(continuación
capítulo V)
Las casas son todas de madera de palos de chachaco o guayacán,
que son incorruptibles, y en alto se pone un envigado, que se hace
el piso de tablas de palmas abiertas; las paredes son de lo mismo,
y el tejado en envigado de guaduas, tienen la cobija del empajado
de las hojas de palmas. Y es cosa que admira ver así fabricada una
buena casa sin tener clavo alguno ni cosa de fierro, sino las
cerraduras de las puertas y cajas. En las cocinas tienen unos
grandes fogones hechos de guaduas y llenos de arena, a la forma de
los que usan en los jabeques; y para que alguna chispa no se suba y
vaya a pegar fuego a la cobija, tienen sobre de los fogones dos
varas en alto poco más o menos colgada una barbacoa de guaduas en
donde no prende la candela. Y aunque caiga candela en el piso de la
casa, como la corteza de aquellas palmas es chonta, duro como
fierro, no le prende la candela; y si es una ascua muy viva, y se
descuidan con ella, cuando mucho quemará aquel poquito donde cayó,
y no más, que a no ser de esta forma, cada día se quemara la
ciudad.
Hay allí casas muy grandes y buenas, que costarán de hacer
cuatro o cinco mil pesos. Cada casa está de por sí dividida de la
otra formando unos callejoncitos estrechos en los alares que forman
de cada lado los pisos, y en lugar proporcionado, le abren un
agujero y le ponen su brocal de un trozo de balso, sacado lo fofo
que tiene en medio, el cual queda como un aro de a tres o cuatro
dedos de grueso, y queda hecho un lugar común y como abajo es
ciénaga, nunca olisca mal. Alrededor de la plaza hay su corredor, y
allí abajo están las tiendas y pulperías aparedadas para la
seguridad de la pared de guaduas enteras paradas y puestas a dos
líneas, teniendo los cantos de arriba y abajo engastados dentro de
las canales de vigas de bastante grueso, y forman una pared de
mayor seguridad que si fuera de cantería.
Uno de los cuatro lados de la plaza ocupa la Iglesia, la que
está toda con el techo hecho de tablazón, y es de tres nevadas,
toda pintada adentro y afuera. La torre que está enfrente del
portal mayor es de cuatro palos parados, y remata con una cobija de
tablazón. Tiene su buena escalera de madera para subir arriba a
tocar las campanas. La Iglesia tiene buenos adornos, y el sagrario
es todo de plata, aunque no es muy grande. El qué lo mandó hacer,
hizo de él donación al convento nuestro de Pasto, siempre que se
acaben las minas de Barbacoas; pero yo creo que no será hasta el
día del universal juicio, porque aquélla es una provincia que tiene
más de treinta leguas de largo, y en cualquier parte que piquen se
encuentra oro. Oro en el monte, oro en los ríos, oro en las
quebradas, oro en toda la ciudad, en la plaza, en las calles y en
cualquier parte; y río arriba del río principal, y a cuya margen
está fundada la ciudad, todavía no se ha penetrado sino cosa de
siete leguas, y yo creo que hasta penetrar a la provincia de Patía,
que habrá más de veinte leguas, todo son minerales de oro, y de
Barbacoas para allá monte adentro, no se ha penetrado un cuarto de
legua, y nadie sabe lo que hay, sino monte todo inculto que llega
hasta Panamá, que habrá más de doscientas leguas, y lo más cierto
es que todo es de minerales de oro.
Cuando yo llegué a Barbacoas, a poco tiempo murió don Salvador
Ortiz, que era Teniente interino, y se aguardaba el propietario,
que era un chapetón casado en Popayán, que ya se sabía que de
Madrid tenía los despachos. Llegó en breve este caballero Teniente
a Barbacoas, y el recibimiento que se le hace de costumbre es que
la ciudad le hace tres días de convite, y después entran los
particulares y cada cual de los mineros le hace un día de convite.
Él trujo una partida de negros esclavos para vender, y los vendió a
quinientos pesos cada uno así varones como hembras fiados por seis
meses a pagar en oro en polvo, que es lo ordinario de aquella
tierra, venta y paga. Trujo también una tienda de ropa de España
para vender por su cajero. Mas allí es estilo, por no decir abuso,
que cada cual de los señores mineros le ha de comprar alguna cosa
de la tienda para tenerlo parcial y congraciado, y esto a precio
más caro que lo que aquí vale la misma ropa en otras tiendas, que
traen la ropa de Guayaquil o Panamá, porque como viene embarcada,
no tiene tanto flete como la del señor Teniente que viene por
tierra, y por los fletes se vende más cara. Y el que no fuese a
comprarle alguna porción de ropa, aunque no la necesite, téngase ya
por enemigo declarado del señor. Teniente.
