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CAPÍTULO VIII
 

 

Contiene el estado en que dejé el pueblo cuando salí para venirme a España.
 


 

Ya que esta gente estuvo pacífica en el pueblo, apliqué a todos los hombres a la fábrica de sus casas poniéndoles de la gente anterior del pueblo los indios más industriosos para que les gobernasen la obra. Destiné al mismo tiempo tres docenas de mujeres para que hilasen algodón, para coserles la ropa, y yo me apliqué a cortar vestidos hasta donde alcanzó la ropa que tenía. Poco a poco lo hice coser a las dos docenas de costureras que ya habían algo aprendido, y sólo quedaron desnudos algunos guaguas. El mayor trabajo fue en el repartimiento, porque como no había chupa ni calzones de paño para todos, ni sombrero ni medias, ni zapatos para todos, y todos querían, fue menester todo mi ingenio, para componerlo.

Y para sosegarlos, les repartí a todos anzuelos de toda laya, eslabones y pedernales; y de los cascabeles armé una rueda como la que de campanillas se usan en las iglesias para cuando se alza a Dios en la misa cantada. Les ordené que cada día al venir del trabajo, me habían de entregar toda la herramienta, y yo por las mañanas se la repartía conforme veía lo que habían de trabajar aquel día. Esta cautela fue para que ellos en la noche se quedasen sin armas de fierro, y para mayor seguridad mía les hice reponer en un cuarto del convento la mayor parte de sus armas, de macanas, dardos y flechas, y cerbatanas, diciéndoles que allí las tendrían juntas y seguras por si acaso en algún tiempo alguna nación quería venir a hacerles algún daño. Cogí también de cada barrio doce niñitos, y los hice dormir a todos treinta y seis juntos en un cuarto del convento para mi mayor seguridad, y aquí fue que conseguí quitarles a estas criaturitas a las mujercitas de su edad, y que las cuidasen sus padres y madres hasta que unos y otros tuviesen edad para poderse casar.

Al principio que vinieron estos nuevos encabellados, ya empezaba a haber cacao maduro, y como ya el pueblo era tan crecido que entre grandes y chicos eran sobre novecientas criaturas, destiné que dos canoas grandes se fueran río abajo a buscarme cera y secar cacao, y otras dos también grandes fueran a lo mismo río arriba, y que cada canoa llevase veinte indios; y la canoa mayor ordené que se bajase a la playa grande a coger huevos de tortuga, y me llenasen de su manteca mis cincuenta botijas. Y todo se hizo conforme lo mandé. Y ya que se hubieron partido cada cual a su destino, me partí yo también con mi chapetón don Francisco con una canoa mediana con ocho indios río arriba, a toparme con el Padre Alfaro a confesarnos aquel año, y cuando llegué a la playa que nos teníamos pactada, ya lo hallé que había tres días que ya me aguardaba.

Tres días estuvimos juntos con mucho gusto. Yo le di cuenta del incremento que tenía en mi pueblo con la agregación de estos nuevos encabellados, porque en breve, en teniendo ya cogida la cosecha de cacao y cera que se me estaba cogiendo, me subiría río arriba con ello, con ánimo de llevarlo hasta Sibundoy personalmente, porque así me convenía a mí y al bien de los indios de mi pueblo. Ya nos despedimos y él se volvió a su pueblo, y yo al mío. Ya que encontramos a mis dos canoas, nos estuvimos tres días con ellos fabricando una balsa, y en ella me bajé unas cuarenta arrobas de cacao que ya tenían cogido y seco, y unas cinco arrobas de cera.

Ya que llegué a mi pueblo, mandé que fueran a traerme dos canoas de greda, y de ellas fabriqué un hornito para cocer pan de maíz. Ya que tuve hecha esta obra, me fui río abajo y despaché una canoíta pequeña a la playa grande a avisar a los que hacían mantecas, para que me viniesen luego sin tardanza alguna al pueblo con la manteca que tuviesen para celebrar Semana Santa que ya estaba cerca. Yo a lo que topé mis dos canoas, me las llevé al pueblo con más de ochenta arrobas de cacao cogido y seco que tenía, y cerca de dos quintales de cera. Y a la misma hora que llegué despaché otra canoíta río arriba, para que viniesen las otras dos canoas. Todos llegaron a buen tiempo, y juntando todo lo que habían traído hallé que había sobre ciento y cincuenta arrobas de cacao, y tres quintales de cera, y cuatro que ya yo tenía, componían ya más de siete quintales, y los de la playa grande trujeron treinta botijas de manteca.

