INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27

 

CAPÍTULO V



 
Contiene lo que me sucedió en este viaje hasta que salí de Barbacoas para Tumaco.


 

Ya que vino el día, fui a ver el ayuda del cura, y le dejé encargada mi silla de montar con todo el arreo para que me lo guardase hasta la vuelta, y que mis bestias, o me las pusiese a buen recaudo en un potrero, o que me las mandase a Pasto a don Ramón. Con esto partimos para Barbacoas yo y don Francisco y el indio sacristán; y las cargas esta primer jornada las trujeron cargadas a bestia hasta la entrada del monte, porque de allí para adelante no pueden entrar bestias por lo áspero y fragoso del camino. Los sujetos que allí quieren no entrar a pie, los cargan los indios a la espalda, sentados en una tabla que va atada con una soga de majagua que en medio hace cinta, que ciñen en la frente y otras dos que ciñen en las espaldas o sentado en una silla atada del mismo modo. Y si es mujer va metida en un saparo o canasto que es lo mismo. Pero sea del modo que sea es penosísimo, ya por haber de tolerar el hedor que despiden los indios cargueros del continuo sudor, y más también por la incomodidad y peligro que hay, porque continuamente es preciso encorvarse el carguero para poder pasar con tanta rama y maleza que tiene el monte, y es preciso ir muy alerta por no arañarse el rostro.

A lo que dejamos atrás lo poblado tomamos un cenagal de más de una legua, en que era preciso ir a pisar en donde pisaba el indio que conocía, y al descuidarse algo, ya uno se entraba en la ciénaga atascado hasta sobre la rodilla. Ya que salimos de ello y entramos en camino duro, entramos en un llano que tendrá de ancho más de tres leguas y en largo seis. Era este despoblado una hacienda de los jesuitas de Pasto. Nos llegamos de paso a una chocita que había y encontramos dos negros esclavos de los Padres que guardaban la hacienda. Yo les pregunté de qué se mantenía allí, y me dijeron que con papas que sembraban, y que cada año les daban dos novillas y una arroba de sal y tres varas de bayeta para vestirse. Sin camisa ni más nada, siendo tierra fría. Yo les pregunté si en acabando la carne podían matar una res, y decir después que ella se había muerto; pero el negro me respondió: Padre, entonces azotan a todos duro, duro. El indio sacristán me dijo:Padre, aquí viene cada mes un Padre jesuita de Pasto con negros y algunos procuradores que tienen en el colegio, y hacen rodeo de ganado, y en faltando cabeza a estos pobres negros les quitan el cuero de azote. Yo pregunté si tenía la hacienda mucho ganado, y me dijeron que diez mil cabezas, y que cada semana llevaban a Pasto treinta reses gordas para matar y vender, sin otras tantas que se llevaban a matar en varios pueblos de la provincia.

Aquí hay que suponer que dicho colegio no tenía más que cinco jesuitas y otros dos que vivían en otra más grande hacienda que tenían a la mano izquierda antes de llegar a Pasto, y de mano derecha confina con el término de Taminango, y de mano izquierda no tiene fin, sino el monte de Barbacoas, y tendrá de larga más de doce leguas, y tenía más de treinta mil cabezas de ganado vacuno, y otro tanto de ovejuno y más de diez mil bestias. Y para siete jesuitas entre todos no les hartaba, y aún querían comprar el ejido de Pasto.

Nosotros pasamos adelante, y al cabo de un rato nos salió un toro bravo a querernos embestir. Nosotros no llevábamos sino mi escopeta y un machete que yo llevaba a la cintura y otro que llevaba el indio sacristán. Yo le pedí a don Francisco que me diese la escopeta, y le metí un balazo y la cebé al instante para tirarle. Su fortuna fue que venía con nosotros un perro de estos churris, el cual fue a ladrar, y nosotros con los gritos que le dimos lo espantamos y se fue huyendo. Ya cerca las tres de la tarde llegamos a la raya del monte, y entretanto que aguardamos las cargas, nos pusimos a comer mortiños, que había muchos y buenos; pero yo como no había comido en todo el día estaba rabiando de hambre. Las cargas aún se tardaron más de una hora a llegar, porque por la ciénaga no pudieron venir camino recto y hubieron de ir a rodear casi dos leguas.

A lo que llegaron se mató un pollo que venía, y lo cocimos con papas para cenar aquella noche. Pero en lo interim saqué pan y queso, y con ello entretuvimos la gana. Cenamos lindamente, y en lo interim salta el perro y se fue unos pasos con la cabeza levantada, y a un rato empezó a ladrar. Yo sospeché que no fuera el toro que viniese, porque aunque se huyó, a lo lejos nos vino un largo rato detrás, y viendo que el perro proseguía dando carreras y ladrando, nos levantamos a ver qué era, y hubieron de ser dos indios con dos tercios de tasajo que iban también para Barbacoas. Yo cuando los descubrí, y aun estaba más de una legua lejos, me admiré de la sutileza del olfato del perro, que de tan lejos percibió el rastro. Los indios llegaron a entrada de noche y allí mismo se arrancharon.

