CAPÍTULO
III
Contiene lo que me pasó en Taminango hasta que volví a Pasto del
viaje de la Virgen de Las Lajas.
Yo llegué al pueblo de Taminango, que se compone de ocho casas y
la iglesia. Él tendrá de vecindario sesenta vecinos indios, zambos
y mulatos. Los otros viven desparramados por aquellas lomas, en
donde tienen su casa, buenos platanares y sembrerías de maíz y
yucas. Algunos tienen su cacaual,y todos ganado vacuno y bestias.
Cae el pueblo en una pampa llana, toda de gramadal muy ameno. El
que hacía la fiesta era un mulato llamado Antonio Méndez. Así que
me descubrieron bajando la cuesta, lo avisaron y se vino a salirme
al camino. Me llevó a una casa en que los que estaban hospedados no
cabían en pie, porque eran más de cincuenta. Él era Síndico del
convento en aquel pueblo. Yo le dije la recomendación que llevaba
del Guardián, y él me dijo que después de la fiesta saldría conmigo
a pedir la limosna, en la cual el pobre da en plata lo que puede, y
los que tienen dan un becerro o una novilla o un
toro.
Él desensilló el macho y lo mandó a un potrero, y la silla con
su arreo se lo llevó a guardarlo, porque como había tanta gente de
todos aquellos pueblos, que habría más de trescientas familias, me
dijo: Padre, no tenga cuidado que yo lo mandaré guardar todo hasta
que se vaya. Él me condujo a la casa del cura, cuyo pueblo
principal está cerca del trapiche de don Francisco Ortiz que ya
traigo relatado. Allí hallé dos clérigos de Pasto, un fray dominico
y otro mercedario, y media docena de mestizos que jugaban a los
dados con el cura, que es el mayor tahur de toda la provincia. Ya
que se hizo noche cenamos muy bien, y yo procuré escaullarme e irme
a dormir en una barbacoa de la casa en donde me había hospedado
este Antonio Méndez, y fui tan feliz, aunque dormí muy poco por el
alboroto que llevaba la gente con varios bailes que se armaron
hasta por la madrugada, que me quedé solo en la casa con una mulata
asquerosa de carate, que causaba horror el verla.
Cerca de las diez de la noche, viendo que era imposible dormir,
me salí afuera con ánimo de gozar del fresco. Allí topé con uno de
los clérigos, el cual me contó lo que ya digo: A la mano izquierda
de la iglesia hay a una legua de distancia una cordillera de
serranía muy alta, que se viene tajando del páramo de Guanacas, y
dando medio círculo traspasa por la provincia de Cali y Antioquia,
y va a rematar al Cuna Cuna. Dentro de este medio círculo que forma
ya unas pampas muy dilatadas con buenos pajonales, entreverados con
manchones de monte. Ha muchísimo tiempo que unos ladrones que se
dieron maña de hurtar un situado que bajaba con treinta mulas
cargadas de plata del Rey, de Pasto para Popayán, y éstos se fueron
temerosos de la justicia a buscar dónde poder estar sin riesgo.
Unos indios de Taminango les dieron noticia de este paraje que lo
llaman El Castigo. Está esta serranía de tal suerte situada, que
por ninguna parte se puede bajar abajo. Estos pues ladrones se
dieron maña con rejos de formar una maroma, y por ella bajaron
reses, matas de plátanos y maíz y los cajones de plata y las armas
que tenían. Y algunas mujeres y muchachas indias que hurtaron de la
provincia de Patía, y teniéndolo ya todo abajo, se bajaron ellos, y
allí se hicieron fuertes quitando la maroma y aunque se supo que
allí estaban y aplicó todo su poder el Virrey de Santa Fe y el
Gobernador de Popayán no se halló medio para subyugarlos, y varias
veces después que lo han intentado, han dejado la empresa por
imposible.
Estos hombres con el tiempo han procreado, han aumentado ganado
y bestias, platanares y sembrerías, y a pico han abierto hoyos en
la peña para entrar y salir; han formado abajo su fuerte en donde
siempre tienen puestas centinelas para avisar siempre que alguien
quiere bajar allá. Sólo puede bajar de uno a uno, y no dejan bajar
el segundo sin que primero hayan registrado lo que trae el primero,
y así los demás, acutelando alguna traición. Con el tiempo han
adquirido herramientas y armas de fuego, y con esto se han hecho
más inconquistables. Todos los que por el Perú cometen algún delito
de muerte, siempre que pueden escapar, se van a refugiar al
Castigo; y allí los que gobiernan, en siendo hombre que tiene
delito, lo admiten con ellos. Con esto han entrado allá muchos
negros y mulatos perversos, y siempre se ha vuelto el paraje más
inconquistable.
