CAPÍTULO VI
Contiene el viaje que hice al
pueblo de Tumaco hasta que me volví otra vez a
Barbacoas.
A lo que llegué del río Jalí a Barbacoas hallé en poder del cura
una carta del señor doctor don Diego Valencia, cura interino del
pueblo de Tumaco en que me decía que hallándome un poco desocupado
le hiciese el favor de bajar unos días a efecto de predicar unos
días una misión en su pueblo, favor que celebrarla mucho. Y que en
suposición que determinase hacerle el favor, que lo avisase qué día
bajaría, y me mandaría canoa al arrastradero para pasar allá. Y ya
que había dado la vuelta a todas las minas de Barbacoas, y me era
ya preciso aguardarme hasta la pascua para predicar el sermón de
San Francisco de Paula, por haber dado mi palabra al Padre cura,
determiné partir luego para Tumaco, y pidiendo canoa y gente que me
llevase allá a don Francisco Calderón, el otro día de mañana me
partí río abajo por Gualí, y me fui a dormir al arrastradero de
esta parte del dique de Gualí.
Para la mayor inteligencia digo que este río Gualí no tiene
bocana grande por donde desemboque el mar, sino que se represa su
avenida y forma una gran laguna en que se cría orejuela y otras
hierbas, y se entra por varios caños dentro del monte, y esta
laguna y represión que tiene a esto llaman el dique, y a la parte
de abajo por varios caños asimismo formando esteros por entre
mangles, se desagua al mar, y en uno de estos caños se le junta
Maguí, y estos dos juntos forman el desemboque mayor que tiene al
mar. En el dique hay tres especies de patos: Unos grandes del
tamaño de un ganso; otros del tamaño de una polla mediana, y éstos
tienen el pico amarillo y otros del tamaño de un pichoncito, y
éstos tienen el pico colorado. Todas tres especies visten color
negro con pinturas de pluma blanca en la cola, y en la punta del
brazo de las alas.
A la mano derecha se desembarcan los que van para Maguí, y andan
por tierra unos quinientos pasos, y llegan a Maguí. A la mano
izquierda se dilata más el dique, y se entra por un caño estrecho
por donde no pueden pasar dos canoas a la par, y por él se anda un
par de leguas, y allí da fin el caño, porque hay tierra más alta y
no se puede desaguar. Por este caño nos entramos y allí dormimos en
un rancho grande que hay. Ya que vino la mañana, los negros y mi
chapetón pasaron a cuestas mis trastes monte adentro cosa de una
legua en que se encuentra una quebrada, que es el embarcadero para
ir a Tumaco. A este monte llaman El Arrastradero, ir así es que
para pasar adelante fue menester que entre todos fueran a traer
arrastrada por el monte la canoa.
La quebrada lleva al principio tan poca agua, que fue menester
que la arrastraran otra media legua hasta que pudo nadar, y así nos
fuimos bajando hasta que a media legua más desemboca en un río
grande, que no me acuerdo su nombre. Desde el dique hasta este
desemboque vi en el monte una especie de palmas, que yo hasta
entonces no había visto. Es una palma de mediano cuerpo y
proporcionada altura. Todo su tronco de arriba hasta abajo lo tiene
vestido de más espinas que un erizo, unas de un palmo de largo y
otras más medianas, y otras más chicas. Todas las hojas están
también vestidas de espinas negras, tan largas como el dedo índice.
Da en el tronco sus racimos, pero ¡qué racimos aquellos! Cada uno
es del alto de un hombre, tan cuajado de fruta como un racimo de
uva bien cuajado. Su fruta es a modo de unas ciruelas de color de
grana muy fina. Dentro es el color más templado, y declina un poco
en amarillo encendido, y tiene su hueso un coquito chiquito como
una avellana. Cuando está bien madura esta fruta se deja exprimir
con las manos como ciruelas, aunque la corteza siempre se queda
algo recia y latiguda. Palma y fruto tienen un mismo nombre, y se
llama guinul. De estas palmas abiertas son las paredes y los pisos
de las casas de Barbacoas y Tumaco, porque su corteza es chonta,
dura como fierro, negra como ébano, y el fuego no prende en ella.
Mas para cortarlas, antes péganle fuego al vestido espinoso que
tiene, lo que se quema con facilidad como si fueran chamuscas, y
queda de toda esta maleza limpio el tronco.
Yo pregunté si esta fruta guinul se comía y me dijeron que no,
porque dañaba; pero a poco rato reparé que en un racimo había unos
monos que comían de ella, y dije: Fruta que comen los monos no es
posible que sea dañina. Comían los monos, sí; pero ¡con qué arte!
Esta palma toda ella está cuajada de espinas grandes, y el racimo
también todo el tronco cuajado, y de entre los granos del racimo
también hay muchísimas espinas y todas grandes; pero el mono para
comer de ella se sube en un árbol vecino, y como el monte allí está
espeso, por las ramas del árbol se va a bajar al racimo, y sin
espinas, grano a grano, poco a poco se lo va comiendo. Yo que vi
esta astucia del mono, dije: Pues yo a la venida no tengo de pasar
sin probar esta fruta.