Ya que vino la mañana se acomodaron las tres cargas con las cintas de majagua para llevar a cuestas. Interim una mocita hermana de la mujer del sacristán se revolvió con las dos bestias, y quedó para el viaje el sacristán, su mujer, un hijo suyo de siete años, un mocito indio y una hermanita suya de ocho años. Yo cuando vi que se quedaban aquellos chiquillos, díjele al sacristán: ¿Y estos chiquillos a dónde se quedan? Él respondió: No se quedan, sino que también vienen a Barbacoas. Ellos, Padre, nos han de llevar nuestra comida, y así aprenden a cargar desde chiquillos, y nosotros no llevamos la carga tan pesada. Ello les armaron a los dos su carguita, y los llevaron a Barbacoas. Yo considerando que aquellas criaturas tan tiernas ya los metían sus padres a tal viaje, me hice la cuenta que el camino no seria tan fragoso como me lo habían ponderado; pero en realidad es tan fragoso como el de nuestra misión, y basta decir que siendo así que es camino de todos los días y de todo el año y de muchísimos años, con todo estando tan trillado, no lo pueden entrar bestias.

Aquí hay que suponer que en Barbacoas no hay más que oro, y todo lo comestible se ha de proveer de la provincia de los Pastos; porque allí sólo hay plátanos y un poco de maíz y caña dulce. Por el mar le entra la sal, que la traen embarcada de la Punta de Santa Elena, que está junto a Guayaquil, y juntamente de Guayaquil le viene el vino de Chile y la ropa de España que de Lima bajan a Guayaquil, y esto viene de Guayaquil o Panamá embarcado a Tumaco, y de allí se transporta en canoas a Barbacoas y a Iscuandé, de todo lo cual hablaré a su tiempo. De ahí nace que en toda la provincia de los Pastos continuamente se arman viajes para Barbacoas, y así todo el año es un continuo acarreo de víveres para Barbacoas, que al día le entran ya cuarenta, ya sesenta, ya ochenta y ya cien indios cargados de víveres. Y esto no puede jamás cesar, que si cesaba se morirían de hambre; y siendo así que el haber de acarrear los víveres a espalda de indio los ha de encarecer, porque de cada carga se pagan cuatro pesos de flete, nadie ha dado en facilitar que se pudiese entrar con bestias, lo que fuera más conveniente.

Ya ha llegado la ciudad de Barbacoas a ofrecer ochenta mil pesos a cualquiera que quisiese emprender esta obra, y no se ha bailado nadie que lo haya querido emprender. Lo difícil del camino no está en que tenga serranías muy encumbradas, porque no las tiene, aunque todo son cerros sin llano ninguno que llegue a cien varas en todos los catorce días. La dificultad mayor está en que sólo algunos cortos pedacitos son de camino fuerte de peña o pedrascales, y todo lo demás es de tierra floja, con que para haberse de apedrar era preciso haber de buscar las piedras de muy lejos, y para componerlo así , ni con un par de millones de pesos había bastante para el costo. El modo más fácil era empalizarlo, y así era fácil, porque siendo todo monte, los palos se tenían a mano para la obra. Y aunque sólo podían servir el cuchaco o el guayacán, que no sólo son incorruptibles, antes llegan con la humedad y el tiempo a volverse pedernales, con todo hay de ello abundancia y no fuera muy difícil el conseguirlo.

Pero aquí se interpone el estorbo que los que más lo habían de solicitar son los que más lo estorbarán, que son los indios de toda la provincia de los Pastos, porque enseñados desde niños a cargar como bestias, por el interés del flete, que ganan, aguantan las mataduras en las espaldas toda la vida por un corto interés, y por la golosina del guarapo que beben en Barbacoas, como diré adelante.

La vida que tienen estos indios en este camino es esta: Ellos sólo llevan para mantenerse habas tostadas. Por la mañana comen un puñado de ellas, y parten con la carga a la espalda. Si tienen algún hijo hasta diez años, les lleva la manutención, y de allí para adelante ya lo meten a carguero de dos arrobas, y de diez y seis para adelante ya carga, carga entera de cuatro arrobas y cinco libras. Si es sólo que no tenga hijos, carga sobre la carga su manutención. Al tomar el tercio, aprietan a caminar bien aprisa, porque el peso los estimula a ello; y al hallarse ya fatigados, se paran un rato, y para ello hay en todo el camino palos tendidos donde en estas paradas ponen los tercios de modo que después sean fáciles de volverlo a cargar. A estas paradas las llaman sentadas y hacen siete cortitas por la mañana, y a la séptima llaman el almorzadero, porque descansan un rato largo de media hora, y aquí comen en lo interim su puñado de habas. Y así con sólo el ver uno tanta cáscara de habas en el puesto cada día, ya sabe que aquellos es el almorzadero. A la tarde hacen sólo cinco sentadas, y ya se llega al tambo donde se arranchan a pasar la noche.

