CAPÍTULO
VII
Contiene la agregación y
aumento de la nación de los indios encabellados.
Con el alegre repique de las dos campanas se les excitó a los
indios encabellados el deseo de aumentar y ser tantos en número
como eran los murciélagos, y como este año había entrado el Alcalde
encabellado, al otro día de este festejo juntó a los dos Regidores
de su nación y al indio Agustinillo, y tuvieron en secreto este
parlamento: Al Padre ahora le han traído mucha ropa y herramienta y
otras cosas; no sea cosa que él vaya con los murciélagos río abajo,
y traiga más gente de su nación. Ahora antes que lo reparta, vamos
a llamar a nuestros parientes. Todos cuatro convinieron en ello, y
resolvieron ir allá sin darme noticia alguna a mí.
Pidiéronme licencia para ir a buscar comida aquella semana, y se
fueron monte adentro de donde estaban ellos, viviendo juntos a una
quebrada cinco días de mi pueblo. No fue esto tan secreto que no se
divulgase algo entre los de la nación encabellada, y de unos a
otros lo vino a saber el indio viejo mi amigo, a quien como fue el
primero que se bautizó, le puse el nombre de Esteban. Luego me lo
vino a decir con gran secreto. Yo para acabar de darles a entender
que el santo Cristo me decía todo lo que entre ellos pasaba, le
respondí: Ya yo ha cinco días que lo sé, porque el domingo en la
misa me lo dijo el santo Cristo. Pero ahora nos vendrán, sino
después de muchos días. Esto le dije, porque me figuré que ellos,
si yo no iba, no querían venir. Y aunque no fue menester que yo
fuera, pero sucedió así que no vinieron con ellos, sino después de
un mes.
Ellos allá contrataron que viniesen unos tantos, como que sólo
venían a ver a sus parientes, y con esta ocasión ver el pueblo que
se había formado, y explorar mi ánimo a ver si los quería en el
pueblo. Todo esto lo supe yo, porque cuando vinieron, el viejo
Esteban les dijo: Ya el Padre sabe todo el negocio de vuestro
viaje, y me ha dicho que cuando fuisteis, ya lo sabía, porque en la
misa se lo dijo el santo Cristo. Ellos viéndose descubiertos, me
vinieron a decir que habían topado con ellos casualmente y que
querían venir a ver el pueblo y pedirme unos eslabones y
pedernales. Yo les dije: A mí no me habéis de engañar. Yo sé a
dónde habéis ido, y lo que habéis hablado también. En pasando unos
días vendrán vuestros parientes, y yo los vestiré y vosotros les
haréis casas y estarán aquí con nosotros. Ellos creyeron que ya yo
todo lo sabía y que era imposible hacer cosa que el santo Cristo no
me dijera. Y esta voz se propagó entre todos, y me sirvió de mucho
resguardo.
Ya al cabo de cosa de un mes una tarde vinieron ocho de los
dichos indios en una balsa y me trujeron un quintal de cera blanca.
Yo les pregunté cuántos eran los que vivían juntos, y me dijeron
que entre todos, grandes y chicos, eran trescientos y veinte. Yo
les dije si querían venir a vivir en el pueblo con sus parientes.
Ellos dijeron que si yo los vestía y daba herramienta como a los
demás, que vendrían todos la otra luna. Yo entonces les enseñé todo
lo que me habían traído, y les dije:Con esta ropa os vestiré,
y os daré también estas herramientas para trabajar, y ellos
quedaron muy contentos. Entonces le dije al Alcalde que les
enseñase la iglesia y todo el pueblo, y después les hiciesen su
acostumbrado recibimiento; pero que a la noche y hasta que se
fueran, habían de venir a comer y cenar en el convento.
Ellos se los llevaron y ya no los volví a ver hasta la mañana,
porque cuando los envié a llamar para cenar, ya estaban borrachos.
Ya que vino la mañana, vinieron con el Alcalde y Regidores, y yo
les di de almorzar huevos fritos y un mate de guarapo. Ya que
almorzaron, me los llevé a que vieran el ganado, y como ellos no
habían visto jamás toros ni vacas, ni tampoco carneros, al verlos
se alteraron mucho. Allí les contó el Alcalde que yo a todos había
dado su ganado, y que bebían mucha leche y hacían su queso, y que
era muy bueno. Yo les dije que también les daría a ellos en estando
en el pueblo. Ya que volvimos, les di de comer muy bien, y a la
tarde los llevé a la otra banda del río y vieron mis rozas. Y al
volver, al caer del sol, les di un traguito de aguardiente, y les
supo muy bien.
