CAPÍTULO
I
Contiene la descripción de
Cartagena del Perú hasta el pueblo de Mahates, con las cosas
singulares que en este distrito se hallan
singulares.
La ciudad de Cartagena está situada en una playa de arena,
dentro de un puerto llamado Bocachica, cuyo término es muy propio,
porque la boca de dicho puerto es tan chica que dos naves de guerra
a la par no pueden pasar juntas. Dentro es muy grande, y tanto, que
alrededor tendrá sobre tres leguas. En la bocana tiene una
fortaleza y una torre, donde se pone de noche un farol para guía de
los navegantes. Y en la fortaleza el estandarte con las armas del
Rey de España. A mano izquierda, ya dentro del puerto, hay dos
fortalezas, y en medio, en la mitad del puerto, hay otra fortaleza
en un escollo de peña, llamado El Pastelillo.
A la mano derecha, a un lado de la ciudad, sobre de un elevado
cerro, que predomina la ciudad y el puerto, hay un fuerte castillo,
que llaman San Lázaro. Este cerro en la mitad se divide en dos; y
sobre el otro hay un Santuario, que es convento de religiosos
agustinos, cuya patrona es un simulacro de la Virgen Nuestra Señora
llamada la Virgen de la Popa, muy milagrosa, especialmente en
favorecer a los navegantes.
Y ya por ser honra de dicha Señora contaré el milagro que con
nosotros obré. El año de 1756, a mitad de enero, partí del puerto
de Cádiz para Cartagena, alistado a una misión que iba al colegio
de la Virgen de Gracia, cito en la ciudad de Popayán, del Nuevo
Reyno de Granada, en el Virreynato de Santa Fe, y pertenece a la
Provincia de Quito, con una fragata del Marqués de Casa Madrid,
llamada
El césar. La misión conducía de Comisario un
religioso lego español montañés llamado Fr. Lope de San Antonio.
Eramos catorce compañeros sacerdotes, el Comisario y cuatro
donados.
A los ocho días de navegación llegamos a vista de las islas
Fortunatas, que vulgarmente llaman Canarias, y dejándolas a mano
izquierda, nos engolfamos por el golfo que por lo apacible de aquel
mar llaman el Golfo de las Damas. A los veinte y dos días de
navegación nos sobresaltó un temporal con viento de proa, que fue
preciso coger todas las velas, excepto el trinquete. Al mismo
tiempo el cielo se desgajaba en agua, nieve y granizo, con tal
tenacidad, que siendo ya el clima, clima sobremanera cálido, nos
helábamos de frío. Todos los Padres estaban tendidos mareados en la
cámara de abajo, que se les salía de vómito el estómago, y sólo
atendían a confesarse y hacer actos de contrición. Sólo yo, y otro
llamado el P. Jacinto, hijo de la Recolección de la Aguilera, nos
manteníamos en pie. Ellos todo era rogarme intercediese con el
capitán para que virando de bordo nos volviéramos para
España.
Esta especie se la administraron varios mercaderes españoles que
aterrados del temporal, querían persuadir que los pilotos aprobasen
que de pasar adelante habíamos de naufragar. Yo les reconocí
bastante miedo, porque cada rato me llamaban para conjurar la
tempestad. Y para ello era menester que entre cuatro marineros me
sostuviesen agarrado en lo interim que yo hacía los
conjuros.
El mar desde el principio empezó a oliscar un olor marisco tan
fastidioso, que nos revolvía el estómago; y esto es el origen de
los mareos a los poco versados a navegar. Yo ya a más de haberme
criado en puerto de mar, estaba curtido a la navegación, y había
experimentado en el Golfo de León la tempestad del año anterior de
1755 el día de Todos los Santos, cuando el mar se quiso tragar a
Cádiz, como se había tragado en el Perú el Callao. Fue muy mayor el
temporal, y duró sin ver sol ni luna treinta y ocho días; y así no
me daba mucho cuidado.
El tercero día de madrugada el Capitán convocó la gente de la
cámara y se determinó hacer un voto de ir a pie descalzo a visitar
la sobredicha Virgen de la Popa, y llevarle en donativo lo que
valía el trinquete, si nos salvaba del naufragio. Y para que
entrase en ello la marinería, me llamaron a mí para hacerles una
exhortación. Así se hizo. Y a una voz de todos invocando el
patrocinio de la Señora se hizo el voto.
