(Continuación capítulo
II
)
Allí tuvieron poca cuenta con él, y una noche se salió y se vino
a la plazuela de nuestro convento a apedrear las ventanas del
Provincial y tres Padres de provincia que allí caen, diciéndoles a
voz en grito mil picardías. Este escándalo por la mañana corrió por
todo Quito, y aquí se mezcló la voz de que era casado, y que su
madre vivía en casa de la Curico, y su mujer en la Tacunga.
Hubiéronlo de contar en una tienda de mercancía en que se halló un
sujeto que lo había visto decir misa, cuando confesó y enterró al
cura que llevo apuntado. Éste dijo lo que había visto, y
divulgándose esta noticia, llegó a la sagrada Inquisición. Ésta
hizo sus diligencias, y averiguada la verdad, lo prendió. Después
de procesado lo mandaron azotar a lo público, lo penaron en un
perpetuo sambenito y lo despacharon a la Tacunga a hacer vida con
su mujer. Después de pocos meses se pasó a Guayaquil y se puso de
médico, y allí persevera con su mujer, si no se ha pasado a otra
parte.
Poco antes que yo llegase a Pasto, había venido otro de tierra
arriba, que lo llamaban por antonomasia el Doctor. Este era un
mestizo del cual adquirí estas nóticias. Él propagaba la voz que
era astrólogo, y que sabía con el arte magia modos para ser
queridas las mujeres, y como por allí las más adolecen de esta
enfermedad, volaba la fama de sus prodigios por todas aquellas
provincias, y en cualquier pueblo que llegaba muchas lo buscaban, y
todas contribuían a regalarlo, y por lo regular para aplicarles sus
artes, antes las probaba. Llegó pues este doctor a la villa de
Ibarra, y fue mucha la prisa que tuvo de estas mocitas volantonas,
y no pudiendo darlas a todas cabal satisfacción, convocó a unas
tantas una noche al campo cerca de media noche. Tuvo él en el
puesto una buena candela de ascuas, y ya que todas estuvieron
juntas, las hizo poner alrededor de la candela con las faldas
levantadas, diciéndoles que la que recibiese más humo por entre las
piernas de unos polvos que él echaría en la candela, sería la más
querida. Pusiéronse todas a puntos, y saca él un cartucho con dos
libras de pólvora, y tirándolo de golpe en la candela, las chamuscó
a todas y se fue huyendo.
De ahí se pasó a un pueblo de indios llamado Sapuyes en que era
cura el doctor Reyes, quiteño, que me contó el dicho caso. En este
pueblo le alcanzó una requisitoria del señor Corregidor de dicha
villa de Ibarra, para que se prendiera este doctor, y que le
quitasen una niña de ocho años que llevaba en su compañía con el
nombre de hija, y en realidad era su manceba, que había hurtado en
la ciudad de Riobamba. En Sapuyes el Padre cura lo mandó prender, y
lo metieron en la cárcel. La niña era tan chiquerretilla y diminuta
de cuerpo, que pensando el cura que era imposible lo que se le
tachaba, no cuidó de ponerla más custodia que tenerla en su cocina
con una india que lo servía. Mas la niña de noche se iba, y por la
rendija de los barrotes de la puerta de la cárcel se entraba
adentro a dormir con él. Como todas las noches lo repetía, fue
vista y acusada al cura. Este la puso espía y la cogieron en el
fallo. Hízole el cura el cargo de la mala leche que daba a aquella
criaturita tan tierna, y él respondió que era falso, porque él era
de naturaleza inhábil para el uso del coito. Se mandó registrar, y
él tenía arte para recoger el sexo viril de manera que no asomaba
sino una punta como un pezoncito de teta. Se tomó a depósito la
niña, y ésta confesó la verdad de que si la sabía encoger cuando
quería, también sabía sacarlo cuando era tiempo para
ello.
Él sabiendo la declaración que la niña había hecho, y que no era
hija, sino manceba, tuvo una noche quien le ayudó, y rompiendo la
cárcel, se huyó de Sampuyes, y se vino a Pasto. Él tuvo arte en
Pasto para engañar una señora viuda muy rica de esta suerte. Fuéla
a ver y le dijo que había encontrado cosa de una legua corta de la
ciudad un entierro de pesos duros y reales. Que le había de hacer
el favor de guardárselos escondidos, porque dentro de breve tiempo
se le ofrecería un viaje, y los quería tener en lugar seguro. La
señora le dijo que sí. Con esto fue él y compró unas varas de
crudo, y lo llevó allá, e hizo cortar y coser talegos capaces cada
uno para mil pesos. Él secretamente se aperó de una partida de
plomo y lo cortó o fundió, y de ello fabricó pesos duros y reales
de a cuatro, de a dos y sencillos. Ya que lo tuvo a punto, ensució
catorce pesos duros que tenía, de forma que pareciese que era plata
que había mucho tiempo que estaba enterrada. Previno a la señora
que a la noche estuviese sobre aviso, que él vendría con un talego
cerca la media noche por recelo que nadie lo
supiese.
