CAPÍTULO I
Contiene lo que dispuse en Cáquetá hasta que llegué a la ciudad
de San Juan de Pasto, cabeza de provincia.
Hallándome pues en Caquetá perplejo sobre lo que haría para la
repartición del ganado, una noche le propuse al Padre Plata, y
viendo que él era de parecer, que lo primero aperase mi pueblo,
puesto que yo lo había buscado y me costaba mis sudores y trabajos.
Con esto determiné despachar noventa novillas y diez toritos y
doscientas cincuenta borregas y veinte borregos lo primero río
abajo a La Concepción, con una carta al Padre Urrea para que él
dijera a Fr. José Carvo que, sin embargo de lo sucedido en mi
salida de que él se hallaba culpado, y no ignoraba que yo lo sabia;
pero que yo le perdonaba todo lo hecho, y que lo que ahora de
pronto convenía era que él bajase con dicho ganado a mi pueblo y
pacificase a mis indios, diciéndoles que cuando yo fuese allá que
no tuviesen miedo ni temor alguno, porque yo ya sabía que el
haberme ellos huído en el pueblo del Mamo, no había sido por mala
voluntad suya sino por mal consejo del indio Valencia y los demás
de La Concepción.
Y bajándose hachas y machetes, mándase de pronto abrir un pedazo
de monte para pasto del ganado, ordenando al capitán que cada cual
al ponerse el sol, lo mandase recoger en la plaza, y que mi perro
lo atase allí también para guardarlo de alguna fiera, y que esto
había de durar hasta que el mismo ganado, al llegar la hora
acostumbrada, por sí se viniese a recoger en la plaza. Y que
mayormente al principio anduviesen sobre aviso no fuera cosa que
algún tigre u oso u otra fiera hiciese algún daño. Decíale también
que de paso hiciese la misma diligencia en el pueblo del Amoguaje,
diciendo al Padre Alfaro que en breve también le despacharía
ganado.
Esta carta también la hube de escribir en una hoja de achira,
haciendo de la pólvora tinta para escribirla. Todo se hizo conforme
yo lo ordené; porque este lego Fr. José Carvo, considerando cuánto
le importaba tenerme congraciado, sin embargo de haber procedido
tan mal conmigo, ejecutó puntual lo que yo ordenaba, y más viendo
que yo en tan poco tiempo traía tanto apero para abastecer de carne
a todos los pueblos.
Yo y el Padre Plata nos bajamos al puerto a la fábrica de las
balsas, y al cabo de catorce días, vino una canoa de La Concepción,
que despachó Fr. José Carvo con treinta indios, y juntándose con
los de San Diego, al cabo de veintiséis días, tuvieron nueve balsas
prontas, capaces para embarcar mi ganado. Yo a los cuatro días
despaché al indio Juan con un muchacho para San Agustín, dándole
orden que escogiese las mejores y más grandes noventa novillas y
los diez mejores y más grandes toritos, y que los despachase para
el Caquetá con tres indios de San Agustín, y que al llegar se les
pagaría el viaje. Y que dos días después se viniesen los dos
trayéndome las doscientas cincuenta mejores y más grandes borregas
y los veinte mejores borregos.
