CAPÍTULO VII
Contiene
mi
salida de Barbacoas, hasta que llegué a la ciudad de
Quito
Ya que llegué a Barbacoas, hallé que el cura se había mudado a
una nueva casa que había fabricado don Juan Esteban porque
habiéndose ajustado el casamiento de su hija con don Elías, le dio
casa aparte en que estar, y el Padre cura fue a tomar en ella
habitación de un cuarto, porque la ciudad no tiene casa para el
cura, sino que la ha de alquilar, y la casa en donde antes habitaba
era de un clérigo catalán llamado el Padre Rodando, que no sé a qué
efecto habíase ido a un viaje a Panamá, y habiendo naufragado en la
costa el barco, aunque salvó lo que llevaba, en tierra lo robaron y
ya ahora había vuelto.
Yo me fui a la misma casa de don Rodando, porque como era casa
grande, y él era hombre solo, y lo más del tiempo vivía en su mina,
de paso lo vi, y con su licencia me fui a esta casa, aunque para
comer siempre fui adonde el Padre cura. Ya estábamos en Semana
Santa, y el Padre cura me rogó que le hiciese el favor de aplicarme
al confesionario. Yo así lo hice, aunque muy poco se confesó la
gente. Yo hablé a don Pablo Quiñones, y le dije cómo en Tumaco
había comprado una lancha, y que la había dejado a la bocana de la
quebrada del arrastradero, y que sólo me habían costado catorce
pesos; que los indios de la casa frontera de la bocana, habían
quedado encargados de ella; que mandase allá media docena de negros
y que la pasasen a Maguí o a Gualí, donde gustase, que yo se la
daba. Él dijo que estaba muy bien, y mandó por ella, y la llevaron
a su mina.
Ya que vino la Pascua, el tercero día se hizo la fiesta de San
Francisco de Paula, y yo prediqué mi sermón y me dieron veinticinco
pesos. Para la inteligencia digo, como llevo ya apuntado, que esta
es fiesta que hacen al santo los zambos, negros y mulatos, y todos
contribuyen a dos reales cada uno. El que es electo general, al
principio de la cuaresma da la vuelta por todas las minas a cobrar
esta contribución. Él tiene cuidado de que de la provincia de los
Pastos para este tiempo le traigan dos novillos gordos y vivos, y
dos docenas de carneros, seis tercios de tasajo, doce docenas de
gallinas, seis cochinos salados, una partida de cargas de papas, y
todo lo demás que necesita para el general convite. Para el día de
la fiesta concurren todos, y sólo se quedan en las minas uno o dos
en cada mina para guardar. Este día salen todas las negras, zambas
y mulatas con mucha gargantilla, zarcillos y cadenas de oro, y las
engalanan sus señoras de las mejores galas que tienen, y a los
varones con los mejores
vestidos del amo.
Para este día el que es general estrena una gala nueva de
casaca, chupa y calzones de terciopelo carmesí, todo franjeado,
medias de seda con cuchilla de oro o plata, su sombrero castor
franjeado, su peluca y espadín y una rica banda de seda. La función
se reduce que este día de mañana mandan a cada señor de Barbacoas
un platón con tres libras de vados dulces y confituras, y un frasco
de vino. Al predicador, a más de esto, le mandan los veinticinco
pesos del sermón y una comida de boda. Y después la misa mayor,
sale una procesión del clero, llevando al santo y cantando el Te
Deum. Por delante se lleva un estandarte, y acompañan esta
procesión todos los negros, mulatos y zambos, cargados de armas,
cuál con pistolas, cuál con trabuco y cuál con escopeta, echando
tiros todo el tiempo
que da la vuelta alrededor de la plaza,
y al llegar a frentearse el general al balcón del señor Teniente,
que allí está con los Alcaldes y demás del gobierno, se para la
procesión, y entonces el general que va con una bandera de
cuadrados de todos los colores, sin asta, en la mano, vuélvase al
señor Teniente, y haciendo con el estandarte varios alajes
aventándolo por el aire, y concluye con otra reverencia al cabildo.
Y por sola esta bambolla de vanidad gasta este hombre sobre dos mil
y quinientos pesos.
