INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO X
 

 

Contiene lo que me pasó en Pasto hasta que llegué al pueblo de Sapuyes.
 

 

Llegué a la ciudad de San Juan de Pasto poco después de la Epifanía, y el otro día de haber llegado, entre varios sujetos que me vinieron a visitar, vino el Comisario de la Bula, que era un clérigo llamado don Melchor, y me dijo que si me detenía hasta Septuagésima que había once días que me encargaría el sermón de la publicación de la Bula, y yo admití la propuesta. Aquel día repartí a varios los doce racimos de chontaduros, y me vi con don Ramón de la Barrera, y ajustadas nuestras cuentas con recibos y gastos, me quedé deudor de 60 pesos. Yo le entregué los cuatro quintales de cera, y me los pagó a 200 pesos por quintal, y fueron 800 pesos, con cuya plata hice mi viaje con algún alivio.

El Guardián el día después de haber llegado, me entregó una carta del Guardián del colegio en que me decía que le hiciese el favor de quedarme en mi pueblo por lo menos hasta que se celebrase Capítulo, prometiéndome que hablaría en mi favor al que fuese allá de Comisario, y que no dudase que me atenderían los Padres del colegio por lo bien que había trabajado en las conversiones, y que me solicitaría que me hiciesen de ellas Presidente. Y que si volvía a mi pueblo me mandarían en adelante una total asistencia. Yo le respondí en esta forma:M. R. P. Guardián, recibí la suya y respondo que su contenido me ha excitado la historia de Jacob con su suegro Labán, el cual después de haberlo engañado y maltratado muchos años, ya que supo que se iba lo fue a alcanzar en el camino y le dijo por qué no le había avisado de su viaje, y él lo habría acompañado con músicas y sinfonías. Sobre de lo cual dice el don Estela: Quería entonces el perverso Labán con sus músicas atajar el viaje a Jacob para volverlo a su esclavitud y servicio otros catorce años. Padre Guardián, el colegio ha sido suegro para mí, más tirano que Labán para Jacob. Esta música y sinfonías que me ofrece, guárdelas para otros, que bastante desengañado me voy a España con licencia del Superior General. Si V. P. no provee cuanto antes de obrero a mi pueblo, lo que yo he cultivado y ahora está fructificando, se volverá presto monte inculto y tierra eriaza, poblándose de zarzas y malezas. Yo dejé encargado al Padre Alfaro que en lo interim que V. P. dispone quien vaya allá, que lo cuide, y lo más acertado será mandar que el Padre Alfaro vaya allá a quedarse con otro alguno, porque mis indios ya lo conocen y tienen tratado. Deme V. P su bendición, y quédese con Dios, y dé las gracias de mi viaje al Padre Presidente Barrutieta, cuya codicia e impiedad poco a poco nos hará volver a todos los Padres chapetones a España a nuestras provincias.

Yo procuré aperarme de dos pares de petacas para poder cargar lo que yo llevaba, que se reducía a un par de arrobas de espingo, hoja de canela y madre del clavo. Otras dos arrobas de guayusa, varias resinas y bálsamos preciosos, que componían otras dos arrobas de cacao en masa. Compré un pellón morado, dos sillas de montar, frenos, espuelas y estribos de bronce para mi chapetón, que ya para mí me los tenía guardados don Ramón. Mandé hacer dos maletas de baqueta, compré enjalmas y aparejos de cinchas, cabestros y cinchones, y mandé fabricar una arroba de turrón. Compré un cochinito, y mandé hacer morcilla, longaniza y salchicha, y lo demás se saló, y compré una arroba de tasajo. Compré cuatro mulas y un caballo; compré 2 ruanas, una para mí y la otra para mi chapetón don Francisco. Nos armamos de zapatos y de un puro aforrado con retobo, y su boquilla de cacho para llevar un traguito en el camino. Compré media docena de platos embarnizados de madera, otra media de pozuelos para cacao, de una olleta de bronce y de un perolito para cocinar de media docena de quesos y una arroba de bizcocho, todo lo cual costó 225 pesos.