Allí pues para ir uno de una casa a otra, habían puesto dos
palos tendidos, porque como todo es ciénaga, por no enlodarse, se
iban pisando sobre los palos, y si uno venía de un lado y otro iba
para allá, era preciso que uno aguardase a que pasase el otro,
porque dos a la par no cabían sobre los dos palos. Este pues nuevo
señor Teniente, cuando fue a volver las visitas a los señores
caballeros mineros, ya después de pasados los días de los convites,
le pareció muy mal el desaliño de la plaza y de las calles, y en
pago del agasajo, publicó un bando que cada mina le habían de traer
a la ciudad un palo de guayacán o chachaco labrado de ocho varas de
largo y cinco cuartas en cuadro, y cinco canoas de piedras grandes
para apedrar la plaza y las calles con pasadizo de a cuatro varas,
margenadas las piedras con los dichos palos claveteados con tarugos
proporcionados; y que para la fábrica había de dar cada mina dos
negros por todo el tiempo que durase. Y como ya estaba informado
que los señores de Barbacoas primero se dejaran sacar una muela,
que sacar un negro del corte de su mina, puso en el bando la pena
que el minero que no mandase los dos negros, los alquilaría la
ciudad y pagaría el minero su manutención y trabajo.
Con este bando se movió en la ciudad un tolle tolle que no se
veían de polvo, y era cosa de gusto oír a las señoras, la una que
decía: Y yo cuanto regalo tenía le mandé para el convite, y ahora
sacarme mis negros de la mina. La otra decía: Media arroba de cacao
gasté yo para su cortejo. La otra que allegaba el pan floreado, la
otra tantos pollos y docenas de huevos, etc. Ello los señores se
hubieron de allanar blasfemando del Teniente. Trujéronse los palos
y las piedras, mandáronse los negros, y en dos meses se compuso la
ciudad.
Allí la gente es viciosísima en chupar y tomar cacao, y lo toman
cuatro veces al día y vale a seis pesos la arroba cuando va barato,
y en habiendo escasez vale ocho. El azúcar vale lo mismo, y la
canela vale a diez pesos la libra. El tabaco, un bollo que lo
venden acordillado y tiene una libra cada uno vale a cuatro, a seis
y a ocho pesos cada uno. Una arroba de cebo para velas vale quince
pesos; una libra de bizcochuelos diez pesos; una libra de
legumbres, habas o garbanzos, etc., cuatro reales. Lo mismo una
libra de cebolla. Un tercio de carne salada que compone un quintal
y cinco libras vale doce, hasta diez y ocho pesos en habiendo
escasez. Un tercio de harina treinta y seis hasta cuarenta pesos;
una tortita como la palma de la mano de un dedo de grueso vale
medio real, y así va todo lo demás. Pero que tiene, que la tierra
lo da, y en queriendo cualquiera trabajar, no le faltará oro para
comprar lo que necesite para la manutención, porque de la provincia
de los Pastos, que es en todo abundantísima, de continuo la
abastecen de víveres.
De Quito también continuamente bajan cholos y algunos mestizos
con cargas de ropa de la tierra, tocuyo, bayeta y paño, pegadillos,
encajes, zapatos, cintas y fajas de algodón, botonaduras de cerda,
de oropel, balacas y mil abalorios que allí fabrican, y todo se
vende, y lo regular es ir a comprar en las tiendas y pulperías los
negros y las negras con oro en polvo, que lo traen envuelto en
lugar de papel en una de aquellas camisas que tienen las mazorcas
de maíz, y con ello tienen los vendedores doblada la ganancia, y
algunos triplicada, porque el crece que tienen de las caiditas,
pesado todo junto, al cabo de un año importa mucho, y si después lo
envían a Popayán a la Casa de la Moneda a que se piquen doblones,
les crece una quinta parte de la ganancia.
Vienen también a Barbacoas los que llevan el situado para
Cartagena, y esto les importa mucho, porque al llegar,
verbi
gratia, con cien mil pesos de plata, se lo cogen los señores
mineros prestado a pagar dentro de seis u ocho meses en oro en
polvo, y después que ya lo cogen, lo llevan a Popayán a picar
doblones, y todo el crece que hay es suyo, y en la Casa de Moneda
les crece la quinta parte.
Yo a lo que llegué me fui derecho a casa del cura, que era un
buen mozo natural de Cartagena, que había sido paje del obispo
inmediato que había habido en Quito, y S. Illma, lo acomodó dándole
un buen curato en la provincia de los Pastos. Después de algún
tiempo el cura de Barbacoas se descompuso algo con la ciudad, y le
conmutó el curato. Vino éste a Barbacoas, y a poco tiempo trujo a
un hermano suyo de Cartagena con una tiendecita de ropa de
Castilla, como dicen allá, y lo casó con la hija de doña Ángela,
una viuda rica que tiene una buena mina, y quedó acomodado, aunque
él no se metió jamás en cosa de mina, porque la mina de su suegra
la gobierna don Santiago Ortiz, hijo del mencionado Teniente
interino ya difunto, por ser casado con la hija mayor de doña
Ángela.