Empezaba entonces a rayar el día y yo me entré en la cámara, y
tomando el Breviario me puse a rezar Maytines, y al llegar al
Primer Nocturno, sentí tanta algazara y gritería de la
marinería, que sospeché que algún chubasco había roto la yerga del
trinquete. Salí corriendo y hallé que eran voces de alegría, y
vítores a la Virgen de la Popa, porque de repente se mudó el viento
de proa en viento de popa: Y dentro de cuatro minutos que habían
pasado ya aplacado tan del todo la tempestad, que lo que antes era
furia se mudó en tranquilidad apacible. A la que yo reconocí virado
el trinquete lleno de viento próspero y feliz, empecé a repicar la
campana de popa, y convocada la gente, entoné la Salve Regina, la
que se cantó con la alegría que se deja considerar. Y llegados ya a
Cartagena, todos nosotros fuimos a cumplir el voto, y cantamos una
misa solemne a la Señora. Y el Prior del convento y toda la
comunidad nos obsequió con mucha atención.
En la referida tempestad se mareó el vino y el agua con tal
hedor que era menester para beber taparse la nariz. Mas al cabo de
doce días volvió todo a componer en su temple natural. Dos cosas
noté singulares: una en el mar, y esta contiene tres. La primera,
vi un pescado, que dijeron se llama Ángel. Es cierto que quien le
puso el nombre lo adaptó con su hermosura. El tendría tres o cuatro
varas de largo. Su figura es llana como un lenguado, y saliéndole
la cabeza en proporción forma un cuello de cosa de un palmo, y de
cada lado tiene dos alas, que le llegan hasta la tercera parte del
cuerpo, y estas las juega abriéndolas y cerrándolas, como un hombre
los brazos para nadar. Su color es blanco con una especie de blanco
tan diáfano, que parece un cristal. Está todo su cuerpo tachonado
de una especie de estrellas tan resplandecientes, que supongo que
serán sus escamas, que sobrepujan en gran manera en hermosura,
blancura y resplandor a lo demás del cuerpo. Él se estuvo junto a
las ventanas de la cámara grande rato, y todos mirándolo tan
admirados de su hermosura, que nos parecía un ángel. Ya que nos
desocupamos de la admiración, quisieron proporcionar instrumentos
para cogerlo, pero ya fue tarde, porque él se fue y no lo vimos
más.
También en todo el golfo vi unos pescados que llaman voladores,
porque vuelan saltando del agua por el aire, y dan un vuelo de más
de doscientas varas de largo. Es el caso que hay unos pescados
grandes, que llaman taurones, que los persiguen, y ellos para
escapar levantan el vuelo por el aire. Ellos andan en bandadas y
se levantarán de una vez más de mil. Y como esto era continuo todo
el día, algunos cayeron en las mesas de guarnición, y los cogieron
los marineros, y yo tuve la dicha de tenerlo en la mano. Es una
especie de sardina, que tiene una cuarta y media de largo, y las
alas que tiene junto a las agallas son tan largas como su cuerpo, y
a proporción de ancho. Así lo proveyó la naturaleza para poder
escapar de los taurones. Su volar es como las golondrinas cuando
menean las alas a toda prisa. El vuelo le dura hasta que con el
aire se le reseca la humedad, y de improviso, como de golpe, se cae
en el agua, porque se le para el juego de las alas.
A lo que llegamos a descubrir la Martinica, los pilotos, por no
ir a tropezar en una máquina de islas que hay a la costa de
Cartagena más afuera, prosiguieron por el golfo arriba hasta montar
sobre las islas. Viraron después de bordo para oriente, para ir a
topar el puerto de Bocachica, y unos días antes de llegar
descubrimos una armada de 60 navíos ingleses que iban para Jamaica.
Uno vino a reconocernos, a ver si éramos franceses, con quienes
ellos estaban en actual guerra. Ya que se acercó un poco nos echó
un cañonazo, y puso bandera francesa. El cañonazo en ley marina
quiere decir que quitáramos velas, y que lo aguardásemos. Así se
hizo. En lo interim que llegaba se hacían varios proyectos, si
seria francés o inglés. Nosotros le pusimos la bandera de España.
