INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO IV
 

 

Contiene lo que me sucedió en Pasto hasta que salí para Barbacoas.

 

Ya que llegué a Pasto hallé en poder del Guardián la licencia del señor Provisor de Quito para predicar y confesar hombres y mujeres y monjas en todo el obispado, sin ninguna reserva ni limitación, como lo ejecuté desde entonces yendo los más de los días a confesar al convento de la Encarnación. A pocos días de llegado sucedió en casa de doña Antonia de España, que mandó arar su huerta con un par de bueyes para el efecto de sembrarla de maíz y habas. Estando pues un indio arando, hubo de tener la tierra una concavidad cuya boca descubrió la punta del arado. Y como es allí muy práctico encontrar guacas de los antiguos o entierros de moneda, el indio luego fue a avisar a la señora, la cual luego acudió y fue a probar con un barretón, y viendo que en realidad topaba luego, todo se alborotó, y resolvió que se tuviese secreto por miedo de la justicia, que en sabiendo que alguien ha encontrado algún entierro, o alguna guaca, luego cae encima de lo que se encontró por el quinto que pertenece al rey de cualquiera de estos hallazgos.

Como yo todos los días iba allí un rato, aguardó la señora a la tarde para comunicármelo a mí, para ver yo lo que le aconsejaba sobre del particular. Aquí tengo que notar que dos días antes de llegar yo a Pasto de la romería de la Virgen de Las Lajas, había llegado a Pasto el Guardián de Almaguer. Este paraba poco allá, porque era un tahur de primera clase, y se venía a Pasto de ordinario a buscar con quién jugar. Dos días después de haber yo llegado una noche le ganaron a los dados cuatrocientos pesos. Habiendo pues yo sabido esta noticia, una tarde que se sacó esta conversación en casa de doña Margarita, esposa de don José Jurado, y dije: ¿Y tantos pesos tiene este hombre, que en una noche arrempuja al juego 400 pesos? Entonces dijo doña Margarita: Él ahora fresquecito ha encontrado un entierro de más de cuatro mil pesos. Yo pregunté: ¿Y en dónde? Y ella respondió: En Almaguer. Fue el caso como él mismo lo contó a esta señora, como sigue:

Él había anteriormente venido a Pasto a jugar, y los tahures le habían ganado toda la plata que había traído, y una sortija de oro que él siempre llevaba en el dedo, y por allí es esto cosa muy común, con un tachón de esmeralda, que él era muy melindroso y amujerado, y vestía el hábito no de sayal, sino de una jerga muy fina y delicada, y en la cabeza en lugar de papelina, usaba un birrete blanco de bretaña fina, con su punta de encaje fina y muy almidonado, y en lugar de manto un capote de paño fino, color de concho de vino, y en estas cosas por allá, por ser muy común, aunque lo saben y ven los superiores, tienen poco reparo en ello. Viéndose ya el pollo pelado se había vuelto a Almaguer, y una india que lo servía le dijo: Padre, en este llano que está tras del convento algunas noches he visto llamear, y andando con cuidado he notado el puesto de donde salen las llamas. Te lo habrías de mandar cavar, porque sin duda hay alguna guaca o entierro de plata. Como él entonces se hallaba tan deseoso de ello, buscó barretones, y una noche mandó cavar el puesto por dos mestizos que lo servían, y encontró el dicho entierro de más de cuatro mil pesos en moneda, y luego que él se vio aperado se volvió a Pasto con una gran cantidad a rescatar su sortija y a jugar, para desquitar por lo menos lo que llevaba perdido. Pero le salió tan mal, que en sola una noche perdió sobre cuatrocientos pesos.

Fui pues a la tarde a casa de esta señora doña Antonia de España, la cual me estaba ya aguardando, y me entabló la conversación de esta forma: Padre, ya habrá reparado con aquellas tres grandes peñas que hay en medio de la huerta. Pues sepa que se sabe por tradición que en mi huerta hay un entierro de botijas, una llena de barretones de plata, y la otra llena de barretones de oro. Habrá cosa de siete u ocho años que habiendo visto llamear un mozo en el puesto, nos avisó, y mi marido puso bastante cuidado para averiguar de positivo el puesto de donde salían las llamas de las guacas o entierros, hubo de ver llamear en aquel puesto. Él me lo comunicó, y con todo sigilo mandó traer de la hacienda barretones y algunos indios, y se cayó allí y de allí se sacaron aquellas peñas y aquel montón de piedras que está más arriba.

