CAPÍTULO IV
Contiene el tránsito de los murciélagos y unión con los indios
encabellados.
Esta bizarría que hice con estos tres indios, y el regalito que
les di, fue el origen por donde conquisté esta nación de los indios
murciélagos. Ya pues que se pasaron las dos lunas, tomé mi canoa
grande, y embarqué una botija de guarapo grande y otra chica de
aguardiente, media docena de panes bizcochados y un par de quesos,
y doce raspaduras, y plátanos, yucas y arroz, y acompañado de mi
chapetón, mi Alcalde y doce indios, me fui río abajo, para ir a ver
esta nación de los murciélagos. A los tres días de navegación
topamos en una playa a los tres mismos indios con cinco indios más
pescando. Ellos a lo que vieron de lejos mi canoa, dejaron la suya,
y apretaron a huir playa adentro temerosos, pero yo lo reparé y al
instante les disparé un escopetazo. Esta es seña que en la canoa
viene algún Padre, y ya saben ellos que no les hará daño
alguno.
Así sucedió, porque lo propio fue oír ellos el traquido de la
escopeta, se pararon, y yo con un pañuelo en la mano les hice
señas, y con ello se contuvieron. Llegamos a la playa y me vinieron
todos a besar la mano. Yo los abracé a todos y les di de beber un
traguito de aguardiente. El cacique se fue a su canoita, y me trujo
las tres hachas y los seis machetes, y me dijo que iban a mi pueblo
a devolvérmelos, y que todos los de su pueblo habían quedado muy
contentos, y que deseaban mucho conocerme. Yo le dije que ahora
iríamos juntos a su pueblo, que yo también los quería conocer a
todos ellos.
Ya eran las tres de la tarde, y en la misma playa nos quedamos a
pasar la noche. Se cogió bastante pescado, y cenamos juntos. Ya que
vino el día, tomamos río abajo, y a la tarde llegamos al puesto por
donde se internaban por el monte para ir al puesto donde ellos
vivían. Nosotros allí arranchamos porque había dos leguas de
distancia, y ya no podíamos llegar con el día. Sacamos las canoas
del río, y allí cenamos. Al madrugar el alba, cargaron lo que yo
llevaba, y dos de ellos se adelantaron a dar la noticia a la gente.
Ya que estábamos cerca catay que topamos un oso grande como un
burro grande, que se venía a nosotros. Yo que veo mi perro que
empieza a ladrarle dentro del monte, temiendo no fuera algún tigre,
los hice a todos parar y metí una bala a mi escopeta. Entréme al
monte por donde oía las correrías de mi perro, y descubro al grande
oso. Al ver que no era tigre, algo me animé, aunque bastante miedo
me dio! Él que se había parado a querer embestir al perro, al verme
a mí, se sentó. Yo que no las tenía todas seguras, me puse tras de
un árbol, y a voz en grito dije: Pancoa siaqua, besa, besa, échame.
Que quiere decir: Vengan todos, aprisa, aprisa. Vienen todos, y con
ello el perro más se animó, y le daba saltos por delante.
El oso al ver los indios que acudieron, abrió la boca enseñando
los colmillos, y a este tiempo yo que les decía: Sañuni sañuni;
esto es: vamos, vamos sin miedo. Y diciendo y haciendo fue todo
uno. Yo le disparé un escopetazo, que acertándole dentro de la
boca, le salió la bala por el cogote, y lo tumbé de espaldas. El
perro entonces hízole presa en una pierna, pero el oso dio un salto
y se puso en pie, y al tiempo de revolver la cabeza para tirarle al
perro un bocado, el perro lo largó. La gente, que lo tenían ya
cercado, tiráronle tres dardazos a la cabeza, pero tenía el cuero
tan duro que no le penetraba la punta de los dardos. Yo que a toda
prisa cargaba la escopeta, les gritaba que le diesen en la barriga;
pero él daba unos bufidos que a todos nos hacía temblar, y mi
chapetón que procuraba subirse en un árbol, y estaba tan blanco que
ni un papel.
