CAPÍTULO
IX
Contiene lo que me sucedió en el camino desde la ciudad de Quito
hasta Pasto.
Para este camino ordené que este cholo, que se llamaba Pedro,
con mi chapetón don Francisco, caminando a pie un rato cada uno,
llevasen de la cuerda con que iba amarrado con su collar al alano,
porque como no le conocía las malas mañas que tenía, y por aquellos
campos hay muchas reses paciendo, temí que no se echase a ellas, y
por ello previne que lo llevasen con cuidado muy sujeto. Y no fue
así, porque como lo habían criado para guardar un almacén, tenía el
vicio de echarse a todo animal, y en especial a las bestias y a los
cochinos. La primer jornada tuvieron bien que hacer con él, porque
era tan voraz y tiraba tanto, que los arrastraba a los dos.
Llegamos temprano a Guayabamba, y diciéndome que el río estaba bajo
y que podíamos pasarlo por el vado con facilidad, determiné que
fuéramos a pasar, no fuera cosa que aquella noche creciese y que el
otro día nos hallásemos atascados, porque el puente estaba
caído.
Y así pasamos adelante y hubimos de arranchar en una ladera de
un cerro. Había una cueva, y en ella nos resguardamos para pasar la
noche. Allí no había agua, y así yo no cene nada. A todos les di de
cenar pan y queso y raspadura. Yo tendí mi cama a la boca de la
cueva, y junto a mi hice dormir al muchacho; pero lo propio fue
entrar bien la noche, que salió de la cueva tanta copia de chinches
tamaños como el dedo mínimo, de cuyos piquetes no pude dormir en
toda la noche, y tuve hasta llegar a Pasto las ronchas en las
piernas y plantas de los pies, que si no hubiera tenido tanto
cuidado de quitarlos a puñados del muchacho, se lo hubieran
comido.
A lo que vino el día, yo procuré a hacer vía
(1)
para llegar presto a
Cajas, porque como ya había veinte y cuatro horas que no había
comido, rabiaba de hambre. Llegamos a Cajas que serían cerca de las
nueve, y yo me adelanté a una venta que había y mandé que de pronto
nos hiciesen una docena de huevos estrellados. La señora en un
instante lo tuvo compuesto. Ella metió en la olla unos ajíes de
estos cimarrones que se crían en las chácaras tamañitos como un
grano de pimienta pero uno sólo basta para veinte. Yo a la primera
cucharada de caldo que tomé, quedé con la boca abrasada, y me quedé
sin comer ni poder comer, porque a poco rato me salió quemado todo
el pellejo. Los otros tiraron el caldo y se comieron los huevos. Lo
más gracioso era que la señora casera me decía: Padre, yo poquito
ají metí en el caldo. Yo por fin no comí en todo el día hasta que a
la tarde llegué a San Pablo en donde el Padre cura con un poco de
vinagre tibio, enjuagándome la boca, pude ya cenar.
El otro día volvimos a proseguir nuestro viaje, y al llegar a la
villa de Ibarra el corista agustino se desavió de nosotros y se fue
a apearse a una casa particular, y ya no lo volví a ver hasta
Pasto, porque él ya llevaba maliciado lo que hizo para quedarse con
mi mula baya hasta hoy. Nosotros nos fuimos a nuestro convento en
que era Guardián un gallego que de marinero, con un poco de leer
que sabía, se subió a Quito, y allí le dieron el hábito y se ordenó
con un poco de gramática que en el noviciado aprendió. Cerca de la
oración yo estaba sentado en el claustro, y veo entrar por el
claustro encaminándosea la cocina a dos indias o mestizas, la
una ya de edad y la otra mocetona. No me causó novedad, porque ya
estaba versado a verlo. El caso gracioso fue que asomó a este
tiempo el Guardián, y empezó a regañar a la mayor y le decía: Ya le
he dicho varias veces que no quiero que me meta mujeres en el
convento. Usted sí puede entrar, porque es oficiala. Era ella la
cocinera. Pero las otras no. Cayóme en tanta gracia, que no me pude
contener de soltar la carcajada. Ellas prosiguieron y se fueron a
la cocina. Acercóse el Guardián y me dijo: Siempre me traen
convidadas, y yo no quiero más de una. Aquí acabé yo de reír de
veras. Él me preguntó por qué reía tanto. Yo le dije: Padre, porque
ni una ni muchas puede usted permitir que entren. Ni usted, ni el
Provincial, ni el General, ni toda la religión puede dar tal
licencia, porque esto está prohibido por varios decretos
apostólicos. Él dio el efugio que por allí se
estilaba.
