INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO VIII


 
Contiene lo que me sucedió en Quito hasta que salí vuelta para Pasto.

 

Yo me fui derecho a la casa grande, y di cuenta del fin de mi venida al Provincial, el cual me dio noticia de que ya había bastantes días que nuestro Padre Salvador me estaba aguardando, por la noticia que tenía de mí, y que estando con cuidado de mi tardanza, había venido el Padre Fr. Antonio Urrea, el que le dio noticia como yo estaba en Barbacoas. Yo le pregunté si sabía a qué fin había venido dicho Padre Urrea, y él me respondió: El Padre Salvador lo informará de todo; vaya usted a San Diego, y allí estará con su compañero, aunque pienso que él ya está en días de partirse otra vez para Pasto, y de allí a las conversiones.

Con esto me despedí, y di orden de mi chapetón que se fuese con las bestias para San Diego, mientras que yo entraba a ver a nuestro Padre Salvador. Llegué a su celda, y me recibió con mucho agasajo. Dile cuenta de mi tardanza y de la limosna que había juntado, y allí suscinto me refirió la venida del Padre Urrea, y su pretensión. Yo le dije como me iba para San Diego para estar, y que allí había ya despachado mis bestias con un chapetón que me acompañaba; que mandase en cuanto se le ofreciese. Él me hizo también el mismo ofrecimiento, y con esto me despedí y me fui para San Diego. Ya en lo interim voy a contar los dos casos sucedidos en el puente de La Venta, que prometí en el capítulo anterior. El primero pasó con una pobre mujer mestiza, que iba de Quito para Guayabamba. Antes de llegar al puente se cayó de un caballo en que iba montada. Ella para volverse a montar, se subió sobre de la barandilla del puente, e incautamente se cayó al río. Al caer suspendióla algo el viento que de continuo sale debajo del puente, entrándole y esponsándole las faldillas, tanto, que llegó al agua sin dar el golpe muy recio, y como cayó derecha, se sumergió sólo hasta la cintura. El viento que se represó bajo de las faldillas la mantuvieron así más de dos horas, dando círculos con la represa que hace en el charco el agua. Ella no cesaba de clamar ayuda y misericordia, hasta que viniendo unos arrieros con cargas, con las lías y cabestros formaron una soga y se la bajaron. Con ella se ató la mujer, y ellos la sacaron sana y muy poco mojada, tanto que con ellos mismos se fue a Guayabamba, y les dio por el favor un refresco.

El segundo es que en años anteriores había en Quito un loco, que todos querían mucho, porque tenía unos dichos muy gustosos. Este pues loco todos los días a las siete de la mañana se iba a nuestro convento y se entraba en la iglesia, y metía toda la mano hasta la muñeca dentro de la pila del agua bendita, y después se santiguaba. Salíase después, y al bajar del pretil, empezaba a dar de puntapiés a la primer piedrecita que hallaba, y así la llevaba hasta la esquina de la plaza. Allí la tomaba y se iba sin parar derecho y a paso tirado, a este río. Al llegar echaba al río la piedrecita y se volvía a Quito. Como esta era faena de todos los días, lo vieron y notaron muchos. Un día le hicieron la averiguación en nuestro convento, y se averiguó que había ya trece o catorce años que este loco ejecutaba esta diaria locura. Ya pues vino un día de una grande fiesta, y andando por el convento este loco, lo llamó el Provincial, que estaba hablando en el claustro con algunos Padres graves y le dijo: Fulano, dime por qué todos los días vas a tirar la piedrecita al río de La Venta. Él respondió: Por el gusto que tengo en ir a tirarla allí. Le replicó el Provincial: Pues esto es una locura. Entonces respondió el loco: Padre, luego más locos son ustedes que no yo, porque ha más de doscientos años que van de aquí a España sólo por el gusto de tirar una piedrecita dentro de un chorote. Y diciendo esto, se escapó corriendo, riendo a carcajada abierta y palmoteando con las manos. Y desde entonces no volvió más al río a echar la piedra, como se le notó luego después de este paso.

