(continuación
capítulo VIII)
A lo que me administró esta especie, considerando yo la malicia
de este lego, y el peligro en que me vi ignorándolo de perder la
vida, o que me comiese una fiera del monte, me airé bastante, y
desde entonces determiné no fiarme jamás de ningún fray criollo. Un
día nos convidó a comer el señor Fiscal, y sobre mesa se propuso la
especie de que con estas dos cartas que llevase el Padre Urrea al
Padre Barrutieta se nos daría todo lo necesario. Yo le dije: Señor
don José, Vuestra Señoría entienda que ahora lo han de hacer peor
que antes con nosotros. Él me dijo que no harían tal, y que si tal
sucedía que le escribiese, que él de oficio escribiria a la
corte. Yo no la creí, ni creí nada, sino que todo era no
querer descontentar a nuestra Padre Salvador, y que los Padres
criollos del colegio y el Padre Barrutieta se mamasen y se
regalasen con lo que el Rey daba para los Padres conversores, y que
nosotros adentro lo padeciéramos comiendo rabos de mono y pan de
yuca, ñame y maíz. Y lo peor fue que así como se lo dije a la cara
al señor Fiscal y a nuestro Padre Salvador, así nos sucedió
siempre.
A los siete días de haber llegado yo a Quito; se partió el Padre
Urrea de vuelta para Pasto, y de allí para la misión. Yo me quedé a
agenciar mis negocios, y lo primero me dio noticia un cholo que iba
por el convento que un caballero chileno llamado don Agustín
Lisperguer tenía un trozo de paño azul de la tierra y lo deseaba
vender. Yo lo fui a ver, y aquí fue que tomé amistad en esta casa,
como ya llevo referido. Él me dio el paño a once reales la vara, y
me hice unos calzones, y otros y una chupa a mi don Francisco, que
iba algo desarrapado. Dicho don Agustín estaba baldado de las
piernas que las tenía pegadas a las nalgas del daño que le hizo un
mulato como ya llevo apuntado; y el donado Urro que con nosotros
vino de España, y se había salido del colegio y estaba de médico en
Quito, le había dicho que le alargaría las piernas con violencia,
pero le pedía trescientos pesos de la cura. Yo le dije: Pues yo con
veinte reales me atrevo a alargárselas, sin violencia ninguna. Su
esposa doña Josefa, que se había destruído gastando más de veinte
mil pesos para curarlo, me hizo tales ruegos, que me obligó a poner
en práctica lo que pensé que sería a propósito.
Lo primero hice buscar un poco de guayusa, y se halló en casa de
una india cacica viuda. Hice buscar dos cachorritos de perro
mamones, y que de ellos se sacase la manteca. Hice buscar fruta de
laurel y que de ella se sacase el aceite. Hice buscar cuatro libras
de una resma que no me acuerdo ahora su nombre, pero allá la sacan
del monte y de ella usan los sombrereros. La hice moler y la
mixturé con cebo de cabrón a modo de ungüento. Ya todo aparejado,
se ordenó la cura de esta forma: A las cuatro de la tarde tomaba en
las piernas el vaho del cocimiento de romero, arrayán, laurel,
hojas de caña y rosa seca, y ya tibio se le daba de ello un baño.
Después se secaba y se le daba otro de aguardiente tibio. Después
se secaba y se ungía desde los muslos hasta los pies con la unción
del aceite de laurel y manteca de los cachorritos, y sobre de esta
unción se le ponían cataplasmas del ungüento de las resinas y cebo
abrigado con badana y bien liado. Sentábase entonces al canto de la
cama, y ponía a los pies sobre una silla tan estirados como podía,
y sobre de las rodillas se le ponía una faja, que de cada canto
tenía una taleguita con una libra de peso, y a cada taleguita cada
día se le añadía una onza, y ya todo armado, tomaba el caballero
una taza de guayusa, y su comida y cena no más que arroz con leche,
y para bebida leche cocida. A los once días le soltaron los nervios
el encogimiento, y se le alargaron a lo natural las piernas, aunque
con poco movimiento en ellas, porque tuvo las choquezuelas
desencajadas y fuera de su natural sitio.
