INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO II


 
Contiene la prosecución de las obras que hice en aumento de mi pueblo.


 

A los dos meses, teniendo ya la roza quemada y limpia, vino de la Concepción la balsa con lo que me mandó Fr. José Carvo, y de pronto se sembró el platanar y las yucas, y ahí mismo lo resembré de maíz. En otro pedazo sembré la caña dulce, y junto a ella el arroz. En lo interim que yo con la gente me empleaba en esta obra, los muchachos con cuatro indios iban río abajo, buscándome cera y cacao. Se iban el domingo con cuatro canoas, y venían el sábado a la tarde con lo que habían recogido. Mas a cosa de un mes que ya estábamos sobre la Navidad, considerando que de esta suerte se adelantaba muy poco, y que se perdía la enseñanza de los muchachos, que era lo que más me importaba, los hice cesar de la obra, ya porque por entonces había poco cacao y recogían muy poca cera. Junté todo lo que en un mes y medio habían recogido, y hubo diez arrobas de cacao y dos de cera.

Yo lo puse en salvo, y para la Nochebuena industrié a doce muchachos ya grandecitos, que eran los músicos, a cantar unas coplas del Niño Jesús de Belén, en un concierto de danza al toque de las cuatro dulzainas y pandero. Y como todas las noches se ensayaba, los aprendieron lindamente. Yo me previne de cuarenta varas de garapacha, y les hice a todos calzones y armador, y un tonelito fruncido hasta la rodilla, al modo que usan las estafetas, y una birretina con una cruz colorada como divisa. El armador y calzones teñido en colorado, y el tonelito morado, guarnecido de cinta colorada y la birretina negra.

Hay por aquellos montes unos árboles que llaman afuera haba longa. Estos dan una especie de habas del tamaño de la primer coyuntura del dedo pulgar de un hombre, y a la punta remata piramidal, y la otra redonda. Estas se dividen, como las habas en dos mitades, y adentro forman un hueco como una castañeta. Ellas son del color del clavo, y es un veneno tan activo, que la cuarta parte tomado en polvo, en una hora quita la vida. Yo en Nemocón, cuando fui para Tunja había visto que los indios las taladran, y compuestas, pegadas de dos en dos, las usaban en lugar de cascabeles atadas a las piernas. Hice pues a estos doce muchachos a cada cual su par de polainas, todas sembradas de estas habas.

Los hombres que vieron toda esta prevención, me preguntaron a qué fin se prevenía aquel festín. Yo les expliqué el misterio de la Natividad del Niño Jesús, y que aquella noche la habíamos de celebrar en la iglesia con música y misa cantada. Ellos hicieron con esta noticia su conciliábulo, y determinaron también prevenirse con su danza, y las mujeres también aparte con la suya, y esto lo tuvieron callado, hasta la Nochebuena. Yo lo mejor que pude formé de greda un Niño, una Virgen y San José, y salieron tan mal entallados, que sólo allí se podía armar con ello Nacimiento. De papel un Ángel de Gloria, y de greda Pastores y Pastoras, perros, carneros y ovejas, y lo mal entallado algo se disimuló con la pintura. Con el hostiario hice obleas de harina de maíz floreada, y fue lo que salió mejor, y entreveradas con varias frutitas y puntas de ramitas, al uso de Mallorca, colgué la iglesia.

A un lado del altar sobre varios pedazos de tablas sobre una mesa compuse de ramas una choza, y a un lado la portada con el Nacimiento con todos los demás títeres para celebrar la Nochebuena. La vigilia en la tarde canté las Vísperas con la música, y ya al querer cerrar la noche, mandé matar un novillo, y se lo repartí a todos, reservando sólo la lengua y los sesos y un pedazo de pecho para casa. Yo les previne que al oír tocar la campanilla se vinieran todos a la iglesia. Ya cerca de las once, vestí a los doce muchachos, que a este fin los hice quedar en casa, y los hice salir en medio de la plaza tocando el tambor y los demás instrumentos acompañados de mi chapetón don Francisco con la escopeta al hombro, y en la mano izquierda un hachón o porra de palma embreada, a cuyo ruido se levantó todo el pueblo, y salieron a ver la novedad del alboroto con el sonido de tantos cascabeles como llevaban los muchachos en las polainas, lo que les cayó en mucha gracia. Diose la vuelta por la plaza, y a la puerta de la iglesia en donde aguardaba yo, empecé a tocar la campanilla, y en un instante se vinieron todos a la iglesia.

