INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27

A poco rato de esto se levantó el marido, y lo primero entró al cuarto de su mujer y le preguntó qué tal había pasado la noche. Ella con la llaneza de la esposa le respondió: Qué tal noche habré pasado con tus impertinencias. El niega que no hay tal, y ella se afirma. Entra en malicia el marido, y va a ver si el compadre dormía, y no lo halla. Pregunta, y nadie sabe dar razón. Mira por su mula, y no la halla. Dobla el marido la malicia, y dando por cierto el delito, monta al instante en su caballo, y con una lanza en la mano sale a carrera abierta a vengar la injuria. Alcanzólo en la bajada de esta quiebra, y lo saludó con la punta de la lanza, y le atravesó por la espalda al pecho, y allí lo dejó batallando con la muerte. Revuelve el caballo, y él cae sobre la punta de la lanza y se la pasa por el pecho, y allí murió también. Se divulgó el caso, y por ello pusiéronle a este paso el nombre de El Descomulgado.

Nosotros pasamos adelante y cerca de la una del día llegamos a unas caserías que llaman La Venta, y allí nos paramos a comer fiambres que llevábamos. Pasamos después adelante y a la tarde vinimos a arranchar en casa de un mestizo. Yo no llevaba peón que nos acompañase, temeroso que me había de hurtar, siendo quiteño, alguna bestia, y así partí solo con mi chapetón don Francisco. Ya que arranchamos, como habíamos pasado ya de tierra templada a clima caliente, delante de la misma casa pusimos nuestro rancho. Se compraron cuatro reales de alfalfa para las bestias, y ya que las tuve aviadas, traté de que se hiciese de cenar para nosotros.

Saqué el perol y una olla de cobre batido que llevaba y saqué tasajo y papas, y un trozo de salchicha de que se hizo un puchero, y en la olla se cocinó arroz con mantequilla, porque sólo habíamos almorzado en La Venta. Ya que se puso todo a cocer, reparé que en la casa vivía una mestiza ya mujer de edad con tres mocetonas y dos mozos, ya todos grandes e hijos suyos. Y como ya yo conocía las mañas de esta gente, díjele a don Francisco: Vaya con cuidado, no pierda usted de vista el fogón, porque si se descuida se lo quitarán de la vista.

Ya a este tiempo habían acudido a la casa otros mozos y mujeres de tres casas circunvecinas que allí había, y todos se iban a robar la olla. Allí a mano derecha cosa de una legua desviado del camino, encima de una loma, hay un pueblecito de indios y mestizos que serán 200 familias, y se llama Chillogallo. Este es pueblo antiguo, y antes de la conquista vivían allí las indias reales de que hablaré en llegando a Cajamarca. El Padre cura de Barbacoas me contó que estando él de paje del obispo de que anteriormente hablé, pasó en este pueblo este caso: Había en Chillogallo una mestiza que tenía una niña de unos diez años, pero de un cuerpo muy diminuto. Una noche la madre llevó a la niña a casa del Padre cura, y le dijo que tal mozo, ya hombre de veinte años, se quería casar con su hija. El cura dijo: Señora, no es tiempo, deje que la niña crezca, y a su tiempo se casará. La madre le replicó que ya la niña había tres años que la usaba el mozo. El cura, como la vio tan diminuta, no lo quiso creer, y la madre dijo que se lo preguntase: La niña se afirmó que era verdad, pero el cura le dijo: Yo lo creeré cuando lo vea. Y pudiendo salir de la duda con un medio honesto para casarlos malicia suplens aetatem y era: Hacerla registrar por una panera, usó de un medio ilícito. Él mandó tender a la niña, y con una vela de cebo de a real fue a hacer la prueba con su mano, y viendo que aguantó el tarugo, los casó. El caso se supo en Quito, y le quitaron el curato.