Ya que acabé de cargar la escopeta, fuime acercando más
alentando al perro, y ya que el perro lo encaró, le salté de un
lado, y le disparé al codillo del brazo derecho, que le quebré el
hueso, de cuyo golpe se cayó. Pero como se le habían puesto los
ojos encendidos como candela, y al mismo tiempo rechinaba con los
dientes y daba fuertes gritos y bufidos, todos le temían, y yo más
que todos. Cada cual procuraba a salvar su cuerpo, pero como él
estaba ya tan mal herido, aunque daba saltos, no podía avanzar. El
perro le hizo presa de una oreja, y entonces los indios le clavaron
dos dardos sobre la espalda, pero el oso, de un empinazo que dio,
rompió el un dardo. Yo viendo que el otro indio con el dardo
clavado y el perro agarrado lo sujetaban, saqué mi sable y tiréle
un sablazo en el pescuezo que le encarnó hasta el hueso, y al mismo
tiempo los indios le metieron tres dardos por la barriga, y dos por
la boca con que se acabó de rendir. Pero como todavía forcejeaba,
tirele otro golpe a la garganta y se la corté. Él luego murió dando
manotadas.
Ya que murió, los indios lo hicieron trozos y decían los tres
murciélagos: Este es el que se comió los dos muchachos, ahora lo
comeremos nosotros a él. Y decían verdad, que este oso dos veces
había acometido al pueblo, y se había llevado dos muchachos, y se
los había comido. Ellos cargaron la carne y nos fuimos al pueblo.
Ya que llegamos en dos casas solas en que vivían todos, no
encontramos a nadie, porque todos se habían huído al monte.
Fue el caso que al llegar los dos indios que se habían
adelantado dieron noticia a todos como yo iba allá con cuya noticia
todos se alborotaron; y determinando de venir todos a encontrarme,
se partieron de tropel, y a breves pasos fue que oyeron ladrar a mi
perro. Páranse a oírlo que podía ser, y como ellos ni habían visto
jamás perro ni oído ladrar, entraron en recelo. Oyen luego el
escopetazo y las voces que todos dábamos, bregando con el oso,
aprehendieron que peleábamos nosotros, y de miedo se huyeron todos
al monte.
Ya que descargaron cada cual su carga, el cacique con los otros
se fueron a buscarlos, y en breve los trujo a todos. Todos me
vinieron a besar la mano, y yo les mostré mucho agasajo. Quedaron
contentísimos cuando vieron el oso muerto; y ya después que
hicieron el recibimiento común a mi gente, mi Alcalde tomó tres
dardos en la mano y echó una relación de más de una hora, y
concluída, el cacique echó la suya más cortita, porque yo le dije:
Deoqui, deoqui. Que quiere decir: basta, basta. Yo destapé la
botija de aguardiente y les di a todos un traguito, y aunque les
dije que de ello no podían beber los guaguas, esto es, los
chiquitos, porque era muy fuerte, con todo las madres, de la parte
que a cada una se daba, hacían primero beber a los niñitos de teta
que llevaban en brazos. Las criaturitas se deshacían en llorar, y
se ponían de repente más coloradas que una cereza, y entonces ellos
todos soltaban la carcajada con grande fiesta y regocijo. Yo no
podía contener la risa, y hube de pasar por ello.
Ya que se pasó esta fiesta y hubieron todos bebido, las indias
me regalaron cuatro docenas de monos asados y varias frutas. El
cacique en lo interim a porrazos había sacado los colmillos al oso
y me los vino a presentar, porque como es estilo entre ellos que el
que mata alguna fiera, en señal de la victoria se cuelga al cuello
ensartados como gargantilla los colmillos, pensó también que yo me
los quería colgar, por haber muerto al oso. Yo los cogí y los di a
mi Alcalde, y él lo estimó mucho. Ellos al instante hicieron
candela, otros desollaron el oso, y empezaron a asar carne. Yo tomé
medio mono, y lo hice cocer con arroz, y no quise comer del oso.
Dicen que es buena carne. Yo nunca la he probado.
