INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO VI


 

Contiene el viaje que hice al pueblo de Tumaco hasta que me volví otra vez a Barbacoas.


 

A lo que llegué del río Jalí a Barbacoas hallé en poder del cura una carta del señor doctor don Diego Valencia, cura interino del pueblo de Tumaco en que me decía que hallándome un poco desocupado le hiciese el favor de bajar unos días a efecto de predicar unos días una misión en su pueblo, favor que celebrarla mucho. Y que en suposición que determinase hacerle el favor, que lo avisase qué día bajaría, y me mandaría canoa al arrastradero para pasar allá. Y ya que había dado la vuelta a todas las minas de Barbacoas, y me era ya preciso aguardarme hasta la pascua para predicar el sermón de San Francisco de Paula, por haber dado mi palabra al Padre cura, determiné partir luego para Tumaco, y pidiendo canoa y gente que me llevase allá a don Francisco Calderón, el otro día de mañana me partí río abajo por Gualí, y me fui a dormir al arrastradero de esta parte del dique de Gualí.

Para la mayor inteligencia digo que este río Gualí no tiene bocana grande por donde desemboque el mar, sino que se represa su avenida y forma una gran laguna en que se cría orejuela y otras hierbas, y se entra por varios caños dentro del monte, y esta laguna y represión que tiene a esto llaman el dique, y a la parte de abajo por varios caños asimismo formando esteros por entre mangles, se desagua al mar, y en uno de estos caños se le junta Maguí, y estos dos juntos forman el desemboque mayor que tiene al mar. En el dique hay tres especies de patos: Unos grandes del tamaño de un ganso; otros del tamaño de una polla mediana, y éstos tienen el pico amarillo y otros del tamaño de un pichoncito, y éstos tienen el pico colorado. Todas tres especies visten color negro con pinturas de pluma blanca en la cola, y en la punta del brazo de las alas.

A la mano derecha se desembarcan los que van para Maguí, y andan por tierra unos quinientos pasos, y llegan a Maguí. A la mano izquierda se dilata más el dique, y se entra por un caño estrecho por donde no pueden pasar dos canoas a la par, y por él se anda un par de leguas, y allí da fin el caño, porque hay tierra más alta y no se puede desaguar. Por este caño nos entramos y allí dormimos en un rancho grande que hay. Ya que vino la mañana, los negros y mi chapetón pasaron a cuestas mis trastes monte adentro cosa de una legua en que se encuentra una quebrada, que es el embarcadero para ir a Tumaco. A este monte llaman El Arrastradero, ir así es que para pasar adelante fue menester que entre todos fueran a traer arrastrada por el monte la canoa.

La quebrada lleva al principio tan poca agua, que fue menester que la arrastraran otra media legua hasta que pudo nadar, y así nos fuimos bajando hasta que a media legua más desemboca en un río grande, que no me acuerdo su nombre. Desde el dique hasta este desemboque vi en el monte una especie de palmas, que yo hasta entonces no había visto. Es una palma de mediano cuerpo y proporcionada altura. Todo su tronco de arriba hasta abajo lo tiene vestido de más espinas que un erizo, unas de un palmo de largo y otras más medianas, y otras más chicas. Todas las hojas están también vestidas de espinas negras, tan largas como el dedo índice. Da en el tronco sus racimos, pero ¡qué racimos aquellos! Cada uno es del alto de un hombre, tan cuajado de fruta como un racimo de uva bien cuajado. Su fruta es a modo de unas ciruelas de color de grana muy fina. Dentro es el color más templado, y declina un poco en amarillo encendido, y tiene su hueso un coquito chiquito como una avellana. Cuando está bien madura esta fruta se deja exprimir con las manos como ciruelas, aunque la corteza siempre se queda algo recia y latiguda. Palma y fruto tienen un mismo nombre, y se llama guinul. De estas palmas abiertas son las paredes y los pisos de las casas de Barbacoas y Tumaco, porque su corteza es chonta, dura como fierro, negra como ébano, y el fuego no prende en ella. Mas para cortarlas, antes péganle fuego al vestido espinoso que tiene, lo que se quema con facilidad como si fueran chamuscas, y queda de toda esta maleza limpio el tronco.

Yo pregunté si esta fruta guinul se comía y me dijeron que no, porque dañaba; pero a poco rato reparé que en un racimo había unos monos que comían de ella, y dije: Fruta que comen los monos no es posible que sea dañina. Comían los monos, sí; pero ¡con qué arte! Esta palma toda ella está cuajada de espinas grandes, y el racimo también todo el tronco cuajado, y de entre los granos del racimo también hay muchísimas espinas y todas grandes; pero el mono para comer de ella se sube en un árbol vecino, y como el monte allí está espeso, por las ramas del árbol se va a bajar al racimo, y sin espinas, grano a grano, poco a poco se lo va comiendo. Yo que vi esta astucia del mono, dije: Pues yo a la venida no tengo de pasar sin probar esta fruta.

