CAPÍTULO
XI
Contiene lo que me pasó desde Sapuyes hasta Quito.
El cuarto día después de la Pascua al amanecer dije misa, y al
concluir ya estuvieron en el pueblo mis bestias con mi don
Francisco y don Jacinto. Yo me despedí de don Jacinto y del Padre
cura, el cual me señaló un mozo que nos acompañase hasta la villa
de Ibarra. Yo pensé que el Padre cura me hacía este agasajo de
darme este peón, pero con todo le pregunté si iba ya pagado, y como
ya no me había de menester, me dijo:No, Padre, de aquí a la
villa son cuatro jornadas; allá lo pagará V. P. Nosotros dimos
nuestras jornadas y el cuarto día llegamos a la villa de Ibarra.
Allí hallé de Guardián del convento a un lector jubilado y
definidor habitual, llamado el Padre Definidor Tovar. Era tenido
por el hombre más sabio de todo Quito, y por el mejor predicador. Y
yo supongo qué en realidad era así. Yo algo lo había tratado en
Quito y él me había cobrado muy pío afecto. Él me hizo mucho
agasajo, y me detuvo tres días.
El señor Corregidor era un caballero español llamado don Manuel
de la Peña, casado en Quito con una de las principales damas
llamada doña Juana Ontañón, y sobrina de doña Manuela Ontañón y de
la Curico. Como yo en Quito había tenido mucha entrada en esta casa
y mucha familiaridad con él, a lo que me supo que yo había llegado
al convento, al instante se vino a verme, y me llevó la misma noche
a su casa a cenar con el Guardián. Ya después de cenar nos
dilatamos en conversación y me preguntó a qué iba a Quito. Yo le
dije cómo llevaba licencia del Comisario General, y que habiendo ya
cumplido mi destino, me volvía a España. Entonces me dijo él:
Quince días hace hoy que yo pensé con usted y lo dije varias veces
al Padre Guardián que aquí está presente. Y si usted hubiera estado
aquí, tal vez hubiera dejado el viaje de España con mucho gusto.
El caso fue como ya digo. Tres meses antes salieron a esta villa
de Ibarra siete indios montaraces armados con arco y flecha, todos
pintados de achiote y añil, y adornada la cabeza y cintura de
plumas de varios colores. Cada cual traía una porcioncita de oro en
grano, cosa de un puñado. Ellos con señas, por no topar quién
entendiese su lengua, daban a entender que buscaban eslabones y
pedernales, Se escampó la voz por toda la villa, y a la
concurrencia de la gente hubo de haber en la villa un indio viejo
que los entendió. Éste les buscó unos eslabones, y ellos por cada
uno con su pedernal le pagaban con media cáscara de huevo llena de
granitos de oro. Llegó esta novedad a oídos del Corregidor don
Manuel, el cual los hizo traer a su casa con el intérprete. Y
preguntados por el fin de su venida, dijeron sacando de una
maletica que llevaban, unos retazos de ropa que parecía haber sido
de ornamento eclesiástico, y un trozo de misal, que habían venido a
ver si toparían algunos de aquellos hombres que vestían aquella
ropa y leían aquella letra, y haciendo señas de bautismo, querían
que fueran con ellos a su tierra, pero que no querían Alcaldes y
Corregidores.
Don Manuel los agasajó y los contuvo algunos días en su casa, en
donde poco a poco dijeron que sus antepasados sabían que los
Alcaldes y Corregidores les habían hecho muchos daños, y que por
ello los mataron una noche y se huyeron todos al monte. Pero que
sabían que había de venir tiempo en que los habían de volver a
sujetar; y para que entonces no les hagan daño alguno, tenían un
hoyo en donde reponían cada año en oro en grano el tributo anual
que les tocaba pagar, para entregarlo entonces por junto de una
vez. Y que juntamente sabían que los hombres que vestían de aquella
ropa, que llevaban y sabían leer en aquella letra, eran hombres
buenos que los bautizaban y los defendían.
Con esta relación don Manuel les dijo que se estuviesen quedos
en la villa, y que él les solicitaría de estos hombres que
buscaban, para que fueran con ellos, y que en lo interim con granos
de maíz, que es el modo con que los indios sacan sus cuentas, que
numerasen cuántas familias tendría su nación. A los tres días
dieron cuenta de trece mil familias, y que en ellas había cuarenta
mil varones, que cada año daban tributo. Aquí advierto que el indio
varón desde catorce años hasta sesenta paga tributo, y según esta
cuenta se sacaba en limpio que cada año echaban en el hoyo cuarenta
mil doblones en oro en polvo, por lo menos; porque el indio el
tributo que da cada año son cuatro pesos y un tomín de oro. Y de
aquí sáquese en consecuencia cuántos millones de oro tendrían
juntos en el hoyo estos indios. Puesto que no hay por allí noticia
de tales indios levantados, y se hace juicio que sería poco después
de la conquista, en que por varias historias se sabe las muchas
extorsiones que padecieron los indios primitivos de la codicia de
los Corregidores y Alcaldes españoles, buscando el oro y
plata.
