INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO X


 

Contiene lo que me sucedió en Pasto, hasta que llegué a mí pueblo.

 

Luego que llegué a Pasto y vi al Gardián, me fui a ver a don Ramón de la Barrera, y le entregué sesenta pesos que me habían quedado. Allí estaba mi cajón del tabernáculo; lo abrí y hallé que la figura de en medio, que era la señora Santa Gertrudis, de vara y cuarta, se había en el camino ladeado un poco, por haber aflojado un clavo debajo de sus pies. Mas con facilidad se compuso, clavándole otro mayor. Era esto día jueves, y el sábado se compraron cuatro cueros frescos, y se aforó para resguardarlo de la maleza del monte cuando lo entrasen para la conversión. Hallé que en la ciudad se estaban aprontando para las fiestas de la coronación del señor Carlos III. Allí hallé al Guardián de Almaguer y al cura de Taminango, que habían venido a ver las fiestas. Yo lo primero busqué dos indios, y remití al Padre cura de Sibundoy mi altar con carta para que me lo remitiese a Mocoa, que yo en llegando pagaría su transporte. Y así se hizo.

Estando un día sentado en los poyos de la portería con este cura, el Guardián, el doctor Legarda y otros, catay que llegan cuatro indios feligreses suyos y le dijeron: Padre cura, ya la despachamos a la Marucha. Antenoche le dimos vuelta de garrote; ya no nos hará más daños. Esta es aquella mujer con fama de bruja que noto Tomo Tercero, capítulo I. Ya dije que ella temerosa vivía en el monte, y tal cual vez venía ocultamente a su casa. Ahora con la noticia que tuvieron los indios del indulto real que se daba a los matadores en las fiestas de la coronación del Rey, entre estos cuatro la espiaron y un día supieron que estaba en su casa. Fueron allá por la noche, y contra de un pilar del corredor de su casa la mataron dándole vuelta de garrote, sin embargo que ella decía llorando: Déjenme antes confesar. Tráiganme al Padre cura. No me maten así, que estoy en pecado mortal. El Padre cura tomó la noticia muy sobrepeine, y sólo les preguntó dónde la habían enterrado. Ellos respondieron que tras del pueblo en un pedazo de montecito que hay algo retirado de la iglesia, como perro. Ya que se fueron dije yo: Pues en verdad que nada les sufraga a estos indios el indulto real, porque esta es muerte alevosa y hecha con sevicia; y estos indultos siempre exceptúan esta especie de alevosía.

Allí dijeron los circunstantes que en el Perú no ponían jamás reparo en esto, y que todos se indultaban fuese la muerte que fuese. Yo añadí y dije: Aun con esto todavía a éstos no les sufraga el real indulto, porque así como uno que peca en confianza de la Bula de la Cruzada, por lo mismo no le sufraga la Bula para la absolución, de semejante manera a éstos; porque estos indios han hecho esta muerte en confianza del indulto real, y por lo mismo nada les sufraga este real indulto. A los cinco días se hizo la proclamación, y en Pasto se indultaron dieciocho, y todos de muertes alevosas. En el portal de nuestro convento se hizo una proclamación en que subió sobre una mesa don Diego, hermano de doña Antonia la viuda de don Domingo Apraez, que llevo de antes apuntada, y en voz alta dijo: España, España, España. Delante venía un alférez con una bandera, y a este tiempo salieron de nuestra iglesia trece matadores y se agarraron a la bandera, y a voz en grito dijeron: Perdón pedimos de los delitos que habemos cometido. El señor Teniente que estaba allí con los señores Alcaldes, les dijo: Perdonados están, si se presentan en la cárcel. Fue cosa que todos repararon que al salir de la iglesia estos homicidas, de repente se les puso el rostro feo, como se suele poner el del ahorcado. Ellos con los otros al otro día se presentaron a la cárcel, y a cada cual le señalaron una penitencia ligera, como barrer una iglesia o la plaza una vez cada mes por espacio de un año, o tocar el rabel o el arpa en una iglesia, etc., y quedaron libres.

