INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO II


 
Contiene lo que me pasó en Pasto hasta que llegué al pueblo de Taminango.
 

 

Llegué a la ciudad de San Juan de Pasto y derechito me fui al convento. Era entonces Guardián un religioso muy corpulento, que iba con unos anteojos, que al verlo se me representó un Padre de provincia de mucha graduación; pero después supe que había sido por muchos años Fr. lego y por la amistad que tenía con un Padre de provincia quiteño, llamado nuestro Padre Salvador, había conseguido licencia para ordenarse, y éste mismo le había conseguido la guardianía. Él me recibió con mucho cariño, y por falta de celda me hospedé en la celda del Padre Definidor Villapanilla. Éste era español, natural de Gibraltar. Éste, siendo muchacho, se embarcó de polizón en Cadiz y vino a dar a Cartagena de Indias, y se pasó a Santa Fe, y allí le dieron el hábito, y estando ya ordenado y leyendo allí Filosofía, un Comisario general, conociendo su ingenio, lo afilió a la provincia de Quito en donde leyó Teología y Júbilo, y después había sido Definidor y tres veces Guardián, y el beber algo sobrado le quitó el provincialato. Éste era primo hermano del Definidor Terrero, que yo conocí en el colegio de Arcos de la Frontera antes de partir para las Indias, también hombre célebre, que escribió los tomos intitulados: Primicias de Terrero y El Serafín humano, la vida del Padre San Francisco.

Allí encontré al Padre Baquero, el de las mulas, que como ya no había menester al Padre Barrutieta, entonces iba por menudo desenredando sus enredos. Había llegado a Pasto aquellos días un tal don Antonio Flórez con el nombre supuesto de Fr. Judas, yen realidad era un Judas, por lo que en Quito se le averiguó, que es lo que sigue . Éste era un mozo mestizo natural de la Tacunga, él con una labia y representación capaz de engañar a Lucifer. Éste se casó allí mismo, y después de algunos años, dejó a la mujer y tiró tierra arriba para Lima, y de allí pasó al Cuzco, y en las Charcas tomó nuestro hábito, que él sabía un poco de Gramática. Hizo su noviciado y profesó. Los superiores, viendo que tenía buenas luces lo aplicaron a la Filosofía, pero él no trató de estudiar. Al cabo de algunos meses pidió que lo aplicasen a la boticaria, y allí perseveró dos años, y se ordenó de tonsura y menores.

En este tiempo él con astucia preguntando, se impuso en el gobierno de la religión desde el general hasta el novicio. Tuvo ocasión de ver algunas patentes del General, Comisario general de Indias y del Provincial, y con láminas de plomo imité los sellos, letras, caracteres, firmas y rúbricas, y formé despachos del General y aprobaciones del Comisario general de Indias sellados y firmados. Formé cédulas reales y despachos del Consejo para fundar conventos; y aperándose de algún dinero de la boticaria y algunos medicamentos magistrales, una noche se huyó y se pasó al Tucumán. Allí él se dio maña de imponerse de la tierra, y se pasó a una de aquellas ciudades, y propagó la voz de que venía a fundar un convento de monjas clarisas. Él con sus papeles fingidos engañó a todos, y empezando de haber prentendientas de lo más florido de la ciudad, congregó catorce señoritas. La ciudad le hizo donación de una casa capaz para convento, y allí las encerró, entrando a todas horas a visitarlas. Él se apoderó de los dotes, y las regalaba mucho. Así prosiguió cuatro o cinco meses , y dejándolas ya sin ser monjas, ni poderlo ser, se mudó una noche, cargado de doblones, y se pasó fingiendo viaje a una expedición precisa, y se pasó a Buenos Aires. Él iba aperado de ropa de seglar, y en el camino dejó el hábito, y se puso de seglar fingiéndose médico.

Así llegó a Buenos Aires, y escampando la voz de que era chapetón andaluz, médico que acababa de venir de España, a la novedad del médico chapetón varios enfermos de la ciudad lo mandaron llamar, y acertando algunas curas de medicina y silurgia, cobró mucha fama. El estilo que este hombre tuvo desde entonces fue beber cada día un frasco de aguardiente, y esta bebezón le quitó la fama; porque como tenía plata y gastaba largo, luego empezó a tener muchos amigos. Él en las casas que visitaba lo primero decía que no quería paga ninguna, sino que cada día a mediodía y a la noche le mandasen para comer y cenar. Ya se ve; las casas de los enfermos para tenerlo grato le mandaban pucheros y guisos especiales, muchos dulces y regalos, y con esta entrada tan opípara y opulenta, cada día a mediodía y a la noche con sus amigos siempre estaba de convite. Esto no duró más que tres meses; porque temeroso de lo que había hecho con las monjas de Tucumán, secretamente se embarcó para Portobelo.

