INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO IX

 
Contiene lo que me pasó en El Retiro hasta llegar al pueblo de Caquetá.


 

El Padre cura de El Retiro, viendo la ocasión tan no imaginada, me pidió con grande encarecimiento que lo sacase de este empeño. Yo aunque procuré excusarme con que iba de paso, y de prisa, con todo hube de condescender por no desairarlo. Al otro día era la vigilia y habíamos de estar allá a la tarde para las vísperas. Así se hizo. Partimos de El Retiro y llegamos allá cerca de las cuatro de la tarde. Entonces empezaba a venir la gente y hasta las ocho de la noche vendrían más de quinientas criaturas. Concurrimos seis sacerdotes, y después de la oración, cantamos las vísperas sirviendo de instrumentos dos guitarras, dos flautas y dos tamboriles. Yo que tengo muy mala voz era el que cantaba mejor, y viendo el desentono que llevaban los otros, no deseaba sino que acabáramos presto. Pero lo mejor fue cuando después que concluímos, y nos dieron un refresco de bizcochuelos y mistela, las alabanzas y exageraciones que hacían los circunstantes de que en Guaguará jamás se habían cantado vísperas más solemnes. Y talvez aunque salieron tan mal, sería así la verdad. Ello nos dieron una grande cena, después de la cual viendo yo que se preparaba la sala para armar baile, tomé una almohada y avisando al cura de mi proyecto para que con un negro me mandase un cuero, me fui al campo, y bajo de un espino me armé la cama, y allí dormí.

Ya que vino la mañana, cuando volví a la casa todos dormían, unos de sueño y otros de bebezón. Yo me fui a decir misa, y después de almorzar, me volví y me metí dentro de un manchón de monte a ordenar lo que había de predicar. Allí me estuve hasta que oí repicar para la misa mayor. Fui a la iglesia, y si malas estuvieron las vísperas, peor estuvo la música de la misa. Yo prediqué mi sermón, y en lugar del estipendio, que eran veinticinco pesos, contraté que me dieran diez terneras, y al otro día me las mandaron por delante al pueblo de El Retiro, y el Padre cura quedó encargado de ellas para remitírmelas con mi ganado a La Plata. Yo partí de El Retiro, y en cuatro jornadas llegué a Paicol. Allí mandé llamar al pasero del río País, que se pasa por canoa, para que el Padre cura, como amigo, me contratase el concierto del paso así del ganado vacuno como ovejuno. Vino el pasero y se hubo de componer, dándole quince pesos por los tres días que dijo que era preciso emplear para pasarlo. Yo le pagué, y tomando la plata que me guardaba el Padre cura, le ordené que incorporando el ganado que me guardaba con el que venía, que me lo remitiese junto a La Plata, que yo me iba a prevenir allá lo necesario para cuando llegase. Con esto me partí para La Plata, y antes de llegar, cosa de media legua, entré a ver de paso a doña Manuela Flórez en su trapiche. Llegué en ocasión que allí estaban fabricando alfandoque, y la señora me hizo fabricar un pan de arroba. La misma tarde al poner del sol, llegué a La Plata. Ya hallé allí a don Silvestre Polanco y a doña Agustina su mujer, los cuales me hicieron muchísimo favor, y agasajo. Yo les di noticia del ganado que traía, y ellos al instante buscaron peones para la conducción a Timaná. En cuarenta pesos se ajustó, obligándose ellos a hacer balsas y pasarme todo el ganado a Timaná salvo de peligro del río Magdalena, y yo me partí por delante a trazar allá lo necesario para introducirlo hasta Caquetá por el monte que va a dar a los indios aguanungas, abriendo para ello una trocha proporcionada para el ganado.

