CAPÍTULO VI
Contiene la imposición del gobierno cristiano en las dos
naciones.
Considerando yo que el ejemplo de los superiores es el mayor
atractivo para arrastrar a los súbditos, para poder conseguir con
la ayuda de Dios la empresa que deseaba, tiré a conquistar primero
la voluntad del Alcalde y Regidores, y para este fin este año saqué
de Alcalde al Cacique de los murciélagos, y dos Regidores de cada
nación que conocí que me tenían más voluntad, y ya estaban
medianamente impuestos en la doctrina cristiana e inteligencia de
los principales misterios de la fe. Lo malo era que todos tenían
dos mujeres mozas, y el Alcalde tenía tres. Yo me estreché con él
en conversación privada entre los dos, llevándomelo varias veces a
la otra banda del río, como quien va de paseo a ver mis sembrerías.
Allí le sacaba en conversación que los loros, los guacamayos, los
pauquíes y las camaranas no tenían más de una hembra; los leones,
los tigres y los osos asimismo, y que así habían de ser los
hombres, y que esto observaban todos los cristianos, no teniendo
más de una mujer.
A estas razones me replicaba que los gallos usan de muchas
gallinas, y los cerdos usan de muchas cochinas. Yo viendo que estas
réplicas sólo el diablo se las podía dictar, tiré a figurarle que
de uno y otro había criado Dios para dar a entender a los hombres
que unos se había de salvar, y los otros se habían de condenar, y
que por esto los cristianos que se habían de salvar no usaban sino
de una mujer. Yo poco a poco lo fui ablandando, que por fin me vino
a decir que una vez que los otros de la nación encabellada lo
hiciesen, ellos también pasarían por ello.
Entonces cogí en secreto a un indio viejo que tengo dicho que me
quería mucho, que era el que me avisó del tumulto que solicitaba el
indio Matías contra los murciélagos. Éste tenía también dos
mujeres, pero presto conseguí que me diese palabra de repudiar la
una, si yo lo bautizaba. El trabajo estaba que estaba corto en la
doctrina e inteligencia de los misterios de fe. Yo le dije que se
aplicase, y en cosa de un mes, aunque con su modo brutal, daba a
entender los principales misterios. En lo interim hice yo la misma
diligencia con los cuatro Regidores y el Fiscal, y ya que tuve la
materia bien amasada, mandé fabricar a cada nación cinco casas
buenas, cada cual en su barrio, y al mismo tiempo a la otra banda
del río, mandé hacer a la parte de abajo dos rozas grandes, y la
una la sembré de yucas, y en la otra sembré un grande platanar, y
lo resembré de maíz.
Ya que estas dos rozas tuvieron plátanos y maíz que ya se podía
comer, sabiendo por el indio viejo que mi proyecto andaba entre
ambas naciones con varios pareceres, y que quien más le repugnaba
era el indio Agustinillo, que tenía dos mujeres, una vieja y otra
moza, y ya había muchos años que ya era cristiano, y nunca había
querido dejar la una; y el indio Matías su hijo espurio, y estos
dos hacían la mayor punta, siendo así que Matías no tenía mujer
propia, aunque él iba muy divertido con la mujer del indio
sacristán.
Para entablar pues el negocio, escribí a Fr. José Carvo, y le
remití ocho quintales de cera y doscientas arrobas de cacao para
que me lo remitiese a Pasto a don Ramón de la Barrera, para que me
hiciese hacer otra campana de a dos arrobas, y que del resto me
mandase quinientos eslabones y otros tantos pedernales, cincuenta
cerraduras, una docena de hachas, tres de machetes, doce sombreros,
mil cascabeles, quinientas varas de cinta carmesí de a dos dedos de
ancho, y lo que sobrase en bayeta y tocuyo. Decíale juntamente que
en teniendo ya aviado mi negocio, lo más pronto que pudiese se
viniese con Manuel Chita, y que trujera media docena de indios
cristianos, y que ya no tenía sino una mujer, y que al llegar al
Amoguaje dijese al Padre Alfaro que se viniese junto con él, y que
trujese aquel indio que había estado en Popayán, y que todo esto me
importaba mucho.