En Portobelo estuvo algunos meses de médico, y de ahí, viendo que la plata se le iba acabando, se embarcó para Caracas, y al llegar, se puso a servir de mozo de boticario en el hospital, y allí perseveró cuatro años. En este tiempo con su cautela volvió a agregar alguna plata, y dejando la botica, se embarcó para Cartagena, y al llegar echa la voz de que venía de España y que había sido catedrático de medicina en Sevilla. A la novedad púsose a curar, y señalándole conducta en el hospital de San Juan de Dios, lo pasó bien algunos meses.

Al cabo una noche se fue a nuestro convento y pidió al Guardián un hábito para mortaja de un difunto. Se lo dieron y con ella tomó el camino por tierra con unos indios, y se pasó a Mahates. En el camino se informó que de Mahates a la Barranca no hay sino dos jornadas, y al llegar allá tomó solo el camino, y en él dejó la ropa de seglar, y se vistió de religioso nuestro. Volvió a hacer patentes del General, y se fingió que venía de España con nombre de Fiscal del definitorio de la provincia del Cuzco. Llegó al convento de Mompós y Honda, y con estos fingidos papeles engañó a los superiores. Partió de Honda, e informado de que hasta la ciudad de La Plata era todo gente india, y que hablaban por lo común la lengua linga, la que él había aprendido con la leche, metióse a predicador misionero.

En los pueblos donde llegaba engañaba a los curas con la verdad vestida en hábito de mentira. Decía lo primero que no era sacerdote, porque habiéndose ordenado de menores, se había hallado indigno de las demás órdenes, y así no se había querido ordenar. En esto decía verdad; pero lo cubría con la mentira de decir que venía de España y que iba de Fiscal del Definitorio del Cuzco. Con esto predicaba algunas pláticas solemnemente, saludando al Santísimo y a María Santísima, y en estas pláticas a breves cláusulas prorrumpía luego en lengua linga, y todos estaban admirados de oírlo, y más los indios de sentir predicar en su lengua, cosa que jamás habían oído. Sólo con esto era bastante indicio para que los curas hubieran advertido que este hombre no podía ser lo que relataba porque no hay chapetón alguno, que por más que esté años y más años en el Perú, llegue jamás a pronunciar la lengua linga natural, a no haberla mamado con la leche. Pero él a todos los engañó. Con esto lograba en todas partes buen hospicio y manutención, y cuando se quería ir, lo conducían de un pueblo a otro sin costo alguno.

Así fue él subiendo hasta el pueblo de El Retiro. Allí tuvo él noticia de un curato que tenía un Fr. nuestro. Yo me he olvidado del nombre del pueblo, bien sé que no está lejos de El Retiro, cosa de unas cuatro leguas. Por fin él fue allá, y con sus papeles fingidos de Fiscal del Definitorio del Cuzco lo engañó, y viendo que el Padre cura lo atendía, le dio a creer que de vuelta del viaje llevaba también comisión para la provincia de Santa Fe. El cura tenía allí sus dependencias, y le comunicó sus deseos. Él le prometió ser favorable en un todo, y con esto el Padre cura le regaló una cantidad grande de pesos; y ya le hubo sacado la plata, le hurtó la canónica de cura ocultamente, y despidiéndose políticamente, marchó para la ciudad de La Plata, y se promulgó cura de dicho pueblo.

En La Plata estuvo algunos días, y de allí se subió para Popayán. Él llegó al colegio con sólo el hábito, sin capilla, diciendo que en el páramo de Guanacas lo había perdido. Él había adquirido un relingote de paño azul, y al llegar con el nombre de Fr. Judas cura de tal parte, hubo de haber en el colegio quien conocía dicho cura, y avisó al superior, y como ya le habían notado que sus modales desdecían de la modestia religiosa, el superior lo requirió para que declarase quién era. Él se ratificó que era cura de dicho pueblo, y enseñó la canónica mas viendo que no se le daba crédito por haber en el colegio quien conocía dicho cura, apeló a los fingidos papeles de Fiscal del Definitorio del Cuzco, y que sólo traía dicho despacho de cura para ocultar quién era hasta llegar al Cuzco.