En todos los almorzaderos y en todos los tambos cada cual deja de la comida lo que ha de comer a la vuelta del viaje, para minuir el peso. Estos puñados de habas va cada cual y se entra con ellas en el monte y lo envuelve con hojas, y así atado lo esconde para la vuelta. Nos emboscamos pues en el monte, y a cosa de media legua topamos una casita en que vivían unos mestizos, y era venta con apero de pan, chicha, tasajo, maíz y papas. Yo vi una partida de pollos y gallinas, y quise comprar un pollo; pero me dijeron que allí ya valía cuatro reales, y un poco más adentro seis, y en Barbacoas ocho. Yo no lo quise comprar. Cuando llegamos al almorzadero, díjome el sacristán: Padre, por aquí monte adentro hay minerales de plata, y ya los quieren ir a cavar un chapetón que vive en Quito, y dos caballeros de Ipiales y ya los han registrado, y ahora están en Quito a sacar la licencia. En esta pues serranía supo don Juan Valladolid, chapetón sevillano que vive en Quito, por unos indios quiteños que había algunos minerales. Vínose a Ipiales y se juntó con don Melchor, que es el mayor mulero de la provincia, y todo el páramo del Angel es suyo, en donde tiene las crías de mulas y caballos para dar abasto a los que con géneros trafican la carrera de Pasto a Quito, y con otro chapetón llamado don Francisco Montañés, que comercia en ropa de la tierra, tocuyo, paños y bayetas; y los tres con indios prácticos de Ipiales fueron a registrar los minerales. Encontraron minerales de oro y de plata; pero unos y otros, minerales de veta. Los de plata eran tan pingües que no hicieron caso de los de oro y fueron a cavar la licencia para cavarlos.

Aquí hay que notar que en el Perú el que encuentra algún mineral, si lo quiere trabajar solo no ha menester licencia ninguna. En dando el quinto al Rey, nadie le dirá por qué cavas esto. Mas si le hallan que él extravía el metal sin presentarlo al Corregidor para quintarlo, se lo cogerán y lo darán por comiso. Mas si otro sujeto va y saca licencia del Corregidor, y ofrece cavar la misma mina con cuadrilla, en virtud de esta concesión que le hace el Corregidor, se la quitará a cualquiera que sin esta licencia la esté cavando por sí propio, aunque pague el quinto al Rey. Y así el que intenta cavar alguna mina con cuadrilla de peones, para que nadie se la pueda quitar lo que hace es, presenta una cuarta del metal de la mina, sea oro o sea de plata al Corregidor. El Corregidor entonces en nombre del Rey le hace donación de aquella tierra una legua o dos, conforme el paraje, y juntamente le da derecho a todos los vertientes de agua que van a dar dentro del dicho territorio, y en virtud de esta concesión, ya nadie ni lo puede estorbar ni quitar aquella mina, ni puede cavar dentro del dicho territorio, obligándose pero él a pagarle el quinto al Rey, y si lo hallan con defraude, cae en comiso y le quitarán la mina. Y si está cuatro meses sin cavarla, también pierde el derecho y cualquier otro se la puede quitar.

También advierto que hay dos especies de minas: unas son de veta y las otras son de criadero. De las de veta hay de oro y de plata, pero las de criadero sólo son de oro. Mina de veta es una especie de grosura que se cría entre las quiebras de los cerros; nunca pero en tierra movediza aunque tenga muchas piedras mezcladas. Estos minerales de veta tienen su raíz reconcentrada en lo interior del cerro, y ésta regularmente es plata cuajada fina sin ninguna otra mezcla. Esta raíz rara vez se llega a descubrir, porque por lo regular está en el corazón del cerro. De ella se van como ramas de un árbol creciendo por dentro de los cerros, dividiendo varias cintas de una grosura cuajada al modo de aquella grosura que entre algunas peñas se cría con el agua. A esta grosura llaman metal. Esto es lo que se corta a pedazos con escoplos y barretones. El de plata regularmente es de color blanco y verduzco; el de oro es de color algo atabacado. Esta especie de minas siempre son peligrosas, porque como las vetas que se siguen siempre van profundando, es preciso andar soterrados los que trabajan en estas cuevas, y como no lo penetra la luz del día, es preciso mantener siempre allí luz de vela de cebo, porque allí no hay aceite. Y también tienen el riesgo de que se aplaste alguna de estas cuevas, como se experimenta muchas veces, y allí morir aplastado o sofocado.

