INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
(Continuación capítulo IV )



 

Ella para mostrarse agradecida me fabricó un pellón, y me lo regaló. Es un instrumento el mejor que yo he visto para ir a caballo. Pellón llaman un pedazo de jerga tosca de bastante canto de a dos varas y una cuarta de largo y una vara y media cuarta de ancho. Esto se arma de esta suerte: se hace un hilado de lana de buen grueso, y éste se dobla con bastante torcido. Después se va envolviendo en una tablita de a tres dedos de ancho, y así que está ella llena se cortan estos hilos de un canto y salen todos iguales y después se cortan más del mismo tenor, hasta que alcancen para la obra. Tómase después la jerga, y con una aguja proporcionada se le pasa a un canto una carrera de estos trozos de hilado a dos puntadas, quedando las dos puntas de a cuatro dedos, todas de una parte colgadas. Tras de esta carrera se le da otra y otra, y otra, hasta llenarlo, distando una de otra dos o tres dedos, según poco más o menos que tenga de grueso o delgado el hilado. A los cuatro cantos se le hacen cuatro botones proporcionados con su fleje, y esto puesto encima de la silla sirve de honroso jaez y de descanso al que anda montado, y en la noche sirve de colchón.

Se fabrican de todos colores. Este que me regaló esta señora era de color morado. Por lo regular suelen forrar de badana, y a cada lado le dejan una abertura con su portañuela, y sirve de alforja para llevar dentro los fiambres de camino, o la bota, o lo que se quiere. Los regulares valen doce pesos. Fabrícanse de finos, ya en la jerga, y más en los hilados más delgados y las carreras más juntas, y hay que vale veinte y cinco pesos. Y hay también que los fabrican de lana de guanaco que traen del Cuzco con los colores muy finos o tintos en grana, y valen hasta sesenta pesos. Es la razón porque el guanaco es un animal parecido al camello, del tamaño de un burro. Estos sólo se crían en lugares muy ásperos y rígidos como son los páramos, y cría una lana de palmo y medio de larga, tan fina y lustrosa o más que la seda. En el Cuzco abunda mucho y allí la tiñen en tintes muy finos. Los mercaderes que la traen la venden bastante cara. Lo regular vale dos reales cada onza. Los pellones de esta lana sólo los usan la gente rica, y se tiene a grande honra ir uno montado con un pellón de estos.

A mediados de agosto, estando yo disponiendo mi viaje, sucedió en Pasto esta desgracia. Había un fray lego de cierta religión que dijeron que teniendo celos de una moza mestiza con quien él tenía amistad, un día a la tarde fue allá y la encontró sola. Vivía ella en casa del padre del marido de doña Antonia de España, que era un clérigo. Había en esta casa dos o tres cuartos en que vivían alquilonas. Entró pues este sujeto en su casa, y el saludarla fue sacar un puñal, y darle una puñalada sobre el pecho izquierdo que le atravesó el corazón. Sálese inmediatamente y vase al cuarto de otra que estaba al lado, y le dice: Llégate, fulana, al cuarto de la Francisca, que no sé que tiene. Y con esto sálese alborozado de la casa, aprieta a correr huyendo. Con el sobresalto que llevaba lo oprimió la sangre y se cayó en tierra, y por más que fosecaba a levantarse no podía, temblándole todo el cuerpo.

Ya a este tiempo en casa del clérigo no se oían sino gritos y lloros, porque la que entró a ver a la herida, al ver tanta sangre, sospechando lo que era, levantó la voz y se juntaron todas, y alborotaron a gritos todo el barrio. Pasaba por la calle un mulato, y al ver aquel lego en el suelo, se llegó a él y lo ayudó a levantar. Ya que se vio en pie, empieza a irse a toda prisa, y al doblar la esquina, le temblaban de modo las piernas que iba, por no caerse arrimado a la pared. Como a los gritos de las mujeres que no paraban iban acudiendo muchos, él más temeroso de la gente quiso correr, y se volvió a caer, y allí estuvo un rato largo sin poderse levantar. Poco a poco se corroboró del susto, y arrimado por las paredes se fue a refugiar al colegio de los Padres jesuitas. Dentro de un cuarto de hora se supo por toda la ciudad el caso. Él al llegar al colegio, confesó de llano al Rector lo que le pasaba. Con todo allí lo ocultaron por entonces; pero ya a las diez del día ya se supo que estaba en la Compañía. Acudió allá su Superior a pedir al Rector que le entregase a su súbdito. Él se lo negó que no estaba en el colegio el sujeto. Por más que el Superior le instaba, el Rector se tuvo duro, negando al reo. Con esto se fue el Superior.