Allá han encontrado muchos minerales de oro muy fino, y a la
codicia del oro acuden allá mercaderes con mucha ropa a vender, y
para bajarla les prestan sogas de rejo, y con este comercio nada
les falta, porque por estos comerciantes encargan ellos que les
traigan cuanto necesitan de pólvora, balas y munición, armas y
herramientas, tanto que al presente tenían una casa de armas de más
de quinientas escopetas, muchos pares de pistolas, muchas espadas y
lanzas, allí todo junto al fuerte, y allí un tambor cuyo ronquido
se oye de tres leguas, y de estos hay muchos repartidos de trecho
en trecho para convocarse todos a la defensa, con pena de la vida
al que no acude al tocar los tambores, y otra contraseña que tienen
de humo en paraje destinado; con cuyo apero y cautelas no hay poder
humano que los pueda subyugar. Ya que vino el día yo me fui a la
iglesia y dije misa, y después me dieron un par de huevos fritos y
guarapo. No había venido un fray dominico que había de predicar el
sermón, y allí hubo noticia de que algunos días antes había estado
algo enfermo. Viendo pues Antonio Méndez que ya eran las ocho y no
parecía, se fue a consultar al cura sobre lo que haría para sermón.
Él estaba durmiendo por haber jugado hasta romper el día, y fue
menester desquiciar la puerta. Lo despertaron, y él dijo: Vea al
Padre misionero si se animará a predicar, y de no, no habrá sermón.
Vino a verme este Méndez, y me ofreció dar lo que yo quisiese. Yo
le dije que no, sino lo que había de dar al predicador que hacía la
falta. Entonces dijo él: Pues vaya, le daré veinticinco pesos, que
es lo ordinario, y cinco más de regalo, porque me saca del empeño.
Yo al instante me retiré dentro de un manchón de monte de guayabal
que allí cerca está y formé mi sermón. El cura cantó la misa y los
dos clérigos le asistieron de ministros, y los dos frailes y cuatro
indios la oficiaron con música de tres violines y tres arpas, dos
dulzainas, un cuerno y un tambor con su pífano. Yo que subo al
púlpito y empiezo mi sermón, y a breves cláusulas, catay que veo
entrar al dominico predicador que acababa de llegar. Él oyó mi
sermón, y después me vino a dar las gracias. Este día se empleó
todo en bulla y tropelía, y en casa del cura juego que no
paraba.
Ya que vino la tarde trujeron algunos novillos y los torearon
toda la tarde. En lo interim allí cerca de la iglesia, a la mano
izquierda, se levantó un gran tablado, y sobre él se formó un
teatro para representar la comedia. Y a prima noche lo primero se
armó baile hasta las nueve; después se nos dio de cenar, y después
se representó la comedia que se había ensayado en Pasto, y no
estuvo mala. Ella me dijeron que la había compuesto nuestro Síndico
don Ramón de la Barrera, y la historia fue: El alma santa, guiada
del santo temor de Dios y combatida del mundo, demonio y carne. Yo
viendo que ya pasaba la media noche cuando se acabó, me fui luego a
dormir, y el sueño me cogió de modo que aunque hasta la madrugada
en la plaza estuvieron de fandango, no oí nada, hasta que cuando ya
desperté de día, me fui a decir misa, y reparé de paso que en casa
del cura todavía estaban jugando.
Este tercer día sucedió lo mismo que el pasado, y en la tarde
cerca de las cuatro se convocó toda la chusma de gente en la plaza
sin orden ni concierto, y trujeron una yegua con una enjalma y un
dogal de flores y una guirnalda, y allí se leyó un bando ridículo,
y después empiezan a agarrar los hombres una mujer y las mujeres un
hombre, y en brazos con gran algazara les ponían el dogal, y la
guirnalda y lo montaban en la yegua, y así iban remudando cada
instante, y esto duró hasta la noche. Yo viendo la gran bulla que
llevaban y que no respetaban ni cura, ni clérigo, ni religioso,
como estaba mirando a lo lejos, me fui escaullando y me metí en la
iglesia a valerme del sagrado para que no atropellaran conmigo, y
me valió. Porque aunque el fray dominico se vino con un clérigo y
media docena de mestizos determinados a sacarme de la iglesia y
ejecutar conmigo la misma bulla que con los otros, yo que estaba
sobre aviso, llamé un negro enfermo que conmigo estaba en la
iglesia, y sentándome en el confesionario lo hice arrodillar en
ademán que se estaba confesando, y con esto al verlo ellos no se
atrevieron y se volvieron bullados.
Ya que hubo sosegado este bullicio, volvieron a armar de nuevo
baile, y al cabo de rato me salí de la iglesia, y con cautela fui a
buscar a Méndez, y le dije: Deme usted algo que cenar, que yo tengo
sueño, y la cena irá a las largas, y así no quiero aguardar. Él
entró en donde tenía la despensa y me dio un trozo de jamón y otro
de asado, y un pan y un mate lleno de guarapo, y yo al descuido,
sin que nadie lo reparara, me fui al manchón de los guayusos, y
allí emboscado donde nadie me pudiese encontrar, cené solito y a
gusto y allí dormí. El baile duró toda la noche, porque cuando yo
desperté por la madrugada, todavía bailaban y prosiguieron hasta
que salió el sol. Yo antes que amaneciese me fui a la iglesia, y al
apuntar el día dije misa, y después de dar gracias salí al portal
de la iglesia, y entonces remataban el baile. Yo me fui a desayunar
y Méndez me dijo: Padre, ¿en dónde se metió usted anoche a dormir
que no lo pudieron hallar? Yo dije: ¿Y quién me buscaba? Entonces
me dijo: Sabe usted cuánto ha sentido el predicador que usted haya
predicado su sermón. Los dos dominicos habían jurado anoche, que lo
habían de hacer bailar y le habían de ganar a los dados la plata
del sermón y toda la noche lo han ido buscando hasta en la iglesia.
