CAPÍTULO II
Contiene lo que
me pasó en Pasto hasta que llegué al pueblo de
Taminango.
Llegué a la ciudad de San Juan de Pasto y derechito me fui al
convento. Era entonces Guardián un religioso muy corpulento, que
iba con unos anteojos, que al verlo se me representó un Padre de
provincia de mucha graduación; pero después supe que había sido por
muchos años Fr. lego y por la amistad que tenía con un Padre de
provincia quiteño, llamado nuestro Padre Salvador, había conseguido
licencia para ordenarse, y éste mismo le había conseguido la
guardianía. Él me recibió con mucho cariño, y por falta de celda me
hospedé en la celda del Padre Definidor Villapanilla. Éste era
español, natural de Gibraltar. Éste, siendo muchacho, se embarcó de
polizón en Cadiz y vino a dar a Cartagena de Indias, y se pasó a
Santa Fe, y allí le dieron el hábito, y estando ya ordenado y
leyendo allí Filosofía, un Comisario general, conociendo su
ingenio, lo afilió a la provincia de Quito en donde leyó Teología y
Júbilo, y después había sido Definidor y tres veces Guardián, y el
beber algo sobrado le quitó el provincialato. Éste era primo
hermano del Definidor Terrero, que yo conocí en el colegio de Arcos
de la Frontera antes de partir para las Indias, también hombre
célebre, que escribió los tomos intitulados:
Primicias de
Terrero y El Serafín humano, la vida del Padre San
Francisco.
Allí encontré al Padre Baquero, el de las mulas, que como ya no
había menester al Padre Barrutieta, entonces iba por menudo
desenredando sus enredos. Había llegado a Pasto aquellos días un
tal don Antonio Flórez con el nombre supuesto de Fr. Judas, yen
realidad era un Judas, por lo que en Quito se le averiguó, que es
lo que sigue
. Éste era un mozo mestizo natural de la
Tacunga, él con una labia y representación capaz de engañar a
Lucifer. Éste se casó allí mismo, y después de algunos años, dejó a
la mujer y tiró tierra arriba para Lima, y de allí pasó al Cuzco, y
en las Charcas tomó nuestro hábito, que él sabía un poco de
Gramática. Hizo su noviciado y profesó. Los superiores, viendo que
tenía buenas luces lo aplicaron a la Filosofía, pero él no trató de
estudiar. Al cabo de algunos meses pidió que lo aplicasen a la
boticaria, y allí perseveró dos años, y se ordenó de tonsura y
menores.
En este tiempo él con astucia preguntando, se impuso en el
gobierno de la religión desde el general hasta el novicio. Tuvo
ocasión de ver algunas patentes del General, Comisario general de
Indias y del Provincial, y con láminas de plomo imité los sellos,
letras, caracteres, firmas y rúbricas, y formé despachos del
General y aprobaciones del Comisario general de Indias sellados y
firmados. Formé cédulas reales y despachos del Consejo para fundar
conventos; y aperándose de algún dinero de la boticaria y algunos
medicamentos magistrales, una noche se huyó y se pasó al Tucumán.
Allí él se dio maña de imponerse de la tierra, y se pasó a una de
aquellas ciudades, y propagó la voz de que venía a fundar un
convento de monjas clarisas. Él con sus papeles fingidos engañó a
todos, y empezando de haber prentendientas de lo más florido de la
ciudad, congregó catorce señoritas. La ciudad le hizo donación de
una casa capaz para convento, y allí las encerró, entrando a todas
horas a visitarlas. Él se apoderó de los dotes, y las regalaba
mucho. Así prosiguió cuatro o cinco meses
, y dejándolas ya
sin ser monjas, ni poderlo ser, se mudó una noche, cargado de
doblones, y se pasó fingiendo viaje a una expedición precisa, y se
pasó a Buenos Aires. Él iba aperado de ropa de seglar, y en el
camino dejó el hábito, y se puso de seglar fingiéndose médico.
Así llegó a Buenos Aires, y escampando la voz de que era
chapetón andaluz, médico que acababa de venir de España, a la
novedad del médico chapetón varios enfermos de la ciudad lo
mandaron llamar, y acertando algunas curas de medicina y silurgia,
cobró mucha fama. El estilo que este hombre tuvo desde entonces fue
beber cada día un frasco de aguardiente, y esta bebezón le quitó la
fama; porque como tenía plata y gastaba largo, luego empezó a tener
muchos amigos. Él en las casas que visitaba lo primero decía que no
quería paga ninguna, sino que cada día a mediodía y a la noche le
mandasen para comer y cenar. Ya se ve; las casas de los enfermos
para tenerlo grato le mandaban pucheros y guisos especiales, muchos
dulces y regalos, y con esta entrada tan opípara y opulenta, cada
día a mediodía y a la noche con sus amigos siempre estaba de
convite. Esto no duró más que tres meses; porque temeroso de lo que
había hecho con las monjas de Tucumán, secretamente se embarcó para
Portobelo.