Este pues cura con su hermano habían agregado unos barretones de
oro, y aquellos días anteriores, cuando yo todavía estaba en Pasto,
habiendo de salir para fuera dos mozos chapetones, el uno que había
acabado de vender una tienda de ropa de Castilla, y el otro que
llevaba una partida de redomas de Argalia, sabiendo que los dos
salían y que iban para Popayán, el cura al mercader de la ropa que
era amigo le dio sus barretones de oro para que en Popayán se los
hiciese picar en doblones. El otro con quien salía supo la especie,
y viendo los barretones, hizo otros de plomo semejantes, y
valiéndose de un platero, los hizo sobredorar. Observó dónde los
llevaba el compañero metidos, y al llegar afuera al pueblo el
curato trojado, que no me acuerda su nombre, sólo sé que estuve en
él y al cura lo llamaban el doctor Sopa, el cual en días anteriores
se descompuso con los indios, y ellos para despicarse, una noche le
quitaron de la torre las campanas, y en su lugar le colgaron un par
de ollas. A casa pues de este cura se fueron los dos a arranchar.
Tuvo pues ocasión el que llevaba los barretones de plomo dorados, y
viendo el escritorio abierto, donde llevaba el otro los de oro, va
y sacando los buenos, mete los falsos. Allí estuvieron parados
algunos días, y volviendo a armar viaje los dos juntos, se vinieron
a Pasto. En Pasto manifestó el chapetón a don Ramón de la Barrera
nuestro Síndico, el oro que llevaba, y catay por sola curiosidad
valos a pesar don Ramón, y los halla de menor peso que lo que
relataba el despacho del señor Teniente de Barbacoas. El chapetón
que cuando se los entregaron los pesaron a su vista, quedó confuso;
sin embargo, que él traía de suyos en las petacas, sácalos, y
vuélvelos a pesar y los halla fieles al despacho de Barbacoas.
Empiezan los dos a ventilar cómo podía ser que los del cura y de
don Marcello, su hermano, le saliesen faltos de peso. Estando en
esto con un barretón en cada mano, casualmente empieza a dar golpes
el uno con el otro, y viendo que no sonaban como suena el oro, cayó
en que aquello no lo era. Saca un cuchillo, y va a descantillar el
canto, y halla el plomo dorado.
Pues yo los recibí de oro macizo, y se pesaron a mi vista, y
eran fieles al despacho de Barbacoas. Yo sólo en tal pueblo he
abierto el escritorio, y así una de dos, o el cura Sopa me los ha
falseado o mi compañero. Con el sobresalto y la cólera se quería ir
a sacar las armas, que él traía dos pistolas, espada y escopeta, e
ir a embestir al compañero. Don Ramón lo contuvo y lo llevó a casa
de un Alcalde de la ciudad, y dando ya por cierto que era el
compañero, maliciando ya muchas acciones suyas que antes no había
maliciado, fueron con el Alcalde a encontrarle descuidado con el
hurto de los barretones de oro. El Alcalde tuvo la mira de llevarse
de paso un par de grillos. Llegan a la casa, y lo hallan
paseándose. Inmediatamente lo prende el Alcalde, y sin decirle el
por qué, pónenle los grillos. Mándanle que entregue las llaves de
sus petacas para registrarle su hato. Entranse todos en un cuarto
en donde estaban sus trastos, y ciérranse adentro, quedando él
preso engrillonado sentado en la sala.
En lo interim que esto pasaba, catay que pasa por la calle un
indio. Llámalo por señas el preso, y dale un peso para que lo lleve
cargado en San Agustín, que allí junto estaba. Tómalo el indio a
cuestas y lo mete dentro de la iglesia. El Alcalde y los otros
abrieron las petacas y hallan dos barretones, también de plomo
dorado y no hallan los de oro que buscaban. Con todo, quien ha
traído éstos, traería también los otros. Viendo que no parecía otra
cosa, sino un poco de dinero, en un taleguito, embargólo todo el
Alcalde con todos los pomos de Argalia. Salen afuera y no hallan el
preso; pues la fuga confirma el delito, y llévase don Ramón a su
casa en depósito todo el embargo.
Ya en lo interim vino el Prior con ánimo de llevarse los trastos
del preso al convento, y dando noticia del retraído, díjole el
Alcalde cómo todo estaba embargado en poder de don Ramón. Ya el
otro día con cédula de inmunidad llámanlo a depósito, y le
preguntan qué oro traía de Barbacoas. Respondió que sólo un
barretón de a dos libras, y media cabales conforme relataba el
despacho que llevaba en la faldriquera del señor Teniente de
Barbacoas, y enseñó el despacho. Enséñale entonces el barretón
dorado que le hallaron en sus petacas, y le preguntaron si era
aquel el barretón que llevaba. Él respondió: Parece éste, pero si
lo es o no, el peso lo dirá. Sacan unas balanzas, y se lo pesan
delante, y no llega a las dos libras y media de algunas onzas.