Yo me recogí a la casa de mi hospedaje, y dentro de hora y media se
fue toda la gente, y sólo quedaron los tahures, los cuales
perseveraron tres días más jugando lo más de la noche y día. Estos
dos días primeros que vinieron me proveyó Méndez de un caballo y
fuimos los dos a pedir la limosna y se congregaron veintitrés pesos
de plata y veinticinco reses de ganado vacuno. Méndez los recogió
en su potrero, y me dijo que dijera al Guardián que dentro de
quince días lo remitiría a Meneses a la hacienda del Síndico don
Ramón de la Barrera, para que desde allí dispusiera de él a su
gusto.
Este es el estilo que se tiene en el convento de Pasto, que las
reses que de limosna se recogen, se tienen en buen pasto en esta
hacienda de Meneses, y cuando están gordas, se traen de dos en dos
y se matan en el convento, y en sacando la carne que para la semana
necesita la comunidad, lo demás se vende, y entra esta plata en
poder del Síndico, y sirve a beneficio de la comunidad. Ya al
cuarto día después de la fiesta me fui acompañado del cura y todos
los tahures que habían quedado, y nos fuimos a dormir a San
Lorenzo. Al ver ensillar mi machito, voy a ver mi puro de
aguardiente y me lo hubieron hurtado. En el camino le conté al cura
lo que me había pasado con el sombrerero de San Lorenzo, y entonces
fue y me dijo que era el mayor borracho de toda la provincia,
siendo el mejor maestro que había por toda aquella tierra para
fábrica de sombreros.
Nosotros llegamos temprano a San Lorenzo, y entretanto que nos
compusieron qué cenar, volvieron a armar juego. Cenamos, y yo
inmediatamente de acabar me acosté, y ellos prosiguieron jugando
hasta la madrugada. Ya que vino el día yo me fui a decir misa, y me
desayuné y desperté al cura, el cual se levantó y almorzó, y
dejando durmiendo a la demás comitiva, nos fuimos los dos. El cura
iba contento, porque esta noche los había desplumado a todos, y en
el camino me dijo: Sabe que le estimo que me haya despertado,
porque yo llevaba perdiendo diez y ocho pesos; pero esta noche me
desquité y les gané cuarenta y ocho pesos. Y si usted no me llama y
nos vamos, talvez hoy me lo habrían ganado. Ya que llegamos a las
yeguas, yo traía un trozo de jamón que le pedí a Méndez, y me
llegué a casa de la vieja que me había socorrido, y se lo
di.
El cura me llevó a su pueblo, y al otro día salí con él a pedir
la limosna, y junté siete pesos y cinco terneritos. Al otro día me
fui a la hacienda de don Francisco Ortiz, y a otra de un mercader
genovés casado en Pasto, el cual entonces hacía un trapiche, y cada
uno me dio un ternero. Todos siete juntos los llevé al otro día a
Meneses, y el caporal me dio otra de su cuenta, advirtiéndome que
en llegando a Pasto fuese también a pedir la limosna a don Ramón,
el cual también solía dar un ternero. Esta misma tarde pasé a otra
hacienda de una señora viuda, la cual me dio un escudito de oro de
a dos pesos. Yo me quedé allá a dormir, y al otro día me fui a
Pasto por el monte y lo pasé mejor que por el alto. A los quince
días de haber salido llegué a las cuatro de la tarde a Pasto, y de
paso entré en la casa de don Ramón, el cual me dio un doblón de a
cuatro, y así se ajustó la limosna toda en treinta y tres reses y
treinta y cinco pesos.
Me fui al convento y hallé al Guardián que hablaba en el
claustro con el Padre Baquero, y al verme se quedó yerto, porque
pensó que yo no había hecho nada. Es el caso que el estilo regular
que tienen allá los padres cuando va alguno a pedir esta limosna es
ir a Taminango de casa en casa, y en cada una estarse tres o cuatro
días congraciando aquella gente, para sacarle después de la limosna
que dieron para el convento, otra limosna para si o en plata o en
ganado, y gastar en ello tres o cuatro meses, y traer más para sí
que lo que trae para la comunidad. Por esto el Guardián cuando a
los quince días ya me vio en Pasto, pensó que yo no traería nada.
Dile cuenta de lo que traía, y se quedó pasmado. Abrió el pañuelo y
contó los treinta y cinco pesos, y me dio un doblón de a cuatro. Yo
le dije: Padre Guardián, yo no lo necesito. Si V. Paternidad quiere
congraciarme, búsqueme una lata de tabaco en polvo, que yo entonces
se lo agradeceré mucho. Él al instante dio el doblón al Padre
Baquero, el cual la misma tarde salió y me trujo el tabaco. Yo le
pregunté cuánto había costado, y me dijo: Este es tabaco fabricado
en Santa Fe, y vale cuatro pesos cada libra. El de Quito no vale
sino dos pesos, pero es muy flaco. Este es mucho
mejor.
