(Continuación capítulo
III
)
Aquí ya se entra en tierra fría en adelante. Este día toda la
mañana fue penosa por el muchísimo lodo que había, y a la tarde
cerca de las tres, caminando por encima de una loma camino llano,
súbitamente vemos salir de una quebrada en que había unos arrieros
arranchados varias mulas corriendo, relinchando, dando corcovos y
patadas. Nosotros decíamos:¿Qué será aquello? Cuando un perro
que llevábamos salta corriendo, y hubo de ser un oso mediano, el
perro le corrió detrás y no lo pudo alcanzar porque él se metió
quebrada arriba por entre los zarzales y maleza y se le fue. Los
arrieros ni siquiera lo repararon. Nosotros pasamos de largo y
cerca de las cuatro llegamos a un pueblecito llamado Ilis. Es
pueblo de indios y tendrá unas veinticinco familias. Aquí compramos
dos pollos, cuatro docenas de huevos y un pañuelo de papas por dos
reales. Como era temprano, pasamos adelante y subimos una mala
cuesta, y encima todo era monte y mucho lodo de greda negra muy
resbalosa. Hacía ya bastante frío, y encontramos dos especies de
frutas, que llaman asnalulos y chaquilulos.
Ellas sólo se dan en tierra fría. El asnalulo es una mata
silvestre algo parecida al arrayán sólo que no crece en árbol y
siempre se queda mata. Carga mucha fruta en todo el año. Su fruta
es de la forma de la azarola, sólo que es negra del color del
arrayán y dos veces mayor. Su gusto es acedo apetecible como la
azarola, pero causa carraspera después en la garganta. El
chaquilulo es una mata parecida al madroño. Su fruta es un pífano
que forma abajo su calabacito y es del tamaño de un dedo mínimo.
Dentro está lleno de un licor de color de miel, y es tan dulce como
la miel. Nosotros alcanzamos algunos sin apearnos y los comimos.
Llegamos al canto de esta serranía, y para empezar a bajar había un
pedazo muy tieso del largo de treinta pasos, todo de esta greda
negra, tan resbalosa y lisa, que las bestias no tenían en qué
clavar la uña, y desde el primer paso sin poderse parar, de un
resbalón iban de nalgas hasta abajo. Yo ya sabía jinetear y
gobernar una bestia, pero llegué a temer este paso. Abajo de esta
cuesta ya es peña de cantería, y al llegar a la quebrada hay un
puentecito muy estrecho que se pasa con mucho riesgo, porque el
agua viene despeñada, la quebrada es estrecha y honda, y si cae
allí una bestia no hay parte por donde se pudiese sacar, sino moría
de golpe o se desnucaba. De esta quebradita volveré a hablar a su
tiempo por lo que en ella me pasó. Nosotros pasamos con felicidad,
y de la otra parte pasamos una loma, y encima nos arranchamos en un
pueblo que hay llamado Putis. Esta noche lo pasamos mal por el
mucho frío que hacía. Ya que vino la mañana volvimos a partir, y al
bajar de la loma ya nos hallamos en tierra templada en una pampa de
pajonal con manchones de monte muy ameno. Dejamos el camino real,
que iba a dar al pueblo de Ipiales que allí se descubría a cosa de
una legua, y tomamos a mano izquierda. Así caminamos por la pampa
un par de leguas, y llegamos al pueblecito de Las Lajas que llevo
ya apuntado. Esta gente tiene muchos manzanares. Nosotros nos
paramos en una casa, y hallamos una india vieja con una partida de
niños y niñas. Ella tenía varios costales llenos de manzanas muy
bellas. Ello le compramos dos pañuelos llenos por tres reales, y
fueron sabrosísimas, porque estaban bien sazonadas y maduras.