En Portobelo estuvo algunos meses de médico, y de ahí, viendo
que la plata se le iba acabando, se embarcó para Caracas, y al
llegar, se puso a servir de mozo de boticario en el hospital, y
allí perseveró cuatro años. En este tiempo con su cautela volvió a
agregar alguna plata, y dejando la botica, se embarcó para
Cartagena, y al llegar echa la voz de que venía de España y que
había sido catedrático de medicina en Sevilla. A la novedad púsose
a curar, y señalándole conducta en el hospital de San Juan de Dios,
lo pasó bien algunos meses.
Al cabo una noche se fue a nuestro convento y pidió al Guardián
un hábito para mortaja de un difunto. Se lo dieron y con ella tomó
el camino por tierra con unos indios, y se pasó a Mahates. En el
camino se informó que de Mahates a la Barranca no hay sino dos
jornadas, y al llegar allá tomó solo el camino, y en él dejó la
ropa de seglar, y se vistió de religioso nuestro. Volvió a hacer
patentes del General, y se fingió que venía de España con nombre de
Fiscal del definitorio de la provincia del Cuzco. Llegó al convento
de Mompós y Honda, y con estos fingidos papeles engañó a los
superiores. Partió de Honda, e informado de que hasta la ciudad de
La Plata era todo gente india, y que hablaban por lo común la
lengua linga, la que él había aprendido con la leche, metióse a
predicador misionero.
En los pueblos donde llegaba engañaba a los curas con la verdad
vestida en hábito de mentira. Decía lo primero que no era
sacerdote, porque habiéndose ordenado de menores, se había hallado
indigno de las demás órdenes, y así no se había querido ordenar. En
esto decía verdad; pero lo cubría con la mentira de decir que venía
de España y que iba de Fiscal del Definitorio del Cuzco. Con esto
predicaba algunas pláticas solemnemente, saludando al Santísimo y a
María Santísima, y en estas pláticas a breves cláusulas prorrumpía
luego en lengua linga, y todos estaban admirados de oírlo, y más
los indios de sentir predicar en su lengua, cosa que jamás habían
oído. Sólo con esto era bastante indicio para que los curas
hubieran advertido que este hombre no podía ser lo que relataba
porque no hay chapetón alguno, que por más que esté años y más años
en el Perú, llegue jamás a pronunciar la lengua linga natural, a no
haberla mamado con la leche. Pero él a todos los engañó. Con esto
lograba en todas partes buen hospicio y manutención, y cuando se
quería ir, lo conducían de un pueblo a otro sin costo
alguno.
Así fue él subiendo hasta el pueblo de El Retiro. Allí tuvo él
noticia de un curato que tenía un Fr. nuestro. Yo me he olvidado
del nombre del pueblo, bien sé que no está lejos de El Retiro, cosa
de unas cuatro leguas. Por fin él fue allá, y con sus papeles
fingidos de Fiscal del Definitorio del Cuzco lo engañó, y viendo
que el Padre cura lo atendía, le dio a creer que de vuelta del
viaje llevaba también comisión para la provincia de Santa Fe. El
cura tenía allí sus dependencias, y le comunicó sus deseos. Él le
prometió ser favorable en un todo, y con esto el Padre cura le
regaló una cantidad grande de pesos; y ya le hubo sacado la plata,
le hurtó la canónica de cura ocultamente, y despidiéndose
políticamente, marchó para la ciudad de La Plata, y se promulgó
cura de dicho pueblo.
En La Plata estuvo algunos días, y de allí se subió para
Popayán. Él llegó al colegio con sólo el hábito, sin capilla,
diciendo que en el páramo de Guanacas lo había perdido. Él había
adquirido un relingote de paño azul, y al llegar con el nombre de
Fr. Judas cura de tal parte, hubo de haber en el colegio quien
conocía dicho cura, y avisó al superior, y como ya le habían notado
que sus modales desdecían de la modestia religiosa, el superior lo
requirió para que declarase quién era. Él se ratificó que era cura
de dicho pueblo, y enseñó la canónica mas viendo que no se le daba
crédito por haber en el colegio quien conocía dicho cura, apeló a
los fingidos papeles de Fiscal del Definitorio del Cuzco, y que
sólo traía dicho despacho de cura para ocultar quién era hasta
llegar al Cuzco.
