INDICE




CAPÍTULO I


 
Contiene lo que dispuse en Cáquetá hasta que llegué a la ciudad de San Juan de Pasto, cabeza de provincia.
 


 

Hallándome pues en Caquetá perplejo sobre lo que haría para la repartición del ganado, una noche le propuse al Padre Plata, y viendo que él era de parecer, que lo primero aperase mi pueblo, puesto que yo lo había buscado y me costaba mis sudores y trabajos. Con esto determiné despachar noventa novillas y diez toritos y doscientas cincuenta borregas y veinte borregos lo primero río abajo a La Concepción, con una carta al Padre Urrea para que él dijera a Fr. José Carvo que, sin embargo de lo sucedido en mi salida de que él se hallaba culpado, y no ignoraba que yo lo sabia; pero que yo le perdonaba todo lo hecho, y que lo que ahora de pronto convenía era que él bajase con dicho ganado a mi pueblo y pacificase a mis indios, diciéndoles que cuando yo fuese allá que no tuviesen miedo ni temor alguno, porque yo ya sabía que el haberme ellos huído en el pueblo del Mamo, no había sido por mala voluntad suya sino por mal consejo del indio Valencia y los demás de La Concepción.

Y bajándose hachas y machetes, mándase de pronto abrir un pedazo de monte para pasto del ganado, ordenando al capitán que cada cual al ponerse el sol, lo mandase recoger en la plaza, y que mi perro lo atase allí también para guardarlo de alguna fiera, y que esto había de durar hasta que el mismo ganado, al llegar la hora acostumbrada, por sí se viniese a recoger en la plaza. Y que mayormente al principio anduviesen sobre aviso no fuera cosa que algún tigre u oso u otra fiera hiciese algún daño. Decíale también que de paso hiciese la misma diligencia en el pueblo del Amoguaje, diciendo al Padre Alfaro que en breve también le despacharía ganado.

Esta carta también la hube de escribir en una hoja de achira, haciendo de la pólvora tinta para escribirla. Todo se hizo conforme yo lo ordené; porque este lego Fr. José Carvo, considerando cuánto le importaba tenerme congraciado, sin embargo de haber procedido tan mal conmigo, ejecutó puntual lo que yo ordenaba, y más viendo que yo en tan poco tiempo traía tanto apero para abastecer de carne a todos los pueblos.

Yo y el Padre Plata nos bajamos al puerto a la fábrica de las balsas, y al cabo de catorce días, vino una canoa de La Concepción, que despachó Fr. José Carvo con treinta indios, y juntándose con los de San Diego, al cabo de veintiséis días, tuvieron nueve balsas prontas, capaces para embarcar mi ganado. Yo a los cuatro días despaché al indio Juan con un muchacho para San Agustín, dándole orden que escogiese las mejores y más grandes noventa novillas y los diez mejores y más grandes toritos, y que los despachase para el Caquetá con tres indios de San Agustín, y que al llegar se les pagaría el viaje. Y que dos días después se viniesen los dos trayéndome las doscientas cincuenta mejores y más grandes borregas y los veinte mejores borregos.

Ya que las balsas se iban concluyendo, ordené a la gente que fueran recogiendo grama, que se suele criar muy larga y viciosa por las márgenes de las quebradas y en las culatas de las playas entre la hoja platanillo, una partida grande de carrizo y de los platanares de Caquetá, una partida de troncos y hojarasca de plátanos, todo lo cual come el ganado así vacuno como ovejuno, para llevarlo embarcado para darles de comer hasta llegar. En lo interim que esto se preparaba, yendo los dos, yo y el Padre Plata, con unos indios por el monte buscando pasto, casualmente di un machetazo para cortar un bejuco casi del grueso de la muñeca, que embarazaba con otros y mucha maleza el paso, cuando catay que al instante se llenó todo aquello de una fragancia aromática, que me figuré que por allí habría algún manchón de árboles de canela, porque a esto me olía la fragancia que sentía. Yo les dije: ¿Geg Guaquineo payqui? que quiere decir: ¿Por aquí hay canelos? Porque al canelo llaman ellos guaquineo. Ellos con el olor que sentían me respondieron: Payqui, payre. Que quiere decir: Hay, Padre. Yo repliqué: Carona payqui. Que quiere decir: ¿A dónde están ellos?, con ánimo de cargar una partida. Ello fuimos buscando hasta que vinimos a dar con el mismo bejuco que yo había cortado. Yo reparé que del corazón destilaba gotas de aguadija, y lo fui a probar con la punta de la lengua a ver qué sabor tenía; pero lo propio fue tocar la lengua, me la tomó toda con una actividad tan viva y eficaz, como si hubiera roído una partida de clavo. Descascaré un pedazo de bejuco y lo fui a mascar, y era tan activo que me abrasaba la boca como si mascara junto un bocado de clavo y canela. Una india que allí venía, me dijo que aquel bejuco daba una flor negra de mucho canto, que tendría un palmo de larga con el olor muy suave, que naturalmente sería un clavo. Yo me llevé un trozo del bejuco, y después lo repartí a varios sujetos y daba muy buen sabor la olla.

