INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO IX


 
Contiene lo que me sucedió en el camino desde la ciudad de Quito hasta Pasto.


 

Para este camino ordené que este cholo, que se llamaba Pedro, con mi chapetón don Francisco, caminando a pie un rato cada uno, llevasen de la cuerda con que iba amarrado con su collar al alano, porque como no le conocía las malas mañas que tenía, y por aquellos campos hay muchas reses paciendo, temí que no se echase a ellas, y por ello previne que lo llevasen con cuidado muy sujeto. Y no fue así, porque como lo habían criado para guardar un almacén, tenía el vicio de echarse a todo animal, y en especial a las bestias y a los cochinos. La primer jornada tuvieron bien que hacer con él, porque era tan voraz y tiraba tanto, que los arrastraba a los dos. Llegamos temprano a Guayabamba, y diciéndome que el río estaba bajo y que podíamos pasarlo por el vado con facilidad, determiné que fuéramos a pasar, no fuera cosa que aquella noche creciese y que el otro día nos hallásemos atascados, porque el puente estaba caído.

Y así pasamos adelante y hubimos de arranchar en una ladera de un cerro. Había una cueva, y en ella nos resguardamos para pasar la noche. Allí no había agua, y así yo no cene nada. A todos les di de cenar pan y queso y raspadura. Yo tendí mi cama a la boca de la cueva, y junto a mi hice dormir al muchacho; pero lo propio fue entrar bien la noche, que salió de la cueva tanta copia de chinches tamaños como el dedo mínimo, de cuyos piquetes no pude dormir en toda la noche, y tuve hasta llegar a Pasto las ronchas en las piernas y plantas de los pies, que si no hubiera tenido tanto cuidado de quitarlos a puñados del muchacho, se lo hubieran comido.

A lo que vino el día, yo procuré a hacer vía (1) para llegar presto a Cajas, porque como ya había veinte y cuatro horas que no había comido, rabiaba de hambre. Llegamos a Cajas que serían cerca de las nueve, y yo me adelanté a una venta que había y mandé que de pronto nos hiciesen una docena de huevos estrellados. La señora en un instante lo tuvo compuesto. Ella metió en la olla unos ajíes de estos cimarrones que se crían en las chácaras tamañitos como un grano de pimienta pero uno sólo basta para veinte. Yo a la primera cucharada de caldo que tomé, quedé con la boca abrasada, y me quedé sin comer ni poder comer, porque a poco rato me salió quemado todo el pellejo. Los otros tiraron el caldo y se comieron los huevos. Lo más gracioso era que la señora casera me decía: Padre, yo poquito ají metí en el caldo. Yo por fin no comí en todo el día hasta que a la tarde llegué a San Pablo en donde el Padre cura con un poco de vinagre tibio, enjuagándome la boca, pude ya cenar.

El otro día volvimos a proseguir nuestro viaje, y al llegar a la villa de Ibarra el corista agustino se desavió de nosotros y se fue a apearse a una casa particular, y ya no lo volví a ver hasta Pasto, porque él ya llevaba maliciado lo que hizo para quedarse con mi mula baya hasta hoy. Nosotros nos fuimos a nuestro convento en que era Guardián un gallego que de marinero, con un poco de leer que sabía, se subió a Quito, y allí le dieron el hábito y se ordenó con un poco de gramática que en el noviciado aprendió. Cerca de la oración yo estaba sentado en el claustro, y veo entrar por el claustro encaminándosea la cocina a dos indias o mestizas, la una ya de edad y la otra mocetona. No me causó novedad, porque ya estaba versado a verlo. El caso gracioso fue que asomó a este tiempo el Guardián, y empezó a regañar a la mayor y le decía: Ya le he dicho varias veces que no quiero que me meta mujeres en el convento. Usted sí puede entrar, porque es oficiala. Era ella la cocinera. Pero las otras no. Cayóme en tanta gracia, que no me pude contener de soltar la carcajada. Ellas prosiguieron y se fueron a la cocina. Acercóse el Guardián y me dijo: Siempre me traen convidadas, y yo no quiero más de una. Aquí acabé yo de reír de veras. Él me preguntó por qué reía tanto. Yo le dije: Padre, porque ni una ni muchas puede usted permitir que entren. Ni usted, ni el Provincial, ni el General, ni toda la religión puede dar tal licencia, porque esto está prohibido por varios decretos apostólicos. Él dio el efugio que por allí se estilaba.