Desde los primeros días que yo llegué a Pasto, pregunté al
Guardián si en Pasto había hermanos de la Tercera Regla, y supe que
había muchos, pero no tenían ejercicios algunos. El Padre Baquero
era el Comisario. Yo lo inquieté a que me promoviese este negocio,
apuntándole el interés que él tendría en los escapularios y
cordoncitos. Yo hablé al Síndico don Ramón que lo era, y a algunos
clérigos, y se determinó convocarlos a todos y hacer de nuevo
Capítulo. Dile el norte que había de guardar en las elecciones de
Ministro, Definidores, Limosneros, Secretarios, Celadores,
Procuradores, etc. Y lo mismo en el otro sexo. El modo que se había
de guardar en sus congresos, el modo y en qué se había de gastar la
pecunia; y la asistencia que se había de hacérseles en las
enfermedades. Y por fin todo el gobierno que se había de tener en
todo, porque allá nada sabían. A la que se propagó la voz, se
conmovió todo Pasto, y quedamos acordes que en volviendo de
Taminango se empezaría encargándome que previniese una plática al
propósito para el día del entable.
Aquí hay que suponer que cuando los Padres jesuitas fundaron en
Pasto su colegio, luego entablaron, los viernes a la noche, la
Escuela de María. Los Padres agustinos los viernes al anochecer
hacían las caídas de Cristo, y acudía allá bastante gente; pero a
la noche de la Escuela de María, que a la misma hora entablaron los
Padres jesuitas, se despobló el ejercicio de los agustinos, y se
pasó el concurso a los jesuitas. Los Padres agustinos se quejaron y
enviaron un recado político al Rector diciéndole que para este
nuevo ejercicio que introducían, que escogiesen otro día, porque
ellos el viernes al anochecer tenían las caídas. Respondió el Padre
Rector que ellos no forzaban a nadie a venir a la Escuela de María,
y que como en la Compañía se hacía en los viernes este ejercicio en
los otros colegios, en los viernes los perseverarían con la gente
que acudiese, fuera poca o mucha, y que lo mismo podían hacer allá
en San Agustín.
Ya pues que vine de Taminango, el primer día festivo se
convocaron todos los Terceros y Terceras a San Francisco y se mandó
poner la gente en orden, y lo primero se rezó a dos coros la
corona, alternando con los brazos en cruz cada decenario su coro.
En una cruz y en una columna que se había prevenido con sus peañas,
también se ponían dos, alternándose, y otros dos que daban la
vuelta con dos calaveras en las manos, también alternándose. Ya que
se finió la corona, se descubrió el Santísimo, y se leyó en el
Padre Estela lección espiritual, y finida, se tuvo media hora de
oración mental. Se volvió a encerrar al Señor, y después les hice
una plática del desprecio del mundo. Después se señalaron Ministro
y Ministra, Definidores y Definidoras, y todos los demás oficios
intimándoles a cada cual su obligación.
Se tomó con tal fervor que el viernes primero que vino ya apenas
cabía la gente en la iglesia, y con ello se despobló la Escuela de
María a los Padres jesuitas. Ellos lo sintieron fuertemente y
pasaron recaudo al Padre Comisario, para que mudase en otro día los
ejercicios de los Terceros, porque el viernes ellos tenían la
Escuela de María; pero se les respondió lo mismo que ellos habían
respondido a los Padres agustinos. Este hueso no lo pudieron roer
ellos de forma alguna. Había entre ellos un jesuita quiteño de
mucha fama, llamado el Padre Garrido. Éste buscó arte y modo para
despicarse, y venida la ocasión, abortó de una vez todo su veneno
de esta forma.
Sucedió que de Quito bajó a Pasto un chapetón que iba con dinero
a Popayán a emplear. Éste era Tercero, y como supo que en Pasto los
viernes los Terceros tenían sus ejercicios, se fue a presentar al
Padre Comisario, y asistía con los demás. Éste conocía al Padre
Garrido, un viernes después de los ejercicios se fue al colegio a
visitarlo. Díjole el Padre Garrido:¿Con que ya viene usted de
los ejercicios? Sí, Padre, respondió el chapetón. Y el Padre
Garrido añade: ¿Y no sabe usted que con esta asistencia queda usted
y los demás descomulgados? ¿Por dónde, Padre, me viene esta
descomunión? Yo se lo enseñaré, responde el Padre Garrido. Y con
esto toma un tomo in cuarto, y abre un registro que tenía prevenido
de las descomuniones de varios Sumos Pontífices, impuestas por
varios motivos, y entre ellas hay una que dice así: Contra los
frailes menores que admiten a los Terceros en sus oficios divinos.
