CAPÍTULO
III
Contiene el
aumento de las sembrerías y
la conquista de los
murciélagos.
Ya que tuve en mi poder uno y otro grano, considerando que si se
lo repartía, se lo comerían ellos, y juntamente que experimentaba
que diariamente me lo hurtaban por más cuidado que yo aplicase, me
valí de la traza que ya digo: Convoqué todo el pueblo y les dije:
Ya con el maíz y el arroz que hemos cogido tengo bastante para
repartiros a todos, y con sembrarlo cada cual tendréis todos bien
que comer para todo el año. Yo para esto lo guardo, para daros a
vosotros y que lo sembréis. Y para que yo lo tenga es menester que
no me lo hurtéis a escondidas. Y así díjele: Alcalde, vos con los
Regidores tendréis cuidado que nadie me toque de casa ni el maíz ni
el arroz, y el que se llevase algo, lo haréis castigar por el
Fiscal con azotes. Ello algo que se contuvieron con esta amenaza,
pero con todo, de las cuatro partes me hurtaron una.
Ya compuesto y bien alistado mi trapiche, destiné a veinticinco
indios para que me abrieran una roza de media legua de cuatro para
volverla a sembrar; y en lo interim todos los días se traía la
canoa grande llena de caña dulce, y se molía con los bueyes. Ya que
tuve doce botijas llenas de guarapo cocido y ya fermentado, les di
una botija, y en una mañana se la bebieron. Los muchachos se
valieron de este arbitrio. Resguardaban parte de la caña ya
estrujada, y a la noche la rociaban con agua, y por la mañana en lo
interim que la canoa iba a traer caña, remolían aquel bagazo y
sacaban más de media botija de jugo, que aunque no era tan fino,
pero con todo, todos se lo bebían a porfía. Yo en lo interim me
apliqué a sacar aguardiente, y como no tenía anís, en lugar de anís
le puse hoja de canelo, y me salió un aguardiente hecha ya mistela
muy rica. Yo llené una botija grande, y una frasquera que tenía de
ocho frascos.
Después cuajé seis botijas grandes de miel, e hice nueve panes
de azúcar, que cada uno tenía más de arroba, y con greda conforme
yo había visto en varios trapiches, lo blanqueé muy bien. Ya que
los veinticinco indios me acabaron la nueva roza, la que se abrió
en la otra banda del río junto al platanar, con la caña que me
quedaba sembré dos tablones grandes de caña dulce en la mitad de
ella, y lo demás lo sembré de maíz una parte, y la otra de arroz. Y
ya que tuve la roza sembrada, para empezar a poner economía entre
la gente, dispuse y mandé lo que sigue.
Aquí hay que suponer que esta gente que vive en el Putumayo sin
conquistar, cada nación se divide en algunas partidas, las cuales
cada cual vive de por sí unos segregados de los otros. Y todos
saben, unos dónde viven los otros que son de su nación, y cuales
saben también a dónde viven otros de otras naciones. Cada porción
pues de indios, como por lo regular todos viven juntos, en una casa
o dos, cada año hacen una roza común la que siembran de las
semillas que tienen, y todos comen de ello sin distinción, ni jamás
tienen economía de guardar bastante semilla para volver a sembrar,
y por tanto, por lo regular sus sembrerías se reducen a plátanos y
yucas. El plátano por sí hijea, y así él mismo por sí se
multiplica. Y la yuca lo que se siembra es un pedazo de vástago que
cría. Y por esto todos conservan uno y otro, pero son raros los que
tienen maíz, maní, arroz, camotes, ni zapallos ni ñame.
Considerando este desavío, los Padres conversores han arbitrado
todos los años en las cosechas guardar de todas las semillas, y al
tiempo de haber de sembrar, tener para proveer a todos para que
puedan volver a sembrar. Y este estilo guardé yo también. Y así
junté a toda la gente y dije al Alcalde que la dividiese en seis
partes, y que cada porción había de hacer una roza aparte uno de
los otros, y para más asegurar este proyecto, a cada porción le
destiné uno de caporal que gobernase cada rocería.