Con esta carta ya se sospechó de mi intento Fr. José Carvo, y
considerando el riesgo en que yo me ponía con la experiencia que
tenía de su pueblo, a los tres meses de recibida, y aviada mi
remisión, se vino así como yo le escribí, y con él vino también el
Padre Alfaro y trujo al indio que yo le señalaba. Yo les hice un
grande recibimiento, y después que se desocuparon de ver la fábrica
del convento que yo había formado y de los dos barrios de casas que
se habían fabricado, y ver a toda mi gente vestida, grandes y
chicos, ya a la noche, les dije lo que yo tenía trazado y que para
ponerlo en planta los había llamado, para sosegar, si acaso
sucedía, algún grande alboroto con Agustinillo y Matías.
Fr. José Carvo me dijo que era sobradamente adelantarme, puesto
que apenas llegaba a tres años de fundación el pueblo, y como era
el quererles quitar las multiplicadas mujeres tocarles en lo más
vivo, podrían levantarse y huirse al monte o podrían intentarme
matar, como a él le sucedió después de siete años de conquistados
los suyos, que lo intentaron con repetidos venenos que le
maquinaron dar, y puesto que así no lo podían conseguir, porque se
lo descubrieron siempre, se quisieron valer de la fuerza, queriendo
una noche a fuerza de armas avanzar al convento para matarlo, lo
que tampoco pudieron conseguir, porque un indio fiel lo avisó a
tiempo, que pudo sosegar el levantamiento.
A todas estas evasiones yo le satisfice con facilidad,
diciéndole que cuanto a sacrificar mi vida por esta causa con
muerte violenta, o con veneno, a mí no me daba cuidado; y que para
estorbarlo, yo iría con bastante aviso; y que si acaso sucediera
sería de mi mayor gloria; pero que fiaba en Dios y en mi Santa
Gertrudis, patrona del pueblo, que nada de esto sucedería. Yo pase
adelante mi proyecto y para atacar la dificultad a fuerza de razón
palpable y material, que aunque brutos los convenciese, lo puse en
práctica de este modo.
Al otro día de mañana celebré misa cantada con toda la música, y
ésta acabada, me quité la casulla y el manípulo, y me senté en la
silla en medio del presbiterio, y llamé al indio Agustinillo, y le
dije: Decid, Agustín, vos que habéis estado en Pasto y Popayán,
allá los cristianos ¿cuántas mujeres tienen? Respondió que una
sola. Entonces llamé al indio Matías, y le dije: Vos habéis estado
en Pasto, digo, y allá ¿cuántas mujeres tienen los hombres?
Respondió que una. Llamé entonces al indio del Padre Alfaro y le
dije: Vos habéis estado en Popayán, decidme: allá los hombres
¿cuántas mujeres tienen? Respondió que una. Entonces díjeles al
indio Agustinillo y a Matías: Vosotros habéis estado en Sibundoy,
en Mocoa y en Caquetá. Toda esta gente es india como vosotros.
Decid, allá estos indios ¿tienen muchas mujeres? Respondieron los
dos que sólo una. Entonces les dije yo: Pues ¿por qué vosotros
alsuráis la gente de este pueblo diciéndoles que no dejen a sus
mujeres, porque así vivieron los indios del Putumayo siempre
teniendo muchas mujeres?.
Entonces llamé a los seis indios de La Concepción, y les
pregunté si habían tenido dos mujeres antes que los bautizaran.
Respondieron que sí: Yo les dije: Pues ahora, ¿cuántas tenéis?
Ellos respondieron que sólo una. Yo les dije si había otros en La
Concepción y en San Diego que no tuvieran dos ni tres mujeres.
Respondieron que ya había muchos que no tenían sino una. Entonces
les dije: Y vosotros ¿por qué habéis dejado la otra mujer?
Respondieron que para bautizarse y ser cristianos. Entonces dije
yo: Pues el que no quiere ser cristiano, a vosotros y a todos digo,
que se vaya de este pueblo, que yo no le quiero aquí; mas el que
quiera ser cristiano, no ha de tener más de una mujer, y yo a los
que saben la doctrina los bautizaré y haré cristianos, y los otros
cuando la aprendan, también. Entonces llamé a mi indio viejo, y le
dije: Vos ya sabéis la doctrina. ¿Queréis ser cristiano? Respondió
que sí. Díjele: Llama a tus mujeres. Llamó a dos que tenía y yo le
dije: ¿Cuál de las dos queréis por mujer? Él señaló a la más vieja.
Entonces llamé al Alcalde. Éste tenía tres, y señaló la mayor.