Yo salí con él, y me llevó al convento de San Agustín, que no tenía más que la iglesia y un patio sin puerta, y en él tres celdas. Fuimos a la celda del Prior, el cual conté este caso. A pocos días de haber llegado mandó descolgar un cuadro grande que hay en la celda para limpiarlo del polvo y telarañas que tenía; y sacando la pintura del marco, encontró un papelito envuelto. Abriólo y halla adentro dos chinches y un rótulo que decía: Yo Fray Fulano el año de tantos puse dentro de este papel envuelto un chinche. Con este rótulo averiguaron que se habían pasado ochenta años desde que se puso el chinche. Pero entró la dificultad que hallaron dos. Decía uno que el chinche habría parido el otro; pero no fue así, porque acercándoles un pedacito de carne, el uno se puso luego a comer, y viendo que el otro no se movía aunque lo hurgaron, se averiguó que era el cuero o la concha que había mudado el otro, como lo hace la culebra. Ahora yo preguntara a cualquiera: ¿Cómo sin comer había sustentado esta sabandija la vida por espacio de ochenta años?.

Nosotros al otro día proseguimos nuestro viaje, y a dos jornadas más venimos a arranchar en casa de un indio. Allí no había sino tres indias y unos chiquillos. El indio estaba en el pueblo que era curato mercedario. Yo había acabado el tasajo, y para proveerme díjele a una de las indias: Señora, véndanos un carnero. Que allí tenía un corral que había más de cincuenta. Ella respondió que su marido estaba en el pueblo y que los carneros eran de las almas del purgatorio, y que no los podía vender. Yo le dije: Señora, las almas no comen carneros, sino que los carneros de las almas son para que se vendan y con la plata que les digan algunas misas. Ella se cerró que no quería vender, porque el cura la mandaría azotar. Yo le repliqué:Señora mañana lo avisaré yo al cura, no tenga usted miedo. Ella dijo que no quería. Entonces díjele yo a mi chapetón: Don Francisco, salte usted dentro del corral y saque un carnero. Al instante lo hizo. Se mató y cenamos la asadura.

Por la madrugada fuese una india al pueblo a avisar al marido, el cual al instante tomó su caballo y se vino. Nosotros a punta de día freímos la sangre y almorzamos, cargamos y partimos. Ya antes de partir paguéle a la india el camero. Apenas habíamos andado cien pasos, catay, el indio que se venía a carrera abierta, y así que me vio, empezó a gritarme: Ah, fray ladrón, ah chapetón judío. El alano que vio venir aquel caballo a carrera, empezóle a ladrar, y con la fuerza que hacía iba arrastrando al cholo que lo llevaba. El indio temeroso del perro, que se retiraba, pero siempre gritándome ladrón y judío; las indias que le gritaban a él, y le decían: ya pagó; ya han pagado el carnero. Él no osó jamás acercarse de miedo al perro, y nos vino un rato detrás gritando: ladrones y chapetones judíos.

Nosotros llegamos al pueblo a mediodía, y yo me fui a casa del Padre cura a darle satisfacción, y hallé tres mercedarios a la mesa comiendo y un hombre de mediana edad de buen aspecto, pero con sus ojos hice juicio que era un gran borracho, y no me engañé. El Padre cura, a lo que me vio, dio orden de descargarse, y me hizo sentar a comer y que en la cocina se diese también a mi gente. Contéle lo que me pasaba sobre el carnero, y lo dio por bien hecho. En lo interim que comimos oí que daba buenos consejos al sujeto que se llamaba don Antonio Baquero, y rematé diciéndole: Y ahora ya de aquí a Pasto podrá usted acompañarse con el Padre misionero, e irá bien y honrado. Esto no me pareció a mí bien, y no osé repudiarlo. En la tarde me contó el cura que el Baquero era hijo de un honrado mercader español, casado en Santa Fe hombre muy rico, y desde muchacho jamás pudo sujetar a este hijo suyo, y que llegó a mandarlo meter en la cárcel pública para sujetarlo, y que fue peor. Ya más grande hízole a su padre un hurto considerable, y se escapó tierra arriba y gastó en breve la plata como el pródigo. Ya hecho un perdulario llegó a Lima, y andando en bebezones, tantas veces lo metieron en la cárcel, que por fin lo desterraron al presidio de Valdivia. Ahora venía del destierro en que estuvo diez años y se iba a su padre en Santa Fe.