Con esto, como los papeles venían con firma y sello del General,
los dejó confusos sin saber qué hacer con él. Él escampó voz que
había sido catedrático de medicina en Salamanca, y al instante se
divulgó por todo Popayán. El Gobernador se hallaba enfermo, y en la
ciudad no había médico alguno, porque el donado médico que nosotros
trujimos de España se había ido del colegio, y estaba en Quito, y
así en Popayán los enfermos ricos se valían de un boticario que
allí había; porque como luego recetaba muchas medicinas, porque en
ello estaba su ganancia, en siendo pobre moría como podía. Luego
que el Gobernador tuvo noticia de que en el colegio había llegado
un religioso chapetón que había sido en Salamanca catedrático de
medicina, lo mandó llamar. El Guardián fue preciso ir allá a
decirle que el religioso estaba indecente porque en el páramo de
Guanacas, por abrigarse de ropa en un temporal que le cogió,
incautamente había perdido la capilla y no tenía otra que remudar,
y como él llevaba el hábito azul y en el colegio visten sayal
ceniciento, era deformidad que con hábito azul vistiese la capilla
cenicienta que sólo le podían prestar.
El señor Gobernador por de pronto dispuso mandarle la silla de
manos con un par de negros que lo trujesen. Así se hizo. Lleváronlo
a Palacio, y él se dio tan buena maña, que de pronto el Gobernador
le mandó buscar jerga azul, y se le cortó un vestido, y allí mismo
de pronto vengan sastres que corten y cuesan, y ya Fr. Judas se
quedó en Palacio armándole cuarto aperado de todo, con orden que lo
regalen y sirvan en cuanto quiera. Con esto empieza a recetar
entrando y saliendo, y paseándose por Popayán, visitando enfermos y
aperándose de plata. Él allí hizo mil disparates con los enfermos,
y envió muchos a la eternidad; pero por fin él acertó la cura del
señor Gobernador. Al cabo de un mes se sintió sano el señor
Gobernador, y le dio trescientos pesos de regalo, y lo despachó al
colegio, porque le hacía mucho gasto, porque todas las tardes
llevaba allá los amigos que había hecho, y mandaba armar merendonas
con mucha bebezón, que sólo en este mes que estuvo en Palacio se
gastaron siete botijas de vino y tres de aguardiente; y allá un
frasco de vino vale seis pesos, y el de aguardiente nueve.
Ya que volvió al colegio él se aperó de una buena mula y silla
de montar, que hasta entonces no lo había tenido. Esto lo tenía en
casa de un amigo. Sucedió pues que el cura Fr. nuestro a quien
hurtó el despacho de cura, un día echó de menos este papel, hizo
exacta diligencia con una india que le servía la cual dijo que
aquel Fr. Judas que allí había estado, un día cuando el cura había
salido a sacramentar una india, lo había visto sacar papeles del
escritorio y estarlos leyendo. Inmediatamente despachó un propio al
Guardián del colegio, dándole cuenta, para si estaba Fr. Judas en
Popayán, le quitase el despacho, y si había ido para arriba que el
propio pasase adelante a alcanzarlo en Pasto o en Quito con cartas
que llevaba para el Guardián de Pasto y el Provincial de Quito.
Llegó pues el propio una tarde, pero estaba fuera el Padre Judas.
Lo enviaron a llamar, y ya que vino, le leyó el Guardián la carta
del Padre Cura, y le mandó entregar el despacho. Viendo que él no
hizo repugnancia alguna, junté el Guardián discretorio, y se
resolvió, que puesto que él se hallaba ya culpado de este hurto, y
que no tenía modales de religioso, que se pusiese en custodia en lo
interim que se escribía a Cartagena al Guardián, si en verdad había
venido de España dicho religioso, dándole las señas de su persona;
o si sería otro el que hubiese venido con la comisión de Fiscal del
Cuzco, y éste le hubiese quitado los papeles que traía, o
incautamente o con violencia, y talvez quitándole la vida. Porque
los papeles, como estaba la letra, la firma y el sello al natural
sacado e imitado, nunca llegaron a dudar ni a
sospechar.
Como el colegio estaba tan incómodo, se aparejó un aposentillo
que había, que tenía una ventana que daba a la huerta, y al cerrar
la noche lo llamaron el Guardián y Discretos, y lo llevaron allí
intimándole que allí había de estar encerrado, hasta que se
averiguase la legalidad de su persona. El empezó a hacerles
amenazas, diciéndoles que con la potestad que del General traía,
cuyos papeles tenía ya remitidos por delante, a vuelta de viaje
asolaría el colegio, y que a todos ellos desterraría y repartiría
por diversas provincias, o se los llevaría presos para España a la
presencia del General. Pero por fin, después de haberle traído de
cenar, allí lo dejaron encerrado.
