INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO XII



 

         Contiene lo que me pasó en Quito hasta que llegué a Riobamba.

 

 

Allí de pronto se mandó a la plaza por cuatro reales de alfalfa para cenar las bestias. Y todos los ocho días que en Quito me mantuve, cada tarde se gastó en alfalfa lo mismo. El mozo baqueano que nos acompañó, se quiso quedar en Quito, y me vendió un buen potro rosado que traía en seis pesos, y así ya tuve seis bestias mulares y el potro que iba de madrino. Yo al otro día de mañana me fui a la casa grande a ver al Provincial y Guardián, a quienes enseñé mi licencia. El Provincial me dijo que el Padre Salvador ya me estaba aguardando, y que le hiciese el favor de irlo a ver. Fui a su celda y me hizo muchísimo agasajo, pero ya yo sospechaba el fin de estas demostraciones, y le ataqué los obsequios diciéndole que aún no había dicho misa, y que iba a ello a la sacristía. Él me dijo que en acabando fuese a su celda a desayunarme, y así lo hice.

Ya que acabé de dar gracias, volví a su celda, y me tuvo prevenido un rico almuerzo, y en lo interim me dijo, cómo el Guardián del colegio le había escrito con grande empeño para que me atajase los pasos con mil ofrecimientos si me volvía a las conversiones. Yo le dije: Padre nuestro ya yo a todo esto tengo respondido al Guardián con una carta que de Pasto le despaché en respuesta a una suya con semejantes ofrecimientos. Entonces me dijo él: Pues, Padre misionero, sepa que si V. P. se para y vuelve a las conversiones, dentro de breves años le puede ir muy bien, porque el colegio secretamente, ha hecho un informe auténtico de lo que V. P. ha trabajado y aumentado las conversiones, y está para presentarlo a esta Real Audiencia, y a mí me ha hecho escrito para que solicite con el señor Fiscal, para que se mande un traslado a la Corte al Real Consejo, pidiendo para V. P. algún ascenso o remuneración, y como ahora este obispado está vacante, podrá ser que dentro de cuatro o seis años le corra buena fortuna. Y cuando no, ya ahora sabe esta Provincia lo que V. P. ha trabajado, y si después del tiempo que le digo se quiere quedar en Quito, siempre que yo viva le prometo el provincialato.

Bien pudo ser que dijera la verdad, pero yo nada creí, y así le respondí: Yo estimo más ser el individuo más inferior del colegio de Arcos de la Frontera para donde voy, que perpetuo Provincial de Quito. Y supuesto que voy para España, nadie dará a la Corte mejor informe del incremento de las conversiones que yo, que lo he trabajado y aumentado con sola la ayuda de Dios. Y le agradezco, Padre nuestro, todas estas promesas que me hace, pero no le admito alguna. Valiera más que el Guardián del colegio con el Discretorio hubiera decretado que supuesto que en el tiempo que he trabajado no me han llegado a socorrer con cosa que llegue a montar 300 pesos todo junto, y el Rey a cuenta mía ha dado en diez años 340 pesos cada año, que suman 3.400 pesos, ahora que me voy fuera bueno que me hubiesen mandado un buen socorro para el camino de lo que es mío, y me lo tiene para mí dado el Rey. Pero yo confío que Dios, como dice Job, se lo sacará de las entrañas. Las herramientas, ganado y alhajas que con mi cuidado y sudor dejo en mi pueblo valen más de 6.000 pesos, y ahora que me voy no ha habido un subsidio para el Padre Fr. Juan. Dios les guarde a los Padres del colegio y al Padre Presidente Barrutieta que no me dé la gana de informar a los señores del Real Consejo de este malbarato, por no decir latrocinio con que mortifican a los Padres conversores. Y si tal sucede, lo tienen muy bien ganado y merecido.

