CAPÍTULO
XII
Contiene lo que
me pasó en Quito hasta que llegué a Riobamba.
Allí de pronto se mandó a la plaza por cuatro reales de alfalfa
para cenar las bestias. Y todos los ocho días que en Quito me
mantuve, cada tarde se gastó en alfalfa lo mismo. El mozo baqueano
que nos acompañó, se quiso quedar en Quito, y me vendió un buen
potro rosado que traía en seis pesos, y así ya tuve seis bestias
mulares y el potro que iba de madrino. Yo al otro día de mañana me
fui a la casa grande a ver al Provincial y Guardián, a quienes
enseñé mi licencia. El Provincial me dijo que el Padre Salvador ya
me estaba aguardando, y que le hiciese el favor de irlo a ver. Fui
a su celda y me hizo muchísimo agasajo, pero ya yo sospechaba el
fin de estas demostraciones, y le ataqué los obsequios diciéndole
que aún no había dicho misa, y que iba a ello a la sacristía. Él me
dijo que en acabando fuese a su celda a desayunarme, y así lo
hice.
Ya que acabé de dar gracias, volví a su celda, y me tuvo
prevenido un rico almuerzo, y en lo interim me dijo, cómo el
Guardián del colegio le había escrito con grande empeño para que me
atajase los pasos con mil ofrecimientos si me volvía a las
conversiones. Yo le dije: Padre nuestro ya yo a todo esto tengo
respondido al Guardián con una carta que de Pasto le despaché en
respuesta a una suya con semejantes ofrecimientos. Entonces me dijo
él: Pues, Padre misionero, sepa que si V. P. se para y vuelve a las
conversiones, dentro de breves años le puede ir muy bien, porque el
colegio secretamente, ha hecho un informe auténtico de lo que V. P.
ha trabajado y aumentado las conversiones, y está para presentarlo
a esta Real Audiencia, y a mí me ha hecho escrito para que solicite
con el señor Fiscal, para que se mande un traslado a la Corte al
Real Consejo, pidiendo para V. P. algún ascenso o remuneración, y
como ahora este obispado está vacante, podrá ser que dentro de
cuatro o seis años le corra buena fortuna. Y cuando no, ya ahora
sabe esta Provincia lo que V. P. ha trabajado, y si después del
tiempo que le digo se quiere quedar en Quito, siempre que yo viva
le prometo el provincialato.
Bien pudo ser que dijera la verdad, pero yo nada creí, y así le
respondí: Yo estimo más ser el individuo más inferior del colegio
de Arcos de la Frontera para donde voy, que perpetuo Provincial de
Quito. Y supuesto que voy para España, nadie dará a la Corte mejor
informe del incremento de las conversiones que yo, que lo he
trabajado y aumentado con sola la ayuda de Dios. Y le agradezco,
Padre nuestro, todas estas promesas que me hace, pero no le admito
alguna. Valiera más que el Guardián del colegio con el Discretorio
hubiera decretado que supuesto que en el tiempo que he trabajado no
me han llegado a socorrer con cosa que llegue a montar 300 pesos
todo junto, y el Rey a cuenta mía ha dado en diez años 340 pesos
cada año, que suman 3.400 pesos, ahora que me voy fuera bueno que
me hubiesen mandado un buen socorro para el camino de lo que es
mío, y me lo tiene para mí dado el Rey. Pero yo confío que Dios,
como dice Job, se lo sacará de las entrañas. Las herramientas,
ganado y alhajas que con mi cuidado y sudor dejo en mi pueblo valen
más de 6.000 pesos, y ahora que me voy no ha habido un subsidio
para el Padre Fr. Juan. Dios les guarde a los Padres del colegio y
al Padre Presidente Barrutieta que no me dé la gana de informar a
los señores del Real Consejo de este malbarato, por no decir
latrocinio con que mortifican a los Padres conversores. Y si tal
sucede, lo tienen muy bien ganado y merecido.
Como el Padre vio el modo con que le rebatí su propuesta, y
conoció que yo hablaba con razón, me procuró a suavizar con varias
excusas frívolas; pero yo por remate le dije: Padre nuestro, a V.
P. le consta lo que yo he gastado a beneficio de las conversiones,
y sólo en ropa y adornos de la iglesia monta más de 1.000 pesos, y
esto lo he buscado yo con mi trabajo y sudor, por mano de V. P. y
del Síndico de Pasto, don Ramón de la Barrera. Pues supuesto que V.