Con esto, como los papeles venían con firma y sello del General, los dejó confusos sin saber qué hacer con él. Él escampó voz que había sido catedrático de medicina en Salamanca, y al instante se divulgó por todo Popayán. El Gobernador se hallaba enfermo, y en la ciudad no había médico alguno, porque el donado médico que nosotros trujimos de España se había ido del colegio, y estaba en Quito, y así en Popayán los enfermos ricos se valían de un boticario que allí había; porque como luego recetaba muchas medicinas, porque en ello estaba su ganancia, en siendo pobre moría como podía. Luego que el Gobernador tuvo noticia de que en el colegio había llegado un religioso chapetón que había sido en Salamanca catedrático de medicina, lo mandó llamar. El Guardián fue preciso ir allá a decirle que el religioso estaba indecente porque en el páramo de Guanacas, por abrigarse de ropa en un temporal que le cogió, incautamente había perdido la capilla y no tenía otra que remudar, y como él llevaba el hábito azul y en el colegio visten sayal ceniciento, era deformidad que con hábito azul vistiese la capilla cenicienta que sólo le podían prestar.

El señor Gobernador por de pronto dispuso mandarle la silla de manos con un par de negros que lo trujesen. Así se hizo. Lleváronlo a Palacio, y él se dio tan buena maña, que de pronto el Gobernador le mandó buscar jerga azul, y se le cortó un vestido, y allí mismo de pronto vengan sastres que corten y cuesan, y ya Fr. Judas se quedó en Palacio armándole cuarto aperado de todo, con orden que lo regalen y sirvan en cuanto quiera. Con esto empieza a recetar entrando y saliendo, y paseándose por Popayán, visitando enfermos y aperándose de plata. Él allí hizo mil disparates con los enfermos, y envió muchos a la eternidad; pero por fin él acertó la cura del señor Gobernador. Al cabo de un mes se sintió sano el señor Gobernador, y le dio trescientos pesos de regalo, y lo despachó al colegio, porque le hacía mucho gasto, porque todas las tardes llevaba allá los amigos que había hecho, y mandaba armar merendonas con mucha bebezón, que sólo en este mes que estuvo en Palacio se gastaron siete botijas de vino y tres de aguardiente; y allá un frasco de vino vale seis pesos, y el de aguardiente nueve.

Ya que volvió al colegio él se aperó de una buena mula y silla de montar, que hasta entonces no lo había tenido. Esto lo tenía en casa de un amigo. Sucedió pues que el cura Fr. nuestro a quien hurtó el despacho de cura, un día echó de menos este papel, hizo exacta diligencia con una india que le servía la cual dijo que aquel Fr. Judas que allí había estado, un día cuando el cura había salido a sacramentar una india, lo había visto sacar papeles del escritorio y estarlos leyendo. Inmediatamente despachó un propio al Guardián del colegio, dándole cuenta, para si estaba Fr. Judas en Popayán, le quitase el despacho, y si había ido para arriba que el propio pasase adelante a alcanzarlo en Pasto o en Quito con cartas que llevaba para el Guardián de Pasto y el Provincial de Quito. Llegó pues el propio una tarde, pero estaba fuera el Padre Judas. Lo enviaron a llamar, y ya que vino, le leyó el Guardián la carta del Padre Cura, y le mandó entregar el despacho. Viendo que él no hizo repugnancia alguna, junté el Guardián discretorio, y se resolvió, que puesto que él se hallaba ya culpado de este hurto, y que no tenía modales de religioso, que se pusiese en custodia en lo interim que se escribía a Cartagena al Guardián, si en verdad había venido de España dicho religioso, dándole las señas de su persona; o si sería otro el que hubiese venido con la comisión de Fiscal del Cuzco, y éste le hubiese quitado los papeles que traía, o incautamente o con violencia, y talvez quitándole la vida. Porque los papeles, como estaba la letra, la firma y el sello al natural sacado e imitado, nunca llegaron a dudar ni a sospechar.

Como el colegio estaba tan incómodo, se aparejó un aposentillo que había, que tenía una ventana que daba a la huerta, y al cerrar la noche lo llamaron el Guardián y Discretos, y lo llevaron allí intimándole que allí había de estar encerrado, hasta que se averiguase la legalidad de su persona. El empezó a hacerles amenazas, diciéndoles que con la potestad que del General traía, cuyos papeles tenía ya remitidos por delante, a vuelta de viaje asolaría el colegio, y que a todos ellos desterraría y repartiría por diversas provincias, o se los llevaría presos para España a la presencia del General. Pero por fin, después de haberle traído de cenar, allí lo dejaron encerrado.