A este tiempo llegó a mi pueblo la canoa que venía del Pará de
Portugal con el socorro anual. Me dieron seis hachas y seis
machetes, cuatro docenas de cuchillos flamencos, trescientas agujas
y otros tantos anzuelos, tres libras de pólvora y seis de munición,
diez libras de sal, un frasco de vino y treinta varas de tocuyo y
un taleguito de harina apilada que pesaba tres libras. Todo esto no
llegaba a importar cien pesos, pero por más que yo clamé al
Comisario, al Guardián y Discretorio, al Padre Salvador de Quito y
al señor Fiscal, jamás logré que me añadiesen, porque el colegio
sólo cuidaba mandar a cada conversor cada año los santos óleos, y
con ellos nos remitía el Padre Presidente a cada uno cuatro libras
de tabaco en polvo en dos latas,y una arroba de bollos de tabaco
para chupar.Y los trescientos cuarenta pesos que daba el Rey para
cada conversor allá se quedaba sin socorrernos.
Ya dividida la gente en seis cuerpos, les repartí la herramienta
y les dije que fueran abriendo sus rozas, y que yo les daría
semillas para sembrar, y que todos los cedros, chachacos y
guayacanes que topasen me los habían de traer al pueblo. Así se
hizo. Ellos abrieron las seis rozas, y las sembraron de maíz, arroz
y yucas. De mi platanar que ya tenía plátanos maduros, saqué seis
mil hijuelos de plátanos, y di mil a cada cuadrilla, los que
sembraron dentro de los maizales y yucales, para que al coger el
maíz y las yucas, les quedase la roza de platanar, y con el tiempo,
en tres o cuatro años, tuviesen todos buenos
platanares.
En lo interim que todo esto pasaba, apliqué los muchachos a
fabricar cuatro mil ladrillos y cuatro mil tejas, y al mismo tiempo
yo y mi chapetón nos aplicamos a labrar chachacos y guayacanes para
hacer mi convento, a aserrar cedros para tablas y cuartones, hasta
que acabando la gente su trabajo, junto con ellos poco a poco, en
un año se armó el convento al lado de la iglesia. Hice cuatro
cuartos abajo que servían de despensa para la manutención cotidiana
y guardar las cosechas. El piso de abajo se enladrilló y el de
arriba se hizo de tablazón clavada con clavos de chonta, y el techo
se hizo de teja. Al lado del convento hice una huerta cercada de
guaduas, y sembré en ella muchas frutas y un grande piñal. Arriba
tenía el convento cuatro cuartos: en el uno dormía yo, en el otro
mi chapetón; el otro servía de guardar las herramientas, las
mantecas, el azúcar, las mieles y guarapos, el aguardiente y todo
lo demás que se había de guardar, y el otro servía de
cocina.
No hubo en toda nuestra misión jamás iglesia ni convento tan
bueno como el de mi pueblo. Púseme después a fabricar una casa al
lado del convento para el trapiche, y la enladrillé, y el techo se
cobijó también con teja, y todo me salió muy bueno. Yo con la canoa
que trujo el socorro junté toda la cera que me habían juntado, y en
seis panes de a seis arrobas cada uno, remití a La Concepción diez
quintales y medio de cera blanca, y con mi canoa grande las
doscientas arrobas de cacao que había juntado aquella cosecha para
que me lo remitiera Fr. José Carvo a Caquetá con orden que avisasen
a Sibundoy y con carta al Padre cura que me lo mandase pasar a
Pasto en poder de don Ramón de la Barrera, con orden que pagase el
flete a los cargueros. Que la cera y el cacao lo vendiese, y que el
producto se hiciese pago, y que del resto pagase la campana y todo
lo demás, y que me lo remitiese a Caquetá. Y de lo que sobrase me
remitiese diez cerraduras de puerta, y lo demàs en ropa, bayera y
tocuyo.
Al cabo de nueve meses vino la campana, las herraduras,
cincuenta pares de zapatos, otros cincuenta de medias de algodón,
cuarenta varas de paño de Quito, cuatro mil varas de bayeta y otras
cuatro mil de tocuyo, y una carta de dicho don Ramón en que me
decía: La campana ha costado 300 pesos, las cerraduras 30, los
zapatos y las medias 50, el paño 80, la bayeta y el tocuyo 3.200.
Suma todo 3.590 pesos
(1)
. Flete
del cacao y cera 330 pesos. Suma todo junto 3.990. Las dos arrobas
de cera que de antemano tenía yo de su cuenta, juntas con estas que
ahora mandó, componen once quintales, y se han vendido a 250 pesos
el quintal, y suman 2.750. Las 200 arrobas de cacao importaron 600
pesos, y junto suman 3.350 pesos. Queda usted responsable en 530
pesos
(2)
, que le tengo
adelantados en esta remisión, y el flete que importa 30 pesos, con
que queda la deuda liquidada hasta el día de hoy en 560 pesos.