Ya que vino la Septuagésima, prediqué el sermón de la Bula y me dieron doce pesos, y liquidada la cuenta de recibo y gasto, quedé con 613 pesos para el gasto del camino. El lunes de Sexagésima antes de partir compré una lata de a dos libras de tabaco de Sevilla a razón de a seis pesos la libra, y cuatro pesos para llenar el puro de aguardiente, y dos pesos de tabaco de chupar, y me quedé en 595 pesos. Alquilé un baqueano que nos acompañase hasta el pueblo de Sapuyes, que dista siete jornadas, y salimos yo y mi chapetón a mula con los dos pares de petacas en que iban mis trastes, y el caballo que llevaba las dos maletas con la comida ordinaria a la mano. El sexto día vinimos a arranchar al lado de dos lomas, en que finía un pedazo de monte, junto a una hacienda.

A poco rato de haber arranchado, catay que vino el dueño de la hacienda, que era un gallego llamado don Jacinto. Yo lo había visto y tratado en Barbacoas que allí suele hacer sus viajes con tercios de tasajo y algunos géneros de Quito. Al instante que me vio me conoció, y aunque iba de paso que venía de un potrero, se vino al instante y me quiso llevar a su casa que allí cerca estaba. Yo por no volver a cargar y estar ya arranchado, le dije que estimaba el agasajo, y que al otro día en amaneciendo iríamos allá a disfrutar sus favores.

Ya que vino el día, nos despachó un indio, el cual nos condujo a la hacienda, en donde nos quedamos aquel día. Yo le pregunté si distaba de allí mucho el pueblo de Sapuyes, y me dijo que cosa de una legua. Era el otro día, día de fiesta, y determinamos ir juntos al pueblo a decir misa, y así se hizo. Ya que llegamos hubo de ser el cura el doctor Reyes, el que me prometió el bizcocho cuando iba para Barbacoas, y me engañó como noto Tomo Tercero, capítulo IV. Ya no faltaban más que cuatro días para ceniza, y el Padre cura me rogó que le hiciese el favor de quedarme hasta la Pascua para ayudarle a confesar la gente y predicarle algunos sermones. Yo le dije que si me daba un buen macho o mula para mi largo viaje, me pararía hasta la Pascua. Él me dijo que no sólo me daría una bestia mular, sí que también un relingote encauchado para resguarde de los aguaceros del camino, y con ello quedamos acordes.

Yo determiné dejar allí en un cuarto que me señaló mis trastes y volverme a la hacienda del gallego don Jacinto a meter mis bestias en el potrero, y a tomar unos días buena leche, y volver después la primera semana de Cuaresma al pueblo, y así se hizo. Comimos con el Padre cura, y a la tarde nos volvimos a la hacienda con las bestias, y como ya no llevábamos carga alguna, el gallego tomó el camino por un atajo y me dijo: Padre misionero, ahora verá una figura de un mono labrada en una piedra por los indios antiguos. Trastornamos un pedazo de monte, y en la mitad del camino, al subir de una loma de gramadal, hay en el suelo una piedra labrada que tendrá unas seis cuartas de ancho y dos varas de largo, y cosa de un jeme de grueso. En medio de ella está labrado de realce un mono de una vara de largo. Yo poco entiendo de escultura, pero soy de sentir que si el diablo no lo labró, lo labró artífice muy perito, porque me parece que no se puede la figura mejorar. Lo cierto es que si hubiese sido cosa fácil de cargarlo, por lo peregrino que me pareció, yo me lo hubiera traído a España; porque me pareció que sólo aquellas figuras que vi en Roma de los dioses antiguos que veneraron los gentiles, lo igualaban en perfección.