Sigue después la procesión repitiendo los tiros hasta la entrada
de la iglesia, y tras del Padre cura siguen todas las negras,
zambas y mulatas, la que más gala lleva, lleva la palma. Ya que se
concluye la función, se recogen todos en un par de casas, y van
todos a dar la enhorabuena al general, y las mujeres van a disponer
las mesas para la comida, en que se gasta mucha bebezón de chicha,
guarapo, masatos, muchas botijas de vino y aguardiente. El bodorrio
dura hasta las cuatro de la tarde, y ya que acaban de comer invitan
a comer a todos los indios cargueros de la provincia de los Pastos,
que se hallan en Barbacoas. Esta segunda mesa dura hasta la noche,
y ya concluída la mesa arman baile y bebezón hasta el día en que es
raro el que no amanezca borracho.
Yo para mi salida de antemano previne a mi sacristán que allí
estaba de viaje, pan que no se embriagase, diciéndole que el otro
día habíamos de partir para fuera, y ya que vino la mañana, después
de misa lo fui a buscar, y lo hallé nadando en vino de tal manera,
que hasta la noche del día siguiente no estuvo claro. Yo ya tenía
prevenido mi viaje y todo lo necesario, y don Francisco Ferrín me
ofreció una canoa y negros que me llevasen por Gualí hasta el
primer tambo, y me regaló un totumo de vino rancio de Chile
bonísimo, que tendría tres frascos de vino. Yo me fui a despedir de
todos los señores de Barbacoas, pero la viuda de Ortiz se me
negó por no darme la limosna que me había prometido. Fui después a
ajustar la cuenta con la señora doña Casilda de lo que había
recibido, y hallé en su poder de mis misas y limosnas setecientos y
catorce pesos, y por no haber de transportar todo este peso por el
camino, vi a don José Piñeiro y me trocó los setecientos pesos en
doblones. Ya que ajusté la cuenta con doña Casilda, viendo que don
Juan Quiñones su marido ni había cumplido su palabra de juntar los
negros que me prometió, ni siquiera se explicaba en dar limosna
alguna, díjele: Señor don Juan, ¿y ustedes no dan limosna alguna
para la misión? Él se quedó sonrosado el rostro, y respondió:
Daremos nosotros siete pesos. Yo estuve para responderle airado
pero me reporté y solamente dije: ¿No le dije yo que no había de
pelear, ni porfiar tampoco por el oro de su mina? Él quiso
satisfacerme con que sus hermanos no habían convenido, etc., mas yo
lo ataqué levantándome y despidiéndome del todo.
Ya que vino el día de la partida, después de misa, estando ya
aprontándome para partir catay que me manda don Pablo su hermano,
un negro con catorce pesos, diciéndome: Dice mi amo don Pablo que
aquí van los catorce pesos de la lancha. Yo le dije: Negro, vuelve
esta plata a tu amo, y dile que digo yo que la lancha no se la di
vendida, sino regalada, para que sepa que yo soy tan bizarro como
todos los Quiñones de Barbacoas. Apenas salió el negro, catay que
doña Casilda me manda una balta con seis libras de chocolate para
el camino. No quise desairarla, porque no lo merecía la señora ni
tenía ella culpa en que su marido y cuñados se hubiesen portado tan
ruines conmigo, y por esto lo acepté. Cargáronse en la canoa mis
trastes, y esta primer noche fuimos a dormir al primer tambo.
Yo de lo que vine más admirado fue que en Barbacoas lo más del
año fían aquellos señores a un indio una o dos arrobas de oro para
que lo saque afuera a la provincia de los Pastos, a sus
correspondientes, y siendo ellos unos brutos borrachos que no
gastan honra, con todo en esto son tan fieles, que jamás se
experimenta defraude, y que siendo un continuo sacar oro por este
monte y lugar tan desolado, no haya ladrones en encelada del camino
para quitarlo, siendo así que ellos ni siquiera cuchillo cargan en
el camino, y es materia que sólo el quinto da al Rey anualmente
sobre trescientos mil pesos, y por consecuente al año se saca por
este camino en barretones de oro que va para Popayán a la Casa de
la Moneda, más de millón y medio.