Llegamos por fin al desemboque, y hallé una canoa grande de
Tumaco en que venía una mulata blanca que tenía mucho séquito. Esta
es, me dijo uno de los compañeros, la amiga de don Fulano, que anda
por ahí medio oculta, porque la desterraron de Barbacoas a su
galán. Los que venían en la canoa traían orden del Padre cura para
llevarme a mí, y así mi gente se volvió y se llevó la mulata, y yo
me pasé a la canoa grande de Tumaco con mi chapetón y mis trastes.
A cosa de dos leguas de navegación río abajo, llegamos al
desemboque al mar. Me dio mucha alegría ver el mar, porque ya había
mucho que no lo había visto. A cosa de una hora de navegación,
llegamos a una playa de arena aislada, en donde hay un pueblecito,
que no tiene sino siete casas, llamado Husmal. Aquí nos arranchamos
en una casa, porque la marea empezaba a salir, y para ir a Tumaco
no había agua bastante para nadar la canoa.
El dueño de la casa no tenía piernas, y así había nacido, y en
las manos no tenía sino las palmas, y en lugar de dedos no tenía
sino la mitad de los pulgares, y los demás eran unos botoncitos
como garbanzos. Este hombre casado, y tenía tres hijas y dos hijos,
ya todos grandes. Él me enseñó hechuras de barro de los antiguos,
halladas en La Tola: jarritas, unos boneticos como de clérigo, y un
medio caimán, todo muy fino y perfecto, especialmente el caimán. Yo
le dije que viese si me podría coger un poco de pescado para cenar.
Él me dijo: Padre, en acabando de vaciar la marea, veré por éstos
charcos si se ha quedado algún pescado en seco, o encharcado, y lo
traeré; de no, podrá cenar marisco. Yo le pregunté qué marisco
había por allí y me dijo que almejas y chuchas, que son otras
almejas más chicas casi trianguladas. A lo que oí yo que había
almejas, le dije: Pues aunque no traiga pescado, yo cenaré de más
gusto de almejas. Al acabar casi de vaciar la marea se quedó
delante de la casa una playa hasta el monte, que se descubrió en
seco más de una legua, y al instante todos los pájaros marinos que
estaban a la margen por aquellos mangles, se volaron a la playa a
comer pescados y cangrejos que se habían quedado en seco, y se fue
el hombre con dos hijas y mi chapetón, y en media hora trujeren un
canasto de marisco.
En lo interim díjome uno de mi gente: Padre, este hombre así
como lo ve, él mantiene a su familia. Él va al monte y trae
plátanos, él roza y siembra su chácara, él trae leña, él fabrica
una canoa, él fabrica una guitarra, la acuerda y la toca. Yo quise
ver esta maravilla, y a lo que vino, le hice sacar la guitarra y
tocar. Él con sólo los dos dedos pulgares la acordó, y con los
botoncitos de la mano hacía los puntos, y con los otros rasgaba, y
yo me quedé pasmado de oírlo tocar acorde varios tonos que allí
usan. Aquella noche cené muy a gusto de marisco, y después por ver
bailar a este hombre sin piernas, permití que armase baile. Él
danzaba, él saltaba y hacía sus fugas y mudanzas, que yo por poco
echo las tripas de carcajadas de risa, que no me podía contener de
manera alguna, ni reportar.
Ya que vino el día nos embarcamos a marea llana, y en cosa de
media hora llegamos a Tumaco. Yo me fui a casa del Padre cura el
cual me hizo mucho agasajo y luego me destinó una casa que estaba
junto a la iglesia, que estaba sola, y allí se llevaron mis
trastes, dándome orden que para un todo que acudiese a su casa.
Luego toda la gente que serán unas sesenta familias, me vinieron a
dar la bienvenida, y el otro día abrí la misión y la concluí en
nueve días. El Padre cura hizo venir una partida de negros y negras
que tenía cavando una mina cerca de la bocana del río de Patía, que
cae una legua más allá de Husmal, para que yo los confesase, y me
dijo: Padre, de lo que en la mina me hubiesen hurtado de oro
absuélvalos, que yo se lo perdono.
En medio de la plaza hay un palmar de palmas de coco, de cuya
manteca se mantienen las lámparas de la iglesia todo el año, como
noto Tomo Primero, capítulo I. Yo mandé coger algunos, y aquí fue
donde comí la esponja que adentro cría, como noto en el citado
capítulo. Yo cada vez que iba o venía de casa del cura, me paraba a
mirar un árbol que había junto a una casa que me parecía naranjo
chino, y su fruta también naranjas chinas me parecían; y yo
admiraba que en aquel paraje hubiese naranjo chino. Yo no sé si la
señora lo repararía, o no; ello un día me mandó con una negra tres
docenas de aquellas que yo pensaba naranjas chinas, y no lo fueron
sino caimitos. El caimito es un árbol que en tronco, rama, hoja y
fruto es lo mismo que el naranjo chino; mas el palo es tan negro a
lo interior y fuerte como el ébano. La fruta, que a lo exterior en
nada se distingue de una naranja china, a lo interior es totalmente
distinta. Tiene el caimito tres pepitas como unas castañitas
chicas. No hace gajos, sino todo un meollo como de naranja, con el
sabor moscatel, y para comerse se le da todo alrededor un corte en
cruz, y lo propio es cortarle la corteza, que del corte le sale una
leche más pegajosa que cola espesa. Con la punta de las uñas se
agarra y tira y se le va despegando la corteza, que aunque muy
latiguda es muy delgada, del canto de un papel doble. Es la fruta
más rica y regalada de cuantas hay en todo el Perú.