Dice: Pues entonces no es este el mío. Pues éste, dijo el Alcalde,
se ha encontrado en sus petacas, y él es de plomo dorado como estos
otros tres, que usted ha puesto en el escritorio del señor,
sacándole otros tres de oro que el señor traía que eran del Padre
cura de Barbacoas, y de su hermano don Marcello. ¿Y esto, respondió
él, quién lo dice? Yo, respondió el compañero, que para armarme
esta picardía tantas veces en Barbacoas les tomaste el tiento para
fabricar los de plomo, y en casa del doctor Sopa, cuando yo dejé
abierto el escritorio, los trocaste falsos por finos, y aun
llevabas este otro para pillarme al que yo traigo de dos libras y
media, y como iba en mis petacas, no tuviste ocasión, y por esto se
ha encontrado en tus petacas.
Pues señor Alcalde, dijo entonces el preso, usted que me tomó
las llaves de mis petacas, usted dará cuenta de mi barretón de a
dos libras y media que yo llevaba en ellas. Y este barretón de
plomo que usted dice que se encontró en mis petacas, digo yo, o que
usted lo ha metido sacando el mío, o el señor en el camino me lo ha
puesto sacando el mío; porque si él dice que dejó una vez el
escritorio abierto, mis petacas casi todo el camino han venido
abiertas, y él para apropiarse los tres del Padre cura de Barbacoas
y su hermano don Marcello, me ha metido en mis petacas el de plomo,
sacándome el mío de oro fino, y así pido que se le embarguen todos
los trastos y barretones que trae finos y falsos, y que pruebe el
señor cómo yo le he sacado del escritorio nada; que yo procuraré a
defenderme, y juntamente a probar o que usted me ha hecho el
defraude o en el camino.
El compañero que de cólera no podía contenerse, le dijo: Si
usted no fuera el ladrón, no se hubiera huído. Usted se huye, luego
tiene delito. Él respondió: Yo veo que un superior de la ciudad me
prende, y me pone un par de grillos, sin decirme el por qué. Por
esto me huyo. Si él me hubiera allegado este motivo, yo como estoy
inocente, no me hubiera huído. Y el motivo que yo he tenido para
huirme, lo diré yo cuando y como convenga. Entonces dijo el señor
Teniente: Pues diga usted el motivo por qué se huyó estando preso y
engrillonado por orden del señor Alcalde. Pero él respondió: Esto
lo diré a solas interrogado de mi legítimo juez y un escribano, no
pero con tanta publicidad, porque así conviene a mi honor. Entonces
mandó el señor Teniente que volviese al sagrado.
El caso se embrolló de suerte que paró a la Real Audiencia de
Quito, porque este preso declaró que estando en Barbacoas, le había
dicho un amigo, estando para partir: Ya me darás muchas memorias a
doña Fulanita, que era una sobrina de dos que tenía en su casa, el
doctor Sopa, dándole a entender que era algo enamoradiza y fácil de
conseguir; que con esta ocasión él había tenido no sé qué llaneza
con ella, y que temiendo que ella no hubiese escrito al Padre cura
de Pasto para que lo mandase prender para violentarlo a casarse con
ella, temiendo este golpe por ello, viéndose preso, teniendo la
ocasión de huir, se había huido.
En lo interim que esto pasaba fue que yo salí de Pasto para
Barbacoas, y de ello resultó que en suposición que las dos sobrinas
del doctor Sopa estaban a lo público tenidas en buena fama, mandó
la Real Audiencia que se pusiese silencio al motivo de la fuga del
preso, que se le volviesen sus trastos y cuanto se le había
embargado, y que en suposición que por ambos alegatos militaba
igual sospecha, que se saliese del sagrado si quisiese, y que en lo
interim que corriese la causa por sus pasos. Así fue dilatando la
causa unos cuatro meses, en cuyo tiempo se supo que ambas muchachas
habían salido con embarazo de la visita de ambos chapetones, y
entonces volvió a instar el chapetón de los barretones del cura de
Barbacoas, alegando que la fuga del engrillonado había sido movido
de hallarse culpado del huno que había hecho, y no de miedo del
casamiento que alegaba, alegando que él ya en Barbacoas sabía que
la tal moza había sido ya común a otros, y esto se lo probaba con
varios dichos suyos y de otros, e instaba con varios fuertes
alegatos de haber averiguado que en Barbacoas había ido comprando
varias partidas de balas y munición, y otros trozos de plomo, y que
esto no parecía sino hecho barretones sobredorados, y pedía
juntamente que se apremiasen los dos plateros que había en
Barbacoas para que dijesen la verdad, porque sólo ellos podían
haber sobredorado aquel plomo.
Él lo fue atando de modo por tantos cabos, que empezó de veras a
evidenciarse su picardía, y temiendo ya que la Real Audiencia no lo
mandase prender, embargar y castigar, un día hizo una gran venta de
Argalia, y al cerrar la noche solo cargó sus petacas, y marchó, y
en tres días se metió en el castigo. Hasta entonces todavía tenía
el cura de Barbacoas y su hermano don Marcello esperanza de
recobrar sus barretones de oro, pero el día que les llegó esta
noticia llegaron ya a perder del todo la esperanza, aunque a breves
días llegó noticia que el chapetón defraudado se alistaba a toda
prisa para irse a meter al castigo también a buscarlo, con
juramento hecho de no salir hasta recobrar los barretones o sacarle
el corazón.