El venía viento en popa a todo trapo con todas las portañuelas
cerradas, echó el zafarrancho; y un poco antes de llegar nos echó
otro cañonazo que en ley marina quiere decir asegura bandera. Mas
al mismo tiempo, a un toque de fisquete, cala bandera y gallardete
francesa, y monta bandera y gallardete inglesa, y al mismo tiempo
abre todas las portañuelas y saca la artillería, y sobre el cumbes
pone milicia arreglada. Hasta encima de las cofas traía batería. Él
había ya recogido todos los estrayes y velas menores y enfachando
la mitad de las mayores se nos vino a emparejar con nosotros con
alguna distancia. Como toda esta maniobra se hizo a un tiempo, la
mayor parte de los pasajeros principalmente se quedaron sin pulsos
y perdido el color. Nos hablaron con la bocina, y vino con el
sereno un cabo a nuestro bordo, para certificar si éramos o no
españoles. Era una fragata de 60 cañones que ya tenía hechas 13
presas francesas. En nuestra fragata no había quien entendiese la
lengua inglesa. Yo dije al cabo en lengua italiana si la entendía.
Y me respondió que no. Le pregunté en lengua holandesa:
¿Ey
spric ollans?, que quiere decir: ¿Entiendes la lengua
holandesa? Él me respondió:
His Freyn. Que quiere decir: Sí,
paisano. Y así en lengua holandesa le respondí a cuanto preguntó.
El se fue, y al llegar a bordo nos saludaron con un viva el Rey, y
nosotros correspondimos con otro. Se echaron varios cañonazos, y
tomó cada uno su bordada. En todo aquel viaje desde Canarias para
adelante se cundió tal plaga de piojos sin reserva, que un marqués
que iba para Lima se mudaba ocho camisas cada día y cada vez que se
mudaba se hallaban en su camisa sobre 500 piojos. Nosotros y la
demás gente que no traíamos tantas camisas que mudar, cómo
estaríamos. Mas cosa de 8 días antes de llegar, de improviso, de la
noche a la mañana, se murieron todos, que en todo el navío no se
encontraba uno. Lo otro que noté al llegar a tierra: que todas las
liendres que traíamos apestado el hábito, todas se secaron y se
cayeron, y quedamos del todo limpios de esa plaga.
Dimos fondo en Bocachica a los 56 días de navegación, cerca las
11 del día. Y hasta el otro día no nos dieron patria. Por la tarde
con la lancha saltamos a tierra, en un escollo, y fuimos a ver una
fortaleza de las dos que traigo apuntadas, que entonces se estaba
fabricando. Trabajan en la obra muchos negros y algunos forzados. A
la que se levantó mano del trabajo, fueron juntos a una casa de un
cabo, el cual tenía en una mesa un
montón de plata en reales
y medios reales, y a todos les fue dando su jornal. Noto que en
todo el Perú no corre ni hay moneda de cobre. Allí las monedas que
hay son de plata y oro. Las de plata son: cuartillos, medio real,
real, real de a dos, de a cuatro y de a ocho que es un peso duro.
Allí no se entiende peso sencillo. Las monedas de oro son: escudos,
o castellanos, que componen dos pesos, doblones de a cuatro, de a
ocho y de diez y seis.
Reparé que delante la casa de dicho cabo salieron una máquina de
gateras negras. Así se llaman las mujeres que venden en las plazas
sentadas en la tierra, y alineadas formaron una plaza, cada una con
sus comistrajes de comer para vender a los negros y forzados.
Reparamos también que algunas negras venían llevando sobre la
cabeza unos platones grandes de una a otra parte. Como eran muchas,
se nos excitó la curiosidad de saber qué habían de hacer con tantos
platones. Llegamos a un hombre que vendía tasajo: así llaman a la
carne salada y seca al sol, y advierto que en Cartagena no hay
carne fresca, sino de aves. Yo le pregunté Patrón ¿para qué son
estos platones que traen estas negras? El me respondió: Padre, esto
no son platos. Antes este es el pan que por lo común se come en
esta tierra. A esto le llaman cazabe. Él allí tenía un pedazo y nos
lo dio a probar, y nos pareció malísimo.
El cazabe es una mata que hace unas hojas de una vara de largo y
tres cuartas de ancho, por lo menos, formando la figura de un
broquel, con un color verde muy ameno. Cada hoja cría cosa de
cuatro dedos de tronquito, y la mata no llega a levantar tres
cuartas del vástago. Fecunda mucho en tierra caliente y húmeda, y
da una raíz como el nabo, solo que tiene la corteza parda. Y está
mayor o menor conforme fuere el clima más o menos caliente y
húmedo. En Pasacaballos vi una de esta raíces que pesaría sobre dos
arrobas. Estas se limpian y se hacen trozos, y se ponen en remojo,
y a los tres días ya están blandos; los prensan y les sacan el
jugo, y queda una masa blanca. Esta se tuesta y queda hecho harina
grumosa. Esta harina la amasan sin levadura, con sola agua tibia, y
forman estas tortas, que nosotros juzgábamos platos. Estas las
tuestan en una callana. Callana llaman a un tiesto como un plato.