Por ocasión de esta cura, el Secretario de la Audiencia, el
señor don Diego Lizón, cajamarquino, que era muy amigo de don
Agustín, se empeñó conmigo para que alargase las piernas también a
una señora viuda, muy su amiga, que había siete días que también
estaba con las piernas baldadas. Esta señora conocí yo con su
relación que no tenía impedimento alguno, sino humor congelado, que
la había baldado el movimiento. Le hice dar el mismo vaho y baños,
y la misma cataplasma, y a los veintiún días ya salió a la calle
con admiración de todo Quito, que era persona distinguida. De estas
dos curas se me levantó fama de grande médico. A esto se añadió que
un día hube de contar que en Nápoles había tenido amistad con un
grande arbolario, y que éste, entre varias cosas que me enseñó, me
instruyó en hacer una pomada, que, a más de dar mucho lustre al
rostro, quitaba las manchas, las pecas, las cicatrices, el paño, y
aun las arrugas. Yo no sé el cómo se divulgó por Quito esta voz,
que a breves días no me veía de polvo con recaudos de enfermos y
empeños de damas, que me pedían esta pomada.
Yo me hube de allanar a componerla, porque la señora marquesa de
Maensa tuvo noticia de ello, y por medio del Oidor decano don
Antonio Quitana, un día me mandó llamar a casa de dicha señora.
Llego allá, y el Oidor me propuso el empeño. Yo me hice excusar,
pero la señora tomó el naipe en la mano y me dijo: Padre misionero,
yo antes de mandarlo llamar me informé de raíz, y sé de cierto que
usted lo dijo tal día en casa de don Agustín Lisperguer. Si es cosa
que la plata lo ha de pagar, pida usted, que plata tengo que gastar
en ello. Era esta una señora la más hermosa que yo he visto en mi
vida. Yo pensé que tendría unos treinta años, y en realidad supe
después que tenía sesenta y seis; dificultándolo yo me dijeron,
porque ella era limeña, que en Lima la criaron con este cuidado:
Cada día se desayunaba cuando niña con dos huevos de gallina
acabados de caer sin mixtura ninguna, y no mas almorzaba hasta
pasada una hora. Cuando ya más crecida, se bebía cuatro y cuando ya
moza, seis; y este estilo había guardado toda la vida, y que con
ello se conservaba tan fresca y lozana. Con la evidencia que ella
me hizo, ya no pude negarme, sobre que ya yo sabía que atraído de
la fama de su hermosura, fue el marqués su marido a Lima oculto, y
la hurté cuando moza, y se la trujo a Quito con cien negros de
escolta para que sus padres no se la pretendiesen quitar, y desde
que se casó le daba de semana para flores trescientos
pesos.
Le dije: Señora, pues Vuestra Señoría me pone en este estrecho
paso, yo ya haré como se me suplica. Los materiales de que se
compone esto todos los puedo yo facilitar sin ningún costo; sólo me
falta uno, y este Vuestra Señoría lo habrá de buscar, y es un
pedazo de loza de China quebrada. Apenas lo dije cuando la señora
mandó a una negra que trujera un plato de China. Lo trujo, pero yo
dije: Mi señora no es esto lo que yo le pido, sino un pedazo de un
plato o vaso quebrado. Apenas lo dije, cuando la señora dio con el
plato contra de una mesa, e hizo seis pedazos, diciéndome:
Pues quebrado lo quiere usted, aquí lo tiene quebrado. Todos
nos quedamos riendo de la presteza de la señora en quebrar el
plato. Yo le dije: Mande Vuestra Señoría moler este pedazo bien
molido en un almirez, que ha de quedar hecho polvo. Y juntamente la
cáscara de tres docenas de huevos también bien molidas y hechas
polvo, y que con un pomo de cristal me lo traigan a San
Diego.
