Al cabo de siete días partimos de Mahates para la Barranca,
monte adentro, con mulas que nos proveyó el cura, y a cosa de media
legua de camino yo me había quedado atrás con otro sacerdote
aragonés llamado el P. Gil, cuando oímos unos ronquidos espantosos
dentro del monte. Nos figuramos que serían algunas fieras, y como
no sonaban muy lejos, nos dio buen susto y bastante cuidado. A poco
rato sobrevino un indio de los que nos acompañaban, y le
preguntamos qué era aquello, y nos respondió: Son monos cotudos que
andan por el monte. Hay cuatro especies de monos: unos son negros,
y hay de más cuerpo que un hombre. Esta especie tiene grande papada
en la garganta, y allá llaman coto. Y estos son los monos cotudos,
que dan estos ronquidos, y por el monte se oyen a más de una legua
de distancia.
La segunda especie son unos monos colorados, aún más grandes que
un hombre. La tercera son unos monos más medianos, y los llaman
bracilargos. Son de color ceniciento. La cuarta especie son unos
monitos tamañitos como el puño; son también cenicientos, y los
llaman titíes. Todas cuatro especies tiene rabo, y se mantienen de
las frutas del monte. Los colorados, bracilargos y titíes son
comida, y es buena carne, con el sabor de lomo de cerdo muy jugosa.
Los cotudos no se comen, porque hiede algo su carne: pero yo los he
visto comer en Natagaima, como diré cuando llegue
allá.
Los titíes andan por lo común por los guaduales, y el modo de
cogerlos es: pónese la gente bajo de ellos, y al disparar una
escopeta, al trajido de miedo, se caen todos. Dentro de 24 horas
están mansos, y son tan juguetones que exceden en monerías a todos
los monos, pero son muy delicados, y a cualquier exceso se mueren.
Yo crié uno, y de ver pescar a los indios, lo propio era llegar a
la canoa, ya iba él a buscar el volantín, y se ponía a pescar
haciendo mil monerías. Todos los monos para pasar los ríos se
ensartan por el rabo unos a otros, y haciendo una sarta, se
descuelgan de las ramas y empiezan a jamajear, hasta que agarran
las ramas del otro lado, y así sin mojarse pasan todos. Esto lo he
visto yo muchas veces. Ellos al advertir gente, cortan rama, y
empiezan a tirar como quien se defiende; y si cogen la gente abajo,
los mean y los cagan encima.
Esta primer jornada vi unos caracoles más grandes que el puño de
un hombre y el cuello que sacan es como media muñeca de grueso.
Aunque una persona esté 12 pasos retirado, siente el ruido con que
roe la hierba, a modo del susurro que forman en un colmenar las
abejas.
Vi también unos árboles que llaman ceibos, de más de 50 varas de
alto. Su cuerpo no lo abarcarían 8 hombres ensartados mano a mano.
Su corteza tiene tres dedos de grueso, y en los llanos de Piura la
comen las mulas. Cada 3 varas en poca diferencia forma la misma
corteza una rebaba a modo de cercos, que sobresale cosa de dos
dedos. Todo él de igual grueso de arriba a abajo. En la copa tiene
sólo unas ramitas chicas, con unas hojas parecidas a la hoja de
parra. En otras partes he visto el mismo árbol y en la copa ramas
grandes. Unos y otros dan un capullo de algodón algo más fino que
el balso, del tamaño de una mazorca de maíz, y cuando se apelmaza,
al sacarlo al sol, también se esponja como el del balso. Es árbol
algo fofo. Con todo se hacen de él algunas canoas, pero no duran
sino 4 o 5 años, porque luego se pudren con la humedad. Y si fuera
palo recio, se pudiera hacer un barco todo de una pieza, que podría
llevar sobre 2.000 quintales de peso.