Yo salí con él, y me llevó al convento de San Agustín, que no
tenía más que la iglesia y un patio sin puerta, y en él tres
celdas. Fuimos a la celda del Prior, el cual conté este caso. A
pocos días de haber llegado mandó descolgar un cuadro grande que
hay en la celda para limpiarlo del polvo y telarañas que tenía; y
sacando la pintura del marco, encontró un papelito envuelto.
Abriólo y halla adentro dos chinches y un rótulo que decía: Yo Fray
Fulano el año de tantos puse dentro de este papel envuelto un
chinche. Con este rótulo averiguaron que se habían pasado ochenta
años desde que se puso el chinche. Pero entró la dificultad que
hallaron dos. Decía uno que el chinche habría parido el otro; pero
no fue así, porque acercándoles un pedacito de carne, el uno se
puso luego a comer, y viendo que el otro no se movía aunque lo
hurgaron, se averiguó que era el cuero o la concha que había mudado
el otro, como lo hace la culebra. Ahora yo preguntara a cualquiera:
¿Cómo sin comer había sustentado esta sabandija la vida por espacio
de ochenta años?.
Nosotros al otro día proseguimos nuestro viaje, y a dos jornadas
más venimos a arranchar en casa de un indio. Allí no había sino
tres indias y unos chiquillos. El indio estaba en el pueblo que era
curato mercedario. Yo había acabado el tasajo, y para proveerme
díjele a una de las indias: Señora, véndanos un carnero. Que allí
tenía un corral que había más de cincuenta. Ella respondió que su
marido estaba en el pueblo y que los carneros eran de las almas del
purgatorio, y que no los podía vender. Yo le dije: Señora, las
almas no comen carneros, sino que los carneros de las almas son
para que se vendan y con la plata que les digan algunas misas. Ella
se cerró que no quería vender, porque el cura la mandaría azotar.
Yo le repliqué:Señora mañana lo avisaré yo al cura, no tenga
usted miedo. Ella dijo que no quería. Entonces díjele yo a mi
chapetón: Don Francisco, salte usted dentro del corral y saque un
carnero. Al instante lo hizo. Se mató y cenamos la
asadura.
Por la madrugada fuese una india al pueblo a avisar al marido,
el cual al instante tomó su caballo y se vino. Nosotros a punta de
día freímos la sangre y almorzamos, cargamos y partimos. Ya antes
de partir paguéle a la india el camero. Apenas habíamos andado cien
pasos, catay, el indio que se venía a carrera abierta, y así que me
vio, empezó a gritarme: Ah, fray ladrón, ah chapetón judío. El
alano que vio venir aquel caballo a carrera, empezóle a ladrar, y
con la fuerza que hacía iba arrastrando al cholo que lo llevaba. El
indio temeroso del perro, que se retiraba, pero siempre gritándome
ladrón y judío; las indias que le gritaban a él, y le decían: ya
pagó; ya han pagado el carnero. Él no osó jamás acercarse de miedo
al perro, y nos vino un rato detrás gritando: ladrones y chapetones
judíos.
Nosotros llegamos al pueblo a mediodía, y yo me fui a casa del
Padre cura a darle satisfacción, y hallé tres mercedarios a la mesa
comiendo y un hombre de mediana edad de buen aspecto, pero con sus
ojos hice juicio que era un gran borracho, y no me engañé. El Padre
cura, a lo que me vio, dio orden de descargarse, y me hizo sentar a
comer y que en la cocina se diese también a mi gente. Contéle lo
que me pasaba sobre el carnero, y lo dio por bien hecho. En lo
interim que comimos oí que daba buenos consejos al sujeto que se
llamaba don Antonio Baquero, y rematé diciéndole: Y ahora ya de
aquí a Pasto podrá usted acompañarse con el Padre misionero, e irá
bien y honrado. Esto no me pareció a mí bien, y no osé repudiarlo.
En la tarde me contó el cura que el Baquero era hijo de un honrado
mercader español, casado en Santa Fe hombre muy rico, y desde
muchacho jamás pudo sujetar a este hijo suyo, y que llegó a
mandarlo meter en la cárcel pública para sujetarlo, y que fue peor.
Ya más grande hízole a su padre un hurto considerable, y se escapó
tierra arriba y gastó en breve la plata como el pródigo. Ya hecho
un perdulario llegó a Lima, y andando en bebezones, tantas veces lo
metieron en la cárcel, que por fin lo desterraron al presidio de
Valdivia. Ahora venía del destierro en que estuvo diez años y se
iba a su padre en Santa Fe.
