INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO VIII
 

 

Contiene lo que me pasó en Honda hasta llegar al pueblo de El Retiro.


 

Cerca de las cuatro de la tarde, cuando la terciana me empezaba a declinar, llegamos a la casa de la fábrica de aguardiente. Salté a tierra y subí a ver al mulato, y pedirle si me quería hospedar. Él al instante convino en ello con mucho gusto. Subieron mis trastos a la casa, y el mulato me destinó un cuarto. Con mi cara conoció que yo venía malo y me lo preguntó. Yo le respondí que tenía la terciana. Pues, Padre, dijo él, yo tuve el año pasado, y con sólo beber buenos vasos de aguardiente se me quitaron. Yo lo que hacía era, al entrarme el frío, me bebía un vaso lleno de lo mejor que aquí se hace, y luego se me quitaba el frío, y al cabo de rato largo, me bebía otro y se me quitaba la calentura. Yo luego le daré a Vuestra Paternidad un vaso y verá cómo se le va la calentura.

A poco rato entró en una sala que tenía llena de botijas y sacó de un vaso y me lo trujo diciendo: Padre esta es fina y es resacada, bébalo todo que le aprovechará.

Ya la calentura que yo tenía era poca, y con algún recelo de si me haría daño, tomé medio vaso, y en verdad que al instante me sentí fresco y corroborado, y aquella noche cené con mucho gusto. Esta fábrica era de un español que vivía en Honda y tenía comprado al rey el poder de sólo fabricar aguardiente de guarapo, y para ello tenía más de treinta alambiques que de continuo sacaban aguardiente con negros esclavos, todo lo cual gobernaba este mulato; y así de río arriba como de río abajo, continuamente venían canoas cargadas de botijas y cueros llenos de guarapo para el abasto de los trapiches que tienen a la vereda del río los indios y demás sujetos; y como no se vende este aguardiente más barato que el de España, y allá la gente es muy viciosa en bebezón, se tenía mucho despacho.Yo proseguí a mañana y tarde en beber medio vaso de aguardiente y en cuatro días se me fueron las tercianas.

Asistía a este mulato una mestiza casada en la ciudad de Mariquita. Ella se había huído de su marido, porque estaba en Honda amistansada con un mestizo. Ella un día me contó que tenía una hermana soltera, la cual había estado muchos años amistansada con el mulato que gobernaba la fábrica, y que había dos meses que el Corregidor de Honda se la quiso quitar, y ella se huyó al monte, y que allí la mantenía oculta el mulato, y de cuando en cuando le daba la gana, la iba a ver, pero que no se atrevía a volverla a meter en casa, porque había negros de los de la fábrica que lo acusarían al amo y temía que no le quitase el empleo. Y yo, añadió, como no quiero a mi marido porque es muy celoso, me he huido de Mariquita, y lo dejé, y me he venido aquí a asitirle en lugar de mi hermana. Con que, dije yo, él usa de las dos hermanas a un tiempo. Ella dijo: No, yo tengo aquí en Honda mi conocido, y todas las noches me viene a ver.

Ya yo conocí que el quererles persuadir a los dos, lo contrario era predicar en desierto, y así se lo aconsejé que se volviese a Mariquita con su marido. Esta misma tarde había venido una orden del señor Arzobispo de Santa Fe, para que todas las mujeres casadas y apartadas de sus maridos que se compeliesen a volver a habitar con ellos, y esta misma noche vinieron ministros, y se la llevaron a Honda, y de allí a Mariquita. El otro a la tarde, al cabo de cuatro días, pareció el mestizo con mis bestias, yo todavía estaba flaco y viendo que allí había buen pasto para las bestias, me detuve otros cuatro días para convalecer con la medicina del aguardiente del mulato, que me sanó del todo.

A los ocho días de haber llegado a Honda, partí de la fábrica acompañado de un negro que me dio el mulato para el Guayabal. Llegué al pueblo y vime con el Alcalde y el Padre cura, y les agradecí el cuidado de mi ganado. Pagué un peso a dos mozos que lo habían pastoreado, y el Alcalde me dijo que para llevarlo con acierto, que lo llevase caminando de madrugada y al caer de las tardes; porque si lo hacía caminar a la fuerza del sol, se me moriría todo. Él me prometió darme cuatro mozos prácticos para la conducción hasta El Retiro y les pagué a cuatro pesos cada uno, y les di un novillo hecho tasajo para comer, que me costó otros cuatro pesos, y me vino a costar todo el afán de los borregos veintiún pesos con el pastoreo.

