INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO XIII
 

 

Contiene lo que me pasó en Riobamba hasta que llegué a la ciudad de Cuenca.

 

Llegué a Riobamba cuatro días antes del Corpus, y me fui derecho a nuestro convento. Al pasar por la plaza ya se contrató cuatro reales de alfalfa, y tras de nosotros nos la trujeron las indias alfalferas de la plaza. El Guardián me recibió con mucho agasajo. Acomodáronse las bestias en un corral, y mis trastes se pusieron en una celda que me señaló. A poco rato de haber llegado, catay que viene un clérigo, llamado el doctor Andino, hombre muy bueno, de natural sencillo, muy devoto nuestro y muy acomodado. Es el caso que yo antes de llegar al convento, pasé por delante de su casa. Hubo de haber quién me conoció, e informado, se vino a darme la bienvenida. Ya después de esto díjole al Guardián: El Padre misionero hasta que se vaya, ha de comer en mi casa. El Guardián dijo que estaba muy bien. Y así cerca de la oración fuimos con él, yo y el Guardián a cenar en su casa, y yo proseguí hasta que me fui a los once días de haber llegado.

Por la mañana después de misa iba allá a almorzar: Pero ¡qué almuerzo aquel! Sacábanse por lo menos tres fuentes de carne y papas con guiso distinto con buenos trozos de jamón, longaniza y morcilla, que con sólo el olor provocaba la gana, y buen pan, y también vino chileno muy bueno. Un día me contó que por esto lo murmuraban en Riobamba, diciendo: En casa del doctor Andino para almorzar sacan platos como para comer. A mediodía se hacía una buena mesa de un principio, olla y un asado, y a la noche otros tres platos de carne y un locrito de papas. Yo a los tres días ya no pude aguantar tanto comer, y mudamos de estilo en almorzar a las ocho y merendar a las cuatro de la tarde.

Delante de su casa vivía el Oidor Rubio, el cual había cuatro años que estaba en Madrid por un pleito con un caballero de Riobamba llamado don Fulano Villavicencio. Éste tenía muchos obrajes de paños, bayetas y tocuyos, y con el poder y la plata tenía casi del todo esclavizados una máquina de indios; y con su imitación todos los demás que tenían obraje hacían lo mismo. Gemía con este yugo toda la provincia, y a socorrer estos pobres fue el Oidor, que era hombre muy justificado. A este mismo tiempo llegó a la ciudad la noticia de que un hijo de este Villavicencio, que estaba en Quito de Tesorero se había huido, y la razón era porque él tenía los cascos a la jineta, enamoraba mucho y gastaba largo. Lo quiso tomar a cuentas la Audiencia; y hallando mucho de fraude lo quiso prender, y él se escapó fugitivo.

El doctor Andino tenía mucha entrada en casa de la señora Oidora, que vivía sola con su madre, y a la sazón en una hacienda del doctor Andino se había descubierto una mina de oro, y se quería trabajar junto de cuenta del doctor y de la señora Oidora. Se había entrometido para minero un mozo advenedizo, que yo, según vi, no entendía nada de trabajar minas. El doctor sabiendo que yo lo entendía, me llevó a casa de la señora Oidora a ver una carga de tierra que de la mina se había traído para hacer prueba. Me dijo que ya allá había batea para depurarlo. Fuimos los dos, y después del debido cortejo a las señoras, me enseñaron la tierra y la batea. Yo al ver la batea, ya conocí que el que decía que era minero no entendía de minas. Y era así verdad.

Allí con una fuente de plata hice una cata, y vi que el oro que pintaba era granado y de buen quilate. Se dispuso que yo fuera a ver la mina, y que diera mi parecer. Fui un día con el doctor Andino, que estaba la hacienda tres leguas de la ciudad. Cateé la mina, y vi que era buena y pingüe, y dije que aviasen el minero fingido, y como yo no podía allí quedarme, se dispuso mandar a Barbacoas a comprar un negro práctico y hacerle minero, y gobernarse por las reglas que yo allí dejé escritas. Hubo de saber la señora Oidora que yo llevaba el segundo tomo de la vida de Santa Gertrudis. Me lo pidió para leerlo, y de tanto trasnochar leyendo, le cargó un dolor de muela que estuvo cuatro días rabiando. El cuarto día a la noche llegó el correo, y le vino carta de su marido que ya había llegado vencido el pleito, y que estaba en Santa Fe, y que por el agosto que lo aguardase en Riobamba. Con la alegría de la noticia se le fue a la Oidora el dolor de muela, y quedó hecha una pascua.

