CAPÍTULO
X
Contiene lo que
me pasó en Pasto hasta que llegué al pueblo de
Sapuyes.
Llegué a la ciudad de San Juan de Pasto poco después de la
Epifanía, y el otro día de haber llegado, entre varios sujetos que
me vinieron a visitar, vino el Comisario de la Bula, que era un
clérigo llamado don Melchor, y me dijo que si me detenía hasta
Septuagésima que había once días que me encargaría el sermón de la
publicación de la Bula, y yo admití la propuesta. Aquel día repartí
a varios los doce racimos de chontaduros, y me vi con don Ramón de
la Barrera, y ajustadas nuestras cuentas con recibos y gastos, me
quedé deudor de 60 pesos. Yo le entregué los cuatro quintales de
cera, y me los pagó a 200 pesos por quintal, y fueron 800 pesos,
con cuya plata hice mi viaje con algún alivio.
El Guardián el día después de haber llegado, me entregó una
carta del Guardián del colegio en que me decía que le hiciese el
favor de quedarme en mi pueblo por lo menos hasta que se celebrase
Capítulo, prometiéndome que hablaría en mi favor al que fuese allá
de Comisario, y que no dudase que me atenderían los Padres del
colegio por lo bien que había trabajado en las conversiones, y que
me solicitaría que me hiciesen de ellas Presidente. Y que si volvía
a mi pueblo me mandarían en adelante una total asistencia. Yo le
respondí en esta forma:M. R. P. Guardián, recibí la suya y
respondo que su contenido me ha excitado la historia de Jacob con
su suegro Labán, el cual después de haberlo engañado y maltratado
muchos años, ya que supo que se iba lo fue a alcanzar en el camino
y le dijo por qué no le había avisado de su viaje, y él lo habría
acompañado con músicas y sinfonías. Sobre de lo cual dice el don
Estela: Quería entonces el perverso Labán con sus músicas atajar el
viaje a Jacob para volverlo a su esclavitud y servicio otros
catorce años. Padre Guardián, el colegio ha sido suegro para mí,
más tirano que Labán para Jacob. Esta música y sinfonías que me
ofrece, guárdelas para otros, que bastante desengañado me voy a
España con licencia del Superior General. Si V. P. no provee cuanto
antes de obrero a mi pueblo, lo que yo he cultivado y ahora está
fructificando, se volverá presto monte inculto y tierra eriaza,
poblándose de zarzas y malezas. Yo dejé encargado al Padre Alfaro
que en lo interim que V. P. dispone quien vaya allá, que lo cuide,
y lo más acertado será mandar que el Padre Alfaro vaya allá a
quedarse con otro alguno, porque mis indios ya lo conocen y tienen
tratado. Deme V. P su bendición, y quédese con Dios, y dé las
gracias de mi viaje al Padre Presidente Barrutieta, cuya codicia e
impiedad poco a poco nos hará volver a todos los Padres chapetones
a España a nuestras provincias.
Yo procuré aperarme de dos pares de petacas para poder cargar lo
que yo llevaba, que se reducía a un par de arrobas de espingo, hoja
de canela y madre del clavo. Otras dos arrobas de guayusa, varias
resinas y bálsamos preciosos, que componían otras dos arrobas de
cacao en masa. Compré un pellón morado, dos sillas de montar,
frenos, espuelas y estribos de bronce para mi chapetón, que ya para
mí me los tenía guardados don Ramón. Mandé hacer dos maletas de
baqueta, compré enjalmas y aparejos de cinchas, cabestros y
cinchones, y mandé fabricar una arroba de turrón. Compré un
cochinito, y mandé hacer morcilla, longaniza y salchicha, y lo
demás se saló, y compré una arroba de tasajo. Compré cuatro mulas y
un caballo; compré 2 ruanas, una para mí y la otra para mi chapetón
don Francisco. Nos armamos de zapatos y de un puro aforrado con
retobo, y su boquilla de cacho para llevar un traguito en el
camino. Compré media docena de platos embarnizados de madera, otra
media de pozuelos para cacao, de una olleta de bronce y de un
perolito para cocinar de media docena de quesos y una arroba de
bizcocho, todo lo cual costó 225 pesos.