Yo me partí por delante acompañado de un indio con ánimo de aguardar el ganado en Coello en el paso del Padre Cuenca. Anduve bien las dos primeras jornadas, y este segundo día vine a arrancharme entre dos cerros montuosos. Después de haber cenado compuse mi cama en el suelo sirviéndome de colchón mi capote de paja. Cerca de la media noche empezó a querer llover. Yo dormía, y como el aguacero cayó recio una legua lejos de nosotros no lo sentimos, hasta que la avenida del agua que venía encañonada por entre los dos cerros me despertó, y el despenar fue llevarme ya de golpe el agua a mí y a la cama. El indio empezó a gritar y yo también, pero el agua venía tan recia que al ponerme en pie, ya me daba al pecho. A breve instante ya ni yo sentía al indio, ni el indio me oía a mí, y ya estuvo con nosotros el aguacero con truenos, rayos y relámpagos que se cruzaban. Yo me agarré de una rama, y suspendiéndome con el agua me subí al árbol bien asustado, porque a cada relámpago veía el agua que iba tomando más cuerpo, y con la aprehensión, lo que era un par de varas de agua me parecía que ya quería llegarse a mis pies. Esto duró cosa de un par de horas, y se volvió a sosegar; pero yo me estuve sobre el árbol hasta que amaneció. Lo mismo que a mí le había pasado al indio, que el agua se lo llevó más de cincuenta pasos lejos.

Ya que amaneció bajamos los dos, y como ya el monte estaba todo seco, fuimos en busca de los trastos. Cuatrocientas varas de bayeta y otras cuatrocientas de tocuyo que me dieron en Tunja se la llevó más de mil pasos lejos. Mi cama amaneció colgada en las ramas de un árbol; las cuatro petacas se atrancaron entre la arboleda no muy lejos; sólo los aparejos de las bestias, que casualmente se pusieron en alto no peligraron. Fuimos en busca de las bestias y las trujimos. Sólo una ruana o capisayo del indio no pareció. El día amaneció feliz y para poderme vestir fue preciso que el sol secase primero la ropa.

Acarreamos el tocuyo y la bayeta, y lo tendimos a secar al sol. Abrí las petacas, y el bizcocho que en Honda había mandado hacer de provisión, estuvo hecho una sopa; y con todo se volvió a secar, y el tasajo también. Registré el quintal de chocolate, y la mitad se hubo ya desleído, y fue menester lavar las petacas y secar lo que se pudo. Por fin aquel día no dimos jornada. Después dimos otras dos jornadas, y llegamos a la mesa de Río Recio y me fui a hospedar en casa de una mestiza casada. Ella aquella tarde estaba haciendo el apero a su marido de comistrajes de comer para llevarse, que se iba al río Totaré, que noto Tomo Primero, capítulo IV, a catear oro en la margen, y este era su oficio de todo el año.

Ella sacó una batea con tres o cuatro almudes de harina de maíz floreada, y puso en un perol bastante miel de caña a hervir, y en lo interim sacó ají y se lo puso a remoler. Yo por no verla estar bregando con las piedras para moler el ají, saqué el almirez para que lo moliera con más comodidad. Ella molió su ají y lo fue a revolver con la miel. Cuando yo vi que echaba el picante a lo dulce, me dio gana de risa. Ya que lo tuvo bien mixturado con la miel, lo fue a trastornar todo a la batea de la harina de maíz, y empezó a menearlo con una aspa para mixturarlo. A mí me pareció que era como quien compone una afrechada para dar a las gallinas, y sospechando que talvez sería eso por algún fin que yo ignoraba, le dije: Señora, ¿y con esto mantiene usted las gallinas? No es esto, Padre, para las gallinas; esto es turrón muy rico para que lleve mi marido. Ella lo espesó y se hizo una masa fuerte como el turrón de España. Antes que acabase de endurecer, lo tajó en barretones. Yo lo quise probar y no me pareció mal, y le dije que me hiciese medio almud para mí, y me lo hizo, y no costó más de un real, medio de la miel, y medio de la harina.

Tenía esta mujer delante de su casa un manchón de limonal de limones sutiles, que no se levantaban a árboles, sino que se quedaban en mata, y todas las ramas enlazadas unas con otras formaban una espesura que parecía una cambronera con tanta maleza y espina. Este limonal le servía de gallinero, sin que ningún zorro se atreviese a entrar en él por tanta espina como criaba, y así estaban de día y de noche seguras sus gallinas de zorros y ladrones. Ella tenía adentro hechas sus chocitas donde ponían las gallinas sus huevos, y donde las cluecas los empollaban también. Tenía más de doscientas gallinas las que mantenía con maíz; pero todas sin cola, porque decía que así las tomaban mejor los gallos y entonces daban más huevos. Tenía este gallinero su puerta por donde sólo se podía entrar, porque aunque no tenía cerca, estaba defendido todo alrededor de espinas, y sólo por el conducto de la puerta daba paso para poder sacar los huevos.

