CAPÍTULO
IX
Contiene mi apero para mi viaje desde mi pueblo hasta
Pasto.
A lo que recibí la licencia del Comisario General, hallábame yo
con cuatro panes de cera blanca de a quintal cada uno. El convento
estaba aperado de todo lo necesario. Tenía sobre 50 quintales de
arroz con cáscara. Más de 50 arrobas de azúcar, 25 botijas de miel
de caña, 40 botijas grandes de guarapo, 7 de aguardiente. Más de 30
de manteca de tortuga, 2 quintales de sal, media botija de vino,
pescado y carne seca más de 12 quintales. El cañaveral ya casi
maduro para molerse. Yo hice prevención de cuatro quintales de
bizcocho de maíz para los indios que me acompañasen, y otras dos
arrobas amasado con manteca para mí. Me aperé de 6 quesos, que
entonces no tenía más. Mandé moler dos arrobas de cacao en dos
panes. Mandé asar 12 gallinas. Previne dos quintales de tasajo, 2
botijas grandes de guarapo, 2 de aguardiente, y una frasquerita de
tres frascos llena de vino, 2 botijas de manteca, los cuatro panes
de cera, plátanos, yucas, etc., y una lanza, un sable, y mi
escopeta con los aperos de pólvora y munición.
Escogí a veinte indios, los mejores que tenía en el pueblo y les
hice prevenir cocabe para el viaje, y escampé en el pueblo la voz
de que quería ir a Pasto para ver si traería una partida de
cochinas para que criasen en el pueblo, sin darles otra noticia. Se
aparejó mi canoa grande, y cargando un costal de arroz limpio con
todo lo sobredicho, a los once días de recibida la licencia,
después de haber celebrado, a los nueve años y siete meses de haber
fundado el pueblo, me embarqué río arriba para no volver allá,
acompañado de mi chapetón, dejándolo todo bien cerrado en el
convento, y recomendado al Alcalde y Regidores, y las llaves en
poder del indio Esteban mi grande amigo.
Al quererme despedir de la gente, como yo sabía que era la
última despedida, me atacó el llanto, y casi sin decirles nada me
embarqué. Nos fuimos río arriba, y en trece días llegamos al
Amoguaje. Allí paramos dos días. Yo enseñé al Padre Alfaro mi
licencia y le dije que en pasando un mes, que sería bueno que
bajase a mi pueblo, y ya que mis indios ya le conocían, les diese
noticia de mi viaje, y que procurase a solicitar con el Padre
Presidente para quedarse allá, que estaría mucho mejor. El tercero
día nos despedimos, y yo tiré río arriba, y en trece días llegamos
a La Concepción. Entonces díjele al compañero criollo de Popayán
que tenía Fr. José Carvo y a él mismo, que yo quería salir hasta
Pasto a ver si podría traer un indio tejedor para estar en mi
pueblo algunos meses, para enseñar a mis indios el modo de tejer.
Ellos así lo creyeron.
El otro día partí río arriba, y en cinco días llegamos donde el
pueblo quemado de los Mamos, y allí arranchamos a pasar la noche.
Los indios al llegar se fueron, y vinieron cargados de plátanos
maduros, y trujeron cuarenta racimos de chontaduros maduros. Yo
escogí doce racimos para llevármelos a Pasto, que son allá
apreciados mucho. De allí en tres días llegamos a San Diego y aquí
me detuve un día, y también di noticia al Padre Navarro de mi
viaje. Partimos al otro día, y en cinco días llegamos al
embarcadero, y dejando allí bien asegurada la canoa, cargando lo
que llevábamos, sin parar nos fuimos a la misma tarde a Caquetá. La
misma noche se dividió todo en veinte tercios, y el otro día
partimos para Mocoa, y de allí sin parar en cuatro días llegamos a
Sibundoy.
Allí reposé dos días, y alquilé tres bestias de carga y dos de
silla, y repartiendo a mis indios lo que sobró de la provisión que
traía, reservando sólo lo que yo y mi chapetón habíamos de menester
para cuatro días hasta llegar a Pasto, me despedí de mis indios, y
los avié a que se volviesen al pueblo, encargándoles que tratasen
bien al Padre Alfaro cuando fuese allá. Ellos se fueron para
dentro, y yo y mi chapetón para Pasto donde llegamos buenos.