Llegamos por fin al desemboque, y hallé una canoa grande de Tumaco en que venía una mulata blanca que tenía mucho séquito. Esta es, me dijo uno de los compañeros, la amiga de don Fulano, que anda por ahí medio oculta, porque la desterraron de Barbacoas a su galán. Los que venían en la canoa traían orden del Padre cura para llevarme a mí, y así mi gente se volvió y se llevó la mulata, y yo me pasé a la canoa grande de Tumaco con mi chapetón y mis trastes. A cosa de dos leguas de navegación río abajo, llegamos al desemboque al mar. Me dio mucha alegría ver el mar, porque ya había mucho que no lo había visto. A cosa de una hora de navegación, llegamos a una playa de arena aislada, en donde hay un pueblecito, que no tiene sino siete casas, llamado Husmal. Aquí nos arranchamos en una casa, porque la marea empezaba a salir, y para ir a Tumaco no había agua bastante para nadar la canoa.

El dueño de la casa no tenía piernas, y así había nacido, y en las manos no tenía sino las palmas, y en lugar de dedos no tenía sino la mitad de los pulgares, y los demás eran unos botoncitos como garbanzos. Este hombre casado, y tenía tres hijas y dos hijos, ya todos grandes. Él me enseñó hechuras de barro de los antiguos, halladas en La Tola: jarritas, unos boneticos como de clérigo, y un medio caimán, todo muy fino y perfecto, especialmente el caimán. Yo le dije que viese si me podría coger un poco de pescado para cenar. Él me dijo: Padre, en acabando de vaciar la marea, veré por éstos charcos si se ha quedado algún pescado en seco, o encharcado, y lo traeré; de no, podrá cenar marisco. Yo le pregunté qué marisco había por allí y me dijo que almejas y chuchas, que son otras almejas más chicas casi trianguladas. A lo que oí yo que había almejas, le dije: Pues aunque no traiga pescado, yo cenaré de más gusto de almejas. Al acabar casi de vaciar la marea se quedó delante de la casa una playa hasta el monte, que se descubrió en seco más de una legua, y al instante todos los pájaros marinos que estaban a la margen por aquellos mangles, se volaron a la playa a comer pescados y cangrejos que se habían quedado en seco, y se fue el hombre con dos hijas y mi chapetón, y en media hora trujeren un canasto de marisco.

En lo interim díjome uno de mi gente: Padre, este hombre así como lo ve, él mantiene a su familia. Él va al monte y trae plátanos, él roza y siembra su chácara, él trae leña, él fabrica una canoa, él fabrica una guitarra, la acuerda y la toca. Yo quise ver esta maravilla, y a lo que vino, le hice sacar la guitarra y tocar. Él con sólo los dos dedos pulgares la acordó, y con los botoncitos de la mano hacía los puntos, y con los otros rasgaba, y yo me quedé pasmado de oírlo tocar acorde varios tonos que allí usan. Aquella noche cené muy a gusto de marisco, y después por ver bailar a este hombre sin piernas, permití que armase baile. Él danzaba, él saltaba y hacía sus fugas y mudanzas, que yo por poco echo las tripas de carcajadas de risa, que no me podía contener de manera alguna, ni reportar.

Ya que vino el día nos embarcamos a marea llana, y en cosa de media hora llegamos a Tumaco. Yo me fui a casa del Padre cura el cual me hizo mucho agasajo y luego me destinó una casa que estaba junto a la iglesia, que estaba sola, y allí se llevaron mis trastes, dándome orden que para un todo que acudiese a su casa. Luego toda la gente que serán unas sesenta familias, me vinieron a dar la bienvenida, y el otro día abrí la misión y la concluí en nueve días. El Padre cura hizo venir una partida de negros y negras que tenía cavando una mina cerca de la bocana del río de Patía, que cae una legua más allá de Husmal, para que yo los confesase, y me dijo: Padre, de lo que en la mina me hubiesen hurtado de oro absuélvalos, que yo se lo perdono.

En medio de la plaza hay un palmar de palmas de coco, de cuya manteca se mantienen las lámparas de la iglesia todo el año, como noto Tomo Primero, capítulo I. Yo mandé coger algunos, y aquí fue donde comí la esponja que adentro cría, como noto en el citado capítulo. Yo cada vez que iba o venía de casa del cura, me paraba a mirar un árbol que había junto a una casa que me parecía naranjo chino, y su fruta también naranjas chinas me parecían; y yo admiraba que en aquel paraje hubiese naranjo chino. Yo no sé si la señora lo repararía, o no; ello un día me mandó con una negra tres docenas de aquellas que yo pensaba naranjas chinas, y no lo fueron sino caimitos. El caimito es un árbol que en tronco, rama, hoja y fruto es lo mismo que el naranjo chino; mas el palo es tan negro a lo interior y fuerte como el ébano. La fruta, que a lo exterior en nada se distingue de una naranja china, a lo interior es totalmente distinta. Tiene el caimito tres pepitas como unas castañitas chicas. No hace gajos, sino todo un meollo como de naranja, con el sabor moscatel, y para comerse se le da todo alrededor un corte en cruz, y lo propio es cortarle la corteza, que del corte le sale una leche más pegajosa que cola espesa. Con la punta de las uñas se agarra y tira y se le va despegando la corteza, que aunque muy latiguda es muy delgada, del canto de un papel doble. Es la fruta más rica y regalada de cuantas hay en todo el Perú.