Y volviendo a mi historia digo que llegué a San Diego, donde me recibió el Padre Guardián con mucho agasajo, y luego me destinó la celda del Provincial. Tiene este convento una buena huerta, y se cría con mucha abundancia de todas berzas. Tiene muchos frutales especialmente manzanas y duraznos y rosales. Tiene dentro del cerco una grande loma con una subida algo áspera, pero bien compuesta, y en ella plantada la Vía Sacra. En lo superior, en años anteriores hubo un Padre de provincia, llamado el Padre Morrón, hombre de mucho séquito que gobernó muchos años la provincia. Este pues hizo en lo superior de este cerro una ermita, y pegado a ella ocho aposentos, lugar a propósito para retirarse uno días personas eclesiásticas a hacer unos ejercicios. Y delante con una fuente que viene de aquella serranía con buen acueducto, se formó un risco muy hermoso con las travesuras que hace jugueteando el agua. Es este convento de San Diego, recolección. Al empezar pues esta fábrica se fue este Padre, y dejando el hábito azul se vistió ceniciento como los recoletos, y se metió en San Diego. Esta repentina mudanza dio golpe no sólo en Quito, si que se divulgó por toda la provincia. Un discreto en Guayaquil, admirado de esta mudanza un día se fue a nuestro convento, y en congreso de varios religiosos dijo a uno:Fulano mire usted cómo el Padre Morrón ha dejado ya la vanidad, y se ha retirado a San Diego. Pero respondióle: Es que el Padre Morrón tiene cuatro mil pesos dentro de las petacas. Yo estoy aguardando a tener otros cuatro mil para hacer lo mismo.

El Padre no perseveró allá, y fue gran fortuna, porque todas las tardes se despoblaba Quito de damas, caballeros, jueces y canónigos, a hacerle visita, y como esto acarrea refrescos y meriendas, se iba relajando el sosiego, silencio y disciplina regular del convento, y antes de acabarse la obra se volvió a la observancia, verificándose en él a lo material y formal aquello del Evangelio: Hic homo sepit edificare, et non potuit consumare. Este pues cerro es muy fecundo de pastos y en él se pusieron mis bestias, y así sin ningún gasto las tuve regaladas y mantenidas. La ciudad de Quito desde que se fundó fue siempre corte de reyes gentiles, y se llamaba antes de la conquista la Ciudad del Sol. En la plazuela de San Francisco estaban siete templos en que se adoraba la milicia celeste. Cada cual era de su metal, y el de la luna era todo de plata, y el del sol todo de oro. El sol que allí hallaron de oro en la conquista pesaba siete quintales, y en el repartimiento que se hizo tocó a un oficial, y éste en una noche lo perdió jugando dados. Y en esta plazuela de nuestro convento se sembró el primer trigo que se sembró en el Perú.

La fábrica de nuestro convento es muy suntuosa, y es de los mejores conventos que hay en todo el Perú. Tras el convento hay una serranía de cuarenta leguas, y todo este territorio dio a nuestro convento el emperador Carlos V, porque nosotros fuimos los primeros que poblamos aquel reino. A esta serranía llaman Pichincha, y preguntado el demonio de un energúmeno cuál era el cerro más rico del mundo, respondió que Pichincha. Habrá pues cosa de unos cincuenta años que hubo en Quito un indio herrero, que lo llamaban Cantuña. Este hombre tenía pacto expreso con el demonio, y dándole cédula de su alma, y está escrita de sangre propia y propia mano, con la condición que lo había de avisar tres días antes de su muerte. En su tienda siempre se hallaban de todas herramientas hechas y muy curiosas, y es voz allí común que los demonios en forma de indios se las fabricaban. Éste emprendió fabricar una capilla a la Virgen de los Dolores, toda de cantería fina y pegada al lado de nuestra iglesia, y la llaman capilla de Cantuña, y también es voz común que la mayor parte de las piedras las labraron los demonios. Ya pues vino el día que el demonio le dijo que sólo tres días tenía de vida. Él se fue a nuestro convento y contó al Provincial lo que le pasaba. El Provincial le destinó un Padre que lo confesase y cuidase. Se propagó luego por todo Quito la noticia, y el día tercero se hizo en el convento una pública rogativa con el Santísimo patente, y a las 3 de la tarde se llenó la plazuela del convento de demonios en forma de gallinazos, dando grandes gritos, que todo Quito quedó pasmado y azorado, y estando en oración la comunidad y la iglesia llena de concurso, se vio vayer la cédula que tenía el demonio de la donación del alma de este hombre del aire, y una voz espantosa dijo: Tu fortuna es la amistad que tienes con Chepito el carpintero. Y era así, que este hombre siempre fue devoto del Patriarca San José. Él murió al anochecer y lo enterraron en la capilla de los Dolores y con nuestro hábito, y después de enterrado desaparecieron los gallinazos.

