(Continuación capítulo
VII
)
El iba trayendo en el viricuy espada y daga, y este fue el
primer hombre que vi así armado en toda mi vida con espada y daga.
Dimos tres jornadas durmiendo en casas de mestizos, y lo pasé muy
bien, porque él hacía matar pollos, y no permitió que yo gastase
nada. El tercer día a la tarde llegamos al paso del río de la
Magdalena. Éste lo gobernaba una moza española, hija de un chapetón
que la llamaban Masuti. Su padre, que tuvo este paso del río con
cédula real, cuando murió se lo había dejado como herencia a esta
sola hija que tuvo. Y aunque después de la muerte de su padre se lo
intentaron quitar, ella ocurrió a la Audiencia de Santa Fe, la que
se lo ratificó. Entonces se le había agregado un mozo chapetón que
le gobernaba el paso con tres mestizos, y corría fama que con ella
vivía amistado. Toda esta noticia me dio el mestizo en el camino
antes de llegar, y parece que habría algo de ello, porque a breves
días supe en Honda que por mandato del señor Corregidor habían
sacado de allí a dicho mozo chapetón.
Nosotros nos apeamos en su casa, y tanto la Masuti como el
chapetón me hicieron bastante agasajo. Yo luego traté de ajustar
cuanto había que pagar por mis ochocientas cabezas de
ganado. Ella me dijo que valía quince pesos, pero que por
ser religioso misionero no quería nada, sólo sí que le dijera dos
misas. Ellos tenían allí una gran partida de bagre salado,
alistándolo para llevarlo a vender a Santa Fe, que valdría más de
doscientos pesos. Yo ya que las bestias se refrescaron algo, traté
de que nos pasasen, y por ruegos que me hicieron con buena cena de
pescado fresco no me quise quedar en su casa, y así nos pasaron a
la otra parte del río con bestias y todo. Había allí un caney como
el que noto Tomo Primero, capítulo IV. A la sazón no había tabaco
purificado, sino ya hecho fardos para manojear, y allí dormimos.
Asistían allí unos mestizos, y luego se pusieron a pescar, y nos
dieron cuanto pescado quisimos, y aún asamos una partida para comer
al otro día.
Ya que amaneció tratamos de partir, y después de haber almorzado
fue el indio a traer las bestias, y una de las mías se hubo
perdido. El mestizo se fue por delante, y mi mozo fue a buscar mi
bestia, y cuando la topó ya era mediodía. Con todo partimos y
andaríamos cosa de una legua, cuando vino un aguacero diforme, y
como todo era monte real, no había dónde podemos guarecer. Pasamos
una quebrada encañonada que la llaman Mojabobos, porque sólo cuando
llueve mucho corre, y cuando arranca a correr, como toda está
encañonada y no tiene por dónde desaguar, sino la boca y desagua en
la Magdalena, viene rellena y con mucha furia, pero en cesando de
llover, dentro de una hora ya está seca; y así el que la pasa
cuando ella corre es bobo, y por esto la llaman Mojabobos. Nosotros
pasamos con felicidad, porque ella aún no había tomado agua. A poco
rato vi una sendita que se desprendía del monte, y pensé que tal
vez habría por allí alguna casa de algún indio, y dije al mozo que
la siguiéramos, porque ya yo estaba mojado. La seguimos, ya poco
rato nos llevó al río de la Magdalena, porque era senda de
pasajeros para repararse de la sed en el río. Ya que estuvimos
allí, allí nos arranchamos porque el aguacero no cesaba.
Descargamos, y pusimos mi sobretodo de rayadillo y nos reparamos
del agua.
Al cabo de un rato cesó el aguacero, sacamos candela y secamos
la ropa. Del pescado asado compusimos para cenar. Sólo faltaba
pasto para las bestias, mas mi mozo me dijo que en secándose la
quebrada de Mojabobos, dentro de la misma quebrada había pedazos de
gramadales y hierba para las bestias, y así fue. Se secó la
quebrada, y allí se pusieron al pasto y se atrancaron con unos
palos para que no se salieran. Ya que cenamos, compuse mi cama y me
eché a dormir. Serían las diez de la noche cuando vinieron al
rancho las hormigas limpiadoras que noto Tomo Primero, capítulo
VII. Yo que sentí tanto hormiguero en mi cuerpo, díjele al mozo:
Mira, trae luz, que aquí no sé qué hay. Él me responde: Padre, esto
serán hormigas limpiadoras que han venido; no hay otro remedio,
sino huir. Yo ya había oído decir lo que hacían, y lo tenía por
chanza; hasta este punto no las había visto, pero esta noche lo vi
por la experiencia.
Yo viendo que estaba ya lleno de ellas, no tuve otro remedio
sino a toda prisa tomar la hamaca, y quitarme y dejar allí toda la
ropa, y ya limpio de ellas irme desnudo monte adentro, cosa de cien
pasos, y allí colgar entre dos árboles la hamaca, y allí me eché y
mi mozo también se fue monte adentro a dormir. Serían las tres de
la madrugada cuando ellas ya estuvieron otra vez conmigo, y por las
cuerdas de la hamaca se vinieron a mí. Yo dormía lindamente, pero
los picotazos que me daban me despertaron, y a toda prisa descolgué
y sacudí la hamaca, y me sacudí de ellas a mí, y me volví a
internar más monte adentro. Volví a colgar la hamaca, y me volví a
echar. Ya yo no me pude volver a dormir. Al empezar a rayar el día
ya las hormigas estaban conmigo entrándose por las cuerdas de la
hamaca. Yo a toda prisa la desaté y sacudí y me fui al rancho y lo
hallé sin una hormiga. Me vestí y llamé al mozo, el cual vino y yo
le dije que entretanto que yo aparejaba para almorzar, que se fuese
a traer las bestias.