Mándeme usted 10 arrobas de cera y quedaremos en
paz.
Yo cuando vi la gran partida de ropa que me había mandado,
considerando el costo que tendría todo, todo me alteré más después
que leí la cuenta, me alegré mucho, y con la misma canoa le remití
las 10 arrobas de cera blanca con una carta de agradecimiento y un
regalo de un pan de cacao en masa de un quintal y un saparo lleno
de espingo y hoja de canela, lo que apreció mucho don Ramón.
Las noticias de lo que yo había hecho en mi pueblo llegaron a
noticia de los indios murciélagos, que viven cuatro días de río
abajo, más abajo de mi pueblo. Fue el caso que yendo una de mis
canoas cogiéndome cera y cacao un poco más abajo de la playa
grande, hubieron de encontrar pescando unos de esta nación, y les
pidieron unos anzuelos y un eslabón y pedernal, y con esta ocasión,
como hablan estos indios murciélagos la misma lengua de los
encabellados, trabaron conversación, y mis indios les contaron lo
bien que conmigo lo pasaban, la iglesia que habíamos hecho, el
mucho ganado que ya tenían todos, la ropa y mucha herramienta para
trabajar, etc. Ellos les dieron palabra que un día vendrían a
verlo, y con ello de parte de noche vino al cabo de algún tiempo en
una balsa una porción de indios murciélagos a mi pueblo, y sin
decirme a mi nada, ellos les enseñaron la iglesia y el ganado y la
ropa, y antes de madrugar el día ya se volvieron.
Éstos contaron allá en su pueblo a los otros lo que habían visto
en mi pueblo, y de aquí se fervorizaron todos y determinaron que el
cacique con otros dos me viniesen a pedir prestadas un par de
hachas para hacer una rocería, y con esta ocasión rastrear mi porte
y natural con deseo de venir todos a habitar en mi pueblo. Así como
lo pensaron, así lo hicieron. Todo esto lo supe yo ya después de
haber ellos venido. Un día pues avísanme los muchachos que veían
que venía una balsa de río abajo con gente. Yo que nada sabía, al
instante entré en cuidado, y temiendo no fuera alguna nación que
nos quisiese venir a devastar y hurtar lo que teníamos en el
pueblo, mandé al instante juntar toda mi gente y les dije que
tomasen cada cual sus armas para irlos a embestir con las canoas;
que no temiesen y que yo y mi chapetón iríamos los primeros, y que
a escopetazos y sablazos los rendiríamos a todos.
El Alcalde a lo que me vio tan enfurecido, me dijo: Padre, no
tengas cuidado, porque estos son unos indios que viven río abajo, y
te vienen a ver y quieren ser tus amigos, para que les des alguna
cosa como a nosotros. Con esta relación, y como no se veía más que
la balsa con tres indios solos, se me fue la impresión; pero
pensando que podía ser esta traza maliciosa entre ellos para
cogerme descuidado, viniendo la gente por el monte, previne la
escopeta y el sable, y díjele a mi chapetón que asistiese siempre a
mi lado, y que no dejase el machete de la mano. Esto sucedió cerca
de las diez de la mañana, y al cabo de rato catay que de la balsa
nos tocan ellos la babona. Al instante se les respondió del pueblo
con otra tocada, y esto es señal de paz.
Ya que llegaron al pueblo, los trujeron a mi rancho, porque
entonces aún no estaba el convento con proporción de habitarse.
Estos indios ya habían visto otros Padres y el Padre Presidente
Barrutieta había estado en su casa de paso dos veces. Ellos a lo
que me vieron se me vinieron a besar la mano, poniendo antes en
tierra los tres dardos que llevaba en la mano cada uno, y esto es
señal de amistad y sujeción. Yo les pregunté a qué efecto habían
venido. El cacique me dijo que para conocerme y tener amistad
conmigo, y para que les prestase algunas hachas para rozar, y que
me las volverían. Yo les dije: Después de comer ya lo veremos.
Díjele entonces a mi Alcalde: Estos tres indios, ya que quieren ser
mis amigos, yo los quiero tener en mi casa hasta que se vayan, y
así que al instante mandase a traerme un borrego gordo para
regalarlos.