Ya que vino la Septuagésima, prediqué el sermón de la Bula y me
dieron doce pesos, y liquidada la cuenta de recibo y gasto, quedé
con 613 pesos para el gasto del camino. El lunes de Sexagésima
antes de partir compré una lata de a dos libras de tabaco de
Sevilla a razón de a seis pesos la libra, y cuatro pesos para
llenar el puro de aguardiente, y dos pesos de tabaco de chupar, y
me quedé en 595 pesos. Alquilé un baqueano que nos acompañase hasta
el pueblo de Sapuyes, que dista siete jornadas, y salimos yo y mi
chapetón a mula con los dos pares de petacas en que iban mis
trastes, y el caballo que llevaba las dos maletas con la comida
ordinaria a la mano. El sexto día vinimos a arranchar al lado de
dos lomas, en que finía un pedazo de monte, junto a una
hacienda.
A poco rato de haber arranchado, catay que vino el dueño de la
hacienda, que era un gallego llamado don Jacinto. Yo lo había visto
y tratado en Barbacoas que allí suele hacer sus viajes con tercios
de tasajo y algunos géneros de Quito. Al instante que me vio me
conoció, y aunque iba de paso que venía de un potrero, se vino al
instante y me quiso llevar a su casa que allí cerca estaba. Yo por
no volver a cargar y estar ya arranchado, le dije que estimaba el
agasajo, y que al otro día en amaneciendo iríamos allá a disfrutar
sus favores.
Ya que vino el día, nos despachó un indio, el cual nos condujo a
la hacienda, en donde nos quedamos aquel día. Yo le pregunté si
distaba de allí mucho el pueblo de Sapuyes, y me dijo que cosa de
una legua. Era el otro día, día de fiesta, y determinamos ir juntos
al pueblo a decir misa, y así se hizo. Ya que llegamos hubo de ser
el cura el doctor Reyes, el que me prometió el bizcocho cuando iba
para Barbacoas, y me engañó como noto Tomo Tercero, capítulo IV. Ya
no faltaban más que cuatro días para ceniza, y el Padre cura me
rogó que le hiciese el favor de quedarme hasta la Pascua para
ayudarle a confesar la gente y predicarle algunos sermones. Yo le
dije que si me daba un buen macho o mula para mi largo viaje, me
pararía hasta la Pascua. Él me dijo que no sólo me daría una bestia
mular, sí que también un relingote encauchado para resguarde de los
aguaceros del camino, y con ello quedamos acordes.
Yo determiné dejar allí en un cuarto que me señaló mis trastes y
volverme a la hacienda del gallego don Jacinto a meter mis bestias
en el potrero, y a tomar unos días buena leche, y volver después la
primera semana de Cuaresma al pueblo, y así se hizo. Comimos con el
Padre cura, y a la tarde nos volvimos a la hacienda con las
bestias, y como ya no llevábamos carga alguna, el gallego tomó el
camino por un atajo y me dijo: Padre misionero, ahora verá una
figura de un mono labrada en una piedra por los indios antiguos.
Trastornamos un pedazo de monte, y en la mitad del camino, al subir
de una loma de gramadal, hay en el suelo una piedra labrada que
tendrá unas seis cuartas de ancho y dos varas de largo, y cosa de
un jeme de grueso. En medio de ella está labrado de realce un mono
de una vara de largo. Yo poco entiendo de escultura, pero soy de
sentir que si el diablo no lo labró, lo labró artífice muy perito,
porque me parece que no se puede la figura mejorar. Lo cierto es
que si hubiese sido cosa fácil de cargarlo, por lo peregrino que me
pareció, yo me lo hubiera traído a España; porque me pareció que
sólo aquellas figuras que vi en Roma de los dioses antiguos que
veneraron los gentiles, lo igualaban en perfección.