En la mano izquierda a cosa de dos leguas, había otro pueblo algo mayor que Chillogallo, casi todo de indios. Su nombre se me ha olvidado. Éste fue en la conquista pueblo muy rico, y de aquí era natural la tía Magdalena, aquella india que me mandaba la leche cuando estuve en Quito enfermo, como noto Tomo Tercero, capítulo VIII. Su marido era cacique, y su casa tuvo muchas gracias e indultos reales; pero poco a poco se lo han ido quitando injustamente; y aunque guarda los papeles, como es una pobre y no tiene quién hable por ella, sólo le ha quedado darle el pueblo pongo y china para su servicio. De este pueblo tres leguas más allá, desviado de Quito cinco leguas, en unas grandes pampas arrodadas de serranía por todas panes, y lugar de clima muy caliente, hay otro pueblo mayor de indios y mestizos que serán 400 familias. Tampoco me acuerdo su nombre, y estuve en él de paso la primera vez que fui a Quito, que me mandó llamar allá para hacerme un convite la familia de los Nequesas, que habían ido a una hacienda que tienen un cuarto de hora más allá de este pueblo, y ya es tierra fría , la cosecha de papas y trigo.

Y volviendo a mi olla, digo que yo daba mis vueltas a la candela, temeroso que me habían de engañar a mi chapetón, y al mismo tiempo cuidaba que unos cochinos que habían acudido no se comiesen la alfalfa de mis bestias. Ya que la cena estuvo compuesta, lo sacamos afuera, y encima de una petaca armamos la mesa. Yo lo primero fui a buscar la salchicha, pero no la hallé, porque al tiempo de sacar la olla, cuando volvió don Francisco por el perol, ya se la hubieron zampado. Yo tomé un vergajo de todo que llevaba de Quito hecho azijaje, y me entro en la casa diciendo: Ah grandísimo canalla, la salchicha ha de salir sino a todos los pelaré a azote. Y diciendo y haciendo, todo fue igual. Empiezo a dar azotes sin orden. Los mozos que toman la puerta, y por presto que fui a cerrar, ya me quedé solo con las mujeres, y la madre que gritaba. Dénle la carne al Padre. Como yo no cesaba de darles latigazos, se levanta la madre y levanta una olla, y saca la salchicha y me la da. Ya entonces no se oían sino gritos y lloros de mujeres que llegaban a las estrellas. Y como yo no cesaba de dar azotes, tomaron por mejor encerrarse todas en un cuarto que tenía la casa, y atrancar bien la puerta, y levantar más el grito pidiendo ayuda.

Yo me salí y me fui a cenar, haciéndoles amenazas que en llegando a Latacunga, había de avisar al Corregidor, y los había de mandar azotar a todos. Ellas que ya me sintieron fuera de la casa y cenando, vinieron poco a poco a cerrar la puerta. Ya después de cenar me eché a dormir, y por la mañana cargamos y nos fuimos. Al haber andado cosa de media hora, catay que vienen cuatro mozos a caballo a presentarme un borrego, y pidiéndome con muchas súplicas que puesto que ellos no eran de aquella casa, que no los mandase azotar ni avisar al Corregidor, y que si yo quería me acompañarían hasta Latacunga. Yo les dije que no avisaría al Corregidor, y que se llevasen el borrego, pero no hubo que tratar diciéndome que me lo mandaba la señora de la casa, y que ya había azotado a sus hijos, porque me habían quitado la carne. Ellos se fueron y me dejaron el borrego. Yo lo hice cargar encima del caballo y me lo llevé.