Hablando un día sobre de esta mina hubo de decir el doctor Andino que su hacienda congriaba muchas culebras. Yo incautamente hube de decir que tenía una lengua de víbora de las que se crían en Malta en la cueva de San Pablo. Ésta la adquirí yo en Quito, que una negra me la vendió en cuatro reales. Era la mayor que yo había visto, y la estimaba mucho, y hubo ocasión de ofrecerme cincuenta pesos por ella y no la quise dar. El doctor Andino la quiso ver, y la llevó también a que la viera la Sra. Oidora. De aquí resultó el pedírmela el doctor un día después de comer, y como allí estaba también el Guardián, y yo me hallaba obligado de su favor, aunque lo sentí mucho, se la di. Ya que volvimos al convento, me dijo el Guardián: El doctor ha quedado muy contento con la lengua de víbora. Yo le dije: Y con razón, porque es alhaja que habiéndome ofrecido por ella varias veces cincuenta pesos, no la he querido largar, ni la hubiera yo dado jamás por interés de plata ni oro. El Guardián parece que después le administró esta especie, y otro día el doctor volvió a sacar la lengua, e hizo ademán de que le pesaba habérmela pedido, y me la devolvía. Yo le dije: Señor doctor, esa alhaja ya yo se la di a usted. Que ella valga 100 o más pesos no se puede dificultar, porque al instante los diera usted por ella y mucho más, si una culebra lo picaba; porque de tenerla o no tenerla dependía su vida. Pero vale más la bizarría que usó usted conmigo sin conocerme, que la que yo he usado con usted después de conocido. Quédese usted con la lengua; aunque fuera de diamantes ya se la di, y basta.

Ya que vino el tiempo de quererme ir, la señora Oidora me mandó decir que se quedaba con el libro, que le mandase decir cuánto valía. Yo le mandé decir que el libro yo no lo vendía, pero si su Señoría lo quería, yo sentía no tener el primer tomo para regalárselo también, para que tuviese completa la obra. Ella me mandó ocho pesos, pero no se los admití, y así quedo.

Es Riobamba una de las principales ciudades del Perú. Tendrá unas 8.000 familias, mucha gente ilustre, la mayor parte gente blanca, y la menor indios, mestizos, negros y mulatos. Tiene la parroquia seis canónigos y dos prebendados. Tiene dos conventos de monjas, uno de Clarisas y otro de Teresas Descalzas. Había colegio de Padres jesuitas, convento observante nuestro, dominicos y agustinos. La ciudad está en un llano, y es más larga que ancha. Su clima frío, aunque no muy rígido. Tiene mucho ganado vacuno, ovejuno y cerduno, muchas crías de bestias, abundancia de cosechas de trigo, cebada y papas, buenas berzas y abasto de frutas, que allí llevan de tierras templadas y calientes. Tiene falta de leña, y sólo para los hornos la traen, de muy lejos, y carbón para herreros y plateros. Es grande falta, pero se suple trayendo abasto de paja que se cría en el páramo con mucha abundancia, y en las casas con manojitos de paja, manteniendo siempre la llama a la olla, así se cocina todo, y es gusto el ver cómo son tan prácticas las cocineras para ello, y con mucha limpieza hacen un asado y otra cualquier cosa con sola la llama de los manojitos de la paja.