Allí me consultó una viuda que habiendo casado con un viudo, averiguó después de algún tiempo que su marido antes de casarse con ella, había tenido acto carnal con una hermana suya, y sin embargo, de no querer ella, había el Padre cura mandado traer la dispensa del Ordinario de Quito. Yo vi al Padre cura y certificado el caso, le dije: Padre, pero si ella no quiere tal dispensa, sino que no quiere estar más con este hombre, usted no la puede forzar. El caso era que el novio era el padre de la mujer del Teniente de Tumaco, y allí gobernaba, y era ya bien viejo, y estaba ya ciego, y por este respecto, por tener el Padre cura grato al Teniente, persistía en que con la dispensa se habían de casar quieras o no quieras. Yo vi al Teniente y a su suegro, y los allané a lo que era razón. Ya que lo tuve todo corriente, ¿qué hace el Padre cura? Declara por nulo el matrimonio. Yo a lo que lo supe le dije: Usted lo que debe hacer es poner depositada a la mujer, y escribir su deposición a Quito, y allí al Ordinario es a quien toca la declaración de la nulidad de este matrimonio, y declarar juntamente como él otorga, que lo contrario es mala fe. Y guárdese usted que allá no se sepa que usted aquí lo haya declarado por nulo. Así se hizo: se puso en depósito la mujer, y ella agradecida a mi cuidado, me regaló media docena de badeas, y fueron muy buenas. Yo lo pasé muy bien en Tumaco, porque todas las noches cené de marisco de unas almejas tan grandes como la mano, y ensalada de papaya verde cocida que no había comido jamás, y es la mejor que jamás he comido, ni creo que haya otra que le pueda igualar, sí sólo la de los aguacates.

El señor Teniente desde el principio se hizo muy mi amigo, y entre otras cosas me contó que entre La Tola y Esmeraldas hay una nación de indios que llaman los jayapas, tan indómitos que jamás los han podido sujetar a vivir en poblado; porque cuantos curas les ponen, no lo aguantan ocho días, porque luego le huyen y se remontan al monte. Estos indios saben dónde está una quebrada por aquellas serranías, que las piedras que tienen son todas esmeraldas, y como es tradición que no está muy lejos de allí, de esta quebrada o de sus esmeraldas que tiene, dieron al principio la denominación y nombre a un río que hay más arriba, que llaman el río de Esmeraldas, y en el desemboque está el pueblo llamado Esmeraldas. Hablando pues de esta materia me dijo el Teniente que algunos curas en años anteriores habían conseguido que algunos de estos indios les regalasen de estas esmeraldas. Yo, digo, ya va para cuatro o cinco años que voy tras de un indio viejo que vive por estos esteros, haciéndole varios regalitos, a fin de sacarle una esmeralda que tiene, que se conoce que a los indios antiguos sirvió esta piedra en alguna casa de mano de piedra de moler maíz.

Para hacer concepto de lo que será esta esmeralda, hay que saber que los indios, para moler el maíz, como no tienen molinos ni usan tampoco almireces, todo lo muelen sobre de una piedra que esté algo corvada, refregando lo que han de moler con otra piedra manual de palmo y medio de largo, y cinco o seis dedos de grueso. Y a esta piedra llaman mano de piedra de moler, y de esto se conoce haber servido esta esmeralda. Digo, cuál será ella. Que este indio la tenía es cosa cierta, porque había varios que se la habían visto, pero él a nadie la quería largar, y por otra parte son ellos tan sagaces en no descubrir a ningún blanco ni español las riquezas de los antiguos y cosas apreciables y de valor, que primero se dejaran ellos pelar a azote, que revelar nada, y sólo rara vez se han algunos blandeado. Yo le dije: Si usted llega en algún tiempo a señorearse de esta esmeralda, embárquese usted y váyase a España con ella, que bastante riqueza llevará. Y si usted la lleva a Madrid, con ella conseguirá usted el puesto que quisiese.