Allí me consultó una viuda que habiendo casado con un viudo,
averiguó después de algún tiempo que su marido antes de casarse con
ella, había tenido acto carnal con una hermana suya, y sin embargo,
de no querer ella, había el Padre cura mandado traer la dispensa
del Ordinario de Quito. Yo vi al Padre cura y certificado el caso,
le dije: Padre, pero si ella no quiere tal dispensa, sino que no
quiere estar más con este hombre, usted no la puede forzar. El caso
era que el novio era el padre de la mujer del Teniente de Tumaco, y
allí gobernaba, y era ya bien viejo, y estaba ya ciego, y por este
respecto, por tener el Padre cura grato al Teniente, persistía en
que con la dispensa se habían de casar quieras o no quieras. Yo vi
al Teniente y a su suegro, y los allané a lo que era razón. Ya que
lo tuve todo corriente, ¿qué hace el Padre cura? Declara por nulo
el matrimonio. Yo a lo que lo supe le dije: Usted lo que debe hacer
es poner depositada a la mujer, y escribir su deposición a Quito, y
allí al Ordinario es a quien toca la declaración de la nulidad de
este matrimonio, y declarar juntamente como él otorga, que lo
contrario es mala fe. Y guárdese usted que allá no se sepa que
usted aquí lo haya declarado por nulo. Así se hizo: se puso en
depósito la mujer, y ella agradecida a mi cuidado, me regaló media
docena de badeas, y fueron muy buenas. Yo lo pasé muy bien en
Tumaco, porque todas las noches cené de marisco de unas almejas tan
grandes como la mano, y ensalada de papaya verde cocida que no
había comido jamás, y es la mejor que jamás he comido, ni creo que
haya otra que le pueda igualar, sí sólo la de los
aguacates.
El señor Teniente desde el principio se hizo muy mi amigo, y
entre otras cosas me contó que entre La Tola y Esmeraldas hay una
nación de indios que llaman los jayapas, tan indómitos que jamás
los han podido sujetar a vivir en poblado; porque cuantos curas les
ponen, no lo aguantan ocho días, porque luego le huyen y se
remontan al monte. Estos indios saben dónde está una quebrada por
aquellas serranías, que las piedras que tienen son todas
esmeraldas, y como es tradición que no está muy lejos de allí, de
esta quebrada o de sus esmeraldas que tiene, dieron al principio la
denominación y nombre a un río que hay más arriba, que llaman el
río de Esmeraldas, y en el desemboque está el pueblo llamado
Esmeraldas. Hablando pues de esta materia me dijo el Teniente que
algunos curas en años anteriores habían conseguido que algunos de
estos indios les regalasen de estas esmeraldas. Yo, digo, ya va
para cuatro o cinco años que voy tras de un indio viejo que vive
por estos esteros, haciéndole varios regalitos, a fin de sacarle
una esmeralda que tiene, que se conoce que a los indios antiguos
sirvió esta piedra en alguna casa de mano de piedra de moler
maíz.
Para hacer concepto de lo que será esta esmeralda, hay que saber
que los indios, para moler el maíz, como no tienen molinos ni usan
tampoco almireces, todo lo muelen sobre de una piedra que esté algo
corvada, refregando lo que han de moler con otra piedra manual de
palmo y medio de largo, y cinco o seis dedos de grueso. Y a esta
piedra llaman mano de piedra de moler, y de esto se conoce haber
servido esta esmeralda. Digo, cuál será ella. Que este indio la
tenía es cosa cierta, porque había varios que se la habían visto,
pero él a nadie la quería largar, y por otra parte son ellos tan
sagaces en no descubrir a ningún blanco ni español las riquezas de
los antiguos y cosas apreciables y de valor, que primero se dejaran
ellos pelar a azote, que revelar nada, y sólo rara vez se han
algunos blandeado. Yo le dije: Si usted llega en algún tiempo a
señorearse de esta esmeralda, embárquese usted y váyase a España
con ella, que bastante riqueza llevará. Y si usted la lleva a
Madrid, con ella conseguirá usted el puesto que
quisiese.
