A poco rato de esto se levantó el marido, y lo primero entró al
cuarto de su mujer y le preguntó qué tal había pasado la noche.
Ella con la llaneza de la esposa le respondió: Qué tal noche habré
pasado con tus impertinencias. El niega que no hay tal, y ella se
afirma. Entra en malicia el marido, y va a ver si el compadre
dormía, y no lo halla. Pregunta, y nadie sabe dar razón. Mira por
su mula, y no la halla. Dobla el marido la malicia, y dando por
cierto el delito, monta al instante en su caballo, y con una lanza
en la mano sale a carrera abierta a vengar la injuria. Alcanzólo en
la bajada de esta quiebra, y lo saludó con la punta de la lanza, y
le atravesó por la espalda al pecho, y allí lo dejó batallando con
la muerte. Revuelve el caballo, y él cae sobre la punta de la lanza
y se la pasa por el pecho, y allí murió también. Se divulgó el
caso, y por ello pusiéronle a este paso el nombre de
El
Descomulgado.
Nosotros pasamos adelante y cerca de la una del día llegamos a
unas caserías que llaman La Venta, y allí nos paramos a comer
fiambres que llevábamos. Pasamos después adelante y a la tarde
vinimos a arranchar en casa de un mestizo. Yo no llevaba peón que
nos acompañase, temeroso que me había de hurtar, siendo quiteño,
alguna bestia, y así partí solo con mi chapetón don Francisco. Ya
que arranchamos, como habíamos pasado ya de tierra templada a clima
caliente, delante de la misma casa pusimos nuestro rancho. Se
compraron cuatro reales de alfalfa para las bestias, y ya que las
tuve aviadas, traté de que se hiciese de cenar para
nosotros.
Saqué el perol y una olla de cobre batido que llevaba y saqué
tasajo y papas, y un trozo de salchicha de que se hizo un puchero,
y en la olla se cocinó arroz con mantequilla, porque sólo habíamos
almorzado en La Venta. Ya que se puso todo a cocer, reparé que en
la casa vivía una mestiza ya mujer de edad con tres mocetonas y dos
mozos, ya todos grandes e hijos suyos. Y como ya yo conocía las
mañas de esta gente, díjele a don Francisco: Vaya con cuidado, no
pierda usted de vista el fogón, porque si se descuida se lo
quitarán de la vista.
Ya a este tiempo habían acudido a la casa otros mozos y mujeres
de tres casas circunvecinas que allí había, y todos se iban a robar
la olla. Allí a mano derecha cosa de una legua desviado del camino,
encima de una loma, hay un pueblecito de indios y mestizos que
serán 200 familias, y se llama Chillogallo. Este es pueblo antiguo,
y antes de la conquista vivían allí las indias reales de que
hablaré en llegando a Cajamarca. El Padre cura de Barbacoas me
contó que estando él de paje del obispo de que anteriormente hablé,
pasó en este pueblo este caso: Había en Chillogallo una mestiza que
tenía una niña de unos diez años, pero de un cuerpo muy
diminuto. Una noche la madre llevó a la niña a casa del
Padre cura,
y le dijo que tal mozo, ya hombre de veinte
años, se quería casar con su hija. El cura dijo: Señora, no es
tiempo, deje que la niña crezca,
y a su tiempo se casará. La
madre le replicó que ya la niña había tres años que la usaba el
mozo. El cura, como la vio tan diminuta, no lo quiso creer, y
la madre dijo que se lo preguntase: La niña se afirmó que
era verdad, pero el cura le dijo: Yo lo creeré cuando lo vea. Y
pudiendo salir de la duda con un medio honesto para casarlos
malicia suplens aetatem y era: Hacerla registrar por una
panera, usó de un medio ilícito. Él mandó tender a la niña,
y con una vela de cebo de a real fue a hacer la prueba con
su mano,
y viendo que aguantó el tarugo, los casó. El caso
se supo en Quito, y le quitaron el curato.