Ya que estuvo todo cocido, saqué el bizcocho y el queso, y se
los repartí. Ellos que nunca habían visto queso preguntaron qué era
aquello, y mis indios les dijeron que aquello se hacía de la leche
cocida, y ellos dijeron que también sus mujeres tenían leche, y que
ellos les sacarían leche y también harían queso para comer. Ello
comimos lindamente. Ya al acabar de comer se sacó el guarapo, y
como se bebía a pilche lleno, se lo acabaron todo. Ya que hubimos
comido, conté la gente, y hallé que entre hombres y mozos eran 187,
mujeres y mozas 225, muchachos y niñas eran 83. Todos juntos 490 (1). Ellos
me dijeron que en el monte todavía había en dos quebradas, dos días
de camino, más gente de su nación, y que si los quería conocer, los
irían a traer. Yo dije que no me podía tardar, porque tenía mucho
que hacer en mi pueblo, y que me iba aquella tarde. Ellos todos me
pidieron ropa para vestirse como iban mis indios, y herramientas y
anzuelos. Yo les dije que entonces no tenía, pero que si querían
venir a vivir en mi pueblo, allá también les daría a ellos, y los
haría cristianos enseñándoles a rezar. Ellos dijeron que si los
enseñaba y vestía como a los encabellados, y a las mujeres también,
que vendrían todos, pero que yo los había de gobernar y no mis
indios.
Es el caso que en años anteriores unos indios murciélagos habían
maltratado a un tío de mi Alcalde, y como entonces lo veían
gobernando, y por haberle yo dado los colmillos del oso, se
figuraron que el Alcalde, en teniéndolos en su poder queda
vengarse, y por esto rehusaban de que el Alcalde no tuviese sobre
de ellos poder alguno. Yo les dije que aunque el Alcalde y los
Regidores se mudarían todos los años, y que ellos también entrarían
a gobernar cuando les tocase, y que el Alcalde y Regidores mandaban
lo que yo les mandaba a ellos. Entonces dijeron que no podrían
venir todos en mi canoa, pero que harían una balsa y se vendrían.
Yo les dije: Por ahora yo no los quiero llevar, porque allá no
tengo con qué mantenerlos. Yo ordené al cacique que en pasando una
luna y media, que con una balsa se viniese con los que yo señalase,
y yo les daría herramienta para abrir una roza, y la sembrarían, y
en teniendo ya la roza suficiente comida para todos, entonces
volvería y vendrían todos.
A ellos les pareció muy bien, y yo señalé cincuenta los que me
parecieron mejores y más robustos para trabajar. Y ya señalados
cuáles habían de venir, díjele al cacique que me queda llevar unos
chiquillos para empezarles a enseñar a rezar. Yo señalé cuatro
muchachos y cuatro niñas de 9 a 10 años. Ellos rehusaban el venir,
pero sus padres les dijeron que también irían ellos después, y con
ello los acallaron, y yo les di unos trozos de raspadura que me
habían quedado, y con el dulce los acabé de inclinar, diciéndoles
que en el pueblo les daría más.
Yo me despedí, pero todos se quisieron venir acompañándonos
hasta el río. En lo interim le dije al cacique que mandase a toda
su gente que me buscasen bastante cera blanca, y mis indios que ya
sabían en qué árboles por lo regular la ponen las abejas, los
industriaron para buscarla con facilidad, y entonces les dije a
todos que cada cual guardase la que topase y me la trujeran toda
cuando viniesen. Ya que llegamos al río nos embarcamos y embarcamos
mis trastes y los chiquillos, y nos fuimos río arriba, y ellos se
volvieron a su casa. Ya que llegamos al pueblo, los convoqué a
todos y les di la noticia de cómo vendría esta gente a vivir con
nosotros, que no les hiciesen daño alguno. Y les amenacé que el que
les agraviase yo lo haría azotar.