Éste ponen a la candela y sobre ella la torta, y así se cuece este
pan. Mas la mata de cazabe no tiene mas beneficio para que fecunde
sino tomar un pedazo de vástago y clavarlo en la tierra, y a los
ocho días ya raizó. Y a los 4 meses ya la raíz está
sazonada.
El otro día al amanecer se pasó la fragata un poco más a tierra,
y vinieron a bordo una máquina de canoas. Canoa se llama un
barquillo todo de una pieza, hecha de un palo, a modo de una artesa
de 10 o 12 varas de largo. Éstas las hacen andar con canalete.
Canalete llaman a una pala semejante a una pala de horno, porque no
puede armarse con remos ni velas. Traían para vender cocos, piñas y
plátanos verdes y medio maduros.
El coco es una fruta que da una palma como la palma que da
dátiles, sólo que la palma de coco, por sí se despoja de sus ramas
anualmente, y queda siempre con el tronco limpio, sólo con la señal
donde tuvo las hojas. Da sus racimos de cocos asimismo como los
dátiles su palma. Cada coco es del tamaño de un melón de color
verde. En empezando a madurar se vuelve amarillo, y después musgo
cuando ya está del todo maduro. La cáscara que tiene, tiene cosa de
tres dedos de grueso. A la parte de fuera es recia como el pie de
la hoja de una palma, y a la parte de dentro es estoposa tanto, que
de dicha estopa calafatean los barcos los marineros. Dentro tiene
la fruta que llamamos coco, a la parte inferior redonda, y a la
parte superior ovalada, con tres agujeros en triángulo, tapados con
una telita. Dentro está lleno de agua blancuzca muy fresca para
refrescar el cuerpo, con sabor de avellana. Todo alrededor tiene
apegada la comida, blanca, del canto de un peso duro, con sabor de
avellana. Cuando está verde es comida regalada, que raspándosela
con una cuchara, que está muy tierna, parece una cuajada de leche;
y los cocos así llaman pipas. En llegando a madurar, ya en comiendo
mucho, de lo aceitoso que es, da un poco de fastidio y carraspera a
la garganta, y su comida se reduce a chuparle el jugo, y lo demás
se vuelve serriso. Mas en Cartagena lo confitan y llenan de ello
cajetas, y es una confitura muy especial que llaman
cocada.
Cada racimo cuaja cinco o seis docenas de cocos, y cada año
cinco o seis racimos cada palma. Los que maduran del todo en la
palma, a su tiempo la misma palma abre la primera cáscara, como el
almendro en las almendras, y larga el coco de adentro, y aunque sea
la palma muy alta, no se quiebra, que tiene el hueso muy duro que
es coco. Es él del tamaño de una bala de artillería de a 24. Y de
grueso o canto tiene como dos pesos duros. Su color negro entre
musgo. Con el tiempo cría dentro de tolondrón blanco esponjoso, que
llaman esponja de coco. Ésta va creciendo al tiempo que poco a poco
va bebiéndose el agua. Esta esponja es la comida más regalada que
tiene el coco. La otra comida que tiene apegada a su cáscara, al
empezarle a faltar el agua, se convierte en una especie de manteca
de color de miel, y tan dulce como miel. En un pueblo estuve, como
diré adelante, en donde mantienen las lámparas de la Iglesia todo
el año ardiendo con un aceite de esta manteca de coco. La esponja
que cría dentro se come todo esto, y tanto engorda, que por fin
rompe las tres telitas de los tres agujeros, y por allí saca tres
pies y los clava a la tierra que son tres raíces. Rompe después el
coco y sale ya de la esponja una palma de cocos, y a los seis o
siete años ya da fruto.