En Tumaco la gente que tiene alguna plata, y el cura y el
Teniente, allí no lo pasan mal, porque con los barcos que trafican
la costa, siempre suelen coger alguna ropa de comiso barata. Tienen
comercio con sal que se trae de la punta de Santa Elena, cerca de
Guayaquil, con vino de Chile y cacao de Esmeraldas y Guayaquil. A
la sazón tenía el Teniente preso un mestizo, el cual, no sé por qué
motivo, yéndole el Teniente a registrar la casa, fue tan atrevido
que le tiró un trabucazo. No lo hirió, y el Teniente lo prendió, y
habiéndose seguido causa, remitiéndolo preso para Barbacoas, él en
el camino decía que se habían compuesto con los que lo llevaban, y
él se escapó. A poco tiempo supo el Teniente una noche que este
pícaro se había venido, y que ya estaba en su casa. Receloso el
Teniente de que no lo viniese a matar, porque días antes se lo
había mandado decir, juntó gente y lo volvió a coger. El Padre cura
como era parcial del preso, le deminuía el delito, y se empeñó
conmigo para que supuesto que el Teniente me hacía mucho favor, que
yo le pidiese el preso, y que él lo diese por esclavo de nuestra
misión, y que para ello dijérale que me iba para Guayaquil, y de
allí a Quito. Ya yo vi, y con lo mismo conocí que el delito del
preso corría riesgo de la vida. Yo se lo propuse al Teniente y él
me respondió: Padre, yo desde luego le haría el favor, si podía
asegurarme que este hombre no volvería a Tumaco, pero él en breve
le huirá y se volverá aquí, como ahora ha vuelto; y yo no tengo mi
vida segura con este hombre, pues ahora venía él a matarme, y de
facto se le encontraron armas de fuego.
Por fin se dispuso lo que sucedió. Yo acabada la misión salí con
el Teniente a pedir la limosna, y se recogieron unos pesos. Bajo de
una casa vi arrinconada una lancha de un barco, que en años
anteriores se había perdido en la costa. Ella en el piso tenía roto
un pedazo de tabla de algún porrazo que daría contra alguna peña.
Yo quería de Tumaco pasar a Esmeraldas unos días a ver si sacaba
también alguna limosna. Díjele al Teniente: ¿Sabe usted de quién es
esta lancha? Él dijo: que del dueño de aquella casa. Subimos para
arriba, y diciéndoles si la querían vender, me la dieron por
catorce pesos. Al instante la mandamos echar al agua, y se llenó
para galafatearla el día siguiente. El Teniente, que era práctico,
con estopa de coco el otro día la compuso. Un herrero le hizo una
hembra que faltaba del timón, y yo quedé aviado con ella para ir
con seguridad a Esmeraldas; porque como allí no usan sino canoas,
yo temía embarcarme por el mar con una canoa. Se alquilaron tres
mozos mestizos para que me acompañasen; allí de una tabla se
hicieron cuatro palas de remos, y se ataron cada cual a su palo
para bogar. Nosotros nos partimos por dentro de los esteros para ir
a salir al mar más allá de Punta de Manglares; porque como esta
punta está muy alta, ellos temían ir a salir por el mar en altura
de esta punta.
Lo que sobre el preso se dispuso fue que el Teniente me lo
mandase a Esmeraldas, y que de allí lo remitiese yo a Guayaquil. La
primer noche fuimos a dormir a casa de unos indios en un caño de un
río, y aquí por 4 reales compré una arroba de arroz vestido el
grano. El otro día por la madre del río nos venimos a salir al mar.
Ya yo llevaba armada mi lancha con palo de trinquete con su yerga,
y así palo de maestra. Hice velas de una sobrecama y un sobretoldo.
Este día fuimos a dar a una playa que llaman Ostiones, por los
tantísimos que hay, y aquella noche toda la noche comimos ostiones
asados, y en un puertecito que hace de un lado la playa y en donde
nos arranchamos, había más de mil quintales de nácar fino de los
ostiones que allí se han comido, lo que puesto en buena mano
valdría bastante plata. El otro día de mañana acabamos el agua
dulce que traíamos en totumos, y estando ya navegando para Río
Verde, hubiéron de saltar dos a tierra a traer de monte adentro
agua. Este día como íbamos playa, en lugar de remos úsanse
palancas. A la que se fueron los dos por agua, yo tomé una palanca,
y me puse a palanquear, y como me arremangué los brazos, la fuerza
del sol me los escaldó y quemó de modo con el salitre del agua que
me resbalaba por ellos, que el otro día mudé todo el pellejo desde
las muñecas hasta el codo.
Aquella tarde antes de llegar a Río Verde ya volvimos acabar el
agua, y estábamos esperanzados que el agua del río sería dulce,
pero con las mareas le sube dos leguas el agua salada. Aquí nos
suplimos de agua de cocos, porque había muchas palmas, y se
subieron en ellas y bajaron más de veinte docenas de cocos tiernos,
que nos hartamos de comer coco tierno y beber agua de coco. El otro
día mandé hacer chocolate con agua de coco, pero se puso tan
pestífero en olor y sabor que no lo pudimos tragar. Salimos a marea
llana; pero por aquella estación del año los vientos soplan siempre
de proa, medio año. Ello en dos días jamás pudimos agarrar
esmeraldas. Ya el agua de coco nos fastidiaba a todos, y hubimos de
volvemos a Río Verde, y subiendo a buscar en él agua dulce, se
encontró una quebradita y en ella nos remediamos. Yo viendo que ya
no podía pasar a Esmeraldas, porque me instaba el volver a
Barbacoas, por no hacer falta a predicar mi sermón, me volví para
Tumaco. Cuando partimos de Río Verde, ya eran las dos de la tarde,
y antes de llegar a Punta de Manglares, se escaseó el viento, y
hube de entrar a pasar la noche a la bocana de un río que allí hay,
temeroso de dos ballenatos que jugando saltaban no muy lejos de
nosotros.