Él en Lima un español amigo de su padre lo avió hasta Quito bien
aviado con un honrado mercader, y vino bien. Ahora en Quito otro
amigo lo avió con una buena mula y avié de plata para el camino;
pero al llegar a la villa de Ibarra, en juegos y borracherías todo
lo malbaraté, hasta el vestido, y sólo se quedó con la mula. Un día
quiso forzar a una mujer casada, y ella lo burló y huyéndose, y él
de cólera se dio una puñalada en un muslo grande, de la cual estuvo
en cama tres meses, y al convalecer le mandé el Corregidor que
inmediatamente saliese de la villa
. En esta suposición, me
dijo el Padre cura: Hágame el favor de llevárselo hasta Pasto. Yo
me callé la boca y sólo le dije: Como él no arme fandangos ni
bebezones, yo le acompañaré; pero si él se desmanda, ya V.
Paternidad sabe que
esto no me conviene. Pero ya yo en lo
interior dije: Este hombre no me conviene. Esto sólo durará esta
primer jornada.
Y así fue. Partimos juntos el otro día, y el Páramo del Angel
estaba tan malo, que él nos llevó por un desvío a un pueblo que hay
en el páramo, y aunque no lo pasamos tan mal como lo hubiéramos
pasado por el camino común, con todo llegamos llenos de lodo negro
hasta el hocico. El Padre cura ya en viejo, y allí tenía tres hijas
mozas grandes. Al instante se metió con ellas con grande chacota.
Ellos sacaron guitarra, y la mayor parte de la noche la pasaron en
fandango, cantando corridos en que tenía el arte, voz y gracia
singular.
Ya que vino el día, partimos juntos, y al doblar del páramo, yo
empecé a dejarlo adelantar ya con ánimo de desviarme de su
compañía. El se adelantó, que no lo vi más en toda la jornada.
Ya que estuvimos fuera de páramo, cerca de las doce nos paramos a
comer en fiambre, y yo viendo que el camino era bueno, proseguí
caminando a pie, e hice montar en mi mula al muchacho. Fue esta
providencia de Dios, porque a medio cuarto de legua, en una
pendiente ladera se le fue una mano a la mula y se volcó con el
muchacho loma abajo, que dio tres vuelcos sin despegarse el
muchacho de la silla. Yo al primer vuelco que dio, invoqué a San
Antonio, y pienso que fue milagro suyo el salir el niño ileso,
habiéndole pasado por encima de espaldas tres veces la mula, y no
haberlo aplastado; que si me coge a mí el lance, pienso que
lo hubiera contado. El niño sólo padeció el susto.
Media legua antes de llegar a Pupiales, que ya dije que hay una
laguna, tomé la escopeta y maté dos patos. A poco rato más
alcanzamos a un indiecito que iba con un caballo con una carguita
de leña. Le pregunté por su casa, y me dio por relación que tenía
casa grande, padre, madre y otros hermanos. Con ello determiné ir a
apearnos a su casa, porque Baquero me había dicho que iba a casa
del cura. Estaba la casa de este indio a la entrada del pueblo, y
él se adelantó a dar noticias a sus padres. Llegué y los saludé, y
nos apeamos allí. Descargamos, y entro yo adentro, y hallo a
Baquero, que allí también se había apeado. Ya no hubo remedio: hube
de aguantar el tarugo. Yo me fui a ver al Padre cura que era
mercedario, el cual me dio grandes quejas porque no había ido a
apearme allá. Al instante mandó decir a mi gente que no me
aguardasen a cenar, que que daba allá. El tenía una moza quiteña, y
le dio el título de hermana, aunque yo hice muy otro concepto. Ya
después de cenar me fui a dormir, y cerca de la media noche parece
Baquero borracho, y empieza con mis mozos y con la gente de casa a
golpes, y que le fuesen a traer la mula, que se quería ir. Ello
todo lo alborotó, hasta que le trujeron la mula y se
fue.
Ya yo tenía prevenido el indio sacristán para decir misa bien de
mañana. Así se hizo. Levantéme temprano, y yéndome para la iglesia,
sale la moza del Padre cura y me dice: Padre misionero, V.
Paternidad me ha de hacer el favor de confesar la india que tenemos
en casa en la cocina, que ha dos años que no se quiere confesar. Yo
le respondí: Señora, ¿y usted cuándo se confiesa, que ya ha muchos
años que no se ha confesado? Ella luego ya hizo concepto que yo
sabía lo que pasaba. Ella se quedó sonreada, y no me respondió
palabra alguna. Entonces díjele yo: Vaya usted y dígale a esta
india que venga. La dificultad era (que) no quería confesar con el
cura pero quería confesar con cualquier otro. Yo la confesé y era
muy buena, y le di la comunión también.
Ya después de almorzar nos partimos, ya poco rato encuentro a un
indiecito y le dije: Buen cura tienen en el pueblo. Parece que
cuida bien del pueblo. Respondió él: Bueno es, pero no da nada a
los enfermos. Yo le respondí: Pedirlo a la señora su hermana.