A poco rato de haber llegado, vino un mestizo a verme, y me trujo de regalo una patilla. Así llaman la sandía. Yo de pronto me la comí, pero al entrar la noche entróme una terciana que me duró doce horas; pero sin embargo, por la mañana proseguí mi viaje. Partimos de La Mesa para el pueblo de Venadillo, y llegamos allá cerca de las once. El sol picaba tanto que me fui a casa del Padre cura, que era fraile dominico, con ánimo de sestear allí hasta caer el sol. El Padre nos recibió con bastante agasajo y me convidó a comer. Ya que nos pusimos a la mesa, dijo el Padre en voz alta e imperiosa:Soldado. Lo propio fue decir soldado, cuando catay que viene un perro que tenía enseñado, y se sienta al lado del Padre, el cual tomó un pedazo de pan y se lo puso sobre la nariz. Así se estuvo el perro mirándonos comer sin menearse. Ya que se concluyó la comida, y dadas gracias, el Padre se volvió al perro y le dijo: Cuando era niño, mis padres me mandaron a la escuela, y yo no quería estudiar, y el maestro me azotaba. Yo lloraba mucho y me bullaban los demás muchachos. Yo por huir del trabajo tomé plaza de soldado, y diéronme camisa y calzones, zapatos y medias, chupa y casaca, y pónenme sombrero de tres picos. Diéronme un fusil, bayoneta y cartuchera, y dice mi capitán: Ea, señor soldado, cargue usted las armas y vamos a la guerra. Ya aquí el perro se puso alegre apuntando las orejas y batiendo el rabo. Ea, soldado, ahí está el enemigo, apronta las armas, apunta, dispara, bum. Al decir bum, hace el perro saltar el pan al aire, y lo recibió de un bocado. Divertimiento gracioso para un pobre religioso que se está metido toda su vida en aquella soledad.

Otra cosa rara vi a la tarde, y fue: En aquellas tierras como pica tanto el sol, a las nueve del día ya las bestias y el ganado se retiran del pasto y entran a los montes a buscar la sombra, y allí está metido hasta las 4 de la tarde que vuelve a salir a aquellos pajonales a pacer. Tenía este cura su manada de vacas y novillos de que se mantenía de carne. Tenía delante de la casa clavado un palo que servía de matadero, y en habiendo de matar alguna res, allí se ataba y la mataban. Pues a estas horas su manada de reses salió del monte y se iba al pasto. Venían pues de una a una e iban a oler al pie del palo, y de ahí enroscaban el rabo y empezaban a correr dando saltos y corcovos mugiendo a voz en grito.

Yo que estaba atento mirando, como ignoraba el secreto natural que allí se encerraba, admirado de ver repetir a cada res esta exterioridad, lo pregunté al cura, el cual me respondió:Cada vez que mato alguna res, como cae allí al pie del palo la sangre, dura ocho días, que al salir del monte mi manada va cada vaca y novillo allí a oler, y salen haciendo esta demostración de sentimiento. Este secreto natural yo no lo puedo apear, porque si dijeren que con la sangre fresca aprehenden la muerte de sus compañeros, digo que no puede ser, porque a las veinticuatro horas con la voracidad del sol, la sangre que allí se cuajó ya está hecha un guijarro seco. Si lo atribuimos al olor, tanto olisca el primer día como al cabo de un mes, y el sentimiento que hacen las reses no dura sino ocho días. Si por el color de la sangre derramada, no puede ser razón, porque allí está todo el año la mancha de sangre en la tierra y es el palo. Yo dijera que el resuello que sale de la res angustiada de las bascas de la muerte, debe salir corrupto, y con él debe de quedar aquel puesto infecto; y esto es que aprehenden las reses, y por ello hacen aquel sentimiento de la muerte de sus compañeras. Y como sólo debe durar ocho días la corrupción de este aire o resuello mortal, por esto será que al pasar ocho días, ni se paran a oler allá, ni hacen más seña de sentimiento hasta que se vuelve a matar otra res. Porque razón evidente yo no sé cuál pueda ser.

Yo aquella misma tarde partí y nos fuimos pasando los dos ríos la China y Totare, y a la margen de éste nos arranchamos. Al quererse poner el sol, catay que llega un chapetón mercader de Popayán, que iba a Honda con su caudal a emplear diez o doce mil pesos en ropa de España para surtir su tienda. Él me conoció, aunque yo no lo conocí a él. Pusímonos en conversación, y vínome a contar que don Lorenzo Oliver, mi paisano, a quien llevo relatado que escribí una carta desde Santa Fe, habiendo propagado la noticia que en ella le daba de haber el Padre Comisario Barrutieta prometido a los señores de la Casa de la Moneda de Santa Fe, que el oro que se sacase de las nuevas minas de Mocoa y Caquetá iría a labrarse allá, con esta noticia daba a mí del señor apartador, se alteró y llenó de confusión todo Popayán, y que fueron al colegio los principales señores interesados en las minas y Casa de Moneda, y lo trataron de infiel y hombre de mal trato; y como él no pudo negar la especie, vino a decir que aquello no había sido más que para que lo protegiesen con el señor Virrey para lograr su favor para los designios que llevaba a favor de la misión.

