INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
PRÓLOGO AL LECTOR

 

 

Amado lector, en este Cuarto Tomo te ofrezco el resto de la historia de mi peregrinación y viaje a la India Occidental, que llaman el Perú, sencillamente, sin crítica alguna, sino sencillamente como me fuere acordando de lo que allí me pasó. Y aquí te advierto que se hace preciso dejar gran parte de las provincias que anduve, porque ni yo las anduve todas, y las que anduve fue de paso, sin ladearme del camino real desde Quito hasta el Valle del Cauca y colegio de Santa Rosa de Ocopa; y de allí a mano izquierda la provincia de Tarma, la de Guanuco y la de Cajatambo. Y en ello te daré noticia del lastimoso fin que tuvo aquel mestizo levantado con el nombre de Nicolao I, que devastó el cerro de la Sal, demoliendo diez y seis conventos, matando a los Padres conversores que allí estaban, de todos los cuales sólo escapó un lego llamado Fr Santiago con quien hablé en Lambayeque, y reclutando los indios que pudo, se fortificó en Chimín, que está tres jornadas de Tarma, y se apoderó de la flor del Perú, que es la Pampa de Sacramento. En el discurso pues de esta sencilla relación irán algunas maravillas de la naturaleza que allí vi, y de una en particular ya desde ahora te prevengo, que creo que ningún filósofo la ha de querer creer, porque totalmente repugna a la razón filosófica.

Juntamente te daré otro mapa desde Quito hasta el Valle del Cauca, figurándote en él las principales ciudades y poblaciones que vi, citando su situación y distancia de un puesto a otro, y solo ladeándome a lo que la vista alcanzaba y supe por relación verídica. Figurándolo como me lo pintase la especie que de ello tengo, en los giros y revueltas que da el camino real para internarse de un reino o provincia a otra conforme el que pinto en el Tomo Primero. Y en el discurso de la historia irán notadas las cosas singulares que en cada población advertí la diversidad de climas que se pasan casi diariamente; la fertilidad o escasez de víveres de aquellas tierras, y la mayor o menor población de gente que las puebla; el comercio que hay entre aquellas provincias, y el modo como se socorren unas a otras en lo que cada una abunda y escasea la otra. Juntamente daré noticia de varios vestigios de los antiguos que todavía permanecen, y de varios palacios que tenía en varias provincias el rey Linga que allí gobernaba, y de varias alhajas suyas y estilos bárbaros que usaban los indios antiguos, y varias idolatrías que todavía a lo oculto suelen ejecutarse en algunas provincias. Y entre estas cosas hay otra repugnante a la razón, que sólo quien lo viese lo podrá creer; pero el que fuese incrédulo, vaya allí donde lo citaré, y se podrá desengañar con la experiencia. Vale. 

CAPÍTULO 1

 
Contiene el orden y gobierno que puse en mi pueblo, y las obras que hice en él

 

Ya que me vi solo con mi chapetón don Francisco en mi pueblo, y mis indios, no sólo pacíficos, sino alegres y contentos para cuyo alivio había yo peregrinado más de año y medio, registré la roza que habían hecho para pasto del ganado, y hallé que apenas tenía allí el ganado qué comer, por lo cual se iba internando en el monte a buscar pasto, exponiéndose a que algún tigre u otra fiera hiciera presa en él; y mirándolo juntamente muy flaco y desmedrado díjeles a los indios: De aquí a pocos días me traerán de Caquetá otra porción de ganado, el cual os repartiré a vosotros, para que cada familia tenga su ganado, el cual poco a poco irá multiplicando, y con ello, con el tiempo de aquí a pocos años, todos tendréis buena carne qué comer. Por lo cual es menester que se prevenga lo más pronto de pasto, para que no perezca. Y así me parece que todos os apliquéis al trabajo y que se abra una buena roza, capaz para que todos tengan qué comer.