Él en Lima un español amigo de su padre lo avió hasta Quito bien aviado con un honrado mercader, y vino bien. Ahora en Quito otro amigo lo avió con una buena mula y avié de plata para el camino; pero al llegar a la villa de Ibarra, en juegos y borracherías todo lo malbaraté, hasta el vestido, y sólo se quedó con la mula. Un día quiso forzar a una mujer casada, y ella lo burló y huyéndose, y él de cólera se dio una puñalada en un muslo grande, de la cual estuvo en cama tres meses, y al convalecer le mandé el Corregidor que inmediatamente saliese de la villa . En esta suposición, me dijo el Padre cura: Hágame el favor de llevárselo hasta Pasto. Yo me callé la boca y sólo le dije: Como él no arme fandangos ni bebezones, yo le acompañaré; pero si él se desmanda, ya V. Paternidad sabe que esto no me conviene. Pero ya yo en lo interior dije: Este hombre no me conviene. Esto sólo durará esta primer jornada.

Y así fue. Partimos juntos el otro día, y el Páramo del Angel estaba tan malo, que él nos llevó por un desvío a un pueblo que hay en el páramo, y aunque no lo pasamos tan mal como lo hubiéramos pasado por el camino común, con todo llegamos llenos de lodo negro hasta el hocico. El Padre cura ya en viejo, y allí tenía tres hijas mozas grandes. Al instante se metió con ellas con grande chacota. Ellos sacaron guitarra, y la mayor parte de la noche la pasaron en fandango, cantando corridos en que tenía el arte, voz y gracia singular.

Ya que vino el día, partimos juntos, y al doblar del páramo, yo empecé a dejarlo adelantar ya con ánimo de desviarme de su compañía. El se adelantó, que no lo vi más en toda la jornada. Ya que estuvimos fuera de páramo, cerca de las doce nos paramos a comer en fiambre, y yo viendo que el camino era bueno, proseguí caminando a pie, e hice montar en mi mula al muchacho. Fue esta providencia de Dios, porque a medio cuarto de legua, en una pendiente ladera se le fue una mano a la mula y se volcó con el muchacho loma abajo, que dio tres vuelcos sin despegarse el muchacho de la silla. Yo al primer vuelco que dio, invoqué a San Antonio, y pienso que fue milagro suyo el salir el niño ileso, habiéndole pasado por encima de espaldas tres veces la mula, y no haberlo aplastado; que si me coge a mí el lance, pienso que lo hubiera contado. El niño sólo padeció el susto.

Media legua antes de llegar a Pupiales, que ya dije que hay una laguna, tomé la escopeta y maté dos patos. A poco rato más alcanzamos a un indiecito que iba con un caballo con una carguita de leña. Le pregunté por su casa, y me dio por relación que tenía casa grande, padre, madre y otros hermanos. Con ello determiné ir a apearnos a su casa, porque Baquero me había dicho que iba a casa del cura. Estaba la casa de este indio a la entrada del pueblo, y él se adelantó a dar noticias a sus padres. Llegué y los saludé, y nos apeamos allí. Descargamos, y entro yo adentro, y hallo a Baquero, que allí también se había apeado. Ya no hubo remedio: hube de aguantar el tarugo. Yo me fui a ver al Padre cura que era mercedario, el cual me dio grandes quejas porque no había ido a apearme allá. Al instante mandó decir a mi gente que no me aguardasen a cenar, que que daba allá. El tenía una moza quiteña, y le dio el título de hermana, aunque yo hice muy otro concepto. Ya después de cenar me fui a dormir, y cerca de la media noche parece Baquero borracho, y empieza con mis mozos y con la gente de casa a golpes, y que le fuesen a traer la mula, que se quería ir. Ello todo lo alborotó, hasta que le trujeron la mula y se fue.

Ya yo tenía prevenido el indio sacristán para decir misa bien de mañana. Así se hizo. Levantéme temprano, y yéndome para la iglesia, sale la moza del Padre cura y me dice: Padre misionero, V. Paternidad me ha de hacer el favor de confesar la india que tenemos en casa en la cocina, que ha dos años que no se quiere confesar. Yo le respondí: Señora, ¿y usted cuándo se confiesa, que ya ha muchos años que no se ha confesado? Ella luego ya hizo concepto que yo sabía lo que pasaba. Ella se quedó sonreada, y no me respondió palabra alguna. Entonces díjele yo: Vaya usted y dígale a esta india que venga. La dificultad era (que) no quería confesar con el cura pero quería confesar con cualquier otro. Yo la confesé y era muy buena, y le di la comunión también.