Apenas cerró esta primer noche cuando se movió una tempestad tan
fiera de truenos, rayos y relámpagos que parecía undirse el mundo.
Yo quedé tan horrorizado de ver cruzarme los rayos por delante la
vista, que desde entonces, siempre que se mueve alguna tempestad,
al instante me acuerdo de aquélla. Yo saqué mi Breviario y eché los
conjuros, y después les hice rezar la corona, y casi toda la noche
la pasamos arrodillados rezando cada cual sus devociones, y yo
entre mi decía: Esto es el diablo que ahora quiere despicarse por
la guerra que yo le he hecho, enseñando estos pobrecitos negros y
mulatos. El agua, según el ruìdo que llevaba, parecía que caía a
chorro, y dentro del tambo había más de cincuenta goteras. La noche
la pasamos malísima, pero al amanecer cesó, y no nos llovió la
segunda jornada.
Partimos al amanecer, y todos los otros días nos llovió lo más
del camino hasta que llegamos a San Pablo, y apenas nos hubimos
arranchado en el tambo, cuando vino una cochina con tres
lechoncitos medianos por abajo a urgar, buscando los desperdicios
de los plátanos, que suelen echar los pasajeros
en tales ocasiones. Yo por chanza díjele a mi
chapetón: Don Francisco, tirele a este más gordito un palazo en la
cabeza, y nos lo comeremos. Apenas me salieron de la boca las
palabras, cuando le tiró el tal palazo a la cabeza, que el lechón
allí se quedó amortiguado, que yo pensé que en realidad lo había
muerto. Allí cerca hubo de haber un indiecito que los iba
guardando, y a lo que vio la acción, se fue corriendo a llamar la
gente de su casa, y al instante se vino el indio su padre con su
mujer y otro indio, todos llorando. Yo díjele al sacristán:Mira,
échele agua en la cabeza, a ver si revive. Así lo hizo. El indio
que me dice: Padre, ¿y ahora quién me ha de pagar mi cochino? Yo
haciéndole chanza le dije: ¿No será mejor que te lo comas con tu
mujer, o si no, me lo comeré yo? Él que no cesaba de llorar.
Entonces le dije yo: ¿Y cuánto valía? Él dijo que cuatro pesos, y
yo entonces le dije: Pues lleva tú la mitad y cómelo con tu mujer,
y yo me comeré la otra mitad, y envolviendo, te traeré un reboso
para tu mujer. Él que no estaba por chanzas, levantó más el
grito con su mujer llorando por su lechón. Yo entonces le
dije: Mira, dame un racimo de plátanos maduros, y catay cuatro
pesos por tu cochino. Apenas lo dije, cuando la mujer se fue
corriendo a traer los plátanos. Dile los cuatro pesos y se fue. La
mujer que viene con los plátanos y el lechón que revive, y aprieta
a correr. La mujer que llama a su marido a voz en grito; él que
viene corriendo y le dice la mujer: Ya está vivo el lechón, y se
corrió al monte. Y con esto se van corriendo marido y mujer.
Entonces díjele yo al sacristán: Anda al monte y trae al lechón.
Fue el sacristán con otro y lo trujeron, y con ellos volvieron el
indio y la india con la plata, diciéndome: Toma, Padre, los cuatro
pesos, que yo quiero el lechón, que lo quiero criar para llevarlo a
Barbacoas cuando sea grande. Yo que entonces estaba de chanza, le
dije: ¿Qué es esto? ¿El lechón? El lechón ya es mío, yo te lo he
pagado. ¿Ahora que yo le he resucitado con un milagro quieres tú el
lechón? Eso no. Yo me lo quiero llevar afuera, que en sabiendo que
es el lechón del milagro, me darán por él más de cien pesos. Ellos
todo era replicarme que tomase los cuatro pesos y que les diese el
lechón, y viendo que yo estaba fuerte en querérmelo llevar,
apelaron a que me darían cuantos plátanos quisiese bien maduros. Yo
le mandé dar medio real, que es lo que valía.