A la tarde llegamos a arranchar en un trapiche. Trapiche llaman
el ingenio de moler caña dulce, para hacer azúcar. Son tres palos
parados redondos a punta de compás, de vara y media de alto,
engarzado uno con otro con sus dientes al modo de la rueda de la
matraca. El de en medio tiene su espiga, y con ella engarza la
hembra de un timón como en una noria. Éste tiran caballos o bueyes,
y cuanta caña se mete entre los tres metida por éste y sacada por
el otro, la estrujó de tal suerte que sale hecha una hiesca. El
caldo cae abajo en una canal, y va a dar a una poza donde se
recoge. De allí lo pasan a los fondos de la hornasa, en donde con
la candela se cuaja la miel.
Hay en todo el Perú, en tierra caliente por que sólo en tierra
caliente se da, unos árboles que llaman molle. Árbol grande, flojo,
su hoja parecida al té, y da unos racimos de una tercia real de
largos con unos granitos del tamaño de la pimienta. Su sabor es
como el sabor del lentisco. En el hospital de Cádiz hay uno, y en
Arcos, en una casa, hay otro. Es voz común que es el árbol que da
la pimienta. Es engaño. Si esto fuera pimienta, entonces el Perú
tuviera para vender a los extranjeros que la traen a España. La
ceniza que da quemado este palo es de que se hace la lejía para que
la miel grane y tome punto para azúcar.
Cuatro puntos distintos toma la miel, y cada uno da su especie
de dulce distinto. El primer llaman raspadura, tiene un punto menos
que el azúcar. De esta masa meten en una tabla que tiene unos
vaciados como unos platos, y allí se cuaja. Juntan después una con
otra, y lo envuelven con vástago de plátano, y un envuelto de estos
llaman allá una raspadura. Esto se suele comer a bocados, que no es
muy duro, junto con pan y queso, que son los mixos con quien mejor
casa. El segundo es el alfandoque. Alfandoque es lo propio que la
arropía, y tiene dos puntos ya más bajo que el azúcar. El tercero
es el alfeñique, que tiene medio punto más que el alfandoque. Y el
cuarto es la melcocha, y ésta tiene dos puntos más que el azúcar, y
se hace una masa muy vidriosa.
Los trapiches allá los fabrican de guayacán. El guayacán es un
árbol que sólo fecunda en tierra caliente; no se hace él muy alto,
pero si muy grueso. Da una fruta que en color y hechura afuera y
adentro, parece una castaña. No se come, que es ella muy agria. Hay
3 especies de guayacán: negro, blanco y colorado. El negro es el
que en España llaman ébano. Este no abunda mucho, el blanco y el
colorado sí. Del colorado es que se fabrican los trapiches. Este
guayacán colorado, enterrado o puesto en agua, con el tiempo, no
sólo no se corrompe, antes se vuelve pedernal. Yo he tenido un
pedazo que de un lado era palo y del otro lado ya era pedernal, y
sacaba candela con él. En llegando a los llanos de Patía diré dónde
lo encontré.
Tres especies usan de trapiche. La una es la ya explicada; y si
el dueño es hombre rico, suelen hacer las tres mazas principales
que estrujan la caña de bronce. Y algunos lo hacen rodar con
ingenio de agua a la forma de un molino. La segunda es sólo de dos
palos a la forma del instrumento con que los impresores imprimen
láminas finas. Este no está parado, sino echadas por largo las
mazas sin dientes; de cada lado tiene su espiga, y está engastada
en una hembra, que tiene cuatro brazos, y a pulso un hombre de cada
lado, rodando uno al derecho y otro al revés, estrujan la caña. La
tercera tiene tres mazas con sus dientes, y también es de palos
echados como la segunda; pero en lugar de crucero tiene de cada
lado una rueda hueca, y un mozo puesto dentro de cada una, con poca
violencia lo hace rodar como se ve una semejanza en los puntones
con que los marineros limpian los puertos, y en las hosterías o
figones, que un perro, puesto dentro de una rueda asa las carnes, y
uno y otro se ejecutan sin violencia ninguna.
Al jugo que sacan de la caña llaman allá guarapo. Éste lo
hierven y después lo embotijan, y él por sí se fermenta y toma
punto. Esta es la bebida general en toda tierra caliente del Perú
y, a falta de vino, es la mejor; y si se bebe mucho, embriaga como
el vino. De este guarapo es que sacan el aguardiente que por acá
llaman ron, y para ello es menester que el guarapo tenga el punto
ya con su poco de acedo.