Al cabo de rato nos paramos a almorzar, y cerca las cuatro de la tarde pasamos por un pueblecito de mestizos que serán unas cuarenta casas. También se me ha olvidado su nombre. Don Agustín en Quito ya me avisó que de manera alguna me quedase en este pueblo, porque todos hurtaban bestias a los pasajeros, y así pasamos adelante, y al salir del pueblo díjele a unos mozos que allí se habían parado a vemos pasar:Desdicha del que venga esta noche a ver mis bestias, porque con aquella escopeta le echaré un balazo. A cosa de media legua más nos arranchamos encima de una loma en despoblado, y no tuvimos novedad alguna. Ya aquí era clima templado, y al otro día a mediodía ya estuvimos en clima caliente. Arranchamos en un mesón, y no se gastaron más que cuatro reales de alfalfa para las bestias.

Ya que vino el día, volvimos a partir, y cerca de mediodía llegamos a un pueblecito de mestizos que no son más que ocho casas. Aquí paramos un rato a tomar un bocado de fiambre que llevaba prevenido. Ya yo venía informado que todos eran ladrones de bestias. Yo así que me apeé, compré un real de alfalfa, y en lo interim que mi chapetón la repartía a las bestias, bajé la escopeta y le fui a levantar el gatillo, y me la pongo al lado. Ya a este tiempo habían acudido seis y ocho mozos a preguntar para dónde iba. Yo y don Francisco empezamos a comer, y un par de ellos se fueron arrimando a mis cargas. Yo que tomo la escopeta y hago ademán de tirarles diciendo: Si me rompen el cristal que viene ahí, les echaré un balazo.Afuera, afuera. Ellos se apartaron más que de paso. Y entendiendo que yo traía cristales para vender, todo era decirme que descargase y me quedase allí a pasar la noche, porque ya no padría llegar a Latacunga. Yo procuré a despachar, y lo más pronto partimos. Ya aquí el clima es muy ardiente, y por punto va tomando incremento, hasta dos leguas más allá de Latacunga.

A cosa de media legua llegamos a la pampa en que hay dos cerros cosa de un cuarto de legua apartados el uno del otro, que se llaman Cotopaxi y Cotocollá, los dos muy grandes y altos, y tienen la forma de un pan de azúcar, nevados siempre todo el año, y por encima de los dos perpendicularmente pasa la línea. El de mano derecha es el Cotopaxi; fue el que el año de 1755, el año de los temblores del Perú, que el mar se tragó el Callao de Lima, éste fue el que reventó en agua, fuego y alquitrán, y de la primera avenida se llevó toda Latacunga, que era una ciudad muy poblada, y fueron muy pocos los que escaparon con vida. Un pedazo de monte que hay se llevó casi toda la arboleda, y por donde se hizo el arrastradero no ha quedado más que piedras y arena.

A cosa de legua y media está Latacunga, y antes de llegar hay un camino llano, que lo han apotrerado, porque a la mano izquierda tiene una laguna de siete leguas de largo en que se crían muchas preñadillas, y está poblada de pájaros marinos y ansares, garzas, garzotes y muchas especies de patos. Sobre la tierra que forma la pared le han puesto barbas de matas de pita. Había pues una de éstas grandes caídose en medio del camino, y mi mula empezó a tener miedo de aquel tolondrón con tal extremo, que me fue preciso apearme, y tirándolas de las riendas mi chapetón y un hombre que sobrevino, y yo detrás dándole latigazos, casi arrastrándola la hicimos pasar, pero pasó temblando la pobre mula y toda sudada. Entonces se empezaba la ciudad de nuevo a edificar. Yo me fui a nuestro convento y lo pasé muy bien. El otro día partimos, y en cosa de media legua ya pasamos de clima ardiente a clima frío. Éste fue siempre aumentando hasta Ambato que dista dos jornadas, y en la mitad, en donde arranchamos la primera noche, hay un pueblecito de mestizos que serán unas veinte casas. Yo me arranché en la entrada en que había un gramadal. Fuime luego a ver al Padre cura, y no lo hallaron en todo el pueblo, pero bien me dijeron en dónde estaba, pero yo no lo diré. El otro día a la tarde llegamos a Ambato.