Las fiestas reales se ordenaron en esta forma: La ciudad previno un día con toros, fuegos, mojiganga y comedia. Los dos Alcaldes de Campo de la provincia cada cual previno su día con lo mismo. Compúsose la plaza con tablados, señalando para cada comunidad su puesto para ver la función. A nosotros nos señalaron el balcón de la casa del cabildo con el señor Teniente y Alcaldes. A las ocho de la mañana se empezaban los toros hasta las once, un rato toreando a caballo con lanza y otro rato a pie con sable o espada. Todos los toros que morían en la plaza eran del señor Teniente, el cual dio uno a cada comunidad, y algunos repartió a varios pobres, y todos los demás unos los vendió en carne fresca, y de otros mandó hacer tasajo. Y cada día se mataban de quince hasta veinte.

A un pobre mestizo, por pobre y casi baldado, se le dio un toro herido y desgarretado, pero todavía vivo. Unos indios arrastrándolo se lo llevaron al patio de su casa. El otro día salió este pobre a matar su toro, y al clavarle el machete, tirole el toro un golpe a la barriga, y lo pasó de parte a parte, y murió antes que el toro en los mismos cuernos del toro. En la plaza vi que corriendo tras de un toro los toreadores, un indio descuidado, que tenía al toro vuelta la espalda, tirole un embiste el toro y lo levantó más de seis varas en alto, y como le pegó la testarada en las nalgas, dio en el aire tres vuelcos, y cayó de pies y derecho, tan sin lesión alguna, que al instante apretó a correr tras del toro.

Un toro trujeron que se había criado a las faldas del volcán, tan fiero, que había ya hecho tres muertes. Para torearlo mandaron allá unas vacas a ver si se agomboyaría con ellas pero no hubo remedio. Mandaron bueyes mansos, pero tampoco se juntó: Despacharon veinticinco hombres a caballo con rejos, y por fin lo enlazaron y lo trujeron al toril con cuatro cabestros maltratado y casi arrastrándolo. Lo propio pero fue echarlo en la plaza, que la despejó. No hubo toreador alguno que quisiese ponérsele delante. Lo propio era ver un hombre a un canto de la plaza, que partir a carrera abierta, bramando y echando espumajos por la boca, que con la vista se lo quería comer. Daba saltos alrededor saltando, para subirse a los tablados. Yo no he visto fiera más brava, y sólo de verlo, estando en lugar seguro, me temblaban las piernas. El señor Teniente, temeroso de alguna desgracia, luego dio orden que lo matasen. Fueron allá los toreadores y lo desgarretaron, y aun desgarretado caminaba con las manos, arrastrando las nalgas, dando bramidos y haciendo ademanes de embestir.

Un toreador vi que salió a torear un toro con una daga en la mano, y del primer regate se la clavó en el pescuezo entre la primera coyuntura del cuello y la cabeza, y allí inmediatamente dobló el toro las manos y se cayó, y no se volvió a mover. A este hombre se le cantaron los vítores, y de los tablados le echaron muchos premios de plata, lo que fue él recogiendo con el sombrero, y después lo echó al aire para que los muchachos lo recogieran. Un mulato llamado don Cayetano, que con un entierro que encontró de catorce mil pesos, y con ellos se había levantado mercader, se empeño con el Teniente en salir a torear, y en el primer enlace que hizo, dióle el toro una testarada al pecho que allí se cayó, y lo tuvieron tres horas fuera de sentido.