Hay allí muchas fábricas de paños, especialmente unos que llaman paño de corte, porque cada pieza no tiene más que tres cortes de capotes o de relingotes, y ésta se fabrica de la lana más fina. Fabrican también piezas de paño tan fino que compite con el paño inglés o español de San Fernando de segunda. Porque éste sólo se fabrica de la lana de los codillos de los carneros. Hay muchas fábricas de bayeta basta y fina, y asimismo de tocuyos de algodón. Hay mucho comercio de ropa de España, que viene de Lima y de Guayaquil. Hay mucha fábrica de ponchos bordados ya en seda, ya en algodón y en lana.

Un día vino al convento una india y me trujo un poncho en tela de algodón bordado en lana de diversos colores, a ver si lo quería comprar. Así que lo vi hice concepto que por lo menos pediría 25 pesos por él, porque la bordadura no podía mejorarse. Yo le pregunté cuánto valía, y me pidió ocho pesos, y me lo dio por siete. Yo lo compré con ánimo de traerlo a España, pero después lo regalé a un caballero en Cajamarca que se enamoró de la alhaja.

Un día después de haber llegado, vino a visitarme un caballero español, castellano viejo, llamado don Bruno. Éste sirvió al Rey y estuvo de capitán en su regimiento en Cartagena de Indias, cuando gobernaba aquella plaza el señor Eslava, en cuyo tiempo fue a querer conquistarlo el inglés con la armada que gobernaba Jorge Anzón. Él dejó el servicio y vino de Corregidor a Riobamba. Ya después quiso casarse con una señora de la tierra y el día que fue a ajustar el matrimonio, parece que el padre de la novia le dijo no sé qué palabra picante, y él se picó de manera que inmediatamente fuese a pedir otra señora, y se la dieron al instante, y aquella misma noche se casó, y la otra quedó pelándose las cejas de cólera.

De la compañía pues de este don Bruno había sido gradanero mi chapetón don Francisco, y a lo que supo la misma noche que llegamos a Riobamba, que allí estaba don Bruno, como él era desertor se me vino todo asustado a decir que luego marcháramos de aquella tierra, porque si don Bruno sabía que él estaba allí, lo podía hacer pasar por las armas. Yo le dije que no tuviera miedo alguno viniendo conmigo, pero él se quedó con su buen recelo. Ya al otro día cuando don Bruno me vino a ver, iba mi don Francisco con un tercio de alfalfa al corral a dar de comer a las mulas; pero lo propio fue ver a don Bruno que tirar la alfalfa e irse corriendo al corral, temiendo que don Bruno no le conociese. Ya después de la visita me lo contó, y que estaba con impulsos de dejarme, e irse solo de Riobamba. Yo le volví a decir que no tuviese miedo, y a la tarde fui a casa de don Bruno, y le conté lo que pasaba. El cual luego vino en conocimiento del sujeto, y me dijo que se lo mandase a su casa que lo quería ver, y que le diese noticia que en su casa tenía a otro de su compañía llamado Iglesias, y que no tuviese miedo.

Al llegar al convento, lo animé y lo despaché allá, y don Bruno lo regaló de un buen manojo de tabaco, que era lo que él más estimaba, y le dijo que todos los días de mañana fuese allá a almorzar. Vínose con Iglesias, que había sido su grande amigo, y desde entonces todos los días fue allá de mañana a almorzar, y a la tarde íbase donde Iglesias, que al lado de la casa tenía una tienda, a beber un trago bueno de aguardiente, que se vendía en la misma tienda. Y desde entonces se le quitó el miedo, y solía decir: Mi Padre misionero me ha sacado de la horca.

Ya que vino el día del Corpus, se entapizaron todas las calles y la plaza por donde había de pasar la procesión con damascos, varias cortinas y muchísimos ponchos bordados; y a trechos proporcionados varias historias de pintura muy fina. Compusiéronse seis altares en el círculo de la procesión, todos llenos de muchas alhajas de plata. Estrenóse este día un carro triunfal, que tenía siete varas de largo con cuatro arrugas, y ruedas y carro todo era de plata. Dijeron que pesaba 18 quintales. En él iba la custodia que era toda de oro, tachonada de diamantes, y tenía ella sola de costo 80.000 pesos. No he visto jamás alhaja más rica. Bajo de la carroza iban varios indios arrempujando, y por delante iban tirándola con dos cordones de seda 24 sacerdotes revestidos de ricos ornamentos. Había buena música, y en cada altar, al tiempo que se adoraba al Señor y se incensaba, se cantaba un villancico hecho al propósito.