Yo pregunté a don Jacinto si sabía quién allí había puesto
aquella piedra, y me respondió que por tradición decían los indios
de Sapuyes que los indios antiguos de su pueblo antes de la
Conquista le veneraban por dios. Entonces le conté yo que al salir
de Pasto, antes de llegar al Páramo, el mismo día que salí de Pasto
había visto otra piedra labrada con varias figuras de realce
también, y todas perfectas, especialmente un guanaco, una india con
su anajo, y un par de sapos. Esta otra piedra también esta en
despoblado y puesta en un alto al lado del camino, formando un
nicho cuadrado de cosa de una vara, y ella está sirviendo de techo
con lo labrado a la parte inferior. Don Jacinto me dijo que varias
veces también la había visto. Yo soy de parecer que todas estas
piedras y otras de que hablaré, en la conquista los cristianos,
para extirpar la idolatría, las mandarían sacar de poblado y echar
en los despoblados por vilipendio. Pero de positivo nadie lo
sabe.
Así vinimos hablando todo el resto del camino de esta materia, y
ya que llegamos a la hacienda, me dijo don Jacinto: Ahora verá
V P. otra alhaja de los indios antiguos. Sacóme una mazorquita de
maíz labrada de una piedra fina de color rosado muy negruzco, de
cosa de cuatro dedos de larga. La piedra me pareció jaspe muy fino;
pero estaba la mazorquita tan perfectamente labrada, que sólo la
misma naturaleza en una mata de maíz podía igualarle en perfección.
En estas mazorquitas tenían los indios antiguos una vana
observancia, y era que el indio que tenía en su poder estas
alhajas, siempre tenía buena cosecha de maíz; y de allí se infería
que el diablo era quien labraba estas mazorquitas, y las repartía a
los indios que tenía engañados, y ellos de una generación a otra
conservaban con mucha estimación estas alhajas.
La misma tarde que llegamos y todos los demás días, se
encerraron muchos becerros en el corral, y en la mañana nos íbamos
allá a beber leche. Ello le sacaban en chachamates grandes, y hacía
un palmo de espuma, y para mí me llenaban varios chachamates de
sola la espuma, que era lo mejor y lo que más me sabía. Y esto
hasta estar satisfecho, y no querer más. Mi don Francisco se
llenaba de leche con sopa de pan migado hasta no querer más, y
después se cocía una olla grande de leche, y se guardaba para beber
en la tarde.
Ya que vino el día de ceniza nos fuimos al pueblo a decir misa,
y yo me quedé allí hasta la Pascua, y mi don Francisco se volvió a
la hacienda con don Jacinto a tener cuenta y cuidar las bestias. A
pocos días se escapó la voz a los pueblos de la vecindad que en
Sapuyes había un Padre misionero, que predicaba y confesaba, y
acudía tanta gente, que fue menester contener a la gente del pueblo
para que diese lugar a confesar los extraños antes. Porque como en
todos estos pueblos no tienen más que el Padre cura, y todos huyen
de confesarse con él, acudían a mí tanto, que no me vía de
polvo.
Yo con la seguridad que el cura me daría una buena bestia, le
hablé para ver si en el pueblo había quién supiese hacer petacas
para aperarme de otro par, y poder promediar mejor en tres cargas
mis trastes, y aliviar las cargas, dividiendo en tres lo que iba en
dos. El Padre cura me dijo que me daría una petaca que tenía sola,
y que se mandaría hacer otra a un mestizo que vivía en el pueblo, y
así se hizo; porque como allí se da facultad de comer de carne tres
días cada semana, excepto la Semana Santa, se compraron cuatro
cueros, y se hizo otra petaca pareja, y yo me quedé armado.
En la mitad de la Cuaresma me remitió un clérigo que había de
venir a predicar el sermón del Descendimiento una carta para que le
predicase el sermón, porque él no podía venir por haber de ir a
predicar a otro pueblo, y que su padre por Semana Santa me llevaría
la limosna. Yo le respondí que perdiese cuidado, y desde luego me
prevení para ello. Tenía el Padre cura dentro del patio de la casa
un jardincito muy hermoso, y todo sembrado de flores, y entre ellas
había una mata que yo no había visto jamás. Ella muy coposa y daba
unas florecitas amarillas color de oro muy fino. Cada flor es una
palomita del todo perfecta, del tamaño de la flor del romero. Yo le
pregunté al Padre cura, y me dijo que se llamaba la flor del
Espíritu Santo.