Y volviendo a mi historia digo que al llegar a casa del Padre
cura le manifesté el ánimo con que había venido a Barbacoas. Él me
dijo que estaba muy bien, y que para predicar unos días de misión
le parecía lo más acertado que lo retardase unos días si me
parecía, y lo aguardase hasta que él volviese de Tumaco porque en
breve tenía que ir allá a una comisión que del señor Procurador de
Quito le había venido.
El caso es éste. Habiendo salido el cura de Tumaco que es un
pueblo fundado en una playa aislada de cosa de media legua de largo
y menos de mitad de ancho a la raya del mar tres jornadas de
Barbacoas junto al desemboque del río Patía y punta de Manglares,
entre Guayaquil y Panamá, casi enfrente de la Gorgona, de todo lo
cual hablaré a su tiempo. Habiendo pues salido este cura a la tarde
a dar una vuelta ya cerca de la oración volviéndose a casa, al
tomar una calle, íbale por delante una moza con un canasto de ropa
sobre la cabeza, y tras ella iba un mozo, el cual se le arrimó y
empezó a querer juguetear con ella con tactos deshonestos. El cura
que les venía detrás, viendo la resistencia que la moza le hacía,
dobló el paso, y sin ser sentido llegóse cerca, y levantando el
bastón le tiró un palazo al mozo sobre la cabeza, y le dio una
reprehensión.
De este golpe resultó que se le levantó un tumor sobre la cabeza
al herido, el tumor se le corrompió y le hinchó toda la cabeza,
yendo por malo, por falta de cirujano y lanceta, uno de allí para
curarlo, se lo abrió con la punta de unas tijeras. Y o fuese por no
saberlo curar o por falta de apósitos proporcionados, o por haber
llegado tarde la cura, la llaga se apostemó y encanceró de modo que
el herido murió de ello. Dióse parte del caso al señor Provisor, el
cual depuso del curato al cura y poniéndole por ecónomo al doctor
don Diego Valencia, clérigo de Barbacoas, llamó a Quito al cura, y
poniéndolo preso, le siguió sumario. Y para tomar nuevos informes a
los acusadores, despachó su provisión al Padre cura de Barbacoas, y
a esta diligencia tenía que ir dicho cura. Yo considerando que en
la dicha comisión talvez podría tardarse más de lo que él pensaba,
le dije: Supuesto que para predicar yo una misión usted no me hace
falta, parece que en lo interim que usted va allá, yo aquí paso
adelante mi negocio. Y así se hizo.
El día mismo que yo llegué a Barbacoas en un instante se propagó
la noticia de mi llegada y del fin a que había venido, y dentro de
breve rato me mandaron la bienvenida todas las señoras de la
ciudad, y me vinieron a ver varios caballeros. Especialmente vino
un tal don Nicolás Castillo. Éste era sobrino de doña Rosa, la
señora más rica de Barbacoas. Su sobrino don Nicolás era un
caballero bastante alto, pero muy sencillo y tan delicado que
parecía fabricado su cuerpo de cera. Él muy recogido y virtuoso, y
en años anteriores, siendo él ya mocito, tuvo vocación de ser fray
nuestro, y habiendo ido a Barbacoas el fundador de nuestro colegio
de Popayán, el Padre Fr. Fernando Larrea, se lo llevó después de la
misión que allí predicó, de regreso a Quito, que entonces estaba el
colegio en Pomasque, una legua de Quito, camino de Guayaquil, y en
Quito le dieron el hábito en la recolección de San Diego; pero no
pudo aguantar sino cuatro meses, y dejando el hábito se volvió a su
casa en Barbacoas.
Tenía este don Nicolás un tío llamado don Juan del Castillo con
quien vivía en casa de su tía doña Rosa, y este don Juan me lo
despachó a darme la bienvenida, y que me dijese que por estar algo
desganado su tío don Juan, no había pasado donde mí; pero que lo
haría en breve, y que le hiciese en lo interim el favor de
celebrarle un novenario de misas al Patriarca San José. Había en
Barbacoas un corista agustino que había algún tiempo que había
entrado con una demanda de la Virgen de los Dolores, y aunque era
un mozo tan amujerado en el hablar y en todas sus acciones, que
sólo le faltaba vestirlo de monja para creer que lo era, con todo
al principio, rodando por las minas, había agregado unos
trescientos pesos de limosna. Después habiendo entrado con el Padre
cura un leguito mercedario corcovado con otra demanda de la Virgen
de las Mercedes, supo más introducirse con la gente, y ya también
con el respeto del Padre cura nuevo que lo patrocinaba, se le acabó
el séquito a los dolores del corista agustiniano.