El chapetón la leyó y se impuso en el nombre del autor, y notó el
folio, y le respondió: Pues Padre, yo lo ignoraba, y así he pecado
de ignorancia, y no lo volveré a hacer. Luego que el Padre Garrido
lo reconoció ya iluso, lo imbuyó en una doctrina toda
infernal.
Se despidió el chapetón, y al otro día de mañana se fue a casa
de un clérigo llamado don Manuel no sé de qué. Este era uno de los
principales Terceros, y contóle el caso, citóle el autor, relató la
proposición y le señaló el folio. Este clérigo tenía el mismo
libro, lo toma y registra la misma descomunión, y quédase parado y
más iluso que el chapetón. Determinan los dos de venirse con el
libro al convento a ver al Padre Comisario, y relatarle el caso y
enseñarle la descomunión. El Comisario tenía el mismo autor, y sin
embargo, de haber leído el libro que traía el clérigo, con que
había quedado confuso, sacó su tomo a ver si tenía error de
imprenta. Abre su libro y halla la misma descomunión. Viéndose en
tanta confusión acude al Guardián, cuéntale el caso y enséñale la
descomunión en los dos tomos. Como todos eran hombres sin ojos poco
versados en materias morales, se determina que por la tarde se
convoque consejo en el convento de todos los principales Terceros,
para averiguar este punto.
Con esta especie en un instante se propagó la voz por toda la
ciudad que todos los hermanos Terceros estaban descomulgados, y que
el Padre Garrido lo había encontrado en un libro. Como lo tenían
por hombre tan célebre, se levantó en un instante un tolle, tolle
de opiniones y dicharazos, que no se le veía el fin, diciendo por
lo común que era castigo de Dios, porque con la Tercera Regla se
había quitado la Escuela de María, y otros disparates que sabe
forjar la gente del vulgo. Congréganse a la tarde en el convento
los principales Terceros, el Comisario, el Guardián, siete clérigos
y cuatro religiosos nuestros; sacan los dos tomos, y léense en
ambos la dicha descomunión. Don Ramón, que era el ministro, viendo
que todo el congreso estaba lleno de confusión sin saber dar luz ni
razón, dijo: No fuera malo llamar al Padre misionero, a ver qué
dice sobre ello. Yo estaba en la celda ignorante de todo este
negocio; sentí que me llamaban, y salí al portal, y oigo al
Guardián que me dice: Baje usted, Padre Juan.
Bájeme abajo, y hallo todo el congreso, que serían más de
cincuenta. Don Ramón dijo, señalando al chapetón: Ustedes, señor
don Antonio, lo primero informe de raíz al Padre, y después se le
dirá a qué se llama. El chapetón me contó todo lo que le había
pasado con el Padre Garrido. Ya qUe acabó, dije yo: Ya empiezan a
vomitar el veneno que concibieron con la repulsa del ejido.
Enseñáronme un tomo, y leí la descomunión. A primera vista me paró,
y respondí: Esta descomunión no está fulminada contra los hermanos
Terceros, sino contra los religiosos menores que somos nosotros.
Revuelvo la hoja y hallo un título que dice: Descomuniones en
tiempo de entredicho. Y dije: El Padre Garrido ha leído como leyó
la monja, que dejó de rezar un día, porque halló en la tabla del
rezo:
Hodie non dicitur officium. Al otro día revolvió la
hoja, y halló:
mortuorum. Pero no lo considero tan necio.
Esta es malicia premeditada. Lo peor es, respondieron varios, que
ya se ha cundido la voz por todo Pasto.
Había este Padre Garrido los primeros días que yo llegué a Pasto
predicado un sermón de la Virgen del Carmen en el convento de las
monjas, de una fiesta votiva que allí es estilo, que en habiendo
sermón en alguna iglesia, se convidan todas las comunidades. Yo
asistí con la nuestra, y se dejó decir esta proposición que diré. Y
antes hay que suponer que había poco que los habían expelido de
Francia. Sacó pues una autoridad de Suárez, y empezó a decir: Esto
dice aquella boca de oro, aquel Salomón de la ley de gracia, aquel
nunca bien aplaudido doctor, lo diré de una vez, el sapientísimo
Suárez,
aunque sus libros tal año fueron quemados públicamente
en medio de la plaza de París, en aquel agregado de herejes.
Cuando yo oí la proposición, me quise levantar y salirme de la
iglesia; pero me contuve por la novedad que hubiera causado,
estando recién venido. Pero al salir dije que era delatable esta
proposición dicha en un púlpito, y lo hubiera yo hecho a no haberme
dicho que allí estaba el doctor Santa Cruz, que era Comisario de la
Inquisición.