El Rector notició al reo lo que pasaba, y aun le dijo que no lo largaría sin que antes le consiguiese el perdón. En lo interim el superior hizo nuevas diligencias hasta llegar a saber en dónde le tenía escondido, y entonces escribió al Rector diciéndole que si a la noche no le entregaba su súbdito, que escribiría a Quito a su Superior y a la Audiencia, y lo podría pasar mal. Venida pues la noche desapareció el reo del colegio, y se fue saltando una pared de la cocina. Unos decían que le dieron noticia que a la noche lo habían de entregar a su Superior, y que él busco ocasión de huir; otros dijeron que el mismo Rector le dio el escape. Fuera de un modo o de otro, al cabo de cuatro días ya se supo en Pasto que ya estaba metido en el castigo.

En casa del clérigo donde estaba la difunta, aquellas mujeres, como todas eran pobres desnudaron a la difunta y tendiendo en el suelo su reboso, la pusieron encima con la sola camisa llena de sangre, y la cubrieron con una sabanita vieja de tocuyo, que allí hallaron y le encendieron una vela. Ya cerca las once vino el cura a tratar del entierro, y fue lo primero al cuarto del clérigo, y halló allí otro clérigo que era hijo del clérigo viejo. Éste le dijo: Padre cura, la difunta no tenía nada sino lo que llevaba encima. Ella ya ha siete años que vivía en este cuartito sin pagar alquiler alguno, antes en casa se le daba un bocado de limosna, porque asistía a la cocina y hacía en casa algunos mandatos, y así se habrá de enterrar de limosna. Él respondió: Puede ser que tuviese oculta alguna cosa, y yo lo quiero antes averiguar.

Con esto levántase y vase al cuarto de la difunta. Allí habíase juntado mucha gente. Entra el Padre cura diciendo: A ver, a ver, apártense ustedes, a ver que ropa y alhajas tenía la difunta. Todos a una vez repetían: Era una pobrecita que no tenía nada. Y él entretanto agarra de un rincón el faldellín ensangrentado que le habían quitado, y una camisa vieja que hallé, y como no vio otra cosa fuese a la difunta y le quita de encima la sabanita con que la habían cubierto, y la dejé boca arriba como estaba con la sola camisa algo corta, y toda ensangrentada a vista de todos, y en lo interim que recogía este expolio, repetía a menudo: Más tenía la pobrecita. Y haciendo de ello un lío se lo llevé a su casa.

Esta acción del Padre cura al instante se divulgó por todo Pasto, y de ello resultó contarme en varias partes ser tal la codicia de este hombre, que en su casa tenía un sobrado lleno de sábanas, fustanes, faldellines, rebosos y ollas que iba replegando de los difuntos pobres. Porque en muriendo alguno que no podía pagar el entierro, iba a la casa, y cuanta ropa topaba se la llevaba y despojaba las cocinas de las ollas y mates que había, y se lo llevaba y lo metía en el sobrado. Ni jamás había dado limosna alguna a pobre; y si alguno pobre y desarropado le iba a pedir alguna de estas alhajas, respondía: Yo lo tengo de menester para comer. Y lo tenía en el sobrado, en donde el polvo y la polilla se lo comían. Ya después de algunos días comenzó a correr por la ciudad que el Superior del reo disponía trazas para sacarlo engañado del castigo, y entregarlo preso a su provincial. Esto nunca se pudo lograr. Al mismo tiempo coman también voces que el dicho Superior había escrito a la Audiencia y al General de la Compañía, culpando al Rector por haber dado escape al dicho reo y que le había de ir mal.