Supe yo pues con el tiempo que estos dos sujetos, don Juan del
Castillo y su sobrino don Nicolás, le habían jugado al corista
agustiniano una mala pieza. Y fue el caso que habiendo en años
pasados ido a Panamá a emplear en ropa de Castilla para surtir una
tienda que mantiene este don Juan del Castillo, entre otros
abalorios que trujo, trujo también una gran partida de medallitas y
rosarios bastos de cuentas de vidrio. Cuando llegó a Barbacoas, a
la novedad vendió un poco de ello y se quedó con la mayor porción
sin poderlo vender a precio ninguno. Sabiendo pues del dinero que
había agregado de limosna el corista agustiniano, teniendo ocasión,
o buscándola, lo indujeron a que les comprase los rosarios y las
medallas, diciéndole que puesto que de continuo iba por las minas,
que lo vendería a los negros y negras y ganaría más de ciento por
ciento. Ellos lo ordenaron de modo que el corista empleó toda la
limosna en estos abalorios. Salió y dio una y muchas vueltas por
las minas y no hubo quien le comprase abalorio
alguno.
Yo le respondí a don Nicolás que dijera a su tío don Juan que en
desocupándome un poco pasaría a besarle las manos, y que desde el
otro día empezaría a decirle las nueve misas. Ya el otro día
acabaron de venir a visitarme todos los que se hallaban en la
ciudad, y entre ellos vino a visitarme don Juan Quiñones y
Cienfuegos. Este tenía tres hermanos, esto es: don Pablo, don José
y otro casado en Quito, que yo no conozco. Don José es casado en
Barbacoas, y vive en Maguí, que allá tiene su mina. Don Pablo es
soltero, y don Juan es casado con una doña Casilda Cabezas, hija de
doña Luisa. Cada cual de todos éstos está acomodado y tiene su
mina. Don Juan dióme la noticia de sus hermanos, y entre otras
cosas me dijo que sentía mucho que su hermano don Pablo no
estuviese en Barbacoas, por estar actualmente lavando y limpiando
el oro de su mina que tiene en Maguí; pero que me estimaría mucho,
y en topando con él, le hiciese bastante agasajo, porque era muy
atento y cortés, y era el hermano que él más
estimaba.
Había poco tiempo que había muerto la madre de estos Quiñones,
la cual había dejado una mina corriente de un todo también en
Maguí, la que gobernaba don Pablo, hasta que se repartiese entre
los cuatro hermanos y la mujer de don José Piñeiro Gallego, que era
hermana de los Quiñones, y con estas noticias que resumidas me dio
don Juan vino a concluir que en años anteriores habían entrado en
Barbacoas dos Padres misioneros, y que habían hecho mucho fruto, y
que su madre les prometió que aplicaría una semana toda la
cuadrilla de sus negros y negras al corte de una mina, y que todo
el oro que se sacase se lo daría de limosna a los dos; y que
sabiendo él que en un corte que llamaban San Andrés había mucho
oro, indujo a su madre a que allí se aplicase la semana del trabajo
para los Padres, y que puesto en práctica, se sacaron dos libras y
media de oro, y que este oro había sido la causa por donde los
Padres a poco tiempo habían perdido la fama que con la misión
habían ganado, porque al ir a repartirse el oro habían peleado, y
fue a todos notoria su codicia.
Yo que oía la especie ya muy sobre aviso, por haber notado que
estos caballeros de Barbacoas cada cual pretendía que yo carease
todo mi conejo y amistad con cada uno, expresando con algunas
palabras que yo a sólo él y su familia atendiese, hice varios
discursos de la historia que de estos dos Padres misioneros me iba
contando este don Juan Quiñones, y ya que iba concluyendo le dije:
Señor don Juan, la virtud tiene tantos mantos para cubrirse, que
cada día estrena uno de nuevo, y como se conoce tan delicada, a
puro cubrirse llega a refinarse tanto, que lo que a nosotros, que
poco entendemos, nos parece desaliño, es en realidad al que mira
despejado y sin anteojos, nuevo realce del primor de su afeite.
¿Quién es capaz de averiguar si la pelea de estos Padres fue por el
oro, o por el fin a que se había de aplicar, viendo que a cada paso
nos hallamos engañados en lo mismo que nosotros decimos? Yo sé de
cierto, como no traigo compañero, que no tendré con quién pelear
por el oro o plata que de limosna se fuese juntando. Y para que a
usted le conste desde ahora, lo que se juntase lo entregaré a la
señora doña Casilda su esposa, para que lo tenga en depósito hasta
que se haya de emplear en cosas conducentes y provechosas a
beneficio de la misión.
Él tomó por agasajo mi propuesta, y me dijo: Yo también veré a
mis hermanos, y en la mina de mi madre se aplicará toda la
cuadrilla, y yo añadiré unos negros míos, y mi hermano don Pablo
dará también otros, y se le echará un cortecito de una semana para
la misión. Yo por entonces lo creí, y juzgué que por lo menos
saldría una libra de oro; pero a la fin se paró en sola promesa sin
efecto ninguno, como diré en adelante. Yo le encargué que procurase
a propagar la voz de la misión por la ciudad, para que los señores
mineros enviasen la gente, yendo unos y viniendo otros, a fin de
que se confesasen, y que ganasen las indulgencias. Y estando
platicando sobre de este punto, me contó este caso.