Como el Padre vio el modo con que le rebatí su propuesta, y conoció que yo hablaba con razón, me procuró a suavizar con varias excusas frívolas; pero yo por remate le dije: Padre nuestro, a V. P. le consta lo que yo he gastado a beneficio de las conversiones, y sólo en ropa y adornos de la iglesia monta más de 1.000 pesos, y esto lo he buscado yo con mi trabajo y sudor, por mano de V. P. y del Síndico de Pasto, don Ramón de la Barrera. Pues supuesto que V. P. es el Procurador del colegio, deme V. P. ahora de cuenta del colegio un par de mil pesos que tengo de menester para ir de aquí a España. Como él vio que yo le atacaba los pasos, y con razón, dijo que sin orden del Guardián del colegio no me podía dar cosa alguna, y viendo que ya de mí no podía sacar cosa alguna, me despidió con mucha sequedad, y desde entonces las veces que me vio por el convento, me volvió la espalda por no encontrarse conmigo. Yo antes de salir de Quito supe que había despachado un donado de San Diego a que fuera a asistir al pueblo del Padre Alfaro, con orden del Guardián del colegio para que dicho Padre bajase a mi pueblo a asistir en mi lugar en lo interim que el Padre Presidente Barrutieta proporcionase lo mejor con Fr. José Carvo.

Como yo asistía en casa de mi grande amigo don Agustín Lisperguer, por medio de una esclava suya se me buscó seis libras de canchalagua, que es aquella pajita que preserva de corrupción aun a los cuerpos difuntos, de que tengo hablado en el Tomo Tercero, capítulo IV, con ánimo de traerla a España y me costó seis pesos. Por la ocasión de hablar de esta especie, diré lo que me contaron en Quito, pero yo no sé quién. El caso pasó en un pueblo que hay tres días antes de llegar a Lambayeque, de que hablaré a su tiempo. Sucedió pues que habiendo llegado allí un mercader que iba para Cajamarca con una partida de fardos de algodón, se arranchó a un lado de la plaza. A este tiempo en casa de un mestizo estaban matando una vaca. El mercader le dio a uno de sus arrieros cuatro reales, y le dijo que fuera a comprar una arroba de carne fresca para cenar. Fue el peón y se la dieron en tres pedazos. Él, por no ensuciarse, vio en medio de la plaza botadas unas hojas grandes que suelen criarse en los páramos encima de los troncos de los árboles, raizando entre la lama que suelen criar con las continuas humedades, y a la parte inferior están pintadas con unos rayos sanguíneos, y yo he visto muchísimas de estas hojas en los páramos.

Fuese pues este hombre y envolvió la carne con estas hojas y la llevó al rancho, y en lo interim que se acomodaban los trastes, y se armaba la candela, lo puso encima de un fardo. Ya que se puso la olla, va a cortar la carne, y no halla más que un pedazo. Pregunta si algún perro ha quitado los otros dos trozos, y no le dan razón de ello. Él se afirma en que se la dieron pesada en tres trozos, y ahora no halla más que uno. Remiten la porfía a pesar la carne, y hallan la arroba cabal. ¿Pues cómo es esto? Ello eran tres trozos, y ahora no es más que uno. La admiración duró hasta que un indio declaró que aquellas hojas en que había envuelto la carne, tenían virtud para unir la carne fresca dividida. Y yo añado: Si esto se experimenta en la carne muerta, ¿qué hará en la viva?.

Por este tiempo en Quito había pasado este caso. El obispo había dado en perseguir a todas las religiones, y les pegó cuantos petardos pudo, y contra quienes más se armó fuimos nosotros. Fue con tal descaro, que un día saliendo de un auto sacramental, que se representó en las monjas Teresas Descalzas, en que concurrió lo más florido de Quito, al salir iban por delante dos frailes nuestros, cuando le dijo a su Illma. uno de los canónigos: En verdad, señor que la tarde ha estado divertida. Pero él respondió: No he estado con gusto. ¿Por qué, Illmo. señor?, le replicó. Y él señalando a los dos frailes que iban por delante, le dijo: ¿No ve usted aquella jerga? No la puedo ver ni aguantar. Ni bastó para que abriese los ojos haberle puesto de intento sobre su mesa la primer parte de nuestras crónicas, con un registro en el cap{ítulo que relata cuando el Padre San Francisco con el alfanje de San Pablo degolló aquel obispo que nos perseguía. Antes habiéndolo topado y leído más se airé contra nosotros, y alteró a gritos el palacio para averiguar quién le había metido en su cuarto aquel libro.