Este pues hombre dejó un derrotero de una cueva que hay en Pichincha en donde dice: Se ha de subir por tal parte, hasta encontrar con tal peña. De allí han de doblar a mano derecha tanto pasos hasta tal seña. De allí doblará a mano izquierda, y hallará una piedra labrada con un amortajado. De allí camine por tal viento tantos pasos, y hallará la boca de la cueva. Entrando adentro hallarán un poyo, yesca, pedernal y eslabón, una vela y un pedazo de paquela. Encienda la vela, y entre para dentro, y en un cuarto hallará un indio de oro sentado en una silla de oro con un brazo sobre el brazo de la silla y el otro con la mano en la mejilla, y a un lado una hidria grande de oro. Más adentro hay otro cuarto más grande, arrodado de indios de barro, huecos y llenos de oro en polvo, y en medio un gran montón de oro a granel, y más adentro hay otro cuarto lleno de barretones de oro y varios animales grandes y chicos todos de oro. De este derrotero se han hecho varios traslados y han ido muchísimos codiciosos a ver si dan con la cueva. Todos llegan al amortajado, pero ninguno ha podido dar con la boca de la cueva. Yo pienso que el diablo con la muerte de Cantuña a quien él había enseñado este tesoro, lo volvió a esconder, cerrando la boca de la cueva.

Ahora habrá cosa de unos veinte años que habiendo llegado a Quito un pobre gallego, tuvo noticia de esta historia, y a poca diligencia que hizo, logró uno de estos derroteros. Él se agomboyó con otro gallego, y determinaron los dos subir a Pichincha y buscar esta cueva de Cantuña. Partieron guiados por el derrotero, y llegaron al amortajado, pero al cabo de dos días de buscar, no pudieron dar con la boca de la cueva, a vista de lo cual se volvió el uno para Quito. El otro, empeñado en buscar, se quedó, y buscando, perdió el tino y se perdió. Así anduvo tres días errando por el monte, y el tercero día ya habiéndosele acabado la comida, vio venir al ponerse el sol a un indio. Fuese a encontrarse con él y le preguntó de dónde venía. El indio le dijo que de una chácara en que tenía sembrado un poco de maíz. El gallego registróle una maleta que llevaba el indio y hallóle cinco libras de oro. Lo primero, como llevaba una espada, amenazó al indio y lo maniató y quitóle la comida que traía, y le dijo: Ea, indio, enséñame el puesto de donde traes este oro. El indio le dijo que allá muy retirado en una quebrada lo había hallado. El gallego ya conoció que en esto mentía el indio, y le dijo: Que le enseñase el puesto. El indio le dijo: Señor, tome usted este oro que traigo, y déjeme ir. El gallego se emperró, y le dijo: Indio, o me has de enseñar de dónde traes este oro, o aquí habemos los dos de morir de hambre.

El indio, viendo ya resuelto en esto al gallego, le dijo: Pues vámonos, señor, sígame. Caminaron toda la noche y todo el otro día, y la segunda noche, cerca las ocho, llegaron a una chorrera de agua que caía en un montón de oro, amontonado como un montón de arena, y aquella quebrada en lugar de piedras y arena, tenía pedazos de oro y oro en polvo. El gallego cuando vio tanta riqueza, soltó al indio y le dijo: Toma la mitad de la comida que llevaba, y ándate por donde quisieres, que yo aquí me quedo con esta otra parte de la comida. El indio le dijo Señor, mire que no conviene que te quedes aquí esta noche; carga todo el oro que quisieres, y yo cargaré también y todo te lo daré, solamente que nos vayamos. El gallego no quiso sino quedarse, y el indio se fue y lo dejó allí. Él toda la noche gastó revolcándose por el montón de oro; ya se llenaba las faldriqueras, y ya las volvía a vaciar. Por la madrugada lo venció el sueño y se quedó dormido y cuando despertó ni halló chorrera ni montón de oro, sino que se halló al lado de una quebrada. Confuso del suceso empezó a buscar por toda aquella serranía, se le acabó la comida, y al cabo de siete días hubo de dar con una roza de maíz que tenían unos indios caminando ya con manos y pies muerto de hambre.

Los indios se lo llevaron a su choza, y lo tuvieron a buen comer algunos días, hasta que se recobró, y después lo sacaron a camino real, y con esto volvió para Quito. Vio a su compañero y le contó lo que le había pasado. Por fortuna le hubieron quedado en las faldriqueras unos sesenta castellanos de oro que compone ciento y veinte pesos. Con este dinero compró una bestia, y cargándola de comida, tiró otra vez para Pichincha, diciéndole a su compañero que no había de volver hasta descubrir la cueva de Cantuña o la chorrera de oro o morir en la demanda. Él se fue, pero hasta la hora presente no ha vuelto, señal que errando por el monte perdió el tino, y acabándosele la comida moriría de hambre.