Ellos respondieron que sí, y que todos trabajarían lo que yo mandase. Con esta determinación me fui con el capitán y cuatro indios más río abajo, y a cosa de una milla había una buena loma, la que registramos, y me pareció muy a propósito para ello, porque aunque monte adentro, no era toda llana, pero formaba una quebradita, y con ella tendría allí el ganado agua para beber sin haber de bajar a beber al río. Ya íbamos prevenidos de machetes, y con ello aquel mismo día abrieron una trocha hasta el pueblo. Yo me vine siguiendo los pasos por el río con la canoa hasta que llegamos al pueblo; y a la noche, después de rezar les dije que por aquel caminito nos habíamos de ir cada día a abrir la roza, y todos los cedros, chachacos y guayacanes que se topasen, que los dejasen en pie, y que éstos se cortarían después de haber quemado la roza, porque yo los quería para estantillos para fabricar una buena iglesia.

Todo se hizo conforme yo lo ordené. Yo había traído una docena de hachas y tres que ya tenía de antemano, y tres docenas de machetes, y tres que también ya tenía, y con el apero de toda esta herramienta se empezó la obra, y en nueve días se abrió cosa de una legua de monte en largo y poco menos de ancho. A los cinco días después se quemó y se limpió, atacando por todas partes alrededor con ramas para que el ganado no pudiese entrarse al monte. Halláronse tres cedros, siete chachacos y cinco guayacanes. Todos se cortaron, y haciendo de los tres cedros como una balsa, entreverándoles guaduas, sobre de ello se cargaron los guayacanes y los chachacos, y por el río se acarreó todo al pueblo. Viendo yo que el un cedro era de forma mayor, mandé cortarle veinticinco varas de lo más grueso y lo destiné para hacer de ello una buena canoa. Esta se fabricó después de medio año, y me salió una canoa que tenía siete cuartas de ancho, capaz de bogarse con cuarenta indios con su canalete, y de llevar sobre cincuenta quintales.

Ya que me desocupé de la roza, puse mano en cortar camisas, fustanes, faldillas, rebosos, calzones, armadores y chupas para todos los hombres y mujeres, ordenando al mismo tiempo que todas las mujeres cada semana me habían de traer un ovillo de hilo de algodón, y que lo habían de hilar con las manos limpias; porque como todas se pintaban de achiote no me saliese el hilo colorado. Ello todas lo prometieron hacer así, pero apenas hubo una que no lo trajese lleno de achiote. Ya que tuve bastante hilo, destiné una docena de ellas, las que me parecieron de mayor habilidad, para enseñarlas a coser, y aquí aseguro que fue menester toda mi paciencia, porque para enseñarles a poner el dedal y componerse la aguja entre los dedos, y apretarle el ojo con el dedal, y al cabo de un mes todavía me salían unas metiéndose el dedal en el dedo índice, otras en el anular, y cual se lo ponía en el mínimo.

Algunas por fin algo las industrié, y llegaron a no coser mal; pero su cosido por más cuidado que yo aplicaba, me salía todo tiznado de achiote. Yo puedo asegurar que por espacio de cuatro meses casi no hice otra cosa más que coser, hasta que se acabó todo. Sólo quedaron los niños y las niñas sin vestido. Ya que lo tuve todo alistado, teñí los fustanes del color morado con la hoja del árbol pacaco, para que así no se les conociese tanto el mugre. El día de Jueves Santo les repartí el vestido a cada cual, para que así todos vestidos asistieran a la misa que celebré con mucho gusto mío espiritual. Los mayores trabajos que para ello hubo fueron en que todos se lavasen el cuerno del achiote, para que no tiznasen la ropa; y en los a quienes di calcetas y zapatos, porque como no hubo para todos, los que quedaban sin ello me daban su queja, y los que se calzaron no podían con los zapatos moverse, ni dar un paso. Yo acallé a unos y otros diciéndoles que mandaría traer más, y que entonces les daría también a ellos; y a los otros que no los habían de usar sino para ir a la iglesia cuando yo dijese misa, y que poco a poco no sentirían en ello estorbo, sino antes mucho alivio para usarlo de continuo.

