CAPÍTULO II
Contiene la
prosecución de las obras que hice en aumento de mi
pueblo.
A los dos meses, teniendo ya la roza quemada y limpia, vino de
la Concepción la balsa con lo que me mandó Fr. José Carvo, y de
pronto se sembró el platanar y las yucas, y ahí mismo lo resembré
de maíz. En otro pedazo sembré la caña dulce, y junto a ella el
arroz. En lo interim que yo con la gente me empleaba en esta obra,
los muchachos con cuatro indios iban río abajo, buscándome cera y
cacao. Se iban el domingo con cuatro canoas, y venían el sábado a
la tarde con lo que habían recogido. Mas a cosa de un mes que ya
estábamos sobre la Navidad, considerando que de esta suerte se
adelantaba muy poco, y que se perdía la enseñanza de los muchachos,
que era lo que más me importaba, los hice cesar de la obra, ya
porque por entonces había poco cacao y recogían muy poca cera.
Junté todo lo que en un mes y medio habían recogido, y hubo diez
arrobas de cacao y dos de cera.
Yo lo puse en salvo, y para la Nochebuena industrié a doce
muchachos ya grandecitos, que eran los músicos, a cantar unas
coplas del Niño Jesús de Belén, en un concierto de danza al toque
de las cuatro dulzainas y pandero. Y como todas las noches se
ensayaba, los aprendieron lindamente. Yo me previne de cuarenta
varas de garapacha, y les hice a todos calzones y armador, y un
tonelito fruncido hasta la rodilla, al modo que usan las estafetas,
y una birretina con una cruz colorada como divisa. El armador y
calzones teñido en colorado, y el tonelito morado, guarnecido de
cinta colorada y la birretina negra.
Hay por aquellos montes unos árboles que llaman afuera haba
longa. Estos dan una especie de habas del tamaño de la primer
coyuntura del dedo pulgar de un hombre, y a la punta remata
piramidal, y la otra redonda. Estas se dividen, como las habas en
dos mitades, y adentro forman un hueco como una castañeta. Ellas
son del color del clavo, y es un veneno tan activo, que la cuarta
parte tomado en polvo, en una hora quita la vida. Yo en Nemocón,
cuando fui para Tunja había visto que los indios las taladran, y
compuestas, pegadas de dos en dos, las usaban en lugar de
cascabeles atadas a las piernas. Hice pues a estos doce muchachos a
cada cual su par de polainas, todas sembradas de estas
habas.
Los hombres que vieron toda esta prevención, me preguntaron a
qué fin se prevenía aquel festín. Yo les expliqué el misterio de la
Natividad del Niño Jesús, y que aquella noche la habíamos de
celebrar en la iglesia con música y misa cantada. Ellos hicieron
con esta noticia su conciliábulo, y determinaron también prevenirse
con su danza, y las mujeres también aparte con la suya, y esto lo
tuvieron callado, hasta la Nochebuena. Yo lo mejor que pude formé
de greda un Niño, una Virgen y San José, y salieron tan mal
entallados, que sólo allí se podía armar con ello Nacimiento. De
papel un Ángel de Gloria, y de greda Pastores y Pastoras, perros,
carneros y ovejas, y lo mal entallado algo se disimuló con la
pintura. Con el hostiario hice obleas de harina de maíz
floreada, y fue lo que salió mejor, y entreveradas con varias
frutitas y puntas de ramitas, al uso de Mallorca, colgué la
iglesia.
A un lado del altar sobre varios pedazos de tablas sobre una
mesa compuse de ramas una choza, y a un lado la portada con el
Nacimiento con todos los demás títeres para celebrar la Nochebuena.
La vigilia en la tarde canté las
Vísperas con la música, y
ya al querer cerrar la noche, mandé matar un novillo, y se lo
repartí a todos, reservando sólo la lengua y los sesos y un pedazo
de pecho para casa. Yo les previne que al oír tocar la campanilla
se vinieran todos a la iglesia. Ya cerca de las once, vestí a los
doce muchachos, que a este fin los hice quedar en casa, y los hice
salir en medio de la plaza tocando el tambor y los demás
instrumentos acompañados de mi chapetón don Francisco con la
escopeta al hombro, y en la mano izquierda un hachón o porra
de palma embreada, a cuyo ruido se levantó todo el pueblo, y
salieron a ver la novedad del alboroto con el sonido de tantos
cascabeles como llevaban los muchachos en las polainas, lo que les
cayó en mucha gracia. Diose la vuelta por la plaza, y a la puerta
de la iglesia en donde aguardaba yo, empecé a tocar la campanilla,
y en un instante se vinieron todos a la iglesia.
