero
fingido, y como yo no podía allí quedarme, se dispuso mandar a
Barbacoas a comprar un negro práctico y hacerle minero, y
gobernarse por las reglas que yo allí dejé escritas. Hubo de saber
la señora Oidora que yo llevaba el segundo tomo de la vida de Santa
Gertrudis. Me lo pidió para leerlo, y de tanto trasnochar leyendo,
le cargó un dolor de muela que estuvo cuatro días rabiando. El
cuarto día a la noche llegó el correo, y le vino carta de su marido
que ya había llegado vencido el pleito, y que estaba en Santa Fe, y
que por el agosto que lo aguardase en Riobamba. Con la alegría de
la noticia se le fue a la Oidora el dolor de muela, y quedó hecha
una pascua.
Hablando un día sobre de esta mina hubo de decir el doctor
Andino que su hacienda congriaba muchas culebras. Yo incautamente
hube de decir que tenía una lengua de víbora de las que se crían en
Malta en la cueva de San Pablo. Ésta la adquirí yo en Quito, que
una negra me la vendió en cuatro reales. Era la mayor que yo había
visto, y la estimaba mucho, y hubo ocasión de ofrecerme cincuenta
pesos por ella y no la quise dar. El doctor Andino la quiso ver, y
la llevó también a que la viera la Sra. Oidora. De aquí resultó el
pedírmela el doctor un día después de comer, y como allí estaba
también el Guardián, y yo me hallaba obligado de su favor, aunque
lo sentí mucho, se la di. Ya que volvimos al convento, me dijo el
Guardián: El doctor ha quedado muy contento con la lengua de
víbora. Yo le dije: Y con razón, porque es alhaja que habiéndome
ofrecido por ella varias veces cincuenta pesos, no la he querido
largar, ni la hubiera yo dado jamás por interés de plata ni oro. El
Guardián parece que después le administró esta especie, y otro día
el doctor volvió a sacar la lengua, e hizo ademán de que le pesaba
habérmela pedido, y me la devolvía. Yo le dije: Señor doctor, esa
alhaja ya yo se la di a usted. Que ella valga 100 o más pesos no se
puede dificultar, porque al instante los diera usted por ella y
mucho más, si una culebra lo picaba; porque de tenerla o no tenerla
dependía su vida. Pero vale más la bizarría que usó usted conmigo
sin conocerme, que la que yo he usado con usted después de
conocido. Quédese usted con la lengua; aunque fuera de diamantes ya
se la di, y basta.
Ya que vino el tiempo de quererme ir, la señora Oidora me mandó
decir que se quedaba con el libro, que le mandase decir cuánto
valía. Yo le mandé decir que el libro yo no lo vendía, pero si su
Señoría lo quería, yo sentía no tener el primer tomo para
regalárselo también, para que tuviese completa la obra. Ella me
mandó ocho pesos, pero no se los admití, y así
quedo.
Es Riobamba una de las principales ciudades del Perú. Tendrá
unas 8.000 familias, mucha gente ilustre, la mayor parte gente
blanca, y la menor indios, mestizos, negros y mulatos. Tiene la
parroquia seis canónigos y dos prebendados. Tiene dos conventos de
monjas, uno de Clarisas y otro de Teresas Descalzas. Había colegio
de Padres jesuitas, convento observante nuestro, dominicos y
agustinos. La ciudad está en un llano, y es más larga que ancha. Su
clima frío, aunque no muy rígido. Tiene mucho ganado vacuno,
ovejuno y cerduno, muchas crías de bestias, abundancia de cosechas
de trigo, cebada y papas, buenas berzas y abasto de frutas, que
allí llevan de tierras templadas y calientes. Tiene falta de leña,
y sólo para los hornos la traen, de muy lejos, y carbón para
herreros y plateros. Es grande falta, pero se suple trayendo abasto
de paja que se cría en el páramo con mucha abundancia, y en las
casas con manojitos de paja, manteniendo siempre la llama a la
olla, así se cocina todo, y es gusto el ver cómo son tan prácticas
las cocineras para ello, y con mucha limpieza hacen un asado y otra
cualquier cosa con sola la llama de los manojitos de la
paja.
Hay allí muchas fábricas de paños, especialmente unos que llaman
paño de corte, porque cada pieza no tiene más que tres cortes de
capotes o de relingotes, y ésta se fabrica de la lana más fina.