Hubieron por fin de descubrir las dos botijas, cada cual tapada con su plato. Mi marido para sacarlas con otro indio agarraron de una abrazándola, dándose las manos para suspenderla. Pero al primer tirón que dieron se les fueron todas dos de delante subterrándose con gran rumor, y cubriéndose al mismo instante de piedras y tierra el hueco que habían dejado, y aunque todo esto de improviso los sobresaltó, con todo sintieron cómo el mido que ellas hacían por bajo de tierra poco a poco se iba alejando del puesto, hasta que cesó. El otro día de mañana vino un indio, y le dijo a mi marido: Mi amo, las dos botijas que tú ayer querías sacar están encantadas. Si tú me hubieras llamado a mí, yo te las hubiera sacado, y no se hubieran huído. Tú no sabes sacar esto, y ya ahora, no las volverás a ver, porque se fueron lejos de tu casa, y a su tiempo serán para otro que las sepa sacar mejor que tú. Todo esto supuesto, ayer mandé arar la huerta, y con la punta del arado se descubrió en otra parte un boquerón. El indio que araba me avisó, y fue allá con un barretón y lo metí allá más de la mitad, de suerte que según veo hay allí alguna concavidad. Yo estoy pensando de enviar a la hacienda a llamar a mi marido. Dígame usted ahora qué le parece que tengo que hacer. Yo le respondí: Señora, usted obre como le parezca. Pero a mí me parece que tal vez no será nada, y lo más acertado sería buscar otro barretón, y sin dar noticia a nadie una tarde con su hijo Firmino y este Javier, que era un mozo arpero que frecuentaba mucho la caza, entre los dos que vayan cavando a ver si se descubre algún vestigio, y de encontrarse entonces poco costará volver a taparlo, y entonces sobre seguro podrá enviar a llamar a su marido.

Esto le dije porque ya yo sabía que en estos entierros de plata que se hallan, por lo común antes de llegar a dar con el entierro, se hallan algunos vestigios de ladrillo o piedras labradas, clavado con mezcla o yeso, que se conoce que aquello no nació allí, sino que es cosa puesta a mano por los antiguos, cuando escondieron allí la plata u oro que se busca. A la señora no le pareció mal mi propuesta, y se determinó que para el día siguiente tendrían los dos barretones, y se pondría mano a la obra. Venido pues el otro día fui allá, y se empezó a sacar tierra y descubrió todo el hueco, y hubo de ser una concavidad natural, que a cosa de vara y media se acabó, y aunque se prosiguió hasta cavar dos varas, no se descubrió nada sino tierra natural allí mismo nacida, y con ello se desistió de la empresa.

A pocos días estando en casa de don Domingo Aprais de quien tengo ya hablado, hube de contar a las señoras la mano que me había pasado en casa de doña Antonia de España, por modo de chanza, y entonces la señora me dijo: Pocos días ha que no muy lejos de aquí encontró uno quince mil pesos en un entierro. El caso fue que mandando los señores del gobierno hacer un cimiento para hacer la pared de un cuarto de la cárcel que se había caído, y esto caía en una media plazuela que hay entre la cárcel y la casa de dicha doña Antonia esposa del mencionado Aprais. Uno de los albañiles que allí trabajaban, poniendo ya pared de cimiento, hubo de ver un hueco en la tierra, y callándose la boca prosiguió aquella tarde la fábrica sobre del puesto, y ya entrada la noche fue al puesto, volvió a sacar las piedras de lo edificado en dicho puesto, descubrió el hueco, y encontró un cajón con quince mil pesos. Él los transportó todos aquella noche, y no teniendo tiempo para volver a componer lo que había descompuesto, lo dejó descompuesto para no ser descubierto, y aunque los alcaldes el otro día hicieron exacta inquisición para averiguar quién había descompuesto aquel pedazo de cimiento, no lo pudieron averiguar. Antes con ello se averiguó que el mandar abrir ellos el dicho cimiento había sido con ánimo de buscar dicho entierro de que tenían alguna noticia sin saber de fijo el puesto donde estaba.