Cuando estos dos sobredichos Padres misioneros predicaron en
Barbacoas la misión, una noche el principal, para conmover al
auditorio, maquinó la inventiva de poner en medio de la iglesia a
un santo Cristo atado a la columna, y buscó dos hombres con caretas
y traje de judíos prevenidos de azotes, todo lo cual se cubrió con
una bayeta negra, ordenándoles que a su tiempo el sacristán
quitaría la bayeta y que entonces los dos sayones hicieran el
ademán de azotar al Señor. Aquí hay que advertir que la esposa de
don Juan, la señora doña Casilda, tiene un hermano llamado don
Domingo Cabezas. El es casado en Quito, y ha aborrecido a la mujer,
porque quiere a otra de Barbacoas, y por esto ha ya muchos años,
que dejando en Quito la quiteña, se vino a Barbacoas, y para paliar
su embuste y poderse estar en Barbacoas a pie quedó, compró la vara
de Alguacil mayor. Es una cabeza tan disparatada como infeliz. Este
pues don Domingo asistía a la misión esta noche que se hizo esta
inventiva de azotar al Señor. Ya vino el paso en que el misionero
desde el púlpito manda al sacristán quitar aquella bayeta. Como
nadie sabía lo que allí estaba oculto, causó bastante conmoción el
ver de repente al Señor atado y todo ensangrentado, y más al decir
el misionero:Salgan dos sayones y prosigan la justicia que de
orden del juez aquí se hace y ejecutarle los dos al mismo tiempo,
del alarido y lloros y gritos que daban las mujeres, se conmovió
todo el auditorio; pero al ver don Domingo el primer ademán de
levantar el azote los sayanes, de un salto, saltó dentro del cerco
de las mujeres, y agarra a un sayón de la garganta con una mano, y
con la otra arranca un puñal de a media vara que lleva al lado, y
con el brazo levantado haciendo amagos de quererle dar, le gritaba:
Rinde las armas, pícaro. El otro sayón que ve la mala fortuna que
corría a su compañero, larga el azote y aprieta a correr pisando y
atropellando las mujeres, y don Domingo que gritaba: Agárrenlo, que
lo tengo que meter en un cepo. Con esto no se oían más que gritos
de hombres y mujeres con voces confusas. Los señores Alcaldes y
Tenientes métense en medio a quitarle a don Domingo el otro sayón,
que por huir del puñal se dejaba patear entre los pies de don
Domingo, y así que se pudo escapar se fue huyendo. El misionero
hubo de bajar del púlpito, y la misión se volvió confusión y
carcajadas de risa; pero los dos sayones que eran dos negros de don
Marcos Cortés, estuvieron ocho días fugitivos del temor del
Alguacil mayor don Domingo.
Yo el otro día fui a visitarlos a todos, y todos me hicieron
mucho agasajo, pero siempre observé mostrarme a todos agradable,
pero neutral en el aprecio, aunque siempre se me traslucía la
parcialidad con los dos Quiñones, don Juan y don Pablo, porque
ellos se lo ganaron con el aprecio que siempre de mí hicieron, y
con más especialidad entre las señoras se aventajó doña Casilda,
que era muy atenta y honrada. Yo el otro día empecé la misión, y no
me descontentó el fruto que saqué de ella. Desde la segunda noche
usa salir a esto de las diez de la noche acompañado del mercedario
corcovadito con un farol dando la vuelta por todas las calles
echando saetas. Esto ayudó mucho para reformar el abuso común que
había en la ciudad de bebezones y cantares profanos en las tiendas
y pulperías. Y ya desde esta segunda noche se fecundó salir
azotándose por las calles muchos penitentes.
El tercero día de misión se partió para Tumaco el Padre cura
acompañado de un curandero alemán que se había levantado médico con
el arrimo del Padre cura, que por haberlo conducido a la India una
misión de jesuitas, se lo encargaron cuando trocó el curato, y de
don Juan Esteban de Amará, uno de los más principales mineros de la
ciudad. Éste era hombre muy fantástico y vano, y antes de partir me
dijo: Padre misionero, aunque acabe la misión, no se salga usted de
la ciudad, y aguárdeme a mí, si quiere hacer una buena limosna, y
yo así lo hice. En Barbacoas quedó un fray mercedario de asistente.
Este había venido fugitivo de Quito, y el Padre cura lo había
agregado como vicario, señalándole un tanto por año. Al cabo de
unos tres meses vino una requisitoria de su Provincial, y en lugar
de salir para fuera, se fue para Tumaco, y de allí se pasó a
Guayaquil a buscar padrino que lo indultase con el superior. Allí
había otro también mercedario, que era algo pariente de una tía de
don Domingo llamada doña Clara, viuda sin hijos y de las más ricas
señoras de Barbacoas, y en cuya casa vive don Domingo y vivía
también este otro mercedario. Esta señora dicen algunos que está
posesa, pero yo nunca lo creí. Ella tiene vicio, y ya tendría
setenta años de tomarse de aguardiente, y es cosa que la pone cada
vez a peligro de muerte. Como es ella tía de doña Casilda, me
empeñó en dos o tres lances de estos que tuvo en que le echase unos
novenarios de exorcismos. En el segundo hubo quien me avisó, y un
día que ella empezaba a convalecer de la embriaguez, me llamó a
ellos doña Casilda. Yo ya después de hecho el conjuro, díjele a
doña Casilda: El demonio que tiene su tía, señora, está bajo de la
cama, y en no quitarle este demonio, presto dará con ella a la
sepultura. Sáquelo usted, que ahí está metido bajo la cama. Miró la
señora bajo la cama, y hállale medio frasco de
aguardiente.
