CAPÍTULO
V
Contiene la llegada de los murciélagos y la reforma de los indios
del pueblo.
Por estos días fue que llegó a mi pueblo la remisión de la ropa,
herramientas y campana que me mandó de Pasto don Ramón de la
Barrera como llevo ya referido. Yo ya que aseguré la remisión bajo
de llave, y todo lo demás que tenía, porque lo primero que hice fue
clavar las cerraduras a todas las puertas y en la iglesia, mandé
subir a la torre la campana, y de un lado colgué también el almirez
para hacer contrapunto, y aquel día se llevaron los muchachos todo
el día repicando. La canoa se volvió a La Concepción, y yo
figurándome que los murciélagos ya no podían tardar, dispuse para
la entrada lo siguiente.
Mandé dos indios río abajo cosa de dos leguas con una canoíta
chica con orden que al descubrir a los murciélagos que venían, se
viniesen luego a avisarme. Así se hizo. El segundo día a la tarde
los descubrieron que venían, y al instante se vinieron a avisar. Yo
viendo que hasta el otro día no podían llegar, a la noche después
de haber rezado ordené que todas las mozas por la mañana se fueran
a traer flores del monte, y que aderezasen las andas para sacar en
procesión galana a la patrona Santa Gertrudis, y que todos los del
pueblo estuviesen prontos para bajar conmigo al embarcadero a
recibirlos. Destiné dos muchachos para que repicasen en la torre
cuando yo les hiciese señas, y que la música con todos los
instrumentos estuviese pronta. Me previne de bastantes plátanos
maduros, yucas y guarapo, y de seis arrobas de arroz para darles a
todos de comer.
Ya que vino el día previne agua bendita, y mandé matar un
novillo gordo y se guisó todo con arroz, y aun pareciéndome poco,
mandé matar seis carneros y se guisaron con yucas, y se frieron
catorce racimos de plátanos dominicos, y los demás con yucas, unos
se asaron, y otros se cocieron. Todos los del pueblo se vistieron e
iban todos contentos. Cerca de las diez del día llegaron al pueblo
los murciélagos. Yo bajé revestido con alba y estola al
embarcadero, y tras de mí las andas con Santa Gertrudis acompañada
de la música y todo el pueblo. Ya que desembarcaron y me vinieron a
besar la mano, los rocié con agua bendita, y como esta era la seña
para que repicasen, pusiéronse a repicarlos muchachos, y yo entoné
el
Te Deum, y cantándolo acompañado de los muchachos y con
la música, nos encaminamos a la iglesia, y al llegar al portal,
entoné la
Salve, y después la
Antífona de Santa
Gertrudis, y se concluyó con las oraciones competentes. Ya que
salimos de la iglesia, vinieron todos al convento, donde se les dio
una botija grande de guarapo, y bebieron todos grandes y
chicos.
Ya que se sosegó el tumulto, los llevé a que vieran los dos
ranchos que se les tenía prevenidos, para que habitasen entretanto
que se acabasen de concluir sus treinta casas que estaban ya
armadas. Después dije que fueran a traer los trastes que cada cual
había traído. A esto como es estilo suyo fueron las mujeres, y cada
cual tomó su alojamiento en los ranchos. Pusiéronse en salvo en el
puedo las canoas, vieron las casas como estaban ya para acabarse, y
todos quedaron gustosos. Se juntó toda la cera que me habían
traído, y fueron tres quintales, y uno que ya tenía fueron
cuatro.
Ya que estuvo todo compuesto, volvimos al pueblo y se dio de
comer, primero a los encabellados, que con el vestido iban muy
ufanos, porque los murciélagos iban desnudos; después, dentro del
corredor y por delante de la iglesia, hice sentar a los murciélagos
y se les dio de comer. Y en lo interim que se les repartía ya yo
tenía convidado a mi Alcalde, Regidores y Fiscal, y me llevé al
cacique y dos mujeres que tenía, y todos comimos juntos. Y ya que
acabamos de comer, díjele al cacique que mandase algunos de sus
indios a pescar para que cenasen todos, que yo les daría maíz,
plátanos y yucas para todos, y que con la demás gente fuesen a ver
su roza de maíz, que ya tenía choclos, y después también el
platanar para que todos conociesen sus rocerías y supiesen de dónde
se habían de proveer para comer.