Pasando pues yo un día por la plaza me llamó don Ramón en una tienda de mercancía, en donde hallé el teniente y los alcaldes con algunos clérigos y gamonales que estaban conversando de estas voces que corrían por la ciudad. Me propusieron el caso a ver yo qué sentía de ello. Yo respondí:Díganme ustedes cuál os parece peor, que este hombre eclesiástico, arrastrado de la pasión de los celos hiciese esta muerte; que el Rector de la Compañía después le diese escape, que fuese a meterse en el castigo, en donde perderá su alma, ¿o que el cura dejase a la difunta con sola la camisa, siendo mujer a vista de mucha gente? Yo si lo había de definir, no sé cuál delito de los tres juzgara más grave. Pero sé de cierto que si yo fuera obispo de Quito, pusiera todo empeño en sacar del castigo a este reo, y en teniéndolo en mi poder, cogiera al Rector de la Compañía y al Padre cura y a los tres los queman en medio de esta plaza con el sobrado lleno de ropa de difuntos pobres que hay en casa del Padre cura. Y de esto quien tiene la culpa son todos ustedes, clérigos y seglares. Ya no es esta la primera vez que el Padre ha dejado indecentes cuerpos de difunto del sexo femíneo. A ustedes por razón de eclesiásticos del mismo cuerpo místico les toca obviar estas monstruosidades, dando cuenta en las visitas al diocesano o al señor Provisor; y ustedes, como padres políticos del pueblo, impedírselo aunque sea con violencia y dar cuenta de ello a la Real Audiencia. Queden ustedes con Dios. Este es mi sentir. Después me dijo don Ramón que decían ellos: Más salado ha estado el Padre aquí, que el día de Santo Domingo.

Ya que he tocado la especie de los faldellines, explicaré este punto. Faldellín es una especie de faldillas que usan las mujeres desde Pasto para arriba hasta Lima, que es la que yo he visto abiertas de arriba hasta abajo, que forma una túnica como estas con que se adornan por lo común las figuras de Cristo crucificado, sino que es más largo. Los regulares faldellines de las pobres son de bayeta de la tierra, y no llevan más que un guardapolvo, su alforza, y abajo un ribetico de una cintita estrecha, y arriba otro de cinta más ancha con sus tiras para atarse. Mas lo que hace cintura viene sesgado, formando una media luna, y a lo largo no alcanza sino hasta la mitad de la pantorrilla. Llevan la camisa unas con manga agustina que llaman, que es con todo el ancho del tocuyo que tiene una vara suelta en el brazo hasta la muñeca sin puño, ni otra cosa más. Otras la parten en cuatro partes iguales, y después lo vuelven a unir metiendo entre las sisuras un encajito de a dedo de ancho que llaman pegadillo. Otras no llevan manga ninguna, sino cosa de dos dedos, que no llega a cubrir el sobaco, y lo rematan y adornan con un encaje de a cuatro dedos fruncido. A la parte superior tiene sobre el hombro dos ojetes. Meten después para adornarse una manga de dos varas de bretaña o clarín partido por medio y dividido en cuatro partes, y después vuelto a unir con pegadillos finos. Estas mangas se almidonan, y después se van encogiendo con varios dobleces como haciendo un rollo. Lo traban después con una cinta ancha a la parte de arriba, y las puntas de esta cinta las pasan por los dos ojetes de sobre el hombro de la camisa, y allí le amarran esta manga doblada, dejando los remates de la cinta atados con cuatro lazadas. Y las que son muy señoras, el remate de las faldas de la camisa la fruncen de encaje de tres o cuatro dedos de ancho. 