Vase y llena un talego de pesos falsos, y encima pone los
catorce verdaderos. Llega a la casa a la hora señalada, y a la seña
abre la señora y entra él muy fatigado con el talego, y van los dos
a la cocina, y con un machete abren un hoyo para meterlo. Él abre
el talego y saca un puñado, y le dice: Mire usted esta plata qué
denigrada que está; ya habrá talvez muchos años que la enterraron.
Pero ella es plata fina. Oiga usted su sonido. Tira con impulso uno
en el suelo, y sonó verdadera plata. Mire usted qué fina, le dice,
y pégale machetazos y lo abre y le mostró su fino color. Con esto
entierran el talego. Así le fue acarreando veintidós talegos, y
allí mismo los fueron enterrando. Ya que tuvo su traza hurdida,
aguardó ocasión, y un día a la tarde fue a la viuda todo alborozado
que le diese dos mil pesos porque había ajustado una compra de
mulas, y le precisaba partir luego para irlas a pagar y recibir,
diciéndole: A vuelta de viaje se los daré yo en plata de la que
usted me tiene guardada. La señora como que había visto los pesos,
que tenía en su poder los talegos, no puso dificultad. Dióle sus
doblones, él marchó con ellos. Hasta el día de hoy no ha parecido.
Al cabo de algún tiempo llegan a Pasto las noticias de los hechos
de este doctor, y lo que le había pasado en Sapuyes. Con estas
noticias entra en recelos la viuda, y viendo que no parecía tal
hombre, va y saca los talegos y halla sólo catorce pesos de plata,
y lo demás fue plomo.
Está la ciudad de San Juan de Pasto situada en un llano,
circuída de cuatro ríos, y son: el río Pasto, y de éste tomó la
denominación la ciudad, por ser el mayor, y para pasarse tiene su
buen puente de cantería. Rumiyaco, que suena río que tiene muchas
piedras, y así es verdad que las tiene, porque
rumi en
lengua linga quiere decir piedra, y
yaco significa agua.
Gali
naso yaco. Del cuarto no me acuerdo el nombre. Su
temperamento es templado, y declina un poco en frío. Es ciudad de
más de dos mil vecinos, los más gente blanca, y entre ella mucha
mezcla de mestizos, indios, negros y mulatos. A la mano derecha de
nuestra misión hay una gran serranía despoblada en donde se crían
muchos venados, dantas y algunos tigres, osos y leones, pero como
es lugar frecuentado de los cazadores que van a cazar los venados,
rara vez parecen estas fieras, porque los perros las llevan
acosadas. A medio círculo de la mano derecha tiene otra serranía de
pajonal que llaman El Alto. Esta confina con otra de monte que es
páramo. A la mano izquierda tiene otra de manchones de monte entre
gramadales, que también es páramo, y aquí se cría mucho ganado
vacuno y muchas bestias; y a medio círculo hay otra de pajonal que
es la más alta de todas, y tras de ella hay otra que tiene un
penacho, y de la punta sale un volcán, y se ha experimentado
algunas veces en tiempo de tempestades arrojar mucho fuego y venir
la llama quemando el pajonal hasta junto a Pasto. Y así está esta
ciudad toda circuída de serranía. A las faldas de este volcán hay
varios arroyos que nacen a la parte del río Guáitara de que hablaré
a su tiempo. El agua de estos arroyos es amarilla color de azufre,
y entre las piedras hay muchos pedazos de azufre, y es común decir
que allí hay minerales de azufre, y que el volcán que arde, arde
con azufre. Tiene la ciudad buenas casas, y cada una con su huerta
con árboles de capulíes, que es una fruta algo parecida a la
cereza, priscos, duraznos, guaitambos y manzanos.