Yo pregunté a don Jacinto si sabía quién allí había puesto aquella piedra, y me respondió que por tradición decían los indios de Sapuyes que los indios antiguos de su pueblo antes de la Conquista le veneraban por dios. Entonces le conté yo que al salir de Pasto, antes de llegar al Páramo, el mismo día que salí de Pasto había visto otra piedra labrada con varias figuras de realce también, y todas perfectas, especialmente un guanaco, una india con su anajo, y un par de sapos. Esta otra piedra también esta en despoblado y puesta en un alto al lado del camino, formando un nicho cuadrado de cosa de una vara, y ella está sirviendo de techo con lo labrado a la parte inferior. Don Jacinto me dijo que varias veces también la había visto. Yo soy de parecer que todas estas piedras y otras de que hablaré, en la conquista los cristianos, para extirpar la idolatría, las mandarían sacar de poblado y echar en los despoblados por vilipendio. Pero de positivo nadie lo sabe.

Así vinimos hablando todo el resto del camino de esta materia, y ya que llegamos a la hacienda, me dijo don Jacinto: Ahora verá V P. otra alhaja de los indios antiguos. Sacóme una mazorquita de maíz labrada de una piedra fina de color rosado muy negruzco, de cosa de cuatro dedos de larga. La piedra me pareció jaspe muy fino; pero estaba la mazorquita tan perfectamente labrada, que sólo la misma naturaleza en una mata de maíz podía igualarle en perfección. En estas mazorquitas tenían los indios antiguos una vana observancia, y era que el indio que tenía en su poder estas alhajas, siempre tenía buena cosecha de maíz; y de allí se infería que el diablo era quien labraba estas mazorquitas, y las repartía a los indios que tenía engañados, y ellos de una generación a otra conservaban con mucha estimación estas alhajas.

La misma tarde que llegamos y todos los demás días, se encerraron muchos becerros en el corral, y en la mañana nos íbamos allá a beber leche. Ello le sacaban en chachamates grandes, y hacía un palmo de espuma, y para mí me llenaban varios chachamates de sola la espuma, que era lo mejor y lo que más me sabía. Y esto hasta estar satisfecho, y no querer más. Mi don Francisco se llenaba de leche con sopa de pan migado hasta no querer más, y después se cocía una olla grande de leche, y se guardaba para beber en la tarde.

Ya que vino el día de ceniza nos fuimos al pueblo a decir misa, y yo me quedé allí hasta la Pascua, y mi don Francisco se volvió a la hacienda con don Jacinto a tener cuenta y cuidar  las bestias. A pocos días se escapó la voz a los pueblos de la vecindad que en Sapuyes había un Padre misionero, que predicaba y confesaba, y acudía tanta gente, que fue menester contener a la gente del pueblo para que diese lugar a confesar los extraños antes. Porque como en todos estos pueblos no tienen más que el Padre cura, y todos huyen de confesarse con él, acudían a mí tanto, que no me vía de polvo.

Yo con la seguridad que el cura me daría una buena bestia, le hablé para ver si en el pueblo había quién supiese hacer petacas para aperarme de otro par, y poder promediar mejor en tres cargas mis trastes, y aliviar las cargas, dividiendo en tres lo que iba en dos. El Padre cura me dijo que me daría una petaca que tenía sola, y que se mandaría hacer otra a un mestizo que vivía en el pueblo, y así se hizo; porque como allí se da facultad de comer de carne tres días cada semana, excepto la Semana Santa, se compraron cuatro cueros, y se hizo otra petaca pareja, y yo me quedé armado.

En la mitad de la Cuaresma me remitió un clérigo que había de venir a predicar el sermón del Descendimiento una carta para que le predicase el sermón, porque él no podía venir por haber de ir a predicar a otro pueblo, y que su padre por Semana Santa me llevaría la limosna. Yo le respondí que perdiese cuidado, y desde luego me prevení para ello. Tenía el Padre cura dentro del patio de la casa un jardincito muy hermoso, y todo sembrado de flores, y entre ellas había una mata que yo no había visto jamás. Ella muy coposa y daba unas florecitas amarillas color de oro muy fino. Cada flor es una palomita del todo perfecta, del tamaño de la flor del romero. Yo le pregunté al Padre cura, y me dijo que se llamaba la flor del Espíritu Santo.