Aquí hay que suponer que la octava del Corpus es la fiesta principal que celebran los indios, de que hablaré a su tiempo. En las ciudades que hacen cabeza de provincia, para el día del Corpus concurren de cada pueblo circunvecino doce indios vestidos de danzantes y matachines, y otro con su flauta y tamboril. Se visten sobre camisa fina un tonelito a modo de estafeta, y una chupa franjeada. Las piernas vestidas de borzaquín sembradas de cascabeles; la cara con mascarilla, y la cabeza adornada de una montera con varios espejitos ensartados entre cintas y encajes fruncidos. Y detrás de la melena, colgadas hasta la pantorrilla varias cintas labradas y de tela de a tres o cuatro dedos de ancho, y en esto echan el mayor rumbo, y cada cual en la mano lleva un palo de a tres cuartas con una buena porra, todo labrado y sobredorado con panes de plata y oro entre diversos colores.

Ellos entran a danzar su danza, según la antelación que tiene un pueblo al otro, y en esto suele haber entre ellos varias disenciones, y en acabando la procesión, arman sus chamusquinas y peleas, y como se dan palos con las porras, suelen muchos salir con la cabeza descalabrada. Y como guardan la venganza de un año para otro, suelen muchos parar a la cárcel. Este día en Riobamba habría más de doscientos danzantes y matachines, y éstos iban entremetidos en el cuerpo de la procesión, danzando siempre todos sin parar, y dando la vuelta, remudándose de puesto unos con otros. Con tanta flauta, tamboril y cascabel con el bullicio de la danza, nada se oía del himno que se cantaba, ni casi de los villancicos.

El tercer día a la tarde vino un propio de un Padre cura dominico, que tenía encomendado el sermón del cuarto día diciendo que había caído enfermo, y no podía venir. Al instante se divulgó la voz, y habiendo buscado en los conventos quién supliese la falta, no se halló quién se animase a ello. Ventilóse el caso en casa de don Bruno, y viendo que se quedaría el día sin sermón, don Bruno dijo: Ahí está un Padre misionero, y es dable que si se lo decían, quisiese predicar. La señora díjole: Bruno, vos mándalo llamar, y si se lo decís, el Padre predicará. Al instante me mandó llamar, y me empeño en nombre de la señora. Yo hube de menester poco empeño para ello. Dile mi palabra, y me fui a prevenir. Ya el otro día prediqué y me dieron 25 pesos.

Cuando yo salí la primera vez de la conversión, el Padre Mejía de San Diego, que era natural de Riobamba, me preguntó si yo en España había conocido un tal Vallejo, que tuvo mucho nombre en España en tiempo de Felipe V. Yo le dije que lo había conocido, porque fue Capitán General y Comandante de Mallorca, y que en mi tierra se había casado con una de las principales damas de Mallorca, y que cuando murió yo era corista, y que había asistido a su entierro. Él me dijo que este caballero era natural de Riobamba, y que allí tenía su parentela, aunque él fue espurio de un caballero Valle de de Riobamba. Y que allí tenía dos hermanos suyos de parte de padre. Y que si yo algún tiempo iba a Riobamba, se alegrarían con las noticias que yo les diera.

Estos pues días primeros que yo llegué a esta ciudad, hubo de morir uno de esta casa de los Vallejos, y yendo yo por la mañana a almorzar a casa del doctor Andino, en casa de un mercader que vivía allí junto estaba un clérigo repartiendo misas para el difunto. A lo que me vio el mercader, me llamó y me dijo: Padre misionero, ¿ya le han dado a usted misas para este difunto que murió anoche? Yo dije que no. Entonces el clérigo me dio cuatro patacones. Yo me informé de quién era el difunto, y diciéndome que era de casa de los Vallejos, pregunté si de esta casa había sido un Capitán General Vallejos que estuvo en España. Dijéronme que sí, y que en la ciudad tenía dos hermanos, el uno casado y el otro canónigo. Yo entonces conté que lo había conocido. Esto se dijo en casa del difunto, y después de unos días me mandó llamar el canónigo a la casa, y les di las noticias que yo sabía, y lo celebraron mucho. Los dos hermanos eran una viva estampa del General Vallejos que yo en España conocí. Ellos me dieron diez patacones para diez misas, y con esta plata le compré a mi chapetón un relingote de paño.

