(continuación capítulo V)
Andando pues este francés paseándose por la playa del puerto
trazando sus proyectos, casualmente entre aquellas piedrecitas que
suelen sacar a las playas las olas, hubo de encontrar una margarita
que habría sacado el mar, un poco más grande que el huevo de una
paloma; pero estaba la mitad quemada, que a lo que se deja
discurrir algún rayo cayó en ella y la quemó. Con el hallazgo se
fervorizó más el francés, y volviéndose a Tumaco mandó fabricar un
cajón de tablazón de cedro, y le puso cuatro vidrios uno a cada
lado en que estaban cuatro ventanas, todo bien galafateado y
embetunado para que resistiese el agua, y bajo de cada vidrio una
pala como las de horno con sus maniguetas de lona embetunadas,
dentro y fuera, para que dentro del cajón se pudiera libremente
jugar. A la parte superior del cajón había otra ventana, y en ella
claveteó una manga también de lona embetunada, para que tomase la
ventilación y respiración el que estuviese dentro. Mandó fabricar
dos piedras para bajo del cajón, con cuyo peso bajase al fondo del
mar. Lo armó con aparejos reales para meterlo y sacarlo. Ya
compuesta la máquina, marchó con sus negros y otra gente para La
Gorgona, haciéndose la cuenta que puestos cuatro negros dentro del
cajón, por las lunas de los espejos habían de ver las conchas nadar
sobre la arena del fondo, y con las palas las podían coger y
meterlas dentro de algún canasto que les bajase, y que así era
segura la pesca y sin ningún riesgo de los que estaban adentro del
cajón, porque por la manga de arriba podían sin fastidio respirar.
Pero puesto ya todo a punto, no hubo negro ninguno que quisiese
bajarse dentro del cajón al fondo a pescar perlas, aunque les
ofreció darles la libertad. Yo para mi digo que fue sobrada
cobardía, porque con esta máquina no había riesgo alguno. Y hubiera
sido más acertada, si en lugar de la manga superior, se hubiera
hecho un cañón de dos medias cañas de cedro de vara y media de
ancho o dos varas y las medias cañas juntas y argolladas con cercos
de fierro con su escalera de cuerda para entrar y
salir.
Ya que vino el Año Nuevo me bajé al río Maguí, y lo primero me
fui a la mina de la tía de don Domingo Cabezas, que entonces estaba
allí, y con ella estaba su pariente el mercedario. Aquí hay que
advertir que aunque en todo el Perú se come sobradamente picante,
pero en Barbacoas es con sobrado exceso; y aunque desde el
principio siempre advertí en todas las minas que se templase en
esto lo que yo había de comer, con todo, al llegar a la mina de
esta doña Clara, se me encendió de ello de manera la sangre, que
estuve catorce días sin comer más que frutas. En esta mina estuve
ocho días, y en uno de ellos a la señora le dio un arrebato con el
aguardiente, que pensé que se moría. Ya que convaleció mandó una
tarde a sus negros que cateasen oro para darme la limosna, y no
sacaron más de doce pesos y cuatro reales, y en plata me los dio,
porque estimó más el oro que la plata, por la conveniencia que en
ello tienen. Los negros dieron también su limosna, y habiendo ya
concluído, me pasé a la mina de la difunta madre de los
Quiñones.
Don Pablo estaba en Barbacoas, y me hube de componer con el
negro caporal. Allí estuve también ocho días, y los negros dieron
su limosnita. Aquí yo no pedí nada al caporal, ya por hacer cuenta
que él talvez no tendría orden de don Pablo para darme nada, y
mayormente haciéndome la cuenta que esta era la mina que me había
prometido don Juan, su hermano, en que se habían de juntar los
negros de los Quiñones, y habían de echar un corte de ocho días a
beneficio de la misión. De aquí pasé enfrente de la otra parte del
río que hay dos minas, y son la una de un chapetón llamado don
Benito, casado con una mestiza barbacoeña, y la otra es de una
mestiza llamada doña Beatriz de la Cruel. Don Benito fue levantado
en un barco pirata que hizo varias presas por aquellas costas,
hasta que lo cogieron, y él con otros tuvieron modo y se escaparon,
y de ellos a varios los cogieron después de tiempo y los ahorcaron,
y este don Benito vive en este río Maguí medio oculto, temeroso, y
sólo va a Barbacoas a aperarse de víveres. La doña Beatriz fue moza
volantona que anduvo algún tiempo perdida por Quito, hasta que
engañó a un quiteño con quien se casó y lo trujo a su mina de
Maguí. Las dos minas tienen pocos esclavos y unos mestizos que las
trabajan, y en las dos, cuyas casas están juntas, estuve ocho días.