Esta misma noche así que conoció que ya los Padres se habían recogido, por la ventana entró en la huerta, saltó la tapia y se fue a casa del amigo en donde tenía la plata y la mula, y fingiendo que habíale llegado un propio, le precisaban a partirse luego sin detención alguna. Él hizo encender un farol y que con él un negro lo acompañase hasta que viniese el día. Como en la casa lo querían y el dueño había participado de las merendonas y regalos, al instante hicieron cuanto les dijo, y al dar la media noche ya Fray Judas salía de Popayán caminando para Pasto. El caminó el resto de la noche con el farol y el negro que lo acompañaba hasta que vino el día. Despidió el negro y tiró solo, y al doblar de mediodía, llegó al Alto del Rey, pueblecito de indios y mestizos. Al llegar hubo de encontrar con un caballero popayanejo que lo conoció el cual venia para Popayán. Se apeó en una casa y mandó dar maíz a la mula y que le matasen una gallina para comer. En lo interim se le acercó el popayanejo y trabaron conversación. El envió por un frasco de aguardiente, y en lo interim que se proporcionaba la comida, se lo bebió todo, porque el popayanejo ya había comido y no quiso beber. Así lo contó a los Padres del colegio cuando llegó con un recaudo que les trujo de Fr. Judas que les decía que cada cual aprontase sus trastes porque presto verían cumplido lo que les había prometido.

Él se estuvo más de un mes rodando por la provincia de Patía hasta que acabó toda la plata, y entonces vino a dar a Pasto, que dista de Popayán ocho días. Poco más había que él había llegado a Pasto, cuando yo llegué. El Guardián ya llevo dicho lo que era, y así este Fr. Judas que engañaba las águilas, ¿qué haría con este murciélago? Cuando yo llegué el Guardián me impuso que había venido de España un grande hombre había unos días, y que no se sabía de positivo quién era, sólo sí que traía fuertes patentes del General, y que se presumía que iba a desmontar al Padre Soto y Marni, que entonces estaba de Comisario general del Perú, y estaba en Lima, por algunas proposiciones que sobre de ello había dicho incautamente este religioso en algunas casas de Pasto; pero que él se daba por cura de tal pueblo por no manifestar su poder hasta llegar a Lima. Yo le pregunté por su nombre, y me respondió el Guardián que se llamaba Fr. Judas. Yo le dije: Bien puede ser que sea grande hombre, pero su nombre lo publica muy ruin.

Yo ya que tuve compuestos los trastos en la celda del Definidor Villapanilla, me salí y fui en busca del Síndico, que lo era don Ramón de la Barrera, a quien remití yo mi cacao, a ver lo primero en que había parado, si se había vendido o no. Llegué a su casa y lo hallé. Dile cuenta de quién era yo y a lo que venía, y él me dijo que todo el cacao se había vendido, excepto unas arrobas que había resguardado para sí. Me dio cuenta de a tres pesos la arroba, y que aunque había fiado alguno y todavía no había cobrado, pero que si me importaba la plata que me la daría. Yo le dije que me la tuviese pronta para cuando yo la necesitase. Él me dijo que cincuenta pesos había dado a los indios cargueros, y que quedaba responsable de quinientos cincuenta pesos a mi disposición, y así quedamos los dos acordes en nuestras cuentas. En lo interim que esto pasaba llego al convento Fr. Judas, y el Guardián le dio noticia de mi llegada, y juntamente el Padre Baquero lo informó de mí en las noticias que de mí había adquirido. Luego sacó la consecuencia que era yo el que poco antes había ido por los llanos de San Juan predicando, según lo informaron en los pueblos en que yo había predicado misión, y se estuvo con el Guardián y el Padre Baquero aguardándome, paseándose por el claustro, y contándoles las noticias que él de mí había adquirido.

A este tiempo llegué yo al convento, y al verlo ya pensé que él sería el Padre chapetón que tanto me había el Guardián celebrado. Él al verme, se me vino muy apresurado con los brazos abiertos a abrazarme, diciendo al mismo tiempo: Ay, Juancho de inivida, dame un abrazo. Yo cuando vi aquella demostración de tanta lisura de un hombre que no conocía, me vestí de modestia, y dándole un arrempujón con la mano en el pecho diciéndole: Repórtese V. Paternidad. Él secundó con porfía a quererme abrazar, repitiendo: Juancho de mi vida. Entonces le di con violencia otro arrempujón en el pecho y lo desvié de mí más de cuatro pasos, y le dije: Padre, si es que lo sea, ¿en dónde ha aprendido de cortesía? Esta no es urbanidad religiosa, sino política mundana de gente sin honor. A mí por lo menos me dicen Fr. Juan ¿Qué quiere decir Juancho de mi vida a un hombre que no ha visto ni conocido jamás? Usted o se ha criado entre bárbaros, o sabe muy poco de religión.