En la mano izquierda a cosa de dos leguas, había otro pueblo
algo mayor que Chillogallo, casi todo de indios. Su nombre se me ha
olvidado. Éste fue en la conquista pueblo muy rico,
y de
aquí era natural la tía Magdalena, aquella india que me mandaba la
leche cuando estuve en Quito enfermo, como noto Tomo Tercero,
capítulo VIII. Su marido era cacique,
y su casa tuvo muchas
gracias e indultos reales; pero poco a poco se lo han ido quitando
injustamente;
y aunque guarda los papeles, como es una pobre
y no tiene quién hable por ella, sólo le ha quedado darle el
pueblo pongo
y china para su servicio. De este pueblo tres
leguas más allá, desviado de Quito cinco leguas, en unas grandes
pampas arrodadas de serranía por todas panes, y lugar de clima muy
caliente, hay otro pueblo mayor de indios
y mestizos que
serán 400 familias. Tampoco me acuerdo su nombre, y
estuve
en él de paso la primera vez que fui a Quito, que me mandó llamar
allá para hacerme un convite la familia de los Nequesas, que habían
ido a una hacienda que tienen un cuarto de hora más allá de este
pueblo, y ya es tierra fría
, la cosecha de papas y
trigo.
Y volviendo a mi olla, digo que yo daba mis vueltas a la
candela, temeroso que me habían de engañar a mi chapetón, y al
mismo tiempo cuidaba que unos cochinos que habían acudido no se
comiesen la alfalfa de mis bestias. Ya que la cena estuvo
compuesta, lo sacamos afuera, y encima de una petaca armamos la
mesa. Yo lo primero fui a buscar la salchicha, pero no la hallé,
porque al tiempo de sacar la olla, cuando volvió don Francisco por
el perol, ya se la hubieron zampado. Yo tomé un vergajo de todo que
llevaba de Quito hecho azijaje, y me entro en la casa diciendo: Ah
grandísimo canalla, la salchicha ha de salir sino a todos los
pelaré a azote. Y diciendo y haciendo, todo fue igual. Empiezo a
dar azotes sin orden. Los mozos que toman la puerta, y por presto
que fui a cerrar, ya me quedé solo con las mujeres, y la madre que
gritaba. Dénle la carne al Padre. Como yo no cesaba de darles
latigazos, se levanta la madre y levanta una olla, y saca la
salchicha y me la da. Ya entonces no se oían sino gritos y lloros
de mujeres que llegaban a las estrellas. Y como yo no cesaba de dar
azotes, tomaron por mejor encerrarse todas en un cuarto que tenía
la casa, y atrancar bien la puerta, y levantar más el grito
pidiendo ayuda.
Yo me salí y me fui a cenar, haciéndoles amenazas que en
llegando a Latacunga, había de avisar al Corregidor, y los había de
mandar azotar a todos. Ellas que ya me sintieron fuera de la casa y
cenando, vinieron poco a poco a cerrar la puerta. Ya después de
cenar me eché a dormir, y por la mañana cargamos y nos fuimos. Al
haber andado cosa de media hora, catay que vienen cuatro mozos a
caballo a presentarme un borrego, y pidiéndome con muchas súplicas
que puesto que ellos no eran de aquella casa, que no los mandase
azotar ni avisar al Corregidor, y que si yo quería me acompañarían
hasta Latacunga. Yo les dije que no avisaría al Corregidor, y que
se llevasen el borrego, pero no hubo que tratar diciéndome que me
lo mandaba la señora de la casa, y que ya había azotado a sus
hijos, porque me habían quitado la carne. Ellos se fueron y me
dejaron el borrego. Yo lo hice cargar encima del caballo y me lo
llevé.