Por ocasión de esta conversación, díjome la viuda de don Domingo Apraiz: Todavía hay otro que no está muy lejos de este que se ha encontrado. Yo le dije: Pero y ¿quién sabe el puesto en donde está? Ella me respondió: Yo lo sé, y si usted lo quiere mandar sacar, yo se lo enseñaré. Tres o cuatro días antes había sucedido, que un chapetón que había cosa de un mes que iba rodando por Pasto pobre que no tenía nada, le dieron consejo que me viniese a ver, y supuesto que él no tenía comodo alguno, podría ser que yo le admitiese en mi compañía y lo metiese a mi servicio en las misiones. Vino pues este hombre y me hizo la súplica y remató que le diese alguna cosa qué comer, que había cuatro días que no había probado pan. Yo le pregunté de dónde era, y me dijo que era manchego natural de Manzanares, y con esta ocasión me contó que había sido granadero, y que vino de España con el general Eslava [1], y fue a Cartagena y se halló allí, cuando aquel gran corsario inglés llamado Jorge Anson quiso cogerla y se alcanzó la célebre victoria con el castillo de San Lázaro, y que después, estando destacado en Santa Fe, un cabo le dio unos palos, y él aguardó la ocasión, y hallándolo a solas, se despicó, y le dio una partida de patadas, y que se desertó, y poco a poco se había venido desviado subiendo hasta Pasto. Él se llamaba don Francisco Benítez.

Yo sólo por la estatura del cuerpo me persuadí que en realidad habría sido granadero, porque con el tiempo experimenté que era un hombre de natural pusilánime, y de ánimo tan sencillo, que no conocía la malicia, sin vicio alguno. Sólo si chupar tabaco y saber un poco de bailar; pero en lo demás inhábil para todo. Él decía que había sido granadero, y no sabía cargar la escopeta; tirar de puntería, de veinticinco pasos no habría acertado a dar a un buey. Yo viendo que el hombre estaba algo flaco, o fuera por la falta de comida o trasicado del camino, le tuve lástima y le dije: Pues venga usted a mediodía y a la noche, y comerá aquí conmigo. Él así lo hizo, y como no tenía en dónde recogerse, desde aquel día se quedó a dormir en la celda, y con un buen capote de paño azul que llevaba, se armaba la cama el pobre.

A la propuesta pues de doña Antonia, le respondí: Señora, si usted quiere yo buscaré un par de barretones, y aplicaré mi chapetón don Francisco para cavar. Ella dijo: Yo también pondré un indio de una haciendita que tenía junto al ejido, pero usted ha de pagar el gasto. Yo le dije: ¿Y qué gasto se ha de hacer? Ella respondió: Darles de cenar y de beber. Yo dije que convenía en ello, y quedamos acordes que yo buscase los barretones para el efecto. Yo los busqué y el otro día a la noche se aprontó el indio. Este indio vino con otro compañero y trujeron también dos hijos de doña Gertrudis ya grandecitos. Esta señora era hermana de doña Antonia. Yo hice prevención de pan, un queso y un frasco de aguardiente.

Ya que todo estuvo pronto, lo mandé a la casa, y venida la noche me fui allá. Cerca de las diez de la noche se llevaron todo el apero, y se fueron al puesto que estaba allí cerquita, y lo primero se atacaron la barriga, y después empezaron a cavar.

Cerca de media noche vino el hijo mayor. Nosotros según lo transportado que llegó sospechamos o que algo habían descubierto ya, o que algún Alcalde los había hallado en la obra. Y la realidad era que él venía medio borracho. Él me vino a decir que habían ya acabado el queso y querían más. Yo le di un par de reales y que fuera a comprar otro. Cerca de la una cesaron de cavar, y viendo que ya no se oía ruido, dije a doña Juana, que era otra hermana, que fuese a ver qué hacían. Fue y vino diciendo que todos estaban durmiendo. Entonces fui yo y los hallé a todos borrachos. Los llevé a la casa gateando, porque ninguno se podía tener en pie. Los dos indios se me vinieron a agarrar, y me decían: Paadre chaaapetón, dame más aguarrrdiennnte. Nosotros se lo tomamos a chanza, y dejando allí a mi don Francisco, me fui al convento a dormir.

Ellos habían cavado cosa de una vara, y se quedó abierto el agujero. Ya que vino la mañana, repararon los alcaldes el agujero y subieron a la casa uno de ellos, y le dijo: Pues doña Antonia, esta noche pasada hallaría usted bastante plata en este entierro que mandó cavar. Vaya, señora, con cuidado, porque todo esto está encantado y todavía se acordará usted de la desgracia que tuvo en casa por este entierro. Ella le negó el hecho, y que no sabía si habían o no cavado. A la tarde yo fui allá y la señora me lo contó, y añadió diciendo: Habrá cosa de siete años que vinieron a Pasto dos chapetones, paisanos de mi difunto marido, y él los trujo aquí. Al cabo de un mes que estaban en casa, les dimos noticia de este entierro, y los dos se determinaron a cavarlo, y una noche bajaron con barretones a ello; pero a breve rato les apareció un fantasmón horroroso, y del susto murió el uno, y el otro quedó veinte y cuatro horas sin sentido. Por la mañana así los encontraron, y al vivo lo olearon, y al otro le enterraron. El oleado quedó casi loco, y después de cuatro meses que aquí lo tuve enfermo, a la que convaleció, se fue para Quito.