En una huerta vi un almendro muy coposo, pero me dijeron que
jamás florecía ni daba almendra alguna. También se crían buenas
coles y lechugas, pero no las comen, sino que lo dan a los cuyes, y
sólo algunos chapetones, cuando los hay o pasan, lo comen. Yo tuve
noticia que en una huerta había buenas lechugas, yo envié a que me
trujeran unas tantas, busqué aceite y vinagre, y en casa de una
señora allí cerca del convento le hice componer una tarde una
ensalada. Nadie de la casa la quiso probar, y se admiraron del
gusto con que yo la comía. Después que me fui decían a la señora
las niñas: Mamá, este Padre chapetón parece como los cuyes que
comen hierba. Hay en Pasto buenas sembrerías de trigo, y el pan va
barato. Hay cebada, muchas papas, yucas, camotes y buenos sapallos.
De los pueblos de indios comarcanos traen mucha fruta de plátanos,
chirimoyas, aguacates y piñas.
Tiene la ciudad su buena parroquia, que está en medio, y
entonces había diez clérigos. Tiene después en un arrabal de la
otra parte del río Pasto, su ayuda parroquia, que llaman San
Sebastián. Tiene cuatro conventos, Santo Domingo, San Francisco, La
Merced y San Agustín; tiene un convento de monjas concepcionistas,
y había también un colegio de jesuítas con la advocación de Loreto.
Estando yo en Pasto dos mestizos se determinaron una noche a ir a
cavar un entierro de una guaca que tuvieron noticia, que había en
la trascalle del dicho colegio, junto a la pared del colegio. Ellos
fueron una noche y empiezan a cavar. Fueron sentidos, y salió el
Padre rector y los estorbó. La otra noche el Padre Rector hizo
cavar allí mismo con sus negros esclavos, y en moneda y alhajas de
oro se encontró sobre setenta mil pesos.
De este hallazgo resultó querer comprar a la ciudad el ejido que
tiene más de una legua, y en ella mucho gramadal y manchones de
monte, y en él hay muchas pavas cimarronas y guacharacas, y yo fui
muchas veces allá con la escopeta a cazar, y cogí bastante y
algunos venados y gamos también. Ellos propusieron a la ciudad la
compra, y ofrecieron sesenta mil pesos. No pareció tan mal la
propuesta, que les respondieron que se pensaría en ello y se haría
resolución. Aquellos en cuyo poder había de parar la plata, a ver
si podrían clavar la uña, al instante fueron de parecer que sí;
otros dificultaban si la ciudad podría o no vender, por ser
donación real para el bien común de la ciudad, porque de allí se
provee el pueblo de leña, allí pone el pobre a comer su bestia o su
buey o sus ovejas, y vendiéndose se hacía este daño al bien común.
Los que miraban sus intereses decían que con el valor se fundaría
un hospital para los pobres, y era un gran bien común a toda la
ciudad, y aun a los pueblos comarcanos de indios pobres. Todo esto
andaba motejándose entre los del gobierno, sin determinarse a
resolución alguna.
Estando pues este punto indeciso, una tarde pasaba yo por la
plaza que iba a ver un pobre caballero enfermo llamado don Domingo
Apraiz, chapetón y natural de San Sebastián de Vizcaya, al cual una
mocetona picada que dicho caballero hubiese dejado el
amancebamiento que con ella había tenido antes de casarse, le
propinó un maleficio y lo puso loco. Así había estado algún tiempo,
y él malbarató todo su caudal cuando llegó a Pasto Fr. Judas. Con
la fama de tan célebre médico, la mujer, doña Antonia, que es de lo
mejor de Pasto, y tiene dos hermanas monjas, otra casada con un
mallorquín don Francisco Ferrer, otra soltera doña Gertrudis, y un
hermano casado, don Diego, que era de los del gobierno. Doña
Antonia condujo a Fr. Judas a ver si curaba a su marido, y él
dándole mucha esperanza, le propinó caldo de gallinazo, pájaro
inmundo como el cuervo. Este medicamento lo puso frenético del
todo, y a breve murió en mis manos.
Estaban pues en una tienda los del gobierno hablando sobre el
proyecto del ejido, cuando yo pasaba por la plaza. Don Ramón de la
Barrera, que es hombre de Pasto, me vio y dijo a los demás: No
fuera malo que consultáramos el parecer del Padre misionero. Todos
convinieron y con esto me llamaron. Llegué a la tienda, y hallo
allí a todos los del gobierno, y entre ellos un clérigo muy rico,
que hacía la parte de los jesuitas. Éste me propuso la venta con
todos los coloridos del conveniente al bien común en la fundación
del hospital que llevo relatado, rematando que dijera mi parecer.