Sobre la camisa visten el fustán, que es una faldilla blanca de tocuyo con cuatro dedos de fleje que le clavan alrededor a la parte de arriba. De cada lado tiene una cuarta y media de abertura, que sirven de manera; y a la delantera lo fruncen con un fruncido menudo, laboreándolo o ya con hilo de diversos colores, y si es de persona rica que lo llevan de bretaña, esta labor lo hacen con seda, y cual con hilados de oro o plata, y abajo en lugar de fleje, meten encaje fino de a cuatro dedos de ancho, o ya lanzado o ya fruncido. Este se ciñe a la cintura con cinta blanca. Sobre de este fustán visten el faldellín, cruzándolo de rodilla a rodilla. Este queda cuatro dedos más corto que el fustán, y en la delantera lo ciñen desde los cuadriles, por bajo de la barriga de suerte que queda por bajo de lo laboreado delantero del fustán, y a esto llaman el desbarrigado.

Las mestizas, zambas y mulatas alrededor del fustán llevan un guardapolvo de a tres cuartas de ancho, y en lugar de entretela le ponen un pergamino, o badana encolado, y todo este alto a la parte de afuera se guarnece la cinta fruncida haciendo varios labores. Pero la gente blanca y las señoras, en lugar de estas cintas meten o damasco o persiana, cuál terciopelo y cuál brocado y tisú también. Y la gala mayor está cuando caminan a cada paso dar con ímpetu con la rodilla contra del faldellín, el cual como está abierto y tiene en la entretela el encolado, salta y se abre de arriba hasta abajo, que a primera vista es una cosa muy deshonesta. Yo la primera vez que lo vi, me sacó al rostro los colores.

Algunas muy señoras hay que sobre la camisa visten un corpiño sin mangas, ni se lo atacan tampoco, sino suelto, porque dicen que las españolas con atacarse la cintura parece su cuerpo una botica. Para salir a la iglesia las señoras usan saya de tafetán doble con tres altos de terciopelo, tajado con varias molduras, y la cinta con que atrás se ata llega hasta donde llega la saya; pero las maneras han de quedar muy abiertas, para que se vean las del faldellin, las que guarnecen de cinta fruncida muy ancha. Cuál la lleva labrada, cuál de tela, y cuál en lugar de cinta meten franja, según estuviese franjeado el faldellín. Y si es muy señora, en lugar de los altos de terciopelo usa franjas, pero todo vestido corto hasta media pantorrilla y que se le vea por abajo el fleje o el encaje del fustán.

El uso de medias de seda es allí general en las mujeres, y sólo hay distinción que las señoras úsanlas con cuchilla de oro o plata. Las ligas de cinta de a tres dedos de ancho, que se labran al propósito, y que queden las puntas colgando un palmo. La mayor pero fantasía que llevan es en hacerse el pie chiquito, y para ello desde que empiezan a calzar a las niñitas, las calzan tan corto, que les rompen la coyuntura de los tres mayores dedos de los pies.

El zapato es puntirredondo, lengua de vaca que llaman, y a la punta, donde han de quedar encorvados los tres mayores dedos, les abren dos agujeros del tamaño de una bellota, por donde asoma la media y los dedos encorvados. Las orejas del zapato sólo de a dos o tres dedos ancha, y picada menudo que haga labor. No usan hebillas, sino sueltas, de cordobán muy delgado o gamuza entapizada sin tacón ninguno. La gente ordinaria los usa todo bordado de hilo de algodón, pero las señoras lo guarnecen con cinta y lo labran con seda. En Santa Fe entre los realces del bordado de seda suelen tachonarles perlas, diamantes y esmeraldas. Cuando yo estuve allí, había una mulata que en pedrería llevaba sobre catorce mil pesos en la guarnición y tachonadura de los zapatos. Y admirando yo que hubiese mujer que en esa vanidad gastase tanta plata, me respondieron: Esta lo puede hacer, porque a costo de su honor se lo costea el señor Virrey [1]. Hasta en los hombres en el reino de Quito ha propagado en la gente vulgar esta vanidad de llevar los zapatos bordados.