Yo reparé que la casa tenía un sobrado de una empalizada, y las
vigas eran de palos de pita, que hay por allí con mucha abundancia,
y encima había más de veinticinco carneros hechos tasajo. Yo le
pregunté a la vieja si aquella carne era para vender y me dijo que
no, sino para comer. Yo le repliqué por qué no comían la carne
fresca, sino hecha tasajo. Ella me dijo que así salada y seca era
mejor. Es el caso que en esta provincia de los Pastos la carne es
tan sabrosa, que en ninguna otra parte la he comido de gusto
semejante, y hecha tasajo se pone tan confita, que cruda se puede
comer, como quien come un pedazo de jamón bien
confito.
Nosotros pasamos adelante cosa de media legua corta, y bajamos a
la vega de una loma, y allí compusimos el rancho. Enfrente de la
otra parte del Guáitara está un ranchito loma adentro. El Potosí.
En la Peña pues delantera de nuestro rancho, que forma un taco, del
mismo gotearle humedad, se ha ido formando de grosura del agua una
figura como un hombre que va a caballo. Y por allí es vulgar
creencia de la gente que aquello es el demonio que antes aparecía a
los que iban por allí, y que la Virgen lo tiene ahora allí clavado
en la peña para que no pueda venir más a espantar a nadie como
hacía antes. Cosa de doscientos pasos a mano derecha, como quien va
al río, en que se acaba la vega, se empieza a bajar por un caminito
estrecho como quien baja al río, y a unos trescientos pasos está un
derrumbadero de lajas grandes que parece que aquel cerro es todo
compuesto de lajas. Forma a modo de una cueva de cien varas de boca
en alto, y en unas treinta de ancho. A la parte superior hay unas
lajas muy grandes que parece que ya se están desmoronando, tan
colgadas, que da mucho miedo al verlo de acercarse allí. Varias
veces se han caído algunas, pero es tradición que nunca ha dañado a
nadie que vaya allá a ver a la Virgen. Como este derrumbe de lajas
está sin orden, sólo con la Divina Providencia pudo ponerse la laja
en que está la Virgen en medio de todas, formando un cuadro llana y
lisa que parece formada al propósito de un perito maestro. Ella
tendrá de grueso cosa de un palmo; de ancho tendrá seis varas, y de
alto nueve o diez. A la parte de abajo está esquinada, pero arriba
está cortada en arco. Ella está perfectamente parada, y por detrás
nadie sabe cómo está trabada al pie sobre varias lajas. Con mezcla
se le ha formado un altar en que se le dicen las misas, y de un
lado y otro hay varios tiestos clavados a propósito en que le
conservan luz mucho tiempo de esta suerte.
Meten en un tiesto de aquellos una torcida y le deslíen dos o
tres libras de cebo, y entonces pónenle luz, y esto allí se deja
hasta que se acaba por sí. Y como las romerías son continuas de
todo el año, casi siempre tiene la Señora luz. Allí cada cual que
va hace varios rótulos con tinta o carbón con decorosos motes a la
Señora, y yo también hice el mío, que dice:
La perla más bien
pulida
que en fina concha se cuaja
es la Virgen de Las Lajas
en la Laja aparecida.
Está este santuario en la mitad de la bajada para el puente del
Guáitara, y como los indios del pueblo de El Potosí saben que de
continuo van a ver a esta Señora mucha gente, todas las tardes
salen por aquellas lomas a ver si hay gente. Y preguntan si hay
misa, y en habiendo vienen a oírla desde aquellas peñas. Con esto
logran que la gente varios se determinan y pasan al pueblo a
comprarles manzanas, que ellos las conservan para este fin todo el
año, y no van caras. Cuarenta dan por medio real. El segundo día de
haber llegado pasamos allá y trujimos cuatro pañuelos llenos. Este
segundo día vino también de Pasto un herrero conocido de la gente,
y nos hizo detener un día más, porque él teníale prometida una
misa, y viendo que a los cuatro días ya tratábamos de volvernos me
rogó que le celebrase esta misa y lo hice por
complacerle.