De esta revolución que le vino tan impensada, había resultado que se juntaron el Guardián y los Discretos, y ofrecieron a los señores dichos subsanar el daño de modo que no padeciese su proyecto sobre las minas y Casa de Moneda detrimento alguno de cuanto se estaba de antemano tratado; y para darles alguna satisfacción lo depusieron de pronto del oficio de Comisario y eligieron Comisario al Padre Jacinto Alonso, que con dicho Padre Barrutieta moraba en Santa Rosa y de quien tengo ya dada noticia. Aunque todo este aparato fue sólo aparente y fingido, como diré a su tiempo.

De esto resultó como supe después, que le despacharon al dicho Padre Fr. Jacinto Alonso la patente del nuevo empleo de Comisario por mano de dicho Padre Barrutieta a Santa Rosa. Al recibir dicho Padre la investidura del nuevo empleo, inmediatamente trató de visitar todos los pueblos de su jurisdicción. Entróse para dentro y llegando al río Putumayo, fue de pueblo en pueblo tomando a cuentas de declaración a todos los Padres conversores de lo que cada cual en su pueblo tenía recibido de catorce años a esta parte que había gobernado el anterior Comisario Barrutieta de lo que anualmente contribuían las cajas reales de cuenta del rey a beneficio de los Padres conversores. Tomadas y averiguadas estas cuentas por los apuntes de los libros de cada pueblo, y firmadas de los Padres conversores, y dicho Comisario, vino a sumar junto cuatro mil cien pesos.

Liquidada ya la cuenta volvióse a salir, y habiendo llegado a Santa Rosa sin noticiar al Padre Barrutieta del lance pesado que se le fraguaba, vínose para Popayán y presenta una petición al señor Gobernador, pidiendo que el señor Tesorero declarase qué cantidad sumaba lo que de cuenta del rey había entregado de catorce años a esta parte a beneficio de los Padres conversores de las misiones del Putumayo, y a quién se había entregado. En virtud de esta petición declaró el señor Tesorero haberse entregado en dicho tiempo al Padre Barrutieta más de ochenta mil pesos como constaba por firmas suyas en los libros de la Tesorería Real de Popayán. Con esta certificación presentó dicho Padre Comisario Fr. Jacinto Alonso una petición al Guardián y Discretos del colegio, diciendo que por los libros de los pueblos del Putumayo constaba no haber percibido los Padres conversores en catorce años que gobernó como Comisario el Padre Barrutieta más que cuatro mil cien pesos, y que por otra parte contaba por declaración del señor Tesorero haberle entregado en dicho tiempo más de ochenta mil pesos, como constaba por sus firmas en los libros de la Real Tesorería. Que como Comisario electo de dicha misión pedía que se apremiase dicho Padre Berrutieta, y que declarase en qué había empleado dicho dinero, y si estaba en ser, que lo entregase para que él, como superior, dispusiese de ello a beneficio de la misión y de los Padres conversores, remediándoles muchas necesidades graves que sabía y había visto y experimentado padecían de muchos años a esta parte, sin socorro ni alivio alguno, por más que habían clamado repetidas veces sin ser oídos, ya al Guardián y Discretos, y ya también al dicho Padre Barrutieta el tiempo de su gobierno, como constaría por cartas remitidas a ambos superiores.

Los Padres del Discretorio, mirando sin efugio el apretado argumento que hacía en su petición el nuevo Comisario, haciéndose cargo que ya era preciso responder antes que la materia tomase más cuerno dándose noticia de ello a la Real Audiencia o al señor Virrey, y que a cualquiera de estos tribunales que se acudiese quedaban ellos siempre tiznados, por haber sido cómplices de un fraude tan exorbitante, por haber percibido grandes cantidades de lo que en realidad no pertenecía al colegio sino a los Padres conversores, que son los que lo ganan trabajando en la conversión a beneficio de la Corona, y en cuyo subsidio le da el rey nuestro señor, para ver si el dicho Padre Barrutieta tenía en su poder oculta alguna cantidad, y con ella a tapar la boca al nuevo Comisario, mandándosela entregar, le escribieron que le convenía que declarase qué peculio tenía en su poder, porque de no entregarlo se le podía fraguar un lance pesado, por la averiguación que había hecho el nuevo Comisario Fr. Jacinto Alonso en todos los pueblos de la misión del Putumayo y con el señor Tesorero de la Caja Real de Popayán, por donde constaba por firmas suyas haber percibido el tiempo de su gobierno sobre ochenta mil pesos, y que sólo constaba haber percibido los Padres conversores poco más de cuatro mil, once o doce mil que había dado al colegio.