El otro día, ya que vino la mañana, volvimos a partir, y a cosa
de media legua encontré un mestizo y tres indios que venían con
diez mulas. Ellos me preguntaron si sabía si llegaría aquel día a
San Pablo don Elías. Yo les di noticia que el día antes se había
casado en Barbacoas con la hija de don Juan Esteban de Amará, y así
que no lo aguardasen. Como las mulas aun con mucho riesgo sólo
podían llegar hasta allí, y no podían allí mucho detenerse, porque
todo es monte y no hay pasto, determinó el mestizo que venía de
caporal que un indio pasase a lo ligero a Barbacoas y a verse con
el amo, y trujese relación de lo que habían de hacer en lo interim
que él con las mulas se volvía para fuera a aguardar en la sabana
la respuesta. Con ello me ofrecieron bestias para montar y sacar la
carga que yo llevaba. Cargaron mis petacas en una mula; yo me subí
en otra, y en otra mi chapetón, y empezamos a caminar para fuera. A
poco rato la mula de mi chapetón se espantó, y toma la loma abajo
por dentro del monte. Él llevaba mi escopeta, y de un corcovo que
dio la mula, lo hace saltar de la silla, y fue milagro cómo no lo
hizo pedazos con tanta maleza del monte, y yo lo que más temía que
no se disparase la escopeta que estaba cargada con bala y
tuviéramos una desgracia. Por fin se cogió la mula, y aquel día
llegamos afuera a la casa de unos indios, y allí pasamos la noche.
Ya que vino el día, volviendo a tomar los indios mis petacas a
cuestas, proseguimos nuestro camino, y cerca de las diez del día
encontré a un religioso dominicano, que venía a mula acompañado de
un indio. A lo que me vio que yo venia cojeando un poco de una
pierna, porque habiéndomela dañado un poco con la maleza del monte,
la llevaba ya bastante hinchada, él me dijo: Padre, yo siento no
poderme volver atrás, porque voy a sacramentar una pobre enferma;
pero lléguese a mi pueblo que está aquí cerca, encima de aquella
loma, y en mi nombre dígale a Baltasar que le dé una bestia y que
lo acompañe hasta el Siesal, y allí ya encontrará cabalgadura, y si
me quiere aguardar, yo volveré a la noche, y mañana lo
aviaré.
Yo le di las gracias, y con ello pasamos adelante. Al pie de la
loma, los indios se fueron para el Siesal, y yo me subí al pueblo
del dominico, di el recaudo, y el Baltasar, que era un mestizo que
servía al Padre, me trajo un macho y me monté en él, y a las cuatro
de la tarde llegué al Siesal. Fuime a casa del Padre cura, y allí
me hospedé. El cura me dijo si traía algunas botijas de vino para
vender; yo le dije que no traía carga ninguna, sino mis pobres
trastes. Él me dijo que por la provincia de los Pastos iba el vino
muy escaso, que a seis pesos el frasco no se hallaba. Entonces le
dije yo: Padre, aquí traigo un totumo que me lo dieron al partir
lleno de vino muy bueno, y aunque lo he ido bebiendo en el camino y
lo más lo he gastado poniéndome de noche en esta pierna que traigo
hinchada, pero todavía habrá un frasco. Ahí lo tiene usted;
aprovéchese de él. Con esto mandé sacar el totumo y se lo di. Ya
que estábamos cenando, díjele al Padre cura: Yo le estimaré que
usted prevenga al Alcalde para que bien de mañana me tenga prontas
dos bestias, una de silla para mí y otra de carga para esta
carguita y que me acompañe al pueblo de esta gente, que allí tengo
yo mis bestias para pasar adelante. Él me dijo que sí, y después de
cenar salió dijo a hacer la diligencia, y yo me acosté a
dormir.
Ya que vino la mañana, me levanté y me fui a decir misa,
confiando que tendría bestias para pasar adelante. Ya que volví a
casa del cura, me desayuné a toda prisa, y mandé un indio al
Alcalde a que trujera las bestias. Le dijeron que aún no había
venido; que habíase ido al potrero a traerlas. Aguarda y más
aguarda, y nunca parecía. Así impaciente aguardé hasta las nueve, y
entonces pareció el Alcalde, diciendo que no topaba las bestias. Yo
con las acciones que noté al Padre cura, aprendí que era traza
suya, porque habría discurrido que no era acción honrosa para él
que yo pagase el alquiler de las bestias por la bizarría que ya
había hecho de regalarle el vino, y que con el paliar que no
parecían las bestias, se quitaba de ello. Yo ya impaciente entonces
le dije: Ya ha dieciséis días que no ando a pie; bien podré ir hoy
también. Ea, dije a mis indios, tres leguas nos quedan hasta llegar
al pueblo; vosotros hasta allá estáis alquilados. Carguen ustedes
las petacas y vámonos. Así se hizo. Partimos al instante, y cerca
de las tres de la tarde llegamos al pueblo.