Por este tiempo pasó en Pasto este caso: Había bajado de Quito un mocito chapetón, el cual en Quito, habiendo estado casado seis años con una viuda rica, lo descasaron porque se supo que el marido anterior de la señora estaba vivo en el Cuzco. Ella había enseñado para volverse a casar dos cartas que del Cuzco le remitieron dándole el pésame de la muerte de su marido, y en fe de ellas la dio por libre el señor Provisor, y con ella había pasado a estas segundas nupcias, y de este chapetón tenía ya cuatro hijos. Después de todo esto llegó noticia por un mercader que afirmó no sólo no haber muerto su marido, sino que vivo lo dejaba en el Cuzco y que le mandaba por él memorias y un fardo de lana muy fina de guanaco, de que hablaré a su tiempo. En vista de este testimonio mandó el señor Provisor a este mocito segundo marido, que se apartase de la señora, y con ello se vino para Pasto.

A poco tiempo de llegar, un clérigo que tenía una hija moza, puso en él los ojos para acomodar su hija, casándola con él, y para el efecto, habiendo de elegir alcaldes de campo, se empeñó para que le diesen dicho empleo y lo consiguió. El mozo, viéndose obligado del favor del clérigo, vino en casarse con su hija. Habiendo ya cerca de un año que habíase casado, estando la mujer en días de parto, catay que viénele una orden del señor Provisor en que le manda que de pronto se aparte de la mujer, y que se suba para Quito a hacer vida con su mujer, por haber venido noticia cierta de la muerte del marido, y ser válido el primer matrimonio que contrajo en Quito. Él no repugnó, y se subió a Quito, y estando haciendo vida con su mujer, catay que vuelve a venir otro mercader que le trae carta de su marido que ya estaba en camino del Cuzco para Quito. Se comprobó la letra y firma de la carta con otras que tenía la mujer, y hecha la averiguación necesaria, vuelve a intimar el señor Provisor que se aparte de esta quiteña y que se vaya a la pastusa. Él tomó su viaje y se volvió a estar con la hija del clérigo en Pasto. A cosa de unos cuatro meses llega a Quito el que venía del Cuzco, y no hubo de ser el marido de la quiteña, sino otro de su nombre y linaje, y éste testificó haber visto enterrar en nuestro convento del Cuzco el marido de la quiteña, y averiguado el tiempo, le tocaba el marido a la quiteña, y envíale orden el señor Provisor al chapetón que deje la mujer pastusa y que se suba a Quito a vivir con la quiteña.

El clérigo ya enfadado de tantas mudas y remudas, sacó al chapetón de casa con indignación, diciéndole que de modo ninguno le volviese a poner los pies en su casa. El chapetón tenía poca plata, y escribe al señor Provisor, que si no le paga lo que ha gastado en todos estos viajes, que no va a Quito. El Provisor manda llamar a la quiteña, y le dice: Señora, apronte usted doscientos pesos, y mándelos a Pasto a su marido para el viaje, porque de otra suerte no quiere, ni tiene con qué venir su marido. Ella le respondió: Señor, ya tengo cuatro hijos de este hombre, y otro que llevo en la barriga. Yo en estas mudas y remudas he gastado la poca plata que tenía. Vuestra Señoría que tiene la culpa, páguele al chapetón sus atrasos, y a mí también y de no venir el chapetón a mantenerme a mí y a los hijos, aquí se los traeré, señor, a su casa, para que los mantenga vuestra Señoría. El señor Provisor se allanó, y le remitió al chapetón doscientos pesos. A este tiempo la hija del clérigo secretamente se vio con el chapetón, y entre los dos contratan de huirse e irse a meter en el Castigo. Y supuesto que el clérigo habíale hecho dote de cuatro mil pesos a su hija, y donación al chapetón de toda la plata labrada que tenía, que era una vajilla ordinaria, llevárselo todo también con cautela. Contratada entre los dos la fuga, aguardaron ocasión para ejecutarla. En lo interim el chapetón se aperó de tres mulas al propósito, y aguardando una noche que el clérigo estaba en un festín, sacan los dos las talegas y la plata labrada, y toman viaje para el Castigo y se metieron allí. El clérigo hasta el otro día no advirtió la falta, y cuando la advirtió, ya no la pudo remediar.