En Tumaco la gente que tiene alguna plata, y el cura y el Teniente, allí no lo pasan mal, porque con los barcos que trafican la costa, siempre suelen coger alguna ropa de comiso barata. Tienen comercio con sal que se trae de la punta de Santa Elena, cerca de Guayaquil, con vino de Chile y cacao de Esmeraldas y Guayaquil. A la sazón tenía el Teniente preso un mestizo, el cual, no sé por qué motivo, yéndole el Teniente a registrar la casa, fue tan atrevido que le tiró un trabucazo. No lo hirió, y el Teniente lo prendió, y habiéndose seguido causa, remitiéndolo preso para Barbacoas, él en el camino decía que se habían compuesto con los que lo llevaban, y él se escapó. A poco tiempo supo el Teniente una noche que este pícaro se había venido, y que ya estaba en su casa. Receloso el Teniente de que no lo viniese a matar, porque días antes se lo había mandado decir, juntó gente y lo volvió a coger. El Padre cura como era parcial del preso, le deminuía el delito, y se empeñó conmigo para que supuesto que el Teniente me hacía mucho favor, que yo le pidiese el preso, y que él lo diese por esclavo de nuestra misión, y que para ello dijérale que me iba para Guayaquil, y de allí a Quito. Ya yo vi, y con lo mismo conocí que el delito del preso corría riesgo de la vida. Yo se lo propuse al Teniente y él me respondió: Padre, yo desde luego le haría el favor, si podía asegurarme que este hombre no volvería a Tumaco, pero él en breve le huirá y se volverá aquí, como ahora ha vuelto; y yo no tengo mi vida segura con este hombre, pues ahora venía él a matarme, y de facto se le encontraron armas de fuego.

Por fin se dispuso lo que sucedió. Yo acabada la misión salí con el Teniente a pedir la limosna, y se recogieron unos pesos. Bajo de una casa vi arrinconada una lancha de un barco, que en años anteriores se había perdido en la costa. Ella en el piso tenía roto un pedazo de tabla de algún porrazo que daría contra alguna peña. Yo quería de Tumaco pasar a Esmeraldas unos días a ver si sacaba también alguna limosna. Díjele al Teniente: ¿Sabe usted de quién es esta lancha? Él dijo: que del dueño de aquella casa. Subimos para arriba, y diciéndoles si la querían vender, me la dieron por catorce pesos. Al instante la mandamos echar al agua, y se llenó para galafatearla el día siguiente. El Teniente, que era práctico, con estopa de coco el otro día la compuso. Un herrero le hizo una hembra que faltaba del timón, y yo quedé aviado con ella para ir con seguridad a Esmeraldas; porque como allí no usan sino canoas, yo temía embarcarme por el mar con una canoa. Se alquilaron tres mozos mestizos para que me acompañasen; allí de una tabla se hicieron cuatro palas de remos, y se ataron cada cual a su palo para bogar. Nosotros nos partimos por dentro de los esteros para ir a salir al mar más allá de Punta de Manglares; porque como esta punta está muy alta, ellos temían ir a salir por el mar en altura de esta punta.

Lo que sobre el preso se dispuso fue que el Teniente me lo mandase a Esmeraldas, y que de allí lo remitiese yo a Guayaquil. La primer noche fuimos a dormir a casa de unos indios en un caño de un río, y aquí por 4 reales compré una arroba de arroz vestido el grano. El otro día por la madre del río nos venimos a salir al mar. Ya yo llevaba armada mi lancha con palo de trinquete con su yerga, y así palo de maestra. Hice velas de una sobrecama y un sobretoldo. Este día fuimos a dar a una playa que llaman Ostiones, por los tantísimos que hay, y aquella noche toda la noche comimos ostiones asados, y en un puertecito que hace de un lado la playa y en donde nos arranchamos, había más de mil quintales de nácar fino de los ostiones que allí se han comido, lo que puesto en buena mano valdría bastante plata. El otro día de mañana acabamos el agua dulce que traíamos en totumos, y estando ya navegando para Río Verde, hubiéron de saltar dos a tierra a traer de monte adentro agua. Este día como íbamos playa, en lugar de remos úsanse palancas. A la que se fueron los dos por agua, yo tomé una palanca, y me puse a palanquear, y como me arremangué los brazos, la fuerza del sol me los escaldó y quemó de modo con el salitre del agua que me resbalaba por ellos, que el otro día mudé todo el pellejo desde las muñecas hasta el codo.

Aquella tarde antes de llegar a Río Verde ya volvimos acabar el agua, y estábamos esperanzados que el agua del río sería dulce, pero con las mareas le sube dos leguas el agua salada. Aquí nos suplimos de agua de cocos, porque había muchas palmas, y se subieron en ellas y bajaron más de veinte docenas de cocos tiernos, que nos hartamos de comer coco tierno y beber agua de coco. El otro día mandé hacer chocolate con agua de coco, pero se puso tan pestífero en olor y sabor que no lo pudimos tragar. Salimos a marea llana; pero por aquella estación del año los vientos soplan siempre de proa, medio año. Ello en dos días jamás pudimos agarrar esmeraldas. Ya el agua de coco nos fastidiaba a todos, y hubimos de volvemos a Río Verde, y subiendo a buscar en él agua dulce, se encontró una quebradita y en ella nos remediamos. Yo viendo que ya no podía pasar a Esmeraldas, porque me instaba el volver a Barbacoas, por no hacer falta a predicar mi sermón, me volví para Tumaco. Cuando partimos de Río Verde, ya eran las dos de la tarde, y antes de llegar a Punta de Manglares, se escaseó el viento, y hube de entrar a pasar la noche a la bocana de un río que allí hay, temeroso de dos ballenatos que jugando saltaban no muy lejos de nosotros.