P. es el Procurador del colegio, deme V. P. ahora de cuenta del
colegio un par de mil pesos que tengo de menester para ir de aquí a
España. Como él vio que yo le atacaba los pasos, y con razón, dijo
que sin orden del Guardián del colegio no me podía dar cosa alguna,
y viendo que ya de mí no podía sacar cosa alguna, me despidió con
mucha sequedad, y desde entonces las veces que me vio por el
convento, me volvió la espalda por no encontrarse conmigo. Yo antes
de salir de Quito supe que había despachado un donado de San Diego
a que fuera a asistir al pueblo del Padre Alfaro, con orden del
Guardián del colegio para que dicho Padre bajase a mi pueblo a
asistir en mi lugar en lo interim que el Padre Presidente
Barrutieta proporcionase lo mejor con Fr. José
Carvo.
Como yo asistía en casa de mi grande amigo don Agustín
Lisperguer, por medio de una esclava suya se me buscó seis libras
de canchalagua, que es aquella pajita que preserva de corrupción
aun a los cuerpos difuntos, de que tengo hablado en el Tomo
Tercero, capítulo IV, con ánimo de traerla a España y me costó seis
pesos. Por la ocasión de hablar de esta especie, diré lo que me
contaron en Quito, pero yo no sé quién. El caso pasó en un pueblo
que hay tres días antes de llegar a Lambayeque, de que hablaré a su
tiempo. Sucedió pues que habiendo llegado allí un mercader que iba
para Cajamarca con una partida de fardos de algodón, se arranchó a
un lado de la plaza. A este tiempo en casa de un mestizo estaban
matando una vaca. El mercader le dio a uno de sus arrieros cuatro
reales, y le dijo que fuera a comprar una arroba de carne fresca
para cenar. Fue el peón y se la dieron en tres pedazos. Él, por no
ensuciarse, vio en medio de la plaza botadas unas hojas grandes que
suelen criarse en los páramos encima de los troncos de los árboles,
raizando entre la lama que suelen criar con las continuas
humedades, y a la parte inferior están pintadas con unos rayos
sanguíneos, y yo he visto muchísimas de estas hojas en los
páramos.
Fuese pues este hombre y envolvió la carne con estas hojas y la
llevó al rancho, y en lo interim que se acomodaban los trastes, y
se armaba la candela, lo puso encima de un fardo. Ya que se puso la
olla, va a cortar la carne, y no halla más que un pedazo. Pregunta
si algún perro ha quitado los otros dos trozos, y no le dan razón
de ello. Él se afirma en que se la dieron pesada en tres trozos, y
ahora no halla más que uno. Remiten la porfía a pesar la carne, y
hallan la arroba cabal. ¿Pues cómo es esto? Ello eran tres trozos,
y ahora no es más que uno. La admiración duró hasta que un indio
declaró que aquellas hojas en que había envuelto la carne, tenían
virtud para unir la carne fresca dividida. Y yo añado: Si esto se
experimenta en la carne muerta, ¿qué hará en la
viva?.
Por este tiempo en Quito había pasado este caso. El obispo había
dado en perseguir a todas las religiones, y les pegó cuantos
petardos pudo, y contra quienes más se armó fuimos nosotros. Fue
con tal descaro, que un día saliendo de un auto sacramental, que se
representó en las monjas Teresas Descalzas, en que concurrió lo más
florido de Quito, al salir iban por delante dos frailes nuestros,
cuando le dijo a su Illma. uno de los canónigos: En verdad, señor
que la tarde ha estado divertida. Pero él respondió: No he estado
con gusto. ¿Por qué, Illmo. señor?, le replicó. Y él señalando a
los dos frailes que iban por delante, le dijo: ¿No ve usted aquella
jerga? No la puedo ver ni aguantar. Ni bastó para que abriese los
ojos haberle puesto de intento sobre su mesa la primer parte de
nuestras crónicas, con un registro en el cap{ítulo que relata
cuando el Padre San Francisco con el alfanje de San Pablo degolló
aquel obispo que nos perseguía. Antes habiéndolo topado y leído más
se airé contra nosotros, y alteró a gritos el palacio para
averiguar quién le había metido en su cuarto aquel
libro.