Está la ciudad fundada en una loma cuesta arriba, pero con el arte, las más de las calles están en llano, y todas ellas bien apedradas, porque aunque en años anteriores la avenida de un aguacero la desempedró toda y se llevó muy lejos casi toda la piedra, con facilidad la volvieron a empedrar, pero a buen costo con este caso: Había en Quito un clérigo de un natural raro. Él había descosido de toda especie de ropa ajustada a su talle, y sabía cuántas hebras de hilo entraban en una camisa o calzoncillo, etc., cuántas hebras de seda entraban en una sotana, o manteo, etc. Con esta prolijidad no habla sastre ni costurera que lo pudiese engañar ni en una hebra de seda ni de hilo tampoco.

Este pues clérigo tenía una gran casa con muchos cuartos de alquiler, y por lo regular los más de los pasajeros que venían a Quito se iban a vivir a esta casa; pero la contrata con que sólo alquilaba los cuartos era que los cuatro primeros meses, cada vez que el alquilante viniese a casa había de traer una piedra que por lo menos pesase cinco libras. Con este arbitrio había él congregado en un corral de la casa unos grandes montones de piedras, y los alquilantes alquilaban negros que les trujesen las piedras que necesitaban. Vino pues este recio temporal, y desempedró la ciudad, y se llevó muy lejos la mayor parte de las piedras. Luego la ciudad dispuso volverla a empedrar. Hubo luego quien dio noticia de las muchas piedras que este clérigo tenía en su casa. Envió la ciudad allá al clérigo a ver si quería dar las piedras para la obra. Él respondió que si las querían, las habían de pagar a medio real por cada una. Como no hubo otro arbitrio, así se las pagaron, e hizo de sus piedras muchísima plata.

Tiene la ciudad Presidente, Obispo y Real Audiencia. Tiene cinco conventos de religiosos: San Francisco, Santo Domingo, La Merced, San Agustín y los Padres Belermos. La iglesia de San Agustín a lo interior está toda forrada de madera con escultura de realce y tiene alhajas de plata para cubrirse toda hasta el techo, y cada año se cubre por Semana Santa. El convento está muy rico y poderoso. El de La Merced tenía una custodia toda de oro, y tachonada de perlas y diamantes que montaban sobre sesenta mil pesos.

Hubo en dicho convento un lector de teología que por un disgusto que tuvo con su Provincial, para darle otro, hurtó la dicha custodia. Fue con tal sigilo, que por algún tiempo, por muchas diligencias que se hicieron, no se pudo rastrear. El hízola pedazos y destachonó la mayor parte, y remitió a Lima algunas perlas y diamantes, de estima y valor. El Provincial dio aviso a su General en Lima, el cual allá secretamente hizo inquisición, y sabiendo que se habían vendido dentro de este tiempo estas piedras, repitió cartas al Provincial que viese si dicho lector era cómplice del hurto. El Provincial le respondía que era imposible, porque dicho lector era fray muy rico que poseía tres haciendas, y por lo que no creía el Provincial tal especie. Sucedió pues que dos coristas de dicho convento, mal contentos con la vida regular, determinaron huirse, y pensando en dónde podrían aperarse de dinero para su viaje, resolvieron hurtarle a este lector cuanto tuviese en su celda. La ocasión de estar él entonces ausente en una de sus haciendas les facilitó más el pensamiento. Una pues noche rompieron la cerradura, y entrando con luz adentro, abrieron un baúl y en él encontraron bastante plata y doblones, y cargaron a toda satisfacción. Estando ya para irse, el uno reparó que bajo de la cama había un par de petacas, y díjole al otro: Aguarda, a ver qué hay aquí. Abren las petacas y hallan pedazos de la custodia, y en varias papeles envueltos de perlas y diamantes de la tachonadura.

Esta fue sin duda providencia de Dios, porque inmediatamente se hallaron conversos, ya fuera la gana de huirse, y aquel mismo instante determinaron dar cuenta al Provincial. Así lo hicieron. El Provincial al instante se levantó e hizo avisar algunos Padres juntos y fueron a la celda, y hallaron lo relatado. A la misma hora escribió al lector una carta en que lo llamaba al convento, y se la despachó por un indio. El al ver la carta, se vino, y al llegar lo puso preso. El se dio maña, y hubo quien le administró un veneno, y estando ya para bebérselo fue descubierto y se lo quitaron. A breves días tuvo quien lo favoreció, y rompiendo la cárcel una noche se huyó y se fue a San Agustín. Pero allí mal seguro por varias voces que corrían de que se lo habían de llevar a su convento, una noche se huyó de San Agustín y se fue a una de sus haciendas, e inmediatamente mandó llamar a todos los negros esclavos de las otras dos haciendas, y se fortificó en ella.