Padre, me dijo, aquella señora no es su hermana, sino que es su
amiga, y por esto nadie del pueblo la puede ver, y es más tirana
con los enfermos que el cura, porque sólo procura ella para sí y
para enviar a Quito a su madre. Nosotros proseguimos nuestra
jornada y a la tarde llegamos a Ipiales. Yo, por no encontrarme con
Baquero, no quise ir a casa del cura, y me pasé a una casa lejos, y
al llegar dije Avemaría. Salió un caballero chapetón, y me dijo:
Padre, apéese V. Paternidad. Apenas los de dentro sintieron Padre,
salió don Melchor Ortiz, que era hermano de aquel don Elias que se
casó en Barbacoas como llevo referido, y tras él salió el cura, que
era un fray dominico viejo llamado Torrefuerte. Al verme dijo:
Padre, de ningún modo se apea usted aquí. Vamos al convento. No
hubo remedio, y me llevó allá, y allí hallé en un cuarto hospedado
a Baquero.
El Padre cura me pidió que me parase unos días, a fin de que
predicase unos sermones morales y que le confesase la gente. Y yo a
tanta instancia que me hizo hube de condescender, y aquella misma
noche empecé. A la oración con la campana se congregó el pueblo, y
desde el púlpito, como usaba, empecé la corona con los misterios, y
después expliqué un punto de doctrina cristiana y otro de moral.
Pero cuando cenamos díjome el cura: Las otras noches yo diré los
misterios del rosario, porque aquí nosotros no entendemos este modo
de rezar de la corona. Al instante ya conocí por dónde venía el
veneno; pero estimé más no replicarle, por no moverle cuestión y
que nos enojáramos. Yo me detuve cinco días, y el tercero sucedió
que salió Baquero de fandango por el pueblo con guitarra con otros
de su jaez, y se embriagó y movieron gresca, y él con la guitarra
de un golpe que con ella dio a uno se la argolló al cuello
haciéndole saltar las tapas. Los del pueblo se unieron y le rajaron
a palos la cabeza en dos partes, y le dieron una puñalada en un
hombro y lo dejaron por muerto. Por la madrugada lo trujeron al
convento lleno de sangre, y de esta vez estuvo tres meses en
cama.
Yo al sexto día me partí, y habiendo ya cargado, me mandó el
Padre cura tres gallinas asadas, y una docena de allullas, que son
unas tortas amasadas con manteca. Yo había hecho provisión de un
carnero hecho salón, y por no volver a descargar, lo metí en una
misma jigra. Así caminamos hasta cerca las diez, y llegando a una
quebrada que hay antes de llegar a Putis, paramos a comer. Saqué
una gallina y allullas y comimos y volvimos a proseguir. Pasamos de
Putis, y pasando un puentecito que tiene una quebrada honda de tres
palos, al empezar a subir la cuesta, se atascó el caballo que
llevaba mis petacas y la jigra de la comida, y se revolvió cuesta
abajo. Tras de él venía mi chapetón con el alano, el cual tiróle un
bocado al hocico, y se quedó agarrado del caballo. El paso era
estrecho y lleno de camellones llenos de lodo claro, y se fueron
los dos batallando hasta la quebrada, y hubieron de pararse sobre
el puente, que si el caballo cae abajo, ya no había que irlo a
buscar. Por fin a palos le despegaron el alano del hocico; pero en
la contienda bregando, se desprendió la jigra y lo pisotearon de
modo por dentro del lodo, que ni allullas, ni gallinas. ni camero
se pudo llevar, sino que allí lo mandé dejar todo por malo. Con
este desconsuelo llegamos a la tarde a arranchar al pueblo de
Ilis.
Al habernos arranchado fui a buscar por el pueblo carne, y un
indio me vendió un carnero seco, hecho tasajo, y con él tuvimos
carne hasta llegar a Pasto. Dimos tres jornadas más, y llegamos a
Guáitara. Aquí tuvimos los trabajos con el alano, porque yo
recelando que si lo hacía pasar por donde pasan nadando las
bestias, se lo podía llevar el río, por la corriente que tiene, y
no había a donde pudiese salir el perro por lo encañonado del río,
determiné que pasase por la tarabita; pero al quererlo meter en el
asiento para atarlo, el perro, temeroso de aquella profundidad, se
defendía tan feroz con todos, que todos llegamos a temerle no nos
tirase algún bocado. En esta perplejidad lo engañé dándole un
pedazo de carne, y ya que la estaba comiendo tuvimos ocasión de
atarle la boca y después, atado de cuatro pies y tapados los ojos,
se pudo pasar. Ya que pasamos todos bien, allí nos quedamos, y con
dos jornadas más llegamos con felicidad a Pasto.
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1.
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Hacer vía, mallorquinismo que
quiere decir
darse prisa. (N. del T.).
(regresara #1)
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