Esta misma noche así que conoció que ya los Padres se habían
recogido, por la ventana entró en la huerta, saltó la tapia y se
fue a casa del amigo en donde tenía la plata y la mula, y fingiendo
que habíale llegado un propio, le precisaban a partirse luego sin
detención alguna. Él hizo encender un farol y que con él un negro
lo acompañase hasta que viniese el día. Como en la casa lo querían
y el dueño había participado de las merendonas y regalos, al
instante hicieron cuanto les dijo, y al dar la media noche ya Fray
Judas salía de Popayán caminando para Pasto. El caminó el resto de
la noche con el farol y el negro que lo acompañaba hasta que vino
el día. Despidió el negro y tiró solo, y al doblar de mediodía,
llegó al Alto del Rey, pueblecito de indios y mestizos. Al llegar
hubo de encontrar con un caballero popayanejo que lo conoció el
cual venia para Popayán. Se apeó en una casa y mandó dar maíz a la
mula y que le matasen una gallina para comer. En lo interim se le
acercó el popayanejo y trabaron conversación. El envió por un
frasco de aguardiente, y en lo interim que se proporcionaba la
comida, se lo bebió todo, porque el popayanejo ya había comido y no
quiso beber. Así lo contó a los Padres del colegio cuando llegó con
un recaudo que les trujo de Fr. Judas que les decía que cada cual
aprontase sus trastes porque presto verían cumplido lo que les
había prometido.
Él se estuvo más de un mes rodando por la provincia de Patía
hasta que acabó toda la plata, y entonces vino a dar a Pasto, que
dista de Popayán ocho días. Poco más había que él había llegado a
Pasto, cuando yo llegué. El Guardián ya llevo dicho lo que era, y
así este Fr. Judas que engañaba las águilas, ¿qué haría con este
murciélago? Cuando yo llegué el Guardián me impuso que había venido
de España un grande hombre había unos días, y que no se sabía de
positivo quién era, sólo sí que traía fuertes patentes del General,
y que se presumía que iba a desmontar al Padre Soto y Marni, que
entonces estaba de Comisario general del Perú, y estaba en Lima,
por algunas proposiciones que sobre de ello había dicho
incautamente este religioso en algunas casas de Pasto; pero que él
se daba por cura de tal pueblo por no manifestar su poder hasta
llegar a Lima. Yo le pregunté por su nombre, y me respondió el
Guardián que se llamaba Fr. Judas. Yo le dije: Bien puede ser que
sea grande hombre, pero su nombre lo publica muy ruin.
Yo ya que tuve compuestos los trastos en la celda del Definidor
Villapanilla, me salí y fui en busca del Síndico, que lo era don
Ramón de la Barrera, a quien remití yo mi cacao, a ver lo primero
en que había parado, si se había vendido o no. Llegué a su casa y
lo hallé. Dile cuenta de quién era yo y a lo que venía, y él me
dijo que todo el cacao se había vendido, excepto unas arrobas que
había resguardado para sí. Me dio cuenta de a tres pesos la arroba,
y que aunque había fiado alguno y todavía no había cobrado, pero
que si me importaba la plata que me la daría. Yo le dije que me la
tuviese pronta para cuando yo la necesitase. Él me dijo que
cincuenta pesos había dado a los indios cargueros, y que quedaba
responsable de quinientos cincuenta pesos a mi disposición, y así
quedamos los dos acordes en nuestras cuentas. En lo interim que
esto pasaba llego al convento Fr. Judas, y el Guardián le dio
noticia de mi llegada, y juntamente el Padre Baquero lo informó de
mí en las noticias que de mí había adquirido. Luego sacó la
consecuencia que era yo el que poco antes había ido por los llanos
de San Juan predicando, según lo informaron en los pueblos en que
yo había predicado misión, y se estuvo con el Guardián y el Padre
Baquero aguardándome, paseándose por el claustro, y contándoles las
noticias que él de mí había adquirido.
A este tiempo llegué yo al convento, y al verlo ya pensé que él
sería el Padre chapetón que tanto me había el Guardián celebrado.
Él al verme, se me vino muy apresurado con los brazos abiertos a
abrazarme, diciendo al mismo tiempo: Ay, Juancho de inivida, dame
un abrazo. Yo cuando vi aquella demostración de tanta lisura de un
hombre que no conocía, me vestí de modestia, y dándole un
arrempujón con la mano en el pecho diciéndole: Repórtese V.
Paternidad. Él secundó con porfía a quererme abrazar, repitiendo:
Juancho de mi vida. Entonces le di con violencia otro arrempujón en
el pecho y lo desvié de mí más de cuatro pasos, y le dije: Padre,
si es que lo sea, ¿en dónde ha aprendido de cortesía? Esta no es
urbanidad religiosa, sino política mundana de gente sin honor. A mí
por lo menos me dicen Fr. Juan ¿Qué quiere decir Juancho de mi vida
a un hombre que no ha visto ni conocido jamás? Usted o se ha criado
entre bárbaros, o sabe muy poco de religión.