Yo despejé a mi gente de casa y con mi chapetón me quedé a
solas con los tres murciélagos. Díles un trago de aguardiente, y
como ellos jamás lo habían probado, aunque de pronto hacían mala
cara, pero resollaban por las narices, y decían:
Acta deoqui
con un golpe de lengua, que es el encarecimiento de bueno que dan a
las cosas. Al cabo de rato les di un trago de vino, y en el
intermedio me contaron que conocían al Padre Barrutieta, y que le
habían dado dos muchachos y dos niñas. Yo les dije que yo ya lo
sabía, y que lo había visto y que estaban también en el pueblo de
Santa Rosa. Ya que me trujeron el borrego, se mató y de pronto se
hizo una fritanga de la sangre, y un guiso de la asadura. Yo tenía
pan bizcochado, y comimos los cinco juntos, y les saqué el buen
guarapo y quedaron muy contentos.
Después de comer les dije que fueran a la casa del Alcalde, pero
que no bebiesen nada, y que a la noche habían de cenar conmigo y
dormir en mi casa, y que yo no quería que se emborrachasen. Yo
llamé al Alcalde y le dije que se llevase aquellos indios a pasear,
y que no los emborrachasen, y lo primero que les enseñasen la
iglesia. Yo desde mi rancho estuve observándolo todo, y al salir de
la iglesia, los llevaron a ver el ganado, y después se los llevaron
a la otra banda del río a ver mi platanar y demás sembrerías. Yo
con mi chapetón amasamos pan fresco; de medio borrego con yucas
guisé arroz y un puchero de carne, y la otra mitad se asó para
darles de cenar. Ello a lo que vinieron al ponerse el sol, junté
como era costumbre la gente a rezar en la iglesia, y acabado el
rezo, llamé al Alcalde, Regidores y Fiscal, y les dije: Estos tres
indios han venido y quieren ser nuestros amigos. ¿Vosotros queréis
ser amigos suyos? Todos dijeron que sí. Entonces les dije que en
señal de amistad se dieran un abrazo. Ya hecho esto, les volví a
decir: Ellos quieren que yo les deje herramienta para rozar.
¿Vosotros halláis que conviene? Ellos dijeron que sí. Entonces
díjeles yo a los tres murciélagos: Ya veis cómo os estima mi gente.
Ahora vosotros nos habéis de prometer que cuando yo vaya a vuestro
pueblo, o algunos de aquí, no les habéis de hacer daño. Ellos lo
prometieron, y que lo dirían a toda su gente.
Entonces convidé a mi Alcalde, Regidores y Fiscal, y me los
llevé a mi rancho con los murciélagos a cenar. Ello cenamos muy
lindamente, y como quedó mucha cena, mandé al Alcalde y a los otros
que lo fueran a repartir en la gente del pueblo, y que me trujeran
tres hamacas para que durmieran los tres murciélagos. Así se hizo.
Yo los hice acostar, y yo y mi chapetón con seis niñitos nos
encerramos en mi cuarto a dormir. Ya que vino el día, se acabó de
rezar en la iglesia, celebré misa cantada con toda la música, lo
que les pareció muy bien. Esta precaución tuve yo para que ellos
allá contaran a su gente lo que pasaba en mi pueblo, y me sirvió de
mucho. Yo los detuve tres días, y cada día maté un borrego, y se
repitió lo mismo en la iglesia, y en casa.
El cuarto día les di tres hachas y seis machetes prestados. Les
di a cada uno un eslabón y pedernal, un anzuelo grande de pescar
bagre, seis medianos para pescar barbudos, y doce agujas hechas
anzuelo para pescar gallofas y zambitos, y una canoíta llena de
plátanos, maíz y masatos de yuca y chontaduro. Ellos pensando que
yo se los daba en cambio de algunos hijos suyos, y así me
preguntaron cuántos hijos me habían de dar por ello. Yo les dije
que no quería nada, pero que después de dos lunas, yo iría allá con
el Alcalde para conocer a toda su gente, y que si entonces algunos
querían venir conmigo a vivir en mi pueblo, me los llevaría y que
los cuidaría bien. Ellos se fueron muy contentos, y allá contaron
mil bizarrías del Padre y pueblo mío.
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1.
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Sic. Error en el cálculo. La suma ha de ser 3.600.(regresar 1)
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2.
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Nuevamente calcula mal el autor. El saldo, según su
errónea cuenta, habría de ser 570 pesos. (regresar
2)
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