Para la celebridad de este día se trujeron muchas flores y se aliñó con ellas la iglesia y el retablo y todo el altar. Aquí hay que advertir que yo ya desde que llegué a mi pueblo impuse a mi chapetón don Francisco que jamás se fiase de indio alguno ni saliese del pueblo sin mi compañía; y que dondequiera que fuésemos había siempre de venir conmigo, llevando siempre a la cintura el sable y una lanza en la mano, que yo siempre llevaría la escopeta cargada. Y siempre que dijera yo misa, me había de asistir con la escopeta en la mano del lado del altar; porque muchas de las muertes que han hecho los indios de varios Padres conversores, los habían acometido cuando decían misa. Para pues esta primera misa que celebré este Jueves Santo, empezó el chapetón el oficio de estar guardándome, puesto de centinela al lado del altar, y con esta seguridad decía las misas sin sobresalto. Y por otra parte, como él era tan alto de estatura, y yo le había hecho criar los bigotes, en poniéndose él serio con la escopeta o lanza en la mano, los indios le cobraron bastante miedo; ni tampoco le permití jamás que se familiarizase con ninguno, para que le temieran más y le tuviesen respeto.

Ya que se pasaron las fiestas de pascua, habiendo ya llegado el resto del ganado, empezando ya a haber bastante pasto en la nueva rocería, se traspasó a ella todo el ganado, así vacuno como ovejuno, y entonces apliqué la gente a agrandar la roza antigua al parejo de la nueva, y con ello conseguí pasto bastante para todo, porque cuando se acababa el pasto de la una roza, ya en la otra había procreado bastante, y así cada cuatro meses se mudaba todo el ganado de una roza a otra, y nunca faltaba, antes siempre se multiplicó. Por la pascua mandé matar un buen novillo, y se lo repartí todo según las familias, y con ello pasamos las fiestas alegres.

Ya después de las fiestas un día a la tarde mandé temprano traer todo el ganado a la plaza, y a cada familia le destiné dos terneras ya preñadas y otras dos borregas ya también preñadas, para que cada cual lo cuidase ya como cosa propia, y allí a cada cual le puse una señal, tiznándoselo con negro color, de lo cual todos quedaron muy contentos. Ya hecho el repartimiento, les dije: que yo había de mandar a Quito un poco de cera blanca que ellos llaman maja rama, y es de la que cito en el Tomo Primero, capítulo VII, y así les dije que en topando de ella me la trujeran. Así lo hicieron, y en cosa de un mes agregué seis arrobas de cera blanca y muy buena. Y la primera ocasión que tuve, la remití a La Concepción a Fr. José Carvo con carta para don Ramón de la Barrera, el Síndico de Pasto, para que me remitiera dos arrobas a Quito a nuestro Padre Salvador, en satisfacción de la deuda: y que del quintal más que iba, que lo vendiese en Pasto, y que se hiciera con ello pago; y la sobra me lo retuviese hasta que yo le ordenase en qué lo había de emplear.