En breve murió de una merendona que le hicieron en Pomasque, de que quedó empachado, y sobre empacho, le hizo tomar Fr. Diego del Rosario, religioso belermo, una limonada. Le subintró calentura, y con dos sangrías se fue a la eternidad. A poco pues tiempo de su muerte una noche apareció a un colegial de Santo Tomás, que estaba con luz estudiando en la cama, un personaje montado en un guanajo, todo abrasado de fuego y atado con fuertes cadenas. Estuvo un poco con él, y quedando éste algo desmayado, se pasó al que vivía su vecino. Ya que vino la mañana, viendo el regente del colegio que estos dos colegiales no se levantaban, tocáronle a éste a la puerta, y viendo que no respondía le derribaron la puerta, y lo hallaron sin habla con los ojos abiertos, barba y cabello cano, teniendo no más que 18 años. Diéronle confortativos, y volvió en sí y dijo lo que había visto, y que fueran a su vecino con quien estuvo largo rato conferenciando. Al otro colegial lo hallaron muerto. Este fue y se confesó con un Padre jesuita. Él no ha vuelto a hablar, y se dice que el confesor le mandó que no publicase quién era el personaje que se le apareció; pero en voz común en Quito, dicen en secreto, que era el obispo difunto, que se condenó por lo que persiguió a las religiones, y por la crueldad que tuvo con los pobres. A mí me dijeron que cuando murió tenía un millón y medio guardado en el colegio de la Compañía, en donde tenía un jesuita pariente.

De esta conversación se excitó otra de cuando iba este don Agustín con su tío que fue arzobispo en Santa Fe, y me vino a contar que estando con su tío de visita en la ciudad de Neiva contrajo mucha familiaridad con un indio, el cual le dijo un día: yo te daré mucho oro, en volviendo otra vez a Neiva. Ya al cabo de un par de años volvió otra vez a Neiva con su tío. Vióse con este indio, el cual le ratificó con su promesa, y le dijo que el oro estaba algo lejos de allí, pero que si se animaba lo irían a traer. Don Agustín convino en la propuesta, como fuese acompañado de un mulato esclavo que servía en casa de quien él se fiaba para sus negocios. El indio dijo que estaba bien. Don Agustín le dio plata para alquilar las bestias que juzgase haber de menester. Fuese el indio y aprontó ocho bestias y ocho alforjas de cuero, y ya todo prevenido, pidió licencia a su tío para ir unos días con unos amigos a cazar unos venados. Conseguida la licencia comunicó al mulato a lo que iban. El mulato, receloso de algún enredo, se previno de un sable que usaba, y un puñal. Fuéronse a la casa del indio, el cual se acompañó de un hijo suyo, y tomando las bestias, el cocave y dos barretones, partieron los cuatro juntos.

A poco rato de caminar, díjole el indio a don Agustín: Mi amo, yo no voy con mucho gusto con estas armas que lleva el mulato, porque de llevar alguno de nosotros mala intención no podremos traer oro alguno. Don Agustín que hasta entonces no había maliciado nada del indio, con esta razón cayó en sospecha de que no intentase el indio hacerles algún daño, y que por esto se recelaba de las armas del mulato, y así le respondió que el mulato no llevaba aquellas armas con ánimo de dañar a nadie, sí sólo para defenderse de cualquiera que les quisiese dañar. Con esta satisfacción se sosegó el indio, y así caminaron cuatro días a todo andar y llegaron a la Mesa del Río Recio.

Internáronse el quinto día por la mesa, a la parte de la Provincia de Antioquia, y cerca de las diez se pararon en una mancha de monte. Ya que pusieron las bestias a comer en un pajonal, díjole el indio a don Agustín y al mulato: Ahora habéis de jurar de que no lleváis mala intención para sacar este oro. Los dos lo juraron, y hecho el juramento, les dijo el indio: ¿Véis estos siete árboles de aguacate que aquí están alineados? Pues sabed que al pie de cada uno hay una botija grande de oro en grano. Ahora no podemos sacar más de una, pero después de algún tiempo las sacaremos todas. Arrimáronse al primer árbol, y con los barretones el indio y su hijo empezaron a cavar, y don Agustín y el mulato a apartar tierra. A ratos se iban remudando, hasta que a cosa de vara y media descubrieron una tinaja grande tapada con un plato y clavado con yeso. Ya que se le descubrió bien todo lo ancho, don Agustín con el barretón fue a quebrar el plato, para ver lo que tenía adentro; mete la mano y saca un puñado de granitos de oro. A este tiempo, el mulato arranca el puñal y vale a dar al hijo del indio una puñalada sobre de la espalda. Don Agustín lo repara y agárralo del brazo, y aunque lo detuvo, con todo le hizo una herida que le entró cosa de unos dos dedos no más. Pero al mismo tiempo la tinaja se soterró haciendo grande ruido por bajo de tierra, y al mismo tiempo sintieron que las otras seis tinajas, también haciendo ruido, se iban soterrando.