La Semana Santa se celebró muy devota, y para el Jueves Santo tuve tanto pescado fresco de barbudos, tortugas y bagre, que en el convento se hizo convite general para todo el pueblo de arroz con miel ahornado, camero de pescado también ahornado y frito, y pan fresco de maíz que fue el primero que en el pueblo se amasó. La Pascua también se celebró con mucha devoción y alegría, y ya que se pasaron las fiestas, remudé la gente, porque ya era tiempo de coger las rozas y moler la caña. Fuéronse vuelta las canoas cada cual a su destino, y yo me quedé en el pueblo cuidando de moler la caña, y que se cogiesen los frutos de todas las rozas. Y ya que volvieron las canoas, se juntaron en el convento doce quintales de cera y trescientas arrobas de cacao y cincuenta botijas de manteca de tortuga, sin veintidós botijas que repartí entre la gente.

En lo interim que se aviaba todo este negocio, me abrieron en la otra banda del río dos rozas para mis sembrerías, y ya que las tuve sembradas de yuca, maíz, arroz y maní, cada barrio en su paraje abrió sus rozas, y yo les di semilla para sembrarlas. Diles a los nuevos encabellados en común cincuenta novillas de año y diez toritos, cincuenta borregas y diez borregos, y cinco cluecas con sus pollos. Ordené que cada barrio pusiese en sus rozas ya nuevamente cogidas su ganado, y que me dejasen el mío sólo en sus comederos. Me aperé de veinte quintales de bizcocho de maíz, de ochenta monos asados y ahumados y de un novillo hecho tasajo, y embarcando las trescientas arrobas de cacao y doce panes de cera de a quintal; con toda esta provisión, con tres canoas grandes acompañado de cincuenta indios, me subí río arriba con ánimo de llegar hasta Sibundoy, con todo ello, y si fuera menester hasta Pasto.

Ya yo de antemano con el Padre Alfaro tenía adelantada una carta a don Ramón en que le pedía que por el mes de agosto me tuviese en Pasto dos mil varas de tocuyo, y otra tanta de bayeta, cien varas de paño, cien sombreros, cien pares de medias de algodón, doscientos pares de zapatos, ochenta cerraduras, quinientos anzuelos de bagre, mil para barbudos veinte hachas y cincuenta machetes, dos botijas de vino y seis quintales de sal, diciéndole que por dicho tiempo yo le remitiría cacao y cera para pagarle todo.

En principio de junio dejando encargado el pueblo a mi chapetón don Francisco, al Alcalde murciélago y al indio Esteban mi grande amigo, salí del pueblo para Sibundoy. En catorce días llegamos al Amoguaje en donde estuve un día detenido con el Padre Alfaro. De allí pasé a La Concepción, en donde me detuve otro día, y de allí ya no nos detuvimos hasta el puerto del embarcadero, adonde llegamos el tres de julio. En dos días, como ya venían las cargas hechas desde mi pueblo, se traspuso todo en Caquetá y se dejaron solas y bien aseguradas en el puerto las tres canoas.

En siete días se traspuso todo en Mocoa, en donde reposamos dos días, reduciéndolo todo a noventa cargas de cera y cacao, y a cuatro de comida, dejando en Mocoa otras cuatro para comer a la vuelta. De primer viaje se llevaron cuarenta y ocho cargas de cacao y cera, y dos de comida, y estas cincuenta las llevaron mis cincuenta indios, y en cinco días llegamos a Sibundoy. Reposó la gente dos días y se volvieron a traer lo demás. El mismo día que llegué a Sibundoy, alquilé un indio el cual despaché a Pasto al señor don Ramón, pidiéndole que me despachase treinta mulas para remitirle la cera y el cacao, y si ya tenía en su poder mi encargo, me lo remitiese, que yo aguardábale en Sibundoy para conducirlo a mi pueblo. Fuese al otro día el indio, y volvió a los diez días con veinte mulas y una carta de don Ramón, en que me decía que estaba aguardando en breve lo que de Quito le habían de traer, y que me mandaría todo mi encargo junto con las otras diez mulas.