Está esta hacienda situada de manera que sólo se puede entrar en ella por un paso de un río en que había un puente. Él ya que tuvo todos sus negros en su poder se fortificó allí con armas, derribó el puente, y puso centinela en el paso de día y de noche. A este caso se añadió este otro: Poco después que yo salí de Pasto, llegó a Pasto un mozo bien tratado y se dio por chapetón. Empezó a frecuentar en casa de una viuda señora rica, la cual tenía una hija ya moza, llamada doña Joaquina, con la cual trató casamiento y se casaron. A los cinco meses de casado, estando ya la esposa preñada, se subió él con su cuñado a la villa de Ibarra a efecto de vender unas mulas chúcaras. Este mozo no era en realidad español, sino chileno y fray belermita. Hubo pues en la villa quien lo conoció, y lo había visto profesar en Chile. El tal le habló y lo avisó. Él negó lo que decía, y con esto el dicho sujeto se subió para Quito, y lo hubo de contar. Al instante se propagó la noticia, y llegó a noticia del Padre Prefecto de los belermitas de Quito, el cual bien certificado de la verdad, envió por él, y lo mandó prender, y preso se lo trujeron a Quito y lo puso en buena custodia.

Dicho pues belermita se dio maña y se huyó, y se fue a San Agustín. Esto sucedió al mismo tiempo que en dicho convento estaba refugiado el Padre mercedario. Los dos capitularon y se fueron a la hacienda que tengo dicho. A poco tiempo mal seguros, y temerosos se aperaron de dinero vendiendo negros y cuanto pudieron, y se fueron camino para Guayaquil, los dos en hábito religioso. Llegaron a Aranda, y el otro día era día de precepto. Fueron a la iglesia, y el Padre mercedario dijo al cura que era un hijo de un español sevillano que llamaban el Tío Vallinas, que quería decir misa. El cura como lo conocía y sabía que iba fugitivo no le quiso dar licencia. Empezaron a trabar de palabras, y como un abismo provoca a otro, sacó el mercedario un puñal, y de una puñalada mató al cura, y de ahí se fueron los dos, y creo que no se ha sabido más de ellos en dónde paran.

El convento de Santo Domingo es muy bueno, muy rico y bien aperado de alhajas. Lo que más me agradó fue la custodia que es de oro, y está toda tachonada de pedrería; y el sagrario está con tal artificio, que la custodia con varios tornos sube al sagrario, y del sagrario baja a ponerse a la mano del sacerdote y en el altar. En nuestro convento lo más singular es la pintura del claustro de la vida de nuestro Padre San Francisco, y en la sacristía una alba de muselina en que está bordada también la vida de nuestro Patriarca, y un par de vinajeras con su platillo todo de coral, cada cual de una pieza. Las vinajeras son un poco menores que el puño, muy bien labradas al modo de hidrias, y el platillo tiene un jeme de ancho y una tercia real de largo.

Había entonces también colegio de Padres jesuitas muy bueno y muy rico. Lo mejor que allí vi fueron dos cortinas laterales del altar mayor, labradas en Milán, a modo de raso de China. Habían las dos costado sesenta mil pesos. Tenía también la iglesia en las columnas de las nevadas pintados a todos los profetas, pintura muy fina, y dentro del claustro otra del venerable hermano Alonso Rodríguez (1), mallorquín, también muy fina, y la iglesia toda arrodada de espejos de a tres varas de luna, y éstos fabricados allí mismo por un jesuita alemán. Tenía el colegio su música de jesuitas alemanes de violines, clarines, trompas de casa y flautas traveseras todo muy bueno. Dos de éstos se llamaban el uno el Padre Sata, y el otro se llamaba el Padre Naz, y en Quito decían vulgarmente: De dos Padres de la Compañía se compone el mayor diablo del infierno, que es Satanás.

Por la fiesta de la Asunta de la Virgen se hacía en esta iglesia todos los años esta tramoya. Tiene la iglesia media naranja en lugar de arco toral, y está en lo interior arrodada de balconería. Ponían pues a la Virgen en representación de muerta en una decente y rica tarima, cubierta la media naranja, y al concluir la misa mayor, con artificia hacían bajar de la media naranja un nublado revestido de gloria con muchos ángeles cantando, los que también con tramoya hacían levantar a la Virgen de la tarima y la ponían en brazos dentro del nublado, y a este tiempo salía el golpe de música de la balconería a recibirla en lo interim que todo subía a paso lento por el aire, y en estando ya en altura proporcionada, de la balconería tiraban muchos panes de oro y plata batida, muchos papeles con motes y láminas finas, y se soltaba una gran partida de palomos a volar. Función era que arrastraba a todo Quito.