Aquella noche tuvieron ellos un conciliábulo y resolvieron que
no convenía que esta gente viniese a habitar en el pueblo, por
varias razones frívolas, y la mayor era, que ellos me habían hecho
la iglesia, y actualmente me hacían el convento, y que los
murciélagos con el tiempo querían mandarlos a ellos, y esto no
convenía, porque ellos habían sido los primeros que fundaron el
pueblo. Y que si yo quería más gente, ellos irían a traer más que
eran de su nación y sus parientes. Todo este embolismo de
contradicción me propuso al otro día el Alcalde después de haber
rezado por la mañana. Yo conociendo que todos estaban unánimes en
ello, les dije que esto lo hubieran dicho antes, puesto que ya
sabían que a este fin fuimos allá, y por este intento les presté
las hachas y machetes; y que yo ya les había dado la palabra, y ya
no había de volver atrás. Y a más de esto que era y sería honra de
su nación que el pueblo fuese en todo mejor que el de La
Concepción, y, supuesto que ya teníamos mejor iglesia y convento
que en La Concepción, ahora para acabar de ganarles, querían traer
esta nación para tener dos naciones en el pueblo, como las tiene La
Concepción. Y que en suposición que ellos habían sido los primeros
que fundaron el pueblo, yo siempre los quería más a ellos que a los
murciélagos. Y así que yo no lo hacía sólo por tener más gente, y
que ya sabía que de su nación y sus parientes había muchos más río
abajo; que a su tiempo los traería también al pueblo, y así que
convenía que viniesen los murciélagos para que ayudasen a trabajar
y formar un buen pueblo, el mejor y más grande del río.
Por fin yo con mis razones los acallé por el pronto, y nos
fuimos a proseguir la obra del convento. A la tarde, dejándolos en
el trabajo, me fui al pozo donde tenía yo las tortugas que está río
arriba del pueblo, allí junto al pueblo a tiro de escopeta. Yo
todavía ni había registrado la loma del río arriba, ni sabía lo que
había del pozo adelante. Estando pues mirando las tortugas, oí
ruido dentro del monte. Me asomé poco a poco y vi una india que
tenía allá una roza de yucas, y estaba sacando para proveerse de
comida. Yo me acerqué a ella, y con esta ocasión registré toda la
loma junto con ella, y hallé que era un llano muy bueno y muy a
propósito para que allí fundasen su habitación los murciélagos,
porque ya yo conocía que no convenía que una nación viviese
mixturada con la otra.
A este tiempo catay que oigo dentro del monte no muy lejos un
silbo de culebra. Yo traía la escopeta cargada de munición, y con
la india nos fuimos acercando al puesto, y hallé que era una
culebra grande que quería pelear con un puercoespín. Los dos
estaban parados mirándose el uno al otro. La culebra sacaba la
lengua y tenía medio cuerpo engreído, y de rato en rato silbaba, y
el puerco estaba espeluzadas las espinas. Yo que me paro, pero al
verme la culebra que despedía centellas de los ojos, encara
conmigo. Yo le hice puntería, y le tiré. Al sentirse herida, daba
tales saltos, enroscándose y desenroscándose, que me puso en
bastante cuidado, y a toda prisa cargué la escopeta, y voime al
puerco que daba sus correrías por huir de la culebra, y le metí un
balazo y lo maté. Al tiempo que batallaba con la muerte, voime a la
culebra que todavía culebreaba, y de un sablazo le corté la cabeza.
A este tiempo mi perro se venía, y ve al puerco que daba sus
revuelcos; encara con él, y como no le podía hacer presa, allí se
armó una plaza de toros. Yo por cierto pasé un rato de gusto de
verlas correrías y embistes que armaba el perro, corriendo y
ladrando del puerco a mí y de mí al puerco.
La gente que estaba trabajando en el monte, como oyeron los dos
escopetazos, y tanto ladrar del perro, pensaron que yo habría
topado algún tigre u oso en el monte, y ninguno se atrevía a venir.
Sólo un viejo que me quería mucho tomó sus tres dardos, y se vino a
buscarme al ladrido del perro, y tras de él vínose también mi
chapetón. Ya que llegaron y vieron lo que era, mandé tirar al río
la culebra, y que la india se llevase al pueblo la cabeza a quemar,
y entre los tres arrastramos al pueblo al puerco. En lo interim
díjome el indio: Padre, Matías sólo es él que dice a la gente que
no vengan los murciélagos, porque el indio que maltrataron los
murciélagos era hermano de su madre, y ahora decía a los otros que
si venían los murciélagos, que se huían todos al monte. No digas
que yo te lo he dicho, pero yo no me iré al monte.