La piña es una fruta semejante a lo exterior a las piñas que dan
los pinos. Ésta la cría una mata de cosa de una vara de alto, y sus
hojas son unas pencas, como las pencas de la pita, de un jeme de
largo, y a la punta tiene su puñalito, como las dichas pencas, y de
un lado y otro formada una sierra de puntas también. Es mata muy
coposa y da muchos cogollos, y a la punta de cada cogollo cría una
piña, y en el ojo de cada una cría otro cogollo de pencas. Estos
cogollos son los que se plantan para criar los piñales. Es mata que
sólo fecunda en clima caliente, y quiere mucha agua; y con sólo
clavarla en la tierra, a los ocho días ya sacó raíces y a los
cuatro o seis meses ya da piñas. La piña es del tamaño de un coco,
de color verde, y al madurar se pone amarilla y echa de sí una
fragancia muy suave. Aquellos arquitos no son pencas que se abran
como la piña del pino, sino que es su corteza que tiene aquella
forma. Por el pie tiene un tronco del grueso de una caña gruesa. De
ahí se agarra, y con una navaja se le quita la corteza, y dentro su
comida, sin pepita ninguna, es al modo de una naranja china, sin
gajos. Su sabor es entre dulce y asedo moscatel.
Es de las más regaladas frutas que tiene el Perú, ni hay en
España fruta que la iguale. Es fruta muy fresca para el cuerpo; mas
tras ella toda bebida sabe mal en el sabor. Es fruta que cogida
verde, una vez que ya ella esté hecha, o sazonada, madura más a
prisa que en la mata. De ella se hace conserva con almíbar; mas a
sí antes pierde que gana de su nativo sabor moscatel. También hecha
pedazos la meten en agua, y al cabo de cuatro días la prensan, y el
jugo que da lo mixturan con la misma agua, y todo junto se bebe y
es buena bebida, y se llama masato.
El plátano es una mata que se levanta 6 y 8 varas del grueso de
un muslo en poca diferencia. Produce 10 o 12 hojas, y cada una de
ellas tiene de largo 3 varas en poca diferencia, y de ancho vara y
media de un verde apacible. Las hojas las cría arrolladas y poco a
poco las desplega, y al desplegar la última saca de un medio un
cogollo que en el cabo tiene un capullo tamaño un poco más que un
puño, cuya figura y color es como un capullo de rosa puesto ya para
reventar. Y así como éste abre poco a poco sus hojas, asimismo
aquél, y cada hoja que abre, manifiesta una mano con cinco dedos,
que son cinco frutas que llamamos plátanos. Lo regular abre sólo de
40 a 50. hojas, y todavía no abrió sino cosa de la mitad del
capullo; y si alguna mata abre más, es preciso apuntalarla, y de no
el peso del racimo de plátanos quebrará la mata con su peso antes
que madure. Cada plátano tiene su cáscara como el rábano, y dentro
de ésta lo que se come. La cáscara de color verde, y al madurar se
pone amarillo, y echa una fragancia muy apacible. La comida verde
está blanca, y madura es de color de oro. La mata no es palo, sino
que se compone de telas, hasta el corazón, y las bestias lo suelen
comer. El capullo así como va abriendo las hojas va criando
vástagos, y ellas se caen y así forma un racimo de una vara de alto
con 200 y hasta 300 plátanos. La mata en habiendo dado maduro el
racimo, si no la cortan, se muere. Es mata que sólo fecunda en
tierra caliente, y quiere mucha agua. Ella hijea; esto es: de su
raíz nacen 5, 6 y 7 matas, y 8 también a veces.
Hay cuatro especies de plátanos, esto es: hartones. Son los
mayores, que cada uno tendrá una cuarta y cuatro dedos de largo, y
del grueso de la muñeca, como un pepino. Otros llaman hartones
guineos y estos no llegan a un jeme de largo, y tienen el sabor
moscatel, y echan de sí más suave fragancia. Otros se llaman
dominicos, de largo tienen un palmo, y son más delgados que los
hartones, y su comida más delicada. Otros se llaman dominicos
guineos y de largo tienen cuatro dedos, y a proporción su grueso.
Su sabor es moscatel el más fino de todos. Es toda esta fruta que
más presto madura fuera de la mata; y los guineos, unos y otros, al
madurar, suelen romper la cáscara, y destilan un licor como
almíbar.
El plátano, cuantas tajadas se hicieren en redondo, tienen
grabado de cada lado una figura de Cristo crucificado. Los plátanos
son la mitad de la manutención del Perú. Su gusto declina en dulce,
y no puedo decir como es, porque España no hay cosa que se le
parezca. El se come verde en la olla, y maduro mejor. Se come
asado, verde y maduro. Se come maduro por sí solo; y de él ya acedo
y pasado de maduro, se hace bebida, y aún conserva. Frito hecho
tajadas es muy delicado, y verde escaldado se conserva todo el
año.