A este caritativo aviso del Guardián y Discretos respondió que él tenía las cuentas bien ajustadas, y que según las expensas que tenía hechas en mulas y herramientas para abrir el nuevo camino de Santa Rosa a Caquetá, no tenía por el presente más de quinientos pesos en ser, los que tenía prontos para entregar al nuevo Comisario; que se sirviese de ir a Santa Rosa y que le daría cuenta ajustada. Con esta respuesta partió el Padre Comisario Jacinto a Santa Rosa, y la cuenta que le dio fue esta: Se han comprado sesenta mulas al Padre Baquero. Éstas las tasó a doscientos pesos; otros doce mil que había dado para socorro de los Padres del colegio, sumaban veinticuatro mil. Cuatro mil que había gastado a beneficio de los pueblos y Padres conversores del Putumayo, sumaban veintiocho mil; cuatro mil que decía haber expedido en doce barretones de fierro de a dos arrobas, sumaban treinta y dos mil, y que los cuarenta y ocho mil restantes se habían gastado en su manutención y gastos precisos de fletes en tantos viajes que había hecho en catorce años.

Estando el Padre Comisario Jacinto tomándole estas cuentas, catay que vino una orden del Guardián y Discretos del colegio al Padre Comisario Jacinto en que le mandaban intimase al Padre Baquero que Dicho Guardián y Discretorio lo había expelido de la misión por motivos graves que tenía para ello el Discretorio; y juntamente que le entregase una patente del Padre Provincial de Quito, cuyo súbdito ya era, en que lo mandaba de conventual al convento de San Juan de Pasto. El Padre Comisario le intimó la orden del colegio y la de su Provincial. El Padre Baquero, que se hallaba tan desimaginado de este pensamiento, no pudiendo resistirse, trató luego de partir para Pasto, y para ello lo primero trató de llevarse por delante las sesenta mulas que tenía en Santa Rosa, con título colorado de haberlas vendido al Comisario Barrutieta. El Padre Jacinto que advirtió este afán de quererse llevar las mulas, lo llamó y le dijo que las mulas eran ya de la misión, porque el Padre Barrutieta se las había comprado en doce mil pesos, como estaba por sus cuentas firmadas de su mano. El Padre Baquero respondió que era falso, que no le había dado por ellas nada; que el haberlo dicho era sólo haber querido a tapar la mentira de doce mil pesos malbaratados. El Padre Jacinto averiguó la verdad de este malbarato y de los otros cuarenta y ocho mil, le hacía cargo de sesenta mil pesos malbaratados, sin tener excusa verídica que alegar.

Acudió otra vez al Guardián y Discretos, los cuales viendoel fraude evidente a que no podía dar composición, dijéronle al Padre Jacinto que se callase la boca o que se volviese para España, alegando que desde que habíamos llegado al colegio los Padres chapetones, no había el colegio tenido más que disturbios y escándalos. El Padre Jacinto que había experimentado la falacia del gobierno y la ambición con que celaban que ningún Padre chapetón tomase jamás el gobierno del colegio, respondió que le diesen la licencia para volverse a su provincia, que ya lo deseaba mucho, haciéndose cuenta que en llegando a España con los papeles y declaraciones que llevaba, presentándose con ellos al Comisario General de Indias en Madrid, lograría la total destrucción del gobierno de los Padres criollos, tomó la licencia que le dieron; pero ellos violentamente le quitaron los papeles antes de partir, y lo despacharon y despacharon de antemano una carta secreta por delante al señor Gobernador de Cartagena, para que llegando allá dicho Padre, lo mandara poner preso, y que lo despachase para España bajo partida de registro, por ser religioso díscolo, inepto para la honra de misionero apostólico. 

Como la expulsión de dicho Padre fue notoria a los señores de Popayán, echaron la voz que el motivo de haberle expelido era por haberse opuesto a la determinación de que convenía que se abriesen las minas de oro en Mocoa y Caquetá, lo que confirmaba con haber solicitado la expulsión del Padre Baquero con sus mulas de Santa Rosa. Ellos lo pintaron con tales coloridos, que lo hicieron creíble, y como no había quién declarase el enredo, volvieron al mando de Comisario al Padre Barrutieta. Yo proseguí mi viaje ignorante de tanto enredo, hasta que llegué a La Plata, en donde hallé una carta del Padre Cristóbal Romero que me avisaba de todo, porque habiendo dicho Padre bajado enfermo a aguarecerse a Popayán, y sabiendo lo mucho que en La Plata me querían en casa de don Silvestre Polanco, me la remitió allí para que yo estuviese sobreaviso, por lo que me había sucedido en Santa Rosa con dicho Padre Comisario Barrutieta cuando salí, y juntamente por la carta que escribí a don Lorenzo Oliver. En ella me decía que los Padres del colegio recelaban mucho que yo no hubiese informado al señor Virrey, y que tal vez traería algún real despacho oculto para obviar que el colegio no percibiese peculio alguno de lo que el Rey nuestro señor daba anualmente a los Padres conversores para su subsidio.