Hay en la ciudad la catédral que es muy buena y bien adornada, la parroquia de San José y otra que es San Blas, que está en un arrabal que hay en la entrada de la ciudad. Hay cinco conventos de religiosas, La Concepción, El Carmen, que son Terceras, Santa Catalina, El Carmen Alto, que no son reformadas, y Santa Clara. Todos los templos de Quito son buenos, los mejores del Perú, de cantería, fábrica primorosa y muy adornados. La ciudad con buenas calles, buenas casas y bien adornadas; mucho comercio, y sobresalen allí los ingenios especialmente de escultura y pintura. Sólo allí la gente es mala, ladrones por naturaleza, que no hay de quién fiarse.

De aquella mojada que cuento Tomo Segundo, capítulo I, se me había desencuadernado el Breviario y un tomo de la vida de Santa Gertrudis. Yo a breves días de llegado contraje allí amistad con un caballero chileno, llamado don Agustín Lisperguer, que habiendo muerto su tío que fue Arzobispo en Santa Fe, y yéndose él de regreso para Chile, en Quito se casó con una viuda rica llamada doña Josefa, aunque a la ocasión ya estaba pobre, porque la señora todas las haciendas que tenía las vendió por curarlo de un daño que por malevolencia le hicieron, y siempre ha quedado baldado de las piernas. A este pues caballero remití el Breviario y el otro para que cuidara de mandármelo encuadernar. Estando pues yo ya convaleciente en la enfermería de una enfermedad que tuve, un día sobre tarde, teniendo ya los días compuestos, fue allá un cholo, y le dijo: Señor don Agustín, el Padre misionero fray Juan de Santa Gertrudis me envía por su Breviario y el libro de Santa Gertrudis. Don Agustín sin embargo de conocer las mañas de los quiteños, algo receloso le dijo: ¿Y vos conocéis a este Padre? Respondióle él que sí, que iba mucho por el convento y que hacía algunos mandados. Don Agustín le replicó: ¿Y en dónde esta el Padre? Respondió el cholo: En la enfermería de San Francisco paseándose. Con esta relación lo creyó y se lo entregó. Al cabo de algunos días tuve yo ocasión y despaché a mi don Francisco allá a ver si mis libros estaban compuestos. Don Agustín al instante malició la acción del cholo, pero como no lo conocía, mandó hacer inquisición por la ciudad, a ver si alguien los había comprado, y una negra esclava suya los hubo de encontrar en casa de un batihoja, ya hechos libros de oro y plata batido.

Contándome esta especie, un día que yo fui allí estaba de visita en la casa una señora llamada doña Josefa Ariader, y contó que en tiempo que ella era moza, una tarde salió su madre a visita y a hora competente fueron dos cholos y le dijeron: Su madre que está en tal parte de visita con doña Fulana y doña Sutana nos envía a que nos dé usted la palangana de plata que está en tal parte, que se la habemos de llevar llena de fruta. Ella creyó el recaudo y diósela; pero no la han vuelto a ver. El hurto que hicieron a la marquesa de Maensa en años anteriores fue muy sonado. El caso sucedió así:Estando el marqués oyendo misa en San Agustín un día de concurso, un cholo tuvo maña para sacarle la faldriquera de los calzones una llavecita con un cordón que llevaba, y era de un escritorio en que regularmente tenía dinero.

Fuése con ella a la marquesa y le dijo: Mi señora, el señor marqués que está en tal tienda de mercancía sobre cierta diferencia que se le han movido con otros caballeros, por sena de esta llavecita que Vuestra Señoría bien conoce, me envía para que me dé el aderezo de diamantes, y que se lo lleve. La marquesa toma la llavecita y conoce que era la del escritorio de su marido, que nunca dejaba de la faldriquera, y creyó el recuado, y sacando el aderezo del guardajoyas, se lo entregó al cholo. Ya a mediodía le dijo la marquesa a su marido: ¿Para qué me mandaste pedir el aderezo de diamantes? El marqués que nada sabía, respondió: ¿Cuándo te lo he mandado pedir? Aún no ha media hora, cuando estabas en tal tienda con don Fulano y don Sutano. Ahora acabo, respondió él, de salir de San Agustín, y derecho me he venido sin entrar en parte alguna. Sacó entonces la marquesa la llavecita, y le dijo: ¿Esta llave de quién es? El marqués dijo: Esta es mi llave del escritorio. ¿En dónde la tenías? En mi faldriquera, respondió. Contóle lo que pasaba la marquesa; pero el aderezo que era valuado en cincuenta mil pesos no lo volvió a ver.