En tierra y clima caliente teniendo abundancia de agua, a los 4
meses de plantada la mata ya tiene plátanos maduros. Y no tiene más
cultivo que clavar la matita en la tierra, que a los 8 días ya
arraizó, y al año limpian el platanar de las otras hierbas; y sus
mismas hojas y troncos, después de cortadas, sirven de fecundar la
tierra. Los plátanos verdes desgajados y enterrados bajo tierra
maduran más presto y se ponen mucho más sabroso. Los guisos que del
plátano se hacen se dirá a su tiempo.
Y volviendo a las canoas, a la que nosotros vimos los cocos,
plátanos y piñas, solicitamos probar aquellas frutas. Hubo de haber
una canoa en que venía un mallorquín. Éste me dio unos plátanos
verdes, y me advirtió que sólo cocidos se comían los verdes. Yo no
entendí de razones, sino que a la que yo lo tuve en las manos rompí
uno, y con cáscara y todo fui a morder, a ver qué gusto tenía. Me
supo mal. Ya se ve, porque a más de estar verde, la cáscara es
desabrida. Formé mal concepto de los plátanos, hasta que en el
convento los comí como se deben comer, y entonces conocí lo
sabroso, sustancial y provechoso que es el plátano. Algunos
compraron piñas y cocos y nos dieron a probar, y nos supo muy
bien.
El Comisario Fr. Lope despachó una esquela al Guardián de
nuestro convento para que nos hospedara, en lo interim que se
proporcionaba avío para pasar tierra adentro. Fue tan comedido que
nos despachó 4 religiosos a darnos la bienvenida. Nosotros nos
quedamos admirados de verlos, porque estaban muy flacos, macilentos
y descoloridos; y preguntando por la causa, es el ir en aquella
tierra con el cuerpo desabrigado, sudar continuamente de día y de
noche, porque Cartagena está en... (sic) grados de altura del Polo
Ártico, y así es su clima muy caliente. Los religiosos no pueden
aguantar el hábito, ni túnica de sayal. Usan camisa de bretaña, y
hábito de crea aplomada; y como por otra parte se bebe poco vino,
porque de España se provee todo el Virreinato, y va muy caro. Con
esto el estómago, ya por el poco fomento interior, y el desabrigo
exterior, desudándose por otra parte el cuerpo, ya con el sudor
continuo y ya también en el desagüe del esputo, por el continuo
chupar tabaco, no cría aquella gente colores, ni robustez maciza.
La gente trafica de madrugada, porque a las 8 del día hasta las
cuatro de la tarde, todos se recogen por el calor excesivo. Y aun
la fortuna que hay es que a las 9 del día ya entran las brisas del
mar, con cuyo fresco se templa un poco el calor.
La ciudad está amurallada, tiene su foso y arte para llenarlo
con agua del mar. Está retirada del puerto como unos 500 pasos. En
este antemural hay una plaza, en donde las negras gateras venden
vitualla de comer. A mano derecha está nuestro convento de la
observancia, y hay un barrio que llaman Getsemaní, y la mayor parte
de las casas el techo es de hoja de palma cobijado. Detrás de la
ciudad hay otro convento de Recoletos nuestros. En la ciudad hay
religiosos mercedarios y de San Juan de Dios, y en este hospital vi
un pájaro más grande que un avestruz. Todo él blanco con el cuello
sin plumas, que no la cría, y al pescuezo tres gargantillas de
pluma amarilla, negra y colorada. Su hechura es como la cigüeña en
un todo; pero tiene más pico, porque éste que vi, siendo el más
alto de pierna que un burro, tendría cerca de tres varas de pico.
Es pájaro inmundo, que anda por las lagunas comiendo guzarapos. Lo
llaman garzote. No se levanta en el aire, sólo da un vuelo como el
pavo. Las plumas mayores de sus alas tienen el cañuto del tamaño
del dedo índice de un hombre.