Así se hizo; pero al instante lo supo la condesa doña Ana Lemus,
que era la cuerda principal de nuestro Padre Salvador, y lo empeñó
que quería también una redoma de ello. Lo supo también doña Juana
Ontañona, que era la dama principal de Quito, y empeñó el señor
Fiscal para otra redoma, y así me hube de allanar a todo esto, y
aún a tres o cuatro redomas más por empeños a que no me pude
negar.
Dos cosas singulares me contó don Agustín Lisperguer, y son: Con
nosotros se embarcó un mozo veneciano llamado don Antonio Idrobo
que en Cádiz había sido mayordomo del marqués de Casamadrid. Éste
al llegar a Cartagena se internó en el reino y vino a dar a Quito.
Tuvo entrada en casa de don Agustín, y concurriendo allá con otros
las noches a la tertulia, una noche hubieron de contar que encima
de una lomita allí cerca de la ciudad se sabía por tradición que
había un rico entierro de plata, y que estaba
encantado.
Este Idrobo que pretendía mucho de animoso y valentón, inquietó
a tres amigos, y determinaron ir allá una noche a sacar el
entierro, con de facto se previnieron de armas blancas y de fuego,
y una noche entre los cuatro fueron allá con barretones acabar;
pero al primer barretonazo que dieron a la tierra, los apareció un
fantasmón deforme y horroroso, que dio un bramido mayor que un
toro, con cuyo formidable aspecto y ronquido todos cayeron
amortecidos; y ya que volvieron en sí, gateando parecieron por la
madrugada con aspecto de difuntos a casa de don Agustín. Allí que
los estaban aguardando una gran comitiva de gente, cuando los
vieron todos temblando sin poderse tener en pie, y tan demudados,
empezaron a darles vaya, haciéndolos chanza. Hombres, y el ánimo y
el valor ¿en qué han parado? ¿ Y estas armas, de qué han servido?
Con las carcajadas de risa que daban se avergonzó este Idrobo, y
juró que la noche siguiente él solo con un negro esclavo que tenía
había de volver allá y que no había de volver sin sacar el entierro
o morir en la demanda.
Ya vino la noche, y pártese de dicha casa a las diez de la noche
con sólo su negro con un barretón, y él con su espada. Llegan al
puesto y empiezan a cavar. Ellos no vieron nada, y al cavar poco
más de una vara, hallan dos cajones: el uno era muy pesado y se lo
cargaron entre los dos, liándolo con una faja que llevaba él de
seda, y lo trujeron a casa de don Agustín, y volvieron por el otro,
y asimismo lo trujeron. En el primero hubo cuatro mil pesos en
plata, y el otro estuvo lleno de sartas de perlas, pero ya
podridas, que tomadas entre los dos dedos se hacían polvo. Don
Antonio Idrobo con estos cuatro mil pesos pensó casar en Quito con
una señora, pero pobre, hija de una viuda. Al principio le dieron
en la casa buena entrada, y él dando ya el casamiento por seguro,
emprendió componer la casa que se estaba arruinando, y gastó en la
obra mil y quinientos pesos; pero después la novia lo repudió, y
él, enfadado, tiró tierra arriba, y está en Lima casado y bien
acomodado, porque casó bien.
El otro es: Había en Chile un loco cuando don Agustín era
muchacho, loco de capricho. Había dado su locura en vanidad y
blasonaba de que todas las damas de Chile eran muy enamoradas
suyas, y para galantearlas, siempre se vestía a lo militar con su
espada, peluca y sombrero de tres picos, con su casaca y sombrero
galoneado de franjas de papel. De continuo llevaba las faldriqueras
llenas de piedrecitas de las playas del mar, y decía que eran
diamantes, esmeraldas y amatistas, etc. Él cada día gastaba todas
las tardes andando de estrado en estrado visitando las damas sus
enamoradas, y les regalaba de estas piedras preciosas. Todo Chile
lo quería, porque tenía varias graciosidades gustosas. El señor
Presidente en especial gustaba mucho de su conversación, y por lo
regular le mandaba dar algo de comer. Sucedió pues que él,
entretenido en sus galanteos, estuvo unos quince días sin parecer a
palacio. Echolo menos el señor Presidente y lo mandó buscar, y ya
que lo trujeron le dijo: Dígame, señor don Martín, cómo ha dejado
Vuestra Señoría tanto tiempo de venirme a ver. ¿No sabe Vuestra
Señoría que yo lo quiero tanto? El dio la excusa que las damas de
Chile lo llevaban muy ocupado. El señor Presidente le dijo: Por lo
menos venga todos los días a comer, que aquí le darán cada día
cinco o seis platos. Aceptó el agasajo, y dio palabra de no hacer
falta en adelante.