El Guardián y el Padre Baquero que vieron la repulsión que yo le di, se quedaron pasmados, y como habían hecho alto concepto de él, me hicieron seña que me reportase, y en lo interim se iban acercando, y el Padre Judas repetía: Cuando tú sepas el poder que yo traigo, me tratarás mejor. Y el Padre Baquero añadió diciéndome: El Padre trae órdenes del General muy fuertes. Y Fr. Judas añade: Y si yo quería te pondría en una cárcel esta noche.

Yo ya aquí impaciente respondí a los dos diciendo al Padre Baquero: El Padre traerá órdenes del General para castigar a los pícaros como usted y Barrutieta; pero no creo que el Rmo. Molinas haya depositado su poder en sujeto inmodesto e irreligioso como usted. A ver, a ver, Padre Judas, sus despachos. Padre guardián, ¿este religioso le ha enseñado algunos despachos contra los Padres misioneros? El Guardián me dijo que no. Entonces díjele yo: Padre Judas, yo no soy ningún perro espantadizo. Usted vaya a mandar allá en donde tenga la autoridad, y no se meta usted conmigo, si no, le diré que se vaya a la mierda, aunque pienso que ha mucho tiempo que está allá. Miren ustedes qué alhaja ésta para meterme a mí en la cárcel.

Viendo el Guardián que yo ya me iba desbocando, me tomó de la mano, y diciendo: Vaya, vaya, Padre Fr. Juan, déjele ya al Padre, que no lo ha dicho por enojarlo. Él me llevó a su celda, y sacándome la conversación de don Ramón, cesó por entonces el debate. Había en Pasto muerto aquel día un clérigo, y al otro día fui con la comunidad al entierro, y reparé que el Guardián me quiso llevar a su lado, sin embargo de repugnarlo yo, por haber allí varios religiosos antiguos, y entre ellos el Padre Definidor Villapanilla. Pero éste me tomó de la mano, y me puso al lado del Guardián, diciéndome: Este es su lugar, por el oficio que tiene de misionero. Yo viendo que no hacía ningún cortejo al Padre Judas, formé más bajo concepto de él. Ya que volvimos del entierro, díjome él: Padre Fr. Juan, hágame el favor de acompañarme un ratito a esta casa, señalando una que hacía esquina a la plazuela del convento. Yo hice concepto que esta demostración la hacía como reconciliativa, y así fui con él.

Ahí vivía un zapatero que estaba retraído en el convento por una muerte que había hecho, y en otros aposentos vivían tres alquilonas, todas mozas volantonas y de fama perdida. Como yo por entonces no sabía nada, entramos en la casa, y salió la mujer del zapatero más fea que una tarasca, enchancletados unos zapatos viejos y más sucia que una araña. Nosotros, sin entrar en la sala, nos sentamos en un poyo del corredor. El Padre Judas sacó de la manga un puro, y se lo dio, y ella se fue a traerle aguardiente. Ya que vino, lo tomó, y vaya para arriba, tomó su buena píldora, y después me lo larga a mí. Yo dije que no quería. El porfió y me lo puso en la mano. Ya que lo tuve lo estrellé contra la pared, diciendo: Yo no soy glotón. A este tiempo dos de aquellas mozas habían salido, y haciéndole gran chacota, se le pusieron al lado. Yo que estaba atento, y reparo que él va a la una a ponerle la una mano al cuello, y la otra a los pechos. Revuelvo con los ojos airados, y él detuvo el ademán. Esto lo repitió cinco o seis veces, aunque yo le hacía el descuido con cuidado, y así no pudo lograr el intento, y yo empeñado ya en apurar toda su malicia me contuve de la cólera que me quemaba.

A poco rato sale la zapatera con una mesita y una servilleta tendida, más sucia que ella, y se la pone delante, al tiempo que Fr. Judas decía: Yo no como en todas partes, a no ser una casa honrada y limpia como esta. Va la zapatera y en un mate como un medio calabazo, en lugar de plato, saca un par de huevos fritos y un pedazo de pan. Fr. Judas lo toma, y con las manos lo fue a despedazar, cuando vuelve a salir la zapatera diciendo: Catay cuchillo. Y saca aquella cuchilla con que cortan la suela los zapateros, y la tira de golpe sobre la mesa. Fr. Judas que ya con un trozo de pan ya había tirado un taco a un huevo y estaba mascando, le dice: Señora, no haga con nosotros tantas ceremonias. Y a mí:  Coma, coma, Fr. Juan. Yo me hallé en este caso que hube de menester toda mi cólera, y advierto que era mucha, por no soltar la carcajada. Yo le dije que no quería, y apenas me salió el no de la boca, cuando él convidó las dos mozas, y entre los tres lo comieron.