Ya después de almorzar nos partimos, ya poco rato encuentro a un indiecito y le dije: Buen cura tienen en el pueblo. Parece que cuida bien del pueblo. Respondió él: Bueno es, pero no da nada a los enfermos. Yo le respondí: Pedirlo a la señora su hermana. Padre, me dijo, aquella señora no es su hermana, sino que es su amiga, y por esto nadie del pueblo la puede ver, y es más tirana con los enfermos que el cura, porque sólo procura ella para sí y para enviar a Quito a su madre. Nosotros proseguimos nuestra jornada y a la tarde llegamos a Ipiales. Yo, por no encontrarme con Baquero, no quise ir a casa del cura, y me pasé a una casa lejos, y al llegar dije Avemaría. Salió un caballero chapetón, y me dijo: Padre, apéese V. Paternidad. Apenas los de dentro sintieron Padre, salió don Melchor Ortiz, que era hermano de aquel don Elias que se casó en Barbacoas como llevo referido, y tras él salió el cura, que era un fray dominico viejo llamado Torrefuerte. Al verme dijo: Padre, de ningún modo se apea usted aquí. Vamos al convento. No hubo remedio, y me llevó allá, y allí hallé en un cuarto hospedado a Baquero.

El Padre cura me pidió que me parase unos días, a fin de que predicase unos sermones morales y que le confesase la gente. Y yo a tanta instancia que me hizo hube de condescender, y aquella misma noche empecé. A la oración con la campana se congregó el pueblo, y desde el púlpito, como usaba, empecé la corona con los misterios, y después expliqué un punto de doctrina cristiana y otro de moral. Pero cuando cenamos díjome el cura: Las otras noches yo diré los misterios del rosario, porque aquí nosotros no entendemos este modo de rezar de la corona. Al instante ya conocí por dónde venía el veneno; pero estimé más no replicarle, por no moverle cuestión y que nos enojáramos. Yo me detuve cinco días, y el tercero sucedió que salió Baquero de fandango por el pueblo con guitarra con otros de su jaez, y se embriagó y movieron gresca, y él con la guitarra de un golpe que con ella dio a uno se la argolló al cuello haciéndole saltar las tapas. Los del pueblo se unieron y le rajaron a palos la cabeza en dos partes, y le dieron una puñalada en un hombro y lo dejaron por muerto. Por la madrugada lo trujeron al convento lleno de sangre, y de esta vez estuvo tres meses en cama.

Yo al sexto día me partí, y habiendo ya cargado, me mandó el Padre cura tres gallinas asadas, y una docena de allullas, que son unas tortas amasadas con manteca. Yo había hecho provisión de un carnero hecho salón, y por no volver a descargar, lo metí en una misma jigra. Así caminamos hasta cerca las diez, y llegando a una quebrada que hay antes de llegar a Putis, paramos a comer. Saqué una gallina y allullas y comimos y volvimos a proseguir. Pasamos de Putis, y pasando un puentecito que tiene una quebrada honda de tres palos, al empezar a subir la cuesta, se atascó el caballo que llevaba mis petacas y la jigra de la comida, y se revolvió cuesta abajo. Tras de él venía mi chapetón con el alano, el cual tiróle un bocado al hocico, y se quedó agarrado del caballo. El paso era estrecho y lleno de camellones llenos de lodo claro, y se fueron los dos batallando hasta la quebrada, y hubieron de pararse sobre el puente, que si el caballo cae abajo, ya no había que irlo a buscar. Por fin a palos le despegaron el alano del hocico; pero en la contienda bregando, se desprendió la jigra y lo pisotearon de modo por dentro del lodo, que ni allullas, ni gallinas. ni camero se pudo llevar, sino que allí lo mandé dejar todo por malo. Con este desconsuelo llegamos a la tarde a arranchar al pueblo de Ilis.

Al habernos arranchado fui a buscar por el pueblo carne, y un indio me vendió un carnero seco, hecho tasajo, y con él tuvimos carne hasta llegar a Pasto. Dimos tres jornadas más, y llegamos a Guáitara. Aquí tuvimos los trabajos con el alano, porque yo recelando que si lo hacía pasar por donde pasan nadando las bestias, se lo podía llevar el río, por la corriente que tiene, y no había a donde pudiese salir el perro por lo encañonado del río, determiné que pasase por la tarabita; pero al quererlo meter en el asiento para atarlo, el perro, temeroso de aquella profundidad, se defendía tan feroz con todos, que todos llegamos a temerle no nos tirase algún bocado. En esta perplejidad lo engañé dándole un pedazo de carne, y ya que la estaba comiendo tuvimos ocasión de atarle la boca y después, atado de cuatro pies y tapados los ojos, se pudo pasar. Ya que pasamos todos bien, allí nos quedamos, y con dos jornadas más llegamos con felicidad a Pasto.

1.   Hacer vía, mallorquinismo que quiere decir darse prisa. (N. del T.). (regresara #1)

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