Estos metales que se sacan se recogen afuera y se transportan a espalda de bestias, que son muy pesados, a la casa del dueño de la mina; y para sacar de ello oro o plata es menester molerlo en un molino como el que se muele la aceituna. En este molino siempre de continuo va un chorro de agua por dentro de lo que se va moliendo hasta que este metal está hecho ya masa a modo de mezcla. Esta masa la transportan en zurroncitos de cuero a un corral que tiene el piso bien pisoteado a picón, estando él arrodado de pared. Ya que está toda la masa que intentan purificar, la dividen en partes o a modo de unos panes de a cinco cuartas de ancho y dos varas de largo y de media vara de cuerpo. Ya hecha la división, meten en cada uno de estos panes el azogue que le corresponde, y como quien amasa mezcla, lo van mezclando para que el azogue se vaya apegando e incorporando en lo que es metal, oro o plata. Al cabo de ocho días lo vuelven a remezclar, y al cabo de otros tantos lo remezclan tercera vez. Ya con ello se incorporó bien el azogue, y al cabo de unos días meten agua en este corral, que llaman el Buitrón. Van entonces remasando todos estos panes, y lo que es tierra, destapando un acueducto, se lo lleva el agua, y a fuerza de agua lo van depurando hasta que se queda sólo una masa limpia del azogue y el metal. Yo vi uno de estos buitrones que era de un mulato muy rico, de que hablaré a su tiempo, que tenía ochocientos panes en la provincia de Guanuco. Era masa de plata y me dijeron que en cada pan habría por lo menos seis mil pesos.

Ya depurada la masa de toda la tierra, toman una servilleta de tocuyo, y como quien hace del requesón un queso, de la misma forma van apretando lo que meten de esta masa, y con apretarla le va saliendo el azogue hasta que ya no destila nada. Estos pues panecitos de oro o de plata, ya redondos y ya aplastados, para depurarlos del todo del azogue que siempre se les queda, los meten en un horno y le pegan candela, y con el fuego se depuran del todo, porque aquellas partes térreas, si algo tenían se vuelven polvo, y el azogue humo, y quedan del todo macizo y depurado. Este es el oro o plata virgen que llaman oro o plata de piña. El azogue se vuelve a recoger para en adelante. Y estas minas que así se depuran los metales, como compran el azogue al Rey, por el consumo del desperdicio que tienen del azogue, no pagan el quinto al Rey; pero la plata y el oro que sacan lo han de manifestar al Corregidor, y sólo la pueden conducir con cédula suya a la Casa de la Moneda. Pero tienen licencia los plateros para poder labrar de ello alhajas de oro y plata y en esto no se repara aun en las minas que pagan quinto.

En algunos minerales de algunas provincias, así de oro como de plata, como lo vi en la provincia de Cajatambo, de que hablaré a su tiempo, o por falta de agua o por falta de molinos para moler los metales, los pican en morteros, y a fuerza de fuego le hacen largar el metal, y para ello tienen unas hornillas, que abajo tienen sus acueductos y su olla adonde va a dar el metal ya líquido. Meten en ellas esta grosura picada y meten candela a la hornilla, estándole de continuo cebando con leña hasta que se liquida lo que es oro o plata y hace sobreaguar las heces como lo vemos en el plomo derretido. Estas se van sacando con unos cucharones de fierro hasta depurarlo del todo. Quitan después la compuerta de los acueductos de la hornilla, y va a dar entonces la plata o el oro ya depurado a la olla que tiene abajo, en donde se cuaja el pan, o lo dividen en barretones conforme quieran sacar las panes mayor o menores. Los que así lo depuran, como no gastan azogue, pagan el quinto al Rey.

Algunos mineros hay ricos, que tienen ingenios para moler con agua los metales, y de no, es a fuerza de bueyes o caballos. En todos los parajes que hay abundancia de minerales concurren muchos mercaderes a comprarlos, por la ganancia que tienen en hacerlos después sellar en las casas de moneda. Suelen también allí llevar abundancia de viveres, porque regularmente están estos minerales en partes despobladas y estériles; pero con el oro y la plata allí nunca falta nada, antes lo que sobra son géneros y víveres. Suelen también ir algunos a comprar los metales en bruto, y con el conocimiento que tienen de lo que pueden rendir, a veces ganan mucho, y a veces se engañan y pierden bastante. Suelen también en estos minerales de mucho concurso agregarse buena parte de tahures que juegan noche y día, y esto en partidas mayores, y muchos suelen quedar pelados.

El Comisario con quien me embarqué de España Fr. Lope de San Antonio conoció en el Chocó un chapetón muy rico, el cual enriqueció con este disparate. Este cuando fue mozo fue muy jugador, y rodando por el Perú, fue a dar al Chocó, que es la provincia más rica que hay de minerales de oro. Luego que llegó se informó en dónde se solía más jugar, y le dieron noticia que en la mina de un tal Caballero. Él fuese allá, pero no tenía más que diez y ocho pesos. Allí encontró mesa parada de juego para todas horas. Púsose a jugar, y empiézale el juego a favorecer tanto, que al tombar de la media noche ya le llevaba ganado al dueño de la mina sobre cuatro mil pesos. Entonces díjole el minero: Ea, chapetón, dejemos el juego. Ya me ganas cuatro mil pesos; ya tienes con ello para buscar la vida. ¿Qué es dejar el juego, respondió, ahora que me favorece?, prosigamos, que esta noche te tengo que ganar cuanto oro tienes, y la mina también con tus esclavos.

