INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO VII


 

Contiene la agregación y aumento de la nación de los indios encabellados.

 

Con el alegre repique de las dos campanas se les excitó a los indios encabellados el deseo de aumentar y ser tantos en número como eran los murciélagos, y como este año había entrado el Alcalde encabellado, al otro día de este festejo juntó a los dos Regidores de su nación y al indio Agustinillo, y tuvieron en secreto este parlamento: Al Padre ahora le han traído mucha ropa y herramienta y otras cosas; no sea cosa que él vaya con los murciélagos río abajo, y traiga más gente de su nación. Ahora antes que lo reparta, vamos a llamar a nuestros parientes. Todos cuatro convinieron en ello, y resolvieron ir allá sin darme noticia alguna a mí.

Pidiéronme licencia para ir a buscar comida aquella semana, y se fueron monte adentro de donde estaban ellos, viviendo juntos a una quebrada cinco días de mi pueblo. No fue esto tan secreto que no se divulgase algo entre los de la nación encabellada, y de unos a otros lo vino a saber el indio viejo mi amigo, a quien como fue el primero que se bautizó, le puse el nombre de Esteban. Luego me lo vino a decir con gran secreto. Yo para acabar de darles a entender que el santo Cristo me decía todo lo que entre ellos pasaba, le respondí: Ya yo ha cinco días que lo sé, porque el domingo en la misa me lo dijo el santo Cristo. Pero ahora nos vendrán, sino después de muchos días. Esto le dije, porque me figuré que ellos, si yo no iba, no querían venir. Y aunque no fue menester que yo fuera, pero sucedió así que no vinieron con ellos, sino después de un mes.

Ellos allá contrataron que viniesen unos tantos, como que sólo venían a ver a sus parientes, y con esta ocasión ver el pueblo que se había formado, y explorar mi ánimo a ver si los quería en el pueblo. Todo esto lo supe yo, porque cuando vinieron, el viejo Esteban les dijo: Ya el Padre sabe todo el negocio de vuestro viaje, y me ha dicho que cuando fuisteis, ya lo sabía, porque en la misa se lo dijo el santo Cristo. Ellos viéndose descubiertos, me vinieron a decir que habían topado con ellos casualmente y que querían venir a ver el pueblo y pedirme unos eslabones y pedernales. Yo les dije: A mí no me habéis de engañar. Yo sé a dónde habéis ido, y lo que habéis hablado también. En pasando unos días vendrán vuestros parientes, y yo los vestiré y vosotros les haréis casas y estarán aquí con nosotros. Ellos creyeron que ya yo todo lo sabía y que era imposible hacer cosa que el santo Cristo no me dijera. Y esta voz se propagó entre todos, y me sirvió de mucho resguardo.

Ya al cabo de cosa de un mes una tarde vinieron ocho de los dichos indios en una balsa y me trujeron un quintal de cera blanca. Yo les pregunté cuántos eran los que vivían juntos, y me dijeron que entre todos, grandes y chicos, eran trescientos y veinte. Yo les dije si querían venir a vivir en el pueblo con sus parientes. Ellos dijeron que si yo los vestía y daba herramienta como a los demás, que vendrían todos la otra luna. Yo entonces les enseñé todo lo que me habían traído, y les dije:Con esta ropa os vestiré, y os daré también estas herramientas para trabajar, y ellos quedaron muy contentos. Entonces le dije al Alcalde que les enseñase la iglesia y todo el pueblo, y después les hiciesen su acostumbrado recibimiento; pero que a la noche y hasta que se fueran, habían de venir a comer y cenar en el convento.

Ellos se los llevaron y ya no los volví a ver hasta la mañana, porque cuando los envié a llamar para cenar, ya estaban borrachos. Ya que vino la mañana, vinieron con el Alcalde y Regidores, y yo les di de almorzar huevos fritos y un mate de guarapo. Ya que almorzaron, me los llevé a que vieran el ganado, y como ellos no habían visto jamás toros ni vacas, ni tampoco carneros, al verlos se alteraron mucho. Allí les contó el Alcalde que yo a todos había dado su ganado, y que bebían mucha leche y hacían su queso, y que era muy bueno. Yo les dije que también les daría a ellos en estando en el pueblo. Ya que volvimos, les di de comer muy bien, y a la tarde los llevé a la otra banda del río y vieron mis rozas. Y al volver, al caer del sol, les di un traguito de aguardiente, y les supo muy bien.