Entonces dije yo a todos: Ya el señor Alcalde que es murciélago se
contentó con una mujer; este otro, que es encabellado también se
contenta con una mujer. Mañana os bautizaré y los casaré a los dos.
Y si hay otros que quieran dejar a las mujeres, y quedarse con una
sola, también los bautizaré y casaré.
Entonces dije a las tres mujeres que se quedaban repudiadas: Yo
os buscaré hombre para casar; y vos, Alcalde, cuidaréis de que con
sus hijos vivan aparte cada cual en su barrio en estas casas
nuevas. Y vosotros señores Regidores, cuidaréis que cada semana del
platanar nuevo y de la otra roza nueva le traigan plátanos, maíz y
yucas, si ellas no quisiesen ir por ello, que yo les doy las dos
rozas para que tengan mucho que comer. Y vosotros dos, dije a los
Regidores de campo cuidaréis de que cada semana les traigan carne y
pescado hasta que tengan hombre con quien casarlas. Y el señor
Fiscal cuidará que hombre alguno entre a dormir en casa de estas
tres mujeres. Ellas todas tres tenían hijos, y aunque chicos, pero
ya cada cual tenía su mujercita. Yo concluí diciendo que los dos
que habían dejado sus dobladas mujeres, viniesen al convento, que
los quedan regalar, y que las tres mujeres repudiadas también. Yo
tenía a la sazón algunas cluecas con sus pollos, y cada uno y una
les di una clueca con sus pollos, y todos quedaron contentos, y
aquel día comieron en el convento. Y en la tarde fui con las tres
repudiadas a que pasaran sus trastes, cada cual a su casa nueva que
se les daba, y de mis sembrerías les mandé traer una canoa llena de
plátanos, yuca y maíz.
Esta misma tarde mandé buscar flores, y se fabricaron cuatro
guirnaldas que habían de servir para el día siguiente; y ya que
vino el día, mandé repicar después de haber rezado, bauticé a los
dos hombres y a las dos mujeres, y después de bautizados, los casé
y velé con misa baja que dijo el Padre Alfaro. La función se hizo
muy auténtica, y ya concluída, les hice una plática de las
obligaciones que tienen los casados entre sí, y la fidelidad que
deben guardarse.
En los tres días siguientes bauticé y casé setenta y dos
muchachos de doce hasta diez y seis años, y no hubo que repudiar
más que siete mujeres, casi de su misma edad, las que mandé vivir
segregadas con las otras, cada cual en su barrio, y tres que ya
tenían guagua chiquito se lo llevaron. Aquí fue que yo atiné, que
los hombres hasta los veinticinco años no toman segunda mujer.
Todos éstos estaban prácticos de la doctrina cristiana, pero hasta
pasado un año en que comencé a confesarlos, no les di la sagrada
comunión. Y después de pasados ocho días, bauticé a los cuatro
Regidores y los casé también y velé, y sus segundas mujeres que
repudiaron, las puse con las otras con sus hijos.
Con este ejemplar en menos de un año se bautizaron más de ciento
y veinte, mas yo, para más excitarlos, usé de esta traza. Los
padres a los doce días se volvieron cada cual a su pueblo, y yo
aunque otros que ya estaban capaces medianamente de la doctrina y
misterios, aunque me importunaban algunos para el bautismo,
discurrí que sería mejor dilatárselo hasta que yo tuviese lo que
había maquinado. Había de antemano pasado la canoa anual que bajaba
para el Gran Pará de Portugal, y yo había encargado que me trujesen
una pieza de bretaña y veinte varas de encaje basto de a cuatro
dedos de ancho. A los cinco meses volvió y dejándome el socorro
regular, me trujeron mi encargo. Yo de la bretaña cosí dos
tunicelas y les guarnecí la falda con el encaje, y así las guardé.
A los nueve meses vino a Pasto mi encomienda, y lo primero sembré
(1) las
dos tunicelas con la cinta carmesí fruncida lo mejor que me
pareció.
Quitóse el almirez de la torre, y en su lugar se colgó la
segunda campana que trujeron de Pasto, y el día que se puso también
todo el día se llevaron los muchachos repicando, y hubo convite
general en el convento para las dos naciones y se mataron dos
novillos grandes y gordos y doce cameros; se gastaron dos quintales
de arroz, dos botijas de aguardiente y seis botijas grandes de
guarapo, y todo el día estuvo de fiesta y mucha alegría.