Al cabo de rato nos paramos a almorzar, y cerca las cuatro de la
tarde pasamos por un pueblecito de mestizos que serán unas cuarenta
casas. También se me ha olvidado su nombre. Don Agustín en Quito ya
me avisó que de manera alguna me quedase en este pueblo, porque
todos hurtaban bestias a los pasajeros, y así pasamos adelante, y
al salir del pueblo díjele a unos mozos que allí se habían parado a
vemos pasar:Desdicha del que venga esta noche a ver mis
bestias, porque con aquella escopeta le echaré un balazo. A cosa de
media legua más nos arranchamos encima de una loma en despoblado, y
no tuvimos novedad alguna. Ya aquí era clima templado, y al otro
día a mediodía ya estuvimos en clima caliente. Arranchamos en un
mesón, y no se gastaron más que cuatro reales de alfalfa para las
bestias.
Ya que vino el día, volvimos a partir, y cerca de mediodía
llegamos a un pueblecito de mestizos que no son más que ocho casas.
Aquí paramos un rato a tomar un bocado de fiambre que llevaba
prevenido. Ya yo venía informado que todos eran ladrones de
bestias. Yo así que me apeé, compré un real de alfalfa, y en lo
interim que mi chapetón la repartía a las bestias, bajé la escopeta
y le fui a levantar el gatillo, y me la pongo al lado. Ya a este
tiempo habían acudido seis y ocho mozos a preguntar para dónde iba.
Yo y don Francisco empezamos a comer, y un par de ellos se fueron
arrimando a mis cargas. Yo que tomo la escopeta y hago ademán de
tirarles diciendo: Si me rompen el cristal que viene ahí, les
echaré un balazo.Afuera, afuera. Ellos se apartaron más que de
paso. Y entendiendo que yo traía cristales para vender, todo era
decirme que descargase y me quedase allí a pasar la noche, porque
ya no padría llegar a Latacunga. Yo procuré a despachar, y lo más
pronto partimos. Ya aquí el clima es muy ardiente, y por punto va
tomando incremento, hasta dos leguas más allá de
Latacunga.
A cosa de media legua llegamos a la pampa en que hay dos cerros
cosa de un cuarto de legua apartados el uno del otro, que se llaman
Cotopaxi y Cotocollá, los dos muy grandes y altos, y tienen la
forma de un pan de azúcar, nevados siempre todo el año, y por
encima de los dos perpendicularmente pasa la línea. El de mano
derecha es el Cotopaxi; fue el que el año de 1755, el año de los
temblores del Perú, que el mar se tragó el Callao de Lima, éste fue
el que reventó en agua, fuego y alquitrán, y de la primera avenida
se llevó toda Latacunga, que era una ciudad muy poblada, y fueron
muy pocos los que escaparon con vida. Un pedazo de monte que hay se
llevó casi toda la arboleda, y por donde se hizo el arrastradero no
ha quedado más que piedras y arena.
A cosa de legua y media está Latacunga, y antes de llegar hay un
camino llano, que lo han apotrerado, porque a la mano izquierda
tiene una laguna de siete leguas de largo en que se crían muchas
preñadillas, y está poblada de pájaros marinos y ansares, garzas,
garzotes y muchas especies de patos. Sobre la tierra que forma la
pared le han puesto barbas de matas de pita. Había pues una de
éstas grandes caídose en medio del camino, y mi mula empezó a tener
miedo de aquel tolondrón con tal extremo, que me fue preciso
apearme, y tirándolas de las riendas mi chapetón y un hombre que
sobrevino, y yo detrás dándole latigazos, casi arrastrándola la
hicimos pasar, pero pasó temblando la pobre mula y toda sudada.
Entonces se empezaba la ciudad de nuevo a edificar. Yo me fui a
nuestro convento y lo pasé muy bien. El otro día partimos, y en
cosa de media legua ya pasamos de clima ardiente a clima frío. Éste
fue siempre aumentando hasta Ambato que dista dos jornadas, y en la
mitad, en donde arranchamos la primera noche, hay un pueblecito de
mestizos que serán unas veinte casas. Yo me arranché en la entrada
en que había un gramadal. Fuime luego a ver al Padre cura, y no lo
hallaron en todo el pueblo, pero bien me dijeron en dónde estaba,
pero yo no lo diré. El otro día a la tarde llegamos a
Ambato.