Ya que vino la Semana Santa, acudió mucha gente que vivía
esparramada por aquellas pampas, y entre ellos acudió el padre del
dicho clérigo, y un chapetón sevillano casado y hacendado, con una
buena hacienda y trapiche de fabricar azúcar, y como fabricaba
también del guarapo, mucho aguardiente, y él era muy aficionado,
era el mayor glotón que había por aquella tierra. Y también vino
otro blanco, natural de la villa de Ibarra, hacendado en Sapuyes, y
también casado. Éste era Alcalde de la Santa Hermandad. Estos dos
concurrieron con toda su familia.
Este pues Alcalde vio mi relingote encauchado, y se enamoró de
él, y me vino a proponer si se lo quería trocar con un poncho bueno
que tenía, también encauchado en tafetán. Yo le dije que lo quería
ver, y con ello luego mandó a su hacienda a traerlo. Me pareció
bien, y se lo troqué, y él me añadió un doblón, y me pareció mejor.
A lo que llegó el sevillano, me informó el Padre cura de su
bebezón, y la señora su esposa me vino luego a ver, para que cuando
yo lo confesase, lo apretase de pasos. Como yo ya estaba informado
le dije: Señora, si él viene a confesarse conmigo, se irá muy mal
despachado, porque siendo verdad que éste es en él vicio añejo, no
habiendo puesto enmienda, ni yo lo tengo de absolver, ni hay
confesor que lo pueda hacer. A poco rato vino él al cuarto del
Padre cura, y allí por la bienvenida tomamos un trago. Él quiso que
yo y el Padre cura fuéramos a su casa. Fuimos allá y para Semana
Santa había él traído dos frasqueras de aguardiente de a doce
frascos, y nos quiso hacer beber. Yo no quise, pero él se bebió un
vaso lleno, y ya no hubo de menester más para rematarse hasta la
tarde.
Ya que convaleció casi al poner el sol, se vino con su familia a
casa del cura a darnos conversación. Y en ella le dijo el Padre
cura que supuesto que tenía tantas bestias, que me diese un caballo
para mi viaje. Él me lo prometió, y el Padre cura le dijo:Pues
mañana a la tarde saldré yo con el Padre a dar un paseo. Dé usted
orden al aperador que nos lo entregue. Así se hizo. Él envió orden
para ello a la hacienda, y el otro día salí con el Padre cura a
pasear, y fuimos a dar a la hacienda de una hija del dicho
sevillano, y de allí mandamos por el caballo y nos lo trujeron, y
era un buen caballo de seis años de color rosado hermoso. Yo lo
mandé al potrero donde estaban mis bestias, con que tuve
seis.
La Semana Santa se celebró muy devota. El miércoles se hizo el
despedimiento en la plaza, en que los indios formaron un bosque de
arboleda postiza, y allí en procesión se hicieron encontradizos
Cristo y su triste Madre, y se despidieron con unas décimas hechas
al propósito en un canto muy tierno y compasivo. El Jueves Santo
todos comulgaron en la misa mayor, y como no éramos sino el Padre
cura y yo, empezamos a confesar después de la media noche hasta las
once del día. El sevillano supongo que lo avisaron, y no se atrevió
a venir a confesar conmigo. El Viernes Santo prediqué a la tarde el
sermón, y después se hizo la procesión del entierro, y el Sábado
Santo hube de cantar el
Exultet.
Habíame informado el Padre cura que del sermón del
Descendimiento me habían de dar 16 pesos. Ya que vino el día de
Pascua vino el padre del clérigo a pagarme el sermón, y no dio sino
6 pesos. Yo le dije que de papel había gastado más. Entonces nos
compusimos en que yo le diese los dos caballos que tenía y él me
daría un buen macho que había traído, y así se hizo, y me quedé con
cinco bestias mulares. El Padre cura compró un macho a un chapetón
que allí vino a celebrar la pascua, y me lo dio. Él ya era algo
viejo, pero bueno y muy versado a la carga, y con ello me avié
después de la Pascua con seis bestias mulares y tres pares de
petacas para Quito.