Desde aquel día fue puntual de acudir a la cocina con los
criados de palacio, pero a lo que vaciaba cada plato que le daban,
con cuidado se lo escondía dentro de la chupa. Al cabo de algunos
días, contando la plata el repostero, halló que le faltaban tres o
cuatro docenas de platos de plata. Comunicólo al mayordomo, y entre
los dos determinaron callar por entonces, e ir sobre aviso a ver si
atinarían quién los hurtaba. Así prosiguió el loco don Martín
llevándose cada día sus platos; pero viendo el repostero que cada
día le faltaban más platos, sin saber por dónde, puso una espía
secreta a la mesa de la cocina la cual vio que el loco era el que
se los llevaba. Dióse cuenta entonces al señor Presidente, el cual
para ver si se podrían recobrar los platos, dijo al mayordomo que
lo mandase meter a la cárcel. Así lo hizo. Ya vino el jueves en que
fue el señor Presidente a visita de cárcel, y entre los presos se
halla a don Martín y le dice: ¿Qué es esto, señor don Martín? ¿Y
Vuestra Señoría a la cárcel? ¿Qué crimen ha cometido? Señor,
respondió el mayordomo, él es un gran ladrón, que ha hurtado de
Palacio seis docenas de platos de plata. Miente el pícaro,
respondió don Martín, ¿cómo no?, dijo el mayordomo, cuando cada día
se mete los platos aquí en el pecho entre la chupa. Catay las
manchas todavía en la camisa. Y yo digo que miente el pícaro,
respondió ya con cólera don Martín, yo me llevo lo que es mío.
¿Acasa no me dijo Vuestra Señoría, señor Presidente, que todos los
días me darían en Palacio cinco a seis platos? Pues si el señor
Presidente me los da, ¿cómo dice este pícaro que los hurtó? Ello ya
los platos él los hubo regalado a sus enamoradas, y en tanto se
quedó.
Hablando un día en esta casa de la pesquería de perlas de La
Gorgona, me dijo don Agustín: Allá hay un grande tesoro escondido.
Esto se supo en esta forma. Después que aquel gran corsario inglés
se retiró con su escuadra del asalto que dio a Cartagena en tiempo
del general Eslava, se fue costeando por el Perú, e hizo varias
presas así de plata que iba para España, como de ropa que iba para
Veracruz, y revesó por Cabo de Hornos y pasó al mar del Sur.
Hallándose pues con la escuadra sobrecargada y con algunas fragatas
maltratadas vino a dar a La Gorgona. Allí con estopa de cocos, que
los hay en abundancia, galafateó varias fragatas, y al partirse se
quedaron dos mozos ingleses en la isla.