Ya que las balsas se iban concluyendo, ordené a la gente que
fueran recogiendo grama, que se suele criar muy larga y viciosa por
las márgenes de las quebradas y en las culatas de las playas entre
la hoja platanillo, una partida grande de carrizo y de los
platanares de Caquetá, una partida de troncos y hojarasca de
plátanos, todo lo cual come el ganado así vacuno como ovejuno, para
llevarlo embarcado para darles de comer hasta llegar. En lo interim
que esto se preparaba, yendo los dos, yo y el Padre Plata, con unos
indios por el monte buscando pasto, casualmente di un machetazo
para cortar un bejuco casi del grueso de la muñeca, que embarazaba
con otros y mucha maleza el paso, cuando catay que al instante se
llenó todo aquello de una fragancia aromática, que me figuré que
por allí habría algún manchón de árboles de canela, porque a esto
me olía la fragancia que sentía. Yo les dije: ¿Geg Guaquineo
payqui? que quiere decir: ¿Por aquí hay canelos? Porque al canelo
llaman ellos guaquineo. Ellos con el olor que sentían me
respondieron: Payqui, payre. Que quiere decir: Hay, Padre. Yo
repliqué: Carona payqui. Que quiere decir: ¿A dónde están ellos?,
con ánimo de cargar una partida. Ello fuimos buscando hasta que
vinimos a dar con el mismo bejuco que yo había cortado. Yo reparé
que del corazón destilaba gotas de aguadija, y lo fui a probar con
la punta de la lengua a ver qué sabor tenía; pero lo propio fue
tocar la lengua, me la tomó toda con una actividad tan viva y
eficaz, como si hubiera roído una partida de clavo. Descascaré un
pedazo de bejuco y lo fui a mascar, y era tan activo que me
abrasaba la boca como si mascara junto un bocado de clavo y canela.
Una india que allí venía, me dijo que aquel bejuco daba una flor
negra de mucho canto, que tendría un palmo de larga con el olor muy
suave, que naturalmente sería un clavo. Yo me llevé un trozo del
bejuco, y después lo repartí a varios sujetos y daba muy buen sabor
la olla.
Ya que tuvimos todo nuestro negocio compuesto, después de tres
días que ya proseguía la gente cortando palos para fabricar más
balsas, llegó a Caquetá mi ganado vacuno y al otro día el ovejuno.
Se llevó uno y otro al embarcadero, y en dos días se embarcó, y lo
despaché río abajo con las nueve balsas a La Concepción con la
carta y la comida. Cuatro indios con palanca y canalete guiaban las
nueve balsas, porque iban atadas una tras de otra, ordenándolos que
cuidasen de darles todo el día de comer, y que del río bebiesen, y
que en llegando al pueblo que quemaron los mamos, fuesen a un
platanar, y que racimos y matas lo cortasen todo y se lo llevasen
para dar de comer bien al ganado.
Despachada ya esta partida, ordené al Padre Plata, que en
habiendo otras nueve balsas medio hechas, que despachase al indio
Juan con el mismo muchacho a San Agustín por otro tanto ganado
vacuno y ovejuno, y que lo despachase al Amoguaje al Padre Alfaro
con orden de que yo se lo daba, y que después mandase hacer otras
nueve balsas, y que las mandase dejar bien atadas en el embarcadero
a mi disposición para cuando yo volviese para tener pronto con qué
embarcar todo lo que yo trujese. Y que en lo interim volviese a
mandar por otro tanto ganado vacuno y ovejuno, y que por tierra con
indios de San Diego se lo llevase allá para sí. Dile plata para
pagar a los peones de San Agustín las dos conducciones, y al indio
Juan le dije que trujera diez terneras y un torito, que yo se lo
daba por el servicio que me había hecho y había de acabar de hacer,
ordenándole juntamente que procurase a mantenerlo, y de lo que
procrease que lo fuera comiendo en habiendo necesidad, y que en
matando alguna res, que hiciese siempre participante al muchacho
que lo había acompañado en los viajes. Y juntamente que en pasando
por Caquetá algún Padre, o entrando o saliendo, siempre que tuviese
necesidad de carne, que luego le matasen una res para su avío, y
que advirtiese que para este fin principalmente le daba aquel
ganado, y que a la vuelta de mi viaje todavía le daría otra
partidita.
Quedaban todavía en San Agustín noventa cabezas de ganado vacuno
y sesenta de ovejuno sin destino, y ordené a Juan que dijera al
indio Pedro que me lo mantuviese allá hasta que yo a la vuelta de
viaje mandase por él, dándole destino. Mi ánimo era que si
conseguía agregar a Caquetá la nación de los aguanungas, por
preciso se pondría en el pueblo un Padre para su asistencia, y
fuera el que fuese, darle esta partida de ganado para su
manutención, y de no conseguirse, llevármelo yo a mi pueblo, y
repartirlo entre mis indios, para que con su multiplico, todos con
el tiempo tuviesen su porcioncita de ganado. Las piezas de bayeta y
tocuyo que yo traía de Tunja se las entregué al Padre Plata, para
que se las llevase a San Diego y que me las guardase allá hasta la
vuelta de mi viaje, dándole palabra que, si yo traía ropa bastante,
que yo le daría alguna porción para su gente.