Yo me fui a la misma casa donde estuve de antes, y a poco rato
fui a casa del Padre cura, y ya no encontré yo al clérigo a quien
encargué mi silla y las bestias; pero el Padre cura me dijo que
allí tenía la silla, y que las bestias estaban en un potrero en
poder del Alcalde. Sacó la silla, y hallé trojado el freno, y según
supe después, el clérigo a quien lo dejé, se enamoró de mis
riendas, y por ellas se llevó mi freno, y me dejó otro. Yo vi al
Alcalde, y le dije que mandase traerme mis bestias bien de mañana.
Dile tres pesos por el potreraje, y aquella noche hice apero de
pan, carne y papas para irme a Quito a comprar lo que yo intentaba.
Aquella noche conté juntando los quinientos y cincuenta pesos que
del cacao me dio don Ramón de la Barrera al irme de Pasto con lo
que había adquirido en Barbacoas, y hallé que montaba mil
doscientos y sesenta pesos y unos pocos reales que yo llevaba en la
faldriquera de mi chapetón de resguardo para el gasto del camino,
que serían unos siete u ocho pesos.
Con este buen avío, partí el otro día solo, acompañado de mi
chapetón para Quito. Pasamos por el pueblo de Ipiales y Pupiales de
paso sin parar en ellos; porque como las mulas caminaban bien,
dábamos largas las jornadas, y en seis días llegamos a la villa de
Ibarra, y haciendo noche en el ejido, el otro día me fui al pueblo
de San Pablo. Este es curato nuestro. Yo por entonces no lo sabía.
Este pueblo está en clima frío, y está fundado a la margen de una
laguna perfectamente redonda, que tendrá de circuito más de una
legua. En esta laguna se cría un pescadito que llaman preñadillas,
él chiquito y menos que el dedo mínimo, él muy sabroso y con
abundancia. Juntamente andan en esta laguna muchos patos y otros
pájaros marinos que no se comen. Yo me arranché a la margen de la
laguna, que tenía un buen pasto de gramadal, y ya que compusimos
las bestias y nuestro rancho, tomé la escopeta y me fui a cazar
unos patos y maté cinco.
Está este pueblo muy destituído de leña, porque aunque tiene su
arboleda que lo ciñe, son unos árboles muy lechosos, que al cabo un
año de cortada la leña, todavía no quiere arder; y por ello la
gente usa hacer candela de la boñiga de las reses. Yo me hube de
valer de lo mismo. Se sacó candela y se puso a cocinar para cenar
un pedazo de tasajo y un pato con arroz que saqué de Barbacoas una
arroba, que allí lo hice pelar, porque lo había comprado vestido.
La boñiga estaba algo húmeda, y jamás quiso arder. Yo viendo que se
haría ya muy tarde, saqué pan y queso y de ello cenamos. Yo le dije
a don Francisco: Deje estar la olla en la candela, que ella
conserva adentro el fuego, y poco a poco se cocerá, y mañana por la
mañana encontraremos cocida la olla, y almorzaremos bien. La olla
era de cobre batido, y tenía su tapadera. Así se quedó en la
candela. Ya que vino la mañana, va el chapetón a registrar la olla,
y hállala destapada y vacía, y según algún desperdicio que se halló
alrededor, hubo de venir por la noche algún perro con el olor y se
la comió, y yo supongo que aguardando a que estuviese bien cocida,
porque algún arroz que cayó en tierra estaba muy bien cocido.
