INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO V

 
Contiene la llegada de los murciélagos y la reforma de los indios del pueblo.

 

Por estos días fue que llegó a mi pueblo la remisión de la ropa, herramientas y campana que me mandó de Pasto don Ramón de la Barrera como llevo ya referido. Yo ya que aseguré la remisión bajo de llave, y todo lo demás que tenía, porque lo primero que hice fue clavar las cerraduras a todas las puertas y en la iglesia, mandé subir a la torre la campana, y de un lado colgué también el almirez para hacer contrapunto, y aquel día se llevaron los muchachos todo el día repicando. La canoa se volvió a La Concepción, y yo figurándome que los murciélagos ya no podían tardar, dispuse para la entrada lo siguiente.

Mandé dos indios río abajo cosa de dos leguas con una canoíta chica con orden que al descubrir a los murciélagos que venían, se viniesen luego a avisarme. Así se hizo. El segundo día a la tarde los descubrieron que venían, y al instante se vinieron a avisar. Yo viendo que hasta el otro día no podían llegar, a la noche después de haber rezado ordené que todas las mozas por la mañana se fueran a traer flores del monte, y que aderezasen las andas para sacar en procesión galana a la patrona Santa Gertrudis, y que todos los del pueblo estuviesen prontos para bajar conmigo al embarcadero a recibirlos. Destiné dos muchachos para que repicasen en la torre cuando yo les hiciese señas, y que la música con todos los instrumentos estuviese pronta. Me previne de bastantes plátanos maduros, yucas y guarapo, y de seis arrobas de arroz para darles a todos de comer.

Ya que vino el día previne agua bendita, y mandé matar un novillo gordo y se guisó todo con arroz, y aun pareciéndome poco, mandé matar seis carneros y se guisaron con yucas, y se frieron catorce racimos de plátanos dominicos, y los demás con yucas, unos se asaron, y otros se cocieron. Todos los del pueblo se vistieron e iban todos contentos. Cerca de las diez del día llegaron al pueblo los murciélagos. Yo bajé revestido con alba y estola al embarcadero, y tras de mí las andas con Santa Gertrudis acompañada de la música y todo el pueblo. Ya que desembarcaron y me vinieron a besar la mano, los rocié con agua bendita, y como esta era la seña para que repicasen, pusiéronse a repicarlos muchachos, y yo entoné el Te Deum, y cantándolo acompañado de los muchachos y con la música, nos encaminamos a la iglesia, y al llegar al portal, entoné la Salve, y después la Antífona de Santa Gertrudis, y se concluyó con las oraciones competentes. Ya que salimos de la iglesia, vinieron todos al convento, donde se les dio una botija grande de guarapo, y bebieron todos grandes y chicos.

Ya que se sosegó el tumulto, los llevé a que vieran los dos ranchos que se les tenía prevenidos, para que habitasen entretanto que se acabasen de concluir sus treinta casas que estaban ya armadas. Después dije que fueran a traer los trastes que cada cual había traído. A esto como es estilo suyo fueron las mujeres, y cada cual tomó su alojamiento en los ranchos. Pusiéronse en salvo en el puedo las canoas, vieron las casas como estaban ya para acabarse, y todos quedaron gustosos. Se juntó toda la cera que me habían traído, y fueron tres quintales, y uno que ya tenía fueron cuatro.

Ya que estuvo todo compuesto, volvimos al pueblo y se dio de comer, primero a los encabellados, que con el vestido iban muy ufanos, porque los murciélagos iban desnudos; después, dentro del corredor y por delante de la iglesia, hice sentar a los murciélagos y se les dio de comer. Y en lo interim que se les repartía ya yo tenía convidado a mi Alcalde, Regidores y Fiscal, y me llevé al cacique y dos mujeres que tenía, y todos comimos juntos. Y ya que acabamos de comer, díjele al cacique que mandase algunos de sus indios a pescar para que cenasen todos, que yo les daría maíz, plátanos y yucas para todos, y que con la demás gente fuesen a ver su roza de maíz, que ya tenía choclos, y después también el platanar para que todos conociesen sus rocerías y supiesen de dónde se habían de proveer para comer.