Yo por este tiempo con la respuesta que me escribió nuestro Padre Salvador, de que convenía más que yo pasase a Quito a emplear el dinero en cosas de mi gusto y provecho de los indios que no remitirle allá la plata, estaba disponiendo mi viaje ya, cuando el Padre Definidor Villapanilla me dijo: Fray Juan, a usted le convendría mucho dar una vuelta por la provincia de los Pastos y predicar unos días en cada pueblo, y con ello es dable que congregase alguna buena limosna, y ya que ha de subir a Quito por ropa y herramientas, por lo menos llevarse bastante plata que emplear, porque estos viajes de la misión a Pasto no son para cada día. A mí no me pareció mal el proyecto, y lo comuniqué con el Guardián, el cual me dijo: En suposición que determinase esto, que le hiciese el favor de predicarle el Señor, de Santo Domingo, porque el predicador del convento, el Padre Simancas, estaba ausente por la provincia de los Pastos pidiendo la limosna de los carneros, el cual se tardó cuatro meses en ello, y cuando vino entregó cuatrocientos carneros a la comunidad y doscientos y once que buscó para sí.

Yo viendo la necesidad que había, le otorgué la palabra de predicar. Ya estábamos en la mitad de julio, y determiné no salir hasta después de Santo Domingo. El Guardián divulgó la voz, de que resultó que el Prior de Santo Domingo comunicó a un discípulo suyo, que entonces había venido de visitador del convento, y entre los dos determinaron darme un aviso para que yo me previniese y estuviese sobre aviso, porque los Padres de la Compañía el día de San Ignacio por lo regular en el púlpito acostumbraban dejar caer alguna sátira sobre la doctrina de Santo Tomás. Para ello se valieron de esta traza:Ellos supieron que yo tenía entrada en la casa del Secretario de la ciudad don José Jurado. En esta misma casa tenía mucha familiaridad un religioso dominico de un cuerpo diforme en alto y corpulento. No me acuerdo su nombre. Él era hermano del Guardián de nuestro colegio de Popayán, y por estas circunstancias le encargaron que buscase ocasión de avisarme, como que salía de si propio y casual el aviso.

Dentro de pocos días nos topamos los dos en la casa, y él me sacó la conversación de su hermano Fr. Vicente, y vino a contar este caso. El estudió en Quito en los jesuitas. Hay en Quito dos colegios de estudiantes, uno de Santo Tomás y otro de San Buenaventura. En los actos públicos de grados o conclusiones llevan un pleito indeciso sobre la precedencia, y en ello ha habido varios disturbios, porque haciendo cada cual de estas escuelas su coro aparte, cada cual quiere que los escaños donde se han de asentar precedan a los otros, y para ganarse esta precedencia procuran adelantarse los colegiales en ir temprano a tomar el anterior asiento. Sucedió pues un día, dijo, cuando mi hermano Fr. Vicente iba ya queriendo tomar el hábito de San Francisco que los colegiales de Santo Domingo fueron muy temprano al teatro y cogieron los escaños anteriores para presidir a los de San Buenaventura. Ya a hora competente viene el colegio de San Buenaventura y con ellos venía también mi hermano. Este díjole al lector de prima:¿Quiere Vuestra Paternidad que yo los ponga detrás? El lector le respondió: Pues vaya. Llégase este Vicente al escaño de los colegiales de Santo Tomás, y les dijo: Levántense ustedes, y dejen este asiento a los señores colegiales de San Buenaventura. El que presidía le dijo: Don Vicente, nosotros llegamos primero, y no dejamos ya el asiento que nos toca. Este pues mozo se quitó de razones, y agarrando con una mano por el cabo del asiento del escaño en que estaban sentados catorce colegiales lo levantó todo junto y lo traspuso tras del escaño donde estaban los colegiales de San Buenaventura, cuya acción pasmó a todo el teatro. Aunque de pronto yo dificulté el creerlo, pero después en Quito lo oí contar a varios que se hallaron presentes, y me aseguraron haber sucedido así.

Al cabo de rato díjome el dominico: ¿Padre misionero, y me han dicho que este año nos predica Vuestra Paternidad el sermón del patriarca? Yo le dije: El Guardián así lo quiere. Vuestras Paternidades habrán de perdonar mi impericia, y si en su convento tienen su vida y estimaría que me la prestasen, porque aquí no la hay en nuestro convento, y yo no tengo más noticias del santo que la que trae suscinto en sus lecciones del Breviario. Él respondió: Yo veré al Padre Prior, y si la hay se la remitiré. Y vaya usted con cuidado porque los Padres jesuitas el día de San Ignacio nos suelen tirar alguna pedrada al descuido. Yo le dije: Padre, cosa de sátiras o denegritivas de alguna religión en el púlpito está prohibido por decretos apostólicos y edictos de la General Inquisición. Pero con todo, si ellos se desmandaban algo, yo tengo de pegar después, y quien pega el último pega más duro.