En lo interim que todo esto pasaba, mandé a la gente que me trujeran las dos canoas grandes, llenas de greda, que allí cerca del pueblo la había muy fina. Y yo me dediqué a hacer seis moldes para fabricar ladrillo, y otros seis para fabricar teja. Ya que lo tuve todo alistado, industrié a los muchachos a fabricar uno y otro. Mandé traer otras dos canoas de greda, y se fabricaron cuatro mil ladrillos y otras tantas tejas. Ya que lo tuve bien seco, se amontonó en la plaza bastante leña y se llevó la obra, y atapándolo todo de leña, se coció muy bien toda la teja. Destiné entonces lugar proporcionado para hacer la iglesia. Aquí hay que suponer que en aquellos parajes ni hay yeso, ni cal, ni piedra para poderla hacer. Y así me valí del ingenio para poder clavar en el piso sólido el ladrillo, y así en lugar de mezcla, puse greda, y ya que lo tuve todo clavado puse sobre ello un buen montón de leña, y se coció todo de una vez. Y como se hizo todo un cuerpo me salió enladrillado todo de una pieza. Yo con una sierra mediana que había traído los industrié a aserrar los cedros y partirlos en cuartones, y en lo interim que unos se empleaban en aserrar, apliqué a otros a buscar chachacos y guayacanes, y que se acarreasen a la plaza, y ya que tuve todos los palos que había de menester para estantillos y tirantes, los mandé acarrear guaduas y palmas de buena chonta, y partirlas en rajas para cobijar con ellas el techo. Con las hachas se labraron los estantillos, y a fuerza de escoplo se les abrieron los taladros, que habían de servir de hembra al macho de los cuartones. Ello, poco a poco, lo fui todo proporcionando, y ya todo alistado, se armó la iglesia de cincuenta y cinco varas de largo y veinte de ancho. Las paredes de guaduas dobladas y bien clavadas las puntas arriba y abajo dentro de canales cavadas a escoplo los cuartones, y embarradas de greda adentro y afuera, y ya compuesta la cumbrera del techo con las rajas de chonta, se entejó embarrada con greda toda la teja. Del ladrillo que me sobró en el piso, fabriqué un altar, y ya que toda la obra se iba concluyendo, al cabo de año y medio que se había empezado, escribí al Padre Alfaro una carta dándole noticia de la obra y diciéndole que se subiese a La Concepción y que se viniese con Fr. José Carvo, que quería que los dos se hallasen presentes para la bendición de ella, en que había de celebrar una grande fiesta.

De las obras de las tablas de cedro que se aserraron para las puertas de la iglesia, hice unas andas para las procesiones, y me salieron muy honestas y hermosas, claveteadas las tablas con clavos de chonta, y las pinté de morado, carmesí, verde y negro. Desclavé del tabernáculo todas las figuras que eran: a lo superior la Virgen de La Concepción; en el principal nicho de un medio la Señora Santa Gertrudis; y de un lado a la derecha San Juan Bautista, y a la izquierda San Juan Evangelista. A todos les tachoné un tarugo, para que cada cual se pudiese sacar con procesión en las andas.

Mandé fabricar de greda una lámpara y la pinté de morado, verde y colorado, y la armé con cadenillas de cuerda de palmiche, y la candileja de un medio coco. Tracé un incensario de hoja de lata de un bote de tabaco. Hice una araña de doce blandones. Hice dos ciriales altos, y seis candeleros de altar, y aunque toda esta obra me salió muy basta; pero como todo iba pintado, se disimulaba y hacía buena armonía. Lo que me salió mejor fue la pila del agua bendita; porque como se hizo de greda, le di con facilidad con el cuchillo las molduras que quise. Para el día de la fiesta labré tres arrobas de cera blanca que los indios me buscaron de velas grandes para el altar, y de más medianitas para la gente. Me previne de varias frutas, y las curtí con miel de abejas. Ya de antemano tenía yo guardadas seis botijas de vino de la baba del cacao muy bueno. Ya yo tenía entonces cuatro docenas de gallinas, y diariamente se ordeñaban cuarenta vacas, y había hecho más de un quintal de queso. Hice una cruz alta para las procesiones, cuatro escaños de espaldar para sentarse los hombres, siete sillas de balso, como las que noto Tomo Tercero, capitulo V; cinco para el Alcalde, los cuatro Regidores y el Fiscal, y la otra para el cacique. Hice otra mayor aforrada de garapacha teñida en colorado para el altar.

Y para armar música hice de dos cueros de carnero dos pergaminos, e hice un tambor. En el pueblo usaban tocar una tortuga, que yo la llamaba dulzaina, por lo parecido del sonido que da. Este instrumento se forma de esta suerte. Toman una tortuga, del tamaño de la mano, y sin romperle ni dividirle las conchas, le sacan toda la carne, y con las mismas telas que le sacan del cuello y piernas le atapan las aberturas, clavándolas con resma, y sólo le dejan la abertura de la cabeza. Aquí le ensartan un cañutito con tres agujeritos con que hacen los puntos. Soplan en la boca del cañuto, y sale o despide un sonido muy parecido al que despide la dulzaina. De estos instrumentos previne 4. De otro pergamino hice un pandero con las saltainas de hoja de lata. Hice una marimba en lugar de órgano, como las que vi en Barbacoas. Hice cuatro flautas y dos babonas, que con su ronquido bajo componían la armonía disonante de los otros instrumentos.