Fabrican también piezas de paño tan fino que compite con el paño
inglés o español de San Fernando de segunda. Porque éste sólo se
fabrica de la lana de los codillos de los carneros. Hay muchas
fábricas de bayeta basta y fina, y asimismo de tocuyos de algodón.
Hay mucho comercio de ropa de España, que viene de Lima y de
Guayaquil. Hay mucha fábrica de ponchos bordados ya en seda, ya en
algodón y en lana.
Un día vino al convento una india y me trujo un poncho en tela
de algodón bordado en lana de diversos colores, a ver si lo quería
comprar. Así que lo vi hice concepto que por lo menos pediría 25
pesos por él, porque la bordadura no podía mejorarse. Yo le
pregunté cuánto valía, y me pidió ocho pesos, y me lo dio por
siete. Yo lo compré con ánimo de traerlo a España, pero después lo
regalé a un caballero en Cajamarca que se enamoró de la
alhaja.
Un día después de haber llegado, vino a visitarme un caballero
español, castellano viejo, llamado don Bruno. Éste sirvió al Rey y
estuvo de capitán en su regimiento en Cartagena de Indias, cuando
gobernaba aquella plaza el señor Eslava, en cuyo tiempo fue a
querer conquistarlo el inglés con la armada que gobernaba Jorge
Anzón. Él dejó el servicio y vino de Corregidor a Riobamba. Ya
después quiso casarse con una señora de la tierra y el día que fue
a ajustar el matrimonio, parece que el padre de la novia le dijo no
sé qué palabra picante, y él se picó de manera que inmediatamente
fuese a pedir otra señora, y se la dieron al instante, y aquella
misma noche se casó, y la otra quedó pelándose las cejas de
cólera.
De la compañía pues de este don Bruno había sido gradanero mi
chapetón don Francisco, y a lo que supo la misma noche que llegamos
a Riobamba, que allí estaba don Bruno, como él era desertor se me
vino todo asustado a decir que luego marcháramos de aquella tierra,
porque si don Bruno sabía que él estaba allí, lo podía hacer pasar
por las armas. Yo le dije que no tuviera miedo alguno viniendo
conmigo, pero él se quedó con su buen recelo. Ya al otro día cuando
don Bruno me vino a ver, iba mi don Francisco con un tercio de
alfalfa al corral a dar de comer a las mulas; pero lo propio fue
ver a don Bruno que tirar la alfalfa e irse corriendo al corral,
temiendo que don Bruno no le conociese. Ya después de la visita me
lo contó, y que estaba con impulsos de dejarme, e irse solo de
Riobamba. Yo le volví a decir que no tuviese miedo, y a la tarde
fui a casa de don Bruno, y le conté lo que pasaba. El cual luego
vino en conocimiento del sujeto, y me dijo que se lo mandase a su
casa que lo quería ver, y que le diese noticia que en su casa tenía
a otro de su compañía llamado Iglesias, y que no tuviese
miedo.
Al llegar al convento, lo animé y lo despaché allá, y don Bruno
lo regaló de un buen manojo de tabaco, que era lo que él más
estimaba, y le dijo que todos los días de mañana fuese allá a
almorzar. Vínose con Iglesias, que había sido su grande amigo, y
desde entonces todos los días fue allá de mañana a almorzar, y a la
tarde íbase donde Iglesias, que al lado de la casa tenía una
tienda, a beber un trago bueno de aguardiente, que se vendía en la
misma tienda. Y desde entonces se le quitó el miedo, y solía decir:
Mi Padre misionero me ha sacado de la horca.
Ya que vino el día del Corpus, se entapizaron todas las calles y
la plaza por donde había de pasar la procesión con damascos, varias
cortinas y muchísimos ponchos bordados; y a trechos proporcionados
varias historias de pintura muy fina. Compusiéronse seis altares en
el círculo de la procesión, todos llenos de muchas alhajas de
plata. Estrenóse este día un carro triunfal, que tenía siete varas
de largo con cuatro arrugas, y ruedas y carro todo era de plata.