En breve murió de una merendona que le hicieron en Pomasque, de
que quedó empachado, y sobre empacho, le hizo tomar Fr. Diego del
Rosario, religioso belermo, una limonada. Le subintró calentura, y
con dos sangrías se fue a la eternidad. A poco pues tiempo de su
muerte una noche apareció a un colegial de Santo Tomás, que estaba
con luz estudiando en la cama, un personaje montado en un guanajo,
todo abrasado de fuego y atado con fuertes cadenas. Estuvo un poco
con él, y quedando éste algo desmayado, se pasó al que vivía su
vecino. Ya que vino la mañana, viendo el regente del colegio que
estos dos colegiales no se levantaban, tocáronle a éste a la
puerta, y viendo que no respondía le derribaron la puerta, y lo
hallaron sin habla con los ojos abiertos, barba y cabello cano,
teniendo no más que 18 años. Diéronle confortativos, y volvió en sí
y dijo lo que había visto, y que fueran a su vecino con quien
estuvo largo rato conferenciando. Al otro colegial lo hallaron
muerto. Este fue y se confesó con un Padre jesuita. Él no ha vuelto
a hablar, y se dice que el confesor le mandó que no publicase quién
era el personaje que se le apareció; pero en voz común en Quito,
dicen en secreto, que era el obispo difunto, que se condenó por lo
que persiguió a las religiones, y por la crueldad que tuvo con los
pobres. A mí me dijeron que cuando murió tenía un millón y medio
guardado en el colegio de la Compañía, en donde tenía un jesuita
pariente.
De esta conversación se excitó otra de cuando iba este don
Agustín con su tío que fue arzobispo en Santa Fe, y me vino a
contar que estando con su tío de visita en la ciudad de Neiva
contrajo mucha familiaridad con un indio, el cual le dijo un día:
yo te daré mucho oro, en volviendo otra vez a Neiva. Ya al cabo de
un par de años volvió otra vez a Neiva con su tío. Vióse con este
indio, el cual le ratificó con su promesa, y le dijo que el oro
estaba algo lejos de allí, pero que si se animaba lo irían a traer.
Don Agustín convino en la propuesta, como fuese acompañado de un
mulato esclavo que servía en casa de quien él se fiaba para sus
negocios. El indio dijo que estaba bien. Don Agustín le dio plata
para alquilar las bestias que juzgase haber de menester. Fuese el
indio y aprontó ocho bestias y ocho alforjas de cuero, y ya todo
prevenido, pidió licencia a su tío para ir unos días con unos
amigos a cazar unos venados. Conseguida la licencia comunicó al
mulato a lo que iban. El mulato, receloso de algún enredo, se
previno de un sable que usaba, y un puñal. Fuéronse a la casa del
indio, el cual se acompañó de un hijo suyo, y tomando las bestias,
el cocave y dos barretones, partieron los cuatro
juntos.
A poco rato de caminar, díjole el indio a don Agustín: Mi amo,
yo no voy con mucho gusto con estas armas que lleva el mulato,
porque de llevar alguno de nosotros mala intención no podremos
traer oro alguno. Don Agustín que hasta entonces no había maliciado
nada del indio, con esta razón cayó en sospecha de que no intentase
el indio hacerles algún daño, y que por esto se recelaba de las
armas del mulato, y así le respondió que el mulato no llevaba
aquellas armas con ánimo de dañar a nadie, sí sólo para defenderse
de cualquiera que les quisiese dañar. Con esta satisfacción se
sosegó el indio, y así caminaron cuatro días a todo andar y
llegaron a la Mesa del Río Recio.
Internáronse el quinto día por la mesa, a la parte de la
Provincia de Antioquia, y cerca de las diez se pararon en una
mancha de monte. Ya que pusieron las bestias a comer en un pajonal,
díjole el indio a don Agustín y al mulato: Ahora habéis de jurar de
que no lleváis mala intención para sacar este oro. Los dos lo
juraron, y hecho el juramento, les dijo el indio: ¿Véis estos siete
árboles de aguacate que aquí están alineados? Pues sabed que al pie
de cada uno hay una botija grande de oro en grano. Ahora no podemos
sacar más de una, pero después de algún tiempo las sacaremos todas.
Arrimáronse al primer árbol, y con los barretones el indio y su
hijo empezaron a cavar, y don Agustín y el mulato a apartar tierra.
A ratos se iban remudando, hasta que a cosa de vara y media
descubrieron una tinaja grande tapada con un plato y clavado con
yeso. Ya que se le descubrió bien todo lo ancho, don Agustín con el
barretón fue a quebrar el plato, para ver lo que tenía adentro;
mete la mano y saca un puñado de granitos de oro. A este tiempo, el
mulato arranca el puñal y vale a dar al hijo del indio una puñalada
sobre de la espalda. Don Agustín lo repara y agárralo del brazo, y
aunque lo detuvo, con todo le hizo una herida que le entró cosa de
unos dos dedos no más. Pero al mismo tiempo la tinaja se soterró
haciendo grande ruido por bajo de tierra, y al mismo tiempo
sintieron que las otras seis tinajas, también haciendo ruido, se
iban soterrando.