Es Ambato pueblo grande de más de tres mil vecinos, indios,
mestizos, blancos, negros y mulatos. Tiene mucha cosecha de papas,
trigo y cebada, y se fabrica allí un bizcocho muy rico que se lleva
a Quito por cosa de regalo, y tierra arriba hasta Lima, y en
realidad es cosa delicada. Hay convento de recolección nuestra y
allí me fui a apear y fui bien recibido del Guardián, el cual me
contó que seis meses antes había sucedido este caso. Habíase
avecindado en Ambato un mozo chileno, y a poco tiempo se casó allí
con una moza blanca, la que estaba muy acomodada; y como no tenía
más que su madre viuda, el chileno al instante tomó el manejo de la
hacienda, y en ocho años tuvo de la mujer tres hijos, dos hembras y
un varón. A los ocho años enfermó de muerte, y mandó llamar a este
Guardián, y habiendo declarado que era religioso lego de cierta
religión, le pidió que si moría, lo enterraran en el convento y con
hábito. El Guardián le aconsejó que hiciese obra pía en que
declarase que quería sepultarse en el convento y con hábito, y
antes de morir mandase llamar al Padre cura y lo enterase de su
voluntad, para que después de muerto el Padre cura no pusiese
dificultad alguna. Él envió a llamar al cura y le declaró quién
era, y para sigilarlo del todo lo contratase con nuestro Guardián.
Así se hizo. Él murió, y sin saber por dónde se empezó a rugir
luego quién era el difunto. El Padre cura echó voz que el Guardián,
por el interés de llevar el funeral, había conchavado aquella
especie, y quiso sepultar y sepultó al difunto, y el caso se hizo
público en todas aquellas provincias, y hubo quien escribió a Chile
a su convento todo lo que el difunto había pasado en
Ambato.
Tenía el Guardián un cuadrito fabricado en Quito de la Virgen de
los Dolores, que no tenía más que una cuarta en cuadro, pero con
gonces se iba abriendo y reabriendo, y cuando estaba todo abierto,
tenía vara y media de largo y una vara de ancho. Todo era hecho de
escultura, y alrededor tenía los quince misterios de la Virgen de
pintura muy fina, y en medio estaba la Señora en su nicho, cosa muy
delicada, y un poco más abajo en proporción, tenía un altar del
todo adornado, y en él un sacerdote diciendo misa, y todo esto
también de escultura muy delicada. Yo le pregunté al Guardián
cuánto habíale costado, y me dijo que 25 pesos. Yo le ofrecí
cincuenta por ello, y no me lo quiso dar. Y a fin de ver si se lo
sacaba me detuve dos días, y le llegué a ofrecer 100 pesos, pero no
me lo quiso dar por plata ninguna.
Aquí se buscó un baqueano que nos guiase hasta Riobamba.
Partimos el tercer día, y la primer noche venimos a arranchar en un
despoblado en la entrada de un páramo, que sobre ser lugar rígido
de frío, no hubo leña alguna para hacer candela, y pasamos malísima
noche. Ya que vino la madrugada, se cargó, y a punta del día ya
caminábamos. A poco rato de caminar por el páramo encontramos con
dos zorros tan grandes como unos carneros. Ellos que se iban para
dentro, y mi chapetón espantado y temeroso no acertaba a hablar. El
peón que aprieta a huir, y se volvió para Ambato. Este segundo día
también nos quedamos en el páramo y sin candela, y no comimos sino
pan y salchicha cruda y queso. Está todo este páramo lleno de
pajonal y todo tejido de grama muy aparrada, porque lo rígido del
clima no la deja crecer, y tiene entreverado unas matas que forma
la forma de un pan grande, y cada uno se compone de unas hojitas
menudas parecidas a la chicoria, formando cruces, que cada uno de
estos panes tendrá más de mil cruces. Este día tercero ya salimos
del páramo, y arranchamos junto a una quebrada, y aquí nos
alcanzaron unos arrieros que iban con cargas para Riobamba. Ya aquí
había leña, y cenamos bien. Y ya el otro día llegamos a la
ciudad.