Con este aviso se me airó la sangre. Yo me callé la boca por
entonces, pero determiné el otro día reprenderlo. Ya que vino la
gente se peló el puerco, y hecho pedazos lo repartí a la gente. Yo
mandé guisar un buen pedazo con arroz, y convidé al Alcalde,
Regidores y Fiscal, y cenamos lindamente. Ya que vino la mañana,
después de rezar, díjeles a todos: Yo no quiero que os vayáis
huidos al monte. Yo me iré río abajo, haré allí mi pueblo con los
murciélagos, y vosotros os quedaréis aquí sin Padre. Ea, ea,
váyanme a poner mi canoa grande, y usted don Francisco saque todos
mis trastes. Como yo ya tenía avisado a mi chapetón, y ellos vieron
que ya lo tenía todo aprontado, pensaron que yo en realidad me iba,
y viendo que el indio que tanto me quería me vino a abrazar
llorando, los más se pusieron a llorar diciendo que no me fuera, y
que ya todos querían que viniesen los murciélagos. Yo entonces
agarré a Matías y le dije: Tú eres el traidor, que conturbas a
todos. Él negó, pero yo le dije: Tú ayer a la tarde les dijiste
esto y esto. Digan todos si es o no verdad. Todos dijeron que sí.
Entonces les dije yo: Acordaos ahora de cuando os dijo que yo os
quería llevar a vender como esclavos a los portugueses. Ya veis que
yo lo que he hecho ha sido daros a todos vestido, herramientas y
sembrerías, y ya todos tenéis qué comer, y ganado, lo que no tienen
en los otros pueblos. Si vosotros queréis creer a Matías, yo me
iré, yo me iré. Todos dijeron que no me fuera. Entonces le dije:
Mira, si yo vuelvo a saber que tu vuelves a alsurar al pueblo, te
ataré, y después de azotado te mandaré a Pasto y te meterán en la
cárcel para siempre. Yo no lo castigué porque el indio Agustinillo,
que era el indio de más séquito del pueblo se reputaba por su
padre, y yo siempre creí que en realidad lo era, y Matías hijo
espurio.
Con este ademán quedó subsanado el enredo de Matías. Después de
algunos días el Fiscal que preguntó cómo había yo sabido lo que
Matías les decía a ellos no estando yo allí, ni mi chapetón. Yo le
dije que si me prometía no decirlo a nadie, se lo diría. Ya yo
sabía que por lo mismo que yo le encargaba el secreto, por lo mismo
lo había él de decir, porque entre ellos no hay secreto en cuanto
pertenece a cosa que haga o diga el Padre conversor. Él me dijo que
no lo diría a nadie. Entonces le dije: Ven conmigo. Me lo llevé a
la iglesia y le enseñé las letras que había en un libro que tenía
un angelito a los pies de Santa Gertrudis, y le dije: Este angelito
me escribe todo cuanto vosotros habláis, y a las noches, si es que
habláis alguna cosa mala, me lo viene a contar. El indio me lo
creyó, y dentro de media hora ya todos grandes y chicos lo
supieron. Y algunos decían que algunas noches me habían visto y
oído hablar con los santos del altar, y que también los habían
visto venir a mi rancho de noche. Y de esto resultó creer que yo
sabía todo cuanto ellos hacían.
Los niños que yo había traído, en breve, como yo los tenía
siempre sirviéndome a la mano, aprendieron la lengua española, y ya
cuando vinieron los cincuenta murciélagos, empezaban ya a hablarla.
Yo como no tenía entonces ropa para vestirlos, de mi manto hice
calzones a los cuatro varones y un chaleco, y a las cuatro hembras
las vestí de garapacho, faldillas y armador, teñido en morado. Ya
que vinieron los cincuenta indios de abajo, vino con ellos también
el cacique. Yo los recibí con mucho agasajo. Ellos me trujeron tres
arrobas de cera blanca, un poco cada cual, lo que había buscado, y
el cacique me dijo que la demás gente también en viniendo traerían,
y que la estaban buscando. Yo le dije que se volviese a su pueblo y
le di tres hachas y una azuela buena que yo tenía, y le dije que
buscasen un buen cedro, y que fabricasen dos canoas grandes como la
mía, para que con ellas viniesen todos cuando yo fuera o avisare. Y
le di un indio mío que trabajaba bien, para que los industriase en
fabricarlas buenas. Y juntamente le ordené que cortasen cuatro
docenas de cedros, y que los echasen al río bien atados en forma de
balsa, y que sobre de ellos trujesen a todos los guayacanes y
chachacos que pudiesen, para hacer buenas casas, porque en mi
pueblo ya había pocos porque con la iglesia y el convento que se
hacía se habían cortado bastantes. Ellos se fueron los dos río
abajo con la canoíta y la balsa que habían traído para su pueblo, y
yo hospedé en mi rancho a los cincuenta indios murciélagos.