Ellos me figuré que tendrían más de cincuenta varas de largo
cada uno, y cada vez que saltaban, culebreándose uno con otro, se
levantaban más de cincuenta varas en alto, y levantaban muchísima
agua. En Barbacoas me enseñé el Padre cura un colmillo de ballenato
que en Tumaco le regalaron cuando ahí bajó, y abajo formaba una
media bola perfecta del tamaño de los puños cerrados de un hombre,
y en cosa de poco más de un palmo remataba la punta, arqueando un
poco como colmillo de perro, todo sin raíz ni hueco, macizo, y
marfil finísimo. Yo supongo que estos pescados no tienen en los
colmillos raíces, sino algún engaste en la quijada en donde nacen,
porque éste era sacado de su boca así como lo vi, y en donde debía
corresponder las raíces estaba perfectamente
esférico.
Ello como de improviso vimos saltamos del agua, tan cerca estos
dos monstruos marinos, nos quedamos azorados, y lo peor era que un
poco antes se había mudado la marea en que tomé yo un buen susto,
porque de improviso se barrió el viento, y empezó a soplar
encontrado uno con otro, y el agua del mar se puso en un instante
tan calma como agua encharcada, y empezó a dar unos sorbos como una
olla que hierve, y al mismo tiempo hacía el gruñidito de muchas
sartenes que fríen pescado con aceite hirviendo. Como yo jamás
había visto aquello, me causó bastante susto, y más viendo que
andando bogando cuatro remos y con dos velas, y apenas andaba nada
la lancha, porque aunque en realidad andaba mucho, como la marea
era contraria, le hacía al mismo tiempo desandar casi todo lo que
en realidad andaba.
La gente empezó a suplicarme que nos entrásemos a la bocana del
río. Este era otro tropiezo peor, porque desde la Punta de
Manglares se venía acordillada una carrera de bajos de arena en que
las olas rompían a tres cuellos, y la bocana del río estaba a la
parte de adentro. Yo haciéndome la cuenta que aquellos rompientes
podrían volcar la lancha, dije que no, y como yo llevaba el
gobierno, orcé por fuera con ánimo de ir bello venteando, hasta ver
si podría montar el cabo. Ellos como son gente que jamás, como
navegan con canoas, nunca anochecen en el mar, todo era rogarme que
entráramos adentro. Yo por otra parte veía que aquellos ballenatos
con la bulla que llevaban podían acercarse, y de un arrempujón que
diesen a la lancha, eran capaces de echarnos a rodar, o que nos
llenasen de agua, me hallé bastante temeroso y perplejo sobre lo
que haría. Y la gente que al mismo tiempo decían: Si nos hubiéramos
ido por dentro de los esteros, íbamos seguros sin estos peligros en
que ahora nos hallamos, dándome a mí la culpa por haber tomado la
bordada mar afuera.
Por fin yo determiné ya darles gusto e irme a entrar a la bocana
del río. Vuelvo a virar para tierra, y antes de llegar a la barra
de unos cincuenta pasos, veo que los rompientes se levantaban más
de seis varas, y a voz en grito díjeles a todos:Yo aquí no
entro; más vale irme belloventeando toda la noche mar afuera que
irnos a anegarnos en estos rompientes. Al mismo tiempo ya hube
virado para fuera. La gente que se ponen todos a llorar, y a
rogarme que no. Yo les dije: Yo temo más a la salida que a la
entrada, porque ¿cómo será después posible salir por estos
rompientes? Ellos dijeron que saldríamos de madrugada a marea
llena, y que entonces no había rompientes. Ellos decían verdad,
pero como yo no lo había visto, recelaba yo que si entraba, después
no podría salir. Yo les dije: Por fin, yo sé nadar, yo no me tengo
de anegar. Vamos allá. Volví a virar para tierra, y previniéndolos
que al entrar en los rompientes jugasen con fuerza los remos, me
fui a entrar por donde me pareció menos peligroso.
El primer rompiente nos metió bastante agua dentro, y la fuerza
que llevó la risaga de su espuma nos subió sobre el otro, de suerte
que cuando desabrochó su furia, nos tenía encima, y así no nos
metió agua, y con su fuerza nos llevó adentro, tanto que cuando
reventó el tercero, vino a pegar de lleno su furia a la popa de la
lancha. Yo que estaba en el gobierno, y veo levantarse la ola más
de cuatro varas junto a mi espalda para romper, dije: Ea, Virgen
Santísima, esa es la mía. Me agaché con la mano del timón en mi
mano, y del golpe que dio a la popa el agua, nos arrempujó más de
quince varas.
Ya que estuvimos adentro, fuera de peligro y en calma, se
quitaron las velas, porque ningún viento soplaba, y a remo nos
fuimos volteando por la playa para ir a buscar la bocana del río.
Ya había cerrado la noche del todo, y nos sirvió de guía un
ranchito de pescadores que había en la playa. Ya que llegamos a la
bocana, nos arrimamos, y en lo interim que la gente ataba la
lancha, salté a la playa y me fui al ranchito. Llego y veo un
bulto. Meto la mano, y hallo que es un cajón lleno sin tapa, y
lleno de cosa dura. Voy a suspenderlo de un lado, y apenas lo pude
levantar. Llamé a don Francisco, y venido, dígole: Don Francisco,
saque usted luego candela a ver qué hay en este cajón. Él pesa
mucho: aquí hay plata u oro, o fierro. El chapetón mete la mano a
tentarlo y me dice: Padre, que no sea algún muerto. Dióme tanta
risa la respuesta que llegué a llorar de tanta carcajada sin
poderme contener en largo rato.