Todos dieron su limosna, y los dueños dieron cada cual su doblón de
a cuatro.
Ya el último día tuve noticia que bajaba para su mina don Pablo
Quiñones, y habiendo partido río arriba, me encontré con él en el
embarcadero, que le acababan de arrastrar la canoa desde el dique
del río Gualí a Maguí, que será un pedazo de unos quinientos pasos
de monte que dista un río de otro. Con esto dejé mi canoa y me
embarqué con él y nos fuimos a su mina, que está un par de leguas
río arriba del embarcadero. En su mina estuve ocho días, y aquí fue
que él me dio noticia que cosa de una legua más río arriba tenía
otra mina muy buena, y que ya había hecho allí su casa, y que hacía
cuenta de mandarla cavar con los esclavos que le tocasen en el
repartimiento de los bienes de su madre, que ya presto se harían
las partes, y ésta es la sola mina que tiene agua perenne.
Yo le pregunté si más arriba había más minas, y él me respondió
que sólo una que estaba pegada con esta suya, y que era de unos
mestizos, y sobre la otra suya no había otra descubierta. Yo,
acabados los ocho días, recogí la limosna que dieron los negros, y
a él le dije: La limosna de usted se recogerá con la de su hermano,
el cual me dijo que juntarían ustedes de sus minas algunos esclavos
en la mina de su madre, y que echarían un corte de ocho días a
beneficio de la misión. Él respondió: Yo pasaré por lo que hiciese
en este panicular mi hermano don Juan. Y con ello me mandó llevar a
la mina de estos mestizos, que eran dos hermanos casados, y con
unos pocos esclavos que tenían trabajaban juntos la mina. Ellos
tenían la casa lo más bien adornada de cuantas vi en toda la
provincia de Barbacoas, y lo que más me llevó la atención fue la
sillería que tenían que era de balso.
El balso ya tengo dicho que es un árbol muy ligero con la
corteza dura, y lo interior fofo a modo del palo que da la pita.
Córtase pues un pedazo de vara y media, y éste se corta la mitad a
las tres cuartas, y de un lado se raja hasta la mitad, y de la
mitad que queda se le saca lo fofo, y queda hecha una silla con su
espaldar todo de una pieza. A la parte de abajo se le sacan unos
arqueados en cruz, y quedan los cuatro pies, y por bajo del asiento
le sacan cosa de un palmo de lo fofo, y entonces queda la silla
perfecta y muy ligera. A mí la invención me pareció muy bien.
Delante de la mina, de la otra parte del río, tenían unas palmas de
chontaduros con la fruta madura, y me trujeron todos los días,
porque yo era muy devoto de esta fruta. La palma chontaduro, como
ya tengo dicho Tomo Primero, capítulo III, cría su tronco lleno de
espinas, y aquí vi una de las que no las crían, y me explicaron el
secreto que noto en el citado capítulo. Yo estuve ocho días, y
recogí la limosna de los esclavos, y los dueños también dieron los
dos doce pesos.
Estando en esta mina me mandó el cura una carta en que me pedía
por favor que me previniese para predicarle el sermón de Ceniza, y
que si quería predicar el de San Francisco de Paula que me
previniese también. Esta es una fiesta que hacen al santo los
negros y mulatos, y para ello eligen cada año uno de general. Todos
contribuyen para el gasto a dos reales cada uno, y el que es
general paga todo lo demás, como relataré a su tiempo. Yo le
respondí que predicaría uno y otro. Con esto me partí para el río
Gualí, y me fui subiendo por las minas a Barbacoas, y lo primero
fui a la mina de don Ventura del Castillo. Era éste un sujeto que
ni tenía palabra mala ni obra buena. El corista agustiniano lo
llamaba: El temporal y eterno. Y le cuadraba bien. Él había sido
jesuita expulso, y siempre hacía rostro de cuaresma. Llegué a su
mina, y en lugar de ir a predicar algo a los negros, él me empezó a
predicar a mí. Él tenía una palma de cocos tiernos y yo un día le
dije a un hijo suyo que subiese y que me bajase un par para comer,
y respondió don Ventura: La palma es de las almas del Purgatorio, y
le bajarán ocho cocos, y les dirá una misa, y así se hizo. Yo no
estuve sino cuatro días, y ni él dio limosna, ni permitió que nadie
de su mina la diera tampoco, aunque un hijo suyo me dio un doblón y
algunos reales que ocultamente dieron algunos
negros.
De aquí pasé a la mina de don José Piñeiro, gallego y casado con
una hermana de los Quiñones, y en ella estuve ocho días. Don José
dio doce pesos, y los negros y mulatos también dieron su limosna.