El otro indio dijo: Mi amo, ya te lo he dicho que no venía con
gusto, por las armas de este mulato. Ya ahora lo ha echado todo a
perder, y ya las botijas están muy lejos de aquí. Tú habrías
quedado muy rico, y ahora no tendrás nada, y este mulato morirá de
mala muerte. El mulato, ya que don Agustín le sacó de la mano el
puñal, de un salto saltó afuera y se fue corriendo, y no lo
volvieron a ver, ni jamás se pudo averiguar dónde había ido a
parar. Don Agustín se volvió con el indio y su hijo a Neiva, y
preguntando si el mulato había allí parecido, viendo que no, tomó
por mejor dar cuenta a su tío de lo que le había pasado, y así lo
hizo. Y aunque con orden de su Illma. se agasajó al indio a fin de
que dijese cómo se podría sacar este oro, el indio estuvo negativo,
diciendo que no sabía a dónde habían ido a dar las
botijas.
Por ocasión de esta historia, me contó también que en Santa Fe
solía este caballero ir en las noches a la casa de unas señoras a
pasar un rato de tertulia. Y ya que llegó a tener en la casa
familiaridad, le dijeron que habiendo mandado remendar una pared de
la casa encontraron dentro de la pared una alcancía de barro, la
que tuvo dentro una cédula que decía que cuando poseyese aquella
casa el heredero de los Muñoces, que es una familia rica que hay en
Santa Fe, que si cavasen en tal parte de la casa, encontrarían un
gran tesoro de doblones y patacones ensartados en forma de cáscaras
de huevos; pero que en quemándolas a la candela se volverían lo que
era, esto es, doblones y patacones. Entre la gente de la casa y don
Agustín se determinaron a cavar en aquel puesto que rezaba aquella
cédula a ver si ellos encontrarían las sartas de las cáscaras de
huevos, haciéndose cuenta de que en quemándolas, se les volverían
doblones y patacones. Buscáronse barretones, y con negros esclavos
empezaron a cavar. La cuarta noche descubrieron una piedra que era
la seña que daba la cédula. Levantóse la piedra, y hallan un hoyo
lleno de sartas de cáscaras de huevos. En la apariencia eran
cáscaras de huevos, pero en el peso pesaban que ni plomo. Sacóse
afuera una sarta, y estándola admirando de lo que pesaba,
teniéndola en las manos entre varios, con una fuerza invencible,
con un tirón se la sacaron de entre las manos, y se cayó donde el
hoyo, y de improviso se fueron todos soterrando, haciendo por bajo
la tierra grande ruido, y causándoles a todos un gran susto. Y
procuraron al instante tapar el hoyo que habían hecho en aquel
puesto.
En Quito corren varias supersticiones y vanas observancias, y
entre ellas las más comunes, las que se siguen. Hay en aquellas
serranías unos indios que llaman yumbos, y es voz común que ellos
saben hacer varias cosas supersticiosas. Estando pues este don
Agustín enfermo y ser voz común que le habían hecho daño por una
venganza, con licencia del Santo Tribunal se mandó venir a su casa
a uno de estos indios, a ver si sin haber de hacer otra
superstición o brujería, podía deshacer el daño que le habían
hecho, y recobrar la salud. Le sucedía a este caballero que al
dejarlo solo la familia, le tiraban de improviso la cortina trasera
el pabellón, y le aparecía un mulato parado con una vista airada,
teniendo una lanza en la mano, y le daba tal horror de verlo, que a
gritos alteraba toda la casa. Esto le sucedió muchas veces, y así
que acudía alguien, antes que nadie llegase, se desaparecía el
mulato, tirando tras sí la cortina. Llegó pues este indio yumbo, y
al ver a don Agustín, lo primero que dijo fue: ¿Ya vos habréis
visto el mulato que os hizo el daño? Este indio con soplos de humos
de maíz quemado, le sacó de las piernas y rodillas varias culebras
y varios manojos de espinas de chonta del largo de cuatro dedos.
Ello, aunque convaleció de la enfermedad, pero se quedó baldado de
las piernas, salidas de su lugar las choquezuelas.