El Guardián y el Padre Baquero que vieron la repulsión que yo le
di, se quedaron pasmados, y como habían hecho alto concepto de él,
me hicieron seña que me reportase, y en lo interim se iban
acercando, y el Padre Judas repetía: Cuando tú sepas el poder que
yo traigo, me tratarás mejor. Y el Padre Baquero añadió diciéndome:
El Padre trae órdenes del General muy fuertes. Y Fr. Judas añade: Y
si yo quería te pondría en una cárcel esta noche.
Yo ya aquí impaciente respondí a los dos diciendo al Padre
Baquero: El Padre traerá órdenes del General para castigar a los
pícaros como usted y Barrutieta; pero no creo que el Rmo. Molinas
haya depositado su poder en sujeto inmodesto e irreligioso como
usted. A ver, a ver, Padre Judas, sus despachos. Padre guardián,
¿este religioso le ha enseñado algunos despachos contra los Padres
misioneros? El Guardián me dijo que no. Entonces díjele yo: Padre
Judas, yo no soy ningún perro espantadizo. Usted vaya a mandar allá
en donde tenga la autoridad, y no se meta usted conmigo, si no, le
diré que se vaya a la mierda, aunque pienso que ha mucho tiempo que
está allá. Miren ustedes qué alhaja ésta para meterme a mí en la
cárcel.
Viendo el Guardián que yo ya me iba desbocando, me tomó de la
mano, y diciendo: Vaya, vaya, Padre Fr. Juan, déjele ya al Padre,
que no lo ha dicho por enojarlo. Él me llevó a su celda, y
sacándome la conversación de don Ramón, cesó por entonces el
debate. Había en Pasto muerto aquel día un clérigo, y al otro día
fui con la comunidad al entierro, y reparé que el Guardián me quiso
llevar a su lado, sin embargo de repugnarlo yo, por haber allí
varios religiosos antiguos, y entre ellos el Padre Definidor
Villapanilla. Pero éste me tomó de la mano, y me puso al lado del
Guardián, diciéndome: Este es su lugar, por el oficio que tiene de
misionero. Yo viendo que no hacía ningún cortejo al Padre Judas,
formé más bajo concepto de él. Ya que volvimos del entierro, díjome
él: Padre Fr. Juan, hágame el favor de acompañarme un ratito a esta
casa, señalando una que hacía esquina a la plazuela del convento.
Yo hice concepto que esta demostración la hacía como
reconciliativa, y así fui con él.
Ahí vivía un zapatero que estaba retraído en el convento por una
muerte que había hecho, y en otros aposentos vivían tres
alquilonas, todas mozas volantonas y de fama perdida. Como yo por
entonces no sabía nada, entramos en la casa, y salió la mujer del
zapatero más fea que una tarasca, enchancletados unos zapatos
viejos y más sucia que una araña. Nosotros, sin entrar en la sala,
nos sentamos en un poyo del corredor. El Padre Judas sacó de la
manga un puro, y se lo dio, y ella se fue a traerle aguardiente. Ya
que vino, lo tomó, y vaya para arriba, tomó su buena píldora, y
después me lo larga a mí. Yo dije que no quería. El porfió y me lo
puso en la mano. Ya que lo tuve lo estrellé contra la pared,
diciendo: Yo no soy glotón. A este tiempo dos de aquellas mozas
habían salido, y haciéndole gran chacota, se le pusieron al lado.
Yo que estaba atento, y reparo que él va a la una a ponerle la una
mano al cuello, y la otra a los pechos. Revuelvo con los ojos
airados, y él detuvo el ademán. Esto lo repitió cinco o seis veces,
aunque yo le hacía el descuido con cuidado, y así no pudo lograr el
intento, y yo empeñado ya en apurar toda su malicia me contuve de
la cólera que me quemaba.
A poco rato sale la zapatera con una mesita y una servilleta
tendida, más sucia que ella, y se la pone delante, al tiempo que
Fr. Judas decía: Yo no como en todas partes, a no ser una casa
honrada y limpia como esta. Va la zapatera y en un mate como un
medio calabazo, en lugar de plato, saca un par de huevos fritos y
un pedazo de pan. Fr. Judas lo toma, y con las manos lo fue a
despedazar, cuando vuelve a salir la zapatera diciendo:
Catay cuchillo. Y saca aquella cuchilla con que cortan la suela los
zapateros, y la tira de golpe sobre la mesa. Fr. Judas que ya con
un trozo de pan ya había tirado un taco a un huevo y estaba
mascando, le dice: Señora, no haga con nosotros tantas ceremonias.
Y a mí: Coma, coma, Fr. Juan. Yo me hallé en este caso que hube de
menester toda mi cólera, y advierto que era mucha, por no soltar la
carcajada. Yo le dije que no quería, y apenas me salió el no de la
boca, cuando él convidó las dos mozas, y entre los tres lo
comieron.