Éste me contó que en Galicia, cerca del pueblo donde se crió, hay
una piedra grande labrada de color de oro, y que nunca ni la han
podido romper ni arrancar tampoco, aunque han varios porfiado en
ello. No muy lejos de esta piedra hay una cueva, y dentro de ella
una señora engalanada, sentada, con un peine de marfil en la mano
peinándose la madeja, y que al acercarse alguien a la boca de la
cueva, lo mira la señora y le dice: ¡Ah!, que no eres tú, y ahora
me has doblado el encantamiento.
Y diciendo esto se
desaparece, y al mismo tiempo desaparece aquella piedra, y al cabo
de veinticuatro horas se vuelven a aparecer cada cual en su
lugar.
Contando yo este caso en Barbacoas a don Pablo
Quiñones, que vive en la misma casa de Piñeiro, porque
es de su mujer, que es hermana de don Pablo, contó ella este otro
caso: Siendo yo ya moza fui con mis padres a Iscuandé, que es una
provincia pegada con la de Barbacoas, y yendo a la tarde navegando
con una canoa río arriba, vimos venir por el aire casi fregando con
el agua unas andas de sepultar muertos, con un difundo dentro
amortajado, y en cada ángulo de las andas una vela encendida, que
se venían solas, sin que nadie lo llevase por medio del río, río
abajo, y nos pasó cosa de diez varas junto a la canoa. Es el caso
que este difunto tenía más abajo una mina de oro muy pingüe en
donde de una vez encontró bastantes quintales de oro, y lo cogió y
lo fue a enterrar río arriba. A poco tiempo murió sin declarar en
dónde tenía enterrado su oro, y desde que lo enterraron se
desapareció todo el oro de su mina, y cada día a estas horas sale
del monte este féretro con el difunto, con las cuatro velas
encendidas, y se va a la mina, y al llegar al corte, se quita la
mortaja de la cara y mira un poco, y da un suspiro, se vuelve a
cubrir, y se vuelve río arriba y se entra en el mismo puesto del
monte de donde cada día sale. Y se piensa que allí enterraría él su
oro. Varios han ido a entrar por el mismo puesto, y se han puesto a
espiar a dónde se mete, y ni lo han podido ver, ni jamás se ha
encontrado rastro alguno. Esto es cosa cierta, y apenas hay nadie
en el pueblo de Iscuandé que no haya visto, porque es cosa de todos
los días.
De esta mina pasé a la de don Salvador Ortiz, y en ella
estuve ocho días. El dueño de la mina estaba algo atrasado, y
no dio limosna alguna, y sólo recogí lo que dieron los negros y
mulatos. De aquí pasé a la mina de la viuda del Teniente pasado, y
la viuda me detuvo quince días con el pretexto de hacer un
quincenario de misas a su difunto marido. Un día vimos venir una
canoa, le preguntamos qué traía, y hubo de traer cacao de
Esmeraldas. Todo se lo compramos, que traía cuatro quintales. El
Padre cura cuando me escribió la carta me encargaba que si hallaba
cacao que se lo comprase a cualquier precio, porque en Barbacoas no
se hallaba un grano, y había corrido a ocho pesos la arroba. Yo con
todo mi empeño hube de conseguir un par de arrobas, porque la viuda
y dos otras señoras que allí estaban de visita lo querían todo, y
lo compramos a cuatro pesos la arroba. Yo se lo remití al cura, que
lo estimó mucho; y aunque yo se lo mandé regalado, no hubo forma, y
de pura fuerza me lo pagó en Barbacoas. La viuda me pagó las misas,
y me dijo que en Barbacoas me daría la limosna de la misión, aunque
a lo último no dio nada, y así sólo recogí lo que dieron los negros
y mulatos.
De esta mina pasé a la de don Francisco Calderón, y en ella
estuve ocho días. Don Francisco dio seis pesos y sus negros también
dieron su limosnita. Cerca de esta mina desemboca el río Gualí, el
río Güepí, y en la misma bocana a la parte de arriba está aquella
pingüe mina encantada que se huye el oro de que tengo hablado. Yo
me subí por este río Güepí, y me fui a la mina de don Juan
Quiñones, que allí estaba con doña Casilda y toda la familia, y
entregué a la señora todo el dinero que había agregado río abajo.
En esta mina estuve ocho días, y aquí vi purificar el oro y sacarlo
del canalón en este forma:
Ya que se acaba de sacar del canalón el cascajo menudo, y sólo se
queda la arenilla blanca, la marmajita y el oro, se minue el chorro
del agua, y palanqueteando con los almocafres por ello, poco a poco
se va más azolando el oro, y se lleva el agua la arenilla blanca, y
ya que se queda sola la marmajita con el oro, quitan del todo el
chorro del agua, y entonces refregando con las manos para como
quien lo va amontonando, le tira otro de golpe bateadas de agua, a
cuyo golpe hace saltar el oro en polvo que está metido dentro de
los hoyitos del plan del canalón, y en esta forma lo amontona todo
junto, marmajita y oro, y lo ponen en artesas grandes en donde
quepa hasta que no queda nada en el canalón.