Se pusieron luces en el altar y en el Nacimiento, y me revestí con alba y estola. En lo interim que pasó esta función, el ganado que estaba recogido en la plaza, al oír el estruendo del tambor y los otros instrumentos con que salieron de casa los muchachos, acompañados del chapetón don Francisco con el hachón encendido en la mano, se azoró y empezaron a balar los carneros, y las vacas y novillos a mugir haciendo correrías y huyendo del tumulto, que me puso en bastante cuidado que no sucediera alguna desgracia, porque reparé que algunos novillos se paraban y se ponían en ademán de querer embestir. Pero al llegar a la iglesia el hachón, y cesar de tocar el tambor, al instante se había ya sosegado.

Yo canté los Maitines con los muchachos, acompañado con la música, y al concluir la tercera lección del primer nocturno, se concluyó con la danza de los muchachos con mucho gusto y alegría. Y entonces me dijo el Alcalde que lo avisase que los hombres también querían bailar su danza, y después también las mujeres. Yo que nada de esto sabía, le dije que en haciéndole yo señal, que saliesen los hombres y que también lo avisaría a su tiempo para las mujeres. Yo hasta entonces nunca había visto sus danzas, pero al concluir el segundo nocturno, le hice la señal al Alcalde, se levantaron doce indios y el modo de danzar fue apiñándose unos con otros, con un brazo levantado, rodando, dando patadas y empellones unos a otros, haciendo todos ademán de alcanzar un zorro muerto y lleno de paja que sacó el que iba en medio de todos, y a compás repetían todos curucu, curucu que quiere decir: alcánzalo, alcánzalo. Yo a primera vista de verdad llegué a temer, porque todos doce se pusieron con el rostro airado, y daban con la agitación fuertes bufidos por las narices, y de cuando en cuando soltaban algunas carcajadas de risa. Yo a poco rato hice pausar los instrumentos y con ello se acabó la danza. Yo proseguí cantando el tercer nocturno, y al concluirlo hice la seña al Alcalde, y entonces se levantaron doce mujeres, y agarrándose todas de las manos, formaron un medio círculo, daban una corridita hasta el escalón del Presbiterio, y allí hacían una media genuflexión de la rodilla todas a un tiempo, y luego se volvían caminando al revés al puesto de la danza, y repetían lo mismo. Y cantando todas a compás repetían berepet te, berepet te. Que quiere decir: Vamos con alegría. Así danzaron un rato, y yo haciendo señal las hice cesar, y entonces mandando encender todas las velas del altar y del Nacimiento, entoné el Te Deum laudamus, acompañado con la música.

Lleguéme entonces al altar, y hecha la genuflexión, me llegué al Nacimiento, y tomando al Niño Jesús con un pañuelo blanco, me puse en el escalón del Presbiterio, y en lo interim ya todos, encendieron cada cual su cerillo o vela y presidiendo el chapetón, vino el Alcalde y los Regidores por su orden a adorar al Niño Jesús, y tras del Fiscal el Cacique, y después los demás, hombres y muchachos, y tras de ellos las mujeres, promediando con la música, de suerte que al concluir la adoración, se concluyó el Te Deum, y después los Maitines. Me acabé de revestir entonces y canté la primer misa, y concluida, proseguí a cantar las Laudes y se concluyó la función. Al apuntar el día se volvió a tocar, y congregando el pueblo en la iglesia, se cantó prima, la cual concluída, se rezó la doctrina ordinaria de todos los días, y después se cantó la segunda misa y se fueron a sus casas. Al cabo de un rato me encerré con mi chapetón y un muchacho que asistía en casa dentro de la iglesia, y dije la tercera misa secretamente, porque mi chapetón había de comulgar en ella, y me previne de esta secreta cautela, para que si veían comulgar al chapetón, todos se vendrían a pedirme que les diese de aquellas arepitas.