El  manto sólo lo usan las señoras, y esto sólo por Semana Santa y Pascuas, y entonces lo llevan con encaje grande; pero en el resto del año todas, pobres y ricas, usan reboso de bayeta sin cinta ni curiosidad alguna; sólo sí se especializan mucho en los colores exquisitos de la bayeta. Allí no se ha introducido el abanico. Sólo sí llevan rosario y librito de devoción en las manos y muchas sortijas en los dedos. Las mujeres ordinarias llevan el cabello sólo con una trenza, y sobre la frente una cinta encordada que llaman balaca. Otras una cinta sólo de a un dedo de ancho, toda tachonada de cañutillo de oro y plata alrededor, y en medio tachonado de pedacitos de nácar y cañutillos de vidrio de diversos colores ensartados en cerdas. Llevan gargantilla de oro quien puede, o de perlas; todas zarcillos en las orejas de oro con pedrería o sin ella, y sobre de las orejas una rosa labrada de alambre con seda negra, guarnecida de cañutillo de oro o plata con lentejuelas, y en medio una piedra preciosa o un vidrio o un ensarto de perlas, y sobre de esta rosa un capullito o una perla formando tembleque. Este adorno llaman motas, y tiene una asa por donde se mete ensartando la oreja. Y este adorno es general a pobres y ricas.

Mas las señoras, del pelo de la frente forman el tupé de bastante alto; pero detrás llevan coleta. La coleta es un pedazo de tablilla de a seis u ocho dedos de ancho, y de cuarta y media de largo, esquinado. Este lo cubren de trencitas de cabello postizo, muy menudas, entrenzado con cinta carmesí. A la parte interior tiene su bolsa, donde meten el cabello propio, atado por detrás, y de esta atadura afianzan esta coleta. Una coleta de estas para armarse ha de menester diez y ocho varas de cinta. Algunas le guarnecen alrededor de cinta de tela. Las señoras que usan coleta, por lo regular, en lugar de balaca usan la de cinta de tela. Y hay de ésta que vale a siete pesos la cuarta. Ésta se ata detrás bajo de la coleta, y en los ramales le clavan fleje de oro o plata, según pide el floreo de la cinta.

Otras alrededor del tupé usan una partida de sartas de alcófar acordilladas, y en lugar de balaca usan varias piedras preciosas engastadas en oro, y todo tachonadas de piedrecitas menudas o granitos de alcófar, todo con sus engastes movedizos, y este adorno llaman cabrestillo, atado detrás tras la coleta. Estas señoras en la garganta usan ahogador de perlas o gargantilla de oro, y por lo regular son unas cuentas de oro labradas del tamaño de una nuez, y con siete u ocho cuentas rodean todo el cuello. Otras engastan en oro unos cojitos del mismo tamaño labrados a torno; y otras los llevan labrados sin engaste alguno. Sobre la cabeza usan el tembleque, que es una rosa de oro guarnecida de perlas gruesas, y sobre de ella un capullo con alambre de oro enroscado haciendo tembleque. Este adorno tiene su pulla larga que se clava dentro del cabello, y a la parte trasera o caída del cabello, y al andar, con el bambaleo que lleva, se queda temblando este adorno.

Las señoritas ricas usan todo el aderezo de diamantes o esmeraldas o amatistas. Al cuello llevan varias cadenas de oro con joya de pechos o alguna medalla o santo Cristo. En casa sólo usan delantal de clarín, y cuales también reboso de lo mismo. Es muy rara la que usa tabaco de polvo, pero es muy común el chupar tabaco. Pero todas faldellín corto.

Yo me estuve en Pasto hasta después de San Agustín, y el día del santo asistí a la fiesta con la comunidad y las demás. Predicaba el Padre Prior, el cual al empezar el primer punto, se perdió tan rematadamente, que sin tener palabra qué decir, hizo una cruz sobre el auditorio, y se bajó del púlpito. Esta fue la primera vez que había visto en mi vida esta desgracia. Es allí estilo que el que predica se aguarda en la sacristía, hasta que se acaba la misa, y después van todos los sacerdotes, empezando por el cura y demás superiores y gamonales, y gente de distinción, a darle la enhorabuena. Este pues día fui con los demás allá, y el pobre, que estaría bastante abochornado, recibió las enhorabuenas. Mas al llegar a dársela el Padre Definidor Villapanilla le dijo: Padre, séale muy enhorabuena, que de buenos hijos es perderse por su padre. De pronto se hubo de contener a puro apretar la boca la risa hasta salir afuera; pero al soltarse la carcajada, no tenía fin.