Yo a los once días de llegado, me partí con mi chapetón, acompañado de un baqueano. A cosa de hora y media de camino hay una laguna mediana, en que había muchísimos patos. Yo me apeé y de un tiro con la escopeta maté cinco, y nos bastaron para comer dos días. Esta primer tarde fuimos a dar a un pueblo de indios, y yo me fui a arranchar en casa del cura. El pueblo tendrá unas cincuenta casas, clima muy frío. Allí hallé un lector dominico, natural de la ciudad de Piura, de que hablaré a su tiempo. El cura me había conocido en Quito, cuando yo la primera vez estuve allá, y su madre, que vivía junto a casa de don Agustín Lisperguer, llamada doña Gregoria, me había querido bastante. Murió la madre, y para que él sustentase a dos hermanas solteras que tenía, le dieron recién ordenado este curatico. A lo que me vio, me hizo mucho cortejo, y viendo el Padre dominico que el cura y las señoras me festejaban tanto, y que él quedaba arrinconado, lo sintió y lo demostró en no querer proseguir junto conmigo el camino, y en cada jornada se adelantaba a partir primero que no yo, y hasta cerca de Loja no nos volvimos a juntar en una ranchería.

La segunda jornada ya pasamos a clima caliente, y en siete jornadas más llegamos a la ciudad de Cuenca. En estas siete jornadas encontramos cuatro pueblos de indios y mestizos, pueblos medianos, y el clima ya templado, con buenas sembrerías de trigo y cebada que estaban ya con espiga granada. Son pueblos de unas 80 casas, aunque fuera del recinto del pueblo tienen mucha vecindad, que cada uno pasará de trescientas familias. Hay en todo esto muchas crías de bestias, mucho ganado vacuno y ovejuno. Y no me acuerdo del nombre de estos pueblos. A la tercer jornada a mano izquierda en clima frío, se descubren del camino real a lo lejos unas dos o tres leguas dos pueblos de indios. Sólo de uno de esos pueblos, que fue el tercero, y en clima caliente, me acuerdo que llaman El Canal.

A este pueblo llegamos cerca de la una después de mediodía, y como iba abochornado del sol, me fui a casa del Padre cura a sestear un rato. Era un clérigo natural de Cuenca, el hombre más bizarro que yo he conocido. Lo propio fue verme, me tomó de la mano y me hizo apear. Al instante me quiso mandar poner la mesa para que comiéramos. Yo no lo admití, porque a mediodía habíamos comido un pollo asado. Viendo que no quería comer, me hizo sacar mate. Ya que lo trujeron me dijo: Padre, aquí tengo buena mistela, si la tomara de mejor gusto que el mate, que la traigan. Yo dije que sí, y con ello largué el mate a mi chapetón. Él ya había visto otras veces tomar mate, pero nunca lo había probado, y así tomó la bombilla, y del primer sorbo, se llenó la boca, y como estaba el agua ardiendo, le abrasó la boca. Él de cortedad no osó echarlo de la boca, antes apretó la boca. El ardor hacía su efecto, y su cara se puso colorada más que un ají maduro. Yo que lo reparo, y como conocía su simple natural, me cayó tan en gracia, que esta es una de las veces que he reído de mejor gana. Yo tomé mi trago de mistela, y como el gato escaldado teme el agua fría, mi chapetón se tardó media hora en acabar su mate. Ya que me quise ir, el Padre cura estaba tan obsequioso, que no sabía qué hacerse. Me regaló un par de pollos y una docena de allullas buenas que me alcanzaron hasta que llegamos a la ciudad de Cuenca.

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