Yo de pronto le remití veinte cargas de cera y cacao. Ya que de. Mocoa acabaron de traer mis indios el resto, nos estuvimos siete días parados, aguardando la ropa de Pasto. A mí no me daba cuidado, porque con el salón y los monos ahumados, y el bizcocho de maíz que comían a toda satisfacción mis indios, no sentían el trabajo, y yo les compré dos cargas de papas, que las había muy buenas en Sibundoy, y con ello estaban contentos, y aunque sentían algún frío, por serlo allí el clima, pero esto se remediaba a fuerza de buenas candelas.

Al cabo de ocho días vinieron de Pasto las otras diez mulas, y con ellas todo mi encargo, con una carta de don Ramón, en que dándome cuenta del costo de cada cosa en particular, sumábalo en 2.530. El flete de Quito hasta Sibundoy en siete cargas 70 pesos, ajustaba la cantidad de 2.650 pesos (1). Yo recibilo todo, y hallándolo todo cabal, le respondí que lo que yo le remitía eran 300 arrobas de cacao, que a tres pesos la arroba montaba 900 pesos, doce quintales de cera, que a dos pesos la libra sumaba 2.400, y todo junto sumaba 3.300 pesos. Y según esta cuenta quedaba en su poder de mi cuenta 550 pesos, de los cuales desmontando el flete de mis treinta cargas desde Sibundoy hasta Pasto en 60 pesos, quedaba limpio de mi cuenta en su poder 490 pesos, y que teniendo ocasión me los emplease en medias de algodón y zapatos para niños y niñas de 8 hasta doce años.

Yo dividí las cargas, y de las siete cargas se las dividí a mis treinta indios, y los otros veinte les hice cargar saparos llenos de papas que compré en Sibundoy, y nos partimos otra vez para adentro, y en ocho días, día 14 de agosto, llegamos a Caquetá. Yo traía de Sibundoy media docena de hostias y al otro día que fue la Asunción de la Virgen María, saqué de una de las dos botijas vino y celebré misa. Al otro día nos fuimos con todo al embarcadero, y se embarcó todo, y a las tres de la tarde nos partimos con las tres canoas río abajo. Al otro día llegamos a San Diego, y sin parar, en cinco días, llegamos a La Concepción, y aquí paramos un día, y le regalé a Fr. José Carvo y al Padre Navarro un saparo de papas que celebraron mucho, un quintal de sal y seis frascos de vino. Partimos al otro día, y en dos días llegamos al Amoguaje y también paramos un día, y también le regalé al Padre Alfaro otro saparo de papas, un quintal de sal y seis frascos de vino, y el resto que quedaba en la botija me lo bebí con mis cincuenta indios.

Partimos al otro día, y el cuarto día de navegación, después que a la tarde estuvimos arranchados en una playa, oímos gemidos en la culata en lo interior del monte. Yo receloso de que no fuera alguna fiera que hubiese peleado con otra, mandé a dos indios que con cautela fueran a ver lo que era. Fueron y volvieron diciendo que era un tigre que les parecía que se quería morir. Entonces metí una bala en mi escopeta, y con cautela con doce indios armados con sus dardos fuimos allá. Llegamos sin ser sentidos, y hubo de ser una tigra que acababa de parir un cachorrito. Yo le tiré un balazo, y la herí en una nalga. Ella dio un salto, y así que descubrió la gente, se subió a un árbol, y daba unos bufidos enseñándonos los colmillos, que todos estaban temblando, y yo más que todos. Volví a cargar mi escopeta, y le tiré otro balazo y se lo metí al pecho.