Es Ambato pueblo grande de más de tres mil vecinos, indios, mestizos, blancos, negros y mulatos. Tiene mucha cosecha de papas, trigo y cebada, y se fabrica allí un bizcocho muy rico que se lleva a Quito por cosa de regalo, y tierra arriba hasta Lima, y en realidad es cosa delicada. Hay convento de recolección nuestra y allí me fui a apear y fui bien recibido del Guardián, el cual me contó que seis meses antes había sucedido este caso. Habíase avecindado en Ambato un mozo chileno, y a poco tiempo se casó allí con una moza blanca, la que estaba muy acomodada; y como no tenía más que su madre viuda, el chileno al instante tomó el manejo de la hacienda, y en ocho años tuvo de la mujer tres hijos, dos hembras y un varón. A los ocho años enfermó de muerte, y mandó llamar a este Guardián, y habiendo declarado que era religioso lego de cierta religión, le pidió que si moría, lo enterraran en el convento y con hábito. El Guardián le aconsejó que hiciese obra pía en que declarase que quería sepultarse en el convento y con hábito, y antes de morir mandase llamar al Padre cura y lo enterase de su voluntad, para que después de muerto el Padre cura no pusiese dificultad alguna. Él envió a llamar al cura y le declaró quién era, y para sigilarlo del todo lo contratase con nuestro Guardián. Así se hizo. Él murió, y sin saber por dónde se empezó a rugir luego quién era el difunto. El Padre cura echó voz que el Guardián, por el interés de llevar el funeral, había conchavado aquella especie, y quiso sepultar y sepultó al difunto, y el caso se hizo público en todas aquellas provincias, y hubo quien escribió a Chile a su convento todo lo que el difunto había pasado en Ambato.

Tenía el Guardián un cuadrito fabricado en Quito de la Virgen de los Dolores, que no tenía más que una cuarta en cuadro, pero con gonces se iba abriendo y reabriendo, y cuando estaba todo abierto, tenía vara y media de largo y una vara de ancho. Todo era hecho de escultura, y alrededor tenía los quince misterios de la Virgen de pintura muy fina, y en medio estaba la Señora en su nicho, cosa muy delicada, y un poco más abajo en proporción, tenía un altar del todo adornado, y en él un sacerdote diciendo misa, y todo esto también de escultura muy delicada. Yo le pregunté al Guardián cuánto habíale costado, y me dijo que 25 pesos. Yo le ofrecí cincuenta por ello, y no me lo quiso dar. Y a fin de ver si se lo sacaba me detuve dos días, y le llegué a ofrecer 100 pesos, pero no me lo quiso dar por plata ninguna.

Aquí se buscó un baqueano que nos guiase hasta Riobamba. Partimos el tercer día, y la primer noche venimos a arranchar en un despoblado en la entrada de un páramo, que sobre ser lugar rígido de frío, no hubo leña alguna para hacer candela, y pasamos malísima noche. Ya que vino la madrugada, se cargó, y a punta del día ya caminábamos. A poco rato de caminar por el páramo encontramos con dos zorros tan grandes como unos carneros. Ellos que se iban para dentro, y mi chapetón espantado y temeroso no acertaba a hablar. El peón que aprieta a huir, y se volvió para Ambato. Este segundo día también nos quedamos en el páramo y sin candela, y no comimos sino pan y salchicha cruda y queso. Está todo este páramo lleno de pajonal y todo tejido de grama muy aparrada, porque lo rígido del clima no la deja crecer, y tiene entreverado unas matas que forma la forma de un pan grande, y cada uno se compone de unas hojitas menudas parecidas a la chicoria, formando cruces, que cada uno de estos panes tendrá más de mil cruces. Este día tercero ya salimos del páramo, y arranchamos junto a una quebrada, y aquí nos alcanzaron unos arrieros que iban con cargas para Riobamba. Ya aquí había leña, y cenamos bien. Y ya el otro día llegamos a la ciudad.

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