Por estos días había bajado de Guayaquil a Pasto un pisaverde que iba a buscar su fortuna. Él puso los ojos en una moza volantona de buena cara, y fuese a enamorarla. Ella le dijo: Yo no quiero mozos cobardes. Vaya usted, y en estas fiestas que se preparan muestre su valor, y después trataremos de esto. Con esta resolución fuese a empeñar con el señor Teniente que quería salir a torear en la plaza. El Teniente se lo concedió; pero en el primer lance lo derribó el toro de una testarada, y pensando que se moría, lo olearon. Lo más gustoso fue que ella ya había antes publicado por todo Pasto el caso, y le pusieron por nombre del Valentón de Guayaquil. Y los muchachos así que lo veían de lejos le gritaban: Vaya el valentón de Guayaquil. Él empezó a correr tras los muchachos y entonces fue peor, y por poco lo vuelven loco. Lo supo el Teniente, y de improviso lo sacó de Pasto.

A las tres de la tarde se volvía a la plaza, y había una hora de corridas de caballos, enseñados a danzar y a correr a carrera abierta. Allí vi correr con sola la silla cinchada, sin pretal ni retranca, y algunos corrieron con sola la silla, y ésta sin cinchar, y un mestizo corrió así puesto en pie derecho sobre la silla. Es la mayor hazaña que yo he visto hacer. Después de estas corridas se volvían a sacar toros a torear hasta las seis, y entonces se iba a cenar. A las siete se volvía a la plaza, y en ella ya habían compuesto un teatro para la comedia, y algo apartado un castillo de fuegos artificiales. Esto lo primero se disparaba, y al acabarse salía la mojiganga de indios, pero gustosas; y al concluirse se representaba la comedia. Cuyos asuntos fueron: La fuerza del juramento. La historia de los Doce Pares de Francia, y la de don Juan de Austria. Sólo lo que se hizo mal fue que el teatro se ponía junto a la esquina de la Encarnación para que las monjas del mirador lo vieran y oyeran.

Ya pasadas las fiestas un día fui a visitar a doña Antonia de España como solía, y ya llevo relatado, y la señora me dijo: Padre misionero, aquí me han traído estas tres onzas de tabaco a ver si usted lo quiere comprar. Lo probé y fue cosa muy buena, y conocí que era de España. Yo le pregunté: Señora, ¿quién se lo ha traído? Y me dijo: Una moza llamada Mariana Rosales. Me lo dio a dos reales la onza. Esta era la moza del guayaquileño. Yo le dije: Vea usted si tiene más, y cómprele de mi cuenta. Volví otro día a la casa por la tarde, y este día de mañana se había escapado un rumor por la ciudad de que el Padre Urrea había muerto en las misiones, y que el cura de Sibundoy lo había escrito al Prior de Santo Domingo. Yo para certificarme fui a ver al Prior, el cual me dijo: Verdad es que el cura me ha escrito, pero nada de tal muerte me dice. Con esto quedé perplejo, y yendo a la tarde a dicha casa, me dijo doña Antonia: Padre, no hay más tabaco, porque este poco se lo trujo Fulano que acaba de venir de las misiones, y se lo dieron que era del Padre Urrea que allí murió estos días, y él se halló allí. Con esta luz mandé inquirir cómo había sido esta muerte maliciando que había sido premeditada y alevosa, influída de Fr. José Carvo.

Hízose con cautela la diligencia, y supe todo lo que sigue: Después que yo partí de Caquetá, el Padre Fr. Juan Plata, se quedó mandando conducir todo el ganado que yo le dejé encargado, cada porción a su destino; de cuyo trabajo empezo el Padre a ir algo enfermizo. Así lo fue pasando algún tiempo, hasta que determiné venirse de San Diego, en donde residía con el Padre Mejía, a Caquetá a fin de ver si recobraba salud. A este tiempo el Guardián del colegio despaché a las misiones al Padre Manuel Navarro, que fue mi presidente cuando vinimos de España, pensando que el Padre Urrea que había subido a Quito a poner su demanda en la Audiencia, ya no volvería más a las misiones; y como no sucedió así, sucedió que casi un mismo día llegaron a Caquetá el Padre Navarro, que venía del colegio, y el Padre Urrea, que volvía de Quito. Gravósele en breve la enfermedad al Padre Plata y murió lastimosamente, porque teniendo dos sacerdotes en la cabecera, no hubo con qué administrarle los santos sacramentos por la desidia del Padre Presidente Barrutieta.