La miel, ya que en el fondo tomó punto de azúcar, la sacan y la
ponen en una pila o canoa, y al enfriarse un poco la reparten a los
pilones, donde se ha de blanquear. Estos cada uno tiene abajo su
agujero, tapado con una coronta de maíz. A los 2 días que ya los
panes de azúcar están ya del todo bien cuajados, toman greda y la
deslíen con un poco de agua y un tantico de lejía de molle, y tapan
con este caldo la superficie de los panes del azúcar, a las 24
horas quitan las corontas de abajo para que vayan purgando toda la
humedad y color moreno. Gota a gota va destilando por el pie una
especie de miel muy denegrida, hasta que se queda el azúcar seca.
La greda que se acentó encima hecha una torta la quitan, a ya bajo
de ella hállase el pan de azúcar, que antes era moreno, blanco.
Esta miel denegrida, que llaman miel de purga, la recogen en un
fondo, y cría en la superficie una costra blanca, que es el azúcar
candi mas fino. Lo demás suelen con ello hacer una especie de
conserva que llaman rallado, con cáscaras de naranjas, limones o
sidras, y no está malo.
Mas para que este caldo de la caña, que ya cociendo se cuajó
miel, tome punto y se proporcione para todo lo dicho, le mezclan un
tantico de la dicha lejía de molle. V(ervi) g(ratia) a 25 botijas
de miel que hay en el fondo hirviendo le ponen la cuarta parte de
un cuartillo de lejía. Esta es como el cuajo de la leche para que
grane. Y todo el tiempo que está la miel hirviendo en el fondo,
como sube al modo del cacao, para que pierda el hervor ni se
derrame, la están continuamente venteando con un medio calabazo
hecho amero, y con el mismo van sacando los espumajos que hace
depurándola del todo. Y estos espumajos los recogen, y también
cuajan azúcar candi, y lo demás se lo comen los negros del
trapiche.
Las hornasas se mantienen a candela proporcionada y ésta se ceba
y mantiene, en vez de leña, con el bagazo de la caña molida. Y esa
misma fecunda, en lugar de estiércol, los cañaverales. Estos sólo
fecundan en tierra caliente, y quieren mucha agua. Y, según más o
menos caliente es el clima, da más o menos tarde corte de caña
madura.
En este trapiche en que arranchamos, como era clima muy
caliente, cada 4 meses daban corte de caña madura los cañaverales.
Y un cañaveral bien cuidado dura 8 años. Y cada corte multiplica
más. Pero ya a los últimos cortes se envejece, y da las cañas
delgadas, cortas y todo nudos, y da poco jugo, y es menester
plantarlo de nuevo. Lo que es planta, porque la caña no da semilla,
es trozos de caña. Estos se entierran bajo la tierra. Y para que la
caña cuando la cortan dé mucho jugo, unos días antes la riegan, y
si llueve, da más jugo que si la riegan, como se experimenta en las
viñas. La gente que anda por los trapiches padece mucho de la
dentadura del comer continuamente dulce y roer caña. El cogollo de
la caña mantiene a los bueyes o bestias de los trapiches muy
gordos, porque es de mucha manutención.
Nosotros el otro día partimos, y a las 3 de la tarde llegamos a
la Barranca. Ya nos tenía el Comisario prevenida una casa en donde
nos hospedamos. El cura nos vino a rogar que a la noche
predicáramos alguna cosa, y que confesáramos la gente. El P.
Navarro, aragonés que venía de presidente, me encargó que yo
predicara, como lo hice. Yo y el P. Alfaro, natural de Calahorra,
nos fuimos a convocar la gente del pueblo para que se examinaran y
para confesar. Allí toda es gente india mestizos y mulatos. Sólo un
cabo hay y 6 soldados, para atacar a los marineros que se huyen de
los barcos del Rey y de los mercantes de España, y también a los
soldados desertores de Cartagena. Nosotros fuimos de casa en casa,
y no encontrábamos más que hombres y mujeres desnudas. El pueblo
tendrá unas 60 hasta 70 casas. Nos aplicamos todos y los
confesamos. Mas allí no hay más confesionarios que una silla, y
para las mujeres hubimos de poner atadas dos cañas y un pañuelo
colgando en lugar de rallo.