Ya que tuvimos todo nuestro negocio compuesto, después de tres días que ya proseguía la gente cortando palos para fabricar más balsas, llegó a Caquetá mi ganado vacuno y al otro día el ovejuno. Se llevó uno y otro al embarcadero, y en dos días se embarcó, y lo despaché río abajo con las nueve balsas a La Concepción con la carta y la comida. Cuatro indios con palanca y canalete guiaban las nueve balsas, porque iban atadas una tras de otra, ordenándolos que cuidasen de darles todo el día de comer, y que del río bebiesen, y que en llegando al pueblo que quemaron los mamos, fuesen a un platanar, y que racimos y matas lo cortasen todo y se lo llevasen para dar de comer bien al ganado.

Despachada ya esta partida, ordené al Padre Plata, que en habiendo otras nueve balsas medio hechas, que despachase al indio Juan con el mismo muchacho a San Agustín por otro tanto ganado vacuno y ovejuno, y que lo despachase al Amoguaje al Padre Alfaro con orden de que yo se lo daba, y que después mandase hacer otras nueve balsas, y que las mandase dejar bien atadas en el embarcadero a mi disposición para cuando yo volviese para tener pronto con qué embarcar todo lo que yo trujese. Y que en lo interim volviese a mandar por otro tanto ganado vacuno y ovejuno, y que por tierra con indios de San Diego se lo llevase allá para sí. Dile plata para pagar a los peones de San Agustín las dos conducciones, y al indio Juan le dije que trujera diez terneras y un torito, que yo se lo daba por el servicio que me había hecho y había de acabar de hacer, ordenándole juntamente que procurase a mantenerlo, y de lo que procrease que lo fuera comiendo en habiendo necesidad, y que en matando alguna res, que hiciese siempre participante al muchacho que lo había acompañado en los viajes. Y juntamente que en pasando por Caquetá algún Padre, o entrando o saliendo, siempre que tuviese necesidad de carne, que luego le matasen una res para su avío, y que advirtiese que para este fin principalmente le daba aquel ganado, y que a la vuelta de mi viaje todavía le daría otra partidita.

Quedaban todavía en San Agustín noventa cabezas de ganado vacuno y sesenta de ovejuno sin destino, y ordené a Juan que dijera al indio Pedro que me lo mantuviese allá hasta que yo a la vuelta de viaje mandase por él, dándole destino. Mi ánimo era que si conseguía agregar a Caquetá la nación de los aguanungas, por preciso se pondría en el pueblo un Padre para su asistencia, y fuera el que fuese, darle esta partida de ganado para su manutención, y de no conseguirse, llevármelo yo a mi pueblo, y repartirlo entre mis indios, para que con su multiplico, todos con el tiempo tuviesen su porcioncita de ganado. Las piezas de bayeta y tocuyo que yo traía de Tunja se las entregué al Padre Plata, para que se las llevase a San Diego y que me las guardase allá hasta la vuelta de mi viaje, dándole palabra que, si yo traía ropa bastante, que yo le daría alguna porción para su gente.

Ya dispuesto y ordenado todo esto, habiendo estado treinta y nueve días en Caquetá, me despedí del Padre Plata, y acompañado de tres indios del pueblo, me partí para Mocoa, en donde llegamos en dos días. Yo llevaba de arreo mi silla de montar con todo el arreo y el capote de paja que me servía de colchón para dormir. Después de todos mis gastos me hubieron quedado diez y nueve pesos y dos reales cuando llegué a Mocoa. Yo bien sabía y conocía que para pasar a la ciudad de San Juan de Pasto a comprar herramientas y ropa para surcir (1) todo mi pueblo, era poca plata la que yo llevaba; pero ponía la confianza en lo que yo podría adquirir, si me proporcionaba mayormente predicar algunas misiones en algunos pueblos de aquella provincia con la limosnas que se recogiesen, y también con el cacao que había remitido al señor don Ramón de la Barrera de mi cuenta, en suposición que se hubiese vendido ya.