Estos dos mozos hicieron una balsa de vástagos de plátanos, y
bogando con un trozo de palo se vinieron a Tumaco, y de allí
pasaron a Barbacoas, y por fin vinieron a dar a Quito. Allí con el
tiempo se hicieron católicos, mas al cabo de algún tiempo el uno se
volvió a protestante, y lo castigó la Inquisición, e iba con su
sambenito; pero él muy contento enseñando a todos aquella divisa
que le habían puesto. Él marchó tierra arriba, y no se ha sabido
más de él. El otro perseveró y se casó en Quito. Éste al cabo de
algunos años enfermó, e hizo esta declaración: En la isla de La
Gorgona, hallándose el millort Jorge Ansón con su escuadra de
navíos y fragatas muy sobrecargado, por haber abarcado toda la
carga de oro, plata y ropa de varias presas que había hecho de
españoles, antes de partir, se aligeró dejando en la dicha isla una
gran partida de fardos de ropa, y cinco o siete millones de pesos
de plata encajonada. La ropa se puso en una como cueva que hay en
la mitad de la subida de una grande montaña. La plata se puso en la
culata de la playa, tantos pasos tierra adentro, que hay un arroyo
de agua, por él subiendo tantos pasos, y después se tuerce a mano
izquierda tantos pasos en que hay un llanito, en que hay unos
árboles que dan una fruta como los pechos de una moza doncella.
Allí se hizo un grande hoyo, y allí se pusieron los cajones de la
plata, y se cubrió con la misma tierra, y yo lo ayudé a transportar
a uno y a otro.
Murió este inglés, y luego se publicó este derrotero por todo
Quito, y al mismo paso luego hubo codicioso de irlo a buscar.
Fueron varios y la ropa la encontraron luego, pero ya toda podrida
de las humedades y aguaceros, y sólo pudieron aprovechar las
franjas quemándolas y reduciéndolas a plata. Pero los cajones de la
plata nadie ha podido dar con ellos. Ello muchos han ido en
diversas empresas, y por las señas dan todos con el llanito en que
hay estos árboles cuya fruta es como los pechos de una doncella,
que son los aguacates. Todo aquel llano han taladrado, pero nadie
ha encontrado tales cajones de plata, y ello es cierto que allí
están, porque este Jorge Ansón de la primer bordada que dio se fue
a Londres, y no volvió más a salir a la mar, ni jamás desde
entonces han ido navíos a La Gorgona, que de preciso se habían de
ver de Tumaco.
Un día me enseñó nuestro Padre Salvador una alhaja la más bella,
peregrina y hermosa y perfecta de cuantas he visto en mi vida. Ésta
es: Dentro de media bola de marfil de estas con que juegan al
truco, fabricado un Nacimiento con el Niño Jesús en su pesebre, la
Virgen y San José, el buey y la mula, el ángel de gloria con su
rótulo en las manos, y una comitiva de ellos entre nublados, y toda
la cueva llena de varios floreos. A lo que lo vi le pregunté si
eran varias piezas allí clavadas. Me dijo que no, sino que todo era
de una pieza. Yo le pregunté si sabía dónde se había fabricado, y
me dijo que en Cuenca, que dista quince días de Quito, y que lo
había fabricado un mestizo que casi siempre está borracho, y que
para poder lograr una hechura de sus manos, era preciso que el
Alcalde o el Corregidor lo encerrasen en un cuarto donde él no se
pudiese huir, porque de otra suerte todo lo vendía para beber, y
que lo más singular era que él no usaba más instrumentos que cuatro
pedazos de cuchillos viejos.
Cuando yo llegué a Quito había sucedido este caso. El señor
Provisor, que era un bizarro canónigo, tenía su madre, mujer ya de
más de setenta años. En los cuartos bajos de la casa vivían en uno
tres hermanas, la una viuda, y las dos solteras, y todas beatas
jesuitas. Habiendo pues subido a Quito un mozo español de dieciséis
años, alquiló a la señora uno de estos cuartos. Al cabo de tres o
cuatro meses hizo el mozo una compra de varias cosas para irlo a
vender por la provincia de los Pastos, y para pagar le faltaban
setenta u ochenta pesos. Súpolo una de estas beatas, y fuese a la
señora y le dijo: Mi señora, ahora tiene Vuestra Señoría la ocasión
de un buen casamiento con este chapetoncito que vive en casa. La
señora andaría casadora, y le dijo: Pero ¿y cómo lo tengo de tratar
yo, que éste es tan mocito y no me querrá? La beata le dijo: Mi
señora, a él le faltan unos dineros para acabar de pagar una compra
que ha hecho yo lo induciré a que se los pida a V. S. prestados, y
entonces logra la ocasión de decírselo. Quedan las dos convenidas y
baja la beata, y entra a cuarto del chapetón y le mueve la
conversación de la compra. El chapetón húbole de decir: Y el
trabajo está en que me faltan tantos pesos para acabar de pagar.