Antes de partir de La Plata escribí al Guardián del colegio una carta, en que no dándome por entendido, como si ignorase, lo que en Popayán había pasado con la carta que desde Santa Fe remití a don Lorenzo Oliver, y juntamente con el Padre Barrutieta y el Padre Jacinto Alonso, le decía así: Ya que el Padre Comisario Barrutieta en tantos años de Comisario, no había cuidado contra su obligación de suministrar alimentos a los Padres conversores, defraudándoles lo que el Rey nuestro señor les daba anualmente, que ya yo ahora traía con una vuelta que había dado abasto de carne par todos los pueblos del Putumayo, siempre que los Padres conversores lo supieran administrar; porque traía trescientas cincuenta cabezas de ganado vacuno y ochocientas de ganado ovejuno, y era mi ánimo repartirlo en los pueblos de los Padres conversores, excepto La Concepción, en donde ya Fr. José Carvo estaba ya de carne aperado con propia industria, habiendo hecho de antemano casi lo mismo que yo acababa de hacer, precisado de la necesidad que parió la impiedad, apadrinada y aconsejada de la codicia, contra la pureza de la pobreza seráfica prescrita en la regla. Que estaba en camino para Timaná, para prevenir el transporte del ganado a Caquetá, y allá juntamente balsas para pasarlo río abajo para el Putumayo. Y juntamente ya que hubiese aviado el ganado cada cual a su destino, tenía ánimo de pasar a la ciudad de San Juan de Pasto con unos pesos que me habían quedado y un poco de cacao, que cuando salí remití allá, y con ello comprar alguna ropa para empezar a vestir la gente de mi pueblo, y ayudar también con alguna parte de ella al Padre Fr. Cristóbal, que también la tenía desnuda, y que estimaría que para ello me remitiese a Mocoa o Caquetá su licencia y bendición.

Partí de San Sebastián de La Plata para Timaná, dejando siete bestias encargadas a don Silvestre, para que en teniendo ocasión me las remitiese a Papayán a don Lorenzo Oliver con orden de que me las traspusiese en Pasto en poder de don Ramón de la Barrera, caballero chapetón, sevillano y casado en Pasto, a cuyo poder remití cuando salió el cacao para que me lo mandase vender. Todo se hizo conforme lo ordené. La primera jornada fui a dar al pueblo de El Pitral, y como cuando salí di mi palabra al Padre cura de que en volviendo predicaría allí una misión, luego que me vio me ejecutó con mi palabra. Por más que yo le representé la necesidad que me instaba de pasar cuanto antes adelante a prevenir mi negocio, no hubo que tratar, y casi quieras o no quieras, hube de condescender a quedarme.

Mandé con todo un propio al Padre sacristán, para que me contratase una docena de indios prácticos de hacha y machete, constituyendo uno de quien tuviese cabal satisfacción caporal de la empresa, y que en lo interim que yo llegaba que empezase a abrir camino desde San Agustín para salir camino recto a Caquetá, ofreciéndoles pagar a dos reales por día, que es lo ordinario, y suministrándoles de comer tasajo, plátanos y maíz. Incluí juntamente otra carta al doctor Valderrama para el mismo efecto, dándole orden de que de mi cuenta diese al caporal de esta cuadrilla el tasajo, plátanos y maíz que necesitasen, hasta que yo acabara de llegar. La respuesta que tuve de uno y otro fue que se estaba aprontando todo lo necesario para emprender cuanto antes la obra.

Yo al otro día de haber llegado al Pitral empecé la misión la que duró ocho días, y el día que acabé por la tarde llegó mi ganado vacuno. Yo le mandé pasar adelante, y al otro día salí con el Padre cura a pedir la limosna, y se congregaron catorce pesos en plata y once novillos y novillas, y los mandé a alcanzar e incorporar con mi tropa de ganado que iba por delante, y apretando el paso, en tres días, llegué al Limonal, en donde el mestizo me quiso persuadir que fuéramos a sacar el tesoro de la plata de la cueva. Mas yo le dije que iba de prisa y buscase otro que le acompañase, que yo por entonces no podía, porque llevaba entre manos negocio que me importaba más. Hablé a la señora de la casa la cual me dio dos novillos y negros que al otro día me pasaron a mí y a ellos y a mis bestias el río de la Magdalena, y dos de ellos me acompañaron hasta Timaná.

Llegué a la ciudad y ya hallé cura nuevo, el cual informado de quién era yo por el Padre sacristán, me hizo mucho agasajo. Al otro día de haber llegado compré un quintal de sal en doce pesos y medio y dos cargas de maíz en cuatro pesos, un quintal de queso en cinco pesos, y medio quintal de raspadura en otros cinco pesos, y fletando cuatro bestias para cargarlo, al otro día salí de Timaná para San Agustín. Llegué en tres jornadas allá, y dejando encargado a un indio, que al llegar los dos novillos que venían detrás los matase, y que me los hiciese tasajo, partí al otro día y me fui a la hacienda del doctor Valderrama, llamada Laboyos. Llegué al caer la tarde, donde el doctor me hizo buen hospedaje. Me informó que ya había cuatro días que había despachado los indios a trabajar y les había dado de avío el tasajo de una vaca, una carga de maíz y dos de plátanos. Yo le pagué dos pesos por los plátanos, otros dos pesos por el maíz y cuatro pesos por la vaca.