Yo respondí: Son ustedes muchos para que yo diga qué me parece. Si
fuera uno solo y yo me fiara de él, yo lo dijera; pero delante de
tantos no me atrevo.
Pero el Síndico, don Ramón, el señor Teniente y los Alcaldes se
empeñaron en que dijese mi parecer. Entonces les dije: Si ustedes
hacen una cosa que yo diré soy del parecer que sí, y sino la hacen,
soy del parecer que no. Me explicaré: Los Padres jesuitas
naturalmente en esta compra han de mirar su propia conveniencia,
que ellos no son tan tontos que quieran dar sesenta mil pesos por
un pedazo de tierra que nada les ha de fructificar. En esta
suposición lo que sucederá si se vende será: la ciudad
cogerá esta plata y de ella fundará o no el hospital que dicen
ustedes, y aunque se funde, la mitad de la plata se la comerá quien
la manoseará. Los Padres el primer año no ignoraban cosa alguna en
el ejido; el segundo año lo empezarán a cercar de pared. En dos o
tres años lo tendrán apotrerado y le pondrán su puerta por donde
sólo se pueda entrar. Meterán allí entonces bestias y ganado a
engordar; quien querrá una carga de leña se lo irá a comprar con su
plata; quien tiene su mula o su caballo o su buey o sus ovejas, si
lo quiere meter al potrero, les habrá de pagar un tanto, y así con
estos pechos, en breve será toda la ciudad de Pasto un hospital;
porque en Pasto no hay más pasto ni más leña que en el ejido. El
pobre que ahora con cuatro pesos que da a la ciudad va al ejido y
siembra sus papas para comer todo el año, entonces se morirá de
hambre, si no las compra a los Padres. En esta suposición, digo que
conviene venderlo a los Padres, y cuanto antes hacer la escritura,
y coger los sesenta mil pesos, y lo más pronto fundar el hospital
que ustedes dicen, y de lo que sobrase, mandar hacer quinientas
lanzas, y en teniendo los Padres ya apotrerado el ejido y lleno de
ganado y bestias, ir allá una noche todos ustedes con quinientos
mozos cada cual con su lanza, y coser a lanzadas en una noche todo
el ganado y bestias. Y si vuelven a meter, hacer lo mismo, y si
ponen allí negros que lo defiendan, coserlos también a lanzadas, y
si van allá los Padres hacer lo mismo con ellos. Si ustedes hacen
esto, digo que conviene que se les venda el ejido, y de no hacer
esto, digo que no conviene de manera alguna. Señores, queden
ustedes con Dios; este es mi parecer.
Yo me salí y me fui, y después supe por don Ramón que los
señores habían dicho: En verdad que el Padre nos ha quitado la
venda de los ojos. Desde entonces ya no se habló más de tal venta,
pero por el clérigo don Manuel supieron el caso, y desde entonces
me cobraron una aversión, que ni me podían ver pintado. Aquellos
primeros días las monjas se empeñaron para que fuera a confesarlas.
Yo dije que no tenía aprobación ni de mi superior ni del Ordinario
de Quito. Con esto el vicario escribió al Ordinario y yo al
Provincial, y con esta ocasión escribí a nuestro Padre Salvador,
que en Quito era procurador del colegio, diciéndole cómo me hallaba
en Pasto con quinientos pesos que se habían adquirido de un poco de
cacao que habla sacado de la misión, y que era mi ánimo comprar
alguna herramienta y ropa para mis indios, que me escribiese si
quería que se los remitiese allá, y que él lo mandase comprar, o si
convendría más que yo subiese a Quito a diligenciarlo a mi
gusto.
Esto se expidió el día 21 de junio. En la noche, estando
cenando, el Guardián comenzó a llorarme miserias de la comunidad,
diciendo que todas las limosnas se le perdían por no haber quién
las fuese a pedir. Y ahora, añadió, se me perderá la de Taminango,
que se recoge por San Juan. Yo atendiendo que la respuesta de mi
carta para ir a Quito, de ida y vuelta, había por lo menos de
tardar un mes, le respondí: Padre Guardián, si V. P. lo dice para
que yo vaya, deme V. P. avío, y yo iré a pedirle la limosna de
Taminango. Él se puso muy contento y me dio las gracias, y al
instante bajó a ver al Padre Baquero por bestia, y la misma noche
fueron al potrero a traerla. Ya que vino la mañana, me dieron un
machito chico, pero muy gordo, y me acompañaron con don Pedro
Gallardo, hijo de un eclesiástico, que iba a cobranzas a Taminango.