Picado el minero, prosiguió jugando, y barájase la suerte, y a breve rato desquita sus cuatro mil pesos, y gánale al chapetón los diez y ocho pesos; gánale unas hebillas de plata que llevaba; gánale una escopeta y una espada que tenía gánale el capote y toda la ropa que traía. Ya que no tuvo qué jugar, jugó su persona en quinientos pesos esclavo para toda su vida, y a breve rato lo ganó el minero, y se fue a dormir, dando orden al negro caporal que por la mañana se llevase aquel chapetón al trabajo de la mina, dándole vestido como los demás negros esclavos, tratándole como negro esclavo en un todo. Así perseveró un año, trabajando como un negro. El amo que le observaba las acciones vio que en todo el año se portó tan puntual, que siempre era el primero en el trabajo y el último que lo dejaba, sin quejarse jamás por agravios que le hiciesen los negros.

Ya que se pasó el año, llamólo el amo, y sácale su ropa y las alhajas que le había ganado, y quinientos pesos de regalo, y le dijo: Ea, don Fulano, tome usted su ropa y alhajas. Aqui lleva usted quinientos pesos de regalo para su avío; yo le doy la libertad. Váyase usted a buscar su vida, pero no vuelva a jugar, para que no le suceda otra vez jugarse por esclavo. Eso no lo admitiré yo, mi amo, respondió el chapetón: Yo he hecho el disparate, yo lo quiero pagar. Por más que el amo porfió, no hubo remedio que quisiese admitirle partido ninguno. Así prosiguió otro año, y al acabarlo, volvió el amo con nuevas instancias a libertarlo, y él empeñado en no quererle admitir partido ninguno. Viendo el amo la constancia de este hombre, lo hizo caporal de la cuadrilla; pero entonces dobló él el trabajo, cumpliendo tan puntual a la obligación, que con su cuidado se aumentó mucho el trabajo de la mina, lo cual viendo el amo, hizo gran concepto de la constancia de este hombre, y lo casó con una sola hija que tenía y lo llamó heredero de todo cuanto tenía con tal que no volviese jamás a jugar, lo que cumplió a la letra. A breve tiempo murió el amo, y él se quedó con todo, y hoy día es el minero más rico que hay en toda la provincia del Chocó.

La otra especie de minas de criadero es que el oro se cría allí ya macizo, sin ninguna mezcla ni escoria pegada, ya a modo de arenilla, ya como lentejuelitas mayores y menores, puntitas, a veces algunas grandecitas entreveradas de un tomín, cual de dos, y a veces de una cuarta. La seña de estos minerales es, verbi gratia: En estas lomas se descubre que hay mina de oro, porque mina de criadero de plata no la hay, porque todas lo son de veta. Descúbrese pues que en este puesto hay mina o criadero de oro. El que la quiera cavar, antes la catea de esta forma: anda por toda aquella loma cortándola por largo, hasta dar con la peña que está abajo. Regularmente el oro está de la peña una vara, o vara y media para arriba; en lo demás están oritos regados, ya más, ya menos. Va pues probando todo lo que ha cortado por largo de la loma cerca de la peña, sacando bateas de aquella tierra, y lo va depurando a ver qué pinta de oro da; y con lo que ve que rinden aquellas pocas bateas de aquella tierra, saca por consecuencia qué jornal dará cavándose como se debe aquel mineral, y si le tiene cuenta, pasa entonces a cavarla.

Mas para emprender la obra, es menester antes facilitar agua, para poder empezar a trabajar, y siendo así que en la provincia de Barbacoas es raro el día en todo el año que no llueva, con todo no hay fuentes ni manantiales para poder conducir agua a la fábrica de las minas. Sólo hay una mina, que es la de don Pablo Quiñones y Cienfuegos que tenga agua perenne; todas las demás se trabajan con agua artificial de esta forma. Ya queda antes apuntado que cuando el señor Corregidor o teniente me da en nombre del rey la posesión de aquellas tierras, donde está la mina que he manifestado y quiero cavar, me da también todas las vertientes de agua que allí van a dar. Esto supuesto, se proporciona lugar donde se conoce que con la lluvia se va dirigiendo la mayor avenida del agua, y allí se arma un albergue de esta suerte: Córtanse muchos palos mayores, y de ellos se forma un atajo entreverando entre ellos una gran porción de greda que lo haga todo un cuerpo, y la parte interior adonde se ha de represar el agua fórmanse de la misma greda una muralla para que la fuerza de la avenida del agua no rompa y lo destroce todo. Déjanle a cara de tierra un acueducto por donde pueda salir un caño proporcionado, y éste es al doble mayor que lo que necesita un molino. Este caño se ataca con un tarugo, y se quita cuando es menester.