Yo no tenía sino una campanilla chica, y acomodé el almirez de bronce que mandé fabricar en La Mina, y de él hice campana, y la colgué en la portada de la iglesia. Ya yo tenía enseñados doce muchachos para cantar una misa Vísperas y Completas acompañadas con toque de todos los sobredichos instrumentos. Al principio cuando empecé a hacerles ensayar esta música, como a ellos les parecía que en haciendo su ruido cada instrumento, ya iba bien, salía una furia de ronquidos tan destemplada, que al oírlo era cosa de apretar a huir, pensando que era el Arcángel San Miguel con la trompeta del juicio universal. Mas poco a poco con la perseverancia los fui templando y adiestrando, que llegaron las tocadas a no salir tan mal, aunque nunca salieron bien.

Ya vino el tiempo que llegaron los dos Padres con dos canoas llenas de gente. Y determiné la fiesta día 8 de septiembre, el día de la Natividad de la Virgen María Señora Nuestra, y para más solemnizarla, dispuse luminarias de candiles toda la noche, y muchos fardos de aquellas cañas que revientan en estallido puestas a la candela. Ellos se quedaron admirados de ver la fábrica de la iglesia, y en realidad podía lucir en cualquier parte, y sólo fabricada de cantería podía ser mejor. La vigilia por la tarde trujeron tantas flores, que toda la iglesia se adornó con macetas, y en particular el altar. Después de la oración, cantamos las Completas los tres y los doce muchachos, y de un lado, al otro de la marimba, los músicos con los instrumentos, y salió la función muy devota. Y esta noche para cenar, y darles a todos de cenar, se mataron dos cameros grandes, y se amasó medio cuero de harina.

Ya el día de la fiesta a buena hora me revestí y bendije el retablo con sus figuras, y después la iglesia. Ya hecho esto, en lo interim que con los muchachos canté Tercia con la música, el Padre Alfaro dijo misa rezada, y en ella comulgó Fr. José Carvo, Manuel Chica, un negro llamado Blas y otros cuatro indios, todos de La Concepción, y un indio muy racional y un hombre de bien que había traído el Padre Alfaro del Amoguaje. Yo todavía no tenía alguno capaz de comulgar. Y aquí pero se conmovieron todos, hombre, y mujeres, y se fueron de tropel al altar a que el Padre Alfaro les diese también de aquellas arepitas que había repartido con aquellos y fue preciso que Fr. José Carvo les dijera que otro día se les daría a todos ellos, porque por entonces no había más. Ya se ve, ellos nunca habían visto comulgar a nadie, y pensaron que las formas eran tortillitas, que ellos, haciéndolas grandes de maíz, y llaman arepas, y por esto pedían de aquellas arepitas.

Ya concluída la Tercia, me revestí y se dio el asperges al pueblo, y canté misa con mucha solemnidad. Este fue el día de mayor alegría que tuve todo el tiempo que allí estuve. En el pueblo entonces se hallaron cuatro escopetas, y éstas las dispararon tres veces, al entonar el Gloria, al alzar y al concluir la misa. Para este día se mató un novillo gordo y un ternero de año, y se guisó un quintal de arroz que me trujo Fr. José Carvo de La Concepción. Se hicieron buñuelos finos con huevos, y requesón con miel para todos, y se gastaron cuatro botijas de vino de la baba de cacao. Como todos hombres y mujeres iban vestidos, y todos alegres, era una gloria ver el pueblo. A lo que llegué al Ofertorio, me quité la casulla y el manípulo, y me senté en la silla de al lado del altar, y como ya hablaba yo su lengua con expedición, les hice una plática de las glorias y excelencias de la señora Santa Gertrudis hecha patrona y abogada de aquel pueblo y de toda la nación de los indios encabellados que estaban dispersos por aquellos montes para que los trujera a vivir en el pueblo, e intercediese con Dios para que todos ellos murieran cristianos.

