INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO XI


 
Contiene lo que me pasó desde Sapuyes hasta Quito.


 

El cuarto día después de la Pascua al amanecer dije misa, y al concluir ya estuvieron en el pueblo mis bestias con mi don Francisco y don Jacinto. Yo me despedí de don Jacinto y del Padre cura, el cual me señaló un mozo que nos acompañase hasta la villa de Ibarra. Yo pensé que el Padre cura me hacía este agasajo de darme este peón, pero con todo le pregunté si iba ya pagado, y como ya no me había de menester, me dijo:No, Padre, de aquí a la villa son cuatro jornadas; allá lo pagará V. P. Nosotros dimos nuestras jornadas y el cuarto día llegamos a la villa de Ibarra. Allí hallé de Guardián del convento a un lector jubilado y definidor habitual, llamado el Padre Definidor Tovar. Era tenido por el hombre más sabio de todo Quito, y por el mejor predicador. Y yo supongo qué en realidad era así. Yo algo lo había tratado en Quito y él me había cobrado muy pío afecto. Él me hizo mucho agasajo, y me detuvo tres días.

El señor Corregidor era un caballero español llamado don Manuel de la Peña, casado en Quito con una de las principales damas llamada doña Juana Ontañón, y sobrina de doña Manuela Ontañón y de la Curico. Como yo en Quito había tenido mucha entrada en esta casa y mucha familiaridad con él, a lo que me supo que yo había llegado al convento, al instante se vino a verme, y me llevó la misma noche a su casa a cenar con el Guardián. Ya después de cenar nos dilatamos en conversación y me preguntó a qué iba a Quito. Yo le dije cómo llevaba licencia del Comisario General, y que habiendo ya cumplido mi destino, me volvía a España. Entonces me dijo él: Quince días hace hoy que yo pensé con usted y lo dije varias veces al Padre Guardián que aquí está presente. Y si usted hubiera estado aquí, tal vez hubiera dejado el viaje de España con mucho gusto.

El caso fue como ya digo. Tres meses antes salieron a esta villa de Ibarra siete indios montaraces armados con arco y flecha, todos pintados de achiote y añil, y adornada la cabeza y cintura de plumas de varios colores. Cada cual traía una porcioncita de oro en grano, cosa de un puñado. Ellos con señas, por no topar quién entendiese su lengua, daban a entender que buscaban eslabones y pedernales, Se escampó la voz por toda la villa, y a la concurrencia de la gente hubo de haber en la villa un indio viejo que los entendió. Éste les buscó unos eslabones, y ellos por cada uno con su pedernal le pagaban con media cáscara de huevo llena de granitos de oro. Llegó esta novedad a oídos del Corregidor don Manuel, el cual los hizo traer a su casa con el intérprete. Y preguntados por el fin de su venida, dijeron sacando de una maletica que llevaban, unos retazos de ropa que parecía haber sido de ornamento eclesiástico, y un trozo de misal, que habían venido a ver si toparían algunos de aquellos hombres que vestían aquella ropa y leían aquella letra, y haciendo señas de bautismo, querían que fueran con ellos a su tierra, pero que no querían Alcaldes y Corregidores.

Don Manuel los agasajó y los contuvo algunos días en su casa, en donde poco a poco dijeron que sus antepasados sabían que los Alcaldes y Corregidores les habían hecho muchos daños, y que por ello los mataron una noche y se huyeron todos al monte. Pero que sabían que había de venir tiempo en que los habían de volver a sujetar; y para que entonces no les hagan daño alguno, tenían un hoyo en donde reponían cada año en oro en grano el tributo anual que les tocaba pagar, para entregarlo entonces por junto de una vez. Y que juntamente sabían que los hombres que vestían de aquella ropa, que llevaban y sabían leer en aquella letra, eran hombres buenos que los bautizaban y los defendían.

Con esta relación don Manuel les dijo que se estuviesen quedos en la villa, y que él les solicitaría de estos hombres que buscaban, para que fueran con ellos, y que en lo interim con granos de maíz, que es el modo con que los indios sacan sus cuentas, que numerasen cuántas familias tendría su nación. A los tres días dieron cuenta de trece mil familias, y que en ellas había cuarenta mil varones, que cada año daban tributo. Aquí advierto que el indio varón desde catorce años hasta sesenta paga tributo, y según esta cuenta se sacaba en limpio que cada año echaban en el hoyo cuarenta mil doblones en oro en polvo, por lo menos; porque el indio el tributo que da cada año son cuatro pesos y un tomín de oro. Y de aquí sáquese en consecuencia cuántos millones de oro tendrían juntos en el hoyo estos indios. Puesto que no hay por allí noticia de tales indios levantados, y se hace juicio que sería poco después de la conquista, en que por varias historias se sabe las muchas extorsiones que padecieron los indios primitivos de la codicia de los Corregidores y Alcaldes españoles, buscando el oro y plata.