Ya pasada la Pascua, llamé al Alcalde y Regidores y les dije que señalasen doce indios y que se fueran río abajo, que me habían de buscar cuatro quintales de cera blanca, porque yo había escrito para que me trujeran una campana grande y ropa para volverles a dar otro vestido y acabar de vestir a los niños y niñas, que éstos se habían de ir el domingo después de misa y habían de volver el sábado a la tarde con lo que hubiesen encontrado. Y que cada semana se remudasen otros para ello. Que la demás gente se había de aplicar a buscarme chachacos, y guayacanes para estantillos, para hacerme un buen convento, conforme ya sabían que habían hecho los indios de La Concepción y en los demás pueblos del río. Y que las mujeres se habían de aplicar a traerme canoas de greda para que yo con los muchachos nos aplicásemos a fabricar teja y ladrillo para lo que yo necesitase. Y que seis mujeres, las más hábiles, yo las aplicaría a fabricar botijas para hacer aquel año bastante manteca de tortuga, y que también les daría a ellos para que empezasen a comer mejor de lo que hasta entonces habían usado.

Todo se hizo conformes mandé. Ya que trujeron la greda, mandé fabricar cincuenta botijas para las mantecas, y al principio del mes de marzo, que es cuando las tortugas salen en abundancia a las playas a poner sus huevos, me bajé con veinticinco indios río abajo dos días en que hay una grande playa que tendrá sobre dos leguas, y allí nos arranchamos en el monte, junto a la punta de la playa. Yo llevaba cuatro canoítas chicas y la canoa grande. Ya entonces empezaba el cacao a madurar, y despaché las cuatro canoítas chicas río abajo con cinco indios en cada una, y que en lo interim me fueran cogiendo cacao. Ellos se iban por la mañana y volvían a la noche con lo que habían cada cual cogido, y por el día yo con los cinco indios que quedaban conmigo me entretenía en sacar el cacao de la mazorca y secarlo al sol en la playa, y ya seco encestarlo en saparos y guardarlo en la canoa grande.

A los siete días acudieron a la playa a poner sus huevos tantísimas tortugas, que aquella noche pondrían más de un millón de huevos. Fue con tal extremo, que al otro día en todo el día con todos los 25 indios no pudimos acabar de sacar todos los nidos. Ya me instaba a mí el irme río arriba en busca del Padre Alfaro para toparnos conforme nos teníamos citados para confesarnos anualmente, por lo que ordené a los indios que prosiguieran cogiendo cacao y haciendo mantecas, y que en teniendo ya veinticinco botijas llenas, se subiesen con ello al pueblo, llevando también todo el cacao que hubiesen sacado, y yo me subí con mi chapetón y un muchacho en una canoa chica al pueblo.

Ya que llegué tomé una canoa grande y me fui con ellos y mi chapetón río arriba. En nueve días llegamos a la playa, en donde hallé al Padre Alfaro que ya había once días que me estaba aguardando. Nos confesamos y estuvimos dos días juntos, y nos despedimos hasta el otro año, y él se subió a su pueblo, y yo me volví al mío, y en el camino me llevé de una playa la canoa llena de huevos de tortuga de que se llenaron tres botijas de manteca.

Al otro día de haber yo llegado, llegaron los indios de río abajo, y trujeron once botijas llenas de manteca, y cosa de cincuenta arrobas de cacao seco. Yo lo guardé a buen recaudo. Hallé juntamente que los indios del pueblo me tenían cosa de seis arrobas de cera blanca junta. Entre cedros, chachacos y guayacanes habían ya acarreado cincuenta palos, y las mujeres cuatro canoas de greda. Ya estábamos sobre la Semana Santa, cuyos oficios divinos celebré con mucha solemnidad, y de flores compuse el Monumento para el Jueves Santo, y desde que reservé al Señor hasta que consumí el Viernes Santo puse seis indios de centinela, cada cual con un dardo en la mano en ademán de quien presenta las armas, remudándose de hora en hora. Mi chapetón a un lado del altar con el sable en la mano y la escopeta a los pies, y yo de rato en rato en su lengua les conté toda la Pasión.

Ella toda la noche estuvo muy devota, ardiendo cincuenta cirios, y a ratos hacía que unos velasen y otros fueran a dormir hasta que vino el día. Yo y mi chapetón lo pasamos sin dormir poco ni mucho, y ya que vino el día, cerca de las ocho celebré la misa y consumí al Señor y se quitó el Monumento, y a la tarde la empleamos en hacer la Vía Sacra, diciéndoles en cada paso en su lengua lo que contenía. El día después al amanecer bendije el incienso, la cera, agua y fuego, y se cantó la misa a buena hora, y las Vísperas, y al anochecer las Completas. Y todas las pascuas hubo Maitines cantados, misa y Vísperas y Completas cantadas. Y como se iba la música siempre mas adiestrando, ellos iban todos muy contentos, y en avisándoles que había alguna fiesta con música, ya todos asistían de buena gana. Y este fue el estilo que observé siempre de celebrar todas las Pascuas y fiestas principales que acostumbra la Iglesia Santa en el discurso del año, y todos los sábados a la noche procesión, sacando a la Virgen con las andas llenas de flores, después de rezar la Corona, cantando la Salve coblada  como ya llevo apuntado.

