PRÓLOGO AL LECTOR
En este Primer Tomo te ofrezco (amado lector) una sencilla
relación de la primer parte de mi peregrinación, y viaje a la India
Occidental, que vulgarmente llaman: El Perú, y es la mayor parte de
lo que de la América se ha descubierto. En el Segundo Tomo daré
noticia del Nuevo Reyno de Granada, del Reyno de Quito, hasta Lima,
y la Provincia de Cauja, queriendo Dios. Yo te advierto que en uno
y otro tomo no hallarás crítica ninguna sino una sencilla relación.
Y aún para ello he tenido bastante repugnancia en escribirlo. Y la
razón es el emblema con que cifro la lámina de las Balanzas, tan
verdadero como inspirado por el Espíritu Santo. Sé que vulgarmente
tienen en la Europa por mentirosos a los que vienen de la India por
las cosas raras que de aquellas partes cuentan. Y yo digo que en
parte tienen razón de llamarlos mentirosos; no porque cuenten cosas
raras de allá; sino porque cuentan lo que no han visto. Es el caso
que de unos a otros se van corrompiendo las noticias de tal suerte
que ni siquiera bosquejo son de la verdad de lo que en sí es la que
se pretende contar por rara maravilla. Esto lo tengo experimentado
yo a la práctica muchísimas veces, que habiendo contado algunas
cosas singulares, al cabo de algún tiempo, oír contar la especie,
ya revestida de tantos colores diferentes, que lo que se cuenta es
un embrollo de mentiras. Y en esto es en que se verifica que las
Balanzas con que pesan los hombres, hacen peso falso. Otro motivo
fue: haber visto allá cosas tan singulares, que a quien no lo ha
visto, se le hace increíble, cuales hallarás algunas de estas en
este tomo, y otras que diré en el segundo tomo.
Varias veces me instaron algunos amigos, que escribiese algo de
lo que en once años allá había visto, y yo siempre me hallaba
renitente; hasta que por fin hallándome algo desocupado de mis
principales obligaciones, a instancias de otro amigo, determiné
escribir parte de mi peregrinación, y trabajos, sin críticas, ni
elevado estilo sino sencillamente lo que he visto.
Digo lo que he visto, para distinguirme de los otros que vienen
de la India, y al llegar a la Europa quiérense poner a contar cosas
de la India, no habiendo dejado la lengua del agua; y si han
entrado algo tierra adentro, han ido por Camino Real a los
principales lugares de aquellas tierras. Esto sólo a su comercio,
puesta la mira a aumentar el caudal. Estos tales están expuestos a
relatar muchas mentiras porque las cosas singulares, como verás
leyendo este primer tomo, la mayor parte de ellas no se hallan en
los poblados, están monte adentro, y muchas más que habrá, que yo
como no iba con ánimo de volver jamás, ni me pasaba jamás por la
imaginativa que llegase tiempo en que yo había de escribir tales
especies, no repararía muchas otras cosas dignas de saberse. Que si
yo con este intento hubiera ido, como otros lo han hecho de apuntar
las cosas en un derrotero; soy de sentir que ni en seis tomos
cabría lo singular que yo he visto pero como no tenía por entonces
tal intento, ni las inquirí ni las noté. Y aunque ahora haciendo
acto reflejo me acuerdo de algunas, no las pongo, porque no me
informé del nombre de ellas. Ya sí lo que digo en este primer tomo
son cosas que yo he visto, porque he entrado a lo interior de aquel
nuevo mundo, y he vivido entre los indios bárbaros, penetrando
monte inculto, y las que hallarás que yo no he visto por mis ojos,
cito pero sujetos dignos deje, que todavía viven, que las han
visto, y me las han contado, y como las hallo por lo que yo por mí
he visto, las hallo verosímiles, por esto las pongo. Y si con todo
te pareciesen algunas difíciles de creer, el medio de averiguarlo
mejor es ir allá, para desengañarse de una vez.
El Rmo. P. Fr. Ramón de Sequeira y Mendimbur, que fue de la
Provincia de Quito, de Proministro al Capítulo General, que se
celebró en Roma en tiempo del Papa Benedicto XIV, en que fue electo
General de Nuestra Santa Religión el E. P. Fr. Pedro Juan de
Molina, al bajar para Cartagena a embarcarse para el efecto,
casualmente, en el Río de la Magdalena, mandó cortar un cañuto de
guadua para que le sirviese de velero, en qué llevar las velas para
alumbrarse de noche. Estando pues ya dicho Padre en Roma, y
contando a otros Capitulares algunas cosas raras de Indias, hubo de
venir a contar que había unas cañas que servían de vigas para las
casas e iglesias, y que había cañuto en que podrían caber
veinticinco cuartillos de agua. Al soltar la especie, los oyentes
soltaron la risa, dándole vaya. El Padre llamó a un donado que
tenía y le hizo traer el velero. Miráronlo y registraron todos con
su vista; un testimonio auténtico de la verdad, que habían bullado
por mentira, con carcajadas de risa. Yo no tengo de estos testigos,
porque algunos utensilios que truje al instante los repartí. Sólo
me ha quedado una cajeta que hice embarnizar en Pasto, del barniz
que hallarás que cito en Almaguer, así como lo pinto. Y así repito
que el que no quiera creer lo que en este Primer Tomo escribo, que
vaya allá. Vale.