Dije pues al congreso: Me parece que esta mala cizania que es
este Padre Garrido va sembrando necesita de arrancar de raíz, para
que en ningún tiempo vuelva a retoñar, y el medio mejor es
delatarlo por hombre sospechoso en la fe, por la mala doctrina que
siembra, perversa y escandalosa. Aquí se movieron varios pareceres,
porque había muchos de aficionados a la Compañía; y por fin se
determinó escribir una carta al Provincial de Quito sobre lo que
pasaba, y que diese parte al Rector de la Compañía para que lo
contuviese para en adelante. Se escribió la carta en nombre de la
Tercera Regla, y de ella resultó el sacarlo de Pasto y mandarlo a
Popayán. Pero como lo quería su superior en Pasto dispusieron que
el día que el Padre había de llegar al Alto del Rey, que es un
pueblecito que está una jornada de Popayán, lo avisasen en la mitad
de la jornada, y le dijesen que de Popayán allá lo aguardaban
muchos caballeros que habían salido para recibirlo, y que le tenían
prevenida una gran merienda y comedia para la noche, en
demostración de alegría con que lo recibía Popayán por hombre
grande y de fama dilatada. Él fingiendo grande encogimiento y
humildad respondió al que venía de propio con la noticia: Vuélvase
usted, y diga a estos señores que digo yo que estas exterioridades
son para hombres célebres, no para mi que soy un gran pecador; y en
protestación de ello, desde aquí me volveré atrás y yo tendré el
cuidado de satisfacer a mi superior en haberme vuelto a Pasto.
Antes que él llegase a Pasto, todo esto ya se supo en Pasto y los
afectos celebraron mucho esta acción. Él volvió, y el negocio de la
Tercera Regla así quedó.
Al otro día después de haber llegado de Taminango, vino a verme
un caballero que era yerno de una señora llamada doña Antonia de
España, mujer casada, que yo ya conocía por vivir cerca del
convento, y frecuentar la casa de don José Jurado, que era
Secretario de la ciudad, cuya esposa iba yo a ver todos los días
por estar mala de hidropesía. Díjome pues este don Manuel: Padre,
yo tengo hecha promesa de ir con mi esposa a visitar la Virgen de
Las Lajas, y mandarle celebrar misas, y ahora que se me ha
proporcionado la ocasión de ir, tengo la dificultad de un
sacerdote, porque como está en despoblado, y por allí no hay más
que el cura de Ipiales, y éste ya está muy viejo, él aunque
pertenece a su curato el santuario, no quiere dejar el pueblo sin
sacerdote, y se excusa de ir a Las Lajas por más romerías que vayan
allá. Por otra parte aquí en Pasto es muy difícil hallar quien
quiera ir allá a no ofrecerles pagar muy bien el viaje y las misas.
Si V. Paternidad me quisiese hacer el favor, yo le daré bestia en
que ir y volver, y se le pagarán las misas a peso que allá es la
limosna ordinaria. Yo le dije: Señor don Manuel, y ¿cuánto dista de
Pasto este santuario? Él me dijo que cuatro días. Entonces le dije:
Vaya usted, y yo mañana le daré la respuesta de si puedo o no ir
con usted allá.
Al otro día de mañana me fui a ver un clérigo llamado don
Melchor, que era el Comisario de la Cruzada, que me había hecho
singular agasajo cuando llegué a Pasto, y entre otras cosas le
pregunté sobre este santuario de la Virgen de Las Lajas, y él me
informó de raíz con estas noticias que ya digo: Está dicho
santuario en despoblado cosa de legua y media del pueblo de
Ipiales, y la Señora que se venera es en traje de Concepción, y
ella misma apareció en una laja, y de ahí tomó la denominación de
la Virgen de Las Lajas.
Fue el caso que de la otra banda del río Guáitara hay un
pueblecito que llaman El Potosí. No es El Potosí de la provincia de
las Charcas tan nombrado por los muchos minerales de plata que allí
hay, sino un pueblecito corto de indios. En la revolución que hubo
en la provincia de los Pastos, se retiró allí esta gente, y
quitando un palo que servía de puente para pasar el río Guáitara,
quedó esta gente ignorada por muchísimos años. Ellos eran gentiles
y gentiles se conservan, y el demonio los tenía ilusos con sus
idolatrías que tenían; y cauteloso de conservar y perpetuar allí su
culto, y adoración, y que nunca entrase allí la luz del Evangelio,
arbitró la traza de aparecerse en una forma horrorosa a todos los
que querían acercarse a bajar al Guáitara, y si iban a caballo, se
les ponía sentado en la grupa. Era esto de manera, que atemorizada
la gente no había quien se atreviese a ir al dicho
paraje.
Pero de unos años a esta parte hubo una persona devota que
retirándose a esta soledad a ejercitarse por algunos meses en vida
austera y penitente, hubo de reparar que en medio de esta laja se
veía como un bosquejo muy delicado de la figura de la Virgen de la
Concepción. Ello hubo de comunicar, y desde entonces empezó otra
vez a frecuentarse el lugar, divulgándose por todas aquellas
provincias circunvecinas el prodigio, y desde entonces dejó de
aparecer el enemigo, ni ha vuelto a espantar a nadie que vaya o
venga por allí. Desde el principio de este prodigio, hubo indios
que de una generación en otra conservaron la noticia de que de la
otra parte del Guáitara había gente incógnita, y que había habido
puente para pasar allá.
Con estas noticias hubo en Ipiales un cura que para averiguar la
verdad, mandó poner un puente de palos en el paraje, y mandó gente
que registrase aquellas serranías y viese si había o no alguna
gente. Fueron algunos indios allá, y luego dieron con vestigios del
camino, y por él encontraron a estos bárbaros que tenían allí su
pueblecito y sus sembrerías de papas, maíz y algunos platanares.