Para depurarlo se llena una canoa de agua, y alrededor se sienta
la gente, negros y mulatos, cada cual con su batea. El caporal a
cada uno le echa una cucharada de la artesa, y el negro como quien
arnea trigo, con un poco de agua que mete en la batea, va poca a
poco haciendo azolar el oro, y saca con la misma agua con los
reveses que da, parte de la marmajita, y si ve alguna nigüita de
oro, la recoge, y así poco a poco va sacando toda la marmaja hasta
que queda sólo el oro. Y aunque siempre quedan algunos granitos de
marmaja, con todo así lo recoge el caporal, y lo va juntando en un
perolito, volviéndoles a dar cada vez otra cucharada, hasta que así
lo depuran todo. Si no es cosa mayor, para sacarle el poco de la
marmajita que le quedó, toman el oro dentro de un pico de papel y
poco a poco lo dejan caer en otro, soplándolo con la boca en lo
interim, y con ello se acaba de ir soplándolo dos o tres veces. Mas
en siendo cantidad grande, búscanse unas frutas que allí se dan por
el monte, que son unos meloncitos del tamaño de un limón, llenos de
una baba viscosa, y meten dentro del perolito cantidad de ella, y
esta baba apega a sí toda la marmaja y después se lava con agua y
queda del todo limpio.
Mas es menester que al tiempo que los negros depuran el oro haya
uno que de continuo los esté mirando, porque entonces es el tiempo
en que suelen ellos hurtar de muchos modos, porque si ven algún
granito algo grandecito, o alguna puntita o pepita tamañita, al
descuido se la meten en la boca, y se la tragan, y después la van a
buscar en su excremento. Otros pónense dentro de la mano pedacitos
de greda, y al descuido la aplican a oro que lavan y lo dejan caer
a sus pies, y después los van a buscar, y como a la greda se le
pegó el oro, entonces lo recogen ellos y de otros muchos modos que
ellos buscan. Mas a la tarde, cuando se deja el trabajo meten agua
en las artesas para que se ponga todo un cuerno lo que en ello hay
de oro y marmaja; trastornan después el agua, y sobre de la marmaja
forman algunos caracteres, y así allí lo dejan y lo guarda uno de
noche, y como ellos no saben imitar aquellos caracteres, no pueden
ir de noche a hurtar nada de las artesas, porque ya saben que si el
amo por la mañana no halla los caracteres que escribió, todos lo
pagarán a puro azote duro, duro.
Allí me enseñó don Juan las señas de ser fecunda de oro una
mina, y son: tener muchas manchitas, y que al acabarse unas, nazcan
o se descubran otras; que tenga la mina algún cascajo grande; que
tenga el oro muy menudo, y que la peña de abajo tenga en el plan
sus entradas a modo de canales, y en estas canales es en donde más
abunda el oro en polvo muy fino y alto de quilate. Vi en varias
minas algunas piedras todas tachonadas de lentejuelitas de oro,
ellas muy más pesadas de lo natural, y si se echan a la candela se
les penetra el fuego como a un metal. Ye pregunté si tenían oro o
no, y varios me respondieron que según sus pintas y su peso que
parecía que tendrían oro; pero allí no se le saben sacar. Ellas van
por allí rodando por las minas, y nadie hace caso de ellas. Yo
cuando después vi el modo como lo sacan en los minerales de veta
moliéndolo y con azogue, dije: Cualquiera que en Barbacoas moliera
estas piedras, con azogue después les sacaría mucho oro.
Hay unas minas que llaman de tope, y son cuando se descubren en
el corte que se trabaja algunas pocas manchas de oro, pero éstas
grandes y muy cargadas de oro que es cosa de sacar en cada batea de
tierra media libra o más de oro. Y estos manchones suelen tener
cuatro o cinco varas de largo, que en sólo un manchón de estos se
saca el oro por arrobas. Mas en el resto del corte es el oro algo
escaso. A veces al acabarse uno de estos manchones ya se descubre
otro semejante, y tal cual vez suelen hallarse algunos granos de
oro de a dos y tres libras también, y aun de mayores, como me contó
este don Juan Quiñones, que en tiempo de su padre se hubo de
encontrar en el corte de la mina una piedra muy grande. Se pasó
adelante el corte, y esta piedra se quedó allí donde estaba, porque
el caballero se hizo la cuenta que para apartarla era menester
aplicar toda la cuadrilla, y se perdían en ella dos o tres días de
trabajo, y por no perderlo, la dejó estar donde estaba.