En Mocoa me detuve dos días entretanto que don Jacinto Portilla me alistó tres indios que me acompañasen hasta Sibundoy, que dista cuatro días de Mocoa. En lo interim me informó dicho don Jacinto que don Manuel de Ibarra, aquel que había entrado a buscar las minas, de la noche a la mañana le había venido una carta de Popayán para que saliese de la misión y pasase a Popayán, y que al instante se había ido con los peones que le acompañaban y que no había sabido más noticia de él. Yo en una hoja de achira escribí una carta al Guardián del colegio en que le decía que perdonase el estilo, porque los antiguos escribieron en cortezas de árboles, más acá se escribió en pergaminos, y después se inventó el papel. El primer modo de escribir desollaba los árboles, el segundo los animales y el tercero los hombres; pero que la impiedad del Padre Barrutieta me había desollado de modo que ni siquiera un pedazo de papel me había proveído para escribir. Que en respuesta a la suya decía, que yo no había ido a Santa Fe para sacar reales despachos, ni había menos hablado al señor Virrey, porque como no llevaba qué regalar, sólo había ido a buscar lo que me quitaba el Padre Barrutieta con tiranía e impiedad, lo que era ya notorio y probado jurídicamente y lo que no toleraría en adelante, porque sabiendo ya el camino para Santa Fe, procuraría atacar tanto latrocinio de la hacienda real, dada a favor no del colegio ni del Comisario, sino para subsidio y manutención de los Padres conversores, que trabajan en aumento de la Iglesia y de la Real Corona. Esta carta la sellé con un poco de barniz de que hablaré en llegando a la ciudad de San Juan de Pasto. Esta la incluí en otra al Padre Barrutieta, para que la remitiese al Guardián del colegio. En la suya le decía que no tenía qué responder a la suya, sino que cuidase en adelante de socorrerme de lo que el Rey me daba para mi manutención; y que de no hacerlo así, yo usaría de otros medios menos suaves. Que no entendiese que yo fuese tan benigno como el Padre Fr. Jacinto, y que las cuentas tan malas que él le averiguó, yo las sabría meter en la Real Audiencia, para que allí las liquidasen con apremio al que fuese culpado, y que al venir el Comisario general, yo sabría salir a informarle de sus desavíos insolentes.

Un día de estos que estuve en Mocoa con el mismo indio que trujo mi carta, le remití yo ésta con la otra inclusa, y ya sólo aguardando que los indios que me habían de acompañar aprontasen su cocave para partirme, me puse a conversar con don Jacinto Portilla de Mocoa la Vieja, el cual me contó este caso: Hubo en tiempo que Mocoa estaba florida allá un caballero muy rico quiteño, llamado don Francisco Bolaños, casado con una señora pastusa muy hermosa. El era hombre muy celoso, el cual iba siempre con recelos de la fidelidad de su mujer, teniéndole puesta espía secreta dentro de su misma familia. Ella anduvo algo distraída con un mocito mercader, y como la espía le observaba los movimientos, llegó a ver alguna liviandad en ella, y avisó al amo. Él fingió un viaje para Pasto, y sin ser visto entró ya de noche en su casa, por una puertecita que tenía en su cuarto, y se puso bajo de la cama escondido. Su mujer a su hora se fue a acostar sin advertir nada, y según sucedió tendría avisado al galán para que viniese, con el seguro que su marido estaba ausente. Cerca de las diez de la noche siente el marido un golpecito a la puerta falsa del cuarto. Sale pasito con la espada en la mano, y al abrir la puerta se encuentra con el mozo, que también traía en su mano su espada. Fajaron los dos esgrimiendo, y en breve rato el marido mató al mocito.

En lo interim que batallaban los dos, la mujer con sola camisa se huyó y se entró en un pedazo de monte que allí cerca había, pero en la maleza de la espesura se enmarañó con la melena, y con la furia y miedo que llevaba, tiró con fuerza, y quedó allí prendido mucho cabello. El marido, ya que dejó bien muerto al mozo, se volvió a entrar a matar a la mujer, y ya no hallándola preguntó a sus negros por dónde se había ido. Uno que la había observado le dijo: Mi amo, dentro de este monte está. Él le hizo tomar una vela encendida, y que lo guiase por delante. Llegan y hallan los cabellos, y poco mas allá la topa a ella, y allí mismo la mató a estocadas. Esta es la verdad del caso así como pasó.