A la noche después de haber rezado, hice a todos una plática en que les dije que todos habían de obedecer sólo a lo que yo mandase por el Alcalde y Regidores, y el que fuese malo lo mandaría castigar con azotes por el Fiscal; que todos los niños y niñas habían de asistir por el día en el convento para enseñarlos; que los hombres habían de ir a acabar las casas, y que mozas y mujeres fuesen a pescar y a cazar para proveerlos de comer hasta que cada cual estuviese ya con su casa. Y que yo cada día hasta que ellos tuviesen en sus rozas comida suficiente, les daría una canoíta llena de plátanos y yucas. Que no peleasen los de una nación con los de otra, y que los que peleasen yo los mandaría azotar.

Cuando los encabellados vieron al cabo de unos días el modo como se iban construyendo las casas de los murciélagos con paredes de guaduas paradas y enlodadas con greda al modo del convento, y que yo les mandaba hacer ladrillo para enladrillar el piso con tanto aseo, entraron en envidia, y de común consentimiento me mandaron el Alcalde y Regidores con la queja de que ellos que eran los fundadores del pueblo también querían tener buenas casas como los murciélagos. Yo les dije que era muy puesto en razón, y así que ellos mismos hiciesen división de las familias, y que cada familia de por sí buscase palos buenos para hacer su casa aparte una de la otra, que yo les enseñaría el puesto donde se plantasen las casas y las calles. En cosa de un mes ya habitaron sus casas los murciélagos, y los encabellados tardaron un año, y se compusieron cuatro calles en cuarenta casas.

Ya que los murciélagos acabaron su obra, traté de vestirlos. Les hice hilar bastante algodón, y lo primero hice vestido a todos los niños y niñas de los encabellados porque como esta nación había buscado del cacao, y ser razón que se pagó la ropa, no se pudieran quejar de mí. Ya que los tuve vestidos, corté vestido a todos los murciélagos y destiné tres docenas de mujeres para que las encabelladas que ya sabían, les enseñasen a coser. Ello se gastó casi un año en coser vestido a todos, y aún me quedó un poco de tocuyo. En lo interim que todo esto pasaba, era menester que a su tiempo parasen las obras para atender a cosechas, rozas nuevas para mí y para ellos, y era preciso que yo todo lo cuidara, porque ellos de nada cuidan y todos son muy haraganes.

Yo les proveía de arroz, maíz, yucas y maní para sembrar mis rozas y las suyas, porque ellos no resguardan nada para volver a sembrar. Yo estilé hacer provisión cada año de seis u ocho quintales de cera, y doscientas, y a veces trescientas arrobas de cacao, y lo mandaba a Pasto, y me traían vino, ropa y herramientas, y abastecía a todos. Pasaba con sus ingratitudes muchos ratos amargos, que desde el pecho hasta el ombligo y los brazos me salían unas manchas amarillas de cuando en cuando, con la melancolía que se hacía preciso aguantar el natural de todos. Los muchachos y niñas encabelladas, a lo que se vieron ya vestidos, y que ya sabían todos rezar y ayudar a misa, los más leer y algunos escribir y cantar, iban muy ufanos y engreídos y hube de ponerles taza, porque se reían de los murciélagos. A los dos meses de haber venido, traté de bautizar a todos los niños y niñas de doce años para abajo, e hice lo mismo que había hecho con los encabellados como noto Tomo Primero, capítulo VII.

Ya que los encabellados acabaron sus casas, y se dividieron en vivir de por sí cada familia aparte de la otra, ordené también que cada familia hiciese aparte su roza y platanar, y hube de trabajar mucho para conseguirlo. Pero por fin lo conseguí. En la primera elección que se hizo por Pascua de Reyes ordené que un año fuese el Alcalde encabellado y otro año murciélago; y que los Regidores dos fuesen de una nación y los otros dos de la otra, porque en ello reconocí yo mejor gobierno. Al año de haber venido los murciélagos, viendo que ya mi ganado había multiplicado bastante, les repartí ganado como había dado a los encabellados, y les di a cada familia cuatro novillas y un novillo, ellas ya preñadas, y cuatro ovejas ya también preñadas, y un carnero. Y dentro de un año ya todos tenían su manadita, y a su tiempo todos sacaban su leche y fabricaban queso. Les repartí también a todos gallinas, y también multiplicaron mucho, aunque hubo algunas familias que con la decidia todo se lo comían y nada les multiplicó. A los once meses de haber agregado esta gente, ya teniendo a varios mozos y mocitas grandes instruídos bien en la doctrina, traté de imponer el pueblo en gobierno cristiano.

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