Ya que vino la fiesta de San Ignacio asistí a ella y aquel año se estrenó un ornamento bordado en Milán, muy rico, en campo de oro matizado con floreo grande de realce en hoja verde. La capa de coro sola costó setecientos doblones. Se predicó un sermón muy regular sin sátira ninguna, y yo, venido Santo Domingo, prediqué mi sermón habiéndome valido de la vida del santo que trae el Padre Posadas (1), que me prestó el Prior. Los Padres dominicos se picaron por una proposición que dije con sencillez, y es: Como ellos le apropien el Evangelio a los doctores Vos estis sal terrae, yo para proponer la idea, fui a inquirir con quién hablaba el Evangelio, y resolví que con los dos patriarcas Domingo y Francisco. Dije entonces: Mucha sal es ésta. Pues por no hacer salado, dejaré la de Francisco, y tomaré sólo la de Domingo, ya que soy convidado. Y con esto dejaré el convento abastecido de sal hasta cuatro de octubre. Ellos se dieron por sentidos, y para volvernos la sal, el Prior encargó el sermón de nuestro patriarca a su discípulo el Padre Visitador, el cual aunque sacó todo el estambre hizo un sermón de patarata, y quien más lo deslustró fue el queremos volver la sal.

En este tiempo que me detuve en Pasto vinieron un día de Sibundoy unos indios y yo los encontré en la plaza. Ellos me conocieron y me vinieron a hablar. Yo les pregunté a qué habían venido y ellos me respondieron que habían traído espingo y barniz de condagua. Yo les dije que quería ver el barniz, y ellos dijeron que ya lo habían vendido. Con esto fui con ellos a la casa de los indios que con ello labran aquella losa de madera que noto en el Tomo Primero, capitulo VI, y en donde prometí explicar este punto en llegando a la ciudad de Pasto. Es pues este barniz la almendra de una fruta que dan unos árboles que hay en toda aquella serranía del río llamado Condagua. Es esta pepita un poco más gruesa que una almendra. Su color natural es entre amarillo y verde muy amortiguado. Estas pepitas son vizcosas, y para beneficiarlas las mascan como quien se pusiera a mascar cera blanda. De estas mascadas las juntan y hacen unas pelotas medianas. Estas las tiñen del color que quieren.

Mandan pues estos hombres labrar a los carpinteros varias piezas de cedro, platos, platones, fuentes, vasos, cucharas, pozuelos, cocos, vasos comunes, etc. La pieza la dibujan a cincel, y lo que quieren que salga dorado o plateado se lo ponen. Ya aparejada la pieza toman una pelotita de este barniz, aplastándola, la cantean a cuatro cantos, y al calor del fuego tiran de los cantos entre dos, y se va el barniz dejándose estirar y adelgazar, hasta hacerse del canto más delgado que un papel. Calientan entonces la pieza y la abrigan con este barniz, y al instante queda pegado. Sácanle de pronto el dibujo que tiene, y después se lo ponen de barniz del color que quieren, y asimismo descubren lo plateado o dorado. Pero con la advertencia que la pieza que labran no se llegue a enfriar, porque al enfriarse, el barniz que una vez se pegó ya no hay remedio de quitarlo, y por esto tienen allí siempre la candela los que labran, y de rato en rato calientan la pieza, y queda tan lustrosa como la loza de China, y China parece al que no lo sabe. Yo mandé labrar para mi uso varias piezas, y cuando volví a entrar a la misión me las llevé, y aun cuando me subí para Lima, para venirme para España, traía algunas, pero en el camino unas repartí y otras me las hurtaron, y sólo me ha quedado mi cajeta que también mandé embarnizar.

Por estos días había bajado a Pasto de su hacienda don Francisco Ortiz con toda su familia, y vino a verme. Hubo en el convento quien lo notó y lo comunicó al Guardián, el cual me dijo: Padre misionero, vea usted si compondría este hombre con don Santiago, que era otro caballero pastuso, que era fiel ejecutor de la ciudad. Ya yo sabía que los dos estaban enemistados, por lo que ya digo: En años anteriores intentaron seis sujetos pastusos bajar por nuestra misión cerca del Gran Pará de Portugal, con ánimo de pasar a Río Negro, donde suelen a veces ir algunos navíos ingleses, holandeses y dinamarquinos cargados de ropa a buscar ocasión de poderla vender a algunos españoles contrabandistas. Ellos para acertar metieron en este negocio a este don Francisco Ortiz, porque como era él entonces Gobernador de las misiones, pensaron que con su conducta les saldría mejor el negocio.