De la primer herida le salía alguna sangre, pero de esta segunda le salía a chorro. Ella con el dolor más se enfureció dando mayores bufidos. Dio otro salto pretendiendo huir a otro árbol, pero se agarró mal y se cayó entierra. Pero se plantó como que quería embestimos, enseñando las uñas de las manos y los ojos hechos ascuas de candela. Yo que a toda prisa cargaba la escopeta, pero aún no las tenía todas seguras; y más miedo me dio ver que al caer la circuyeron dos indios, dando también bufidos con las narices, y animándose entre sí repetían a toda prisa. Satchet nat gi siaqua, que quiere decir: Démosle a un tiempo todos. Yo que les gritaba: Rrat nay choye, que suena: No se le acerquen. La pobre tigre batallando ya con la muerte se puso de espaldas encorvando manos y pies, y empezó a temblar. Con esto conocí que ya se moría, y así no le volví a tirar.

Ella en breve se desangró y murió. Yo viendo que era tan grande como un grande burro, para llevarme el cuero, que con tanta mancha era muy hermoso, lo mandé atar con bejucos, y que la llevasen arrastrando al rancho. Así se hizo. Llevaron también el cachorrito, el cual murió al otro día. Ya que la tuvimos en el rancho, la mandé desollar, y con arena caliente sobre el cuero estirado lo sequé. Los indios a porfía le sacaron los colmillos y las uñas y entre sí se las repartieron para colgárselas al cuello. Esta noche con la carne y sangraza se hizo una grande pescada, que se cogerían más de cuatro quintales de barbudos y nicuros, y por la madrugada se cogieron cinco bagres, que el menor pesaría cinco arrobas. Cuando yo me levanté y vi tanto pescado cogido, para que no se nos perdiera lo mandé asar, y a fuerza de candela resecar todo, sacando sólo lo que se comió, y para ello nos quedamos aquel día en la playa parados.

Al caer del sol nos partimos río abajo y navegamos toda la noche, y al romper del día nos paramos en otra playa a almorzar y volvimos a armar candela, y acabamos de resecar el pescado. A la tarde se murió el cachorrito, y con él dividido a trozos, se cogieron bastantes barbudos de que cenamos todos, y al caer del sol, volvimos a partir a navegar toda la noche. Y parándonos al amanecer en una playa a almorzar, acertaron a pasar el río unos jabalíes. Luego salimos con las tres canoas, y cogimos nueve. Ellos les atamos la boca, y los maniatamos y los llevamos vivos. Ya estaba cerca el pueblo, y almorzamos a toda prisa, y nos echamos río abajo y llegamos al pueblo que serían las diez del día, y si hubiéramos tardado una hora más a llegar habría sido preciso el matarlos, porque ya no se podía aguantar con el hedor de tanto almizcle que derramaban por el ombligo que tienen sobre los lomos cerca de las nalgas.

Ya que llegamos fue mucha la alegría del pueblo, y ya que me desocupé del recibimiento que nos hicieron, mandé echar a tierra los jabalíes, y que se subiese al convento todo cuanto traía. Contentísimos quedaron todos los del pueblo cuando vieron tanta ropa, sombreros, zapatos, etc. Yo les dije que todo se lo repartiría dentro de breves días, y que todavía traerían más medias y zapatos para los chiquillos y niñas. Yo lo aseguré todo en un cuarto bajo de llave, y mandé a mi chapetón don Francisco que sacase una botija de aguardiente, y se les dio a todos un traguito.

Ya que se sosegó la bulla, mandé a matar los nueve jabalíes, y los repartí entre todos, reservando sólo para comer y cenar los del convento que comimos con plátanos, yucas y papas un buen puchero y una fritada de sangre y asadura. Como de cada barrio habíanme acompañado indios, todo aquel día se pasó preguntándoles por cuanto habían andado y de cuanto habían visto. Y quedaron ellos tan ufanos del viaje, que por muchos meses no hablaban de otra cosa. Yo lo primero clave las cerraduras a todas las casas que no la tenían y de ahí corté lo primero un buen vestido de paño a mi chapetón, le hice dos camisas y calzones, y lo armé con sombrero nuevo, medias y zapatos. Ya que lo tuve todo cosido, empecé a cortar toda la rosa, y puse a hilar algodón a doce mozas, y a coser ropa de toda especie de vestidos de hombres y de mujeres.