Entonces, díjole ella ¿y por qué no se los pide prestados a mi
señora, que lo quiere tanto?.
El chapetón le respondió: Talvez no me los querrá prestar. ¿Cómo
no, dijo ella, cuando yo sé de cierto que ella desea que usted le
pida algún favor para congraciarlo? Ella le puso tales impulsivos,
que el mozo se determinó subir a hacerle el pedido. Puso su
demanda, y la dama le dice: No sólo esto, sino que si quiere, todo
cuanto tiene será suyo con tal que se case con ella. El mozo quedó
suspenso con tal propuesta, viendo que le ofrecía ser dueño de
quien se reputaba poder ser sólo criado. Con todo le dijo: Mi
señora, piénselo bien, y de aquí a cuatro días le responderé.
Cumplido el plazo, viendo que la señora se ratificaba en ello, le
dijo: Mi señora, como y me haga heredero de todos sus bienes, yo
convengo en ello. Ella dijo que sí, pero como temía la ira de su
hijo, y los dichos de la gente, ella dispuso que se iría a una
hacienda un día distante de Quito, y que allá fuera él. Así se hizo
con todo sigilo. De allá envía ella a llamar un notario, y al mismo
tiempo el cura de San José, y una noche hace donación al mozo de
tres haciendas y dos obrajes que tenía, de su casa con todo el
menaje que había, y ochenta libras de plata labrada, y ciento y
cuarenta mil pesos en moneda de oro y plata, y aquella noche la
casa
del cura que era su párroco. A los tres días se
divulgó en Quito el casamiento. Su hijo el señor Provisor, de
primer ímpetu se alborotó de manera que determinó ir allá y matar
al mozo, y con de facto aprontó armas y negros para la ejecución.
Se interpusieron varios y lo sosegaron, y no hizo más demostración
que mudarse a otra casa con lo que era suyo, y mandar decir a su
madre que bien podía venir a Quito, que ya tenía la casa libre para
habitar con su marido, pero que excusase uno y otro de ponerse en
su presencia. Ella murió a los cinco meses y el mozo quedó
rico.
Yo por mano de don Agustín compré mil varas de tocuyo a razón de
dos reales, mil varas de bayeta a razón de tres reales, cien pares
de medias de algodón a tres reales, cien pares de zapatos a tres
reales, y treinta varas de paño a razón de once reales. Cien pesos
gasté en hachas, machetes, eslabones, lanzas, anzuelos, pedernales
y chaquiras. Quedábanme todavía ciento y setenta pesos, y dispuse
comprar un tabernáculo de un altarcito, puesto dentro de un cajón
de cinco varas de alto. Yo lo hice dibujar, y lo contraté en cien
pesos fuera de la clavazón, bisagras, chapas y cerradura. De ello
se encargó nuestro Padre Salvador, dándole orden que si salía bien,
lo mandase pintar y dorar, que yo por mano de don Ramón de la
Barrera, el Síndico de Pasto, le satisfaría la herramienta, la
pintura y doradura y el transporte a Pasto en hombros de indios, o
en plata o en cera o en cacao dentro de un año.