Esta carta me sirvió de buen gobierno para que yo no me arrojase atropellarlo todo de una vez, así obré con madurez como diré adelante. Aquella noche cené yo de muy buen gusto con este chapetón mercader, porque él traía buena mantequilla, y cenamos con ella un buen arroz. Acabábamos de cenar, y catay que llega mi ganado a la margen del río Totaré para pasar. Aplicáronse todos los peones y lo ayudaron a pasar, y me trujeron cuenta que en Río Recio se había anegado dos borregos y que se los habían comido. Yo al otro día pasé adelante, y en tres jornadas, habiendo pasado el río Coello, llegué a arrancharme dos leguas antes de llegar a casa del doctor Moya. Esta pues tarde, después de habemos arranchado, me estaba casualmente paseando, cuando reparé una bolita que estaba colgada de la rama de un árbol. Lleguéme a ella, y hallé que era un capullo de seda, como los que crían los gusanos de seda en España, sólo que aquél era de color musgo y estaba formado de esta forma: El capullo era ovalado como los de por acá, algo más grandecito. A la parte superior tenía un agujero redondo del tamaño de una arveja, y de la mitad de redondo del agujero le salía una capilla, a la forma de la capillada que usamos nosotros, que cubría con su proporcionada distancia el agujero, sirviéndole de tejado o resguardo contra la lluvia, y a la parte superior, en la mitad de esta capilla, tenía un hilo de la misma seda del grueso de una guita de cuatro dedos de largo, de que estaba colgado todo y prendido a la rama. Dentro del capullo estaba un gusano del tamaño de los gusanos de seda cuando se sacan del capullo, y era también de color musgo. Yo cuando vi la maravillosa composición de la casa que para su morada se había para sí fabricado, este gusano, me lo llevé para enseñarlo al doctor Moya al otro día por ser hombre curioso.

Esta misma tarde, poco después, pareció volando, y vino a ponerse cerca de donde yo me paseaba, en la rama de un árbol un chumbimbi. Así llaman allá a los pavos. Este era del mismo tamaño de un pavo, y tenía la cabeza colorada llena de los corales que crían los pavos. Vestía su pluma negra, pero no lustrosa, sino desgreñada como los cóndores o buitres, y tenía la pluma de la cola algo más corta que los pavos. Yo como hasta entonces no había visto tal pájaro, lo hice reparar al indio mi compañero, el cual me dijo: Padre, es este un chumbimbi. Yo fui a toda prisa a tomar la escopeta, y al levantar el gatillo el chumbimbi se voló y no lo volví más a ver. Esta misma noche estando durmiendo tuve una visión, que hasta ahora la tengo tan impresa, como si la estuviera actualmente viendo, y como ya se me ha repetido otra vez estando en unas mismas circunstancias de unas opresiones interiores, que no es menester explicar por ser cosas de conciencia, siempre lo he tenido por aviso superior, y enigmático. Y hasta ahora sin entenderlo.

Vi pues un sol, algo más grande que el que nos alumbra, pero de un resplandor mucho mayor y más hermoso que él, y siendo tan copiosa la luz que me infundía, no me impedía la vista para mirarle muy atento, antes me causaba su vista un gozo tan extraordinario, que no tengo semejanza alguna con qué compararlo, ni creo que en lo humano lo haya. En medio del sol se descubrían aquellos caracteres hebreos, que forman el nombre de Jehová del largo de un jeme de color carmesí, y de aquellos caracteres salía el gozo de que yo estaba todo repleto. Al mismo tiempo sentía una música tan suave como causa un órgano tocado a pausas, después de las regalías los cañutos grandes. Y esta música aumentaba más la hermosura del sol. Yo desperté que serían las dos después de la media noche, y oí cantar una bandada de pajaritos en un manchón del monte, que allí estaba cerca. Cantaron un rato, y al pausar, pónese a cantar una bandada de guacharacas, que cito Tomo Primero, capítulo III. Cantaron un poco, y al pausar, vuelven los primeros a su canto, y así se fueron alternando cerca de media hora, formando el mismo tono que yo durmiendo había oído. Ahora entra esta otra circunstancia, que desde entonces hasta ahora, siempre que quiero formar en el entendimiento o imaginativa este sol, si estoy con los ojos abiertos, no lo puedo formar como lo vi; pero en cerrando los ojos al instante lo tengo presente, aunque no con aquella viveza que lo vi, y aquella especie de gozo lo puedo formar tampoco, ni con los ojos abiertos ni cerrados, porque lo que ello fue, sólo Dios lo sabrá: a mí se me figura que yo estaba todo lleno interior y exteriormente de dulzura como una fruta confitada.