Otro hurto muy sonado se había hecho en Quito había pocos años, de esta forma: Íbase una noche un mercader de su tienda para su casa. Teníanle cogido los pasos dos mozos españoles, y lo aguardaron en una calle de poca vecindad, y de improviso pónenle al pecho una pistola, y le dicen: A la primera voz que dé, caerá aquí muerto. Ea, vengan las llaves de la tienda. Él temeroso entregó las llaves al uno, el cual se fue a la tienda, y en breve traspuso cuarenta mil pesos en moneda de oro y plata, aguardando el otro al mercader con la pistola al pecho. Volvió el otro con las llaves y se las entregó diciéndole: Tome usted y váyase a su casa, y mañana no publique a nadie la novedad que hállase en su tienda. El pobre se fue, y a la mañana se halló con el hurto tan exorbitante. Los dos ladrones traspusieron la moneda hasta Cartagena, y con ella se vinieron a España, la emplearon en ropa y se volvieron para Cartagena con siete mil pesos empleados, habiendo tomado el resto a crédito en Cádiz. Vendieron en Santa Fe bien, y dando a Cádiz buena satisfacción, les volvieron a remitir mayor cantidad de ropa, y así fueron ellos negociando ocho años, en cuyo tiempo hicieron un grande caudal. Al cabo de dicho tiempo se volvieron a Quito, y una noche aguardaron en el mismo paraje al mercader; y con la misma traza le hicieron largar las llaves de la tienda, y le devolvieron los cuarenta mil pesos y doce mil más de los intereses, todo lo cual halló por la mañana con un billete en el cual se le pedía perdón de los dos sustos que le habían dado.

Tiene la ciudad cinco conventos de monjas, cuyas iglesias son muy frecuentadas, y en ellos hay mucha fábrica de encajes y pegadillos, y así hay en ellos un continuo comercio. Cada monja tiene una o dos, y cuál tres criadas o negras esclavas, y éstas todo el día andan entrando y saliendo a los recaudos y a vender lo que en los conventos se trabaja. Los sábados en especial, al ponerse del sol, hay todo el año una grande feria de obras de escultura y pintura en las cuatro esquinas de la calle de los mercaderes. Traen también allí a vender sombreros, medias de seda y de algodón; pero es menester ir con mucho cuidado, porque por los desvanes de la ciudad van los cholos recogiendo cuantos andrajos y trapos hallan, y de trozos de sombreros viejos los pulen y los unen de modo que parecen un sombrero castor o de la tierra acabado de hacer, pero a los ocho días ya son trapos. Deshacen la media de seda vieja y la vuelven a hilar, y o en madeja o en medias bien lustroso lo venden por nuevo. Unen los trapos de camisas viejas o calzones, y hacen lienzos y los pintan, y la pintura la venden por nueva, siendo de trapos podridos. Hacen figuras amoldadas de cera muy bellas, y las encarnan con buen pincel, y lo venden por hechura de palo. Del corozo que es como mármol y es la fruta de la palma cabeza de negro, fabrican figuras para componer Nacimientos, o algún fisco con mucho primor, y también cabezas y manos para muñecas, y de esto en partidas grandes con flores de seda que fabrican con mucho primor, se lo llevan varios para Lima. 

Hay mucha fábrica de lienzo de algodón, que llaman tocuyo, y siendo así que el algodón lo traen de Piura y Lambayeque, y vale en Quito a tres pesos la arroba en bruto. Con todo halla allí vara de tocuyo basto a dos reales y a dos y medio. Lo que más me admiró fueron los zapatos, porque el cordobán lo traen de Lambayeque y vale cada uno por lo menos veinte reales, y con todo dan un par de zapatos de mujer por dos reales, si están laboreadas con hilo de algodón por dos y medio, y los de hombre por cuatro reales, y los laboreados por cuatro y medio, y unos y otros muy bien trabajados. Hay mucha fábrica de sobrecamas y pabellones de algodón, y todo esto se teje sin telar sino con un espadajo de macana atado a un palo lo urdido, y la otra punta con un palo atravesado y preso con correa por tras la cintura del que lo teje, y en lugar de calzas para las labores una partida de cañas, las que entran y salen con la mano.

Hay en las haciendas en especial muchos obrajes en que se fabrican mucha bayeta y paños muy buenos; pero como no hay allí aceite para poder beneficiar la lana, así las bayetas como los paños son toscos a competencia de los que de España se llevan. Las lanas son buenas, pero como no tienen el beneficio del aceite, siempre quedan inferiores, aunque entresacan la lana de los codillos, y de ella fabrican bayeta y paño tan fino como en España. Es aquella gente industriosísima. Allí verá usted un cholo que no le escupiera encima, sin más camisa que un capote que tiene cuatro o cinco oficios, y todos con primor. Allí los verá por la calle con un pedazo de cuchillo y un trozo de palo, que le fabricara cualquiera figura o cosa de escultura con mucho primor.