El otro indio dijo: Mi amo, ya te lo he dicho que no venía con gusto, por las armas de este mulato. Ya ahora lo ha echado todo a perder, y ya las botijas están muy lejos de aquí. Tú habrías quedado muy rico, y ahora no tendrás nada, y este mulato morirá de mala muerte. El mulato, ya que don Agustín le sacó de la mano el puñal, de un salto saltó afuera y se fue corriendo, y no lo volvieron a ver, ni jamás se pudo averiguar dónde había ido a parar. Don Agustín se volvió con el indio y su hijo a Neiva, y preguntando si el mulato había allí parecido, viendo que no, tomó por mejor dar cuenta a su tío de lo que le había pasado, y así lo hizo. Y aunque con orden de su Illma. se agasajó al indio a fin de que dijese cómo se podría sacar este oro, el indio estuvo negativo, diciendo que no sabía a dónde habían ido a dar las botijas.

Por ocasión de esta historia, me contó también que en Santa Fe solía este caballero ir en las noches a la casa de unas señoras a pasar un rato de tertulia. Y ya que llegó a tener en la casa familiaridad, le dijeron que habiendo mandado remendar una pared de la casa encontraron dentro de la pared una alcancía de barro, la que tuvo dentro una cédula que decía que cuando poseyese aquella casa el heredero de los Muñoces, que es una familia rica que hay en Santa Fe, que si cavasen en tal parte de la casa, encontrarían un gran tesoro de doblones y patacones ensartados en forma de cáscaras de huevos; pero que en quemándolas a la candela se volverían lo que era, esto es, doblones y patacones. Entre la gente de la casa y don Agustín se determinaron a cavar en aquel puesto que rezaba aquella cédula a ver si ellos encontrarían las sartas de las cáscaras de huevos, haciéndose cuenta de que en quemándolas, se les volverían doblones y patacones. Buscáronse barretones, y con negros esclavos empezaron a cavar. La cuarta noche descubrieron una piedra que era la seña que daba la cédula. Levantóse la piedra, y hallan un hoyo lleno de sartas de cáscaras de huevos. En la apariencia eran cáscaras de huevos, pero en el peso pesaban que ni plomo. Sacóse afuera una sarta, y estándola admirando de lo que pesaba, teniéndola en las manos entre varios, con una fuerza invencible, con un tirón se la sacaron de entre las manos, y se cayó donde el hoyo, y de improviso se fueron todos soterrando, haciendo por bajo la tierra grande ruido, y causándoles a todos un gran susto. Y procuraron al instante tapar el hoyo que habían hecho en aquel puesto.

En Quito corren varias supersticiones y vanas observancias, y entre ellas las más comunes, las que se siguen. Hay en aquellas serranías unos indios que llaman yumbos, y es voz común que ellos saben hacer varias cosas supersticiosas. Estando pues este don Agustín enfermo y ser voz común que le habían hecho daño por una venganza, con licencia del Santo Tribunal se mandó venir a su casa a uno de estos indios, a ver si sin haber de hacer otra superstición o brujería, podía deshacer el daño que le habían hecho, y recobrar la salud. Le sucedía a este caballero que al dejarlo solo la familia, le tiraban de improviso la cortina trasera el pabellón, y le aparecía un mulato parado con una vista airada, teniendo una lanza en la mano, y le daba tal horror de verlo, que a gritos alteraba toda la casa. Esto le sucedió muchas veces, y así que acudía alguien, antes que nadie llegase, se desaparecía el mulato, tirando tras sí la cortina. Llegó pues este indio yumbo, y al ver a don Agustín, lo primero que dijo fue: ¿Ya vos habréis visto el mulato que os hizo el daño? Este indio con soplos de humos de maíz quemado, le sacó de las piernas y rodillas varias culebras y varios manojos de espinas de chonta del largo de cuatro dedos. Ello, aunque convaleció de la enfermedad, pero se quedó baldado de las piernas, salidas de su lugar las choquezuelas.

