INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO IX
 

 

      Contiene mi apero para mi viaje desde mi pueblo hasta Pasto.


 

A lo que recibí la licencia del Comisario General, hallábame yo con cuatro panes de cera blanca de a quintal cada uno. El convento estaba aperado de todo lo necesario. Tenía sobre 50 quintales de arroz con cáscara. Más de 50 arrobas de azúcar, 25 botijas de miel de caña, 40 botijas grandes de guarapo, 7 de aguardiente. Más de 30 de manteca de tortuga, 2 quintales de sal, media botija de vino, pescado y carne seca más de 12 quintales. El cañaveral ya casi maduro para molerse. Yo hice prevención de cuatro quintales de bizcocho de maíz para los indios que me acompañasen, y otras dos arrobas amasado con manteca para mí. Me aperé de 6 quesos, que entonces no tenía más. Mandé moler dos arrobas de cacao en dos panes. Mandé asar 12 gallinas. Previne dos quintales de tasajo, 2 botijas grandes de guarapo, 2 de aguardiente, y una frasquerita de tres frascos llena de vino, 2 botijas de manteca, los cuatro panes de cera, plátanos, yucas, etc., y una lanza, un sable, y mi escopeta con los aperos de pólvora y munición.

Escogí a veinte indios, los mejores que tenía en el pueblo y les hice prevenir cocabe para el viaje, y escampé en el pueblo la voz de que quería ir a Pasto para ver si traería una partida de cochinas para que criasen en el pueblo, sin darles otra noticia. Se aparejó mi canoa grande, y cargando un costal de arroz limpio con todo lo sobredicho, a los once días de recibida la licencia, después de haber celebrado, a los nueve años y siete meses de haber fundado el pueblo, me embarqué río arriba para no volver allá, acompañado de mi chapetón, dejándolo todo bien cerrado en el convento, y recomendado al Alcalde y Regidores, y las llaves en poder del indio Esteban mi grande amigo.

Al quererme despedir de la gente, como yo sabía que era la última despedida, me atacó el llanto, y casi sin decirles nada me embarqué. Nos fuimos río arriba, y en trece días llegamos al Amoguaje. Allí paramos dos días. Yo enseñé al Padre Alfaro mi licencia y le dije que en pasando un mes, que sería bueno que bajase a mi pueblo, y ya que mis indios ya le conocían, les diese noticia de mi viaje, y que procurase a solicitar con el Padre Presidente para quedarse allá, que estaría mucho mejor. El tercero día nos despedimos, y yo tiré río arriba, y en trece días llegamos a La Concepción. Entonces díjele al compañero criollo de Popayán que tenía Fr. José Carvo y a él mismo, que yo quería salir hasta Pasto a ver si podría traer un indio tejedor para estar en mi pueblo algunos meses, para enseñar a mis indios el modo de tejer. Ellos así lo creyeron.

El otro día partí río arriba, y en cinco días llegamos donde el pueblo quemado de los Mamos, y allí arranchamos a pasar la noche. Los indios al llegar se fueron, y vinieron cargados de plátanos maduros, y trujeron cuarenta racimos de chontaduros maduros. Yo escogí doce racimos para llevármelos a Pasto, que son allá apreciados mucho. De allí en tres días llegamos a San Diego y aquí me detuve un día, y también di noticia al Padre Navarro de mi viaje. Partimos al otro día, y en cinco días llegamos al embarcadero, y dejando allí bien asegurada la canoa, cargando lo que llevábamos, sin parar nos fuimos a la misma tarde a Caquetá. La misma noche se dividió todo en veinte tercios, y el otro día partimos para Mocoa, y de allí sin parar en cuatro días llegamos a Sibundoy.

Allí reposé dos días, y alquilé tres bestias de carga y dos de silla, y repartiendo a mis indios lo que sobró de la provisión que traía, reservando sólo lo que yo y mi chapetón habíamos de menester para cuatro días hasta llegar a Pasto, me despedí de mis indios, y los avié a que se volviesen al pueblo, encargándoles que tratasen bien al Padre Alfaro cuando fuese allá. Ellos se fueron para dentro, y yo y mi chapetón para Pasto donde llegamos buenos.

anterior | índice | siguiente