Este su modo de vivir era traer ropa de la tierra de Quito, y la
iba dando fiada hasta la fiesta del patrón del pueblo por todos
aquellos pueblos pertenecientes a Pasto y a la provincia de Patía;
porque cada curato tiene su pueblo principal y otros anexos que
gobierna. Estos pueblecitos en todo el año no ven más sacerdote ni
oyen más misa que la que dice su cura el día del patrón de aquel
pueblo a que va a hacer la fiesta. Por la Cuaresma viene a
confesarse al pueblo principal y por Semana Santa.
Con este seguro la ropa que vale a cuatro la dan fiada a ocho o
a diez, y con esta ganancia o usura se los lleva el diablo
sobreseguro. A estas fiestas concurren de todos los pueblos
comarcanos, aun de cuatro o seis días distantes, y el mayordomo que
tiene el cargo de la fiesta, da manutención a todos los del pueblo
y fuera del pueblo tres días. Suele haber su comedia y baile, y
suelen hacerse muchas chanzas ridículas, y algunas poco honestas, y
como suelen concurrir algunos clérigos y religiosos de pueblos
principales, se reduce todo a indecencia y truhanería. Mátanse para
ello muchas reses y otros animales; se da mucho champuz, mucho
guarapo y chicha y hay mucha borrachería. Y los gamonales y
eclesiásticos suelen pasar estos tres días jugando a naipes y dado,
que ni tahures, y de aquí como es regular, originarse algunas
pendencias y palabras indecentes y escandalosas a lo
público.
Los dos partimos y nos fuimos por el camino del Alto, porque el
páramo estaba malo. Don Pedro traía una gallina asada, y cerca de
las diez nos paramos y la almorzamos. Yo comí de mala gana, porque
el viento del Alto me descompuso la salud. Cerca de las dos de la
tarde llegamos a una hacienda de don Ramón de la Barrera, llamada
Meneses. Yo iba tan fatigado que allí me quería ya quedar; pero
como yo no sabía el camino de Taminango, por no quedar desviado,
pasé adelante. Por la tarde el machito se empezó a fatigar mucho, y
la misma gordura que tenía con el calor lo llegó a rematar tanto,
que cuando llegamos cerca la noche a otra hacienda, apenas podía
dar paso. Él se desvió un poco del camino y me llevó a una loma que
se había desmoronado y cuando lo quise detener, ya fue tarde, y se
desbocó por el derrumbe entre la tierra más de cincuenta varas, y
pensé que sólo a pedazos nos sacarían a los dos. La gente de la
casa empezó a gritar, y yo a clavarle la espuela y tirar del freno,
y de nalgas fue a dar hasta abajo. Yo salí a pie, y vino la gente y
buscaron modo para sacarlo a él.
En esta hacienda vivía un clérigo que yo ya había visto en
Pasto. Él era hijo de clérigo, y su madre tenía los pechos tan
diformes, que una noche durmiendo con su padre, le cayó sobre la
garganta un pecho, y lo oprimió tanto que despertó entre mortales
fatigas y lo hubieron de olear pensando que se moría. Apenas hube
llegado me entró una calentura de las mayores que yo he tenido en
mi vida. Ya que nos pusimos a cenar, la primera cucharada que tomé
me asentó tan mal, que no pasé adelante ni quise sino echarme en la
cama que fue un cuero de res, que es la cama ordinaria de tierra
caliente. El compañero don Pedro Pintado me dijo: Padre, usted
mañana con su machito cansado no me podrá seguir y yo tengo
precisión de llegar mañana a Taminango, y así madrugaré. Usted
venga a su paso, que yo no lo puedo aguardar. Así se hizo. Él se
fue a las tres y yo me quedé hasta las cinco, porque entonces me
dejó la calentura. Pregunté a un negro de casa por el camino, y él
me dijo: El pasero del río se lo dirá.