Se pusieron luces en el altar y en el Nacimiento, y me revestí
con alba y estola. En lo interim que pasó esta función, el ganado
que estaba recogido en la plaza, al oír el estruendo del tambor y
los otros instrumentos con que salieron de casa los muchachos,
acompañados del chapetón don Francisco con el hachón encendido en
la mano, se azoró y empezaron a balar los carneros, y las vacas y
novillos a mugir haciendo correrías y huyendo del tumulto, que me
puso en bastante cuidado que no sucediera alguna desgracia, porque
reparé que algunos novillos se paraban y se ponían en ademán de
querer embestir. Pero al llegar a la iglesia el hachón, y cesar de
tocar el tambor, al instante se había ya sosegado.
Yo canté los
Maitines con los muchachos, acompañado con
la música, y al concluir la tercera lección del primer nocturno, se
concluyó con la danza de los muchachos con mucho gusto y alegría. Y
entonces me dijo el Alcalde que lo avisase que los hombres también
querían bailar su danza, y después también las mujeres. Yo que nada
de esto sabía, le dije que en haciéndole yo señal, que saliesen los
hombres y que también lo avisaría a su tiempo para las mujeres. Yo
hasta entonces nunca había visto sus danzas, pero al concluir el
segundo nocturno, le hice la señal al Alcalde, se levantaron doce
indios y el modo de danzar fue apiñándose unos con otros, con un
brazo levantado, rodando, dando patadas y empellones unos a otros,
haciendo todos ademán de alcanzar un zorro muerto y lleno de paja
que sacó el que iba en medio de todos, y a compás repetían todos
curucu, curucu que quiere decir: alcánzalo, alcánzalo. Yo a
primera vista de verdad llegué a temer, porque todos doce se
pusieron con el rostro airado, y daban con la agitación fuertes
bufidos por las narices, y de cuando en cuando soltaban algunas
carcajadas de risa. Yo a poco rato hice pausar los instrumentos y
con ello se acabó la danza. Yo proseguí cantando el tercer
nocturno, y al concluirlo hice la seña al Alcalde, y entonces se
levantaron doce mujeres, y agarrándose todas de las manos, formaron
un medio círculo, daban una corridita hasta el escalón del
Presbiterio, y allí hacían una media genuflexión de la rodilla
todas a un tiempo, y luego se volvían caminando al revés al puesto
de la danza, y repetían lo mismo. Y cantando todas a compás
repetían
berepet te, berepet te. Que quiere decir: Vamos con
alegría. Así danzaron un rato, y yo haciendo señal las hice cesar,
y entonces mandando encender todas las velas del altar y del
Nacimiento, entoné el
Te Deum laudamus, acompañado con la
música.
Lleguéme entonces al altar, y hecha la genuflexión, me llegué al
Nacimiento, y tomando al Niño Jesús con un pañuelo blanco, me puse
en el escalón del Presbiterio, y en lo interim ya todos,
encendieron cada cual su cerillo o vela y presidiendo el chapetón,
vino el Alcalde y los Regidores por su orden a adorar al Niño
Jesús, y tras del Fiscal el Cacique, y después los demás, hombres y
muchachos, y tras de ellos las mujeres, promediando con la música,
de suerte que al concluir la adoración, se concluyó el
Te
Deum, y después los
Maitines. Me acabé de revestir
entonces y canté la primer misa, y concluida, proseguí a cantar las
Laudes y se concluyó la función. Al apuntar el día se volvió
a tocar, y congregando el pueblo en la iglesia, se cantó prima, la
cual concluída, se rezó la doctrina ordinaria de todos los días, y
después se cantó la segunda misa y se fueron a sus casas. Al cabo
de un rato me encerré con mi chapetón y un muchacho que asistía en
casa dentro de la iglesia, y dije la tercera misa secretamente,
porque mi chapetón había de comulgar en ella, y me previne de esta
secreta cautela, para que si veían comulgar al chapetón, todos se
vendrían a pedirme que les diese de aquellas
arepitas.