Ya dispuesto y ordenado todo esto, habiendo estado treinta y
nueve días en Caquetá, me despedí del Padre Plata, y acompañado de
tres indios del pueblo, me partí para Mocoa, en donde llegamos en
dos días. Yo llevaba de arreo mi silla de montar con todo el arreo
y el capote de paja que me servía de colchón para dormir. Después
de todos mis gastos me hubieron quedado diez y nueve pesos y dos
reales cuando llegué a Mocoa. Yo bien sabía y conocía que para
pasar a la ciudad de San Juan de Pasto a comprar herramientas y
ropa para surcir (1) todo
mi pueblo, era poca plata la que yo llevaba; pero ponía la
confianza en lo que yo podría adquirir, si me proporcionaba
mayormente predicar algunas misiones en algunos pueblos de aquella
provincia con la limosnas que se recogiesen, y también con el cacao
que había remitido al señor don Ramón de la Barrera de mi cuenta,
en suposición que se hubiese vendido ya.
En Mocoa me detuve dos días entretanto que don Jacinto Portilla
me alistó tres indios que me acompañasen hasta Sibundoy, que dista
cuatro días de Mocoa. En lo interim me informó dicho don Jacinto
que don Manuel de Ibarra, aquel que había entrado a buscar las
minas, de la noche a la mañana le había venido una carta de Popayán
para que saliese de la misión y pasase a Popayán, y que al instante
se había ido con los peones que le acompañaban y que no había
sabido más noticia de él. Yo en una hoja de achira escribí una
carta al Guardián del colegio en que le decía que perdonase el
estilo, porque los antiguos escribieron en cortezas de árboles, más
acá se escribió en pergaminos, y después se inventó el papel. El
primer modo de escribir desollaba los árboles, el segundo los
animales y el tercero los hombres; pero que la impiedad del Padre
Barrutieta me había desollado de modo que ni siquiera un pedazo de
papel me había proveído para escribir. Que en respuesta a la suya
decía, que yo no había ido a Santa Fe para sacar reales despachos,
ni había menos hablado al señor Virrey, porque como no llevaba qué
regalar, sólo había ido a buscar lo que me quitaba el Padre
Barrutieta con tiranía e impiedad, lo que era ya notorio y probado
jurídicamente y lo que no toleraría en adelante, porque sabiendo ya
el camino para Santa Fe, procuraría atacar tanto latrocinio de la
hacienda real, dada a favor no del colegio ni del Comisario, sino
para subsidio y manutención de los Padres conversores, que trabajan
en aumento de la Iglesia y de la Real Corona. Esta carta la sellé
con un poco de barniz de que hablaré en llegando a la ciudad de San
Juan de Pasto. Esta la incluí en otra al Padre Barrutieta, para que
la remitiese al Guardián del colegio. En la suya le decía que no
tenía qué responder a la suya, sino que cuidase en adelante de
socorrerme de lo que el Rey me daba para mi manutención; y que de
no hacerlo así, yo usaría de otros medios menos suaves. Que no
entendiese que yo fuese tan benigno como el Padre Fr. Jacinto, y
que las cuentas tan malas que él le averiguó, yo las sabría meter
en la Real Audiencia, para que allí las liquidasen con apremio al
que fuese culpado, y que al venir el Comisario general, yo sabría
salir a informarle de sus desavíos insolentes.