De estos atajos hay que tienen agua para cuatro días; otros hay que tienen para seis, y lo más grandes para ocho. Esto es muy costoso de hacer. Estos grandes tendrán de tres a cuatro mil pesos de costo. Esto les parecerá increíble, mayormente no habiendo de costar la leña más que el cortar los árboles, y la greda que allí se tiene a mano sin costo alguno; pero mirando por menudo es así como lo digo. Y es razón, porque aunque toda la provincia de Barbacoas es de monte alto y grande, pero no todos los palos son a propósito para formar estas empalizadas. Palo ligero o que se pudre con el agua no vale para ello. Son menester palos pesados incorruptibles, y aunque hay muchos, son difíciles de acarrear al puesto, y aunque el amo con su propia cuadrilla de negros lo haga, con todo, contando los jornales que pierde con los negros, suma mucho. En una mina estuve que era de una señora viuda llamada doña Rosa, que es la señora más rica de Barbacoas, y su mina es la que tiene mayor cuadrilla de negros. Una avenida de agua rompióle el atajo, y se lo llevó cosa de ochenta pasos lejos, y para volverla a componer quiso alquilar gente extraña y me contó el minero que era un mulato que le costó más de cuatro mil pesos.

De lo dicho puede nacer una duda, y es: Siendo tan costoso la fábrica de estos atajos, fuera mejor y más acertado, supuesto que allí no faltan piedras, fabricarlo de piedras, o de la greda fabricar buen ladrillo, y haciéndolo con buenos cimientos, se hacía la fábrica segura, y no costara tanto. A esto se responde que es imposible por dos razones: la primera porque allí no hay yeso, ni piedra proporcionada para hacer cal; la segunda porque aunque hubiera yeso o cal, allí no pudiera servir, porque jamás se secara, porque aquel clima es sumamente cálido y sumamente húmedo; y así sólo como se fabrican allá estos atajos, se pueden fabricar.

Ya compuesto el atajo para el agua, es menester cortar el monte que se intenta trabajar y quemarlo después. Ya limpia la loma de esta maleza, se ha de suponer que este mineral tiene en la superficie cosa de vara y media o dos de tierra, piedras y cascajo y otro tanto más abajo de greda. De ésta hay tres layas: la una es blanquisca como cal, y así son todos los minerales de Maguí, que es un río más abajo de Barbacoas así llamado. Todos los demás minerales del río principal que es Gualí, Güepí y Xali tienen la greda azul celeste, y si entreverada tiene alguna cinta de greda atabacada es seña que aquel mineral abunda en oro, y que su oro es el mejor quilate y granado. Todas estas tres o cuatro varas de tierra y greda se ha de quitar primero con barretones al chorro de agua, antes de que se comience a cavar la tierra donde está el oro. De estas barrancas hay de altas y de más bajas. La más alta que vi tendrá diez varas, y la más baja cuatro. Mas en el plan de la peña que está abajo a punta de barretón, es menester antes abrirle una canal de cosa de una vara de ancho o cinco cuartas y de media vara de hondo. El modo como se cava esta mina, las señas de buena o mejor, y como se saca el oro y le limpia explicaré cuando llegue a Barbacoas donde lo vi.

Y volviendo a mi entrada digo que esta primer jornada fue de camino fuerte, y llegamos a arranchar en despoblado en un ranchito que apenas en pie cabiamos en él. Todos estos catorce días desde que entramos al monte, hasta llegar a Barbacoas, todo es monte real muy alto, y todo enmarañado de bejucos y maleza, con mucha diversidad de flores, árboles y hierbas, muchas palmas y cedros que compiten en altura con las nubes; muchos loros, guacamayas y otras diversidades de pájaros. También hay algunos monos; muchas fieras y culebras a cada paso se encuentran. Muchísimas quebradas riachuelos y arroyos, y es raro el día en este monte que no llueva. Nosotros nos mojamos todo los días. Sólo lo bueno que hay es que como es clima caliente, aunque uno se moje, no tiene frío. Ni se puede secar la ropa sino a la candela, porque por lo tupido del monte el rayo del sol jamás lo penetra, y así está todo siempre chorreando agua. Pero así como la codicia de las almas anima a los Padres misioneros para penetrar la aspereza del monte de nuestra misión, en Barbacoas la codicia del oro no ha hecho habitable y proveído de víveres, volviendo a los indios cargueros bestias de trabajo por un tan corto salario como son cuatro pesos que ganan en catorce días de un trabajo tan grave. Yo tuve mi buena fortuna en mi capote de paja, que por lo menos no me mojaba el cuerpo sino de las rodillas para abajo.