Como les hablaron en su lengua linga, que es la general del Perú,
presto contándoles lo que en el poblado pasaba, los redujeron a
sujetarse al cura de Ipiales, el cual quiso ir allá, y fue. Los
bárbaros lo regalaron de lo que ellos allí tenían, y el cura viendo
el clima tan benigno de aquel paraje, dijo: Yo aquí he encontrado
un Potosí. Y de este dicho empezó a llamarse este pueblo El Potosí.
El tomó a pechos esta empresa, y les puso indios prácticos de la
doctrina cristiana, y ya catequizados y se bautizaron. Dióles
ovejas y carneros, y la han ellos multiplicado tanto, que hoy día
está con mucha abundancia. Lo que más allá ha prevalecido son los
manzanos que hay con mucha abundancia, y dan las mejores manzanas
de todo el Perú. La Virgen ha ido perseverando su obra, y con el
tiempo se ha formado en la dicha piedra la imagen de realce con
mucha perfección, y con ello ha ido aumentando la devoción y las
romerías a visitarla, y ha hecho varios milagros.
Habiendo pues yo adquirido todas estas noticias, viendo que
todavía faltaban algunos días para la respuesta del Padre Salvador
de Quito, respondí a don Manuel, que si el viaje había de ser de
pronto, yo lo acompañaría. Él dijo que dentro de dos o tres días
sería la partida, y así fue, que el cuarto día por la mañana nos
partimos con su mujer, y otra mujer también casada que tenía un
hijo que casi había cegado del todo de una fluxión a los ojos, y lo
llevó a ver si la Señora le daba la salud. Con esta mujer se
acompañó un muchacho pastuso de unos diez años, que traía un
caballo overo, y todos juntos, llevándome yo del convento ornamento
para celebrar nos fuimos aquel día a una hacienda que era trapiche,
y era de un primo de don Manuel, que vaya junto al Guáitara.
Llegamos a la tarde y nos detuvimos allí un día en lo interim que
se hacía la prevención de lo que habíamos de llevar. Antes de
partir de Pasto doña Antonia me advirtió que no les admitiese plata
ninguna ni por las misas ni por el viaje. Yo que no iba por el
interés, si sólo por ver al prodigo de la Virgen, así lo hice.
Ellos se previnieron de muchos rayados de cáscaras de naranjas
agrias, hechos conserva cuajada con miel de caña mucho alfandoque;
muchos envoltijos de choclos. Choclo llaman la mazamorra de maíz
tierno. Este se desgrana y se pica y se amasa, y poniéndole un poco
de sal y ají, hacen de esta masa unos envoltijos con las mismas
telas de las mazorcas, y atándolo con un hilo de la misma tela, lo
ponen asar en el rescoldo, y no es mala comida. También llevaron
pan y tasajo, y con esta provisión nos partimos.
Bajamos por la misma hacienda cosa de dos leguas a la mano
derecha y en la mitad venimos a pasar por las faldas del volcán que
llevo referido, y vi dos quebradas de agua amarilla, que así sale
del pie del volcán de los minerales de azufre que tiene en sus
entrañas, y entre las piedras de las dichas quebradas, el cascajo a
la arena es pedazos y arena de azufre. Llegamos a lo último de
estas lomas en que hay un pueblecito llamado San Lorenzo. Serían
unas treinta familias de indios y mestizos, y aquí vi un prodigio
de la Divina Providencia, y es un puente de una sola piedra con que
se pasa el Guáitara, que Dios cuando crié el mundo puso allí para
que se pudiese por allí pasar este mal río. Él no es muy grande,
pero viene muy rápido y muy encañonado, y está este puente más de
cuarenta varas alto del agua, y no llega a dos varas de alto, que
aun las mulas al ver la profundidad, se les espelusa el pelo, y
rehusan de pronto pasar, y por esto siempre se apean los
caminantes, y hacen pasar por delante a una bestia ya práctica, ola
más vieja, y tras de ella pasan con facilidad las
otras.
Nosotros pasamos bien, y de la otra parte trastornamos cuesta
abajo, y entramos en las vegas del río, que todo eran de caña dulce
con varios trapiches. Tan fecunda se da por allí la caña dulce, por
el mucho calor que hace, con mucha abundancia de arroyos con que se
riega, que en ninguna otra parte la he visto tan buena y tan gorda.
De encima de la mula cogí varias cañas para roer, y eran más altas
que un hombre y del grueso de la muñeca. Ya que salimos de las
vegas hubimos de subir por una cuesta muy tiesa más de dos leguas,
hasta emparejar lo alto del páramo de Pasto, y esta primer noche
nos quedamos en despoblado en un paraje que llaman el Mortiñal, por
los muchos mortiños que hay, que es una frutita silvestre parecida
en el sabor a los arrayanes de España, salvo que aquellos son
perfectamente redondos y no crían palito, sino que están como las
manzanas, pegadas a la rama. Es mata que carga mucha fruta, y la da
todo el año. Los mortiños son del tamaño de una arveja. Hay otros
al doble más gruesos y los llaman mortiños de tigre, y éstos no se
comen porque dañan.