Ya que acabaron de comer, dijo Fr. Judas: Ahora sí que estoy satisfecho y gustoso. Yo me levanté y dije: Ea, vamos. Él se levantó, y ya en el portal me dijo: Aquí, aquí no más que una palabra que me importa mucho. Y con esto éntrame en una casa que estaba al lado. Ahí vivía una señora casada con un criollo, hijo de una india y un clérigo. Él tenía una hacienda que era trapiche de azúcar, y remitía a su mujer zurrones llenos de miel de caña, y ella le mezclaba agua, y de este caldo sacaba aguardiente. La señora al verlo, ya supo lo que quería, y entrándose en un cuarto, salió con un vaso de madera, que era la medida de vender, lleno de aguardiente. Desde el portal se lo fue a tomar Fr. Judas y se lo bebió. Yo que me estaba paseando sobre aviso, reparo que al revolver va a meterle la mano por abajo de la faldilla. Revuelvo de improviso y se contuvo. Vuelvo a revolver la espalda, y veo segunda vez la misma acción, y se la atajo con volverme a revolver, y así sucedió cinco o seis veces. Entonces le dije con desabrimiento: Ea, vamos, Padre, al convento.

Con esto salimos de la casa, y yo iba con un rostro que me salía candela. Al llegar, díjele con apacibilidad: Vamos a ver al Guardián. Él no repugnó. Entramos en la celda, y entonces abortando de golpe la cólera represada, le dije a voz en grito: Padre, usted es un grandísimo pícaro, infame, tome, deshonesto, escandaloso. ¿Para ir abrazando las mujeres, y acciones muy más torpes que he visto me lleva a mí de compañero? Usted se llama Judas, pero es peor. ¿Usted dijo que tenía poder para meterme en una cárcel, pícaro? Yo sí, si aquí fuera superior, lo metiera en un breque. Miren que alhaja ésta, que se finge delegado del General. Miente, y sus papeles, si es que los traiga, son subrepticios. Y si no miraba el honor del hábito que lleva vestido, le diera de patadas, por hombre escandaloso, porque usted no tiene de religioso más que el hábito que profana. Por fin, yo le conté al Guardián lo que me había pasado; pero él sin inmutarse ni mudar de color, dijo que aquello era de chanza.

Él comía con el Guardián y con el Padre Baquero en la celda del Guardián, y yo comía con ellos, porque el refectorio estaba descompuesto, y cada cual comía en su celda. A mediodía y a la noche venía una vieja ciega, que, como supe después, toda su vida había sido alcahueta, y otra vieja pobre, a la celda, y se les daban las sobras. Este mismo día a la tarde estaba esta ciega sentada en un poyo de la portería, y yo me estaba paseando por el claustro, cuando veo entrar a Fr. Judas, y al ver a la ciega se arrimó a ella, y levantándose la falda del hábito se la tiró sobre el pecho, cogiéndole las manos abajo del hábito. Como no era esta la primera vez, ni fue la última, porque se la vi repetir más de diez veces, la ciega al sentir caer sobre sí la falda del hábito, se lo cogió, y tirando de ella decía: Ay, Juditas, Juditas. Supongo que fuera chanza, pero era deshonesta, indigna de un hombre religioso.

Desde la primera noche contó sobre mesa tantos disparates, que no se le ve el fin. Decía que había estado en Roma, en Nápoles y Venecia, y en la mayor parte de la Italia, en toda la Francia y en Londres y Holanda. Como yo por entonces no tenía hecho tan bajo concepto de él, me callé la boca. Ya pero después una noche que él me hizo una pregunta extraña, le respondí: Padre, ¿usted qué me viene a examinar? Pues no será así, sino que yo lo examinaré a usted. Preguntéle en lengua inglesa, holandesa, italiana, napolitana, y no me supo responder una palabra. Preguntéle cosas notables de Roma, Nápoles, Venecia, y no supo dar razón. Preguntéle cosas de Sevilla de donde decía que él era natural, y no la había siquiera visto pintada. Preguntéle cosas de Cádiz, y tampoco supo dar razón de nada. Tanto lo apreté con preguntas, que al salir de cenar, me dijo: Nadie me ha parado jamás tanto, ni me ha apretado como usted.