Un día de estos que estuve en Mocoa con el mismo indio que trujo
mi carta, le remití yo ésta con la otra inclusa, y ya sólo
aguardando que los indios que me habían de acompañar aprontasen su
cocave para partirme, me puse a conversar con don Jacinto Portilla
de Mocoa la Vieja, el cual me contó este caso: Hubo en tiempo que
Mocoa estaba florida allá un caballero muy rico quiteño, llamado
don Francisco Bolaños, casado con una señora pastusa muy hermosa.
El era hombre muy celoso, el cual iba siempre con recelos de la
fidelidad de su mujer, teniéndole puesta espía secreta dentro de su
misma familia. Ella anduvo algo distraída con un mocito mercader, y
como la espía le observaba los movimientos, llegó a ver alguna
liviandad en ella, y avisó al amo. Él fingió un viaje para Pasto, y
sin ser visto entró ya de noche en su casa, por una puertecita que
tenía en su cuarto, y se puso bajo de la cama escondido. Su mujer a
su hora se fue a acostar sin advertir nada, y según sucedió tendría
avisado al galán para que viniese, con el seguro que su marido
estaba ausente. Cerca de las diez de la noche siente el marido un
golpecito a la puerta falsa del cuarto. Sale pasito con la espada
en la mano, y al abrir la puerta se encuentra con el mozo, que
también traía en su mano su espada. Fajaron los dos esgrimiendo, y
en breve rato el marido mató al mocito.
En lo interim que batallaban los dos, la mujer con sola camisa
se huyó y se entró en un pedazo de monte que allí cerca había, pero
en la maleza de la espesura se enmarañó con la melena, y con la
furia y miedo que llevaba, tiró con fuerza, y quedó allí prendido
mucho cabello. El marido, ya que dejó bien muerto al mozo, se
volvió a entrar a matar a la mujer, y ya no hallándola preguntó a
sus negros por dónde se había ido. Uno que la había observado le
dijo: Mi amo, dentro de este monte está. Él le hizo tomar una vela
encendida, y que lo guiase por delante. Llegan y hallan los
cabellos, y poco mas allá la topa a ella, y allí mismo la mató a
estocadas. Esta es la verdad del caso así como pasó.
Ya que el hombre hubo hecho las dos muertes, se fue a casa del
cura y le contó lo que pasaba, y que los fuese a enterrar, porque
al amanecer él se iba, sin decirle a dónde. Al venir el día, tomó
lo que pudo de su caudal, que lo tenía en barretones de oro, y tiró
para la ciudad de San Juan de Pasto, y se fue a refugiar en el
convento de Santo Domingo. A lo que se supo en Pasto el caso, el
señor Teniente envió a Mocoa, y mandó prender todos los negros de
Bolaños y los metió a la cárcel, y dio parte a la Real Audiencia de
Quito. Los negros dieron contrarias deposiciones, y con ello en
Pasto los parientes de la difunta pusiéronle espía secreta, porque
el Bolaños de noche salía del sagrado, y una de ellas fue preso por
la justicia. Lleváronlo a Quito y estuvo dos años en la cárcel, y
viendo que su causa pintaba mal, él se dio maña, y con siete
quintales de oro que largó, escapó con la vida.
Antes de salir de Quito se volvió a casar, y se llevó a Mocoa a
su esposa, y la misma noche que llegaron, ya que se cerraron los
dos en su cuarto, antes de acostarse, le dijo Bolaños a su nueva
esposa: Hija, ahora te quiero mostrar una rica joya, que para ti
compré en Quito. Abrió un escritorio, y le dijo a su esposa: Tira
de esta naveta y la verás. Pensó ella que sería algún joyel de oro
tachonado de pedrería. Tira la naveta, y halló un puñal de dos
cuartas de largo, y entonces le dijo Bolaños: Al primer celo que me
des, y yo te averigüe que tratas con algún hombre contra mi honor,
con este puñal que para ti he comprado, te quitaré la vida; que aún
tengo otros siete quintales de oro para volver a regalar y salvar
la mía. Desde pero aquel día empezó este Bolaños a ir melancólico y
triste, y aunque sobrevivió algunos años, y procreó con esta esposa
tres hijos, y dos hijas, y todos se casaron y procrearon; pero toda
esa descendencia, todos desde entonces toda la vida andan
melancólicos y tristes hasta el día de hoy, y todos mueren
sofocados de su propia sangre, y es común en todos los Pastos y
Quito que los Bolaños todos tienen mal fin.