Viendo que ya no había otro remedio, volví a sacar pan y queso
para almorzar. En lo interim catay que viene una india con un mate
lleno de preñadillas a ver si se las quería comprar. Ello había más
de dos libras y me las dio por medio real, yo le dije: Toma este
otro medio real, y anda luego y fríemelas. Así lo hizo. Allí en una
casa vi que estaban ordeñando unas vacas, y despaché a mi don
Francisco que fuera a ver si le querían vender medio real de leche.
Fue y con él vino una india trayendo un chorote lleno de leche que
entre los dos apenas pudimos beber la mitad; pero la india instaba
que la bebiéramos toda, maliciando que nos había de devolver el
medio real, si se volvía la leche que quedaba. Vino la otra con las
preñadillas fritas, y no las pudimos acabar. Ya que hubimos
almorzado, catay que hubieron avisado al Padre cura, el cual se
vino con otro religioso que tenía de compañero, a darme las quejas
que por qué no había ido a apearme al convento. Yo le dije que yo
no sabía que fuese el pueblo curato nuestro; que iba para Quito, y
que en breve volvería, y que entonces iría a hospedarme allá. Y con
esto acabamos de cargar y proseguimos nuestra jornada, y cerca de
mediodía llegamos a un pueblecito llamado Cajas, y allí paramos a
comer el resto del pescado frito que nos quedó por la mañana.
Ya que hubimos comido, volvimos a proseguir nuestra jornada
hasta el río de Guayabamba, que es un mal río, porque es muy grande
y tiene mucha piedra grande, y hace el paso muy peligroso. Tiene su
tarabita, y yo estimé más pasar por la tarabita que ir por el vado.
Dos años antes un juez de la Audiencia de Quito y dos otros
caballeros más, emprendieron ponerle puente a costo propio con
licencia de ponerle pecho de medio real por cabeza a todo el que
quisiese pasar, y este pecho tan tirano por espacio de sesenta
años. Ellos lograron poner el puente corriente, y pusieron allá un
cobrador tan tirano, que hacia mil extorsiones a los pobres
pasajeros que no traían para pagar el paso, quitando a unos el
sombrero y a otros la ruana o el capisayo, etc. A los cuatro meses
clamaban al cielo las voces de la gente de la provincia contra este
pecho, y una noche, o fuese casualidad o castigo del cielo, se cayó
la mayor parte del puente. Ellos mismos lo volvieron a componer, y
ya entonces aunque cobraban el pecho, pero ya no fue con el rigor
anterior, perdonando a los pasajeros y muleros algo del rigor del
paso ordinario.
Nosotros pasamos bien, y volviendo a cargar, llegamos a las seis
al pueblo de Guayabamba, y allí nos quedamos en una casa. Este es
pueblo grande de blancos, indios, mestizos y mulatos, y tiene mucho
comercio. Está situado perpendicularmente bajo de la línea; pero su
clima es templado y tira más a frío que a calor. Así lo señalaron
unos años después unos franceses, que por orden de la corte fueron
andando desde Cartagena hasta Buenos Aires. Yo es cierto que cuatro
veces he pasado por allí, y he tenido más frío que calor, y todavía
he visto en la Tacunga, que cae cuatro jornadas más allá de Quito,
cerros nevados todo el año como diré en el Cuarto Tomo, como son
Cotopaxi y Cotocollar, perpendicularmente bajo de la línea. Yo esta
noche en Guayabamba sentí bastante fresco toda la noche. Esta noche
hicimos patos con arroz y patos asados, y nos desquitamos de la
noche anterior. Ya que vino la mañana, volvimos a cargar, y
partimos para Quito, que dista dos leguas y media.
A cosa de una legua hay un río grande, pero tiene su buen puente
de cantería, que estará más de cuarenta varas de alto del agua.
Abajo del puente el agua forma una represa como un grande charco. A
mí me contaron dos casos raros sucedidos en este puente estando en
Quito, los que contaré en el capítulo siguiente. Nosotros pasamos
adelante y subimos una larga cuesta, y arriba hay un pueblecito de
unas veinte casas que llaman La Venta. Allí cada casa es una venta
en que venden pan, queso, raspadura, mucha chicha, guarapo y
aguardiente. Nosotros tomamos un poco de guarapo, y pasando
adelante, cerca las tres de la tarde, llegamos a la ciudad de
Quito.