Al otro día dimos otra jornada, y a la tarde entramos en un
monte espeso que nos duró más de dos horas, todo lleno de
camellones, y barreales de lodo negro, y nos venimos a arranchar en
un llanito de gramadal que tendrá unos cuarenta pasos de largo, y
menos de ancho. Delante o de la otra parte había un potrero de una
hacienda. Entretanto que se proporcionaba la candela, allí había
muchas zarzas, y hay una especie de ellas que da las moras largas,
puntiagudas y aplastadas al doble de más grandes que las
ordinarias, pero en cada racimo da cinco o seis no más y son más
sabrosas. A la parte interior de este recóndito de gramadal había
una roza de maíz tierno, y yo me salí allá y cogí media docena de
choclos, y a la noche los comimos asados.
Ya que vino la noche proporcionamos meter las bestias al potrero
para que comieran. Ello por aquellas tierras hay pena al que
aportilla el potrero cerrado; pero como nosotros no vimos a nadie,
y las casas de la hacienda tal vez estarían retiradas, nos valimos
de la noche para meter sin licencia las bestias allí. Pero por más
que madrugaron a sacarlas a punta de día, fueron vistas de gente de
la hacienda, y catay que se vienen cinco indios con un mocito con
perros y palos con su porra armados, y determinados para pelear.
Pero luego que me vieron a mí, parece que se les enfrió la cólera.
Don Manuel a la que los vio venir, dijo: Estos ahora vendrán a
pelear, porque metimos las bestias al potrero. Yo dije: Ustedes
cállense la boca y déjenme la conferencia a mí. Ya que llegaron,
sin más saludar ni nada, el que venía de caporal, con gran
arrogancia, dijo: ¿De quién son estas bestias? Apenas le salió la
palabra de la boca, me arrimé a él y le dije a voz en grito: Indio
bárbaro, vez aquí un sacerdote, y te llegas sin saludar ni alabar a
Dios. ¿Quién te ha enseñado de cortesía? ¿Qué te importa a ti saber
de quién son o no son estas bestias? A mí sí me importa saber de
quién es este potrero. Pero presto acabará. ¿No sabes que el pasto
del camino por ley real es del pasajero, y por tanto manda el rey
que ninguna tierra junto al camino se pueda apotrerar, pena de
perder cuanto tenga el que tal haga? ¿Qué bárbaro se ha atrevido a
armar este potrero aquí contra lo que manda el Rey? Cuando el indio
sintió que yo le alegaba tantas leyes y órdenes reales, temblaba de
miedo, y respondió: Señor, esto es del señor don Fulano que vive en
la villa de Ibarra. Nosotros estamos alquilados en la hacienda, y
no sabemos nada.
Pues mira, repliqué yo: Si yo quería ahora puedo entrar en la
hacienda y cortar las piernas a todas las bestias y ganado que
haya. Y en dando noticia al señor Corregidor, lo pusiera a la
cárcel y a todos vosotros os mandara azotar, que esta es la pena
que manda el Rey. Porque tu amo, ya que hizo el potrero, debía
haber dejado un portillo abierto, para que los pasajeros que por
aquí pasan tengan pasto para sus bestias, porque así lo manda el
Rey. Y bien se lo puedes decir a tu amo, antes de que le suceda una
desgracia y a todos vosotros os pelen a azote que yo sólo por no
haceros daño, por ahora me callaré la boca. Y con sólo escribir una
carta al Corregidor, lo pasaríais muy mal. Viendo ellos las
amenazas que yo les hacía, se creyeron cuanto había dicho y se
volvieron llenos de miedo.
Nosotros almorzamos, cargamos, y partimos a nuestra jornada, y
al bajar una cuestecita a mano izquierda porque dejamos el camino
real, porque estaba muy lodoso, hallamos abajo un llano que había
un pasto, que en lugar alguno he visto de mejor, y lo notamos para
la vuelta. Le viene la fertilidad a este puesto de que formando un
redondo o circulo alrededor, lo va ciñendo una serranía muy alta.
En la mitad del círculo forma un taco la peña, y de arriba se
despeña una chorrera del grueso del cuerpo de un hombre, y la
violencia que lleva el agua la despide más de treinta varas lejos
del pie de la peña. Ello sólo la mitad cae unida en chorro; la otra
se la lleva en chispas el viento, y siendo el llanito tierra buena
con tanta humedad que percibe, está hecho un verjel frondoso. Lo
más singular es que por en medio no se puede pasar por la mucha
humedad y agua que hay. A mano izquierda hay un altito de una loma
en que hay la casa de un indio de que hablaré a la vuelta, y para
ir a topar con el camino es preciso ir a rodar por bajo de la peña,
y por bajo de la chorrera y pasar por entre la chorrera y el tajo y
por aprisa que uno pase, sale todo salpicado del agua que hace
volar el viento, más se recibe un recreo especial de un fresquicito
apacible que penetra con mucha sutileza todo el cuerpo.