Yo el tercer día de haber llegado a Mocoa partí acompañado de
tres indios que me llevaban mis trastes, y en cuatro días llegamos
a Sibundoy. El camino las dos primeras jornadas es muy doblado, y
está lleno de maleza y muchas quebradas, y dos riachuelos que
pasar, ellos son muy anchos, pero llevan agua hasta el pecho, y
como no tenían puente fue preciso vadearlos. Todas las noches
cogimos pescado en los charcos, y los indios iban contentos porque
yo cada día con la escopeta mataba monos, y a la noche los
asábamos, y todo el día íbamos comiendo mono asado. Yo no sé que en
mi vida haya tenido más gana de comer que estos ocho días que hay
de Mocoa a Pasto. Ello toda la noche comíamos pescado asado, y hubo
día que en el camino entre los cuatro nos comimos cinco monos
asados. Bien es verdad que no llevábamos más que plátanos asados y
un poco de tasajo que hice en San Agustín.
De las dos primeras jornadas para allá ya fue menos áspero el
camino, la serranía más llana y el calor menos, porque se va
templando el clima tanto, que en Sibundoy y de noche hace frío, y
es menester dormir bien arropado, y al mismo tiempo es tierra
sumamente húmeda, y llueve mucho en todo el año. Llegamos el cuarto
día a Sibundoy chorreando de agua, porque una hora antes de llegar
nos cogió una tempestad horrorosa, que los arroyos se volvían ríos
con la fuerza del aguacero. Este es el pueblo en donde se iba
aquella figura del Señor sentado, a quien le dio un indio un
machetazo en el hueso de la pierna, como noto Tomo Primero,
capítulo VI.
Yo me fui a casa del Padre cura que es fraile dominico, el cual
me recibió con mucho gusto. Yo sequé el hábito y la otra túnica, y
me mudé ropa seca, y me fueron a lavar lo mojado, que venía todo
lleno de lodo. El pueblo de Sibundoy tendrá unos ochenta vecinos, y
todos gente india. Yo le dije al Padre cura si sabía qué se había
hecho de mi cacao. Él me respondió que lo habían remitido a Pasto a
don Ramón de la Barrera conforme yo se lo ordenaba en la carta que
le remití desde Caquetá. Yo le pregunté si habían allá pagado a los
indios cargueros que lo habían transportado. Él me dijo que sí, que
por cada carga les habían dado ocho reales. Yo le dije que los
indios en el camino me habían dicho que en el pueblo había ya
algunas bestias, y si las había, si se me podían facilitar dos, una
de silla para mí, y otra de carga para mis trastecitos. El me
respondió que lo solicitaría. Envió a llamar al Alcalde, y él en un
instante solicitó las dos bestias, y quedamos acordes de partir al
otro día en amaneciendo.
El Padre cura aquella noche tuvo pescado fresco y cené con mucho
gusto. Él me hizo el encargo de que en volviendo a entrar, le
trujese una botijuela de vino del mejor que hallase, y juntamente
me dio carta de recomendación para el Prior de Santo Domingo de
Pasto. Yo dormí en mi hamaca, y como tenía poca ropa, lo pasé mal
de frío. Ya que quiso amanecer, vino el indio sacristán y me fui a
decir misa, y me vi muy apretado para decirla con el misal
dominicano. Después de dar gracias, ya hallé al Padre cura que se
levantaba, y me dieron cacao, y después unos huevos fritos con su
picantico. Cargáronse mis trastes en dos saparos, y al salir el
sol, acompañado de un indio partí para Pasto.