Ya pasada la Pascua, llamé al Alcalde y Regidores y les dije que
señalasen doce indios y que se fueran río abajo, que me habían de
buscar cuatro quintales de cera blanca, porque yo había escrito
para que me trujeran una campana grande y ropa para volverles a dar
otro vestido y acabar de vestir a los niños y niñas, que éstos se
habían de ir el domingo después de misa y habían de volver el
sábado a la tarde con lo que hubiesen encontrado. Y que cada semana
se remudasen otros para ello. Que la demás gente se había de
aplicar a buscarme chachacos, y guayacanes para estantillos, para
hacerme un buen convento, conforme ya sabían que habían hecho los
indios de La Concepción y en los demás pueblos del río. Y que las
mujeres se habían de aplicar a traerme canoas de greda para que yo
con los muchachos nos aplicásemos a fabricar teja y ladrillo para
lo que yo necesitase. Y que seis mujeres, las más hábiles, yo las
aplicaría a fabricar botijas para hacer aquel año bastante manteca
de tortuga, y que también les daría a ellos para que empezasen a
comer mejor de lo que hasta entonces habían usado.
Todo se hizo conformes mandé. Ya que trujeron la greda, mandé
fabricar cincuenta botijas para las mantecas, y al principio del
mes de marzo, que es cuando las tortugas salen en abundancia a las
playas a poner sus huevos, me bajé con veinticinco indios río abajo
dos días en que hay una grande playa que tendrá sobre dos leguas, y
allí nos arranchamos en el monte, junto a la punta de la playa. Yo
llevaba cuatro canoítas chicas y la canoa grande. Ya entonces
empezaba el cacao a madurar, y despaché las cuatro canoítas chicas
río abajo con cinco indios en cada una, y que en lo interim me
fueran cogiendo cacao. Ellos se iban por la mañana y volvían a la
noche con lo que habían cada cual cogido, y por el día yo con los
cinco indios que quedaban conmigo me entretenía en sacar el cacao
de la mazorca y secarlo al sol en la playa, y ya seco encestarlo en
saparos y guardarlo en la canoa grande.
A los siete días acudieron a la playa a poner sus huevos
tantísimas tortugas, que aquella noche pondrían más de un millón de
huevos. Fue con tal extremo, que al otro día en todo el día con
todos los 25 indios no pudimos acabar de sacar todos los nidos. Ya
me instaba a mí el irme río arriba en busca del Padre Alfaro para
toparnos conforme nos teníamos citados para confesarnos anualmente,
por lo que ordené a los indios que prosiguieran cogiendo cacao y
haciendo mantecas, y que en teniendo ya veinticinco botijas llenas,
se subiesen con ello al pueblo, llevando también todo el cacao que
hubiesen sacado, y yo me subí con mi chapetón y un muchacho en una
canoa chica al pueblo.
Ya que llegué tomé una canoa grande y me fui con ellos y mi
chapetón río arriba. En nueve días llegamos a la playa, en donde
hallé al Padre Alfaro que ya había once días que me estaba
aguardando. Nos confesamos y estuvimos dos días juntos, y nos
despedimos hasta el otro año, y él se subió a su pueblo, y yo me
volví al mío, y en el camino me llevé de una playa la canoa llena
de huevos de tortuga de que se llenaron tres botijas de
manteca.
Al otro día de haber yo llegado, llegaron los indios de río
abajo, y trujeron once botijas llenas de manteca, y cosa de
cincuenta arrobas de cacao seco. Yo lo guardé a buen recaudo. Hallé
juntamente que los indios del pueblo me tenían cosa de seis arrobas
de cera blanca junta. Entre cedros, chachacos y guayacanes habían
ya acarreado cincuenta palos, y las mujeres cuatro canoas de greda.
Ya estábamos sobre la Semana Santa, cuyos oficios divinos celebré
con mucha solemnidad, y de flores compuse el Monumento para el
Jueves Santo, y desde que reservé al Señor hasta que consumí el
Viernes Santo puse seis indios de centinela, cada cual con un dardo
en la mano en ademán de quien presenta las armas, remudándose de
hora en hora. Mi chapetón a un lado del altar con el sable en la
mano y la escopeta a los pies, y yo de rato en rato en su lengua
les conté toda la Pasión.
Ella toda la noche estuvo muy devota, ardiendo cincuenta cirios,
y a ratos hacía que unos velasen y otros fueran a dormir hasta que
vino el día. Yo y mi chapetón lo pasamos sin dormir poco ni mucho,
y ya que vino el día, cerca de las ocho celebré la misa y consumí
al Señor y se quitó el Monumento, y a la tarde la empleamos en
hacer la Vía Sacra, diciéndoles en cada paso en su lengua lo que
contenía. El día después al amanecer bendije el incienso, la cera,
agua y fuego, y se cantó la misa a buena hora, y las
Vísperas, y al anochecer las
Completas. Y todas las
pascuas hubo
Maitines cantados, misa y
Vísperas y
Completas cantadas. Y como se iba la música siempre mas
adiestrando, ellos iban todos muy contentos, y en avisándoles que
había alguna fiesta con música, ya todos asistían de buena gana. Y
este fue el estilo que observé siempre de celebrar todas las
Pascuas y fiestas principales que acostumbra la Iglesia Santa en el
discurso del año, y todos los sábados a la noche procesión, sacando
a la Virgen con las andas llenas de flores, después de rezar la
Corona, cantando la Salve coblada
como ya llevo
apuntado.