Allí toda la manutención va barata, porque la tierra es muy abundante de todo; pero los indios allí en lugar de pan comen a puñados la harina de cebada sin florear, y a esto llaman masca. Sólo lo que allí va caro es el aceite, y un vaso vale doce reales. Allí he visto vender tres aceitunas por medio real, y cuando hay mucha dan cinco. El vino de Chile vale regularmente tres o cuatro pesos un frasco, y de aguardiente vale seis u ocho. La de guarapo ya va más barata, y se usa mucho, porque es gente muy dada a la bebezón. La carne es muy buena y barata de toda especie fresca cada día todo el año, de tocino, cabra, oveja y carnero. Las reses mayores sólo se matan el sábado, pero con la benignidad del clima se conserva fresca toda la mañana. Hay allí helados todo el año a medio real un vaso. El pan es mejor que en España y más barato, y hacen de muy delicado, amasado con huevos, que sólo las tortas de Mallorca le pueden competir. Pescado fresco rara vez lo hay y con mucha escasez, porque no hay río grande cerca; sólo de algunas quebradas traen alguno, pero de salado provéese de Guayaquil, y de mucho marisco seco, y críanse por aquellas quebradas cercanas a Quito con mucha abundancia una especie de mosquitos como los que se crían en el vino, y aun son más chicos. Estos no vuelan, sino que nadan por dentro del agua. Los indios los cogen con unas redecitas muy espesas, y hacen unas tortillas de ellos como una tortilla de una onza de chocolate, y cada una tiene también una onza, y lo secan al sol, y en Quito cada onza se vende a ocho reales. Estos mosquitos se ponen en los potajes los días de ayuno y en una olla bastante para quince criaturas no se pone más de ellos que lo que se coge con dos dedos, como un polvo de tabaco, y queda toda la olla con tan fino sabor de pescado, que no hay pescado ninguno en el mar que diese el sabor tan fino.

Se cría por aquellas quebradas un pescado que lo llaman pescado negro, porque cría la escama negra, y su sabor es muy fino, y retira un poco a marisco, y el mismo sabor dan estos mosquitos. Ya yo veo que esto es malo de creer, pero yo lo he visto, y he comido de ellos muchas veces y siempre con mucho gusto. Pero donde campean mejor es en el locrito de papas, que siempre es el último plato que se saca a la mesa a mediodía y a la noche. En Quito comen muchísimo ají, y a más del sobrado que llevan los guisos y potajes, sacan de ello molido en fresco un plato a la mesa, y cada cual tema su cucharada y en casas de distinción lo fríen con manteca. Allí no usan comer con cuchara ni tenedor, sino con las manos a no ser chapetones. Tampoco cortan el pan, sino que lo despedazan. Pasas, almendras e higos pasados se venden a ocho reales la libra. Allí sí hay mucha fruta todo el año buena y barata.

Ya que estuve en San Diego me informó el Padre Urrea de que había venido de Quito con ánimo de exponer la demanda del socorro que da el Rey a los Padres conversores, a la Real Audiencia, para que en Pasto se pusiera un Síndico que lo cuidase conforme ya traigo relatado en el Segundo Tomo porque desde que había vuelto a entrar al mando el Padre Barrutieta se portaba peor que antes. Allí hubo de encontrar el Padre a don José Sistuy, que era Fiscal de la Audiencia y algo pariente suyo. Este tal era muy amigo del Padre Salvador que era Procurador del colegio, y entre los dos compusieron acallar al Padre Urrea, y que no convenía exponer en la Audiencia la demanda, porque bastaría darle una monita con carta de los dos, y que con ello se nos daría todo lo necesario. Yo a lo que olla especie, me desagradó del todo, y díjele que no se lograría nada. Aquí fue cuando el Padre Urrea me informó de aquella carta que escribió Fr. José Carvo al dicho Padre Barrutieta cuando yo me salí, en que le decía que ya que no me pudo detener, había dado la orden para que me dejasen solo en una playa y que se huyesen todos.
 

1.  Alonso Rodríguez.— Hoy San Alonso Rodríguez, S. I., Canonizado en 1888. No era mallorquín, sino segoviano, aunque consiguió su santidad en Mallorca siendo portero del colegio de Montesión de la Compañía de Jesús. Su cuerpo se venera incorrupto en la iglesia de dicho colegio.(regresar 1)

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