Ya que vino el día partimos a nuestro camino, y al llegar a la hacienda del doctor Moya, hallé que mataban una vaca. El doctor me hizo descargar y parar aquel día. Ya que nos pusimos en conversación, saqué el capullo de seda y se lo enseñé. Yo que sólo lo traía para este fin, saqué las tijeras diciendo: Ahora habemos de ver si este gusano que tiene dentro está vivo o muerto. Abrí el capullo y saqué el gusano, pero él no daba seña de estar vivo; pero le urgué con la punta de la tijera, y al instante se movió, y estaba vivo. Aquí entra ahora mi dificultad. Este gusano, según lo grueso de su cuerpo no podía entrar y salir por el agujero que tenía el capullo, porque era chico. Tal vez habría muchos años que allí se estaba encerrado. Preguntara pues yo a cualquiera: ¿Qué comía este gusano? ¿De qué se mantenía? ¿Por qué él estaba vivo?.

El doctor Moya me dijo: Ahora le enseñaré yo a Vuestra Paternidad otra maravilla. Abrió una gaveta de un escritorio, y sacó un palito tosco de largo un jeme, y del grueso del dedo mínimo, que conocí haber sido ramita de árbol. En la mitad del palo estaba pegado un marsellés como aquellos marselleses largos que usan los marineros; pero tan bien formado, que ni el maestro más perito lo pudiera formar con tanta perfección. Era todo más blanco que el algodón; en lo fino era más basto que la seda, pero era más fino que el algodón. Ello ni era seda ni algodón tampoco. Este, me dijo el doctor, es el nido que para dormir se fabrica un pajarito. Dentro de las mangas mete las alas, y dentro del capucho la cabeza, y en las faldas tiende la cola, y de un lado y otro agarra con los pies y se cierra así adentro, que cuando está cerrado no enseña afuera sino el pico, hasta los conductos por donde resuella. Dicho capote o marsellés tendría cuatro dedos de largo y dos y medio de ancho. Yo le pregunté si este pajarito era el tominejo, que cito Tomo Primero, capítulo I, y me dijo que no que era otro algo más grandecito, y que como hay pocos de ellos, no tiene nombre. Ahora preguntara yo a cualquiera ¿de qué material hacía para si este pajarito cama tan blanda? Porque aquello ni era seda ni algodón; lino no puede ser, que en el Perú no lo hay. Decir que seria lana no puede ser, que era muy fino, y no hay lana en el mundo tan blanca como aquello. Yo digo que en uno y otro, así del gusano como de este pajarito, es o son raras maravillas de la naturaleza.

Yo al otro día pasé adelante mi viaje, y llegué a la tarde al pueblo del Guamo, en donde encontré ya un cura nuevo porque el doctor Lozada había renunciado y se había ido a vivir a Santa Fe estimulado de los pesares que le daba don José Caballero por el casamiento de su hijo don Rodrigo con la mulata. Yo le pregunté sobre el particular y me dijo que don José había acudido a Santa Fe por descansar a su hijo, pero que a la que el señor Provisor vio mi declaración firmada del cura, lo envió a rodar. Pero que ya había hecho paz con su hijo, y que vivía en su casa, pero que don Rodrigo había aborrecido a la mulata y no la podía ver. Entonces dije yo: Ya yo se lo dije antes de casarlos a uno y a otro lo que les vendría a suceder. Le pregunté también si sabía si habían recobrado un buen potro que de su potrero me habían hurtado. Él me respondió: Ya he oído hablar de ello, y dicen que un indio lo tiene, pero que para por los llanos de Santa Fe, y no lo han podido recobrar.

El otro día volví a partir, y de preciso había de ir a pasar por la hacienda de este caballero, o hacer un día de vuelta. Yo deseaba que no me vieran, por excusarle el nuevo sentimiento a don José, que sabía que yo fui quien casé a su hijo con la mulata; pero yo me hice la cuenta que en pasando de largo se excusaba. Proseguí recto mi camino. Antes de llegar, vióme un negro de la hacienda y luego avisó al amo. Serían las diez del día. Don José salió a la puerta de su casa, y viendo que yo hacía ademán de pasar de largo, me llamó, y yo con algún recelo entonces, me llegué, porque quien supo tirar un balazo a un hijo, temía con razón no me tirase otro a mi. Ya que llegué me hizo parar a comer y pasar la siesta. Allí estaba su hijo don Rodrigo y la mulata también. Luego se sacó la conversación, y yo satisfice su querella con decirle: Señor don José, aquí está su hijo; diga si es verdad que yo lo desengañé toda una tarde, y si lo que le ha sucedido se lo dije antes, a uno y a otro. Don Rodrigo que no lo negó, antes aprobó mi razón, y su padre quedó del todo satisfecho de la querella que contra mí había concebido, excusándose de que no sabía que yo hubiese procedido con tanta madurez. Yo a las tres de la tarde volví a partir, y me fui a dormir a casa de don Miguel Correa.