Ya que vino la Semana Santa, acudió mucha gente que vivía esparramada por aquellas pampas, y entre ellos acudió el padre del dicho clérigo, y un chapetón sevillano casado y hacendado, con una buena hacienda y trapiche de fabricar azúcar, y como fabricaba también del guarapo, mucho aguardiente, y él era muy aficionado, era el mayor glotón que había por aquella tierra. Y también vino otro blanco, natural de la villa de Ibarra, hacendado en Sapuyes, y también casado. Éste era Alcalde de la Santa Hermandad. Estos dos concurrieron con toda su familia.

Este pues Alcalde vio mi relingote encauchado, y se enamoró de él, y me vino a proponer si se lo quería trocar con un poncho bueno que tenía, también encauchado en tafetán. Yo le dije que lo quería ver, y con ello luego mandó a su hacienda a traerlo. Me pareció bien, y se lo troqué, y él me añadió un doblón, y me pareció mejor. A lo que llegó el sevillano, me informó el Padre cura de su bebezón, y la señora su esposa me vino luego a ver, para que cuando yo lo confesase, lo apretase de pasos. Como yo ya estaba informado le dije: Señora, si él viene a confesarse conmigo, se irá muy mal despachado, porque siendo verdad que éste es en él vicio añejo, no habiendo puesto enmienda, ni yo lo tengo de absolver, ni hay confesor que lo pueda hacer. A poco rato vino él al cuarto del Padre cura, y allí por la bienvenida tomamos un trago. Él quiso que yo y el Padre cura fuéramos a su casa. Fuimos allá y para Semana Santa había él traído dos frasqueras de aguardiente de a doce frascos, y nos quiso hacer beber. Yo no quise, pero él se bebió un vaso lleno, y ya no hubo de menester más para rematarse hasta la tarde.

Ya que convaleció casi al poner el sol, se vino con su familia a casa del cura a darnos conversación. Y en ella le dijo el Padre cura que supuesto que tenía tantas bestias, que me diese un caballo para mi viaje. Él me lo prometió, y el Padre cura le dijo:Pues mañana a la tarde saldré yo con el Padre a dar un paseo. Dé usted orden al aperador que nos lo entregue. Así se hizo. Él envió orden para ello a la hacienda, y el otro día salí con el Padre cura a pasear, y fuimos a dar a la hacienda de una hija del dicho sevillano, y de allí mandamos por el caballo y nos lo trujeron, y era un buen caballo de seis años de color rosado hermoso. Yo lo mandé al potrero donde estaban mis bestias, con que tuve seis.

La Semana Santa se celebró muy devota. El miércoles se hizo el despedimiento en la plaza, en que los indios formaron un bosque de arboleda postiza, y allí en procesión se hicieron encontradizos Cristo y su triste Madre, y se despidieron con unas décimas hechas al propósito en un canto muy tierno y compasivo. El Jueves Santo todos comulgaron en la misa mayor, y como no éramos sino el Padre cura y yo, empezamos a confesar después de la media noche hasta las once del día. El sevillano supongo que lo avisaron, y no se atrevió a venir a confesar conmigo. El Viernes Santo prediqué a la tarde el sermón, y después se hizo la procesión del entierro, y el Sábado Santo hube de cantar el Exultet.

Habíame informado el Padre cura que del sermón del Descendimiento me habían de dar 16 pesos. Ya que vino el día de Pascua vino el padre del clérigo a pagarme el sermón, y no dio sino 6 pesos. Yo le dije que de papel había gastado más. Entonces nos compusimos en que yo le diese los dos caballos que tenía y él me daría un buen macho que había traído, y así se hizo, y me quedé con cinco bestias mulares. El Padre cura compró un macho a un chapetón que allí vino a celebrar la pascua, y me lo dio. Él ya era algo viejo, pero bueno y muy versado a la carga, y con ello me avié después de la Pascua con seis bestias mulares y tres pares de petacas para Quito.

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