Dijeron que pesaba 18 quintales. En él iba la custodia que era toda
de oro, tachonada de diamantes, y tenía ella sola de costo 80.000
pesos. No he visto jamás alhaja más rica. Bajo de la carroza iban
varios indios arrempujando, y por delante iban tirándola con dos
cordones de seda 24 sacerdotes revestidos de ricos ornamentos.
Había buena música, y en cada altar, al tiempo que se adoraba al
Señor y se incensaba, se cantaba un villancico hecho al
propósito.
Aquí hay que suponer que la octava del Corpus es la fiesta
principal que celebran los indios, de que hablaré a su tiempo. En
las ciudades que hacen cabeza de provincia, para el día del Corpus
concurren de cada pueblo circunvecino doce indios vestidos de
danzantes y matachines, y otro con su flauta y tamboril. Se visten
sobre camisa fina un tonelito a modo de estafeta, y una chupa
franjeada. Las piernas vestidas de borzaquín sembradas de
cascabeles; la cara con mascarilla, y la cabeza adornada de una
montera con varios espejitos ensartados entre cintas y encajes
fruncidos. Y detrás de la melena, colgadas hasta la pantorrilla
varias cintas labradas y de tela de a tres o cuatro dedos de ancho,
y en esto echan el mayor rumbo, y cada cual en la mano lleva un
palo de a tres cuartas con una buena porra, todo labrado y
sobredorado con panes de plata y oro entre diversos
colores.
Ellos entran a danzar su danza, según la antelación que tiene un
pueblo al otro, y en esto suele haber entre ellos varias
disenciones, y en acabando la procesión, arman sus chamusquinas y
peleas, y como se dan palos con las porras, suelen muchos salir con
la cabeza descalabrada. Y como guardan la venganza de un año para
otro, suelen muchos parar a la cárcel. Este día en Riobamba habría
más de doscientos danzantes y matachines, y éstos iban entremetidos
en el cuerpo de la procesión, danzando siempre todos sin parar, y
dando la vuelta, remudándose de puesto unos con otros. Con tanta
flauta, tamboril y cascabel con el bullicio de la danza, nada se
oía del himno que se cantaba, ni casi de los
villancicos.
El tercer día a la tarde vino un propio de un Padre cura
dominico, que tenía encomendado el sermón del cuarto día diciendo
que había caído enfermo, y no podía venir. Al instante se divulgó
la voz, y habiendo buscado en los conventos quién supliese la
falta, no se halló quién se animase a ello. Ventilóse el caso en
casa de don Bruno, y viendo que se quedaría el día sin sermón, don
Bruno dijo: Ahí está un Padre misionero, y es dable que si se lo
decían, quisiese predicar. La señora díjole: Bruno, vos mándalo
llamar, y si se lo decís, el Padre predicará. Al instante me mandó
llamar, y me empeño en nombre de la señora. Yo hube de menester
poco empeño para ello. Dile mi palabra, y me fui a prevenir. Ya el
otro día prediqué y me dieron 25 pesos.
Cuando yo salí la primera vez de la conversión, el Padre Mejía
de San Diego, que era natural de Riobamba, me preguntó si yo en
España había conocido un tal Vallejo, que tuvo mucho nombre en
España en tiempo de Felipe V. Yo le dije que lo había conocido,
porque fue Capitán General y Comandante de Mallorca, y que en mi
tierra se había casado con una de las principales damas de
Mallorca, y que cuando murió yo era corista, y que había asistido a
su entierro. Él me dijo que este caballero era natural de Riobamba,
y que allí tenía su parentela, aunque él fue espurio de un
caballero Valle de de Riobamba. Y que allí tenía dos hermanos suyos
de parte de padre. Y que si yo algún tiempo iba a Riobamba, se
alegrarían con las noticias que yo les diera.
Estos pues días primeros que yo llegué a esta ciudad, hubo de
morir uno de esta casa de los Vallejos, y yendo yo por la mañana a
almorzar a casa del doctor Andino, en casa de un mercader que vivía
allí junto estaba un clérigo repartiendo misas para el difunto. A
lo que me vio el mercader, me llamó y me dijo: Padre misionero, ¿ya
le han dado a usted misas para este difunto que murió anoche? Yo
dije que no. Entonces el clérigo me dio cuatro patacones. Yo me
informé de quién era el difunto, y diciéndome que era de casa de
los Vallejos, pregunté si de esta casa había sido un Capitán
General Vallejos que estuvo en España. Dijéronme que sí, y que en
la ciudad tenía dos hermanos, el uno casado y el otro canónigo. Yo
entonces conté que lo había conocido. Esto se dijo en casa del
difunto, y después de unos días me mandó llamar el canónigo a la
casa, y les di las noticias que yo sabía, y lo celebraron mucho.