Ya que este indio se quiso volver a su tierra, le dijo: Mi amo, en estando sano, si queréis venir a mi tierra, yo vendré a acompañaros, y os enseñaré una mina de plata muy pingüe. Don Agustín le dijo que le trujese la muestra. El indio lo prometió y en realidad le trujo tres cargas de metal en varias ocasiones de que sacó cosa de cien pesos en plata. Y ya que vio que el caballero siempre se quedaba baldado, le dijo: Mi amo, yo te traeré unos polvos, que en teniendo necesidad de dinero, no tenéis más que untaros con ellos las manos, y en ademán de amistad, tomar la mano a sujeto que tenga dinero, y pedirle la cantidad que quisiere, que no se la negará, ni jamás se la pedirá. Si por aquí había de estos polvos, por caros que se vendiesen, tendrían mucho despacho.

Me contó también que en años anteriores se le hizo muy amigo un aventurero que llegó a Quito, y una noche por entretenimiento dijo que traía unas vergas, que con decir una oración, saltaba una e iba a dar donde estaba algún entierro de oro o plata o alguna cosa perdida, buscada y no podida encontrar. Hicieron la experiencia, y saltó la verga y fue a dar a un rincón del patio de la casa. Determinaron cavar allí, y encontraron una olletica con ochenta pesos de plata. Enseñóme la oración escrita que se rezaba, y la ley. No parecía que contenía cosa mala, pero yo la hice pedazos. Ella empezaba así: Vergas santas. Solas estas palabras me quedaron, pero yo repetí muchas veces: Vergas diablos, y le dije que era cosa supersticiosa y que no se podía hacer; y que si el santo Tribunal lo sabía, castigaría a cualquiera que lo practicase.

Hay por allí una mata que llaman floripondio. En España la llaman borrachera. Ella bejuquea como la melonera, y tiene la hoja grande al modo de la hoja de la malvaloca. Da flor al modo de la maravilla, salvo que tiene un palmo de larga, y a proporción de ancha. Hay de 2 layas: Unas dan la flor blanca, y ésta es de menos virtud; las otras dan la flor colorada, declinando un poco a amarillo, y éstas son de mayor virtud. Es allí voz común que el que toma del floripondio, ve 8 varas lo que hay bajo de la tierra. Ya que le cae la flor, saca su fruta, que son unos meloncitos que llegan a crecer un poco más que el puño de un hombre. Estos están llenos de unos piñoncitos, y esto es lo que se toma. Por poco que sea lo que se toma, al instante embriaga; y si se toma en mayor cantidad, quita la vida. Allí lo suelen propinar mezclado con mazamorra de maíz blanco, y dicen que así es seguro. Hay bastantes experiencias de haber con ello encontrado varios entierros de oro y plata, y a veces haber también desaforádose con la embriaguez en varios desatinos.

Hay en Quito una Venerable que vulgarmente llaman La Azucena de Quito, y es tradición que pidió a Dios que las niguas dentro de la ciudad no entrasen en las criaturas, sino que entrasen en los ratones, y consiguió el favor. Allí es cosa notoria que desde entonces no han vuelto a entrar en criatura alguna las niguas, siendo así que hay muchísimas, y los ratones están siempre llenos de esta plaga. Y si el que viene a Quito trae alguna nigua, al instante se le muere. Pero hay otra plaga que es casi peor que las niguas. Es una especie de animalitos que llaman aradores, y en Pasto llaman chandas. Yo la otra vez que estuve en Quito, estuve picado de esta plaga. Fue el caso que el Padre Definidor Tovar que dije que ahora estaba de Guardián en la villa de Ibarra, tomó conmigo grande camaradería. Él tenía una hermana llamada doña Margarita, casada con el Relator de la Real Audiencia. Era la mujer más melindrosa que yo he conocido, y hablando ella muy crítica hablaba tanto, que tampoco he conocido otra semejante. Llevóme muchas veces a esta casa, y yo reparé que a ratos subía de abajo otra mujer, y pidiéndole un polvo de tabaco, ella recatándole la cajeta, le ponía el tabaco dentro de la mano. Habiéndolo yo reparado varias veces, lo atribuí a melindre suyo, y un día le pregunté el por qué, y me dijo: Porque tiene aradores, y por esto jamás me pongo cerca de ella. Yo por entonces no me impuse más.