Ellos me figuré que tendrían más de cincuenta varas de largo cada uno, y cada vez que saltaban, culebreándose uno con otro, se levantaban más de cincuenta varas en alto, y levantaban muchísima agua. En Barbacoas me enseñé el Padre cura un colmillo de ballenato que en Tumaco le regalaron cuando ahí bajó, y abajo formaba una media bola perfecta del tamaño de los puños cerrados de un hombre, y en cosa de poco más de un palmo remataba la punta, arqueando un poco como colmillo de perro, todo sin raíz ni hueco, macizo, y marfil finísimo. Yo supongo que estos pescados no tienen en los colmillos raíces, sino algún engaste en la quijada en donde nacen, porque éste era sacado de su boca así como lo vi, y en donde debía corresponder las raíces estaba perfectamente esférico.

Ello como de improviso vimos saltamos del agua, tan cerca estos dos monstruos marinos, nos quedamos azorados, y lo peor era que un poco antes se había mudado la marea en que tomé yo un buen susto, porque de improviso se barrió el viento, y empezó a soplar encontrado uno con otro, y el agua del mar se puso en un instante tan calma como agua encharcada, y empezó a dar unos sorbos como una olla que hierve, y al mismo tiempo hacía el gruñidito de muchas sartenes que fríen pescado con aceite hirviendo. Como yo jamás había visto aquello, me causó bastante susto, y más viendo que andando bogando cuatro remos y con dos velas, y apenas andaba nada la lancha, porque aunque en realidad andaba mucho, como la marea era contraria, le hacía al mismo tiempo desandar casi todo lo que en realidad andaba.

La gente empezó a suplicarme que nos entrásemos a la bocana del río. Este era otro tropiezo peor, porque desde la Punta de Manglares se venía acordillada una carrera de bajos de arena en que las olas rompían a tres cuellos, y la bocana del río estaba a la parte de adentro. Yo haciéndome la cuenta que aquellos rompientes podrían volcar la lancha, dije que no, y como yo llevaba el gobierno, orcé por fuera con ánimo de ir bello venteando, hasta ver si podría montar el cabo. Ellos como son gente que jamás, como navegan con canoas, nunca anochecen en el mar, todo era rogarme que entráramos adentro. Yo por otra parte veía que aquellos ballenatos con la bulla que llevaban podían acercarse, y de un arrempujón que diesen a la lancha, eran capaces de echarnos a rodar, o que nos llenasen de agua, me hallé bastante temeroso y perplejo sobre lo que haría. Y la gente que al mismo tiempo decían: Si nos hubiéramos ido por dentro de los esteros, íbamos seguros sin estos peligros en que ahora nos hallamos, dándome a mí la culpa por haber tomado la bordada mar afuera.

Por fin yo determiné ya darles gusto e irme a entrar a la bocana del río. Vuelvo a virar para tierra, y antes de llegar a la barra de unos cincuenta pasos, veo que los rompientes se levantaban más de seis varas, y a voz en grito díjeles a todos:Yo aquí no entro; más vale irme belloventeando toda la noche mar afuera que irnos a anegarnos en estos rompientes. Al mismo tiempo ya hube virado para fuera. La gente que se ponen todos a llorar, y a rogarme que no. Yo les dije: Yo temo más a la salida que a la entrada, porque ¿cómo será después posible salir por estos rompientes? Ellos dijeron que saldría­mos de madrugada a marea llena, y que entonces no había rompientes. Ellos decían verdad, pero como yo no lo había visto, recelaba yo que si entraba, después no podría salir. Yo les dije: Por fin, yo sé nadar, yo no me tengo de anegar. Vamos allá. Volví a virar para tierra, y previniéndolos que al entrar en los rompientes jugasen con fuerza los remos, me fui a entrar por donde me pareció menos peligroso.

El primer rompiente nos metió bastante agua dentro, y la fuerza que llevó la risaga de su espuma nos subió sobre el otro, de suerte que cuando desabrochó su furia, nos tenía encima, y así no nos metió agua, y con su fuerza nos llevó adentro, tanto que cuando reventó el tercero, vino a pegar de lleno su furia a la popa de la lancha. Yo que estaba en el gobierno, y veo levantarse la ola más de cuatro varas junto a mi espalda para romper, dije: Ea, Virgen Santísima, esa es la mía. Me agaché con la mano del timón en mi mano, y del golpe que dio a la popa el agua, nos arrempujó más de quince varas.

Ya que estuvimos adentro, fuera de peligro y en calma, se quitaron las velas, porque ningún viento soplaba, y a remo nos fuimos volteando por la playa para ir a buscar la bocana del río. Ya había cerrado la noche del todo, y nos sirvió de guía un ranchito de pescadores que había en la playa. Ya que llegamos a la bocana, nos arrimamos, y en lo interim que la gente ataba la lancha, salté a la playa y me fui al ranchito. Llego y veo un bulto. Meto la mano, y hallo que es un cajón lleno sin tapa, y lleno de cosa dura. Voy a suspenderlo de un lado, y apenas lo pude levantar. Llamé a don Francisco, y venido, dígole: Don Francisco, saque usted luego candela a ver qué hay en este cajón. Él pesa mucho: aquí hay plata u oro, o fierro. El chapetón mete la mano a tentarlo y me dice: Padre, que no sea algún muerto. Dióme tanta risa la respuesta que llegué a llorar de tanta carcajada sin poderme contener en largo rato.