Traía yo unos huevos duros con su picante, y unos trozos de
tasajo asado, y un pan duro que me dio el Padre cura, y cerca de
mediodía nos paramos a comer en una quebrada. Estando comiendo
catay que siento ruido dentro del monte. Hice acallar al indio, y
temeroso de que no fuera algún tigre u otra fiera, tomé la escopeta
y le metí una bala sobre de la munición de que iba cargada, y me
recaté tras de una piedra a ver qué era, y hubo de ser una cochina
espín que venía con tres cochinitos. Yo tiré a la madre y la tumbé,
y el indio corrió a los lechoncitos, y no pudo coger más de uno, y
aun éste se le paró y se defendía con las pullas erizadas, y fue
menester enlazarlo con un bejuco para poderlo rendir. Ya que lo
arrastramos al puesto en donde estábamos nosotros con las bestias,
lo maniatamos para llevarlo vivo, que pesaría unas ocho libras, y a
la madre, como no nos podíamos parar a calentar agua para pelarla
de las pullas, lo primero le corté la cabeza, y después la abrí y
le sacamos las tripas y los hígados, y se hizo de ella cuatro
cuartos, y se desollaron y se hizo de todo un lío, se envolvió con
hojas, y se ajustó en medio de la carga, y así lo llevamos. Ello
pesaría más de tres arrobas.
Los trabajos los tuvimos con el lechoncito, porque fue imposible
hacerlo caminar, y el indio resolvió hacer de pronto un saparito y
meterlo adentro con mucha hoja, y llevarlo cargado a la espalda, y
así se hizo. Volvimos a caminar, y a la tarde venimos a arranchar a
la margen de una quebrada que entra en un riachuelo que va a pasar
por la ciudad de Pasto, y lo llaman Gallinazo Yaco. Ya que
descargamos, lo primero se aperó de bastante leña para nuestro
resguardo, y juntamente para asar la carne, porque como no traía
sal para salarla, para que no se nos perdiese, fue preciso asarla.
Esta noche entre los dos, después de habernos comido la cabeza unos
comimos un cuarto de carne de los cuatro. El indio traía un talego
de maíz tostado, y cinco manos de plátanos, que era su provisión
para cuatro días. Yo le dije: Ahora hasta que lleguemos a Pasto
comerás carne todo el camino, ya no habemos de menester los
plátanos, démoslos al cochinito, si no se morirá de hambre. El
indio convino y de pronto le dimos una mano de plátanos, y ya que
vino el día le dimos tres plátanos, y a mediodía dos y a la tarde
uno y un puñado de maíz tostado. Nosotros nos fuimos comiendo la
carne asada, que la tercera jornada que fuimos a dar a la hacienda
de un pastuso llamado don Francisco Ortiz, cuando llegamos, ya no
traíamos sino medio cuarto de carne asada.
Este caballero era un mestizo muy encopetado, hombre muy seco,
pero de estatura muy alta, que tenía un hermano igual en fachada y
estatura. Éste era soltero. Don Francisco era casado con una mujer
muy grande y gruesa. Tenía dos hijos y tres hijas, y eran de
estatura todos tan grandes que en Pasto las llamaban las gigantas.
Esta hacienda era trapiche de azúcar, y al llegar nos hizo bastance
agasajo. Esta noche me contó que hacía cuatro años que le había
maleficiado la caña una india llamada Marucha, y no había podido en
todo este tiempo cuajar un grano de azúcar. Ella en realidad tenía
mala fama, como supe después, y cuatro veces la habían delatado a
la Inquisición, pero nunca le pudieron probar delito alguno. Ella a
la sazón vivía sola en el monte, porque los indios de su pueblo,
que distaba cosa de una legua de esta hacienda, no me acuerdo su
nombre, la perseguían por varios maleficios que le atribuían. Ello
por fin la mataron con muerte violenta, a su tiempo diré cómo.