Ya que lo hubieron sepultado se bajaron los dos Padres. El Padre Navarro se quedó en San Diego, y el Padre Urrea se volvió a La Concepción. Él había prometido en Pasto a una monja enviarle unas arrobas de cera, y otras al cura de Sibundoy, y al llegar a La Concepción lo comunicó a Fr. José Carvo, el cual le dio la cera, y a breves días volvió a subirse para Caquetá con la cera, y despachó con un indio al cura de Sibundoy, para que le mandase indios para cargar una y otra porción de cera. A este tiempo catay que llegan unos caballeros popayanejos que venían a buscar minas de oro. El Padre Urrea acostumbraba irse a la margen del Orinoco, que allí junto pasa, con el Breviario a rezar. Un día pues dijeron que viendo que el Padre se tardaba en volver, y ya se había puesto el sol, fueron allá algunos indios y le dijeron: Padre, ya es hora que vengas al convento, que ya presto será noche. El Padre dijo a uno: Yo no quiero ir, y aquí me tengo de quedar. Ea, entra en el monte, y hazme un rancho. El indio lo quiso disuadir, y el Padre sacó su machete y lo amenazó, y con ello se fueron los indios al monte a buscar con qué hacerle al Padre allí un rancho. Pero cuando volvieron, ya no lo encontraron. Avisaron al pueblo, y vinieron todos, y no lo encontraron. Buscaron cuatro días, y no lo encontraron. A los cuatro días llegaron seis indios sibundoyes, y juntos con los del pueblo buscaron otros cuatro días más, y no lo encontraron, y que sólo vieron una pisada junto al río Orinoco, y conjeturaban que el Padre se había vuelto loco y que se había echado al río. Esto es lo que dijeron, y después añadieron que el Padre había aprehendido que aquellos caballeros de Popayán venían con orden del colegio para prenderlo, y que para huir habíase caído al río y se había anegado, y se lo había llevado el río. No niego que uno u otro pueda ser verdad, pero yo no lo creo y la razón es la que ya digo.

Sabiendo yo esta relación que daba de esta muerte este pastuso que había venido de las misiones al instante sospeché que había sido muerte alevosa, maquinada de Fr. José Carvo. Fuime a ver con don Santiago, el real ejecutor, y le conté lo que este hombre decía, y juntamente que había traído tabaco del Padre, y que había vendido; y le supliqué que fuera a su casa con ministros, y le reconociera cuanto tuviese, a fin de ver si hallaba algo del Padre Urrea. Don Santiago hizo la diligencia, y no halló sino varios bálsamos y resinas que comúnmente suelen sacar de la misión, y que decía que los trastos del Padre los había tomado el indio Gregorio, que casualmente había venido de La Concepción. Esta especie de haber venido este indio de La Concepción a Caquetá a catear oro me hizo rectificar más en pensar que él lo había muerto por influjo de Fr. José Carvo; porque este fue el indio de que se valió cuando me despachó, cuando salí para que me dejase solo en una playa, y por fin hizo huírse todos en los Mamos. Y la alevosía que no pudo ejecutar en mí, pensé y pienso hasta ahora que la efectuó en el Padre Urrea, cuya sospecha me la ratificó más un religioso poseso, como referiré en adelante en el Tomo Cuarto, cuando llegué al colegio de Santa Rosa de Ocopa, donde estaba dicho religioso poseso, y era paisano del Padre Urrea y su conocido y compatriota en la misma provincia de Aragón, de donde salieron los dos misioneros. 