A mediodía se dio aparte de comer a la gente de La Concepción y a la del Amoguaje, cada nación de por sí, y delante de mi rancho se dio a la gente del pueblo. El gusto fue con los buñuelos, porque como nadie de ellos los había visto jamás ni los vieron hacer, a lo que los probaron, pensaron que aquello era fruta que Fr. José Carvo me habría traído de afuera, y decían ellos: Acta deoqui, dando un golpe con la lengua, que este es el modo con que encarecen de buena una cosa. Y quiere decir esto es bonísimo. Y decían ellos: Necgi quecto. Que suena. Ni siquiera tiene hueso adentro. Ellos me preguntaban si en Popayán había de aquella fruta. El negro Blas les explicó lo que era. Nosotros aguardamos a comer después de todos y ya serían las dos cuando comimos.

En lo interim díjele al capitán que mandase de pronto cuatro muchachos a pescarnos para cenar nosotros, que para la gente yo les daría a todos carne fresca. Así se hizo. Ellos se pasaron con una canoa a la otra parte del río y en un rato me trujeron seis barbudos grandes que el menor pesaría tres libras. Cerca de las cinco se tocaron Vísperas, y se cantaron con música y mucha solemnidad, y al concluirlas se sacó del nicho a Santa Gertrudis, y se puso en las andas que estaban ya prevenidas sobre de una mesa a un lado del altar adornadas con muchas flores, y se sacó en procesión dando vuelta alrededor de la plaza, cantando el Te Deum laudamus, acompañado de la música, y al llegar a la iglesia se concluyó con el Tota pulchra, y la antífona de la santa con sus correspondientes oraciones.Y después se rezó la Corona con los misterios, y se concluyó con la Salve Regina acompañada de música.

Ya concluída la función, me quité el alba, y me senté en la silla con la mesa delante, y llamando al capitán, le hice entregar la vara, la que puso con cinco más que yo ya allí tenía prevenidas de chonta. Saqué entonces tantos papelitos, o cedulitas, cuantos eran todos los hombres del pueblo, y en cada cédula un nombre escrito, y las repartí una a cada cual. Después les dije que las repusieran juntas dentro un pilche que en la mesa tenía prevenido, y llamé a un muchacho a que con la mano las fuera revolviendo unas con otras. Ya hecho todo esto, les dije: Para que ustedes vean que aquí no hay engaño, ahora un niño de este pilche, sacará seis cédulas, y las que saliesen serán elegidas en Alcalde la primera. Las otras dos en Regidores. Las otras dos en Regidores de campo, y la otra en Fiscal. Como ellos no conocían aquellos caracteres, yo hice elección para estos oficios de los seis indios que me parecieron más a propósito, y saliese la cédula que saliese, la miraba y decía: Fulano salió Alcalde. Fulano Regidor, etc. Como ellos veían sacar así a suerte las cédulas, todos pensaban que aquél que yo decía había salido en la cédula, y este orden guardé siempre cada año que el día de Reyes, y así me quité de contiendas entre ellos, porque es gente aficionadísima a gobernar.

Así que salía la cédula, llamé al Alcalde, y le entregué la vara diciéndole que él había de gobernar el pueblo, según todo aquello que yo le ordenase hacer. Ya que salieron los dos Regidores, les intimé que con el Alcalde ellos habían de mandar a la gente ejecutar lo que el Alcalde mandase. Ya que salieron los otros dos Regidores les intimé que su oficio era prevenir cada día quién había de ir a pescar y cazar, para el Padre, y asimismo para toda la semana, y juntamente prevenir gente y canoa siempre que yo quisiese ir a alguna parte, y cuidar que cada sábado todos me trujeran leña para toda la semana y que los sábados a la tarde las niñas barriesen la iglesia, y las mujeres trujeran flores y adornasen las andas para la procesión de la Virgen después de la Corona. Y ya que salió el Fiscal, le intimé que el había de celar que todos asistiesen a rezar mañana y tarde, y castigar al que faltase o hiciese alguna cosa mala.