Ya que el hombre hubo hecho las dos muertes, se fue a casa del cura y le contó lo que pasaba, y que los fuese a enterrar, porque al amanecer él se iba, sin decirle a dónde. Al venir el día, tomó lo que pudo de su caudal, que lo tenía en barretones de oro, y tiró para la ciudad de San Juan de Pasto, y se fue a refugiar en el convento de Santo Domingo. A lo que se supo en Pasto el caso, el señor Teniente envió a Mocoa, y mandó prender todos los negros de Bolaños y los metió a la cárcel, y dio parte a la Real Audiencia de Quito. Los negros dieron contrarias deposiciones, y con ello en Pasto los parientes de la difunta pusiéronle espía secreta, porque el Bolaños de noche salía del sagrado, y una de ellas fue preso por la justicia. Lleváronlo a Quito y estuvo dos años en la cárcel, y viendo que su causa pintaba mal, él se dio maña, y con siete quintales de oro que largó, escapó con la vida.

Antes de salir de Quito se volvió a casar, y se llevó a Mocoa a su esposa, y la misma noche que llegaron, ya que se cerraron los dos en su cuarto, antes de acostarse, le dijo Bolaños a su nueva esposa: Hija, ahora te quiero mostrar una rica joya, que para ti compré en Quito. Abrió un escritorio, y le dijo a su esposa: Tira de esta naveta y la verás. Pensó ella que sería algún joyel de oro tachonado de pedrería. Tira la naveta, y halló un puñal de dos cuartas de largo, y entonces le dijo Bolaños: Al primer celo que me des, y yo te averigüe que tratas con algún hombre contra mi honor, con este puñal que para ti he comprado, te quitaré la vida; que aún tengo otros siete quintales de oro para volver a regalar y salvar la mía. Desde pero aquel día empezó este Bolaños a ir melancólico y triste, y aunque sobrevivió algunos años, y procreó con esta esposa tres hijos, y dos hijas, y todos se casaron y procrearon; pero toda esa descendencia, todos desde entonces toda la vida andan melancólicos y tristes hasta el día de hoy, y todos mueren sofocados de su propia sangre, y es común en todos los Pastos y Quito que los Bolaños todos tienen mal fin.

Yo el tercer día de haber llegado a Mocoa partí acompañado de tres indios que me llevaban mis trastes, y en cuatro días llegamos a Sibundoy. El camino las dos primeras jornadas es muy doblado, y está lleno de maleza y muchas quebradas, y dos riachuelos que pasar, ellos son muy anchos, pero llevan agua hasta el pecho, y como no tenían puente fue preciso vadearlos. Todas las noches cogimos pescado en los charcos, y los indios iban contentos porque yo cada día con la escopeta mataba monos, y a la noche los asábamos, y todo el día íbamos comiendo mono asado. Yo no sé que en mi vida haya tenido más gana de comer que estos ocho días que hay de Mocoa a Pasto. Ello toda la noche comíamos pescado asado, y hubo día que en el camino entre los cuatro nos comimos cinco monos asados. Bien es verdad que no llevábamos más que plátanos asados y un poco de tasajo que hice en San Agustín.

De las dos primeras jornadas para allá ya fue menos áspero el camino, la serranía más llana y el calor menos, porque se va templando el clima tanto, que en Sibundoy y de noche hace frío, y es menester dormir bien arropado, y al mismo tiempo es tierra sumamente húmeda, y llueve mucho en todo el año. Llegamos el cuarto día a Sibundoy chorreando de agua, porque una hora antes de llegar nos cogió una tempestad horrorosa, que los arroyos se volvían ríos con la fuerza del aguacero. Este es el pueblo en donde se iba aquella figura del Señor sentado, a quien le dio un indio un machetazo en el hueso de la pierna, como noto Tomo Primero, capítulo VI.

Yo me fui a casa del Padre cura que es fraile dominico, el cual me recibió con mucho gusto. Yo sequé el hábito y la otra túnica, y me mudé ropa seca, y me fueron a lavar lo mojado, que venía todo lleno de lodo. El pueblo de Sibundoy tendrá unos ochenta vecinos, y todos gente india. Yo le dije al Padre cura si sabía qué se había hecho de mi cacao. Él me respondió que lo habían remitido a Pasto a don Ramón de la Barrera conforme yo se lo ordenaba en la carta que le remití desde Caquetá. Yo le pregunté si habían allá pagado a los indios cargueros que lo habían transportado. Él me dijo que sí, que por cada carga les habían dado ocho reales. Yo le dije que los indios en el camino me habían dicho que en el pueblo había ya algunas bestias, y si las había, si se me podían facilitar dos, una de silla para mí, y otra de carga para mis trastecitos. El me respondió que lo solicitaría. Envió a llamar al Alcalde, y él en un instante solicitó las dos bestias, y quedamos acordes de partir al otro día en amaneciendo.