Ya que acabaron de comer, dijo Fr. Judas: Ahora sí que estoy
satisfecho y gustoso. Yo me levanté y dije: Ea, vamos. Él se
levantó, y ya en el portal me dijo: Aquí, aquí no más que una
palabra que me importa mucho. Y con esto éntrame en una casa que
estaba al lado. Ahí vivía una señora casada con un criollo, hijo de
una india y un clérigo. Él tenía una hacienda que era trapiche de
azúcar, y remitía a su mujer zurrones llenos de miel de caña, y
ella le mezclaba agua, y de este caldo sacaba aguardiente. La
señora al verlo, ya supo lo que quería, y entrándose en un cuarto,
salió con un vaso de madera, que era la medida de vender, lleno de
aguardiente. Desde el portal se lo fue a tomar Fr. Judas y se lo
bebió. Yo que me estaba paseando sobre aviso, reparo que al
revolver va a meterle la mano por abajo de la faldilla. Revuelvo de
improviso y se contuvo. Vuelvo a revolver la espalda, y veo segunda
vez la misma acción, y se la atajo con volverme a revolver, y así
sucedió cinco o seis veces. Entonces le dije con
desabrimiento: Ea, vamos, Padre, al convento.
Con esto salimos de la casa, y yo iba con un rostro que me salía
candela. Al llegar, díjele con apacibilidad: Vamos a ver al
Guardián. Él no repugnó. Entramos en la celda, y entonces abortando
de golpe la cólera represada, le dije a voz en grito: Padre,
usted es un grandísimo pícaro, infame, tome, deshonesto,
escandaloso. ¿Para ir abrazando las mujeres, y acciones muy más
torpes que he visto me lleva a mí de compañero? Usted se llama
Judas, pero es peor. ¿Usted dijo que tenía poder para meterme en
una cárcel, pícaro? Yo sí, si aquí fuera superior, lo metiera en un
breque. Miren que alhaja ésta, que se finge delegado del General.
Miente, y sus papeles, si es que los traiga, son subrepticios. Y si
no miraba el honor del hábito que lleva vestido, le diera de
patadas, por hombre escandaloso, porque usted no tiene de religioso
más que el hábito que profana. Por fin, yo le conté al Guardián lo
que me había pasado; pero él sin inmutarse ni mudar de color, dijo
que aquello era de chanza.
Él comía con el Guardián y con el Padre Baquero en la celda del
Guardián, y yo comía con ellos, porque el refectorio estaba
descompuesto, y cada cual comía en su celda. A mediodía y a la
noche venía una vieja ciega, que, como supe después, toda su vida
había sido alcahueta, y otra vieja pobre, a la celda, y se les
daban las sobras. Este mismo día a la tarde estaba esta ciega
sentada en un poyo de la portería, y yo me estaba paseando por el
claustro, cuando veo entrar a Fr. Judas, y al ver a la ciega se
arrimó a ella, y levantándose la falda del hábito se la tiró sobre
el pecho, cogiéndole las manos abajo del hábito. Como no era esta
la primera vez, ni fue la última, porque se la vi repetir más de
diez veces, la ciega al sentir caer sobre sí la falda del hábito,
se lo cogió, y tirando de ella decía: Ay, Juditas, Juditas.
Supongo que fuera chanza, pero era deshonesta, indigna de un hombre
religioso.
Desde la primera noche contó sobre mesa tantos disparates, que
no se le ve el fin. Decía que había estado en Roma, en Nápoles y
Venecia, y en la mayor parte de la Italia, en toda la Francia y en
Londres y Holanda. Como yo por entonces no tenía hecho tan bajo
concepto de él, me callé la boca. Ya pero después una noche que él
me hizo una pregunta extraña, le respondí: Padre, ¿usted qué me
viene a examinar? Pues no será así, sino que yo lo examinaré a
usted. Preguntéle en lengua inglesa, holandesa, italiana,
napolitana, y no me supo responder una palabra. Preguntéle cosas
notables de Roma, Nápoles, Venecia, y no supo dar razón. Preguntéle
cosas de Sevilla de donde decía que él era natural, y no la había
siquiera visto pintada. Preguntéle cosas de Cádiz, y tampoco supo
dar razón de nada. Tanto lo apreté con preguntas, que al salir de
cenar, me dijo: Nadie me ha parado jamás tanto, ni me ha apretado
como usted.
Desde entonces tuve por cierto que ni él era español, ni había
estado en España, y más me ratifiqué en lo que ya digo: Estos
días sucedió que en el convento hubo una fiesta, y a la tarde la
gente india de los pueblos que gobierna el convento y habían
concurrido, se quedaron para rezar la corona a la noche, como es
costumbre. Fr. Judas ya días antes se había empeñado con el
Guardián para que lo dejase predicar aquella noche a la gente que
concurriese. Él le dio la licencia para ello. El Guardián me avisó,
y venida la hora fui al coro a oírlo, y la plática se redujo a
proponer un punto de doctrina cristiana, y moralizar sobre de ella.