Otro pájaro marino vi, que lo tenía atado el sacristán, y lo
llaman piojoso, porque está fornido de piojos, tanto que en cada
pluma de las alas tendrá más de 500. Es del tamaño de un buitre. Su
hechura es como la lechuza. Otro pájaro vi, del tamaño de la
cucujada, y lo llaman secretario, deducido el nombre de su natural,
porque se sustenta de la inmundicia de las letrinas. Es de color
ceniciento con pintas blancas y negras, la cabeza azul turquí y
pecho blanco. Canta a punto de solfa, y forma tres puntos que son
sol,
mi, ut.
Otro pájaro vi, del tamaño de un mosco, con el pico como una
aguja encorvada, y en la cola tres plumas más largas que las otras
como el gallo. Su color es verde oscuro plateado, y a los
vislumbres que se mira, hace una variedad de tantos colores
lustrosos, que embelesan la vista. Su natural y modo de volar es lo
propio que una abeja, porque él va de flor en flor chupando el
rocío y de esto se sustenta. Rara vez se para. Anida en el cogollo
de los plátanos, y sus huevos son más ricos que un grano de
pimienta. Sin embargo, de haberme asegurado el sacristán haber
topado su nido en la huerta y haber visto sus huevos, yo no quería
creer que fuese pájaro, sino algún mosco, ni lo creí hasta que lo
tuve en las manos. Es muy fornido de pluma, y, desplumado su
cuerpo, no llega al cuerpo de un tábano. Lo llaman
tominejo.
Otro pájaro vi del tamaño de un cuervo o grajo. Su figura es de
loro, sólo que en cola tiene 4 plumas un jeme más largas que las
otras, y le dan mucho aseo. Lo llaman guacamaya. Es más torpe que
el loro, y con dificultad llega a hablar. Es él muy dañino, porque
cuanto coge con el pico, todo lo destroza. Hay de éstos 3 especies:
unos visten el cuerpo todo de plumas blancas, verdes, azules,
amarillas y carmesí; otros son todo carmesíes. Estas dos especies
sólo se crían en los montes donde viven unos indios bravos,
llamados andaquies, en frontera de la ciudad de Timaná, de la otra
parte del Río Verde. La otra especie es algo más rica, y viste el
cuerpo todo de color azul plateado, y bajo las alas color de oro
fino y muy acendrado.
De estos hay muchísimos, y todas tres especies hacen mucho daño
en los maizales y platanares, que es lo que ellos comen. Tronchan
entero un plátano y una mazorca, y se la llevan.
Otro pájaro vi, que llaman silbador, porque su cantar natural es
un silbo. Es un lorito del tamaño de un gorrión, y, en enseñarlo,
habla como los loros. Vi uno en una casa que hablaba, y de ir por
el gallinero, cacareaba también como las gallinas, y a ratos
cantaba como el gallo.
El traje de las señoras es: una camisa con labores de seda de
colores, y que es de hilo de oro y plata también, formando un
cuello de tres dedos de ancho, y a la caída de un lado y otro un
cuadrado, que llaman pechitos. Y en las faldas un encaje de 4 dedos
de ancho. Sobre la camisa con las mangas sin puños, anchas, con los
remates de encaje, visten un fustán de bretaña, y alrededor encaje
o fleje, uno y otro con juntas. No usan jubón, si sólo se rebosan
con un reboso de bretaña o clarín con su punta de encaje. Para
salir de casa usan manto de tafetán y saya de lo mismo, su media de
seda con cuchilla labrada, y en lugar de zapato calzan pantojas,
que es una jinela con dos dedos de suela, y en el empeine no llegan
a cubrir los dedos, porque todo el empeine no tiene tres. Pero este
poquito muy bordado de seda, y en los bordes un listoncito de seda
fruncido. Más todo alrededor de la suela, a la parte superior,
guarnecida de un galoncito de plata o oro. Pero su gala principal
consiste en dos cosas: la primera es que cuando la señora sale de
la casa vayan tras ella, una tras otra, todas las esclavas que
tienen blancas y negras. Y la que lleva más es la que lleva la
palma. La segunda es que para mandar algún recaudo o regalito, la
esclava que lo lleva la engalanan con mucha gargantilla, zarcillo y
cadenas de oro, manillas de perlas, y lo que lleva va tapado con un
paño muy rico todo bordado de seda en variedad de
colores.
Las señoras y las esclavas se ocupan en hacer cigarros de tabaco
para vender. Allí no se usan de papel, ni pipas tampoco: con el
mismo cigarro se chupa. Y a medio chupar, le matan la candela y se
ponen el medio cigarro tras de la oreja. Es tan común allá este
vicio, que por la calle hombres y mujeres todos chupan. Hasta las
monjas en la reja, cuando tienen visitas, al instante les despachan
candela y cigarros, y ellas a la parte de adentro también toman su
cigarro. Y en cualquier casa que vaya uno de visita, al instante le
sacan tabaco y cigarros. Las señoras su estrado es: una hamaca.