Ellos todos quedaron muy contentos con la elección, y entonces Fr. José Carvo les hizo una exhortación de la obligación que todos tenían de hacer cuanto yo mandase, puesto que a mi cuidado debían todos el tener ya ropa, ganado, herramientas y tan buena iglesia en tan poco tiempo. A las siete de la noche salimos de la iglesia, y se les dio de cenar como a mediodía. Y después ellos se llevaron la mayor parte de la noche bailando en casa del Alcalde nuevo, que con los demás del gobierno pagaron el gasto de los masatos con que en bebezón pasaron la noche. La fiesta duró ocho días, y cada día se mató un novillo y dos carneros para dar a todos de comer. Y cada día se repitió en la iglesia el cantar la misa mayor, Vísperas y Completas. Y ya después de la octava se volvieron los Padres con su gente, cada cual a su pueblo.

Al despedirse Fr. José Carvo le dije que procurase a guardar conmigo buena armonía en pasar adelante las cartas y algunas remisiones de cera y cacao que yo remitiese para Pasto, y que haciéndolo así me tendría para cuanto se le ofreciese. Yo le pedí que mandase gente al llamado pueblo del Mamo, y que fabricando allí una grande balsa, me trujeran de allí dos mil matas de plátanos, puesto que veía que en mi pueblo lo necesitaba, porque no había doscientas matas. Y que me remitiese también otras dos mil cañas dulces, porque la mía poca que había plantado se la habían comido los indios, y juntamente dos mil vástagos de yucas y dos saparos de maíz y otros dos de semilla de arroz, que yo en lo interim mandaría hacer una buena roza para sembrarlo todo, y de ellos con el tiempo poder abastecer a todos los indios de mi pueblo para que nunca les faltase comida.

Él vio que yo hablaba con razón, y que hasta entonces se había procedido conmigo con impiedad, crueldad y tiranía, y me prometió escribir una carta al Padre Barrutieta, el modo con que yo procedía en aumento de la conversión, y otra al Guardián del colegio, y que cuanto antes me despacharía todo lo que yo le pedía. Dile entonces una carta para que me la remitiese al Síndico de Pasto el señor don Ramón de la Barrera en que le decía que en Pasto me mandase fundir una campana de un quintal, y que de Quito me hiciese traer mil varas de tocuyo y otras mil de bayeta, cincuenta de paño, y cincuenta pares de zapatos, la mitad de hombre, y los otros de mujer, que yo en breve le despacharía cera y cacao, para que con ello hiciera pago. Y haciéndome la cuenta que todo con el transporte hasta Caquetá podría importar mil pesos poco más o menos, entré en cuidado de recoger cuatro quintales de cera y doscientos de cacao.

Ya que los Padres se fueron, me apliqué a levantar una torre al lado de la iglesia para la campana, y para ello se aserró un cedro de cuarenta varas de alto, del cual se sacaron cuatro vigas de a dos cuartas en cuadro, las que paradas en proporción, formaron la torre, la que se cobijó con teja, y alrededor se guarneció con guaduas muy bien compuesta, y a la parte de adentro con tablas le compuse su escalera caracoleada y compuesta de varios trozos de escaleras con sus reposos, y arriba su piso, y todo esto se fabricó bien asegurado, sin que entrase en ello un clavo, sino todo clavado con engastes de machos y hembras y tarugos de chonta.

Ya que se iba esta obra concluyendo, pasé a la otra parte del río, y allí en una buena loma mandé abrir una grande roza para sembrar el platanar, la caña y el arroz que me mandasen de La Concepción. Esta fue cautela mía, para que no hallándolo ellos a mano, medrase todo, y con ello se multiplicase, y se pudiese segregar con el tiempo y abastecerles de ellos a todos.

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