Él me dio una queja de que estaba muy apesarado y era: Ya dejo dicho anteriormente que en Timaná después que acabé la misión le pedí que me diese de limosna un caballo, y él se excusó diciendo que no tenía que me pudiese servir, y que en lugar del caballo me dio cuatro pesos. Esta noticia se divulgó por toda la ciudad, y se lo murmuraron mucho por ser hombre tan rico, y que tiene tantas bestias que no se sabe el número. Sucedió pues que a pocos días de haber yo salido de Timaná hizo dicho señor Valderrama un fletamiento a un mercader, que de La Plata pasaba con cargas para Popayán, de sesenta bestias mulares. Entraron pues en tan mal sistema estas bestias al páramo de Guanacas, que el rígido temporal que les hizo las mató a todas, y ninguna salió, y fue gran dicha que los arrieros, dejando allí desamparadas las cargas, pudieron salir con vida a fuerza de latigazos que se dieron unos a otros por no emparamarse y perder allí también la vida con las mulas. Llegó en breve la noticia a Timaná, y sobre la pérdida de las bestias, llégale al señor doctor también la noticia de que decían públicamente por la ciudad que había sido castigo de Dios, porque no quiso dar un caballo de limosna, teniendo tantos, al Padre misionero.

Esta noticia ya yo la sabía de antemano, y así a la que me insinuó la especie, le dije: Señor doctor, yo no niego los secretos insondables de la Divina Providencia para nuestro aviso; pero no es esta casualidad tan rara en el páramo de Guanacas que se haga tanto reparar por aviso de Dios, o castigo contra una obstinación; porque ya que usted no me dio el caballo que yo le pedí, con todo me dio cuatro pesos, con cuya plata en estas tierras yo pude comprar uno. Y en el páramo de Guanacas saben todos cuán malos colmillos tiene, que de continuo todo el año quedan en él bestias emparamadas y alguna gente también. No le haga a usted impresión el dicho de la gente vulgar poco rememorada. Quítele de la memoria esta especie el testimonio fiel de su propia conciencia.

Yo con razones le persuadí olvidarse de tal especie, y conseguí que por fin el modo de parecer, y se le quitó la eficaz impresión que lo traía afligido.

Yo le dije como en breve llegaría mi ganado vacuno y ovejuno, que le estimaría que le señalase paraje en donde sin hacerle estorbo a su ganado, pudiese tenerlo, hasta que se pudiese meter para dentro a Caquetá. Él me dijo que en San Agustín, en la rinconada del trapiche, donde están las estatuas de piedra que llevo relatadas, arrimado al monte, bien cabría todo, y mandase de pronto mantenerlo allí hasta que él ordenase otra cosa. Él me dijo que en habiendo de menester más carne, plátanos o maíz que lo avisase en tiempo. Yo le dije que con lo que ya tenía recibido y la provisión que yo les llevaría, tal vez podría alcanzar, pero que en viendo yo que podría faltar, avisaría.

Con esto al otro día me volví a San Agustín, y al llegar escribí una esquela a Timaná al Padre sacristán, diciéndole que al llegar mi ganado así vacuno como ovejuno, que con los mismos que lo trujesen me lo remitiese a San Agustín, y que yo les pagaría las tres jornadas más, porque ellos no venían alquilados sino hasta Timaná. Todo se hizo conforme lo ordené. Yo pregunté al indio que hace cabeza en San Agustín si había allí algún indio que conociese el camino por donde se abría hasta llegar a Caquetá. Él me dijo que no, que dos que había estaban en el trabajo de la trocha que se abría. Con todo yo escribí una carta al Padre Urrea de La Concepción dándole cuenta de lo que traía, y del repartimiento que ordenaba que se hiciese del ganado, y que avisase a Fr. José Carvo para que inmediatamente se viniese al puerto con gente de La Concepción, del Mamo y de San Diego, a fabricar balsas proporcionadas para poder bajar el ganado río abajo. Cogí indios que me llevasen cargados los víveres que yo llevaba de tasajo, maíz, sal, queso, y raspadura, y me fui con ellos monte adentro por la trocha en alcance de los que la abrían, y al segundo día a la tarde topamos con ellos.