Se sacó candela y se encendió una vela, y hubo de ser un cajón
de brea fina de la otra costa, que con algún barco que se perdió
vino rodando, y el mar lo sacó a la playa, y algunos pescadores lo
pusieron allí aguardando ocasión de podérselo llevar. Ello yo lo
hice cargar en mi lancha y lo regalé al Teniente de Tumaco. Ya que
vino la marea llena de la madrugada, volvimos a partir y salimos
bien de la barra. Nos entró a punta de día un viento en popa
fresquecito, y en breve montamos Punta de Manglares. Yo saqué una
sábana de tocuyo, y añadí tercera vela a la popa con el palo de la
lanza. A la punta del puerto de Tumaco hay un pedazo de manglar, y
yo por apresurar la llegada me vine por el viudo, que es un escollo
que hay entre la playa de Tumaco y otro islote mediano. Yo viendo
que ya estábamos cerca, mandé quitar la sobrecama del trinquete, y
como el viento al abrigo de la tierra se había ya templado, advertí
que el timón no gobernaba y entonces reparé que con vela en medio y
a la popa, sin vela a la proa con viento templado no gobierna el
timón ni gobernará a no ser fuerte el viento, y si quitas la mayor,
gobernará menos; pero si quitas la de popa y queda la mayor,
entonces por poco que sea el viento, gobernará el timón. Esta es
una regla que talvez muchos marineros no la sabrán, y yo la he
visto práctica.
Cerca de las diez del día llegamos a Tumaco. Ni el Padre cura ni
el Teniente me hablaron del preso, ni yo tampoco dije nada, sino
que al llegar despaché un propio con una canoíta para la mina de
don Francisco Calderón para que me mandase una canoa al
arrastradero, y el otro día que se iban unos mestizos a fabricar
canoas, alquilé a tres para que viniesen conmigo hasta el
arrastradero. Ellos convinieron, y cuando salimos de Tumaco, ya
eran las once del día. Estaba la marea llena, y en menos de una
hora con buen viento que hacía, llegué a Usmal. La demás gente
venía en tres canoítas medianas, y con dos pañuelos armaban ellos
su vela. Mis tres fletados se saltaron a tierra, y sólo quedó en la
lancha la mujer del uno. Allá armaron ellos bebezón en una casa. Yo
por más prisa que les daba a partir, querían ellos persuadirme que
ya la marea estaba muy baja y que no podrían pasar, y ya que el
viento estaba malo, y todo era que como allí había guarapo qué
beber, ellos se querían quedar aquella noche. Por fin les dije: Si
ustedes no vienen, yo me voy. Y con decir y hacer todo fue
uno.
El marido que ve que yo echo las velas y me suelto de tierra, y
que ya la lancha había partido y que me llevaba a su mujer, aprieta
a correr a detener por una canoa a la lancha. Él la pudo detener,
pero no pudo sacar de la lancha a su mujer, porque ella no quiso
salir, diciéndole que con la lancha iba segura y con la canoa no.
Él se hubo de embarcar. En media hora llegué a la boca del río,
pero como entonces vaciaba la marea, nos hubimos de parar cuatro
horas, hasta que se mudó para poder navegar río arriba. Llegamos a
la bocana de la quebradita y de la otra parte del río hay una casa
de unos indios. Sería la media noche cuando llegamos allí. Yo me
subí a la casa y tenía un montón de tasajo de jabalíes que habría
veinte quintales. Nosotros no habíamos cenado, porque no pudimos
saltar a tierra por la marea que había inundado todos los
manglares. Allí vi candela en el fogón. Los indios a lo que me
vieron todos hacían el dormido. Yo le dije a la mujer: Sople usted
la candela. Y al mismo tiempo agarro un pernil de tasajo y lo pongo
a asar. Allí tenían ellos buenos plátanos y nos pusimos todos a
asar plátanos y a comer tasajo y plátano. Luego que vieron que yo
empezaba a asar el pernil, a todos se les acabó el sueño.
Levantóse un indio viejo y se vino a mí y me dijo: Padre, este
tasajo lo habemos de llevar a Barbacoas, no lo podemos comer. Vaya,
indio, le dije yo, ¿cuánto vale este pernil? Él dijo:Cuatro
reales. Pues mira, yo ahora te daré seis. Don Francisco, díjele yo
a mi chapetón, saque usted un peso duro, y déselo a ese indio.
Dióselo. Y el indio no lo quiso recibir, diciéndome:Padre, toma
cuanto tasajo quisieres; yo pensaba que contigo venía mucha gente y
querías darles a todos de comer. Luego se levantaron los otros y yo
sentía que decían: Este es el Padre misionero. Ellos todos vinieron
a besarme las manos y una india mocetona me regaló una cabeza de
negro de una palma. Los corozos estaban tiernos, y ya que hubimos
cenado bien, nos comimos casi toda aquella fruta, y ésta fue la
primera vez que yo comí de esta fruta, y es muy buena y
fresca.