Los dos hermanos eran una viva estampa del General Vallejos que yo
en España conocí. Ellos me dieron diez patacones para diez misas, y
con esta plata le compré a mi chapetón un relingote de
paño.
Yo a los once días de llegado, me partí con mi chapetón,
acompañado de un baqueano. A cosa de hora y media de camino hay una
laguna mediana, en que había muchísimos patos. Yo me apeé y de un
tiro con la escopeta maté cinco, y nos bastaron para comer dos
días. Esta primer tarde fuimos a dar a un pueblo de indios, y yo me
fui a arranchar en casa del cura. El pueblo tendrá unas cincuenta
casas, clima muy frío. Allí hallé un lector dominico, natural de la
ciudad de Piura, de que hablaré a su tiempo. El cura me había
conocido en Quito, cuando yo la primera vez estuve allá, y su
madre, que vivía junto a casa de don Agustín Lisperguer, llamada
doña Gregoria, me había querido bastante. Murió la madre, y para
que él sustentase a dos hermanas solteras que tenía, le dieron
recién ordenado este curatico. A lo que me vio, me hizo mucho
cortejo, y viendo el Padre dominico que el cura y las señoras me
festejaban tanto, y que él quedaba arrinconado, lo sintió y lo
demostró en no querer proseguir junto conmigo el camino, y en cada
jornada se adelantaba a partir primero que no yo, y hasta cerca de
Loja no nos volvimos a juntar en una ranchería.
La segunda jornada ya pasamos a clima caliente, y en siete
jornadas más llegamos a la ciudad de Cuenca. En estas siete
jornadas encontramos cuatro pueblos de indios y mestizos, pueblos
medianos, y el clima ya templado, con buenas sembrerías de trigo y
cebada que estaban ya con espiga granada. Son pueblos de unas 80
casas, aunque fuera del recinto del pueblo tienen mucha vecindad,
que cada uno pasará de trescientas familias. Hay en todo esto
muchas crías de bestias, mucho ganado vacuno y ovejuno. Y no me
acuerdo del nombre de estos pueblos. A la tercer jornada a mano
izquierda en clima frío, se descubren del camino real a lo lejos
unas dos o tres leguas dos pueblos de indios. Sólo de uno de esos
pueblos, que fue el tercero, y en clima caliente, me acuerdo que
llaman El Canal.
A este pueblo llegamos cerca de la una después de mediodía, y
como iba abochornado del sol, me fui a casa del Padre cura a
sestear un rato. Era un clérigo natural de Cuenca, el hombre más
bizarro que yo he conocido. Lo propio fue verme, me tomó de la mano
y me hizo apear. Al instante me quiso mandar poner la mesa para que
comiéramos. Yo no lo admití, porque a mediodía habíamos comido un
pollo asado. Viendo que no quería comer, me hizo sacar mate. Ya que
lo trujeron me dijo: Padre, aquí tengo buena mistela, si la tomara
de mejor gusto que el mate, que la traigan. Yo dije que sí, y con
ello largué el mate a mi chapetón. Él ya había visto otras veces
tomar mate, pero nunca lo había probado, y así tomó la bombilla, y
del primer sorbo, se llenó la boca, y como estaba el agua ardiendo,
le abrasó la boca. Él de cortedad no osó echarlo de la boca, antes
apretó la boca. El ardor hacía su efecto, y su cara se puso
colorada más que un ají maduro. Yo que lo reparo, y como conocía su
simple natural, me cayó tan en gracia, que esta es una de las veces
que he reído de mejor gana. Yo tomé mi trago de mistela, y como el
gato escaldado teme el agua fría, mi chapetón se tardó media hora
en acabar su mate. Ya que me quise ir, el Padre cura estaba tan
obsequioso, que no sabía qué hacerse. Me regaló un par de pollos y
una docena de allullas buenas que me alcanzaron hasta que llegamos
a la ciudad de Cuenca.