Ya que este indio se quiso volver a su tierra, le dijo: Mi amo,
en estando sano, si queréis venir a mi tierra, yo vendré a
acompañaros, y os enseñaré una mina de plata muy pingüe. Don
Agustín le dijo que le trujese la muestra. El indio lo prometió y
en realidad le trujo tres cargas de metal en varias ocasiones de
que sacó cosa de cien pesos en plata. Y ya que vio que el caballero
siempre se quedaba baldado, le dijo: Mi amo, yo te traeré unos
polvos, que en teniendo necesidad de dinero, no tenéis más que
untaros con ellos las manos, y en ademán de amistad, tomar la mano
a sujeto que tenga dinero, y pedirle la cantidad que quisiere, que
no se la negará, ni jamás se la pedirá. Si por aquí había de estos
polvos, por caros que se vendiesen, tendrían mucho
despacho.
Me contó también que en años anteriores se le hizo muy amigo un
aventurero que llegó a Quito, y una noche por entretenimiento dijo
que traía unas vergas, que con decir una oración, saltaba una e iba
a dar donde estaba algún entierro de oro o plata o alguna cosa
perdida, buscada y no podida encontrar. Hicieron la experiencia, y
saltó la verga y fue a dar a un rincón del patio de la casa.
Determinaron cavar allí, y encontraron una olletica con ochenta
pesos de plata. Enseñóme la oración escrita que se rezaba, y la
ley. No parecía que contenía cosa mala, pero yo la hice pedazos.
Ella empezaba así:
Vergas santas. Solas estas palabras me
quedaron, pero yo repetí muchas veces: Vergas diablos, y le dije
que era cosa supersticiosa y que no se podía hacer; y que si el
santo Tribunal lo sabía, castigaría a cualquiera que lo
practicase.
Hay por allí una mata que llaman floripondio. En España la
llaman borrachera. Ella bejuquea como la melonera, y tiene la hoja
grande al modo de la hoja de la malvaloca. Da flor al modo de la
maravilla, salvo que tiene un palmo de larga, y a proporción de
ancha. Hay de 2 layas: Unas dan la flor blanca, y ésta es de menos
virtud; las otras dan la flor colorada, declinando un poco a
amarillo, y éstas son de mayor virtud. Es allí voz común que el que
toma del floripondio, ve 8 varas lo que hay bajo de la tierra. Ya
que le cae la flor, saca su fruta, que son unos meloncitos que
llegan a crecer un poco más que el puño de un hombre. Estos están
llenos de unos piñoncitos, y esto es lo que se toma. Por poco que
sea lo que se toma, al instante embriaga; y si se toma en mayor
cantidad, quita la vida. Allí lo suelen propinar mezclado con
mazamorra de maíz blanco, y dicen que así es seguro. Hay bastantes
experiencias de haber con ello encontrado varios entierros de oro y
plata, y a veces haber también desaforádose con la embriaguez en
varios desatinos.
Hay en Quito una Venerable que vulgarmente llaman
La Azucena
de Quito, y es tradición que pidió a Dios que las niguas dentro
de la ciudad no entrasen en las criaturas, sino que entrasen en los
ratones, y consiguió el favor. Allí es cosa notoria que desde
entonces no han vuelto a entrar en criatura alguna las niguas,
siendo así que hay muchísimas, y los ratones están siempre llenos
de esta plaga. Y si el que viene a Quito trae alguna nigua, al
instante se le muere. Pero hay otra plaga que es casi peor que las
niguas. Es una especie de animalitos que llaman aradores, y en
Pasto llaman chandas. Yo la otra vez que estuve en Quito, estuve
picado de esta plaga. Fue el caso que el Padre Definidor Tovar que
dije que ahora estaba de Guardián en la villa de Ibarra, tomó
conmigo grande camaradería. Él tenía una hermana llamada doña
Margarita, casada con el Relator de la Real Audiencia. Era la mujer
más melindrosa que yo he conocido, y hablando ella muy crítica
hablaba tanto, que tampoco he conocido otra semejante. Llevóme
muchas veces a esta casa, y yo reparé que a ratos subía de abajo
otra mujer, y pidiéndole un polvo de tabaco, ella recatándole la
cajeta, le ponía el tabaco dentro de la mano. Habiéndolo yo
reparado varias veces, lo atribuí a melindre suyo, y un día le
pregunté el por qué, y me dijo: Porque tiene aradores, y por esto
jamás me pongo cerca de ella. Yo por entonces no me impuse
más.