Ya que se pasó la Pascua, me volví a proseguir el trabajo
dejando ordenado al Alcalde que mandase por semanas a la cosecha de
la cera, que era lo que más me importaba, y el congregar palos para
la obra del convento, mientras que yo iba a la cosecha del cacao y
mantecas, y volviendo a tomar las mismas cinco canoas y veinticinco
indios, me volví a bajar río abajo a la playa grande. Ya que
llegamos estaba aquella grande playa tan llena de nidos de tortuga,
que en ocho días acabamos de llenar las botijas de manteca, y
después se aplicaron todos a la cosecha del cacao, y como yo
entonces iba con ellos, al cabo de un mes nos volvimos al pueblo
con más de doscientas arrobas de cacao seco y doce colmenas enteras
de miel y cera, y más de cincuenta arrobas de pescado asado y
ahumado. Ya que llegamos se subió todo a mi rancho, y se abrieron
las colmenas y se sacaron tres botijas de miel, y dos arrobas de
cera blanca, y ocho de cera negra y amarilla.
Yo junté la cera blanca toda, y hallé que tenía más de ocho
quintales. Yo la fundí y reduje a panes de seis arrobas, y de ellos
fabriqué cuatro. Y ya que tuve esto asegurado, me apliqué a la
fábrica de un trapiche, porque la caña dulce ya empezaba a madurar
y era menester molerla. De dos guayacanes corté los trozos y las
mazas a fuerza de hacha y escoplo lo fuimos labrando, y en lo
interim capamos seis novillos para que ya mansos molieran la caña,
y juntamente se armó un rancho para la fábrica. Mandé fabricar dos
fondos y dos docenas de botijas grandes para los guarapos y la
miel, y dos docenas de moldes para cuajar azúcar, y todo salió muy
a mi gusto.
Fabricóse también un alambique en que cabían dos botijas de
guarapo para fabricar aguardiente; se armó en el rancho las dos
hornazas, y aquí me valí de esta traza. Yo en la ciudad de La Plata
vi en el trapiche de una mulata llamada doña Manuela Flórez, como
noto en el Tomo Primero, capítulo V, que los fondos en que allá
cocían el guarapo era un caldero de cobre batido, a cuyo suelo sólo
daba la candela, y que de la boca para arriba tenía un
entablado de tablitas de espino, que es lo mismo que el guayacán en
lo macizo, sólo que es de color blanco, y con esto, con sólo un
caldero mediano servía como un fondo tan grande como los que usan
en las jabonerías para cuajar jabón. Yo me valí de la misma traza,
y con dos calderos de greda o barro con tablitas de guayacán armé
dos fondos, que en cada uno cabían seis botijas grandes de
guarapo.
En lo interim que yo iba componiendo mi trapiche, mandé
coger la roza del maíz que ya estaba del todo seco. Y aquí fue
menester aplicar todo mi cuidado, porque como ellos jamás habían
tenido maíz para sembrar, a poco que me descuidase me lo hurtarían.
Después que ya tuve en casa el maíz, mandé coger el arroz que ya
también estaba seco, y reducido a grano uno y otro, lo mandé
trillar con seis bueyes mansos. Tuve de dos saparos de maíz en
grano de sembradura sesenta saparos de maíz, y de dos saparos de
arroz en grano de sembradura, tuve cuarenta saparos de arroz en
grano vestido.
En el arroz hube de valerme de ingenio para poderlo separar ya
trillado de la paja, porque como allí jamás hace viento ni poco ni
mucho, aunque yo hice horquetones a fuerza de horqueta hacíamos
sobrenadar la paja sobre el grano, ya mano se quitaba poco a poco
la paja. Y para depurarlo fabriqué dos arneros de cuerdecita
trabadas entre sí, en lugar de juncos. Y para quitarle la
cascarilla, esto se hace poco a poco en almirez de guayacán grande
con su mano proporcionada, colgada de un arco con su veta. Pero yo
lo guardé todo, sólo poniendo la mira a tenerlo para repartírselo,
para que todos tuvieran de uno y otro para volver a sembrar.