Ya el otro día volvimos a partir y venimos a parar a mediodía a una casa de un mestizo, en donde se hizo el almorzadero. Allí comí un trozo de tasajo asado, por la buena ocasión de haber hallado a mano la candela. Luego volvimos a partir a nuestra jornada, y al bajar de la loma hay un mal riachuelo, que sólo lleva tres cuartas de agua; pero tan rápido que los indios cargados, con un bordón en la mano se los llevaba. El chiquillo y la chiquilla se fueron subiendo por un palo como monos. Este estaba arrimado a una peña de unas dos varas de alto. Arriba tenía otro palo arrimado y medio caído sobre de otra peña tres veces más alta, y por el palo también subieron los niños, y se bajaron por la peña ya a la orilla del río. Yo no fiándome de la corriente del río fui tras los niños, y pasé temblando. Ya a la tarde venimos a arranchar a un pueblo que llaman San Pablo, y este pueblo se compone de tres casas que hay y un tambo. Nosotros nos arranchamos en el tambo. De aquí para adelante cada jornada tiene su tambo para arranchar los pasajeros con su tablado alto del suelo, porque abajo no se puede estar, porque está todo mojado y lleno de lodo siempre.

Los indios me dijeron: Padre, mañana es día de descanso, porque aquí se han de empapelar las cargas para que no se mojen. Yo me bajé con mi don Francisco, y nos fuimos a una de aquellas tres casas, y hallé a una india con tres chiquillos pequeños. Le pregunté por su marido y me dijo que estaba en la chácara a traer choclos. Ella tenía allí media docena de racimos de plátanos colgados, que provocaban, y entre ellos había uno de guineos hartones bien maduro, que estaban destilando almíbar. Yo le dije: Señora, ¿cuánto vale este racimo? Ella me dijo: Padre, si quieres comer come cuantos quisieres. Yo que estaba rabiando de hambre, empecé a desgajar manos del racimo, ya dar a mi chapetón, y comimos los dos más de cuatro docenas. De ahí ya que no quisimos más le dije a la india: Ahora para los indios que vienen conmigo me has de vender este otro racimo. Era un racimo de plátanos dominicos de los mayores que yo he visto. Tendría él más de trescientos plátanos, y estaban ya todos bien maduros. La india dijo que valía medio real, y se lo di. Mi chapetón se fue a llamar el sacristán, y se lo llevó al tambo, y también el racimo de los guineos.

Al llegar les dije: Ea, comer, hijos, aquí tienen ustedes plátanos maduros. Se pusieron ellos a comer guineos, y por poco se acaban el racimo. Sacóse candela, y con papas y tasajo se compuso la cena, y en lugar de pan, plátanos dominicos asados y fritos hasta no querer más. Ya que acabamos de cenar dijo el sacristán: Padre, este racimo lo colgaré para mañana. Yo le respondí: Si ustedes tienen más gana ahí hay candela, asen cuantos quiesieren y coman, que para mañana todavía tiene la india otro racimo como éste, y lo compraré. Entonces el sacristán me dijo: Padre, si tú nos das tan bien de comer, avísame cuando hayas de salir de Barbacoas, y te vendremos nosotros a acompañar. Yo estaba algo cansado, y luego compuse mi cama y me puse a dormir, y los sentí que decían a mi chapetón: Vamos a asar plátanos. Él dijo: Vamos. Yo previendo lo que había de suceder, les dije: Llévense ustedes el racimo abajo, y no habrán de ir subiendo y bajando. Ellos así lo hicieron, y pasaron toda la noche asando y comiendo plátanos, que por la mañana ya el racimo se lo hubieron comido.

Ya que vino la mañana, envié al sacristán con medio real a traer otro racimo de plátanos, y en lo interim fui a abrir la petaca para sacar cacao para desayunarme, y hallé todo el pan con dos dedos de barba ya florido. Lo saqué y lo partí por medio, y se tostó a la candela, y algo se remedió, y fue preciso que en todas las jornadas se sacase y se le diese una calda para poder conservarlo. Yo a mediodía y a la noche les daba un pedacito a cada uno, pero ellos no lo saben comer como nosotros junto con la minestra, sino que lo guardan, y en acabanda de comer la olla y la carne, después se comen el pan solo. Ya que almorzaron se fueron todos ellos al monte, y no volvieron hasta mediodía, y trujeron cada cual su partida de hoja de achira. Fueron a tostarla a la candela, y después fueron y taparon con ello las tres cargas, atándolo con hilos de majagua, y quedó todo alistado para que no se mojase en el camino. El otro día de mañana volví a comprar otro racimo de plátanos para el camino.

Este día a la tarde venimos a arranchar al pueblo de San Andrés. Pueblo es también de tres o cuatro casas. Tiene su buen tambo, y allí arranchamos. Apenas habíamos sacado candela, cuando llega una comitiva de indios que venían de Barbacoas, y se vinieron al tambo. Yo me fui a una casa y compré una docena de huevos, y me costaron cuatro reales y aún no los querían dar. De ellos con papas cenamos aquella noche con plátanos asados y fritos. Al querer cerrar la noche me dijo el sacristán: Padre, si quieres comprar plátanos, porque de aquí a Barbacoas ya no hay gente. Ya yo vi por qué lo decía. Le di medio real, y fuese a traer un racimo de plátanos hartones buenos y maduros. Del otro todavía había más de la mitad; pero aquella noche con los que habían venido hombres y mujeres se los comieron, y sólo quedó el entero.