Él en realidad lo propuso con tanta orden y buena representación
con el metal de la voz tan sonora, que era capaz de engañar al más
experto. Pero luego que entró a la moral, prorrumpió en lengua
linga tan natural como los mismos indios. A la que yo lo oí la
pronunciación y facundia de términos de la lengua linga, dije: Pues
no, este sin duda por aquí ha nacido, y así se lo dije al
Guardián.
Y díjele también: Esta noche tengo de averiguar éste si es o no
es religioso. Yo había oído contar un caso que había sucedido en
Mallorca con un soldado, el cual habiéndole dado sentencia de
muerte por un delito que había cometido, él declaró que era fray
nuestro. Con esto suspedieron la sentencia hasta justificarlo. Se
determinó para de pronto remitirlo a nuestro convento a ver si se
podría rastrear de él, si era o no verdad que fuese religioso o no.
Lo entregaron a un Padre de provincia muy erudito, el cual lo
averiguó de esta suerte. Ya que se encerró con el soldado a solas,
le dijo: Pues hermano supuesto que usted dice que es religioso,
arrodíllese y responda a lo que yo le preguntare. Dígame: ¿Qué dice
el Padre San Francisco en la regla, cuando dice
De
Predicatoribus? Respondió el soldado:
Nonum capitulum.
Con sola esta respuesta evidenció el Padre que el fingido soldado
en realidad era fray Francisco. Y yo con lo mismo evidencié que el
fingido Fr. Judas era en realidad seglar y no religioso. Ya que
estuvimos cenando, hícele la misma pregunta, y no supo responder. Y
entonces le dije: Si yo aquí fuera guardián, esta noche le quitara
el hábito, y en hábito de seglar lo mandara preso para Quito,
porque ni usted es religioso, ni tiene acción alguna de religioso,
sino todas de seglar y muy relajado.
Él desde que llegó a Pasto, propagó la voz de que era médico y
no fue menester más noticia para que todas las monjas del Convento
de la Encarnación lo mandasen llamar, para ponerse en cura. La una
decía que padecía inapetencia, la otra melancolía, la otra dolor de
cabeza, etc., y así cada una le manifestó su achaque. Él entraba
como médico al convento mañana y tarde, y las llevaba a todas de un
pie con su labia. Desde el primer día les ordenó que le mandasen de
merendar todas las tardes. Ya se le ve; las pobres cada cual hacía
lo que podía, y le llenaban la celda de pucheros y pucheritos,
platicos y olleticas, que no les quedó en el convento títere con
cabeza. Él empezó a propinarles purgas y vomitorios, que en pocos
días el convento se volvió un hospital, hasta que advirtiéndolo el
señor Vicario, y lo privó de ir al convento.
A los dos días de haber yo llegado, llegó al convento el Padre
Fr. Manuel Salas, conventual de allí, y venía de Barbacoas, y traía
el dedo mayor de un pie escalabrado, y con una llaguita de un
tropezón que había dado en la fragosidad del monte. Luego que lo
informaron que el Padre Judas era médico, lo fue a consultar a ver
si traía algún ungüento. Él le respondió: En un instante le pondré
sano el dedo y el pie. Entróse en su celda, y picó una piedra lipe,
y la amasó con un pedazo de vela de sebo, y en un parche se lo
aplicó a la carne lesa. Como la piedra lipe es tan mordicante, en
media hora le inflamó todo el pie. El religioso no podía aguantar
el dolor que le daba, y como por instantes iba picando más, cada
instante lo llamaba:Padre Judas, que yo no puedo aguantar este
fuego. Padre Judas, mire que ya tengo todo el pie inflamado. Y él
respondía: Déjeme Padre hacer a mí, que ahora curará más presto. El
Padre viéndose desesperado, me llamó, y me contó lo que pasaba.
Desátole el parche, y veo los pedacitos de piedra lipe, y le dije:
Padre, quítese usted esto, que esto es cauterio. Le mandé lavar la
llaga con vino tibio con romero, y le apliqué yema de huevo batida
con aceite, y así sanó. Yo fui con su parche a argüír al Padre
Judas, y viendo él que yo le atiné la piedra lipe mordicante, me
respondió: Si yo no tenía otra cosa, por esto se lo puse.