Estando un día en Pasto conversando con varios caballeros y un clérigo sobrino del doctor Legarda, que de sobrenombre lo llaman el Padre Levadura, hablando de algunos encantos que hay en Pasto, contó este caso: Él es conducido y va todos los días de fiesta a decir misa a un pueblecito de indios, que hay dos leguas de la ciudad. Él váse allá el día antes por la tarde. En la mitad del camino hay una laguna. Yéndose pues una tarde casi al poner del sol con una buena mula, un rato antes de llegar a la laguna vio en medio del camino media docena de señoras blancas bien engalanadas, que estaban danzando. Él sin saber lo que podía ser apresuró el paso a la mula, para ver qué señoras eran. Mas antes de llegar a ellas cosa de cien pasos, ellas apretaron a correr y se metieron dentro de la laguna, y se sumergieron dentro del agua, y no las volvieron a ver más, ni jamás las han vuelto a ver. Esto lo contó el mismo con quien pasó, que era sacerdote.

Desde los primeros días que llegué a Pasto, el alano se ató en la puerta. Por la noche él roía el cabestro y se lo comía, y así que abría la puerta de la huerta se salía, y se iba a casa del zapatero donde me llevó el Padre Judas como llevo relatado. Allí criaban cada alquilona su cochino. Él al primero que llegaba se le pegaba a la oreja. Se alteraban todos con sus gruñidos, salían las mujeres a defender sus cochinos, tirando al alano mates de agua y movían una gritería que alborotaban todo el barrio. Doña Antonia de España quiso ver el alano, y yo se lo hice llevar. Allí tenía ella una cochina grande que tenía siete lechoncitos. El otro día de mañana el alano en lugar de ir a casa del zapatero, se fue a casa de doña Antonia, y la cochina para defender a sus hijos se puso a batallar con el alano, y éste le dio tal herida en una mejilla, que en breve murió. Yo se la pagué y la hice tasajo para comer en el camino.

Vinieron los indios de Sibundoy, y en seis cargas los despaché con lo que yo llevaba para Caquetá, dándoles orden de que allí me aguardasen para pagarlos. Yo me aguardé a aguardar dos botijas de vino que de Quito aguardaba, que me costó ciento y veinte pesos y catorce de fletes. En lo interim don Ramón vendió mis mulas en sesenta pesos, y pagando de mi cuenta el vino y el flete, le quedaba deudor de ciento setenta y cuatro pesos. Compré dos cargas de harina en cinco pesos, un quintal de azúcar en doce pesos. Tres pesos  compré de tasajo y veinte pesos de sal, y compuse otras seis cargas, todo lo cual costó cuarenta pesos que me habían quedado, y quedé sin medio real. Me faltaron sesenta pesos para pagar estos doce cargueros, y me los prestó don Ramón, y ya se subió la deuda a doscientos y catorce pesos. Compré doce platos, tres platones, seis tazas, seis pozuelos y doce mates y un vaso común todo barnizado y de madera de lo que con barniz fabrican en Pasto como llevo relatado, que costó todo seis pesos que dio don Ramón, y ajusté deberle doscientos y veinte pesos, y dos arrobas de cera al Padre Salvador en Quito. Don Ramón se quedó encargado de mi silla de montar con todo el ajuar, y el pellón, por si acaso yo volvía a salir y lo había en algún tiempo de menester para andar en algún viaje en que yo lo necesitase.

A los primeros días que llegué a Pasto iba a ver a un enfermo, y al pasar por delante de San Agustín, salía la comunidad por la puerta de la iglesia que había acabado de rezar Vísperas, y entre ellos vi a mi corista. Mas luego que él me vio a mí, se puso la capilla y se revolvió por dentro. Yo hice concepto que él, para que allí no supiesen que yo lo había traído haría aquella acción. El otro día pasó lo mismo, porque estando él sentado con la comunidad en los poyos de la portería, aserté yo a pasar, y así que me vio se puso la capilla, y se fue entrando dentro de la Iglesia. Aún con esto no malicié yo nada, pero con todo al caer el sol, le mandé mi chapetón don Francisco para que le entregase mi mula haya. Él le respondió: Dígale al Padre Juan que mañana a la oración que me aguarde, que yo lo iré a ver y le llevaré la mula. Yo lo creí. Aguardé el otro día a la hora señalada y no vino ni ha venido hasta ahora.