Ya que vino la mañana dejé encargada la lancha al indio casero,
y con una canoa que él me prestó nos subimos por la quebrada al
arrastradero, y el mestizo y mi chapetón pasaron mis trastes al
caño del dique, y el mestizo se volvió con la canoa a volverla a
los indios. El otro día volvió mi propio y dijo que ya venía una
canoa con un negro y una negra para llevarme. En lo interim con un
machete puesto de garabato a una barca se cogió un racimo de guinul
y comí de él más de dos libras. Su sabor algo se parece al
chontaduro. Estaba la fruta muy madura, y en una olla de cobre que
yo llevaba exprimí con agua más de cuatro libras de guinul, y me
salió un masato muy rico. Allí en el desembarcadero había una canoa
bastante para irme y viendo que la que por mí venía se tardaba,
metimos en ésta mis trastes y la fuimos a encontrar. Apenas
llegamos al dique encontramos la canoa que me mandaba don Francisco
Calderón. Pasamos a ella mis trastes y mi propio se volvió con la
canoa, y nosotros tomamos la madre del río Gualí para
Barbacoas.
Ya era tarde y nos quedamos a hacer noche en casa de unos
mulatos libres que se habían rescatado. Muchos de los esclavos allí
se pudieran rescatar con facilidad, y no lo hacen, porque dicen: Mi
amo me dará de comer toda la vida, y si enfermo, me hará curar. Si
yo me rescato también habré de trabajar toda la vida para comer, y
así no me quiero rescatar. Ellos abrazan la esclavitud desde que
nacen, y así no sienten cuánto pesa esta cadena. Estos que se
rescatan lo pasan muy bien, porque río abajo siembran buenos
platanares y buenos cañaverales de caña dulce, y con sólo esto ya
tienen para mantenerse; porque los señores de las minas tienen
pocos plátanos y el que tiene más, no le alcanza para sus negros y
cada mes han de comprar a estos negros y mulatos libres una o dos
canoas de plátanos, que le vendrán a costar cincuenta o sesenta
pesos, y con esta plata se surten ellos de carne y cuanto han
menester.
La caña dulce allí como es clima tan caliente y húmedo, cada
cuatro meses da corte. Sacan muchas botijas de guarapo; de una
parte sacan aguardiente, y lo demás en guarapo. Lo llevan todo a
Barbacoas, y allá tienen varias pulperías en que se vende luego;
porque a
más de ser toda la gente de Barbacoas blancos y
negros muy dados a la bebezón, tienen el desagüe de los indios
cargueros que diariamente entran de la provincia de los Pastos todo
el año con víveres, y éstos como en la provincia no hay guarapo, al
llegar a Barbacoas la plata que ganaron del flete se la beben. Yo
el otro día de haber llegado a Barbacoas, como llevo relatado, fui
a ver a Don Juan del Castillo, y allí bajo de su casa que hay una
pulpería de guarapo y aguardiente, encontré ya a mi sacristán y su
mujer con los otros todos borrachos, y después lo conté al Padre
cura, el cual me dijo: Padre, éstos no se irán hasta que hayan
acabado toda la plata. Y después lo vi por la experiencia, que por
aquellas pulperías se componían sentados unos apostolados de indios
e indias borrachos todos, y yo lo que más admiraba que a los
chiquillos y niñas de siete y ocho años les daban también mates
llenos de guarapo y vasos de aguardiente, y los emborrachaban como
sus padres, y hasta que se acababa la plata ninguno salía ni sale
jamás de Barbacoas. Y lo más gustoso es que cuando están bien
borrachos arman unas grescas y peleas que es cosa de gusto, porque
el modo que tienen de pelear no es a puñetes, ni a golpes, sino a
tirones de cabello, agarrándose entre sí de la melena, y como
siempre la llevan suelta, todo se enmaraña.