Cenamos de buen pescado fresco, y yo les hice quedar a dormir en
el convento, para que no volviesen a armar bebezón. Ya yo tenía
prevenidas dos mujeres para que me trujeran flores, y por la mañana
se hicieron dos guirnaldas, y a buena hora llamé a un murciélago
que viniese con su mujer. Estos dos ya estaban hábiles para
bautizarse, y aquel día los bauticé esta forma: Hice tocar a misa,
y junto ya el pueblo en la iglesia después de haber rezado, vestí a
los dos con las dos tunicelas blancas, y como estaban ellas tan
rumbantes con los encajes y las cintas, y nadie hasta entonces las
había visto, les causó grande novedad a todos. Así los bauticé a
los dos, y después casé y velé diciendo misa rezada, y todo aquel
día se llevó en alegría con las tunicelas, que por poco las
destruyen, porque todas las querían probar por verse tan
galanes.
Yo las recogí a la noche, y con ellas proseguí poniéndolas a
todos los que en adelante bauticé. Al otro día fue día de fiesta, y
celebré misa cantada con toda la música, y de cuya función quedaron
los nuevos encabellados muy admirados. Este día a la tarde traté
con ellos de que se volviesen a su pueblo dos de ellos y que
volvieran con veinte más para que hicieran rozas prometiéndoles yo
dar semillas y plátanos para sembrar. El Alcalde y Agustinillo
estaban tan deseosos de su venida, que se fueron con los dos a dar
la noticia a los demás. Yo les encargué que allá cortasen todos los
cedros, guayacanes y chachacos que topasen para fabricar las casas,
y que por el río los trujeran como los murciélagos, y al mismo
tiempo que me buscasen mucha cera blanca y así se hizo
todo.
Ellos se fueron y a los doce días volvieron con veinte indios
más. En lo interim yo repartí las cincuenta cerraduras, veinticinco
a cada nación. Yo mismo las clavé en las puertas, y como quedaron
en cada nación veinte casas sin cerradura, no me veía de polvo con
las quejas que me daban los que quedaron sin cerradura en su
puerta. Yo procuré acallarlos, prometiéndoles que presto mandaría
traer más para ellos de Pasto; pero lo más singular fue que
aquellos primeros días casi todo el día no hacían más que cerrar y
abrir las puertas, poniéndose unos a la parte de afuera y otros a
la parte de adentro, cerraban los de fuera e impelían a ver si sin
rodar la llave podían abrir. Los de adentro atendían cuando pasaba
el pistillo, y ni unos ni otros entendían el como sólo voltear la
llave se cerraba, y abría la puerta. Y fue menester que yo les
fuera a la mano, para que forcejeando no echaran a perder las
cerraduras.
Yo proveí a estos veinte y ocho indios de herramientas, y ordené
que fueran a ayudarles otros veinte y ocho de su nación, y otros
tantos de los murciélagos. Les destiné paraje para rozar, y en
veinte días hicieron doce rozas bien capaces, se quemaron y
limpiaron, y seis se sembraron de maíz y yucas, y las otras seis de
plátanos, y las sobresembré de arroz. Ya emprendí mantener a estos
veintiocho nuevos indios encabellados, y ya que se concluyó la
sembrería, los despaché con Agustinillo y un hermano del Alcalde
con una canoa grande a que fueran a acarrear todos los cedros,
chachacos y guayacanes que hubiesen los de su nación cortado, y los
trujeran para empezar a fabricar sus casas.
Al cabo de veinte y séis días volvieron y trujeron tres balsadas
de unos y otros palos, y aplicándose los de su nación a la fábrica,
ellos se volvieron a traer más. En tres viajes acarrearon todos los
palos que se necesitaban para la fábrica de cuarenta casas que se
les hicieron en el espacio de nueve meses, haciendo barrio aparte
al lado de los indios de su nación, en que se formaron cuatro
calles, y como ya los indios estaban más prácticos, salió el barrio
el mejor de los tres.
A los cuatro meses en que ya las sembrerías tenían ya sazonadas
las rozas, despaché cinco canoas grandes que había ya en el pueblo,
y cuatro chicas, con Agustinillo y el Alcalde, que ya entonces era
murciélago, y los cuatro Regidores, para que fueran a traer de una
vez a todo este pueblo, con cuanto allá tenían. Fueron muy
contentos a ello y volvieron al cabo de catorce días. Yo me previne
para hacerles el recibimiento igual del que hice a los murciélagos,
y así se les hizo, y los alojé en las casas que para ellos se
estaban fabricando. Se mataron tres novillos gordos y doce
carneros, y después del cortejo del recibimiento se les dio de
cenar a todos, a cada barrio de por sí segregado uno de otro, y a
cada barrio tres botijas grandes de guarapo para beber, y se
gastaron cinco quintales de arroz. Sólo lo que faltó fue el pan,
porque a la sazón yo ni siquiera para mí tenía; pero se suplió con
yucas, plátanos y arepas de maíz. Toda la noche se gastó en festejo
y baile. Ellos me trujeron cosa de tres quintales de cera blanca, y
algunas colmenas de que se sacaron cinco botijas de miel, y más de
dos quintales de cera amarilla y negra.