El Padre cura aquella noche tuvo pescado fresco y cené con mucho gusto. Él me hizo el encargo de que en volviendo a entrar, le trujese una botijuela de vino del mejor que hallase, y juntamente me dio carta de recomendación para el Prior de Santo Domingo de Pasto. Yo dormí en mi hamaca, y como tenía poca ropa, lo pasé mal de frío. Ya que quiso amanecer, vino el indio sacristán y me fui a decir misa, y me vi muy apretado para decirla con el misal dominicano. Después de dar gracias, ya hallé al Padre cura que se levantaba, y me dieron cacao, y después unos huevos fritos con su picantico. Cargáronse mis trastes en dos saparos, y al salir el sol, acompañado de un indio partí para Pasto.

Traía yo unos huevos duros con su picante, y unos trozos de tasajo asado, y un pan duro que me dio el Padre cura, y cerca de mediodía nos paramos a comer en una quebrada. Estando comiendo catay que siento ruido dentro del monte. Hice acallar al indio, y temeroso de que no fuera algún tigre u otra fiera, tomé la escopeta y le metí una bala sobre de la munición de que iba cargada, y me recaté tras de una piedra a ver qué era, y hubo de ser una cochina espín que venía con tres cochinitos. Yo tiré a la madre y la tumbé, y el indio corrió a los lechoncitos, y no pudo coger más de uno, y aun éste se le paró y se defendía con las pullas erizadas, y fue menester enlazarlo con un bejuco para poderlo rendir. Ya que lo arrastramos al puesto en donde estábamos nosotros con las bestias, lo maniatamos para llevarlo vivo, que pesaría unas ocho libras, y a la madre, como no nos podíamos parar a calentar agua para pelarla de las pullas, lo primero le corté la cabeza, y después la abrí y le sacamos las tripas y los hígados, y se hizo de ella cuatro cuartos, y se desollaron y se hizo de todo un lío, se envolvió con hojas, y se ajustó en medio de la carga, y así lo llevamos. Ello pesaría más de tres arrobas.

Los trabajos los tuvimos con el lechoncito, porque fue imposible hacerlo caminar, y el indio resolvió hacer de pronto un saparito y meterlo adentro con mucha hoja, y llevarlo cargado a la espalda, y así se hizo. Volvimos a caminar, y a la tarde venimos a arranchar a la margen de una quebrada que entra en un riachuelo que va a pasar por la ciudad de Pasto, y lo llaman Gallinazo Yaco. Ya que descargamos, lo primero se aperó de bastante leña para nuestro resguardo, y juntamente para asar la carne, porque como no traía sal para salarla, para que no se nos perdiese, fue preciso asarla. Esta noche entre los dos, después de habernos comido la cabeza unos comimos un cuarto de carne de los cuatro. El indio traía un talego de maíz tostado, y cinco manos de plátanos, que era su provisión para cuatro días. Yo le dije: Ahora hasta que lleguemos a Pasto comerás carne todo el camino, ya no habemos de menester los plátanos, démoslos al cochinito, si no se morirá de hambre. El indio convino y de pronto le dimos una mano de plátanos, y ya que vino el día le dimos tres plátanos, y a mediodía dos y a la tarde uno y un puñado de maíz tostado. Nosotros nos fuimos comiendo la carne asada, que la tercera jornada que fuimos a dar a la hacienda de un pastuso llamado don Francisco Ortiz, cuando llegamos, ya no traíamos sino medio cuarto de carne asada.

Este caballero era un mestizo muy encopetado, hombre muy seco, pero de estatura muy alta, que tenía un hermano igual en fachada y estatura. Éste era soltero. Don Francisco era casado con una mujer muy grande y gruesa. Tenía dos hijos y tres hijas, y eran de estatura todos tan grandes que en Pasto las llamaban las gigantas. Esta hacienda era trapiche de azúcar, y al llegar nos hizo bastance agasajo. Esta noche me contó que hacía cuatro años que le había maleficiado la caña una india llamada Marucha, y no había podido en todo este tiempo cuajar un grano de azúcar. Ella en realidad tenía mala fama, como supe después, y cuatro veces la habían delatado a la Inquisición, pero nunca le pudieron probar delito alguno. Ella a la sazón vivía sola en el monte, porque los indios de su pueblo, que distaba cosa de una legua de esta hacienda, no me acuerdo su nombre, la perseguían por varios maleficios que le atribuían. Ello por fin la mataron con muerte violenta, a su tiempo diré cómo.