Tratado ya el negocio, buscó este don Francisco indios prácticos del río Putumayo, y aprontadas buenas canoas, los despachó con víveres y la masa de todo el dinero a la bocana del Río Negro a efectuar el negocio, quedándose él en Pasto. Ellos con los indios baqueanos que los guiaban dieron su viaje, y habiendo comprado la ropa, se volvieron río arriba y al llegar al río Timbío que entra al río Putumayo entre San Diego y Santa Cruz de los Mamos, despacharon por Timbío un indio al pueblo de Timbío, para que por allí fuera a Pasto más presto, y que avisase a don Francisco para que les saliese al camino de Sibundoy con cargueros y bestias, para transportar a Pasto la fardería de la ropa.

No fue esto tan secreto, que hubo en Pasto quien lo supo, y observándole los movimientos, le averiguaron todo el proyecto y avisaron de ello al Fiel Ejecutor este don Santiago. Fue esto de manera que dentro de breve rato se hizo en Pasto público lo que tantos meses había estado secreto. Viendo don Santiago que por razón de su oficio le tocaba atacar estos comisos, para que después no lo tachasen de cómplice, tomó ministros y se fue para Sibundoy a embargar cuanto topase. No fue esto tan de pronto que pudo el hermano de Ortiz avisarlo del peligro que llevaba la ropa si se hallaba. Al recibir el aviso ¿qué hace? Despacha un indio a avisar la gente para que se desvíen con la ropa porque son descubiertos, y ya el Fiel Ejecutor con ministros viene en busca suya. Al recibir el aviso traspusieron los fardos monte adentro por las cabeceras del Putumayo, y dejándolo mal acondicionado, se partieron en busca de los vestigios del pueblo que hubo antiguamente llamado Putumayo. Ellos poco prácticos del monte perdieron el tino, y empezaron a errar desviados.

Ya viéndose perdidos en el monte por algunos días, sin saber si iban saliendo o si se metían más en la espesura, empezáronles a faltar los víveres, y viéndose hambrientos, después que se comieron el cuero de un par de petacas, echaron suertes para matar a uno y comérselo. Cayó la suerte en un clérigo, y estando ya para quererlo matar, no lo permitió un mestizo, y se ofreció a morir por el sacerdote. Matáronle, y se lo comieron. Y andando siempre más y más desviándose, horrorizados de la pasada muerte, no se atrevieron más a echar suertes, sino que comían hierbas. Así se fueron enflaqueciendo, y murieron cuatro de hambre. Sólo quedó el clérigo vivo y un negro. Estos dos hallándose ya postrados sin fuerzas para caminar ni poderse tener en pie, con el horror de la muerte anduvieron todo el día caminando en cuatro pies, hasta que a lo último de la tarde se rindieron del todo y se tendieron bajo de un árbol a aguardar la muerte. Su fortuna fue que el clérigo nunca desamparó una escopeta que llevaba, y al querer cerrar la noche, catay que vienen unos monos y pónese allí cerca en un árbol. El clérigo estaba tan rendido que nunca se pudo tener en pie ni de rodillas para hacerles tiro. Entonces el negro medio echado tiró y mató uno. Lo cogieron, y armando candela lo asaron, y se sustentaron tres días con él.

Ya con este refuerzo cobraron algún ánimo para caminar, y en lo interim volvieron a encontrar otros monos, loros y guacamayas, y al cabo de veinte y siete días salieron en el páramo de Pasto, y viniendo a la ciudad contaron toda la tragedia de los que murieron en el monte, nunca se ha sabido más, y lo más cierto es o que se los comieron las fieras o los gallinazos. La ropa la encontraron después de un año unos indios sibundoyes, pero toda podrida de las humedades del monte y los aguaceros por haberla dejado mal acondicionada.

Don Santiago tomó en Sibundoy gente práctica del monte, y el quinto día de camino encontraron el indio que había despachado don Francisco Ortiz. Él negó a pie firme la verdad pero por la sospecha que daba el encontrarlo solo en aquel paraje, lo prendió don Santiago. Mas los indios que lo acompañaban le dijeron que no podían pasar más adelante, porque de allí para adelante no conocían el monte y se podían perder, y con ello se vio precisado a volverse atrás para Sibundoy. De allí se trujo a Pasto el indio, y lo tuvo preso algún tiempo, y viendo que nada declaraba, por fin lo largó. Este indio con las luces que dio del paraje por donde podía estar la ropa escondida, fue el origen para que después de un año la encontrasen ya podrida; que si no lo prende don Santiago, la hubieran encontrado presto, y no se hubiera perdido por lo menos todo esto.