Ya que vino la mañana, volví a partir, llegué al río que gobierna don Miguel, aquel francés de que tengo hablado en la estación de Coyaima, y allí dormí en su casa; y como tiene buena canoa para pasar, le encargué mucho mi ganado que venía detrás. Él no quiso que le pagase el paso del ganado, y yo le regalé seis libras de chocolate. Partí el otro día de su casa, y no paré hasta llegar a Natagaima. Yo iba con mucho cuidado de saber si mi ganado vacuno estaba recogido o derramado, y si había padecido algún detrimento, y si había llegado todo con las remisiones de La Plata que al Padre Cuenca se le habían hecho. Llegué y lo hallé todo corriente. Hallé doscientas treinta reses, y sesenta pesos en plata.

Yo le dije al Padre cura si estaba el ganado en proporción de emprender camino, y él me respondió que sí, que todo ya estaba descansado. Buscáronse cuatro indios hábiles, y se les entregó el ganado para conducírmelo a la ciudad de La Plata, y se les pagó a doce reales cada uno, y con la plata que hallé y la que yo traía, que componía noventa pesos me partí por delante con ánimo de aguardarlos en Paicol, y juntarlo con el que en Paicol tenía ya remitido el Padre cura.

Dimos cuatro jornadas seguidas, y llegamos a la hacienda de don Pablo de Herrera, llamada Túnez, y al pie de la cuesta me arranché con cautela con ánimo de madrugar y pasar de la hacienda sin ser visto, por no haberme de parar por lo que tengo dicho de aquel caballo patituerto, etc. Me salió en vano la diligencia, porque me hubo de ver un negro de la hacienda, y lo fue a avisar a don Pablo. En la casa estaban de bureo porque al otro día casaba don Pablo dos hijas suyas con dos mozos hermanos; y como le constaba a don Pablo y a los novios que allí estaban que yo por motivos que no importa aquí explicar, fui el principal agente de estos desposorios, al instante me despacharon un negro con recaudo político para que inmediatamente me pasase a la hacienda. Yo respondí que dijesen al señor don Pablo que perdonase, porque iba de prisa y hacía cuenta de madrugar para pasar adelante, y que no quería dar molestia a la familia. A lo que llegó la respuesta inmediatamente catay que vienen los dos novios y un hijo de don Pablo, trayéndome bestia, y quieras o no quieras me hicieron ir a la hacienda. Yo por no darles un pesado sonrojo condescendí, con tal que al acabar de cenar me habían de dejar ir a proseguir mi camino.

Llegué a la casa donde los padres de los novios, que deseaban mucho conocerme, y todos los de casa me hicieron mucho agasajo. De aquí resultó que el padre de los novios me dio cinco novillas y los dos novios me dieron diez. Yo dije que dentro de tres o cuatro días vendrían doscientas treinta que me conducían unos indios natagaimas, que las tuviesen prontas, y que me las incorporacen con ellas, porque yo me iba a La Plata a prevenir lo necesario. Yo después de cenar me volví al rancho, ya las tres de la madrugada proseguí mi viaje. Di otras dos jornadas, y llegué al pueblo de El Retiro. A lo que el Padre cura me vio, se alegró sobremanera por lo que ya voy diciendo.

Hay dos leguas de El Retiro una grande hacienda llamada Guaguará, que es de unos caballeros criollos españoles. Estos tienen allí su buena capilla bien capaz, y cada año hacen una grande fiesta a la Patrona, que es la señora Santa Ana. Habían pues encargado el sermón a un fraile nuestro de un curato comarcano. El predicador, estando ya cerca la fiesta, hubo de enfermar, y mandó avisar a la hacienda que no podía ir a predicar el sermón. El dueño de la fiesta había hecho un propio al cura de El Retiro, que era su párroco, que se sirviese de prevenirse para decir cuatro palabras para que la fiesta no quedase sin sermón. Este cura para esta materia era ciego, y se hallaba enfadadísimo sin saber qué decir ni hacer; porque sino lo hacía, era bajeza suya, por ser el párroco, y así quedaba mal, si lo hacía, y le salía mal, era entonces peor, porque allí concurría muchísima gente de los pueblos y haciendas comarcanas, porque la fiesta duraba tres días y por allí es estilo común que el que paga la fiesta da de comer y mucha bebezón de chicha, guarapo, masatos y champús a todos los que concurren a la fiesta hasta que se van.

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