Este don Francisco tenía muchas partidas de mulas de alquiler
para el comercio de Pasto a Popayán. Entre ellas me contó que tema
una que lo propio era quitarle en Popayán la carga, inmediatamente
que se veía suelta, tomaba sola el camino, y en dos noches y un día
ya estaba en la hacienda. Aquí hay que notar que de Pasto a
Popayán, hay ocho días de camino, y esta mula lo andaba en treinta
y seis horas, y así andaba cincuenta y seis leguas en este tiempo;
y ella talvez en este tiempo se pararía algo a comer. Casi es
increíble, pero habiéndolo yo preguntado en Pasto a don José
Jurado, me aseguró que era verdad, y que varias veces lo había
hecho esta mula. El intento que se puede discurrir que ella tenía
era este que ya digo: Es allí estilo que los muleros, a la que
llegan de viaje, las mulas les dan un poco de maíz a comer. De ahí
las echan al potrero, y al cabo de un mes les dan sal un par de
días, cual vez en grano y cual desecha en salmuera.
Venía pues esta mula, y al llegar a la hacienda se iba derecho a
la puerta de la casa, y empezaba a relinchar como que pedía la paga
de su viaje. De allí no se iba aunque la matasen a latigazos, si no
le daban el maíz. Y aunque le diesen bagazo de caña dulce o
cogollo, que es lo que ellas comen de mejor gana, no quería comer
nada hasta que le diesen el maíz, y hubo ocasión, por probarla, y
se estuvo dos noches y dos días allí sin comer parada, hasta que
le daban el maíz. Esto se hace reíble porque vemos que por las
Andalucías en los cortijos que se aran con bueyes, el boyero toda
la noche de rato en rato va y les refresca la paja, y cada vez en
cada pesebre sobre la paja les pone un puñado de cebada, y a esto
llaman el cebillo. Y buey que está ya así criado, si no le ponen
este cebillo no comerá. Mas la astucia de esta mula no paraba aquí,
sino que después que comía el maíz se iba ella al potrero, y de
allí adivinaba la hora cuando llegaban las otras de viaje, y volvía
a la casa a tomar otra ración de maíz con las otras; y si le
cerraban el potrero se despeñaba por donde podía salir por ir a la
golosina del maíz que le tocaba.
Este caballero lo pasaba muy bien, porque en la hacienda había
un grande monte de guayabos, y en él engordaba cada año más de
quinientos cerdos con las guayabas. Él había sido muchos años
gobernador de nuestra misión, y a la que supo que yo era misionero,
me contó varias cosas que le habían sucedido entrando adentro en
las conversiones; especialmente hablando de conocimiento que tienen
los indios de las virtudes de las hierbas me contó que habiendo una
vez salido de Sibundoy con tres indios para pasar a Pueblo Viejo,
al llegar a Mocoa le dio una fluxión a los ojos tan terrible, que
al cabo de tres días ya no veía nada, y los ojos muy hinchados.
Estando ya cerca de San José, se remató del todo, y a más del
insufrible dolor que le daba, ya era preciso que un indio lo
llevase de la mano como a ciego. Habiéndose pues parado a descansar
un rato en una quebrada, encontraron con un indio de San José, el
cual le dijo: Mi amo, ¿qué es lo que tienes? Él le contó lo que le
había sucedido en el camino. El indio le miró los ojos y le dijo:
Señor, mañana estarás ya bueno, aguárdame un poco aquí que yo
presto volveré. Fuese el indio por dentro de la quebrada, y al cabo
de un rato volvió con unas hierbas, las matajó con una piedra y se
las puso en los ojos, y se lo vendaron con un pañuelo, y le dijo:
No te lo quites hasta mañana, y ya estarás bueno. Ya no faltaba más
de una legua para San José, y llevándolo de la mano lo llevaron
allá. Ello al otro día se quitó el emplasto, y se halló sano y con
la vista corriente. Él regaló al indio con ánimo que le dijese qué
hierbas eran aquellas, pero el indio no se lo quiso decir,
diciéndole: Mi amo, a ti no te importa saber esto; en estando tú
enfermo de los ojos vení aquí y yo te curaré.
Nosotros al otro día pasamos adelante, y a la tarde llegamos a
Pasto.