Ya pues que caí enfermo de la enfermedad que cuento Tomo
Tercero, capítulo VIII, al convalecer, sentía una comezón en las
nalgas muy recia. Lo mismo me pasaba en los codos y en los
carcañales. Yo me rascaba y hallaba que se había en dichas partes
criado una caspa recia, y procuraba a quitármela a fuerza de
refregones. Como yo estaba flaco, íbame por las mañanas a tomar el
sol en el claustro de la enfermería. Reparaba yo que por los dedos
y en lo superior de la mano me nacieron unas ampollitas del tamaño
de la cabeza de un alfiler llenas de un humor cristalino. Yo las
reventaba con una aguja; pero si reventaba veinte, al cabo de rato
ya tenía otras tantas. Algunos religiosos me lo repararon y me
decían: Padre misionero, usted tiene aradores. Como yo no sabía qué
cosa eran aradores, lo atribuía a que era el humor pegante, que con
la enfermedad iba divagando entre cuero y carne; y no era así, sino
que en casa de esta señora se me pegaron los aradores, y como
multiplicaron mucho, y yo con el rascarme me reventaba estas
ampollitas donde estaban ellos, los pellejitos que me levantaba se
secaban, y a mí me parecía caspa.
Cuando me partí para Pasto, ya sólo en los codos y en las manos
los tenía. En Pasto en casa de don Domingo Aprais de que allí
hablé, las señoras me lo advirtieron, y dijéronme: Padre
misionero, usted tiene chandas. Yo también les dije lo mismo, que
era el humor; pero en casa de doña Antonia de España, la señora me
sacó de esta epidemia, y me hizo ver lo que yo no creía.
Este animalejo es tan diminuto, que sólo al rayo del sol, puesto
a la punta de una aguja le puede la vista descubrir. En la parte
donde se pone de las señaladas se entra entre cuero y carne, y
atrae el humor que forman las ampollitas y de que él se sustenta.
Allí cría sus hijos, y ya que los tiene, se va por entre la carne y
el cuero, y forma un caminito menos de largo que un alfiler, y en
el remate se pone él. Así me lo hizo ver la señora y hasta que lo
vi, no lo creí. Ella cada día me registraba los codos y las manos,
y poco a poco me libró de esta epidemia. Y es de advertir que si se
quiere sacar antes que forme el caminito, por más que se revienten
las ampollitas, no hay forma de sacarlo, antes se va a otra parte,
y en sacándolo a él del remate del caminito, los hijos que había
puesto se mueren, y así no es menester abrir el caminito. Después
supe que el jugo del tabaco untando con él repetidas veces el
cuerpo en sola a estas partes donde ellos están pegados, es a
propósito para matarlos.
Quito es tierra muy insulsa de pulgas y piojos, pero las
indias y las mestizas no las matan, sino que se las comen.
Esto lo he visto repetidas veces. Y las madres, cuando espulgan a
sus hijos, lo que hallan de pulga o piojo, se lo ponen en la
manita, y las criaturitas con gracejo lo toman con la punta de la
lengua, y lo estrujan con las muelas y se lo comen.
Un caso gracioso había sucedido aquellos días, y es que en un
mesón que hay en la entrada de la ciudad, una noche que había
muchos arrieros de tierra abajo, que con varias partidas de mulas,
allí se habían arranchado, catay que cerca de las diez de la noche
entran dos cholos así como van ellos con sola la camisa y abrigados
con un capote, diciendo si habían visto entrar al corral una mula
blanca. Nadie del mesón hubo visto tal mula. Ellos porfiaban que
allí se había entrado. Tanto porfiaron, hasta que los arrieros le
dijeron: Pues entren ustedes al corral, y si están allí, sáquenla.
Entraron ellos y traían bajo del capote el uno una capacha de cal
desleída, y el otro una escoba. Echan ojo a la mejor mula, y
píntanla de cal, y la blanquearon toda, y salen pasando la mula
blanca por delante de todos los arrieros. Como ninguno tenía allí
mula blanca, ninguno pensó que fuera mula suya, hasta que por la
mañana echan de menos la mula, y hallan los desperdicios de la cal
que en tierra cayó cuando la pintaron.