Este don Francisco tenía muchas partidas de mulas de alquiler para el comercio de Pasto a Popayán. Entre ellas me contó que tema una que lo propio era quitarle en Popayán la carga, inmediatamente que se veía suelta, tomaba sola el camino, y en dos noches y un día ya estaba en la hacienda. Aquí hay que notar que de Pasto a Popayán, hay ocho días de camino, y esta mula lo andaba en treinta y seis horas, y así andaba cincuenta y seis leguas en este tiempo; y ella talvez en este tiempo se pararía algo a comer. Casi es increíble, pero habiéndolo yo preguntado en Pasto a don José Jurado, me aseguró que era verdad, y que varias veces lo había hecho esta mula. El intento que se puede discurrir que ella tenía era este que ya digo: Es allí estilo que los muleros, a la que llegan de viaje, las mulas les dan un poco de maíz a comer. De ahí las echan al potrero, y al cabo de un mes les dan sal un par de días, cual vez en grano y cual desecha en salmuera.

Venía pues esta mula, y al llegar a la hacienda se iba derecho a la puerta de la casa, y empezaba a relinchar como que pedía la paga de su viaje. De allí no se iba aunque la matasen a latigazos, si no le daban el maíz. Y aunque le diesen bagazo de caña dulce o cogollo, que es lo que ellas comen de mejor gana, no quería comer nada hasta que le diesen el maíz, y hubo ocasión, por probarla, y se estuvo dos  noches y dos días allí sin comer parada, hasta que le daban el maíz. Esto se hace reíble porque vemos que por las Andalucías en los cortijos que se aran con bueyes, el boyero toda la noche de rato en rato va y les refresca la paja, y cada vez en cada pesebre sobre la paja les pone un puñado de cebada, y a esto llaman el cebillo. Y buey que está ya así criado, si no le ponen este cebillo no comerá. Mas la astucia de esta mula no paraba aquí, sino que después que comía el maíz se iba ella al potrero, y de allí adivinaba la hora cuando llegaban las otras de viaje, y volvía a la casa a tomar otra ración de maíz con las otras; y si le cerraban el potrero se despeñaba por donde podía salir por ir a la golosina del maíz que le tocaba.

Este caballero lo pasaba muy bien, porque en la hacienda había un grande monte de guayabos, y en él engordaba cada año más de quinientos cerdos con las guayabas. Él había sido muchos años gobernador de nuestra misión, y a la que supo que yo era misionero, me contó varias cosas que le habían sucedido entrando adentro en las conversiones; especialmente hablando de conocimiento que tienen los indios de las virtudes de las hierbas me contó que habiendo una vez salido de Sibundoy con tres indios para pasar a Pueblo Viejo, al llegar a Mocoa le dio una fluxión a los ojos tan terrible, que al cabo de tres días ya no veía nada, y los ojos muy hinchados. Estando ya cerca de San José, se remató del todo, y a más del insufrible dolor que le daba, ya era preciso que un indio lo llevase de la mano como a ciego. Habiéndose pues parado a descansar un rato en una quebrada, encontraron con un indio de San José, el cual le dijo: Mi amo, ¿qué es lo que tienes? Él le contó lo que le había sucedido en el camino. El indio le miró los ojos y le dijo: Señor, mañana estarás ya bueno, aguárdame un poco aquí que yo presto volveré. Fuese el indio por dentro de la quebrada, y al cabo de un rato volvió con unas hierbas, las matajó con una piedra y se las puso en los ojos, y se lo vendaron con un pañuelo, y le dijo: No te lo quites hasta mañana, y ya estarás bueno. Ya no faltaba más de una legua para San José, y llevándolo de la mano lo llevaron allá. Ello al otro día se quitó el emplasto, y se halló sano y con la vista corriente. Él regaló al indio con ánimo que le dijese qué hierbas eran aquellas, pero el indio no se lo quiso decir, diciéndole: Mi amo, a ti no te importa saber esto; en estando tú enfermo de los ojos vení aquí y yo te curaré.

Nosotros al otro día pasamos adelante, y a la tarde llegamos a Pasto.
 

[1]  Sic.= Evidentemente quiere decir surtir. (regresar 1)

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