Desde entonces tuve por cierto que ni él era español, ni había estado en España, y más me ratifiqué en lo que ya digo: Estos días sucedió que en el convento hubo una fiesta, y a la tarde la gente india de los pueblos que gobierna el convento y habían concurrido, se quedaron para rezar la corona a la noche, como es costumbre. Fr. Judas ya días antes se había empeñado con el Guardián para que lo dejase predicar aquella noche a la gente que concurriese. Él le dio la licencia para ello. El Guardián me avisó, y venida la hora fui al coro a oírlo, y la plática se redujo a proponer un punto de doctrina cristiana, y moralizar sobre de ella. Él en realidad lo propuso con tanta orden y buena representación con el metal de la voz tan sonora, que era capaz de engañar al más experto. Pero luego que entró a la moral, prorrumpió en lengua linga tan natural como los mismos indios. A la que yo lo oí la pronunciación y facundia de términos de la lengua linga, dije: Pues no, este sin duda por aquí ha nacido, y así se lo dije al Guardián.

Y díjele también: Esta noche tengo de averiguar éste si es o no es religioso. Yo había oído contar un caso que había sucedido en Mallorca con un soldado, el cual habiéndole dado sentencia de muerte por un delito que había cometido, él declaró que era fray nuestro. Con esto suspedieron la sentencia hasta justificarlo. Se determinó para de pronto remitirlo a nuestro convento a ver si se podría rastrear de él, si era o no verdad que fuese religioso o no. Lo entregaron a un Padre de provincia muy erudito, el cual lo averiguó de esta suerte. Ya que se encerró con el soldado a solas, le dijo: Pues hermano supuesto que usted dice que es religioso, arrodíllese y responda a lo que yo le preguntare. Dígame: ¿Qué dice el Padre San Francisco en la regla, cuando dice De Predicatoribus? Respondió el soldado: Nonum capitulum. Con sola esta respuesta evidenció el Padre que el fingido soldado en realidad era fray Francisco. Y yo con lo mismo evidencié que el fingido Fr. Judas era en realidad seglar y no religioso. Ya que estuvimos cenando, hícele la misma pregunta, y no supo responder. Y entonces le dije: Si yo aquí fuera guardián, esta noche le quitara el hábito, y en hábito de seglar lo mandara preso para Quito, porque ni usted es religioso, ni tiene acción alguna de religioso, sino todas de seglar y muy relajado.

Él desde que llegó a Pasto, propagó la voz de que era médico y no fue menester más noticia para que todas las monjas del Convento de la Encarnación lo mandasen llamar, para ponerse en cura. La una decía que padecía inapetencia, la otra melancolía, la otra dolor de cabeza, etc., y así cada una le manifestó su achaque. Él entraba como médico al convento mañana y tarde, y las llevaba a todas de un pie con su labia. Desde el primer día les ordenó que le mandasen de merendar todas las tardes. Ya se le ve; las pobres cada cual hacía lo que podía, y le llenaban la celda de pucheros y pucheritos, platicos y olleticas, que no les quedó en el convento títere con cabeza. Él empezó a propinarles purgas y vomitorios, que en pocos días el convento se volvió un hospital, hasta que advirtiéndolo el señor Vicario, y lo privó de ir al convento.

A los dos días de haber yo llegado, llegó al convento el Padre Fr. Manuel Salas, conventual de allí, y venía de Barbacoas, y traía el dedo mayor de un pie escalabrado, y con una llaguita de un tropezón que había dado en la fragosidad del monte. Luego que lo informaron que el Padre Judas era médico, lo fue a consultar a ver si traía algún ungüento. Él le respondió: En un instante le pondré sano el dedo y el pie. Entróse en su celda, y picó una piedra lipe, y la amasó con un pedazo de vela de sebo, y en un parche se lo aplicó a la carne lesa. Como la piedra lipe es tan mordicante, en media hora le inflamó todo el pie. El religioso no podía aguantar el dolor que le daba, y como por instantes iba picando más, cada instante lo llamaba:Padre Judas, que yo no puedo aguantar este fuego. Padre Judas, mire que ya tengo todo el pie inflamado. Y él respondía: Déjeme Padre hacer a mí, que ahora curará más presto. El Padre viéndose desesperado, me llamó, y me contó lo que pasaba. Desátole el parche, y veo los pedacitos de piedra lipe, y le dije: Padre, quítese usted esto, que esto es cauterio. Le mandé lavar la llaga con vino tibio con romero, y le apliqué yema de huevo batida con aceite, y así sanó. Yo fui con su parche a argüír al Padre Judas, y viendo él que yo le atiné la piedra lipe mordicante, me respondió: Si yo no tenía otra cosa, por esto se lo puse.