Ya pues que caí enfermo de la enfermedad que cuento Tomo Tercero, capítulo VIII, al convalecer, sentía una comezón en las nalgas muy recia. Lo mismo me pasaba en los codos y en los carcañales. Yo me rascaba y hallaba que se había en dichas partes criado una caspa recia, y procuraba a quitármela a fuerza de refregones. Como yo estaba flaco, íbame por las mañanas a tomar el sol en el claustro de la enfermería. Reparaba yo que por los dedos y en lo superior de la mano me nacieron unas ampollitas del tamaño de la cabeza de un alfiler llenas de un humor cristalino. Yo las reventaba con una aguja; pero si reventaba veinte, al cabo de rato ya tenía otras tantas. Algunos religiosos me lo repararon y me decían: Padre misionero, usted tiene aradores. Como yo no sabía qué cosa eran aradores, lo atribuía a que era el humor pegante, que con la enfermedad iba divagando entre cuero y carne; y no era así, sino que en casa de esta señora se me pegaron los aradores, y como multiplicaron mucho, y yo con el rascarme me reventaba estas ampollitas donde estaban ellos, los pellejitos que me levantaba se secaban, y a mí me parecía caspa.

Cuando me partí para Pasto, ya sólo en los codos y en las manos los tenía. En Pasto en casa de don Domingo Aprais de que allí hablé, las señoras me lo advirtieron, y dijéronme: Padre misionero, usted tiene chandas. Yo también les dije lo mismo, que era el humor; pero en casa de doña Antonia de España, la señora me sacó de esta epidemia, y me hizo ver lo que yo no creía.

Este animalejo es tan diminuto, que sólo al rayo del sol, puesto a la punta de una aguja le puede la vista descubrir. En la parte donde se pone de las señaladas se entra entre cuero y carne, y atrae el humor que forman las ampollitas y de que él se sustenta. Allí cría sus hijos, y ya que los tiene, se va por entre la carne y el cuero, y forma un caminito menos de largo que un alfiler, y en el remate se pone él. Así me lo hizo ver la señora y hasta que lo vi, no lo creí. Ella cada día me registraba los codos y las manos, y poco a poco me libró de esta epidemia. Y es de advertir que si se quiere sacar antes que forme el caminito, por más que se revienten las ampollitas, no hay forma de sacarlo, antes se va a otra parte, y en sacándolo a él del remate del caminito, los hijos que había puesto se mueren, y así no es menester abrir el caminito. Después supe que el jugo del tabaco untando con él repetidas veces el cuerpo en sola a estas partes donde ellos están pegados, es a propósito para matarlos.  

Quito es tierra muy insulsa de pulgas y piojos, pero las indias y las mestizas no las matan, sino que se las comen. Esto lo he visto repetidas veces. Y las madres, cuando espulgan a sus hijos, lo que hallan de pulga o piojo, se lo ponen en la manita, y las criaturitas con gracejo lo toman con la punta de la lengua, y lo estrujan con las muelas y se lo comen.

Un caso gracioso había sucedido aquellos días, y es que en un mesón que hay en la entrada de la ciudad, una noche que había muchos arrieros de tierra abajo, que con varias partidas de mulas, allí se habían arranchado, catay que cerca de las diez de la noche entran dos cholos así como van ellos con sola la camisa y abrigados con un capote, diciendo si habían visto entrar al corral una mula blanca. Nadie del mesón hubo visto tal mula. Ellos porfiaban que allí se había entrado. Tanto porfiaron, hasta que los arrieros le dijeron: Pues entren ustedes al corral, y si están allí, sáquenla. Entraron ellos y traían bajo del capote el uno una capacha de cal desleída, y el otro una escoba. Echan ojo a la mejor mula, y píntanla de cal, y la blanquearon toda, y salen pasando la mula blanca por delante de todos los arrieros. Como ninguno tenía allí mula blanca, ninguno pensó que fuera mula suya, hasta que por la mañana echan de menos la mula, y hallan los desperdicios de la cal que en tierra cayó cuando la pintaron.