Ya que se pasó la Pascua, me volví a proseguir el trabajo dejando ordenado al Alcalde que mandase por semanas a la cosecha de la cera, que era lo que más me importaba, y el congregar palos para la obra del convento, mientras que yo iba a la cosecha del cacao y mantecas, y volviendo a tomar las mismas cinco canoas y veinticinco indios, me volví a bajar río abajo a la playa grande. Ya que llegamos estaba aquella grande playa tan llena de nidos de tortuga, que en ocho días acabamos de llenar las botijas de manteca, y después se aplicaron todos a la cosecha del cacao, y como yo entonces iba con ellos, al cabo de un mes nos volvimos al pueblo con más de doscientas arrobas de cacao seco y doce colmenas enteras de miel y cera, y más de cincuenta arrobas de pescado asado y ahumado. Ya que llegamos se subió todo a mi rancho, y se abrieron las colmenas y se sacaron tres botijas de miel, y dos arrobas de cera blanca, y ocho de cera negra y amarilla.

Yo junté la cera blanca toda, y hallé que tenía más de ocho quintales. Yo la fundí y reduje a panes de seis arrobas, y de ellos fabriqué cuatro. Y ya que tuve esto asegurado, me apliqué a la fábrica de un trapiche, porque la caña dulce ya empezaba a madurar y era menester molerla. De dos guayacanes corté los trozos y las mazas a fuerza de hacha y escoplo lo fuimos labrando, y en lo interim capamos seis novillos para que ya mansos molieran la caña, y juntamente se armó un rancho para la fábrica. Mandé fabricar dos fondos y dos docenas de botijas grandes para los guarapos y la miel, y dos docenas de moldes para cuajar azúcar, y todo salió muy a mi gusto.

Fabricóse también un alambique en que cabían dos botijas de guarapo para fabricar aguardiente; se armó en el rancho las dos hornazas, y aquí me valí de esta traza. Yo en la ciudad de La Plata vi en el trapiche de una mulata llamada doña Manuela Flórez, como noto en el Tomo Primero, capítulo V, que los fondos en que allá cocían el guarapo era un caldero de cobre batido, a cuyo suelo sólo daba la candela, y que de la boca para arriba tenía un entablado de tablitas de espino, que es lo mismo que el guayacán en lo macizo, sólo que es de color blanco, y con esto, con sólo un caldero mediano servía como un fondo tan grande como los que usan en las jabonerías para cuajar jabón. Yo me valí de la misma traza, y con dos calderos de greda o barro con tablitas de guayacán armé dos fondos, que en cada uno cabían seis botijas grandes de guarapo.

En lo interim que yo iba componiendo mi trapiche, mandé coger la roza del maíz que ya estaba del todo seco. Y aquí fue menester aplicar todo mi cuidado, porque como ellos jamás habían tenido maíz para sembrar, a poco que me descuidase me lo hurtarían. Después que ya tuve en casa el maíz, mandé coger el arroz que ya también estaba seco, y reducido a grano uno y otro, lo mandé trillar con seis bueyes mansos. Tuve de dos saparos de maíz en grano de sembradura sesenta saparos de maíz, y de dos saparos de arroz en grano de sembradura, tuve cuarenta saparos de arroz en grano vestido.

En el arroz hube de valerme de ingenio para poderlo separar ya trillado de la paja, porque como allí jamás hace viento ni poco ni mucho, aunque yo hice horquetones a fuerza de horqueta hacíamos sobrenadar la paja sobre el grano, ya mano se quitaba poco a poco la paja. Y para depurarlo fabriqué dos arneros de cuerdecita trabadas entre sí, en lugar de juncos. Y para quitarle la cascarilla, esto se hace poco a poco en almirez de guayacán grande con su mano proporcionada, colgada de un arco con su veta. Pero yo lo guardé todo, sólo poniendo la mira a tenerlo para repartírselo, para que todos tuvieran de uno y otro para volver a sembrar.

anterior | índice | siguiente