De esta declaración se infiere que si había cuarenta mil que pagaban tributo, con las mujeres, que siempre son más, y con los niños, niñas y viejos, podrían llegar a cien mil almas entre todos, chicos y grandes. Estos están remontados dentro del monte que hay desde Barbacoas hasta la villa de Ibarra, que en largo tendrá unos veinte días de camino, y en ancho a ratos tendrá diez días, a ratos no llegará a cuatro o cinco. Ellos confesaron que donde viven es tierra fría, y de ahí se infiere que ellos viven dentro del Páramo del Angel, que cae entre Pupiales y la villa de Ibarra, desde el camino real a contraposición de la cordillera a mano derecha hacia el Mar del Sur. Ellos confesaron que tenían gallinas y ganado vacuno, ovejuno y cabruno, sembrerías de maíz, yucas y camotes, y que a un día de camino en tierra caliente tenían buenos platanares y muchas piñas; pero bestias no tienen. Tienen en tierras calientes muchas sembrerías de algodón, y hacen chusmas, y anajos, y de esto se visten hombres y mujeres. Y preguntados por qué habían venido desnudos con aquellas plumas, dijeron que porque eran nobles, y que en su pueblo sólo los de sus familias podían adornarse con ello.

El Corregidor don Manuel informó de todo esto a la Real Audiencia de Quito, para que diesen providencia de buscar algunos sacerdotes, clérigos o religiosos, que se animasen a ir con estos indios; porque con el tiempo y con la cultura se podía esperar una grande cosecha de almas y mucho tributo de oro para las cajas reales. Se escampó la voz por Quito, pero sólo un religioso nuestro de la Recolección de San Diego se animó a la empresa. Y para ello vino a la villa a informarse de reís. Vio y habló a estos siete indios, y ya certificado, se volvió a Quito a buscar compañeros. Cuando tenía uno, resfriaba otro y no pudo ajustar jamás dos compañeros. Los señores de la Audiencia tomaron muy sobrepeine este negocio, no dieron providencia alguna. Los indios se cansaron de aguardar, y de improviso levantaron el vuelo, y se entraron al monte, y se fueron otra vez a su tierra. Quince días había que faltaban cuando yo llegué a la villa. Y es cierto que si yo llego a tiempo, aunque hubiera sido cosa de irme solo con ellos, yo me hubiera ido, a ver si hubiera logrado esta conquista. Y más habiendo allá tanto oro, yo me hubiera dado maña de salir a línea recta al Mar del Sur, a tomar señas entre Guayaquil y La Gorgona, para facilitar la conquista de esta gente; porque la noticia del oro habría acarreado bastantes obreros.

Preguntóme don Manuel por qué no había emprendido mi viaje para Cartagena, que era más cerca que ir a Lima, y después haber de pasar Cabo de Hornos para venir a España. Yo le dije que la diferencia de camino en la distancia era muy corta de un puerto a otro, y aunque era más cerca Cartagena que Lima, pero en Cartagena era muy contingente encontrar navío para España, porque allí no paran los navíos más tiempo que el que han menester para descargar, porque como allí no hay qué poder cargar para España, luego se van a la Vana o a Caracas a cargar azúcar o cacao. Y que en Lima siempre había navíos parados cargando para España; y así me sería allá más fácil el embarcarme que en Cartagena. Y que a más de esta razón, ya que me hallaba en el Perú, quería ver el reino, o lo más principal de él hasta llegar a Lima; y en estando en Lima, quería hacer diligencia en el colegio de Santa Rosa de Ocopa en donde tenía al Padre Antonio Sifre, hermano mío de noviciado, y el Padre Fr. Antonio Oliver, con quien había estudiado Teología, y si allí los hallaba, sería muy factible que me quedase incorporado en aquel colegio para siempre.

Los tres días que estuve en la villa comí siempre con el Corregidor, el cual me regaló media docena de quesos buenos y un jamón muy grande y bueno. Allí busqué un baqueano, el cual nos acompañó hasta Quito. Salimos de la villa y fuimos a dar a San Pablo. Allí arranchamos en el convento, y el Padre cura mandó pescar y cenamos de preñadillas en caldero y fritas; y de allí en tres días llegamos a Quito, y derecho me fui a apear en casa de don Agustín Lisperguer.

anterior | índice | siguiente