Yo partí solo y a las ocho llegué al río. Allí encontré al
pasero, el cual me dijo: Padre, el río está crecido, y le pasaré la
bestia, y usted pasará por la tarabita. De esta parte está la
tarabita sobre de un barranco de cincuenta varas de alto y de la
otra banda está a la margen del agua. Él me ató a la tarabita, y al
soltarme me dijo: Cierre usted los ojos. Cerrelos, y no hago más
que volverlos a abrir y ya estuve en un vuelo a la otra parte. Los
trabajos de este paso está en los que vienen de allá para acá, que
es menester que la punta del rejo que lo ha de subir atada a la
cola de un caballo, poco a poco lo vaya subiendo, y estase el que
pasa media hora colgado de la tarabita, hamaqueando en los rejos de
ella, que si caía en la mitad de lo alto, no habría que irlo a
buscar. Por fin yo pasé con felicidad, y el pasero me pasó el
machito. Ya que estuve de la otra parte, le pregunté por el camino,
y me dijo: En trastornando dos lomas, a mano izquierda verá una
casa a la margen de una quebrada, allí junto a la casa esta el
camino de Taminango. Yo tomé el camino, y al llegar al paraje veo
la quebrada y la casa, y tiré para allá. Llegué a la casa, y entro
diciendo avemaría. Hallé sólo una india que cocía una olla de maíz
para hacer chicha. Díjele: Señora, enséñeme usted el camino de
Taminango. Ella respondió:Señor, yo soy ciega, y no sé camino
alguno. Yo le repliqué: ¿y aquí quién hay más? Y ella dice: Señor,
no hay nadie, que todos se fueron a la fiesta de Taminango. Ahora
sí estoy bien, decía yo. Yo salí afuera y por más que miré a un
lado y otro no vi más camino, sino un lomo pelado de un cerro, que
tendrá más de una legua de alto. Por él haciendo gingitos suben y
bajan los que van a pie, y es menester que no esté lloviendo, e ir
con mucho tiento, porque es muy empinado.
Como yo no vi otro camino, me fui a subir por él. Aún no había
andado cien pasos, y ya me hube de apear, ya porque el machito ya
no podía más y ya porque era tan empinado, que no se podía
cabalgar. El calor me abrasaba, y no pudiendo ya más aguantar, me
quité el hábito. Cada quince pasos se paraba el macho, y yo lo que
más temía era que no se rodase. Yo llegué arriba que serían las
tres de la tarde, cansado y muerto de hambre, porque ya había más
de treinta horas que no había comido bocado. Al doblar la loma
hallé un caucho coposo, y allí me puse a la sombra a reposar. Ya
que descansé un rato me vestí, y viendo que el machito habíase ya
refrescado, me monté en él.
Así fui caminando cosa de media legua, cuando reparo a la mano
izquierda una casita, cosa de un cuarto de legua. Yo proseguí mi
camino, y al pasar de un arroyuelo, la grama había tapado el camino
y yo viendo que no parecía el camino en adelante, vi que de esta
parte proseguía un caminito y me fui por él. Éste me llevó a una
ensenada de monte todo gramadal, y allí finía el camino. Viéndome
ya del todo descaminado, no sabía qué hacerme. Aquí veo salir del
monte una vaca brava, y se me viene a parar para embestirme. Yo
salté del macho y me fui corriendo a guarecerme tras de un árbol, y
a pedradas la hice huir. Ya queda ponerse el sol y yo lo que más
sentía era hallarme hambriento en despoblado y sin tener nada que
comer. Ya yo veía que para volver a bajar dónde la india ciega
donde había visto maíz era tarde, y así determiné acudir a la
casita que a mano izquierda había visto a ver si hallaba qué comer.
Tiré para allá, y al llegar vi que era casa dejada en quien nadie
habitaba. Tenía delante tres árboles de chilguacanes, pero la fruta
estaba verde. Yo me subí en uno y bajé una fruta, y no la pude
comer verde. Por mi fortuna hube de hallar un sapallito del tamaño
de la cabeza. Yo lo partí, y crudo me comí la mitad, y guardé la
otra para el otro día. Desensillé el macho y lo puse en buen pasto.
Yo traía un puro lleno de aguardiente, que antes de partir me dio
don José Jurado, que era secretario de Pasto. Yo me bebí mi buen
trago, y sobre de una barbacoa que había en la casa armé con el
hábito mi cama y me puse a dormir.
A poco rato de echado salieron tantas chinches, que no dormí en
toda la noche, que se me figuró un siglo con la hambre que tenía. A
punta de día me levanté con ánimo determinado de irme bajando donde
la india ciega a buscar qué comer mas que fuese sólo maíz tostado.