Él por acabar, se fue de Pasto, y tiró tierra arriba para Quito, y como no tenía sombrero, la primer jornada llegó a un pueblo llamado Guáitara, de que hablaré adelante. Era cura un fray nuestro llamado el Padre Fr. Sebastián Vallinas, hijo de taita Vallinas andaluz y casado en Quito. Este cura era muy estrecho en el dar, y como lo vio sin sombrero, con su relingote de paño, le afeó mucho el ir de camino de aquella suerte, y por fin le trocó el relingote por un sombrero. Él poco a poco se fue subiendo, y antes de llegar a Quito, llegó a un pueblo, y halló al cura bien malo. Se fingió sacerdote, y lo confesó, le administró todos los sacramentos, y muriendo el enfermo, dijo misa y lo enterró. Cogióle un buen talego y marchó para Quito. Esta atrocidad fue la que le derribó del todo.

Llegó a Quito nuestro Fr. Judas, y con sus papeles de Fiscal del Cuzco engañó al Provincial Guardián, y a todos los Padres de la provincia, y se propagí por todo Quito la venida de este grande hombre, catedrático de medicina de Salamanca. Él empezó a medicar por la ciudad, y cobró una grande fama de médico. Él tuvo arte valiéndose de un tercero para que cogiendo en un vaso meados de perro, de criatura y de bestia, cogidos y mixturados delante de testigos, al pasar por la calle de los mercaderes delante de mucha gente, se hiciese la prueba de su saber. Así se hizo. Padre Fr. Judas, y lo llaman en una tienda, y enseñándole el vaso de meados le dicen: Reverendo Padre por Dios mire estos meados de un pobre enfermo, que está malo, y diga qué habrá de menester. Él hizo tan bien el disimulo, que nadie pudo pensar que él tuviese armada esta traza. Respondió: Esto a los mediquitos de Quito podrá engañar, pero no a mí que soy catedrático de medicina de la célebre Universidad de Salamanca. Y para que ustedes sepan sólo quién soy yo, digo que aquí hay meados de perro, de bestia y de criatura. Y acabado de decir esto, se fue muy entonado. Como esta era la verdad y todos ignoraban la oculta traza con que él lo había dispuesto, se quedaron admirados del conocimiento de este hombre, y divulgándose por toda la ciudad, el caso, lo miraban todos con singular respeto y lo atendían como a oráculo de la medicina.

A este tiempo enfermó un oidor de la Audiencia de retención de orina. Ya había cuatro días que no había depuesto, cuando hallándose sin remedio, se acudió a Fr. Judas. Va allá y aplícale del pecho para abajo cubrirlo de nieve. Así lo pusieron por algunas horas. El oidor, por fin, depuso la orina con esta medicina, pero dentro de 24 horas murió. Hallábase a este tiempo algo indispuesta una de las principales damas de Quito, que por antonomasia llamaban La Curico, que suena pedacito de oro, porque había sido muy hermosa. Ya entonces era señora de edad. En esta casa hacía algunos años que servía de criada la madre de este Fr. Judas. Mandó pues la señora avisarlo para que la pasara a ver. Fue allá y acertó a verlo su propia madre, y al instante lo conoció, y con el alboroso y cariño de madre no pudo contenerse, viendo a un hijo de quien en muchos años no había tenido noticia, y así se fue a abrazarlo llorando de alegría. El Padre Judas la desvió de sí diciéndole: Tú eres una perra india embustera. Yo no soy tu hijo. Yo soy caballero chapetón. Por más que la madre porfió en que era él su hijo Antonio Flórez, él lo negó a pie firme.

Su madre viéndose repudiada de su propio hijo, acudió al Provincial, y allí declaró que aquel Padre Fr. Judas médico, que había venido, era su propio hijo y se llamaba Antonio Flórez, y que estaba casado en la Tacunga, y que su mujer vivía.

Esta noticia tan impensada fue motivo para que el Provincial le pusiera un espía secreto que le anduviese siguiendo los pasos y atendiendo las acciones, y como él andaba con poco recato y menos cautela, en breve le notaron la frecuencia y franqueza de hablar con toda expedición la lengua linga; la bebezón continua con exceso de aguardiente y lisura de acciones indecentes con mujercitas poco honestas. Con estas capitulaciones y el dicho de su madre se juntó Definitorio, y se determinó registrar de nuevo sus papeles, y ver si eran auténticos o subrepticios. Así se hizo. Llamáronlo a juicio y entre sus papeles le hallaron una canónica de cura del curato ya dicho, que él había trasladado del original que al dicho cura hurtó. De esto se entró ya en sospecha, y lo mandaron registrar, y encuéntranle una partida de sellos de plomo, que había hecho con que sellaba cuantos despachos quería. Con esto manda el Definitorio que se ponga en custodia Fr. Judas. Métenlo en la cárcel, y se le dé una disciplina. Él se dio maña, y una noche un fray lego, sobornado con unos pesos que le prometió, le abrió la cárcel, y por una pared del convento se huyó y se fue a retraer al convento de Santa Domingo.



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