Había entonces en la mina algunos negros bosales que poco había
que se habían comprado de Panamá. Uno pues de ellos un día de
fiesta se fue a buscar su oro como es allá costumbre, y hubo de ir
a excavar con la punta de un almocrafre abajo de aquella gran
piedra y encontró en el día una cuarta de oro bien granado. A la
noche suelen los negros llevar al amo el oro que han encontrado el
día de fiesta, para que se lo trueque en plata, para que si va
alguno a la ciudad les compre lo que necesitan. Ya pues que vino la
noche fue este negro al amo con su oro y le dijo: Mi amo, tocá oro.
Miró el amo aquel oro tan granado, y le dijo: Negro, ¿dónde
hallaste este oro? El negro le respondió: Mi amo: Peda gande.
¿Dónde es peda gande? El negro, como era bosal, se explicaba como
podía, y volvió a repetir:Quote peda gande. Quería decir que
bajo aquella piedra grande que había dejado en el corte de la mina.
El amo, como no lo entendía le dijo: Mañana me enseñarás peda
gande. Ya que vino el día, va el amo al corte y llama al negro: Ea,
ven acá, dime dónde es peda gande. El negro, señalándole aquella
gran piedra, le dijo: Mi amo, esta peda gande. Llamó entonces el
amo al caporal, y de un canto hácele sacar una batea de tierra
debajo de aquella piedra. Catéala el caporal, y halla que pintaba
mucho oro y bien granado. Entonces mandó el amo aplicar toda la
gente y revolvieron la piedra, y en la tierra que tenía abajo se
sacaron catorce onzas de oro y además de esto se encontraron tres
granos. El uno tuvo tres libras y media, el segundo tuvo tres
libras y el otro cinco y media. Estos granos de oro no se hallan
muy continuamente, sino alguna vez, que ya me había contado don
Pablo su hermano que en su mina en años anteriores había encontrado
otros dos granos, el uno de a dos libras y el otro pasaba de
tres.
Un día me contó don Juan Quiñones el tiempo que estuve en su
mina, que un indio había tiempo que le prometía que le enseñaría El
Dorado. Es tradición que entre Barbacoas y Panamá hay un cerro que
lo llaman El Dorado, porque siendo mineral de oro de veta, abortó
con tanta fuerza allí el metal, que empezó a liquidarse y a
chorrear oro acendrado por todas partes, que la mayor parte de este
cerro lo fue tapando el oro derretido. Esta tradición que es de los
indios antiguos, en toda la provincia de Barbacoas se tiene por
verídica y constante. También es tradición que los indios que
estaban en Barbacoas en el tiempo de la conquista sacaban
muchísimo, y todavía se observan varios vestigios de los minerales
que trabajaban los antiguos; y los barbacoeños en las barrancas
donde hallan haber trabajado los antiguos, ya los aseguran por
buena mina y aun en lo mismo que ellos trabajaron se halla mucho
oro en polvo, de donde infieren que los indios antiguos sólo
recogían el oro granado en puntitas, granitos y lentejuelitas, y no
hacían caso del oro menudo. Yo he visto en Cajamarca de que hablaré
a su tiempo en el Cuarto Tomo, un pedazo de peña arrancada de uno
de estos minerales de veta, una lágrima de oro que entre otras
había lagrimado el mineral, él de mucho quilate y tendría una onza
la lágrima que me la mostró doña María Longa, que su marido que es
portugués y fue uno de los cabos que se huyeron del Gran Pará, y se
la trujo de Las Balsas, que es una provincia que confina con la de
Cajamarca, y en donde hay mucho comercio de oro en polvo y en masa,
que sacan de otra provincia más adentro en que hay muchos minerales
de oro de estos de veta.
De que así a veces lagrimeen estos minerales de veta, así de oro
como de plata, es cosa cierta y muy experimental en todo el Perú.
En la provincia de las Charcas, en El Potosí, cuatrocientas leguas
más allá de Lima, cerca del año 1771 en un mineral de plata se
halló una lágrima que había destilado el mineral, que pesó sobre
trescientos marcos, y cada marco cuenta seis onzas. El dueño la
mandó a Lima, y se regaló al Señor don Jaime Palmer, mallorquín,
que era mayordomo del señor Virrey, y el señor Amat (1), catalán,
que allí entonces estaba. Y así me parece que cuanto a que el
mineral sea tan fecundo que pueda abortar con la fecundidad del
metal, y tapar el cerro en donde tiene su origen, no me parece cosa
imposible. Si el azufre que abortan varios volcanes no lo consumía
el mismo fuego del volcán, ya los cerros donde están estos volcanes
estuvieran todos cubiertos de azufre, que continuamente están
lagrimeando a chorro abierto. En Sansenatica, dentro del golfo de
Venecia, hay una serranía que es una mina de azufre de cuarenta
leguas. Yo he estado allá, y allí el mineral es tan fecundo que
tiene toda la serranía cubierta de azufre, y allí se corta a
pedazos grandes de a más de quintal, como quien corta cantos de una
cantera.