Varios casos graciosos me contaron en Quito de dos hombres
sencillos que a un tiempo fueron superiores en Quito. El uno fue
Guardián de San Francisco, y el otro Rector de la Compañía. Éste
era muy devoto nuestro, y lo demostró en cierta ocasión, que
habiéndole mandado de Guayaquil unas cajetas de peras confitadas,
las entregó al despensero y le dijo que las guardase para el día de
Nuestro Padre. Vino el día de San Ignacio, y aunque no estaba allí
el Padre Rector, el despensero sacó la confitura, y aquel día la
dio a la comunidad.Después ya que llegó el día de San
Francisco, viendo el Rector que el despinsero no sacaba la
confitura, lo llamó y le dijo que sacase la confitura. Él
respondió: Padre, ya se dio el día del Padre San Ignacio conforme
me lo mandó V. Reverencia. Pero él respondió: Hermano, no sea
bestia. En diciendo Nuestro Padre se entiende en todo el mundo,
Nuestro Padre San Francisco.
A este pues Rector se le quedó en cierta ocasión el aperador de
una hacienda que los pájaros no le dejaban fruta sana en la huerta.
El Rector le escribió y le dijo: Hermano, cerque usted la huerta
para que los pájaros no le destruyan la fruta. El aperador, ya se
ve, se rió del consejo que le daba. Al cabo de algún tiempo para
una fiesta que celebraba el colegio, escribióle el Padre Rector al
aperador, que para tal día le trujera una carga de la mejor fruta.
El aperador, como los pájaros todo lo habían destrozado, recogió el
resago que pudo, y lo llevó al Padre Rector. Allí se hallaron
varios sujetos, cuando el Padre Rector con el aperador desataban
los canastos, y al ver que era todo cosa ruin, le dijo: ¿Hermano, y
eso trae? Padre, respondió el aperador, ¿no le dije que los pájaros
han destrozado la huerta? No han dejado fruta sana este año.
Hermano, le respondió el Rector, no sea bestia. ¿No le escribí yo
que cercase la huerta? Si V. Caridad, hacía lo que le mandan, los
animales no le destrozaran la huerta. Padre, respondió el aperador,
no son animales del campo los que hacen el daño, son los pájaros
los que lo destrozan. Pues hermano, no sea bestia usted. Cerque
usted la huerta que los pájaros también son animales del campo, y
no quiera aquí venirme a enseñar de hortelano.
Tenía este Padre Rector un muchacho llamado Antonio que lo
servía. Éste le llevaba a la celda el almuerzo, la comida y la
cena. Y en estas ocasiones a su tiempo tomaba un jarro de plata que
había, e iba a un segundo cuarto en que estaba una tinaja con agua
y traíale agua. Mas en las noches, cuando iba por agua, encendía un
candelero, y tomándolo con una mano y el jarro con la otra, iba así
por agua. Llegaba a la tinaja, y ponía el candelero sobre la tapa
de la tinaja, y tomándola por el pitón, la destapaba; metía el
jarro, y sacando el agua, volvía a tapar, y cogiendo el candelero
se iba con agua. Sucedió pues que una noche, habiendo subido la
cena, lo mandó el Padre Rector a un mandato. Fuese el muchacho.
Dióle al Padre Rector gana de beber, y ¿qué hace? Enciende como
Antoñito el candelero, toma el jarro en la otra mano, y vase por
agua. Llega a la tinaja, y como llevaba las dos manos ocupadas y la
tinaja estaba tapada, empieza a discurrir cómo podría sacar agua
estando la tinaja tapada. E iba repitiendo: Antoñito que me trae
agua, y él viene aquí por ella y la tinaja también está tapada. Él
también trae el candelero en una mano y en la otra el jarro. Y él
destapa la tinaja. Y él me trae agua. ¿Cómo la sacará teniendo las
dos manos ocupadas como yo? Por fin él no supo salir del laberinto,
y resolvió aguardar el Antoñito, y ver cómo la sacaba de la
tinaja.
Ya vino el muchacho, y el Rector le dice: Ea, anda por agua, que
yo quiero ver cómo la sacas de la tinaja. El muchacho, ya se ve,
hizo lo que solía. Enciende el candelero, y toma con la otra mano
el jarro, y vase a la tinaja, y el Padre Rector con él. Llega y
pone sobre la tapa el candelero, y levántala por el pitón, y mete
el jarro y saca agua. Vuelve a tapar, y toma el candelero y el
Padre Rector empieza a repetir a gritos: Antoñito que sabe más que
yo. Padres, Padres, vengan todos corriendo a ver una gran
maravilla, que Antoñito sabe más que yo. Él alborotó a gritos todo
el colegio. Acudieron todos los Padres, y el contó la maravilla de
Antoñito, que sabía más que él.