Quedeme con sólo setenta pesos que resguardé para la vuelta de
mi viaje. En este tiempo que yo andaba en mis compras, pasó en
Quito este caso: Habíase bajado para Santa Fe un mercader criollo
de Quito con cien mil pesos a emplear en ropa. Éste estaba casado e
iba algo receloso de un juez de la Audiencia que iba tras de su
mujer. Dejóle en Quito puesta espía secreta, con orden que en
sabiendo alguna infidelidad, se le hiciese un propio. Así se hizo,
porque a breves días del viaje del marido, dio la mujer entrada al
galán en su casa de noche. Inmediatamente lo averiguó el que estaba
con este cuidado, y escribe de pronto al marido lo que pasaba. El
propio lo alcanzó cerca de Popayán, y el marido de pronto deja su
camino, y con solo un negro de confianza a todo andar vuelve atrás,
y llegó a Quito una noche cerca de media noche; y el espía su amigo
ya le tuvo una escalera para subirse por ella a la ventana de su
cuarto. Llevó una linterna escondida, un buen vergajo, unos
cordeles y armas. Sube el negro por delante, y de un puntapié abre
la ventana y saltan los dos adentro. Saca la luz y halla al señor
Juez y a su mujer en la cama. Sin darles tiempo de nada los
maniataron, y con la furia que los celos le dieron, le descargó
primero a él hasta que se cansó con el vergajo. A los gritos que
daba el paciente se alborotó la calle, pero ya el amigo le había
quitado la escalera.
Ya que se recobró la fuerza, arremetió a ella, y el negro que de
rato en rato le decía: Ahora, mi amo, dale cuarenta. Ahora sí dale
cincuenta, etc. Ello los dejó a los dos más muertos que vivos con
todo el cuerpo hecho un cardenal y las llagas hechas una llaga,
vertiendo mucha sangre; y ya que satisfizo su cólera atólos así
desnudos como estaban espalda por espalda. Fuese luego a casa del
señor Provisor y le contó lo que le pasaba, diciéndole que fuera a
tomar a la mujer y que la metiese en un convento, que él se partía
a Santa Fe, y que allá trataría con el señor Arzobispo lo que
convenía. Ello así se hizo. El señor Provisor fue a la casa y halló
el negro que guardaba la puerta del cuarto, el cual desató el
galán, y ya vestida la mujer, se la llevó a las carmelitas, y el
galán en hombros de dos negros se fue a su casa. Uno y otro
estuvieron un par de meses en la cama; pero ya el otro día que se
divulgó el caso, y se tomó el estribillo del negro: Ahora sí, mi
amo, dale cuarenta; ahora, sí, dale cincuenta. Hubo una grande
habladija de ello por todo el Reino. El caballero se volvió luego a
Santa Fe a su viaje, y expuso su demanda ante el metropolitano, y
alcanzó el divorcio y reclusión perpetua a la mujer en un convento,
y él se quedó un año en Santa Fe hasta que el galán salió de Quito
para Panamá.
Dos cosas raras reparé en las señoras de Barbacoas y Quito. Las
señoras de Barbacoas, para parecer más hermosas, en siendo ya
mocitas se sacan un diente, atándole un torsal de seda, y a fuerza
de tirones lo van poco a poco desencajando hasta sacarlo de raíz, y
este es de la parte superior y a la mano derecha. Las quiteñas se
arrancan el pelo de las cejas, dejando sólo un hilito de pelo muy
delgado y bien arqueado, y aun éste se lo cortan muy cortico y se
lo pintan con goma denegrida.
Yo a los veinte días de llegado caí enfermo de cursos tan
exorbitantes, y esto eran de noche sólo desde la oración hasta
amanecer. La noche que menos eran setenta u ochenta copiosos. A los
siete días ya me hube de bajar de San Diego a la casa grande a la
enfermería, y para llegar iba ya tan flaco que tres peces me hube
de sentar en el camino. Estos me duraron cincuenta y cinco días. Yo
viendo que me iba muriendo, mandé llamar un fray lego que había,
que hacía de médico, llamado Fr. Antonio Vizcaíno, y le dije:
Hermano, esto me pasa: Yo tengo lajas las fibras del estómago; vea
usted si me buscará algún confortativo, que de no aplicar el
remedio, y éste eficaz, presto iré a la sepultura. Él se fue y no
lo volví a ver. Yo me dejé de razones, y escribí una carta a la
marquesa de Maensa, diciéndole cómo me hallaba, y que me mandase un
poco de pan delicado, un frasco de vino, otro de aguardiente, una
onza de canela, otra de clavo, dos nueces moscadas, una cuarta de
ajengibre y una libra de azúcar. La señora al instante me lo
despachó todo por dos criados. Yo sin consultar más que mi
discurso, molí todas las especies y el azúcar y un puñado de
hierbabuena, y lo puse en el frasco del aguardiente, sacando antes
cosa de un vaso, para que cupiera toda la mixtura. Todo el día de
rato en rato lo iba meneando, para que las especies largasen su
virtud y la tomase el aguardiente. Aquí hay que advertir que en
todos estos cincuenta y cinco días yo no dormí más que de las diez
y tres cuartos de la noche hasta las once y tres cuartos. Este pues
último día estaba ya tan flaco, que ni siquiera me podía sin bordón
aguantar en pie. Ya que vino la noche me acosté, y tuve los cursos
regulares. En la mesita de la cabecera me puse el vaso y el
frasco.