Y volviendo al caso, dijo que su padre un día oyó la
conversación que tenía el indio con su hijo don Juan sobre El
Dorado, de donde sospechó el caballero que aquel indio podía saber
en qué parte caía este Dorado, y deseoso de oro, procuró a
congraciar al indio con regalitos, y ya que le tuvo la voluntad
ganada, se estrechó con él para que le enseñase El Dorado. El indio
le dijo: Mi amo, yo te lo enseñaré. De lejos lo verás, pero no
podrás llegar allá, porque está encantado de los antiguos. Con todo
porfió con el indio, hasta que se fue con tres negros y el indio
que los guiaba con una canoíta mediana, aperados de víveres para
quince días. Bajáronse por el río Gualí hasta el dique, y de allí
pasaron arrastrando la canoa a Maguí, y por este río se fueron tres
días hasta la cabecera en que ya era menester arrastrar la canoa
por la poca agua que allí tenía el río. El cuarto día dejaron la
madre del río y se fueron arrastrando la canoa por dentro de un
monte cosa de media legua, y toparon una quebrada medianita. Todo
esto está doblando de Maguí a la mano derecha. Por esta quebrada se
subieron quebrada arriba cosa de media legua, y de allí se dividía
en dos brazos, y tomaron el de la mano derecha, y por él subieron
cosa de otra media legua, y para pasar adelante volvieron a
arrastrar la canoa por el monte cosa de un cuarto de legua, y de
allí, de encima de una lomita descubrieron El Dorado, que es un
cerro que tendrá cosa de media legua de largo, siendo él de mediana
altura, no es muy piramidal, sino con una subida descansada y con
bastante llano en lo superior a lo que descubría la
vista.
Está de arriba hasta abajo todo lleno de chorreras de oro, y
como relucen tanto a la vista parece que está todo cubierto de oro,
no porque así sea en realidad, porque atendido de espacio, no son
más que chorros que han ido chorreando por varias bocas. Volvieron
a bajar de la lomita, y tomaron la quebrada de abajo y por ella
andando a poco rato ya toda la arena y cascajo de la quebrada, la
mayor parte era oro en polvo y pedazos de oro; pero cosa de un
cuarto de legua de quebrada arriba se conmovió tal tempestad de
relámpagos, truenos y rayos que todos se amedrentaron y
determinaron no pasar adelante, antes de revolver atrás a toda
prisa. Con todo el caballero cogió y cogieron los negros muchos
pedazos de oro de aquella quebrada; pero presto lo hubieron de
dejar, porque de aquellos mismos pedazos de oro y arenilla de oro
en polvo empezaron a salir humos verdes, y éstos reventaban en
rayos espantosos que los cruzaban por entre las manos y por delante
la vista, reventando en hedor pestífero, con que todos se quedaron
tan azorados que volvieron a lanzar todo el oro a la quebrada,
porque les parecía que les venía en alcance una gran vocería de
diablos que se venían corriendo ya por la quebrada, llevando ya
cerca el rumor de sus movimientos. Llegaron al puesto donde se
habían embarcado, y tomando la canoa la volvieron a arrastrar por
donde la habían traído, y al llegar a embarcarse en el brazo de la
otra quebrada abajo, hasta que les cerró del todo la noche, que ni
se acordaron de comer ni beber, y cerca de las nueve cesó la
tempestad, pero los bramidos que salían del cerro duraron hasta que
llegaron a la cabecera del río Maguí. Toda esta historia me contó
don Juan, así como su padre la contó cuando volvió a la
mina.
Ya que acabé en esta mina, recogí la limosna que dieron los
negros y me fui río arriba a una mina de una viuda llamada Elionor.
Ahí no estuve sino tres días, y subí a otra mina de otra viuda de
Iscuandé, llamada doña Beatriz. En una y otra recogí la limosna de
los negros, la doña Beatriz dio un peso, la Elionor no dio nada. Ya
estábamos en Carnestolendas, y yo me revolví a Barbacoas y al
entrar del río Güepí en el río Gualí antes de llegar a Barbacoas
que hay las dos minas, la una que es de doña Luisa Cabezas, madre
de doña Casilda y la de don Julián su hijo; pero yo pasé de largo y
no entré en ellas, porque ya conocí que nada había de dar. Delante
de Barbacoas está también la mina de don Bernardo del Castillo, y
tampoco no entré en ella por el mismo motivo.