Se sacó candela y se encendió una vela, y hubo de ser un cajón de brea fina de la otra costa, que con algún barco que se perdió vino rodando, y el mar lo sacó a la playa, y algunos pescadores lo pusieron allí aguardando ocasión de podérselo llevar. Ello yo lo hice cargar en mi lancha y lo regalé al Teniente de Tumaco. Ya que vino la marea llena de la madrugada, volvimos a partir y salimos bien de la barra. Nos entró a punta de día un viento en popa fresquecito, y en breve montamos Punta de Manglares. Yo saqué una sábana de tocuyo, y añadí tercera vela a la popa con el palo de la lanza. A la punta del puerto de Tumaco hay un pedazo de manglar, y yo por apresurar la llegada me vine por el viudo, que es un escollo que hay entre la playa de Tumaco y otro islote mediano. Yo viendo que ya estábamos cerca, mandé quitar la sobrecama del trinquete, y como el viento al abrigo de la tierra se había ya templado, advertí que el timón no gobernaba y entonces reparé que con vela en medio y a la popa, sin vela a la proa con viento templado no gobierna el timón ni gobernará a no ser fuerte el viento, y si quitas la mayor, gobernará menos; pero si quitas la de popa y queda la mayor, entonces por poco que sea el viento, gobernará el timón. Esta es una regla que talvez muchos marineros no la sabrán, y yo la he visto práctica.

Cerca de las diez del día llegamos a Tumaco. Ni el Padre cura ni el Teniente me hablaron del preso, ni yo tampoco dije nada, sino que al llegar despaché un propio con una canoíta para la mina de don Francisco Calderón para que me mandase una canoa al arrastradero, y el otro día que se iban unos mestizos a fabricar canoas, alquilé a tres para que viniesen conmigo hasta el arrastradero. Ellos convinieron, y cuando salimos de Tumaco, ya eran las once del día. Estaba la marea llena, y en menos de una hora con buen viento que hacía, llegué a Usmal. La demás gente venía en tres canoítas medianas, y con dos pañuelos armaban ellos su vela. Mis tres fletados se saltaron a tierra, y sólo quedó en la lancha la mujer del uno. Allá armaron ellos bebezón en una casa. Yo por más prisa que les daba a partir, querían ellos persuadirme que ya la marea estaba muy baja y que no podrían pasar, y ya que el viento estaba malo, y todo era que como allí había guarapo qué beber, ellos se querían quedar aquella noche. Por fin les dije: Si ustedes no vienen, yo me voy. Y con decir y hacer todo fue uno.

El marido que ve que yo echo las velas y me suelto de tierra, y que ya la lancha había partido y que me llevaba a su mujer, aprieta a correr a detener por una canoa a la lancha. Él la pudo detener, pero no pudo sacar de la lancha a su mujer, porque ella no quiso salir, diciéndole que con la lancha iba segura y con la canoa no. Él se hubo de embarcar. En media hora llegué a la boca del río, pero como entonces vaciaba la marea, nos hubimos de parar cuatro horas, hasta que se mudó para poder navegar río arriba. Llegamos a la bocana de la quebradita y de la otra parte del río hay una casa de unos indios. Sería la media noche cuando llegamos allí. Yo me subí a la casa y tenía un montón de tasajo de jabalíes que habría veinte quintales. Nosotros no habíamos cenado, porque no pudimos saltar a tierra por la marea que había inundado todos los manglares. Allí vi candela en el fogón. Los indios a lo que me vieron todos hacían el dormido. Yo le dije a la mujer: Sople usted la candela. Y al mismo tiempo agarro un pernil de tasajo y lo pongo a asar. Allí tenían ellos buenos plátanos y nos pusimos todos a asar plátanos y a comer tasajo y plátano. Luego que vieron que yo empezaba a asar el pernil, a todos se les acabó el sueño.

Levantóse un indio viejo y se vino a mí y me dijo: Padre, este tasajo lo habemos de llevar a Barbacoas, no lo podemos comer. Vaya, indio, le dije yo, ¿cuánto vale este pernil? Él dijo:Cuatro reales. Pues mira, yo ahora te daré seis. Don Francisco, díjele yo a mi chapetón, saque usted un peso duro, y déselo a ese indio. Dióselo. Y el indio no lo quiso recibir, diciéndome:Padre, toma cuanto tasajo quisieres; yo pensaba que contigo venía mucha gente y querías darles a todos de comer. Luego se levantaron los otros y yo sentía que decían: Este es el Padre misionero. Ellos todos vinieron a besarme las manos y una india mocetona me regaló una cabeza de negro de una palma. Los corozos estaban tiernos, y ya que hubimos cenado bien, nos comimos casi toda aquella fruta, y ésta fue la primera vez que yo comí de esta fruta, y es muy buena y fresca.