Nosotros partimos nuestra derrota, y todos los días nos llovió bastante, y un día el chapeton se atrasó, y se quedó a pasar la noche en un ranchito con unos indios que salían para fuera. Yo viendo que cerraba la noche y que él no parecía, temí que no lo hubiera encontrado solo algún oso o tigre, y lo hubiese muerto, o que alguna culebra no lo hubiera picado, y ordené que al amanecer se revolviese el sacristán a buscarlo. Así se hizo, y a poco rato lo halló que ya se venía. El séptimo día al partir del almorzadero, me dijo el sacristán: Padre, esta tarde pasamos la estrechura, y es menester pasarla aprisa, para que no nos pique alguna culebra. Es la estrechura un callejón, que con el continuo trajín se ha hecho en la bajada de una loma de greda colorada. Poco a poco se ha ido ahondando, y ha formado una profunda estrechura de más de quince varas de hondo. Arriba de una parte y otra con bejucos y maleza se ha tejido de suerte que se impide la luz del día. Tendrá el largo más de trescientos pasos, y lo peor que abajo está tan sesgado, que no se puede asentar el pie en plano, sino en algunos hoyos que tiene siempre llenos de agua; y como está pendiente cuesta abajo, es preciso, para no resbalar con la greda tan resbalosa, ir agarrándose uno con ambas manos de un lado y otro.

Cuando nosotros llegamos a este puesto, hacía un aguacero diforme, y díjome el sacristán: Padre, pasar a toda prisa, porque el agua suele con la corriente llevarse algunas culebras, y si se pisan, ellas pican, y como no tienen por dónde huir, se enroscan por las piernas, y en este callejón han picado a muchos, y se han muerto envenenados. Con estas noticias, y ver yo al mismo tiempo que era aquel paso preciso, por no haber por donde poder uno desviarse; verlo tan oscuro y que a la sazón corría por allí dentro más de media vara de agua, lo pasé con la prisa que llevaba cayendo y resbalando, y todo lleno de miedo; y como la corriente llevaba hojarasca y algunas ramas y palitos, a cada cosa que se me arrimaba a tocarme, ya me parecía que era culebra que se me enroscaba por las piernas. 

Nosotros, gracias a Dios, pasamos sin desgracia, y prosiguiendo nuestras jornadas, llegamos el día treceno al último tambo. Al cerrar la noche dijome el sacristán: Padre, aquí paran todos los caballeros, y nosotros nos vamos a Barbacoas, y avisamos y les mandan canoa, y por aquí detrás hay un camino que va al río, y se van embarcados a Barbacoas, porque mañana el camino es muy malo. Yo le dije: Esto será cuando tienen gente conocida en Barbacoas, que les manden canoa; pero yo no conozco a nadie. Él replicó que cualquiera les prestaría una canoa, y que ellos vendrían y me llevarían. Yo no lo quise admitir, y así a lo que vino el día nos partimos, y lo malo del camino consistió que toda la jornada está el monte tupido, que está todo tejido de raíces, entreveradas unas con otras, y como el continuo llover se ha llevado toda la tierra se camina todo aquel día por encima de raíces, y como hay muchas subidas y bajadas tiesas, es muy trabajoso el caminar y peligroso de caer o romperse un pie y una pierna también.

Cosa de cien pasos antes de llegar a descubrir la ciudad, hay una lagunita, que con la actividad que allí tiene el sol, tiene siempre al agua corrupta, y como antes de llegar a ella unos veinte pasos hace un llanito de gramadal, reverbera de manera el calor, que súbitamente me dio tal bochorno, como quien de repente pasara de un sumo frío a un grande calor, y yo lo atribuí a que como ya había trece días que no había visto el sol, al llegar allí nos salió de repente tan activo, que nos quemaba vivos. Pasamos de la laguna, y salimos a la punta de una loma, y abajo en llano, dentro de una ciénaga, está fundada la ciudad de Barbacoas.

La ciudad es corta, que tendrá unas sesenta casas, aun que tiene mucha gente, porque allí cada caballero tiene su casa, y en el río donde tiene la mina, tiene otra casa, y como todos tienen muchos negros y negras esclavos el trabajo de la mina continuamente van y vienen de la mina a Barbacoas, y de aquí a la mina, y así sólo por Pascuas y Semana Santa se juntan toda la gente en la ciudad, o por alguna grande función. Es tenencia, y un critico en años anteriores cifró su gobierno en esta copla satírica:

La ciudad de Barbacoas
tiene casas veinte y dos, 
un Teniente
renegado
y un cura de mala voz.

anterior | índice | siguiente