Varios casos graciosos me contaron en Quito de dos hombres sencillos que a un tiempo fueron superiores en Quito. El uno fue Guardián de San Francisco, y el otro Rector de la Compañía. Éste era muy devoto nuestro, y lo demostró en cierta ocasión, que habiéndole mandado de Guayaquil unas cajetas de peras confitadas, las entregó al despensero y le dijo que las guardase para el día de Nuestro Padre. Vino el día de San Ignacio, y aunque no estaba allí el Padre Rector, el despensero sacó la confitura, y aquel día la dio a la comunidad.Después ya que llegó el día de San Francisco, viendo el Rector que el despinsero no sacaba la confitura, lo llamó y le dijo que sacase la confitura. Él respondió: Padre, ya se dio el día del Padre San Ignacio conforme me lo mandó V. Reverencia. Pero él respondió: Hermano, no sea bestia. En diciendo Nuestro Padre se entiende en todo el mundo, Nuestro Padre San Francisco.

A este pues Rector se le quedó en cierta ocasión el aperador de una hacienda que los pájaros no le dejaban fruta sana en la huerta. El Rector le escribió y le dijo: Hermano, cerque usted la huerta para que los pájaros no le destruyan la fruta. El aperador, ya se ve, se rió del consejo que le daba. Al cabo de algún tiempo para una fiesta que celebraba el colegio, escribióle el Padre Rector al aperador, que para tal día le trujera una carga de la mejor fruta. El aperador, como los pájaros todo lo habían destrozado, recogió el resago que pudo, y lo llevó al Padre Rector. Allí se hallaron varios sujetos, cuando el Padre Rector con el aperador desataban los canastos, y al ver que era todo cosa ruin, le dijo: ¿Hermano, y eso trae? Padre, respondió el aperador, ¿no le dije que los pájaros han destrozado la huerta? No han dejado fruta sana este año. Hermano, le respondió el Rector, no sea bestia. ¿No le escribí yo que cercase la huerta? Si V. Caridad, hacía lo que le mandan, los animales no le destrozaran la huerta. Padre, respondió el aperador, no son animales del campo los que hacen el daño, son los pájaros los que lo destrozan. Pues hermano, no sea bestia usted. Cerque usted la huerta que los pájaros también son animales del campo, y no quiera aquí venirme a enseñar de hortelano.

Tenía este Padre Rector un muchacho llamado Antonio que lo servía. Éste le llevaba a la celda el almuerzo, la comida y la cena. Y en estas ocasiones a su tiempo tomaba un jarro de plata que había, e iba a un segundo cuarto en que estaba una tinaja con agua y traíale agua. Mas en las noches, cuando iba por agua, encendía un candelero, y tomándolo con una mano y el jarro con la otra, iba así por agua. Llegaba a la tinaja, y ponía el candelero sobre la tapa de la tinaja, y tomándola por el pitón, la destapaba; metía el jarro, y sacando el agua, volvía a tapar, y cogiendo el candelero se iba con agua. Sucedió pues que una noche, habiendo subido la cena, lo mandó el Padre Rector a un mandato. Fuese el muchacho. Dióle al Padre Rector gana de beber, y ¿qué hace? Enciende como Antoñito el candelero, toma el jarro en la otra mano, y vase por agua. Llega a la tinaja, y como llevaba las dos manos ocupadas y la tinaja estaba tapada, empieza a discurrir cómo podría sacar agua estando la tinaja tapada. E iba repitiendo: Antoñito que me trae agua, y él viene aquí por ella y la tinaja también está tapada. Él también trae el candelero en una mano y en la otra el jarro. Y él destapa la tinaja. Y él me trae agua. ¿Cómo la sacará teniendo las dos manos ocupadas como yo? Por fin él no supo salir del laberinto, y resolvió aguardar el Antoñito, y ver cómo la sacaba de la tinaja.

Ya vino el muchacho, y el Rector le dice: Ea, anda por agua, que yo quiero ver cómo la sacas de la tinaja. El muchacho, ya se ve, hizo lo que solía. Enciende el candelero, y toma con la otra mano el jarro, y vase a la tinaja, y el Padre Rector con él. Llega y pone sobre la tapa el candelero, y levántala por el pitón, y mete el jarro y saca agua. Vuelve a tapar, y toma el candelero y el Padre Rector empieza a repetir a gritos: Antoñito que sabe más que yo. Padres, Padres, vengan todos corriendo a ver una gran maravilla, que Antoñito sabe más que yo. Él alborotó a gritos todo el colegio. Acudieron todos los Padres, y el contó la maravilla de Antoñito, que sabía más que él.