Ya que vino la mañana dejé encargada la lancha al indio casero, y con una canoa que él me prestó nos subimos por la quebrada al arrastradero, y el mestizo y mi chapetón pasaron mis trastes al caño del dique, y el mestizo se volvió con la canoa a volverla a los indios. El otro día volvió mi propio y dijo que ya venía una canoa con un negro y una negra para llevarme. En lo interim con un machete puesto de garabato a una barca se cogió un racimo de guinul y comí de él más de dos libras. Su sabor algo se parece al chontaduro. Estaba la fruta muy madura, y en una olla de cobre que yo llevaba exprimí con agua más de cuatro libras de guinul, y me salió un masato muy rico. Allí en el desembarcadero había una canoa bastante para irme y viendo que la que por mí venía se tardaba, metimos en ésta mis trastes y la fuimos a encontrar. Apenas llegamos al dique encontramos la canoa que me mandaba don Francisco Calderón. Pasamos a ella mis trastes y mi propio se volvió con la canoa, y nosotros tomamos la madre del río Gualí para Barbacoas.

Ya era tarde y nos quedamos a hacer noche en casa de unos mulatos libres que se habían rescatado. Muchos de los esclavos allí se pudieran rescatar con facilidad, y no lo hacen, porque dicen: Mi amo me dará de comer toda la vida, y si enfermo, me hará curar. Si yo me rescato también habré de trabajar toda la vida para comer, y así no me quiero rescatar. Ellos abrazan la esclavitud desde que nacen, y así no sienten cuánto pesa esta cadena. Estos que se rescatan lo pasan muy bien, porque río abajo siembran buenos platanares y buenos cañaverales de caña dulce, y con sólo esto ya tienen para mantenerse; porque los señores de las minas tienen pocos plátanos y el que tiene más, no le alcanza para sus negros y cada mes han de comprar a estos negros y mulatos libres una o dos canoas de plátanos, que le vendrán a costar cincuenta o sesenta pesos, y con esta plata se surten ellos de carne y cuanto han menester.

La caña dulce allí como es clima tan caliente y húmedo, cada cuatro meses da corte. Sacan muchas botijas de guarapo; de una parte sacan aguardiente, y lo demás en guarapo. Lo llevan todo a Barbacoas, y allá tienen varias pulperías en que se vende luego; porque a más de ser toda la gente de Barbacoas blancos y negros muy dados a la bebezón, tienen el desagüe de los indios cargueros que diariamente entran de la provincia de los Pastos todo el año con víveres, y éstos como en la provincia no hay guarapo, al llegar a Barbacoas la plata que ganaron del flete se la beben. Yo el otro día de haber llegado a Barbacoas, como llevo relatado, fui a ver a Don Juan del Castillo, y allí bajo de su casa que hay una pulpería de guarapo y aguardiente, encontré ya a mi sacristán y su mujer con los otros todos borrachos, y después lo conté al Padre cura, el cual me dijo: Padre, éstos no se irán hasta que hayan acabado toda la plata. Y después lo vi por la experiencia, que por aquellas pulperías se componían sentados unos apostolados de indios e indias borrachos todos, y yo lo que más admiraba que a los chiquillos y niñas de siete y ocho años les daban también mates llenos de guarapo y vasos de aguardiente, y los emborrachaban como sus padres, y hasta que se acababa la plata ninguno salía ni sale jamás de Barbacoas. Y lo más gustoso es que cuando están bien borrachos arman unas grescas y peleas que es cosa de gusto, porque el modo que tienen de pelear no es a puñetes, ni a golpes, sino a tirones de cabello, agarrándose entre sí de la melena, y como siempre la llevan suelta, todo se enmaraña.