Y a lo que llegué mandé que me hicieran un rancho proporcionado en donde se puso todo, y sacando queso y raspadura, les di de ello una merienda. Ya que vino la noche ordené que los que conmigo habían venido que al otro día se volviesen y que me trujesen mis petacas y todos mis trastes, y las cuatro piezas de ropa, tocuyo y bayeta, y mi silla con todos los arreos, y que sólo quedasen las cinco bestias en poder del indio Mateo que era el que gobernaba en San Agustín. Me impuse en cuál era el más práctico del camino, y hubo de ser un indio ya de edad, al cual dije si se animaría a acompañarme a Caquetá. El dijo que sí. Yo le pregunté cuántos días habríamos de menester los dos para ir. Él dijo que siete sin carga. Yo le dije que de preciso él habría de llevar lo que habíamos de comer en el camino. Él dijo que sí que lo llevaría, y me acompañaría y quedamos acordados de partir al otro día en amaneciendo.

Ya que vino el día, dando él las señas al otro que también conocía el camino para que viniese abriendo trocha hasta los aguanungas, tomé bizcocho, un queso, una raspadura y unos trozos de tasajo que juzgué suficiente para podernos mantener quince días, y puesto todo dentro de una jigra bien envuelto con hojas de achira, después de almorzar nos partimos los dos. El indio llevaba la jigra de la comida que pesaría una arroba poco más, una lanza y el machete; y yo llevaba el breviario, la escopeta, pólvora y munición, artes para sacar candela y el machete en la mano. Así nos fuimos internando monte adentro.

Al tercer día descubrimos cerca de mediodía la casa donde vivía la nación de los aguanungas. Esta nación, que tendría unas quinientas familias, como supe después y diré a su tiempo, no todos pero viven juntos, sino divididos en tres porciones, aunque no muy lejos unos de otros. En esta ocasión nosotros no vimos más que esta casa sola, y yo tomé por mejor acuerdo pasar de largo sin ser vistos desviándonos un poco, que ir a dar por donde ellos nos pudiesen ver, porque yo por entonces no iba prevenido de donativos para captarles la voluntad, y discurrí que talvez si me veían, sería ocasión que huyendo del paraje, se irían a meter donde serían después cuando los quisiese buscar difíciles de hallar, y así lo hicimos pasando de largo. A los siete días llegamos al río Orinoco junto a Caquetá. Este camino lo pasamos con felicidad, porque aunque solos y metidos en aquel despoblado, pero proveídos de pescado fresco todos los días, porque al llegar en aquellos charcos de las quebraditas, hallábamos muchísimos zambitos encharcados, algunas rayas y sardinas, que cada una pesaba más de una libra, y cenábamos pescado asado.

Con todo por las noches, aunque hacíamos buenas y grandes fogatas, dábame mucho miedo de verme solo en aquel monte inculto con sólo mi indio compañero, especialmente una noche en que no muy lejos donde estábamos nosotros, sentimos unos grandes quejidos, y díjome el indio que era, según el sonido, quejido de danta, y según los aullidos que daba de dolor, algún tigre u oso la había topado, y la estaba matando para comérsela. Varias veces topamos rastro fresco de oso, de león y de tigres. Culebras topamos varias, y una de ellas que tendría cuatro varas y del grueso del muslo de un hombre. Ella dio un salto de más de treinta varas, y dio un zapatazo con la cola contra un tronco de árbol que lo hizo temblar, y yo temblaba mucho más de ver aquella fiera que tenía los ojos que le relumbraban como diamantes, y me pareció que sobre la cabeza tenía criado un vellón de cerdas. Ella se fue y no la volvimos a ver.

A lo que llegamos a la margen del Orinoco tiré escopetazo, y después mandé al indio que tocase una babona que para el efecto traía ya prevenida. Los indios de Caquetá con el escopetazo ya conocieron que venia algún Padre, pero no atinaban por dónde. Unos decían que venía por el camino de Mocoa, otros que no, sino que venía del Putumayo. Duró la duda hasta que volvimos a tocar la babona. Entonces conocieron que el ronquido venía del Orinoco. Alteróse todo el pueblo pensando si serían indios aguanungas que viniesen a quererlos matar. Otros decían que talvez serían los andaquíes que venían al mismo efecto. Por fin sintiendo que nosotros proseguíamos en tocar la babona determinaron que aquel indio aguanunga viniese a ver con cautela quiénes éramos, y en lo interim se metieron todos al monte allí cerca del pueblo, con ánimo de irse para Mocoa, siempre que fuese gente de guerra la que venía.