Él por acabar, se fue de Pasto, y tiró tierra arriba para Quito,
y como no tenía sombrero, la primer jornada llegó a un pueblo
llamado Guáitara, de que hablaré adelante. Era cura un fray nuestro
llamado el Padre Fr. Sebastián Vallinas, hijo de taita Vallinas
andaluz y casado en Quito. Este cura era muy estrecho en el dar, y
como lo vio sin sombrero, con su relingote de paño, le afeó mucho
el ir de camino de aquella suerte, y por fin le trocó el relingote
por un sombrero. Él poco a poco se fue subiendo, y antes de llegar
a Quito, llegó a un pueblo, y halló al cura bien malo. Se fingió
sacerdote, y lo confesó, le administró todos los sacramentos, y
muriendo el enfermo, dijo misa y lo enterró. Cogióle un buen talego
y marchó para Quito. Esta atrocidad fue la que le derribó del
todo.
Llegó a Quito nuestro Fr. Judas, y con sus papeles de Fiscal del
Cuzco engañó al Provincial Guardián, y a todos los Padres de la
provincia, y se propagí por todo Quito la venida de este grande
hombre, catedrático de medicina de Salamanca. Él empezó a medicar
por la ciudad, y cobró una grande fama de médico. Él tuvo arte
valiéndose de un tercero para que cogiendo en un vaso meados de
perro, de criatura y de bestia, cogidos y mixturados delante de
testigos, al pasar por la calle de los mercaderes delante de mucha
gente, se hiciese la prueba de su saber. Así se hizo. Padre Fr.
Judas, y lo llaman en una tienda, y enseñándole el vaso de meados
le dicen: Reverendo Padre por Dios mire estos meados de un pobre
enfermo, que está malo, y diga qué habrá de menester. Él hizo tan
bien el disimulo, que nadie pudo pensar que él tuviese armada esta
traza. Respondió: Esto a los mediquitos de Quito podrá engañar,
pero no a mí que soy catedrático de medicina de la célebre
Universidad de Salamanca. Y para que ustedes sepan sólo quién soy
yo, digo que aquí hay meados de perro, de bestia y de criatura. Y
acabado de decir esto, se fue muy entonado. Como esta era la verdad
y todos ignoraban la oculta traza con que él lo había dispuesto, se
quedaron admirados del conocimiento de este hombre, y divulgándose
por toda la ciudad, el caso, lo miraban todos con singular respeto
y lo atendían como a oráculo de la medicina.
A este tiempo enfermó un oidor de la Audiencia de retención de
orina. Ya había cuatro días que no había depuesto, cuando
hallándose sin remedio, se acudió a Fr. Judas. Va allá y aplícale
del pecho para abajo cubrirlo de nieve. Así lo pusieron por algunas
horas. El oidor, por fin, depuso la orina con esta medicina, pero
dentro de 24 horas murió. Hallábase a este tiempo algo indispuesta
una de las principales damas de Quito, que por antonomasia llamaban
La Curico, que suena pedacito de oro, porque había sido muy
hermosa. Ya entonces era señora de edad. En esta casa hacía algunos
años que servía de criada la madre de este Fr. Judas. Mandó pues la
señora avisarlo para que la pasara a ver. Fue allá y acertó a verlo
su propia madre, y al instante lo conoció, y con el alboroso y
cariño de madre no pudo contenerse, viendo a un hijo de quien en
muchos años no había tenido noticia, y así se fue a abrazarlo
llorando de alegría. El Padre Judas la desvió de sí diciéndole: Tú
eres una perra india embustera. Yo no soy tu hijo. Yo soy caballero
chapetón. Por más que la madre porfió en que era él su hijo Antonio
Flórez, él lo negó a pie firme.
Su madre viéndose repudiada de su propio hijo, acudió al
Provincial, y allí declaró que aquel Padre Fr. Judas médico, que
había venido, era su propio hijo y se llamaba Antonio Flórez, y que
estaba casado en la Tacunga, y que su mujer vivía.
Esta noticia tan impensada fue motivo para que el Provincial le
pusiera un espía secreto que le anduviese siguiendo los pasos y
atendiendo las acciones, y como él andaba con poco recato y menos
cautela, en breve le notaron la frecuencia y franqueza de hablar
con toda expedición la lengua linga; la bebezón continua con exceso
de aguardiente y lisura de acciones indecentes con mujercitas poco
honestas. Con estas capitulaciones y el dicho de su madre se juntó
Definitorio, y se determinó registrar de nuevo sus papeles, y ver
si eran auténticos o subrepticios. Así se hizo. Llamáronlo a juicio
y entre sus papeles le hallaron una canónica de cura del curato ya
dicho, que él había trasladado del original que al dicho cura
hurtó. De esto se entró ya en sospecha, y lo mandaron registrar, y
encuéntranle una partida de sellos de plomo, que había hecho con
que sellaba cuantos despachos quería. Con esto manda el Definitorio
que se ponga en custodia Fr. Judas. Métenlo en la cárcel, y se le
dé una disciplina. Él se dio maña, y una noche un fray lego,
sobornado con unos pesos que le prometió, le abrió la cárcel, y por
una pared del convento se huyó y se fue a retraer al convento de
Santa Domingo.