Al doblar la primera loma veo de la otra parte en unas vegas seis
casas. Cobré un ánimo muy grande, porque pensé que allí hallaría
gente que me socorrería. Tiré para allá, y descubro una casa más
acá, y a ésta fui lo primero, y antes de llegar ya oí gallinas. Ea,
dije yo, ya no me moriré de hambre. Yo no llevaba para sacar
candela, y entre mí decía: Mas que sea comer la carne cruda, ya la
comeré. Llego a la casa y la hallé cerrada. Al lado tenía una
huertecita, y en ella había unas matas de maíz con choclos y unos
repollos muy buenos. Yo me apeé y salté dentro la huerta y empecé a
comer col cruda, que me sabía mucho regalo. Estando en ello oigo
ladrar un perro en las otras casas, y entonces, tuve por cierto que
allí habría gente, y así tiré para allá.
Llegué a la casa del perro y hallé una mestiza vieja con una
moza hija suya y un mozo con un pie cojo. Les conté mi necesidad, y
la madre al instante me hizo media docena de huevos con un plato de
sopa, que casi por entonces acabé la gana. Yo allí me informé de
Taminango, y me dijeron que todavía faltaban cinco leguas; que toda
la gente de este pueblecito que se llama Las Yeguas habían ido a la
fiesta. La señora me pidió que me quedase aquel día y que a la
noche los confesase, y que al otro día que era la vigilia de San
Juan, después de almorzar, el mozo me acompañaría hasta otro
pueblecito que llamaban San Lorenzo, y que allí que era pueblo
grande encontraría quien me guiase a Taminango.
Yo hube de menester pocos megos para quedarme de buena gana.
Allí me dieron a mediodía un buen puchero de carne con papas y
yucas, y lo pasé bien, y en la noche también. Allí tenían su
iglesia chiquita, y antes de cenar los confesé a los tres. Después
de cenar les hice rezar la corona, y estando ya en la mitad, en la
barda del corral que tenía la casa, púsose a cantar una lechuza. La
vieja al oírla dijo creo en Dios, creo en Dios. A poco rato vuelve
a cantar, y la hija vuelve a decir lo que la madre había dicho. Yo
iba observando esto, y ya que acabamos de rezar, viendo que
proseguía en decir: Creo en Dios, pregunté por que lo decía, y la
vieja respondió: Este pájaro que canta ahí; Padre, es alma que está
en pena. Yo empecé a disuadirles la especie, pero era por demás,
porque es gente muy creída la del Perú en esto de vanas
observancias y agüeros. La moza se levantó diciendo: Yo haré que te
vayas al infierno. Entró en un cuarto y salió con una espada en la
mano. Yo pensando que con ella quería irlo a espantar para que se
volara, me levanté y le dije: Vamos los dos, y verá usted cómo es
una lechuza. Ella me dijo: No es menester, Padre, ir allá; ahora
verá V. P. como no vuelve a cantar. Con esto toma la espada y clava
la punta en el suelo, y apretando por la cruz de la espada, dijo:
Anda a penar al infierno. Y con esto desclava la espada y dijo: Ya
por ahora no cantará más. Pues en verdad que él no volvió a
cantar.
Ya que vino la mañana me dieron de almorzar un caldito con
huevos. Ya que hube almorzado se ensilló el macho, y partí
acompañado del mozo patiquebrado. Así caminamos los dos un rato
hasta llegar a un alto de donde se veía en un llano abajo el pueblo
de San Lorenzo. Entonces me dijo el mozo: Padre, catay,
aquello es San Lorenzo; por este camino no se puede perder; allá
encontrará quien lo guíe a Taminango. Él se fue, y yo pasé
adelante. Ya que llegué fui a una casa y hallé una moza sola. Yo le
pregunté qué gente había en el pueblo. Ella me dijo: Padre, todos
se fueron a Taminango a la fiesta. Yo le dije si tenía huevos. Ella
me dijo que sí. Pues hágame usted unos huevos para comer. Yo me
quise prevenir de la barriga bien compuesta, por si me volvía a
perder. En lo interim veo pasar un mozo. Yo lo llamé. Él se vino al
instante. Yo le dije: Hijo, yo voy para Taminango, y no sé el
camino; yo quisiera que usted me hiciera el favor de acompañarme,
que yo le aseguro que usted lo pasará muy bien. Él me dijo: Padre,
iré a almorzar y volvéré y lo acompañaré. Yo temiendo que si se iba
ya no volvería, le dije: No señor, aquí esta señora me hace de
almorzar, aquí almorzará usted conmigo. No hubo que tratar. Él se
quiso ir a su casa a almorzar. Yo con mil recelos lo hube de
consentir, y noté la casa en que entró, y de allí no moví la vista
hasta que volvió, porque él me dijo que había quedado solo en el
pueblo.