Los botes de las cargas vinieron al anochecer, y sin embargo, se
pasó todo en un par de champanes para partir el otro día río
arriba. Champán llaman a unos barcos largos, todos de una pieza la
quilla. Mas a los bordo (sic), con unas falcas les añaden unas
tablas, y les arman su carroza para la gente. Estos navegan siempre
a la margen del río, empujando el barco con palancas desde la proa.
Otros van con palancas sobre la carroza o tolda y a la popa bogan
otros con canaletes. Estas palancas son el tronco de unas palmas,
del grueso de una caña mediana, de color negro, en la punta la
arman con un garabato de jadjaco. El jadjaco es un palo menos que
el guayacán de color amarillo. De él hacen canoas, y una canoa de
jadjaco es eterna. De este palo por lo común se hacen los
estantillos para las iglesias y casas, y también enterrado, con el
tiempo, se vuelve pedernal.
El garabato detrás le labran su espiga, y ésta se mete dentro la
caña de dicha palma, y para asegurarla le fajan una cinta de
majagua. Majagua llaman un árbol. Éste tiene la cáscara de medio
dedo de canto, y quitado la primer peladura queda una cinta de
color de canela muy fuerte y amable. Esta se compone de muchas
telitas, y todas ellas más fuertes que el cáñamo. De estas telas de
majagua se fabrican maromas para los barcos que trafican las costas
en aquellos mares, y sirve también para llevar las cargas a cuestas
en algunas otras partes, como diré en llegando a Barbacoas. Estas
palmitas hay en mucha abundancia, y se hacen más altas que una caña
de sus 2 y tres racimos de fruta. Todas las hojas de dicha palma,
el vástago del racimo y toda la escobilla del racimo, está lleno de
espinas fuertes del largo de una aguja, algo más delgadas. La fruta
del racimo se parece a las ciruelas chicas moradas. Se le quita la
cáscara, y dentro tiene un cocito cubierto de un humor agridulce
muy apetecible, envuelto con una pelusa espesa que parecen cabellos
o felpa de seda de color morado, y yo comí muchas veces dicha
fruta.
De aquí para arriba va cada día hasta llegar a Mompós aumentando
más siempre el calor, ya porque se acerca más la línea, y ya
también porque hasta llegar a Honda jamás entra el viento porque de
un lado y otro, a más de ser todo tierra muy llana, todo es monte
real muy alto y espeso, y así muchísimo el calor que se
padece.
El otro día nos embarcamos río arriba, y a los dos días de
navegación llegamos a la ciudad de Tamalameque. Es ciudad que no
llega a tener 200 vecinos: todas las casas de madera y cobijadas
con hojas de palma. Sólo la iglesia, la casa del cura y unos 10 o
12 blancos que hay tienen las paredes embarradas con greda azul, y
sobre ella una mano de greda blanca. Sólo lo que noté fue: que en
el puerto en donde nos paramos a pasar la noche había una casa y en
ella un hombre tejiendo esteras de unos juncos tan delicados, que
la obra salía muy bonita. El vestido de solos unos calzones, y todo
su cuerno lleno de cicatrices. Yo le pregunté por ello, y averigüe
que era un bárbaro, que, en dándole 8 reales, salía a la playa a
pelear con un caimán, y aquellas cicatrices eran los gajes que
había sacado.
El caimán es un lagarto de 7 y 8 varas, todo vestido de conchas
de a 3 dedos de grueso, tan duras, que, si le tiran un escopetazo,
rechaza la bala. Es animal anfibio, que entra y sale del agua. Pone
su nido de huevos del tamaño de los huevos de pava en las playas
dentro de la arena como las tortugas. Los bogadores, al llegar a
las playas, luego van a buscar los nidos de las tortugas, ya para
comer y ya para pescar también. Los unos se hallan por el rastro
que pintado en la arena deja la tortuga; y de estar ya borrado, van
taloneando en la arena, y por lo más blando se conoce dónde hay
nido de tortuga. La tortuga pone 80 huevos del tamaño del huevo de
gallina, redondos; sólo la tortuga primeriza los pone largos. En
lugar de cáscara tienen una tela blanda como los de los patos.