Vino el indio y nos vio a los dos sentados a la margen del Orinoco, y sin decirnos nada se volvió, y con un silbo dio la señal a la gente para que volviesen. Ya que volvían les dijo que era un Padre y un indio no más. A lo que ellos sintieron Padre, ya no temieron cosa alguna y se vinieron todos. Yo al verlos llamé al Alcalde por su nombre de Santiago, y con esto todos me conocieron. Ellos tenían la canoa que yo les mandé fabricar cuando salí metida en una quebradita junto al pueblo. Al instante fueron por ella y vinieron y nos pasaron y fuimos al pueblo. Ya que llegamos al convento vinieron las mujeres y nos trujeron plátanos, yucas, monos y pescado asado. Ya era cerca de la oración y yo dije al Alcalde que nos mandase hacer un guiso de pescado asado con yuca lo más pronto, porque yo venía cansado y quería recogerme temprano. Así se hizo. Nos trujeron la cena, y el Alcalde me trujo una hamaca y cenando me eché a dormir. Ya que vino al otro día díjome el Alcalde como había unos meses que los indios mamos habían muerto al Padre Rosales, y que después se habían huído todos al monte, y se habían pasado al Marañón con los Padres de allá, y que Fr. José Carvo con el Padre Urrea no los habían podido coger, y que el otro Padre chapetón que estaba en Mamo, ya estaba en el Amoguaje, porque el Padre Cristóbal se había ido enfermo a Popayán. Yo le dije el fin de mi venida por los aguanungas, y el ganado que traía, y el camino que se iba abriendo, y así que inmediatamente que destinase un indio para que aquel mismo día se partiese con una carta al embarcadero y con una balsa se fuese a San Diego a llevarla al Padre Plata, y que de allí ya cuidarían de llevarla a La Concepción al Padre Urrea. Yo vi que mejor sería escribir otra al Padre Plata, para que sin tardanza la hiciera pasar a La Concepción, pero no tenía allí papel ni tinta. Con todo, con una pluma de gallina me compuse. De pólvora hice tinta, y escribí en una hoja de achira la carta, dándole noticia de todo el proyecto, y así que si él no estaba muy ocupado, que subiese también a dar prisa a la fábrica de las balsas y avío del ganado, por si acaso yo me iba y no podía estar allí presente. Puse la una dentro de la otra, y cerca de las diez despaché al indio a su viaje.

Dióme noticia el Alcalde cómo al cabo de un mes que falté de Caquetá se sacó mi cacao para Sibundoy, y que ya lo habían llevado a Pasto y que al poco tiempo habían hecho al Padre de Santa Rosa Padre grande, así llaman ellos al Padre que es Comisario, pero que ya no lo era, sino el que antes era el Padre Barrutieta. Yo le dije que era preciso volverme, y volver a venir con la gente que venía abriendo ya el camino, y que me quería llevar un indio del pueblo para que me acompañase. Él me dijo que me acompañaría con mucho gusto, pero yo le dije que no convenía, sino que me diese a Juan de Sibundoy. Se llamó al indio, y díjome que vendría. Era este Juan un indio muy racional y para el intento que yo llevaba muy al propósito. Se previno un poco de cocave, y con más de la mitad de la carne que me había sobrado y algún bizcocho, y un pedazo de queso, a los tres días de haber llegado, volví a partir con los dos indios aperado de una hamaca para no dormir en el suelo.

Pasamos el Orinoco, y por los mismos pasos que vinimos nos volvimos a salir. A los tres días de camino nos topamos con los indios que venían abriendo la trocha. Yo registré los víveres que había, y vi que les había de sobrar de todo hasta llegar a Caquetá. Yo les dije que al llegar al Orinoco que tocasen una babona, y que luego de Caquetá irían y los pasarían con una canoa. Que me aguardasen en Caquetá hasta que yo volviese, y que yo los aviaría con tasajo fresco y buenos plátanos y yucas; que yo me iba a San Agustín a ordenar lo necesario, y que luego volvería; que mis petacas y las cuatro piezas de ropa y mi silla de montar con todo el arreo que lo entregasen al Alcalde y que lo pusiese en el convento.