A poco de haber llegado nosotros a casa de estos mulatos, llegó
una canoa con dos zambos y un mestizo y traían a una Virgen de
Barbacoas a pedir limosna. Fue el caso que el cura había salido con
esta Señora a dar la vuelta por las minas, pidiendo limosna, y
habiendo ya concluído, la despaché con estos tres por estas casas
de negros y mulatos a acabar de concluir la vuelta. Éstos me dieron
noticia que aquellos días había estado en Barbacoas el señor
Gobernador de Popayán con su mujer, que había venido a visita de
minas. Este es un latrocinio de los mayores que se puedan cometer,
porque el Gobernador de Popayán, cuando le da la gana cada año o
año y medio, a título de visitar las minas, se viene a Barbacoas,
se está en la ciudad ocho días, hasta que se acaban los convites
que le hacen, y después que llega, todos los señores mineros han de
concurrir a su casa a la tarde y a la noche a jugar. El primer día
saca el Gobernador diez pesos para cada uno, y se los da para que
juegue, y cuando se va, cada cual por estos diez pesos le ha de
volver cuarenta pesos. Allí el tiempo que está suscita todos los
pleitos que ha habido desde la última visita a esta parte, y aquí
es que mete la cuchilla en las montas, y aquí es que coge los
regalos de las panes interesadas a contraposición a gratificarlo
para tenerlo grato y favorable. Contóme don Francisco Calderón que
cuando compró a la ciudad el solar en que fabricó su casa, pegado a
su casa fabricó abajo una tiendecita para pulpería. Así la hubo
corriente alquilada algunos años. Al cabo de ellos vino un
Gobernador a visita de minas y púsole pleito a la tienda el marido
de doña Angela. Lo requirió el Gobernador, pero él presentó el
papel de la compra hecha del solar a la ciudad, en vista de cuyos
papeles, lo rectificó en la posesión. Va la otra parte y dícele al
Gobernador: Por los papeles de Calderón a mí presentados consta que
el solar está bien comprado, y es suyo, y así yo lo he ratificado
en el posesorio; si usted tenía algún derecho al solar, lo hubiera
manifestado a la ciudad cuando lo compró Calderón. Y supuesto que
la ciudad procedió en derecho cuando hizo la venta, usted, por no
haber entonces manifestado el que dice que tenía, lo perdió para
siempre si lo tema. Fuese con esta resolución a su casa, y dícele
su mujer: Jerónimo, no seas tonto. ¿No sabes que los Gobernadores
vienen a Barbacoas a buscar oro? Toma, toma esta media libra de
oro, vuelve allá, y con ella vuélvele a pedir la tienda. Así lo
hizo y vino ya con la gracia, y le quitaron a Calderón la tienda.
Ya pasados los días del convite, lo ha de llevar cada minero a
su mina con gran ostentación y regalos, y allí es que ha de
ostentar su bizarría en convite y hospedaje, y cuando se va, le da
de la visita cuatro onzas de oro en polvo. Este pues, después que
hubo sacado cuanto pudo, y más a su mujer de regalos de joyas y
preseas que le presentaron las señoras de Barbacoas, para dejarlos
a todos del todo pelados, estableció allí un gobierno militar de
coronel, teniente, capitanes, alféreces sargentos y cabos de
escuadra en que entró a todos los que tenían minas. Al coronel lo
prorrateó en doscientos pesos; a los capitanes a ciento, ya todos
los demás a cincuenta, y todos hubieron de largar la plata. El
pobre de don Benito se resistió al puesto de sargento que se le
había señalado, y se retrujo a la iglesia. El Gobernador pasó un
recaudo al Padre cura para que lo fuera a sacar del sagrado, el
cual respondió que supuesto que estaba en su jurisdicción don
Benito, que no lo podía sacar, antes protegerlo cuanto pudiese. El
Gobernador se airó con la respuesta, y mandó cercar el sagrado de
guardas, diciendo que a pura fuerza lo había de sacar por rebelde.
Esta respuesta del Gobernador, comunicada a don Benito, lo puso en
mil temores, porque aprehendió que el Gobernador habría sabido que
él era uno de los levantados, y se valió de algunos amigos, y una
noche escapó de la iglesia y se fue río abajo para Maguí, y ya
después que se fue el Gobernador decía con gracia: No le bastaba a
este gran ladrón haber quitado el pellejo a los señores de
Barbacoas y las joyas a las señoras que a mi, que soy un pobre, me
quería quitar también la carne. Cincuenta pesos me pedía, cuando yo
no tengo doce para comprar un tercio de tasajo para comer. El
Gobernador por fin se salió para la provincia a acabar de hartar su
codicia, haciendo mil extorsiones a indios y
blancos.
Esta pues noche se congregaron en casa de estos mulatos para
velar a la Virgen, una partida de familias comarcanas de indios,
mestizos, negros y mulatos, y después de haber cenado, empezaron la
función con baile. Allá tienen para sus funciones un instrumento
que llaman marimba. Este se compone de cañutos de guadua colgados
en línea, y tajados de mayor a menor, y con la misma proporción en
lo largo. Éstos se atraviesan de un volantín cerca de la boca, y
sobre todas las bocas hay una tablita delgada que casi las cubre a
todas, medio dedo levantada de su boca. Con unas masas de caucho, a
modo de las masas de un tambor, se pica sobre de esta tablita, y
cada cual a su picada da un ronquido, según su estatura, como los
cañutos de un órgano. Es un ronquido suave y se oye de más de media
legua lejos. Y en sabiéndolo tocar remudando en proporción y
compás, el sonido de los cañutos compone un órgano imperfecto, pero
muy suave, porque no tiene sino veinticinco cañutos.
Al tono de este instrumento bailaron hasta pasada la media
noche. Hacían a ratos sus pausas, y sacaban guarapo y bebían todos.
Y ya cansados de bailar empezaron con juegos de manos y diversas
cantiñas ridículas, que yo no pude coger el sueño en toda la noche.
Ya que empezaba a madrugar el día, se pusieron a dormir, y yo
también cogí el sueño, y cuando desperté, ya pasaban las ocho. Yo
me levanté y desperté a mi chapetón y los negros, y nos fuimos río
arriba, y nos fuimos a comer a la mina de la viuda de Ortiz, y a la
tarde llegamos a la mina de don Francisco Calderón, que ya me
estaba aguardando. Y el otro día a las tres llegué a Barbacoas.