Dentro en lugar de clara tienen un poco de aguadica, y lo demás es
todo yema. Fritos y asados se comen, y asados guardados al humo se
conservan todo el año, y quitándoles la cascarita, mixturados con
miel es rica comida. Los bogadores los medio vacian, y metiendo
dentro del anzuelo atados al cordel con ello cogen el pescado. En
una playa hubimos de encontrar un nido de huevos de caimán ya para
reventar, los reventamos y dándole a uno con una navaja de cortar
plumas puñaladas se le clavaba la punta, pero no le pasaba dentro
al cuerpo. Esta experiencia la hicimos muchas veces.
El caimán su color es entre ceniciento y verde. Es fiera que
tiene 4 ojos. Dos en el puesto natural, y con estos se gobierna
para pescar y andar por bajo el agua. Otros dos tiene sobre la
cabeza, y con ellos se gobierna fuera del agua. Los animales,
perros y gallinas conocen la voracidad suya, y cuando bajan a beber
al río ladran y cacarean junto al agua, y de ahí aprietan a correr
río arriba a beber, para engañar al caimán, temerosos de sus
garras. Él acude al cacareo o ladrido, y con este ardid que les
enseñó la naturaleza, escapan de sus garras. Lo mismo hacen los
caballos y las reses cuando van a beber al río, y estas
experiencias se ven allí cada día.
El caimán desde la punta del hocico hasta lo último del
carrillo, tiene de cada lado 36 colmillos. Calza 3 vías de
dentadura, y ésta crece a proporción del cuerpo. He visto colmillo
suyo de un jeme de largo, labrado a buril, blanco como marfil,
estaba lo hueco engastado en plata y servía de yesquero. Por
aquella tierra hasta los religiosos y clérigos, todos traen una
sortija de colmillo de caimán, y es voz común que preserva contra
mal aire; y bebido en polvo es contra todo veneno. Y una boca
armada con 116 colmillos salía a embestir, por materia de 8 reales,
este bárbaro. Las armas con que los vencía nos enseñó. Es un chuzo
de chonta, palo muy duro, aguzado de cada lado, y en medio atado un
cordel de majagua. Con la mano empuñado el chuzo, y con la otra
enroscado el cordel, embestía contra el caimán, el cual lo recibía
con una vara de boca abierta; el le metía el brazo en la boca, la
fiera apretaba, y se clavaba el chuzo en la boca con ambas puntas.
Al tenerlo clavado se montaba, en él, y a tirones con el cordel
hasta que lo rendía, y entonces lo volvía a sacar a la playa
desangrado y muerto. En estas violencias había recibido él tantas
heridas, que tenía todo su cuerno lleno de cicatrices. El caimán
tiene un lombrigo al principio del rabo, por donde echa almizcle, y
su carne se la comen aquella gente.
En las playas están ellos amontonados con la boca abierta
comiendo mosquitos que al hedor de su boca acuden en mucha copia. Y
cuando pasan las canoas, ellos hasta que la canoa está unas 10
varas cerca no se mueven. Entonces y con las voces que les dan, de
tropel se echan al agua. Él como tiene la cola tan gruesa y pesada,
no puede ladearse con mucha prisa y es pesado en el andar, que no
alcanza el correr de un hombre. Algunos se han comido alguna gente,
y en cebarse a ello está la gente, hasta que lo matan, muy
sobresaltada y temerosa.
Este mismo hombre era el muy práctico de tirar flechas; lo
hicimos probar, y a tiro proporcionado de unas 30 varas, tirando a
un limón, apenas perdía tiro. El tenía varios arcos y flechas, y me
regaló uno y una flecha, y todos los Padres, cuando arranchábamos
en despoblado, nos entreteníamos a jugar la flecha, y algunos
salimos prácticos. De aquí a Mompós tardamos 14 días, y lo que hay
que decir de singular, como es general en todo el río, lo diré en
el siguiente capítulo.