A la noche después de haber rezado, hice a todos una plática en
que les dije que todos habían de obedecer sólo a lo que yo mandase
por el Alcalde y Regidores, y el que fuese malo lo mandaría
castigar con azotes por el Fiscal; que todos los niños y niñas
habían de asistir por el día en el convento para enseñarlos; que
los hombres habían de ir a acabar las casas, y que mozas y mujeres
fuesen a pescar y a cazar para proveerlos de comer hasta que cada
cual estuviese ya con su casa. Y que yo cada día hasta que ellos
tuviesen en sus rozas comida suficiente, les daría una canoíta
llena de plátanos y yucas. Que no peleasen los de una nación con
los de otra, y que los que peleasen yo los mandaría
azotar.
Cuando los encabellados vieron al cabo de unos días el modo como
se iban construyendo las casas de los murciélagos con paredes de
guaduas paradas y enlodadas con greda al modo del convento, y que
yo les mandaba hacer ladrillo para enladrillar el piso con tanto
aseo, entraron en envidia, y de común consentimiento me mandaron el
Alcalde y Regidores con la queja de que ellos que eran los
fundadores del pueblo también querían tener buenas casas como los
murciélagos. Yo les dije que era muy puesto en razón, y así que
ellos mismos hiciesen división de las familias, y que cada familia
de por sí buscase palos buenos para hacer su casa aparte una de la
otra, que yo les enseñaría el puesto donde se plantasen las casas y
las calles. En cosa de un mes ya habitaron sus casas los
murciélagos, y los encabellados tardaron un año, y se compusieron
cuatro calles en cuarenta casas.
Ya que los murciélagos acabaron su obra, traté de vestirlos. Les
hice hilar bastante algodón, y lo primero hice vestido a todos los
niños y niñas de los encabellados porque como esta nación había
buscado del cacao, y ser razón que se pagó la ropa, no se pudieran
quejar de mí. Ya que los tuve vestidos, corté vestido a todos los
murciélagos y destiné tres docenas de mujeres para que las
encabelladas que ya sabían, les enseñasen a coser. Ello se gastó
casi un año en coser vestido a todos, y aún me quedó un poco de
tocuyo. En lo interim que todo esto pasaba, era menester que a su
tiempo parasen las obras para atender a cosechas, rozas nuevas para
mí y para ellos, y era preciso que yo todo lo cuidara, porque ellos
de nada cuidan y todos son muy haraganes.
Yo les proveía de arroz, maíz, yucas y maní para sembrar mis
rozas y las suyas, porque ellos no resguardan nada para volver a
sembrar. Yo estilé hacer provisión cada año de seis u ocho
quintales de cera, y doscientas, y a veces trescientas arrobas de
cacao, y lo mandaba a Pasto, y me traían vino, ropa y herramientas,
y abastecía a todos. Pasaba con sus ingratitudes muchos ratos
amargos, que desde el pecho hasta el ombligo y los brazos me salían
unas manchas amarillas de cuando en cuando, con la melancolía que
se hacía preciso aguantar el natural de todos. Los muchachos y
niñas encabelladas, a lo que se vieron ya vestidos, y que ya sabían
todos rezar y ayudar a misa, los más leer y algunos escribir y
cantar, iban muy ufanos y engreídos y hube de ponerles taza, porque
se reían de los murciélagos. A los dos meses de haber venido, traté
de bautizar a todos los niños y niñas de doce años para abajo, e
hice lo mismo que había hecho con los encabellados como noto Tomo
Primero, capítulo VII.
Ya que los encabellados acabaron sus casas, y se dividieron en
vivir de por sí cada familia aparte de la otra, ordené también que
cada familia hiciese aparte su roza y platanar, y hube de trabajar
mucho para conseguirlo. Pero por fin lo conseguí. En la primera
elección que se hizo por Pascua de Reyes ordené que un año fuese el
Alcalde encabellado y otro año murciélago; y que los Regidores dos
fuesen de una nación y los otros dos de la otra, porque en ello
reconocí yo mejor gobierno. Al año de haber venido los murciélagos,
viendo que ya mi ganado había multiplicado bastante, les repartí
ganado como había dado a los encabellados, y les di a cada familia
cuatro novillas y un novillo, ellas ya preñadas, y cuatro ovejas ya
también preñadas, y un carnero. Y dentro de un año ya todos tenían
su manadita, y a su tiempo todos sacaban su leche y fabricaban
queso. Les repartí también a todos gallinas, y también
multiplicaron mucho, aunque hubo algunas familias que con la
decidia todo se lo comían y nada les multiplicó. A los once meses
de haber agregado esta gente, ya teniendo a varios mozos y mocitas
grandes instruídos bien en la doctrina, traté de imponer el pueblo
en gobierno cristiano.