El quinto día nos volvimos por los mismos pasos que venimos, y
la segunda jornada venimos a arranchar en el llanito de la
chorrera. Ya era tarde cuando llegamos y fueron por candela a
aquella casa que dejo anotada sobre un altito. Aquí vivía un indio
con su mujer y una máquina de chiquillos que tenía. Él entonces no
estaba en casa, pero cerca de la media noche vino borracho, y con
el machete en la mano quería matar a su mujer. La mujer que ya lo
conocía se cerró dentro la casa con sus hijos atrancando la puerta
que era del cuero de una vaca; pero viendo que con el machete
procuraba romper la puerta, por otra de una huertecita que tenía me
despachó dos niños para que fuera a socorrerla. Yo que siento el
alboroto y gritos de la mujer, voy allá y hallo al indio emperrado
en querer romper la puerta y matar a la mujer, diciendo que allí
dentro tenía un hombre con quien estaba amancebada. Yo al llegar lo
agarré de la melena, y del primer tirón lo tendí de espaldas y le
quité el machete, y le dije: Ah, perro indio borracho, ahora te
ataré y te daré tantos azotes, hasta que se te quite la borrachera.
Miren el pícaro; la mujer que sé yo muy bien es una santa, quiere
matar. Mañana avisaré yo al alcalde, y te mandará poner a la cárcel
y te dará un novenario de azote. Ándate de aquí borracho. Diciendo
esto empecé a darle de cordonazos, y lo hice levantar más que de
prisa. Él repetía: Padre, perdóname, que yo no te había visto. Y yo
le repetía cordonazo y otro y empellones que lo llevaban al
estricote. Yo por fin logré que se fuera. De lo que él hizo conmigo
en otra ocasión hablaré en adelante. Ya que se hubo ido hice abrir
a la mujer y le di el machete y me fui a dormir.
Ya que vino la mañana partimos, y al salir del monte tomamos
otro camino para ir a salir derecho a la hacienda de don Miguel,
porque antes de partir dejó encargado que le armasen la tarabita
que tenía para pasar el Guáitara, y no haber de ir a rodear por San
Lorenzo. Al cabo de un rato díjome don Miguel:Padre, ¿ve usted
aquel cerro que hace aquel pomo arriba? Pues allí encima hay tres
ollas llenas de oro, y para subir en el penacho del pomo hay
escalones muy bien labrados a pico. Yo le pregunté: ¿Y quién puso
allí el oro y labró la escalera? Él dijo que los antiguos en la
conquista lo pusieron y lo encantaron, y para tomarlo han de
renegar de Dios. Yo le pregunté si sabía si había ido alguno allá.
Él me dijo que se sabía que varios habían ido, pero que al llegar
al principio de la escalera les había dado tanto miedo, que se
habían vuelto. Pero que había poco que dos amigos se habían
determinado a ir, y fueron en realidad. El uno se quedó al pie de
la escalera y el otro subió arriba. Vio las ollas y fue a coger un
puñado de oro; pero apenas metió la mano, cuando lo agarraron sin
ver quién por la muñeca muy fuertemente, y al mismo tiempo le dijo
una voz muy espantosa: Reniega de Dios, y todo será tuyo. Él se
quedó amortecido, y cuando volvió en sí, porfió a sacar la mano, y
por fin lo soltaron y se bajó horrorizado, y se volvieron los dos;
pero al fulano se le quedó la mano hasta la muñeca negra y sin
movimiento. Es esta una serranía que cae unas cinco leguas lejos
del Mortiñal que llevo referido. Todo aquello es despoblado e
inhabitado de criaturas, y de la parte de allá también, hasta
llegar a Barbacoas, de que hablaré en adelante.
Nosotros nos venimos a arranchar delante de una hacienda a unas
cuatro leguas de la de don Miguel. Allí pasamos la noche, ya en
tierra caliente, y por la mañana tomamos caminos por dentro de otra
hacienda de ganado. Yo reparé que por aquellas lomas había muchos
montoncitos de tierra alineados de cosa de cien pasos de distancia
unos de otros. Ya yo en otras partes había reparado lo mismo.