Ya yo tenía prevenido a don Ramón de mi viaje, para que me trujeran mis bestias para mi viaje, el cual el día de San Agustín a la tarde me dijo: Usted haría mejor viaje, si al llegar a los Pastos, desde el pueblo de Ipiales torcía, y tomando prevención de comida se entraba a Barbacoas a hacer una misión, que por fin aquello es tierra de minerales de oro, podía sacar buena limosna. Yo tomé su consejo, y el otro día de San Agustín con mi chapetón y un mestizo pastuso de baqueano, me partí para la provincia de los Pastos, llegué a Guáitara la segunda jornada a pasar por el paso real, en que hay tarabita. Ella no es muy ancha, porque el río viene muy encajonado, pero estará más de doscientas varas alta del agua. Tiene un cajón de cuero en que se mete el que ha de pasar; pero al ver aquella profundidad, queda una criatura con el corazón temblando de horror. Las bestias se pasan a nado por un poco más arriba, por donde antiguamente tuvo el río puente, y el río se llevó la mitad con una avenida, y allí está todavía la otra mitad entera, pero volteada.

La tercer jornada fuimos a dar a la loma de los mortiños, y la cuarta al llanito del monte en el gramadalcito del potrero. Apenas acabamos de descargar y componer nuestro rancho, cuando catay que se viene un indio, y me trae cuatro pollos, y me los dio diciéndome: Padre, toma estos pollos, porque yo te los regalo, porque yo soy el diezmero de la provincia, y te doy las gracias, porque si tú no vienes aquella noche que yo estaba borracho, mato a mi mujer, porque yo la quería matar pensando que tenía un hombre encerrado con ella. Este indio no me vio entonces sino a oscuras y borracho, y con todo me observó de modo, que ahora me conoció agradecido. Yo tomé los pollos y le dije que se llevase mis bestias al pasto que tenía delante de su casa, y que por la mañana a punta de día me las había de traer. Nosotros matamos dos pollos y los asamos y cenamos de uno, y el otro lo guardamos para el otro día. Ya que vino el día volvimos a partir, y el mestizo me llevó por el camino recto al pueblo del Siesal. Me fui a casa del cura, y salió una señora moza y me dijo: Padre, el cura no está aquí y tardará algunos días a venir. En aquella casa está un clérigo a quien encargó el pueblo, véase usted con él. Yo fui a la casa, y hallé un hermano de la mujer de Aprais doña Antonia, que al verme me conoció. Él me dijo: Padre, yo aquí estoy en lugar del cura que está afuera, pero no puedo llegar a su casa por amor de aquella mocita que tiene, porque está tan celoso de ella, que ni a mí que soy su amigo me deja llegar a la casa, ni admite en ella a nadie. Y ella le aguanta el natural por no perder la conveniencia que con él logra. Vea usted en cualquiera de estas casas se podrá hospedar.