Ya ordenado todo esto, al otro día pasé adelante con mis dos compañeros, y en seis días llegamos a San Agustín. Fui a casa del indio Pedro y hallé que ya el ganado vacuno hacía cinco días que había llegado, pero que en la Magdalena el río se había llevado tres, y sólo una la pudieron coger ya muerta, y se la comieron. Yo fui al otro día a registrar, y hallé trescientas cincuenta y siete cabezas. Al otro día mandé mis cinco caballos al doctor Valderrama con una carta en que le decía que aquellas cinco bestias ya no me habían de servir más; que las mandase ver, y que si las quería, que me mandase un novillo gordo y lo demás en plata, porque yo para pagar la gente la necesitaba. Él me despachó el novillo y treinta pesos. Con ello pagué los tres días a la gente, y este día llegó mi ganado ovejuno. Lo conté y hallé ochocientas treinta cabezas. Pagué la gente también los tres días, y se volvieron juntos para La Plata.

Ordené al indio Pedro que cada día hiciese rodear mi ganado, y para ello le di dos pesos. Le ordené que en viniendo aquel indio Juan que allí estaba, que a él sólo le entregase, dividido en tres partidas, el ganado vacuno, y en otras tres el ovejuno, ya por razón del poco pasto que se hallaba en el camino, y ya también porque sólo dividido se podía embarcar, y en Caquetá no podía estar parado el ganado, porque no hay pasto para él, y así que en teniendo prontas balsas para una partida, se la llevarían, y poco a poco se lo llevarían todo. El cuarto día de haber llegado a San Agustín volví a partir con mis dos indios, por la trocha para Caquetá. El cuarto día llegamos a los aguanungas, y como iba por delante el novillo, luego que los indios vieron aquel animal, que ellos nunca habían visto, todos corrieron con grandes voces se fueron a encerrar en su casa. Llegamos nosotros, y por más que les dábamos voces en lengua linga que ellos la entienden, no había remedio que quisieran abrir, hasta que uno asomó por arriba, y le hablaron asegurándole que aquel animal era manso y no dañino. Entonces salieron con gran miedo. Ellos ya saben qué cosa es el Padre y así con sólo el traje que yo traía me conocieron y vinieron todos a besar la mano. Yo hice hablar al cacique y decirle que ahí a unos días pasarían muchos de aquellos animales, que no tuviesen miedo, porque no les dañarían, y que en breve se pondría un Padre en Caquetá. Que viniesen todos, que estarían bien; que el Padre les daría vestido, hachas y machetes y chaquiras, y que los haría cristianos. Ellos convinieron en todo diciendo que los que habían pasado abriendo aquel camino ya se lo habían dicho. Ellos me preguntaron por el indio aguanunga que vivía en Caquetá; yo les respondí que lo conocía y que estaba tan bueno, que deseaba que todos ellos fueran allá. Ello era algo temprano, y tomando algunos plátanos y yucas que nos dieron, nosotros pasamos adelante nuestra jornada a un riachuelo más adelante, en donde nos arranchamos, por la codicia de cenar lisas que hay muchas y buenas, aunque la más grande que vi tendría un palmo.

Todo este camino es tierra llana con algunos cierrecitos no muy altos. Hay muchos cedros muy grandes y guaquineos; mucha cosa de monos, loros, pavas y pauquíes, y matamos algunos en el camino para comer. Nosotros llegamos en nueve días a Caquetá en donde encontré al Padre Plata que había venido de San Diego con veinte indios, que ya en el puerto estaban cortando balsos hacía tres días. Le conté mi peregrinación, y él me dijo: Ayer llegó un indio de Mocoa con una carta para usted. Entregóme la carta que era del Padre Barrutieta, y dentro tuvo otra del Guardián del colegio; y los dos me decían que si traía alguna orden del señor Virrey de Santa Fe, que se la remitiese inmediatamente, y que supuesto que traía con qué comprar ropa para vestir a mi gente, que fuese a Pasto a este efecto. Y yo con esto concluyo este Tomo, y en el Tercero daré noticia de este segundo viaje, y del Reino de Quito, que es hasta donde llega la descripción del mapa que di en el Tomo Primero queriendo Dios. Y aunque en el Tomo Primero prometo darte en este Segundo, amado lector, otro mapa, ya no es posible, hasta el Cuarto Tomo, siempre que llegue a escribirlo, porque en él relataré el viaje que hice desde Quito hasta Lima, y el Valle del Cauca, queriendo Dios, a quien por todo sea dada honra gloria y eterna bendición. Amén.

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