Ya que se fue el cacique, me llevé a mi Alcalde y los Regidores
y los cincuenta indios murciélagos, y al lado del pueblo río arriba
les destiné puesto en qué abrir una roza de una legua de largo, y
poco menos de ancho, y díjeles a mi Alcalde y Regidores: Vosotros
tenéis vuestras rocerías río abajo y monte adentro, y para que esta
otra nación tenga aparte sus rocerías y no estén con vosotros
mezclados, siempre harán sus rozas río arriba, y vosotros río
abajo. Esto les pareció a los míos muy acertado. Ya estaban ellos
proveídos de hachas y machetes que yo les di para rozar, y allí los
dejamos trabajando, y nos volvimos para el pueblo. Antes de llegar,
al pasar por el pozo de mis tortugas, les mostré el puesto en que
maté la culebra y el puercoespín, y les dije: En esta pampa harán
sus casas todos los murciélagos, y así también no estarán mezclados
con vosotros. También les pareció muy acertado, y a lo que llegamos
al pueblo y ellos divulgaron mi proyecto, a todos les pareció
acertado.
Yo me quedé con el cuidado de proveer de comida para estos
cincuenta hombres, pero como ya tenía bastantes plátanos en mi
platanar, bastante maíz, y ya yucas sazonadas, apliqué todo el
cuidado a que mis indios me trujeran bastante pescado y monos. En
los primeros días hubo alguna escasez de carne, pero luego tuve
mucha abundancia. Yo por la mañana les daba una olla de maíz cocido
con manteca de tortuga, y después plátanos cocidos con yucas, y
cuáles de asados, y esto lo comían con pescado frito. Cuando había
monos el maíz se cocía con ellos, y se comía la carne junto con el
maíz, y después las yucas y plátanos cocidos y asados, y en las
noches maíz tostado y una olla de plátanos desleídos con agua, sal
y manteca, cuya manutención comían todos con gusto.
A los siete días catay que un muchacho vio del pueblo que había
una partida de jabalíes que pasaban el río, y al instante me vino a
avisar. Yo que veo la gran partida, al instante empecé a gritar:
Pancoa siaqua besarayge, enque Yogo, rectacañe, bessa, bessa. Que
quiere decir: Hombres todos, vénganse presto, la canoa grande vayan
a sacar al embarcadero. Aprisa, aprisa. Los que trabajaban en la
casa o convento, que serían unos veinte, al oírme gritar tan
desaforadamente, dejaron lo que hacían, y se vinieron corriendo, y
al ver la procesión de tanto jabalí que iban avanzando por medio
del río para pasarse a la otra banda, al instante toman dardos y
ponen la canoa. Y al quererme yo embarcar, catay que se vienen
corriendo los indios murciélagos, diciendo: que en la roza había
muchísimos jabalíes. Yo les hice tomar las otras canoas, que ya yo
tenía diez y que se viniesen conmigo, y a mi Alcalde que se fuera
con todos los indios que topase a la roza de los murciélagos a
matar jabalíes. Yo salí con mi escopeta con las diez canoas, y
haciendo la cuenta que con el sable haría más matanza que a
balazos, saqué el sable y embestimos con ellos. Los indios cuál con
dardo, y cuál con machete, y yo a sablazos, matamos diez y
seis.