Esto lo dijo para que yo no entrase allí donde él estaba, porque allí tenía él también su conocida, y ya yo lo sabía desde Pasto, que su hermana me lo había insinuado. Yo me fui a otra casa, le dije al indio que gobernaba si me podría buscar tres indios cargueros para ir conmigo a Barbacoas. Él me dijo que sí, y con esto salió para fuera, y los fue a buscar. Vino al cabo de un rato con el indio sacristán del pueblo y otro, los cuales me dijeron qué cargas había de llevar a Barbacoas. Yo les dije que aquellas dos petacas que llevaba con mis cosas. Ellos me dijeron si pesaban mucho. Yo les respondí: Allí están, véanlas ustedes, que la que pesa más no llega a tres arrobas. Fueron y las suspendieron, y viendo que era como yo decía, aceptaron el viaje. Yo les pregunté cuántos días habíamos de menester para llegar a Barbacoas, y ellos me dijeron que catorce. Entonces dije: Pues será menester añadir más peso a las cargas, porque yo haré prevención de víveres para este tiempo. Respondió el sacristán: Padre, la comida irá en la otra carga, y aunque llegue a seis arrobas, no te dé cuidado, porque como cada día se le va, con lo que se gasta, minuyendo el peso, el que la lleva la acepta más pesada que la ordinaria que son cuatro arrobas y cinco libras, porque ya en la mitad del camino va ligero y llega casi sin carga a Barbacoas.

Yo en Pasto no pudiendo haber encontrado arroz para llevar de prevención, la hice de habas tostadas y molidas y traía de ello una arroba en una talega de badana. Pregunté si en el pueblo podríamos encontrar pan para llevar. El indio casero me dijo: Padre, el pan fresco en este camino sólo dura un día, porque el otro día ya está podrido con la humedad, y así antes se ha de bizcochar. Yo le dije: Pues vaya usted y busque un par de arrobas, y esta noche se bizcochará, y entretanto voy yo a aquella casa en donde veo carne a comprar dos arrobas. Lleguéme a la casa, que era de un mestizo, y le dije si me vendería dos arrobas de carne. Él dijo que sí. Pesóme dos arrobas de tasajo, la cosa más bella que jamás haya visto, porque tenían aquellas lonjas unas vetas blancas de gordura entreveradas que parecía tocino. Su olor abría la gana, y es aquella una provincia en la que la carne es la mejor y más sustancial de todo el Perú. Aquel tasajo no tenía más beneficio que estar salado, y todavía estaba húmedo sin secar; pero estaba al parecer tan bien curtido, que sin repugnancia alguna como un trozo de jamón crudo se podía comer.

Llevó a casa mi chapetón don Francisco la carne, y díjome el indio casero: Padre, pan no se halla en el pueblo y así será menester mandar amasar. Yo le dije: ¿Sabe usted quién tiene harina? Él me dijo: En aquella casa vive una viuda que de continuo amasa. Yo me fui allá, y al llegar hallo en la puerta dos caballos atados. Llégome al portal, y al decir, señora, tirome el caballo una patada que pudo haber tenido, si me da bien, una desgracia. De adentro lo repararon, y hubo de ser el cura de Sapuyes, llamado el doctor Reyes, quiteño, que allí estaba de visita con un mestizo casado en Sapuyes con la hija de un chapetón hacendado en el mismo pueblo de Sapuyes, de que hablaré a su tiempo. Levantose pues el cura y me saludó, y dio por disculpa que era caballo manso, y que jamás había hecho semejante acción. Yo pregunté a la casera si me podía amasar dos arrobas de pan. Ella me dijo que no tenía harina, ni que tampoco se hallaba en todo el pueblo.

Entonces díjome el cura de Sapuyes: Padre, no le dé a usted cuidado, porque ya me voy al pueblo, y al llegar lo haré amasar y bizcochar, y mañana a las ocho del día ya lo tendrá aquí. Con esto me volví para casa, y aquella noche cenamos el tercer pollo de los cuatro. Ya que vino el otro día aguarda que aguarda el bizcocho; aun lo puedo aguardar ahora. O fuese que el cura se descuidase, o que en Sapuyes tampoco se hallase harina, él no pareció tal bizcocho. Viendo que ya se pasaba el día y que no parecía el bizcocho, di una vuelta por el pueblo y pude agregar unas doce libras de pan, y acabalando la carga con papas, dispuse que el otro día nos partiéramos de viaje para Barbacoas.
 

[1] Virrey— Posiblemente esta alusión se refiere a la célebre María Lutgarda de Ospina, apodada La Marichuela, cuyos amoríos con el virrey don José Solís escandalizaron a santa Fe. (regresar 1)

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