De esta expedición que hizo don Santiago le cobró don Francisco Ortiz un odio implacable, que no ha habido medio alguno para que le haya querido perdonar. Desde entonces le negó totalmente la comunicación; ni se ha visto jamás concurrir a puesto alguno donde concurre don Santiago. Si lo encuentra en la calle inmediatamente le vuelve la espalda; si lo halla en la iglesia, se sale; dondequiera que hablen de él, luego se va; y este odio se ha pegado a toda la familia. Ha ido varias veces don Santiago por Semana Santa con varios caballeros a pedirle perdón de rodillas, y no lo ha querido perdonar; se ha buscado ocasión en las cuaresmas de predicar en su presencia sermones tajados al propósito contra odios y venganzas, y al concluir, ir don Santiago dentro de la misma iglesia a pedirle perdón de rodillas, y no quererle perdonar; se han aprovechado de exhortaciones de obispos, y no ha habido remedio. Los curas lo han requerido, y no han logrado nada; y pienso yo que del cielo, si va allá, se irá por no estar allí con don Santiago. Mas lo que yo más admiro es que siendo este caso público, halla este hombre quien lo confiesa, y halla cura que no lo priva de la sagrada comunión ni lo publica por público descomulgado.

Yo tuve algún tiempo su amistad y entrada en su casa, pero fue antes de saber todo esto, y luego que lo supe me desvié totalmente. El motivo de tener yo antes llaneza con este hombre ya lo apunté de antemano; pero para continuar a visitarlo en su casa fue: Él tiene dos hijos espurios, el uno soltero y el otro casado, y es voz pública que son hijos de un hijo y una hija suya. Esto lo supe yo por unas décimas infamatorias que le hizo el cura de Taminango, que me las leyó delante cuando desde Taminango lo acompañé a su pueblo principal, y una de ellas remata así: “Miren que paciencia de padre, viendo parir a sus hijas, hijos de sus hijos mesmos".

Este pues hijo casado tiene una hacienda, y un día habiendo ido yo a casa del dicho don Francisco de visita, lo hallé que había venido con su mujer enferma, y que le habían dado cursos de sangre y materia, y estaba rendida en la cama. Don Francisco, como allí no había medio alguno, me preguntó si yo sabía algún remedio para curarla. Yo le dije que sí, y que presto sanaría. Tenía yo un poco de canchalagua, que es una especie de pajita que se cría sólo en Guayaquil y en Chile. La de Chile es mejor. Y hablando yo en Quito con un chileno de que hablaré a su tiempo, me contó que en Chile un mozo a quien se le murió su novia a quien quería mucho, hurtó el cuerpo difunto y lo envolvió en canchalagua, y con sólo esto conservó el cuerpo de la difunta fresco y sin corrupción, flexible para muchos años, hasta que lo atinaron que con ella dormía y la usaba como esposa, y entonces se lo quitaron y sepultaron la difunta.

Díjele pues a don Francisco: Envíe usted a la oración un vaso a mi celda, y el agua que en él le remita, haga tres partes, y dele a la señora a beber en tres días por la mañana en ayunas cada día una parte, y yo supongo que sanará y no habrá menester más ni otra cosa tampoco. Así se hizo. Yo me fui a la celda y puse en remojo cosa de dos adarmes de canchalagua, y a cosa de una hora la refregué y estrujé con las manos, y le hice largar su virtud, y después lo colé. Queda el agua algo amarga con su mismo color natural, declinando un colorcito casi imperceptible entre verde y amarrillo. Mandaron un negro por ella con un vaso y se lo llené. Diéronle por la mañana la primera parte y se le quitó el curso, se le compuso la sangre, y no vio más materia. Con todo en los otros dos días tomó las otras dos partes, y el quinto día se fue sana y buena para su hacienda.

[1]  General Eslava.— Sebastián de Eslava, segundo virrey de Nueva Granada (1740-1748). Sin duda en este pasaje el autor confunde al almirante Jorge Anson con el también almirante inglés Eduardo Vernon, que en 1741 atacó a Cartagena y fue rechazado por Eslava y Blas de Lezo. En este asedio ocurrió la heróica defensa del castillo de San Lázaro por el teniente Navarrete.

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