Algunos se pasaron a la otra banda, pero la tropa que estaba de
esta parte, ya con ver las canoas y ya con el ruído de los indios
que iban por tierra a toparlos, se represó y se fueron monte
adentro; pero con todo mi Alcalde con otros mataron siete. Todos
veintitrés se acarrearon al pueblo, y aquella tarde los repartí
entre todos, y yo me quedé con cinco para dar de comer a los
cincuenta murciélagos; y para asegurarlo que no se me pudriera, lo
escaldé todo en salmuera, y lo colgué al humo, y se conservó de
corrupción. Aquella noche haciéndome la cuenta que los que habrían
trepado a la otra banda, me podían hacer mucho daño en el platanar
o en mis sembrerías, ordené al Alcalde que al venir el día se
pasase con veinte indios atinados, llevándose mi perro a la otra
banda, y que registrase mis rozas, y si hallaban algunos jabalíes
que los matasen.
Así se hizo. Pasó esta gente con mi canoa mediana y hallaron en
el platanar once jabalíes. El perro que los acomete, y uno le tiró
una tarascada y le quitó una oreja; pero al ver la gente se echaron
al río. Nosotros que estábamos del pueblo atisbando, vimos que se
venían acá nadando, salimos con todas las canoas, y ni siquiera uno
escapó. Cogimos diez, y el otro lo mataron allá los indios. Yo lo
hice hacer todo tasajo, y parte repartí a mi gente, y parte
resguardé para mi gasto. Los murciélagos acabaron su roza, y la
quemaron y limpiaron, y yo les di maíz y vástagos de yuca, y la
sembraron muy bien, y al cabo de un mes se volvieron a su pueblo
con la misma balsa que habían venido. Yo al despedirme les encargué
que me buscasen mucha cera y muchos palos chachacos, guayacanes y
cedros para hacer sus casas.
Al cabo de algunos días vino el indio que se llevó el cacique y
me trujo las herramientas, y me trujo tres colmenas grandes que
dieron dos botijas de miel, dos arrobas de brea y cera negra, tres
arrobas de cera amarilla y una de cera blanca. Ya al cabo de haber
pasado un par de meses, llamé a mi Alcalde y Regidores y les dije:
Ya se va acabando el convento. Ahora hijos, habéis de hacer un
rancho para cuando vengan los murciélagos, para que estén
entretanto que arman ellos sus casas. Se aplicó a ellos toda la
gente, y en ocho días armaron dos ranchos capaces para todos.
Al cabo de otro mes, teniendo yo ya en mi platanar muchos hijos
que habían nacido, despaché dos indios al cacique de los
murciélagos para que me mandase treinta indios a rozar para
plantarles un platanar. Vino la gente al tiempo que yo estaba
moliendo caña, y como yo tenía mi convento acabado, los hospedé en
el convento. Diles herramientas, y monte adentro de su roza, les
señalé puesto para rozar, y abrieron una roza de una milla en
cuadro, y después de quemada y limpia se sacaron dos mil pies de
plátanos de mi platanar, y sembró con ello, al mismo tiempo la
mandé resembrar toda de arroz, y despaché a uno de ellos a su
pueblo, para que dijera al cacique que me mandase todos los cedros,
guayacanes y chachacos que hubiesen cortado. Fue el indio con una
canoíta pequeña que le di, y al cabo de un mes volvió con el
cacique y ocho indios más, y trujo una gran balsada de cedros,
guayacanes y chachacos. Echáronse a tierra, y yo todo el día no
hacía más que tomar medidas, y ellos cortar estantillos. Otros
abrían hoyos, otros acarreaban palos y los clavaban. Yo ordené en
la pampa tres calles de a diez casas cada calle, y cada casa con su
cocina y corral, y todo me salió muy bien.
Ya que se iba concluyendo la armazón de los estantillos, mandé
al cacique con diez de sus indios río arriba a cortar guaduas a un
guadual grande que había, y en una semana trujeron seis balsas de
guaduas que sobraron para hacer las cumbreras y arrodar todas las
treinta casas de guaduas enteras y paradas. Ya empezaba su roza de
maíz a tener choclos que se podían comer, y despaché al cacique con
otro a su pueblo con orden de que viniesen todos de una vez con
todo lo que tenían allá, para no volver allá jamás. Fuéronse los
dos al pueblo, y cargando en una grande balsa todos sus trastes,
masatos y comidas, y en las dos canoas grandes que habían hecho
toda la gente, se vinieron todos.
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1.
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De nuevo sufre error la aritmética de Fr. Juan de Santa
Gertrudis. (regresar
1)
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