En cosa de tres meses se cosió toda la ropa, y a los seis meses vino la canoa anual que bajaba para el Pará de Portugal, a traer el socorro, y me trujo doscientos sombreros, doscientos pares de zapatos, ciento de gente grande y ciento de muchachos y niñas y otras tantas medias de algodón. Ya que lo tuve todo alistado, que fue ya tiempo de carnestolendas, aguardé a repartírselo para Semana Santa, y este año fue el primero en que hice confesar a todos los que ya eran cristianos, excepto Agustinillo porque no quiso dejar una de las dos mujeres que tenía. Y ya también hubo cerca de ciento que comulgaron. Este día de Jueves Santo en que salieron todos vestidos y calzados, grandes y chicos, fue para mí de mucho consuelo y alegría.

Así me fui gobernando, haciendo remisiones a Pasto de cera y cacao, y haciendo traer de allí lo que yo necesitaba, y como ya yo tenía indios prácticos del camino hasta Sibundoy, no me valí ya más para mis remisiones de Fr. José Carvo ni de nadie sino que mandaba a mis indios con cartas para el cura de Sibundoy, y para don Ramón de Pasto, y ellos mismos trasponían las cargas hasta Sibundoy, y traían lo que yo pedía, y siempre iban contentos, porque yo les daba buen avío de comida. Y a los que iban siempre los prefería en alguna cosa en los repartimientos que de lo que traían hacia a la gente.

Con este orden lo fui conservando y poco a poco fue creciendo la cristiandad del pueblo y esto atrajo otra porción de indios murciélagos de doscientas y setenta criaturas, que se agregaron al pueblo del mismo modo que truje a los anteriores, de que se hizo otros barrio al lado de su nación, a quienes con el tiempo proveí de ropa como a todos los demás. Se aumentaron las sembrerías, y como se mataba poco ganado, fue multiplicando, y todos tenían bastante que comer.

Ya que se iban cumpliendo nueve años, escribí a don Ramón una carta, en que le incluí una petición para el Comisario General en que le pedía su licencia para volverme a España al colegio de Arcos de la Frontera, al acabar de completar los diez años. Con orden que al pasar por Pasto dicho Comisario se la entregase, y que me solicitase su despacho, junto con el Guardián del convento. A pocos meses, sobrevino dicho Comisario, que entonces venía de Caracas, de cuya provincia era hijo el M. R. Padre Fr. Pedro Peones, a quien presentó don Ramón mi petición, y al pie de ella me firmó y selló su licencia la que me remitió dicho Síndico, y llegó a mis manos a los tres meses de despachada.

No fue esto tan secreto, que lo llegó a saber en Pasto el Padre Baquero, e inmediatamente escribió al Guardián del colegio, cuya resulta tocaré en llegando a Pasto. Yo dispuse mi salida con todo sigilo, para que los indios no se alborotasen, y así nadie lo llegó a saber, excepto el Padre Alfaro y el Padre Navarro a quienes de paso lo comuniqué. El sistema en que dejé el pueblo era este: entre todos, grandes y chicos, eran 1.472. Adultos bautizados y ritualmente casados 311. Niños bautizados más de 200. Ganado vacuno 512 cabezas. Ovejuno 623 cabezas, 300 quintales de algodón, 220 de lana, 3 telares en que ya se tejía tocuyo, y otros 3 en que se tejía jerga de lana, 170 casas de que constaba el pueblo, un convento bueno, y una iglesia mejor. Un grande platanar, y tres rozas grandes de maíz, yucas, y maní y arroz. Gallos y gallinas más de doscientas cabezas, 52 hachas, 124 machetes, 6 azuelas, 6 cepillos, 3 sierras braceras, y 4 medianas, y toda la gente vestida y bien aperada.
 

1 Así en el original. (regresar 1)

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