Él a poco rato que yo almorcé volvió y tratamos de partir. Al
querer montar para congraciarlo le dije: ¿Quieres un traguito de
aguardiente? Él dijo que sí. Dile el puro, y bebió a boca llena. Él
era el mayor borracho que había en toda aquella tierra; pero como
yo no lo sabía le dije: Beba usted lo que quisiera. Él tenía oficio
de sombrerero, y hacía unos sombreros muy finos y buenos; pero para
haber sombrero de su mano era menester encerrarlo sin darle a beber
sino agua; porque si se descuidaba todo lo vendía y se lo bebía.
Ello por de pronto yo no le reconocí nada. Partimos los dos y al
cabo de poco rato ya lo reconocí que iba él balanceando. Así
caminamos cosa de media legua. Llegamos a un llano, que el pasto
que había convidaba. Él me dijo:Padre, aquí reposaremos un
rato, entretanto que la bestia come cuatro bocados. Yo me apeé y al
cabo de un rato díjele: Pues vamos. Él me dijo: Padre, yo no lo
acompañaré sino hasta el río, cuyo ruído del agua ya se oía, y si
quiere que pase más adelante, me ha de dar otro bocadito. Entonces
dije: Estos bamboleos que le he notado tal vez no será del
aguardiente que yo le di, sino del calor que lo abrasa; y viendo la
propuesta que me hacía retraté el juicio malo que había hecho.
Saqué mi calabazo y le dije: Beba usted un poquito, porque el sol
pica mucho, y en llegando a Taminango se lo daré todo. Él volvió a
tirar su buen trago a discreción. Éste lo encharcó del todo, tanto
que a breve rato él ya tropezaba cada rato y ya tartamudeaba. Así
llegamos al canto del llanito de donde era menester bajar una
cuesta hasta el río que se oía abajo.
De este puesto se descubría a menos de dos leguas una partida de
ganado que pacía, y díjome él: Padre, ¿ve aquel ganado allí lejos?
Pues por allí va el camino. Allí junto hay casas que le darán él
camino, que de allí sólo falta una legua corta. Yo lo que más
admiré fue que él viera el ganado que yo apenas descubría. Yo le
dije: Pues usted ¿qué no viene conmigo? Él respondió: Si no me da
otro bocadito, yo me voy. Yo tiré a rogarle que no me dejara, y él
repetía: Bocadito quiero. Yo por fin le prometí que en llegando
abajo al río le daría, y con ello condescendió. Yo le hice pasar
por delante, temiendo que si iba detrás se quedaría. La cuesta era
tiesa y escabrosa con mucha piedra, y si él ya tropezaba en lo
llano, la cuesta la pasó más rodando que caminando, hasta que se
puso a andar gateando. Él caería más de treinta veces. Ello
llegamos al río y aquí fueron los trabajos, porque él pasó a la
otra parte agua hasta la rodilla, y se sentó y empezó a gritar con
toda fuerza: Padre, dame el bocadito. Él ya no lo podía decir
de una vez, y decía: Booocaaadito quiero. Esto lo repetía sin
parar. Yo le decía: Hombre, bebe agua. Pero no había que tratar.
De esta otra parte del río había un llano, y allí junto una casa
caída. Yo con todos mis ruegos prometiéndole que encima de la loma
le daría, conseguí que subiese; pero apenas se vio arriba, quiso
alcanzarme corriendo y gritando: Padre, daame el booocadiiito,
cuando da un tropezón, y cayese de espaldas gritando bocadito. Él
iba ya tan rematado que vi que era ya imposible pasar adelante.
Como el sol picaba tanto, me dio lástima, y me apeé, y tirando de
sus brazos lo llevé a la sombra de un árbol. Me bajé al río y llené
mi sombrero de agua, y le fui a lavar la cabeza. Con esto volvió
algo en sí. Yo le dije:Quédate aquí hasta que estés claro, y
después te volverás a San Lorenzo. Con esto me fui a montar. Él que
repara que yo me iba, aprieta a correr diciendo: Padre, dame el
bocadito. Y tropieza en unos camellones de lodo, y todo se emporcó;
pero siempre gritando: Bocadito quiero. Yo pasé adelante y él se
subió en un altito que había a mano derecha, y empieza a gritarme:
¡Ah, fray moro, fray judío, judío, judío! Hasta que ya no lo oí. Yo
proseguí mi camino y cerca de las cuatro de la tarde llegué a
Taminango.