El otro día fui al convento en busca suya y ya no lo hallé. El día antes me dijo el Padre Prior que se había ido para Popayán, y que la mula había dicho que era suya, y aun se la quería trocar al Prior por un caballo que tenía. El Prior escribió de pronto al Prior de Popayán por la mula, pero él respondió que en Quito don Agustín Lisperguer se la había dado. Entonces escribí yo al Prior, y a él con evidencias que la mula era mía. El Prior lo requirió y con mis razones lo convenció, y entonces viéndose confuso dijo que la mula estaba en un potrero; que al quererse partir fuese el arriero a verlo y se la harían entregar. Ya que vino la ocasión dióle al arriero un billete para una hacienda, y con ello le darían la mula. Fue allá el arriero; pero el caporal de la hacienda respondió que ni tenía tal mula, ni conocía tal Fray. Con esta farsa volví a escribir al Padre Prior y a él; pero como ya me instaba mi viaje, dejé la recomendación a don Ramón, el cual recibió una carta suya, la que me remitió y recibí al cabo de cuatro meses en que me decía el corista mil desvergüenzas. Por fin con el tiempo llegué a saber que el corista con licencia del obispo de Popayán había trocado el hábito en hábito de clérigo, con el pretexto de asistir a su madre pobre, y que ordenado ya de sacerdote estaba en su casa en la ciudad de Cali. Pero se quedó con mi mula. Yo lo perdono y mego a Dios que lo perdone.

Yo alisté mis seis cargas y con ellas me partí de Pasto para Sibundoy, y llegué a los cuatro días. Entregué al Padre cura una botija de vino que me había encargado. Él la pagó en sesenta pesos que había costado, y siete de flete de Quito hasta Pasto, y tres de Pasto hasta Sibundoy, que fueron setenta pesos, los que remití a don Ramón, los que rebajados de la deuda, quedéle deudor de ciento y sesenta pesos. El otro día de llegado me partí para Mocoa. Allí di noticia a don Jacinto Portilla de su mujer que vi en Barbacoas. De allí me pasé a Caquetá; registré las cargas y las hallé cabales, y lo mandé pasar todo al embarcadero, y despaché a la ligera un indio a San Diego por una canoa grande, la que me remitió el Padre Navarro dándome noticia que tres días antes habíale muerto el Padre Mejía.

En este camino que hice de Pasto a Sibundoy salí con un caballo acompañado de un hijo de don José Jurado que me lo prestó. En Pasto me huyó el cholo Pedro, y me hizo un hurto de varias menudencias. El chiquillo se comunicaba con él a escondidas, y requiriéndole para que declarase en dónde paraba, Pedro dijo: ¿Yo declarar a mi paisano?, aunque me hagan picadillo. En el tiempo que tardé en Pasto se hizo picarillo, y el Guardián lo llevaba empleado en varios mandatos, y yo ya desagradado de su proceder lo dejé al Guardián para que cuando se fuesen a Capítulo se lo llevase a Quito y lo volviese a su madre. El alano la segunda jornada, en una subidita resbalosa tropezó mi caballo, y el chapetón que lo traía detrás de mí se descuidó y tiróle a mi caballo un bocado en una nalga que lo hizo saltar; tiróle otro en la barriga y méteme el caballo dentro del monte, agarrado con el perro que ni a palos se lo podían despegar. El caballo a mí por poco me hace pedazos, y el perro por poco sácale al caballo las tripas. Ya que lo despegaron, me apeé, y haciendo la cuenta que podía tener una desgracia con aquel perro, díjele a don Francisco: Ea, saque usted este sable, y pártale la cabeza. De un sablazo le partió por en medio la cabeza, y metióle otro tajo en la barriga, y allí se quedó muriendo. Hubo de llegar a Pasto la noticia confusa, porque se escapó la voz que el alano me había a mí mordido, y que por esto lo había matado, y que los gallinazos no se lo habían querido comer, porque estaba descomulgado por haber mordido a un sacerdote. Y lo peor que muchos así lo creían.