Ya que el reloj dio las tres de la madrugada, tomé el vaso y el
frasco y me bebí un vaso lleno. A poco rato ya me quedé soporado, y
cuando volví en mi dio el reloj las seis. Tomé entonces medio vaso
más, y me volví a soporar hasta las siete y media. Medicina fue
esta que me corroboró el estómago de modo que en quince días no
depuse nada del cuerpo, y para la deposición regular fue menester
tomar una purga de ruibarbo.
En todo este tiempo no podía beber ni agua ni caldo, con tal
extremo que si tomaba un traguito de caldo, todo el día a bocaradas
lo iba regoldando. Yo me mantuve con sólo pan y carne; mas cada
cuatro días me bebía de una vez cuatro o cinco tallas de agua; pero
a breve rato ya la vomitaba aceda ya como vinagre. La tía
Magdalena, aquella india cacica de quien tengo hablado, desde el
principio que yo estuve malo, todos los días me mandaba un indio a
saber cómo estaba. Ya que me vi bien malo y tan desganado, la mandé
pedir que me mandase leche, y todos los días me mandaba dos
cuartillos por la mañana y me la bebía. Ésta se me cuajaba en el
estómago, y todo el día iba regoldando la cuajada como quesillos.
Ya pues que con mi composición me ataqué los cursos, conocí que aun
fueron pocos, habiendo sido tantos, porque todavía me quedó más
acedía en el estómago que me duró un mes que no podía beber nada.
Pero poco a poco se me compuso bebiendo a ratos unos traguitos de
vino en infusión de canela.
Yo me estuve dos meses y medio en la enfermería, y ya que
convalecí hallé ya mi altar acabado y casi ya pintado y dorado. Me
aguardé, y alquilando dos indios, lo remití por delante a Pasto a
don Ramón, con orden de que me lo remitiese a Sibundoy al Padre
cura. Yo partí a breves días, y me llevé mi compra en dos mulas que
alquilé, y quedé deudor al Padre Salvador de ellas, del altar y de
los indios cargueros en ochenta y cinco pesos, obligándome a
remitirle por ello medio quintal de cera de la
misión.
Unos días antes de partir me remitió don Agustín Lisperguer a la
enfermería a un corista que venía de Chile fugitivo, agustiniano,
muy desencaminado. Él a poco de haber profesado se huyó y se fue a
Panamá, y de allí se pasó a Portobelo por tierra, que dista sólo
tres días con que se pasa del Mar del Sur en que está Panamá al Mar
del Norte en que está Portobelo. Mar afuera a una vista de
Portobelo está una isla llamada Curazao, que es del holandés y se
suelen allí hacer muchos contrabandos. Aquí fue a parar este
corista, y anduvo tres años por allí perdido, metido con algunos
contrabandistas, y por fin lo cogieron en uno y lo dejaron limpio
que ni un junco de hoja, y de allí se vino derrotado a Quito y se
entregó voluntario a la religión. Él era natural de Cali, que está
cuatro días de Popayán entre el Chocó y Antioquia. El deseaba irse
para su tierra, y dio a entender a don Agustín que el Provincial de
San Agustín le franqueaba la licencia para ello, si buscaba
avío.