A poco de haber llegado nosotros a casa de estos mulatos, llegó una canoa con dos zambos y un mestizo y traían a una Virgen de Barbacoas a pedir limosna. Fue el caso que el cura había salido con esta Señora a dar la vuelta por las minas, pidiendo limosna, y habiendo ya concluído, la despaché con estos tres por estas casas de negros y mulatos a acabar de concluir la vuelta. Éstos me dieron noticia que aquellos días había estado en Barbacoas el señor Gobernador de Popayán con su mujer, que había venido a visita de minas. Este es un latrocinio de los mayores que se puedan cometer, porque el Gobernador de Popayán, cuando le da la gana cada año o año y medio, a título de visitar las minas, se viene a Barbacoas, se está en la ciudad ocho días, hasta que se acaban los convites que le hacen, y después que llega, todos los señores mineros han de concurrir a su casa a la tarde y a la noche a jugar. El primer día saca el Gobernador diez pesos para cada uno, y se los da para que juegue, y cuando se va, cada cual por estos diez pesos le ha de volver cuarenta pesos. Allí el tiempo que está suscita todos los pleitos que ha habido desde la última visita a esta parte, y aquí es que mete la cuchilla en las montas, y aquí es que coge los regalos de las panes interesadas a contraposición a gratificarlo para tenerlo grato y favorable. Contóme don Francisco Calderón que cuando compró a la ciudad el solar en que fabricó su casa, pegado a su casa fabricó abajo una tiendecita para pulpería. Así la hubo corriente alquilada algunos años. Al cabo de ellos vino un Gobernador a visita de minas y púsole pleito a la tienda el marido de doña Angela. Lo requirió el Gobernador, pero él presentó el papel de la compra hecha del solar a la ciudad, en vista de cuyos papeles, lo rectificó en la posesión. Va la otra parte y dícele al Gobernador: Por los papeles de Calderón a mí presentados consta que el solar está bien comprado, y es suyo, y así yo lo he ratificado en el posesorio; si usted tenía algún derecho al solar, lo hubiera manifestado a la ciudad cuando lo compró Calderón. Y supuesto que la ciudad procedió en derecho cuando hizo la venta, usted, por no haber entonces manifestado el que dice que tenía, lo perdió para siempre si lo tema. Fuese con esta resolución a su casa, y dícele su mujer: Jerónimo, no seas tonto. ¿No sabes que los Gobernadores vienen a Barbacoas a buscar oro? Toma, toma esta media libra de oro, vuelve allá, y con ella vuélvele a pedir la tienda. Así lo hizo y vino ya con la gracia, y le quitaron a Calderón la tienda.

Ya pasados los días del convite, lo ha de llevar cada minero a su mina con gran ostentación y regalos, y allí es que ha de ostentar su bizarría en convite y hospedaje, y cuando se va, le da de la visita cuatro onzas de oro en polvo. Este pues, después que hubo sacado cuanto pudo, y más a su mujer de regalos de joyas y preseas que le presentaron las señoras de Barbacoas, para dejarlos a todos del todo pelados, estableció allí un gobierno militar de coronel, teniente, capitanes, alféreces sargentos y cabos de escuadra en que entró a todos los que tenían minas. Al coronel lo prorrateó en doscientos pesos; a los capitanes a ciento, ya todos los demás a cincuenta, y todos hubieron de largar la plata. El pobre de don Benito se resistió al puesto de sargento que se le había señalado, y se retrujo a la iglesia. El Gobernador pasó un recaudo al Padre cura para que lo fuera a sacar del sagrado, el cual respondió que supuesto que estaba en su jurisdicción don Benito, que no lo podía sacar, antes protegerlo cuanto pudiese. El Gobernador se airó con la respuesta, y mandó cercar el sagrado de guardas, diciendo que a pura fuerza lo había de sacar por rebelde. Esta respuesta del Gobernador, comunicada a don Benito, lo puso en mil temores, porque aprehendió que el Gobernador habría sabido que él era uno de los levantados, y se valió de algunos amigos, y una noche escapó de la iglesia y se fue río abajo para Maguí, y ya después que se fue el Gobernador decía con gracia: No le bastaba a este gran ladrón haber quitado el pellejo a los señores de Barbacoas y las joyas a las señoras que a mi, que soy un pobre, me quería quitar también la carne. Cincuenta pesos me pedía, cuando yo no tengo doce para comprar un tercio de tasajo para comer. El Gobernador por fin se salió para la provincia a acabar de hartar su codicia, haciendo mil extorsiones a indios y blancos.

Esta pues noche se congregaron en casa de estos mulatos para velar a la Virgen, una partida de familias comarcanas de indios, mestizos, negros y mulatos, y después de haber cenado, empezaron la función con baile. Allá tienen para sus funciones un instrumento que llaman marimba. Este se compone de cañutos de guadua colgados en línea, y tajados de mayor a menor, y con la misma proporción en lo largo. Éstos se atraviesan de un volantín cerca de la boca, y sobre todas las bocas hay una tablita delgada que casi las cubre a todas, medio dedo levantada de su boca. Con unas masas de caucho, a modo de las masas de un tambor, se pica sobre de esta tablita, y cada cual a su picada da un ronquido, según su estatura, como los cañutos de un órgano. Es un ronquido suave y se oye de más de media legua lejos. Y en sabiéndolo tocar remudando en proporción y compás, el sonido de los cañutos compone un órgano imperfecto, pero muy suave, porque no tiene sino veinticinco cañutos.

Al tono de este instrumento bailaron hasta pasada la media noche. Hacían a ratos sus pausas, y sacaban guarapo y bebían todos. Y ya cansados de bailar empezaron con juegos de manos y diversas cantiñas ridículas, que yo no pude coger el sueño en toda la noche. Ya que empezaba a madrugar el día, se pusieron a dormir, y yo también cogí el sueño, y cuando desperté, ya pasaban las ocho. Yo me levanté y desperté a mi chapetón y los negros, y nos fuimos río arriba, y nos fuimos a comer a la mina de la viuda de Ortiz, y a la tarde llegamos a la mina de don Francisco Calderón, que ya me estaba aguardando. Y el otro día a las tres llegué a Barbacoas.



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