Preguntéle a don Miguel a qué fin habían hecho estos montoncitos de
tierra. El me respondió: A esto llaman tolitas, porque en siendo
montón grande llaman tola. La tola es señal de que allí hay guaca,
que es lo mismo que sepulcro de gente; pero estas tolitas las
hicieron los antiguos para dividir las tierras a los distintos
dueños. Nosotros llegamos a una puerta que tenía la hacienda en la
parte que tenía el potrero arrodado de pared. La casa de la hacieda
estaba muy retirada para haber de ir allá que nos abriesen; pero
don Miguel dijo: Yo quiero probar a ver si yo sin la llave sabré
abrir. Metió la hoja de una cuchilla por entre una rajita, y
levantó tres teclas que tenía adentro, y entonces el barrote que
atravesaba corrió atrás y se abrió la tranca.
Yo me quedé admirado de ver el ingenio de esta cerradura. Ello
no tiene clavo alguno ni cosa de fierro, sino que es una chapa de
palo fino de a cuatro dedos de grueso. A ésta le abren adentro su
concavidad, y en proporcionada distancia de arriba para abajo le
abren tres canalitas. El barrote atravesaño que cierra la puerta
tiene otras tres canalitas abiertas a la misma proporción. De la
parte de arriba entran en un palito formadas tres teclas a la misma
proporción. Al pasar pues el barrote atravesaño que cierra la
puerta, caen de arriba las tres teclas, cada cual en su canalita, y
ponen inmoble el barrote, y así ya la puerta no se puede abrir sin
que se levanten estas tres teclas. La llave también es de palo muy
sencilla, y tiene tres dientes que al revolverlas cada una levanta
su guarda, y con ella se alzan las tres teclas; mas está de manera
ajustada a sus guardas estos dientes de la llave, que con otra que
tenga un canto más o menos de papel, ya no abrirá. Dióme gusto el
ver esta especie de cerradura, y bien mirada es más segura que las
de fierro, porque sólo rompiendo la puerta se puede falsear.
Nosotros pasamos, y cerca de las tres de la tarde llegamos al
Guáitara enfrente de la hacienda de don Miguel. De la hacienda que
está de la otra parte nos vieron, y bajaron unos indios a ayudarnos
a pasar; pero como nosotros no lo reparamos, empezaron a gritar,
hasta que nos respondieron de la hacienda. Llegamos abajo y pasamos
muy bien. Habiendo llegado, trataron de pagarme el viaje y las
misas, mas yo dije que no quería nada, y que diesen las gracias a
doña Antonia. Ya que vino al otro día tratamos de volvemos a Pasto
los que habíamos venido, y don Miguel me regaló un pan de azúcar.
Mas qué azúcar aquel tan fina y granada. Don Miguel me
dijo:Padre, con esta se puede sacar candela. Yo le dije: ¿Y
cómo? Él respondió: Ahora lo verá. Sacó un eslabón y dióle una
rastrillada, y como si fuera pedernal, destelló candela.
Todavía habían quedado en casa cuando partimos una partida de
rallados y alfandoques, y don Miguel nos diólo casi todo, y nos lo
llevamos para Pasto. Ya era algo tarde cuando partimos, y fuimos a
hacer noche en el Cebadal, en el mismo puesto en donde peleó con
aquel oso don Manuel de Ibarra, como llevo referido en el Tomo
Segundo, capítulo II. Don Miguel después de cenar, sacó esta
conversación, y yo que sabía el caso de raíz del mismo con quien
pasó, se lo conté. Las dos señoras que venían, empezaron a tener
miedo, y aquella noche no nos dejaron dormir, porque cada instante
les parecía que ya venía el oso a pelear con ellas. Ya que vino el
día partimos, y aun parecíales en todo el camino que habíamos de
encontrar algún oso que nos devastase, y no habría sido maravilla
encontrarlo, porque en el páramo que hay antes de llegar a Pasto
los hay y muchas veces se hallan por allí. Nosotros pasamos
felizmente, y cerca las cuatro de la tarde llegamos con felicidad a
la ciudad.