El otro que fue nuestro Guardián de la casa grande, tenía un
donado travieso que lo servía. Éste en dándole la gana, le quitaba
de la celda lo que quería, y después le decía que le habían hurtado
la llave de la celda. Iba a traer un cerrajero, y le hacía abrir la
celda, y al descuido, metíale la llave encima de la mesa, hallábala
el Guardián, y entonces decíale el donado: Padre, bueno será
registrar si se han hurtado alguna cosa. Luego hallaba el donado
que se habían llevado lo que él habíase hurtado. Un día tuvo el
donado necesidad, y no hallando a la mano qué llevar se tomó un
sombrero castor que usaba, y fuese y lo vendió. A la tarde llámalo
el Guardián para salir afuera, y el donado le dice: Padre Guardián,
el sombrero me han hurtado, porque yo no lo hallo en mi celda, y ya
sabe V. P. que esta mañana salí con él. El Guardián le dijo: Ea,
venga usted conmigo, le compraré un sombrero. Fuese el Guardián a
una tienda de mercancía, y díjele al mercader que era su amigo:
Señor don Fulano, déle usted a este mi donado un sombrero, que le
han hurtado el suyo. Padre Guardián, díjole el mercader, yo siento
el no poderlo servir, porque los sombreros que yo tengo todos son
negros. No le hace, dijo el Guardián, déle usted uno. Esto se
compondrá, porque ¿habrá más que teñirlo en blanco? Sí, señor, sí
señor, lo mandaremos ahora, y vaya a mandarlo teñir en
blanco.
Dos cosas singulares vi en Quito. La una es que hay una casta de
gallos y gallinas, que tienen todas las plumas al revés vueltas lo
inferior a lo superior. La otra es de unos gallos y gallinas que
llaman de Nicaragua, y tienen la cresta y la barbada, y todos los
corales de la cabeza negros como los negros de
Guinea.
Quito se provee de tabaco de Guayaquil, y allí suelen sacarle a
la hoja la vena mayor, y de ellas forman unos manojitos bien
apretados y acordillados con hilo muy bien atacado. A esto llaman
limpión. Esto gastan las señoras para limpiarse los dientes; y a
cualquier parte que vayan, mayormente en las visitas se están de
continuo refregando con ello la dentadura. Y se lo prestan unas a
otras, si es que alguna no tenga, o se haya olvidado. Cada uno vale
cuatro reales, y es cosa de necesitar uno cada semana. Me contó don
Agustín que en Chile hay tanto gasto de limpiones, que están
estancados, y regularmente le pagan al Rey diez mil pesos por el
estanco de los limpiones.
Hay en nuestra misión del Putumayo un árbol, que, al picarlo,
destila un humor del todo parecido al aceite verdusco, y es un
veneno tan activo, que seis u ocho gotas bastan para matar a una
criatura. Mas en untando con él algún fierro, lo vuelve azul
turquí, color de bronce, y ya nunca aquel fierro se vuelve a
mohosear. Yo traía un poco dentro de un coco petiembebido en
algodón. Y juntamente mi escopeta le había dado esta unción. Vióla
en Quito, y pensando que era de bronce, un mercader, me lo
preguntó. Yo le declaré lo que era, y diciéndole que traía un poco
lo quiso probar, y viendo el efecto que hacía en el fierro, me
pidió que se lo diera, y se lo di, y me mandó tres cajetas de peras
confitadas, y otras tres de mantequilla para el camino, y me sirvió
muy bien.
Al cabo de ocho días salí de Quito, y a cosa de dos leguas hay
una quiebra de tierra, que tiene más de una legua de larga y hace
un fondal de más de cien varas de hondo, y por no ir a voltear por
las cabeceras, han abierto bajada y subida muy escabrosa, y tan
estrecha que no cabe por ella más que una bestia con su carga. A
este paso lo llaman
El Descomulgado, y la razón me contó don
Diego Lizón que le viene de este caso. Había un caballero que un
poco más allá tenía una hacienda. Estando pues su mujer preñada,
cogióle el parto en esta hacienda. Ya de antemano tenían hablado a
un Padre Provincial de cierta religión para padrino, e
inmediatamente le mandaron recaudo, el cual con el aviso, al
instante pasó a la hacienda. La cuarta noche después del parto de
la señora se levantó a hora insólita, y fuese al cuarto de la
parida, y fingiendo con ademanes ser el marido, rindió y usó de la
parida. Y ya después, temiendo ser descubierto, tomó su mula y
secretamente, sin dar parte a nadie, se partió para Quito.