Cosa de una legua antes de llegar a Barbacoas, en medio del río,
en la punta de un palo que se descubre que está clavado en el
fondo, hallé atada una culebra muerta, que tenía el cuerpo poco
menos que el cuerpo de un hombre. Yo pasé adelante, y el lunes
último de Carnestolendas llegué a Barbacoas. Al llegar se me vino
el Padre cura a darme con las gracias la plata del cacao, y de pura
fuerza la hube de admitir. El día de Ceniza prediqué el sermón, y a
la tarde volví a partir con don Francisco Ferrín, gallego, para su
mina que la tiene en el río Jalí que desemboca en Gualí cosa de
legua y media más arriba de Barbacoas. Este mozo hubo de estar un
poco de cajero con un español en Guayaquil, y el amo viendo su buen
porte le fió una tienda de mercancía, y con ella se vino a
Barbacoas. Había allí un chapetón casado con una quiteña, que tenía
esta mina de Jalí. La mujer la tenía en Quito, y él con una hija
suya llamada doña Manuela, moza ya, vivían en Barbacoas gobernando
la mina. Con esta moza doña Manuela casó este don Francisco Ferrín
y a poco tiempo murió el suegro, y él se quedó con
todo.
Él desde que llegué a Barbacoas me hizo muchísimo agasajo y me
regaló un frasco de vino chileno, el mejor que yo he probado en mi
vida.A este tiempo que yo estuve río abajo, no sé por qué
motivo un mal negro que tenía le descompuso la cuadrilla, y por fin
inquietó a otros, y se huyó con cuatro y dos negras. Luego se supo
que se habían remontado en el camino, y hacían mil vejaciones a los
indios cargueros y les hurtaban los víveres que llevaban para
Barbacoas. Un día se les resistió un indio que llevaba una carga de
tasajo, y este perro negro de una lanzada lo mató. Despachó la
ciudad gente a cogerlos, y este negro con otro se escapó, y
saliendo a la provincia de los Pastos, se supo que habíase ido a la
villa de Ibarra. Trujeron presos a los demás y los metieron a la
cárcel. Volvieron a despachar por estos dos, y en dicha villa
cogieron el uno y lo trujeron preso, y lo metieron también a la
cárcel, y el matador se les escapó, y a poco tiempo se volvió a
entrar al monte de Barbacoas, saliendo a hurtar al camino como
antes. Se despachó por él a toda prisa, porque mandó decir al amo
que en sabiendo que estuviese con la señora en la ciudad, vendría
una noche y por quemarlos vivos, pegaría fuego a la ciudad. Los que
fueron por él lo rodearon y aunque él con su lanza se defendió
bastante, por fin lo cogieron.
Pusiéronle unos grillos y así lo iban trayendo. El segundo día
se pararon a almorzar y haciéndose cuenta que el negro engrillonado
no se podía escapar, le dijeron que en lo interim se adelantase. El
negro al alejarse un poco de la gente, se derribó por una loma
monte adentro, y se quitó los grillos y se escapó. Cuando la
buscaron ya no lo hallaron y se vinieron a Barbacoas. El negro
aguardó la ocasión y hurtó una partida de tasajo a un indio
carguero, y por él mandó decir al amo que vendría a Barbacoas y que
le hurtaría a la señora que la gozaría y después la mataría y se la
comería asada, y que lo mismo haría después con él. Con este
recaudo estaba doña Manuela desatinada para que se mandase coger al
negro. Él se entró en Barbacoas de noche, y hurtando una canoíta se
subió a la mina del amo, y sin ser visto ni sentido se metió dentro
de un cañaveral de caña dulce, y allí se mantuvo algunos días con
el tasajo que había hurtado.
A este tiempo don Francisco se había subido a la mina y doña
Manuela se había quedado en Barbacoas con una criada que tenía, que
era la esposa de don Jacinto Portilla, aquel mestizo que según
llevo referido gobierna en el pueblo de Santa Clara de Mocoa. El
negro, que desde el cañaveral estaba observando y buscando la
ocasión, un día después de la hora de comer, pensando que el amo se
habría puesto a dormir la siesta, viendo que ya la cuadrilla se
había vuelto a trabajar al corte, salió y se subió a la casa y se
fue a la cama donde pensó que dormía el amo, y dióle tres lanzadas,
atravesando el toldo con la lanza, que si allí está el amo, lo mata
sin remedio. Su fortuna fue que en lugar de echarse a dormir la
siesta como acostumbraba, no tuvo sueño, y se levantó al instante,
y se había ido al corte a ver trabajar la gente. Ya a la tarde,
cuando volvió a la casa, halla el toldo lanzateado, y haciéndose la
cuenta que el negro que lo había hecho no podía estar muy lejos,
tomó una escopeta y armó de lanzas y machetes a su cuadrilla, y lo
primero hizo que rodeasen el cañaveral, porque pensó que allí podía
estar metido. Hallaron al negro dormido, y asegurándolo bien atado
al instante se lo bajó a Barbacoas y se metió bien aprisionado en
la cárcel donde estaban los demás compañeros.