En estos días de la misión asomó a Barbacoas otro mercedario
corista también fugitivo, y se metió a maestro de escuela, y si se
hubiera portado bien, a él le hubiera ido bien también; porque como
en Barbacoas no había quien enseñase a los niños, en un instante se
propagó la voz que le alcanzarían la gracia del Provincial, y cada
padre daría cuatro onzas de oro al año para el maestro que le
enseñase a su hijo. Pero él tuvo mala cabeza, y a breves días
empezó a ir a palos con los muchachos, tratándolos sin distinción
de mulatos, zambos y mal nacidos, y como los barbacoeños se precian
por su oro de muy caballeros, aunque no hay ninguno que no tenga
sangre de negro o indio, se propagó la voz, y se levantó un tolle,
tolle que no se veía de polvo, y como él no tenía nada para comer,
se vio precisado en breve a irse río abajo para Tumaco y no se supo
más de él ni a dónde había ido a parar.
A los cuatro o cinco días de misión me avisaron de este abuso
común que había de prestar plata por tiempo determinado a cinco por
ciento de interés, y que interés y capital lo habían de volver en
oro en polvo. Había en Barbacoas un francés médico, llamado el
doctor Gaudé. Éste era el más notado y comprendido en este contrato
usurario. Yo me informé muy bien de raíz del caso, y tracé un
sermón a propósito para ello, porque me informaron que este francés
con la correspondencia que tenía en Quito con un juez de la
Audiencia con quien iba a partir de ganancia, hacía muchas
vejaciones, no admitiendo en plata lo prestado y en interés, ni aun
en doblones, sino que lo quería en oro en polvo, y siempre le venía
de la Audiencia despacho en favor, y entonces no teniendo pronto el
oro, embargaba las minas y los negros haciéndolos con ellos
trabajar de su cuenta hasta hacerse pago por mano propia. Yo apreté
bastante sobre de este punto, y rematé con las penas que decretan
contra los públicos usureros los derechos Canónico y
Civil.
El francés que me oyó el sermón, el otro día se me vino a decir
que yo había predicado por él, porque me habían mal informado; y
que esto de prestar plata por oro en polvo era común en toda la
provincia. Yo le dije que yo predicaba doctrina general aprobada
por todos los doctores moralistas y sagrados cánones, y que si lo
quería ver, yo se lo enseñaría. Mas la razón que alegaba que otros
lo hacían, y que era común en Barbacoas, era la razón porque yo lo
había predicado, para que el defraude que cada cual hubiese hecho,
procurase a restituirlo, y a no hacerlo en adelante. Él a la sazón
estaba queriendo mandar embargarle a un caballero una mina por el
mismo contrato usurario que con él había hecho prestándole no sé
qué cantidad de dinero. Otro caballero también por haberle vendido
prestada cantidad de ropa, también quería embargar dicha mina, y el
Teniente interino don Salvador Ortiz estaba parcial por el francés
Gaudé, y en virtud de justicia mayor decretó que Gaudé había de ser
primero pagado. Don Sebastián, que así se llamaba el otro y estaba
casado en Mompós, me vino a consultar lo que haría, porque si
acudía a Quito a la Audiencia, Gaudé, teniendo allá un juez
parcial, siempre lo supeditaría. Yo le dije que repulsase el
decreto del Teniente, porque Gaudé era comensal y vivía en casa del
dicho don Salvador Ortiz, y que por ello apelase a la Audiencia,
pidiendo por juez de esta causa a un chapetón Llamado don Juan que
allí estaba con una tienda de ropa.
Ello así se procedió, y aunque el negocio fue a las largas, con
todo se consiguió sacar al francés de la mina, y de esta ojeriza
que por ello varios le tenían, lo empezaron a hurgar sobre la
religión, y se motivaba si era o no judío, porque le observaron que
en la iglesia no se arrodillaba sino con una rodilla; que jamás
tomaba agua bendita ni se santiguaba; que en sus escritos no ponía
antes la cruz, y otras cositas de este tenor. Cuando yo volví a
Pasto para entrarme a la misión, llegó una voz que el Ministro
Comisario de la Inquisición lo había preso y que le hallaron bajo
del colchón en que dormía un santo Cristo, y que un mulatito
esclavo que tenía era el que había hecho esta delación, por haberle
visto varias veces sacar y meter bajo el colchón el santo Cristo.
Otros decían que era trama que le habían armado para perderlo y
quitarle el caudal que tenía, valiéndose del mulatico para que le
metiese el santo Cristo bajo el colchón. Yo por fin no supe en qué
paró este negocio.