Hamaca llaman una red colgada en el aire de un lado y otro, que
levanta del suelo como 3 cuartas. Estas las tejen de algodón, y en
los bordes mucho fleje. Otras hay más ordinarias, que las fabrican
en Panamá de palmiche teñido en varios colores; y otras más
inferiores de lo mismo, y éstas las fabrican los indios en el Río
de la Magdalena. Se llama así este río, porque el día de Santa
María Magdalena lo conquistaron los españoles.
El palmiche de que se fabrican esta hamacas son las hojas de una
palma, que cada hojita de un lado y otro está guarnecida de
espinas. Y sin embargo de no ser de doblado cuerpo, con la punta de
una aguja se le sacan dos telas muy delgadas; éstas las reducen a
hebras, y de ellas hilan el volantín de que se fabrican dichas
hamacas. En estas hamacas sentadas, meciéndose buscando el fresco,
están las señoras; y como visten el fustán algo alto, no está muy
honesto. La gente ordinaria viste angaripola, y para la iglesia
reboso de bayeta. La negrería y gente india su vestido en los
hombres es unos calzones de tocuyo, (tocuyo llaman una tela de
algodón muy basta que se fabrica en la ciudad de Tunja, más allá de
Santa Fe), y un capisayo de estambre negro, que es una manta
abierta en medio, por donde meten la cabeza y queda hasta la
rodilla de largo, sin camisa ni montera, descalzos de pie y
pierna.
Mas los barberos, alrededor de la abertura llevan un sobrepuesto
de encaje de cuatro dedos. Este adorno en unos y otros es para la
iglesia, porque su ordinario no es más que los calzones con lo
demás desnudo. Las mujeres una follera y un reboso de bayeta de la
tierra para la iglesia. Muy rara la que trae camisa de tocuyo. Y
aun a confesar van sin camisa. En casa y por la calle van con las
dos varas y media de bayeta, ceñido el cuerpo a la cintura, y lo
demás al aire. Al principio nos causaba escándalo, pero como es
continuo ver, los ojos se hacen a ello y con el tiempo ya no causa
extrañeza.
Las señoras sus haciendas son los esclavos. De mañana los
despachan, de 10 años para arriba hombres y mujeres, a buscar la
vida. Ellos se han de mantener, y a la noche cada uno ha de llevar
un real a su amo. Este estilo, mas dijera abuso, es un fomento de
pecados.
Los caballeros visten crea teñida y chupa de bretaña muy
bordada, y capote de camello. Vestido militar sólo por Pascua y
Semana Santa. Su gala es un quitasol muy grande con su falda de
damasco, con su fleje y el asta muy larga. Éste lleva un negro muy
auténtico con su camisa con vuelos, su sombrero y
capote.
Pan y vino sólo los caballeros lo usan. Mas la comida regular de
esta gente, gente eclesiástica y regular, por lo común se reduce a
un guiso de tasajo y una olla de tasajo, yucas, arracachas,
camotes, cazabe o ñame y sapallo.
Otro guiso hacen de huevos duros con salsa de maní tostado, con
mucho ají compuesto todo. Y suele también esta gente comer arroz
con las mismas carnes y fuerza de ají. Y para postre ordinario miel
de caña migada con queso fresco.
En todo el Perú todos los chapetones (así llaman a los
españoles) usan cuchara y tenedor; la gente criolla come con las
manos, aún las más señoras. Cucharas de plata sólo se usan para
tomar cacao, y tras de él una rebanada de pan y un taco de queso
fresco. La gente ordinaria su comida es un sancocho con cazabe por
pan, o bollo, o arepa, y su postre de miel migada con queso. Pobres
y ricos todos allí por la mañana, hasta los negros, todos toman
cacao con pan quien lo tiene, y si no, un plátano. Tras del cacao
almuerzan huevos fritos y mucho ají; y quien puede compra
tamales.
Por la noche, por regular, cenan pescado fresco; y la negrería y
gente pobre una tasa de champuz y su dulce y queso. Por la tarde se
vuelve a tomar cacao, y la gente rica lo toma también después de
comer y cenar.