Cenamos de buen pescado fresco, y yo les hice quedar a dormir en el convento, para que no volviesen a armar bebezón. Ya yo tenía prevenidas dos mujeres para que me trujeran flores, y por la mañana se hicieron dos guirnaldas, y a buena hora llamé a un murciélago que viniese con su mujer. Estos dos ya estaban hábiles para bautizarse, y aquel día los bauticé esta forma: Hice tocar a misa, y junto ya el pueblo en la iglesia después de haber rezado, vestí a los dos con las dos tunicelas blancas, y como estaban ellas tan rumbantes con los encajes y las cintas, y nadie hasta entonces las había visto, les causó grande novedad a todos. Así los bauticé a los dos, y después casé y velé diciendo misa rezada, y todo aquel día se llevó en alegría con las tunicelas, que por poco las destruyen, porque todas las querían probar por verse tan galanes.

Yo las recogí a la noche, y con ellas proseguí poniéndolas a todos los que en adelante bauticé. Al otro día fue día de fiesta, y celebré misa cantada con toda la música, y de cuya función quedaron los nuevos encabellados muy admirados. Este día a la tarde traté con ellos de que se volviesen a su pueblo dos de ellos y que volvieran con veinte más para que hicieran rozas prometiéndoles yo dar semillas y plátanos para sembrar. El Alcalde y Agustinillo estaban tan deseosos de su venida, que se fueron con los dos a dar la noticia a los demás. Yo les encargué que allá cortasen todos los cedros, guayacanes y chachacos que topasen para fabricar las casas, y que por el río los trujeran como los murciélagos, y al mismo tiempo que me buscasen mucha cera blanca y así se hizo todo.

Ellos se fueron y a los doce días volvieron con veinte indios más. En lo interim yo repartí las cincuenta cerraduras, veinticinco a cada nación. Yo mismo las clavé en las puertas, y como quedaron en cada nación veinte casas sin cerradura, no me veía de polvo con las quejas que me daban los que quedaron sin cerradura en su puerta. Yo procuré acallarlos, prometiéndoles que presto mandaría traer más para ellos de Pasto; pero lo más singular fue que aquellos primeros días casi todo el día no hacían más que cerrar y abrir las puertas, poniéndose unos a la parte de afuera y otros a la parte de adentro, cerraban los de fuera e impelían a ver si sin rodar la llave podían abrir. Los de adentro atendían cuando pasaba el pistillo, y ni unos ni otros entendían el como sólo voltear la llave se cerraba, y abría la puerta. Y fue menester que yo les fuera a la mano, para que forcejeando no echaran a perder las cerraduras.

Yo proveí a estos veinte y ocho indios de herramientas, y ordené que fueran a ayudarles otros veinte y ocho de su nación, y otros tantos de los murciélagos. Les destiné paraje para rozar, y en veinte días hicieron doce rozas bien capaces, se quemaron y limpiaron, y seis se sembraron de maíz y yucas, y las otras seis de plátanos, y las sobresembré de arroz. Ya emprendí mantener a estos veintiocho nuevos indios encabellados, y ya que se concluyó la sembrería, los despaché con Agustinillo y un hermano del Alcalde con una canoa grande a que fueran a acarrear todos los cedros, chachacos y guayacanes que hubiesen los de su nación cortado, y los trujeran para empezar a fabricar sus casas.

Al cabo de veinte y séis días volvieron y trujeron tres balsadas de unos y otros palos, y aplicándose los de su nación a la fábrica, ellos se volvieron a traer más. En tres viajes acarrearon todos los palos que se necesitaban para la fábrica de cuarenta casas que se les hicieron en el espacio de nueve meses, haciendo barrio aparte al lado de los indios de su nación, en que se formaron cuatro calles, y como ya los indios estaban más prácticos, salió el barrio el mejor de los tres.

A los cuatro meses en que ya las sembrerías tenían ya sazonadas las rozas, despaché cinco canoas grandes que había ya en el pueblo, y cuatro chicas, con Agustinillo y el Alcalde, que ya entonces era murciélago, y los cuatro Regidores, para que fueran a traer de una vez a todo este pueblo, con cuanto allá tenían. Fueron muy contentos a ello y volvieron al cabo de catorce días. Yo me previne para hacerles el recibimiento igual del que hice a los murciélagos, y así se les hizo, y los alojé en las casas que para ellos se estaban fabricando. Se mataron tres novillos gordos y doce carneros, y después del cortejo del recibimiento se les dio de cenar a todos, a cada barrio de por sí segregado uno de otro, y a cada barrio tres botijas grandes de guarapo para beber, y se gastaron cinco quintales de arroz. Sólo lo que faltó fue el pan, porque a la sazón yo ni siquiera para mí tenía; pero se suplió con yucas, plátanos y arepas de maíz. Toda la noche se gastó en festejo y baile. Ellos me trujeron cosa de tres quintales de cera blanca, y algunas colmenas de que se sacaron cinco botijas de miel, y más de dos quintales de cera amarilla y negra.

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