En Caquetá ordené al indio Juan que se partiese con el mismo muchacho a San Agustín, a traer el resto del ganado que se había allí quedado, que eran noventa cabezas de ganado vacuno, y sesenta de ovejuno, y que en teniéndolo en Caquetá tomase para sí cinco reses y cinco borregas, y otro tanto diese al muchacho, y del resto ordené al Alcalde Santiago que cuarenta reses se quedasen en Caquetá y veinticinco borregos y borregas, y que lo dejaba para que allí lo cuidasen para apero de cocave, cuando entrase algún Padre, o saliese, y que las otras cuarenta reses y veinticinco borregas, que con las balsas que había en el embarcadero me las bajase hasta San Diego. Ya ordenado todo esto con el Alcalde y otro indio me fui con mi chapetón al embarcadero. Embarcamos en una balsa todo lo que yo había traído, y viendo que la canoa que había mandado venir de San Diego se tardaba, díjele al Alcalde: Vénganse los dos con nosotros con esta balsa, hasta el desemboque del río de San Juan, que es cosa de una legua, y de allí se volverán ustedes por tierra, que yo y mi chapetón con la balsa ya nos iremos de allí para San Diego.

Así se hizo. Partimos los cuatro del embarcadero, y por falta de canaletes para remar y gobernar la balsa, nos valimos de trozos de guaguas partidas. Así navegamos hasta el río de San Juan, y arrimado a tierra se revolvió con el indio el Alcalde Santiago. Yo ya que me quedé solo con mi chapetón don Francisco, con una palanca arrempujé la balsa y la saqué a la madre del río, y sacando el anzuelo de pescar bagre con el bolantín, púsele carnada de un poco de tocino, e hice que el chapetón se pusiese a pescar en lo interim que yo gobernaba la balsa. A cosa de una hora de navegación, descubrí la canoa de San Diego que me despachaba el Padre Navarro. En un rato nos acercamos, y ya que llegaron se pasaron unos indios a gobernar la balsa, y yo me pasé a la canoa que llevaba una buena tolda. Venía de caporal un buen indio ladino de la lengua española llamado Gregorio, al cual ordené que en llegando en alguna playa donde pudiésemos coger algún barbudo, que parásemos allí, porque quería comer pescado fresco.

Cerca de las once llegamos a parar en una playa pedregosa que es la única que hay en todo el río, y allí en breve se cogieron unos barbudos, y algunos nicuros, y satisfice el deseo que tenía de comer pescado fresco. Ya después de comer, nos volvimos a echar río abajo, y por la tarde un indio de la balsa cogió un bagre que pesaba dos arrobas. Yo con la escopeta cogí unos monos, y al caer del sol arranchamos en una playa. Los indios se cogieron los monos para cenar, y yo y mi chapetón cenamos caldero de bagre, bagre frito y asado cuanto pudimos, y por la madrugada se lo acabaron de comer asado los indios.

El otro día a la tarde llegamos a San Diego. El Padre Navarro se bajó al puerto a darme un abrazo, y ya en el convento después del recibimiento de los indios me contó lo que había padecido en el colegio con los Padres criollos, y que había venido con mucho gusto a las conversiones. Me contó la muerte del Padre Plata, a lo que se vió originada del estómago estragado con las comidas agrestes, y justamente el fastidio que siempre tuvo a comer la carne de mono. Me contó que todavía estaba en el colegio enfermo de lo mismo casi el Padre Cristóbal, y que en mejorando pensaba irse al hospicio que había fundado en Cali, en donde estaba el Padre Lozada con otro criollo. Allí hallé la bayeta y tocuyo que truje de Tunja, y le dejé al Padre cincuenta varas de tocuyo y cincuenta de bayeta; dile sal, una arroba de azúcar y dos frascos de vino.