El otro que fue nuestro Guardián de la casa grande, tenía un donado travieso que lo servía. Éste en dándole la gana, le quitaba de la celda lo que quería, y después le decía que le habían hurtado la llave de la celda. Iba a traer un cerrajero, y le hacía abrir la celda, y al descuido, metíale la llave encima de la mesa, hallábala el Guardián, y entonces decíale el donado: Padre, bueno será registrar si se han hurtado alguna cosa. Luego hallaba el donado que se habían llevado lo que él habíase hurtado. Un día tuvo el donado necesidad, y no hallando a la mano qué llevar se tomó un sombrero castor que usaba, y fuese y lo vendió. A la tarde llámalo el Guardián para salir afuera, y el donado le dice: Padre Guardián, el sombrero me han hurtado, porque yo no lo hallo en mi celda, y ya sabe V. P. que esta mañana salí con él. El Guardián le dijo: Ea, venga usted conmigo, le compraré un sombrero. Fuese el Guardián a una tienda de mercancía, y díjele al mercader que era su amigo: Señor don Fulano, déle usted a este mi donado un sombrero, que le han hurtado el suyo. Padre Guardián, díjole el mercader, yo siento el no poderlo servir, porque los sombreros que yo tengo todos son negros. No le hace, dijo el Guardián, déle usted uno. Esto se compondrá, porque ¿habrá más que teñirlo en blanco? Sí, señor, sí señor, lo mandaremos ahora, y vaya a mandarlo teñir en blanco.

Dos cosas singulares vi en Quito. La una es que hay una casta de gallos y gallinas, que tienen todas las plumas al revés vueltas lo inferior a lo superior. La otra es de unos gallos y gallinas que llaman de Nicaragua, y tienen la cresta y la barbada, y todos los corales de la cabeza negros como los negros de Guinea.

Quito se provee de tabaco de Guayaquil, y allí suelen sacarle a la hoja la vena mayor, y de ellas forman unos manojitos bien apretados y acordillados con hilo muy bien atacado. A esto llaman limpión. Esto gastan las señoras para limpiarse los dientes; y a cualquier parte que vayan, mayormente en las visitas se están de continuo refregando con ello la dentadura. Y se lo prestan unas a otras, si es que alguna no tenga, o se haya olvidado. Cada uno vale cuatro reales, y es cosa de necesitar uno cada semana. Me contó don Agustín que en Chile hay tanto gasto de limpiones, que están estancados, y regularmente le pagan al Rey diez mil pesos por el estanco de los limpiones.

Hay en nuestra misión del Putumayo un árbol, que, al picarlo, destila un humor del todo parecido al aceite verdusco, y es un veneno tan activo, que seis u ocho gotas bastan para matar a una criatura. Mas en untando con él algún fierro, lo vuelve azul turquí, color de bronce, y ya nunca aquel fierro se vuelve a mohosear. Yo traía un poco dentro de un coco petiembebido en algodón. Y juntamente mi escopeta le había dado esta unción. Vióla en Quito, y pensando que era de bronce, un mercader, me lo preguntó. Yo le declaré lo que era, y diciéndole que traía un poco lo quiso probar, y viendo el efecto que hacía en el fierro, me pidió que se lo diera, y se lo di, y me mandó tres cajetas de peras confitadas, y otras tres de mantequilla para el camino, y me sirvió muy bien.

Al cabo de ocho días salí de Quito, y a cosa de dos leguas hay una quiebra de tierra, que tiene más de una legua de larga y hace un fondal de más de cien varas de hondo, y por no ir a voltear por las cabeceras, han abierto bajada y subida muy escabrosa, y tan estrecha que no cabe por ella más que una bestia con su carga. A este paso lo llaman El Descomulgado, y la razón me contó don Diego Lizón que le viene de este caso. Había un caballero que un poco más allá tenía una hacienda. Estando pues su mujer preñada, cogióle el parto en esta hacienda. Ya de antemano tenían hablado a un Padre Provincial de cierta religión para padrino, e inmediatamente le mandaron recaudo, el cual con el aviso, al instante pasó a la hacienda. La cuarta noche después del parto de la señora se levantó a hora insólita, y fuese al cuarto de la parida, y fingiendo con ademanes ser el marido, rindió y usó de la parida. Y ya después, temiendo ser descubierto, tomó su mula y secretamente, sin dar parte a nadie, se partió para Quito.

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