De esta declaración se infiere que si había cuarenta mil que
pagaban tributo, con las mujeres, que siempre son más, y con los
niños, niñas y viejos, podrían llegar a cien mil almas entre todos,
chicos y grandes. Estos están remontados dentro del monte que hay
desde Barbacoas hasta la villa de Ibarra, que en largo tendrá unos
veinte días de camino, y en ancho a ratos tendrá diez días, a ratos
no llegará a cuatro o cinco. Ellos confesaron que donde viven es
tierra fría, y de ahí se infiere que ellos viven dentro del Páramo
del Angel, que cae entre Pupiales y la villa de Ibarra, desde el
camino real a contraposición de la cordillera a mano derecha hacia
el Mar del Sur. Ellos confesaron que tenían gallinas y ganado
vacuno, ovejuno y cabruno, sembrerías de maíz, yucas y camotes, y
que a un día de camino en tierra caliente tenían buenos platanares
y muchas piñas; pero bestias no tienen. Tienen en tierras calientes
muchas sembrerías de algodón, y hacen chusmas, y anajos, y de esto
se visten hombres y mujeres. Y preguntados por qué habían venido
desnudos con aquellas plumas, dijeron que porque eran nobles, y que
en su pueblo sólo los de sus familias podían adornarse con
ello.
El Corregidor don Manuel informó de todo esto a la Real
Audiencia de Quito, para que diesen providencia de buscar algunos
sacerdotes, clérigos o religiosos, que se animasen a ir con estos
indios; porque con el tiempo y con la cultura se podía esperar una
grande cosecha de almas y mucho tributo de oro para las cajas
reales. Se escampó la voz por Quito, pero sólo un religioso nuestro
de la Recolección de San Diego se animó a la empresa. Y para ello
vino a la villa a informarse de reís. Vio y habló a estos siete
indios, y ya certificado, se volvió a Quito a buscar compañeros.
Cuando tenía uno, resfriaba otro y no pudo ajustar jamás dos
compañeros. Los señores de la Audiencia tomaron muy sobrepeine este
negocio, no dieron providencia alguna. Los indios se cansaron de
aguardar, y de improviso levantaron el vuelo, y se entraron al
monte, y se fueron otra vez a su tierra. Quince días había que
faltaban cuando yo llegué a la villa. Y es cierto que si yo llego a
tiempo, aunque hubiera sido cosa de irme solo con ellos, yo me
hubiera ido, a ver si hubiera logrado esta conquista. Y más
habiendo allá tanto oro, yo me hubiera dado maña de salir a línea
recta al Mar del Sur, a tomar señas entre Guayaquil y La Gorgona,
para facilitar la conquista de esta gente; porque la noticia del
oro habría acarreado bastantes obreros.
Preguntóme don Manuel por qué no había emprendido mi viaje para
Cartagena, que era más cerca que ir a Lima, y después haber de
pasar Cabo de Hornos para venir a España. Yo le dije que la
diferencia de camino en la distancia era muy corta de un puerto a
otro, y aunque era más cerca Cartagena que Lima, pero en Cartagena
era muy contingente encontrar navío para España, porque allí no
paran los navíos más tiempo que el que han menester para descargar,
porque como allí no hay qué poder cargar para España, luego se van
a la Vana o a Caracas a cargar azúcar o cacao. Y que en Lima
siempre había navíos parados cargando para España; y así me sería
allá más fácil el embarcarme que en Cartagena. Y que a más de esta
razón, ya que me hallaba en el Perú, quería ver el reino, o lo más
principal de él hasta llegar a Lima; y en estando en Lima, quería
hacer diligencia en el colegio de Santa Rosa de Ocopa en donde
tenía al Padre Antonio Sifre, hermano mío de noviciado, y el Padre
Fr. Antonio Oliver, con quien había estudiado Teología, y si allí
los hallaba, sería muy factible que me quedase incorporado en aquel
colegio para siempre.
Los tres días que estuve en la villa comí siempre con el
Corregidor, el cual me regaló media docena de quesos buenos y un
jamón muy grande y bueno. Allí busqué un baqueano, el cual nos
acompañó hasta Quito. Salimos de la villa y fuimos a dar a San
Pablo. Allí arranchamos en el convento, y el Padre cura mandó
pescar y cenamos de preñadillas en caldero y fritas; y de allí en
tres días llegamos a Quito, y derecho me fui a apear en casa de don
Agustín Lisperguer.