A la primera deposición que le tomaron, declaró el negro que
había sido esclavo de un caballero del Chocó, y que un día en la
mina del amo se hurtó a la negra cocinera una libra de manteca, y
la negra le dio a él la culpa, siendo inocente, y que por ello el
amo lo mandó azotar. El aguardó la ocasión, y habiendo bajado un
día la negra cocinera al río por agua, allí la agarró y de un
machetazo le partió la cabeza y la echó al río, y se fue del Chocó
fugitivo, y se fue a dar a Santa Fe, y fingiéndose libre, se fue a
vender por esclavo en casa de un chapetón. A poco tiempo tomó el
dinero de su esclavitud, que eran trescientos pesos, y se fue
fugitivo por la provincia, y con la plata que llevaba engañó una
moza mestiza y se amancebó con ella y se la llevó a un monte. La
moza se hizo preñada, y estando ya de seis meses, por sólo ver en
dónde estaban las criaturitas en las entrañas de su madre, mató a
la mestiza y la abrió y le sacó viva a la criaturita, y la mató y
asada se la comió, y después asó a la madre y se la comió
también.
Estando esto ya se había pasado un año que había huído de Santa
Fe, y se volvió a salir por la provincia con la plata que le había
quedado; engañó a una india casada y se la llevó también al monte,
y pensando que su marido allí la iría a buscar lo aguardó en
encelada tras de un árbol, y lo mató y lo llevó donde su mujer, lo
asó y le hizo comer, quieras o no quieras, de la carne de su marido
asado, y ya que lo acabaron, mató después a la india, y la asó y se
la comió. De ahí se salió del monte y anduvo un poco por la
provincia gastando con varias mujeres la plata, hasta que la acabó.
Y que de ello oyendo decir que lo querían coger, se había huído y
se había venido derrotado a Barbacoas, y fingiéndose libre, se
vendió vuelta por esclavo al suegro de don Francisco
Ferrín.
Estando este negro con toda esta declaración criminosa hecha de
su propia boca, y rectificada en ella varias veces, y clamando
especialmente doña Manuela, con todo, estuvo el señor Teniente
torpe en no quererlo de pronto ahorcar, sino que quiso que viniese
para ello orden de la Audiencia. En lo interim enfermó el negro, y
en breve murió en la cárcel, y aun hubo de hacer consulta esta
bestia para ahorcarlo después de muerto.
Partí pues con don Francisco y la señora para Jalí, y estuve en
su mina ocho días. Un día vino un gavilán que ya le había comido
diez y ocho pollos y se puso a la copa de un árbol, tan elevado que
desconfiando don Francisco de poderle hacer tiro, me dio la
escopeta diciendo: Ea, Padre, si mata este gavilán, le doy un
doblón para la misa de mañana. Yo tomé la escopeta, y como lo vi
tan alto, y que era preciso tirarle con la escopeta casi del todo
parada, desconfié del tiro, porque pensé que el levantar el eslabón
el rastrillo, me caería la pólvora en la vista. Con todo le tiré y
lo atravesé por la cabeza. Este es el tiro más acertado que he
hecho en mi vida. Este mismo día yéndonos a pasear por un platanar
con mi chapetón y dos negros, matamos a porrazos dos culebras de
cinco varas de largo y más gruesas que el muslo de un hombre que en
el platanar hallamos, y después cogimos cuatro
catarnicas.
Un día de domingo nos fuimos con el chinchorro a pescar, y hay
que advertir que desde la mina hasta cerca del desemboque tiene el
río Jalí de rato en rato unos hoyos grandes en que el pescado que
baja de las cabeceras con las avenidas, allí se para en aquella
agua encharcada. Nos llevamos algunos negros y mulatos
zambullidores, y de charco en charco venimos a juntar en un charco
de abajo casi todo el pescado que en los charcos había. Allí se
tendió el chinchorro, a tras de él zambullían los zambullidores, y
venimos a sacar cuarenta y siete pescados que el más chico tendría
dos libras, y tuvimos para algunos días porque se escabechó y se
guardó. Ya habiendo concluído se recogió la limosna que dieron los
negros, y don Francisco dio también seis pesos, y con ello me bajé
para Barbacoas la segunda vez.