Tres días estuve en San Diego, y el cuarto día me partí para La Concepción con la balsa y una canoa grande con catorce indios con que me avió el Padre Navarro. Llegué allí en cinco días, y al sentir allá la escopetada, bajó Fr. José Carvo con todo el pueblo a recibirme. Yo aunque no le demostré ningún sobreceño, antes mucha afabilidad, pero nunca jamás me volví a fiar de él. Él me quiso dar satisfacción de lo pasado disculpándose con el Padre Barrutieta; pero yo lo ataqué diciéndole que mudase de conversación, que ya lo pasado pasado, y que esperaba no haberlo ya jamás de menester a él ni al Padre Batrutieta tampoco. Cuando él vio todo el apero que yo traía de ropa, herramientas y víveres, se quedó pasmado; pero lo que hizo mayor armonía fue ver el retablo con los santos, y venir como venía encajonado con sus puertas. Me preguntó cuánto me había costado la hechura con la pintura y doradura. Le dije que ciento y sesenta pesos. Como él no tiene retablo ninguno, me ofreció quinientos pesos por él. Yo le dije: Yo lo traigo para mi pueblo, no para vender ni hacer mercancía.

Él quiso mandar desembarcar mis trastos. Yo no lo permití; sólo le dije que lo que convenía era que la gente que venía de San Diego que yo la despacharía a su pueblo, y que él se bajase conmigo con otra canoa. Le pareció muy bien, y así se hizo. Despaché la canoa a San Diego, y él puso gente a la balsa, y en otra canoa con gente nos bajamos los dos. En dos días llegamos al Amoguaje en donde el Padre Alfaro me recibió con mucha alegría, y me dio los agradecimientos del ganado vacuno y evejuno que le había mandado, ofreciéndome que siempre que a mí se me ofreciese alguna cosa que le despachase una canoíta, y al instante se vendría él con gente a socorrerme. Díle otra tanta ropa, sal, azúcar y vino como di al Padre Navarro con que quedó contentísimo y agradecido.

Yo allí ordené que Fr. José Canto se fuese por delante de mi pueblo para contener a mi gente, que sabiendo que yo iba allá, no se alboretase temerosa; y que yo y el Padre Alfaro llegaríamos después. Y así se hizo. Partimos juntos, y él se adelantó, y nosotros con la balsa llegamos cuatro días después. Yo sí le ordené también que se había de llevar al indio Matías, que ya había vuelto a mi pueblo. Cerca del pueblo eché el escopetazo, y salió todo el pueblo a recibirme. Lo primero mandé sacar el altar, y lo abrí, y entonando el Te Deum subimos al pueblo, y al acabar se añadió la Salve y se concluyó. Fr. José Canto les hizo un razonamiento a mi favor, y yo después les hice una plática, y todos quedaron contentos. Subióse al pueblo, a mi casa, todo lo que yo traía, y después que lo vieron todo, todos ya me pedían ropa y herramientas. Yo les dije que para ellos lo traía, y que a su tiempo se lo repartiría. El Padre Alfaro y Fr. José Canto estuvieron conmigo cuatro días, y quedamos pactados que a principios de cuaresma nos habíamos de ver cada año en playa grande para confesarnos. Y con esto se volvieron a sus pueblos. Al ver Agustinillo que Fr. José Canto se llevaba al indio Mateo, se me vino llorando a rogar que lo dejase en el pueblo, que en adelante sería ya bueno. Yo condescendí en ello, pero siempre receloso de que muchos tragos amargos me había de dar este indio. Doy con esto fin a este Tercer Tomo, dejando para el Cuarto el resto de mi peregrinación y viaje.

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