Fuese el mozo, y yo asé un pedazo de tasajo, y entretanto que
venía me puse a almorzar. Aguarda y más aguarda, y mi mozo no
parecía. Ya yo llegué a sospechar que se habría huido. Serían las
nueve cuando apareció diciendo que las bestias no parecían. Dile de
almorzar para que se volviese a buscar camino adelante. Ya que hubo
almorzado bajó al río a beber. Había el río bajado, y había dejado
descubierta una playa hacia nosotros. Él se fue a ver si en alguno
de los charquitos que tenía, si había quedado encharcado algún
pescado, y en un recodo que en una quiebra hacia la tierra, halló
un bizarro caballo. Vino al instante a avisarme; yo fui allá, y al
verlo que tenía algún barro pegado, me hice la cuenta:Este
caballo, estándolo pasando en algún paso de los de arriba, se lo
llevó la corriente, y ha venido a dar aquí. Sin duda su dueño lo
habrá ido buscando, y viendo que no parece, habrá hecho la cuenta
que se anegó y se lo llevó el río. Lo cogimos y lo llevamos al
rancho con ánimo de llevármelo, y si parecía su dueño
entregarlo.
El mozo me dijo: Padre, dos leguas de aquí hay un pueblecito;
iré hasta allí a ver si allí han parecido las bestias. Mas de aquí
una legua desviado del monte a mano izquierda hay otro pueblecito.
En uno de los dos han de estar, porque no hay otra parte por dónde
poderse desviar. Entonces dije yo: Pues ensíllame este caballo y
yo iré a este pueblecito de más cerca, y tú te irás al otro, y las
traeremos de donde estuviera. Partimos los dos, y a cosa de media
legua el monte hacia una clara y en medio una sendita. Entonces
díjome el mozo: Padre, ándate por esta senda, y te llevará al
pueblo. Así lo hice, y él se fue camino adelante. Yo al cabo de un
rato empecé a encontrar pitahayas maduras que provocaban; me apeé,
y sin embargo, que ya estaban bien batidas del sol, comí hasta que
me harté. Proseguí después mi camino y llegué al pueblo cerca del
mediodía. El pueblo se componía de cinco casas. Un mestizo que allí
hacía cabeza me llevó a su casa, y en lo interim que me dio cacao,
mandó inquirir por mis bestias, y no hubo noticia alguna. El sol
picaba muchísimo, y yo determiné allí pasar la siesta. El mandó
hacer un sancocho de plátanos y tasajo, y esto comí cerca de las
tres, y no hallando noticia de mis bestias me volví al rancho.
Llegué allá, y cerca de las cinco llegó mi mozo, y dijo que las
bestias por la mañana habían parecido al pueblo, y que las habían
puesto en un potrero sobre un monte, y que no las querían entregar
sino a su dueño, y así que yo había de ir. Ya por entonces era
tarde, y ya seguro sabiendo dónde estaban, determiné ir allá al
otro día. Díjele al indio que se llevase el caballo, y que en la
quebrada de Mojabobos lo pusiera al pasto, y que lo asegurase bien
entretanto que yo guisaba para cenar. Puse tasajo a la olla y lo
cocí con arroz. En lo interim me fui a deshacer la cama de la
noche, y bajo de la cabecera una araña negra del tamaño de un
cangrejo grande y entre las piernas era colorada. Yo tomé un buen
susto sólo de verlo, y viendo que no se movía, tomé una vara y la
fui a urgar y no se movió. Aguardé a mi mozo y se la enseñé, y
averiguamos que no sólo estaba muerta, sí que también vacía, y sólo
la concha había quedado entera, porque las hormigas limpiadoras la
noche antes la toparon y se la comieron. Tenía ella dos colmillos
largos y arqueados como una culebra, y me dijo el mozo que su
picadura era mortal, y su veneno tan activo, que dentro de una hora
moría al que picaba tal araña. Entonces di gracias a Dios que había
mandado a las hormigas limpiadoras aquella noche, que de no,
pudiera haberme picado y me iba a la otra vida con su veneno.
Díjome el mozo que sus colmillos eran muy apreciados, porque era
contra dolor de muela, picado hasta hacer sangre en la encía de la
muela que dolía. Yo me los llevé y el uno lo perdí. El otro lo
mandé engastar en plata, y en la ciudad de Quito lo experimenté con
una señora perseguida por este dolor. Ella a lo que experimentó el
efecto, no me lo quiso volver, y se quedó con él.
Ya cenamos y nos pusimos a dormir, y a lo que vino la mañana me
fui a traer las bestias. Llegué al pueblo y las hube con un mozo
práctico de ir a traer del potrero. Allí había otras, y ya se
habían con ellas amadrinado y hasta mediodía no las pudimos coger.
Ya las llevé al pueblo, y había yo tanto bregado que estaba todo
mojado de sudor con el picante del sol. Yo estaba ayuno, y en una
casa compré queso y con plátanos asados comí. Ya yo vi que era
tarde para emprender viaje aquel día, y así me volví despacio, y en
la mitad del camino encontré dos mestizos de los del paso, que
venían en busca del caballo, porque mi mozo les había dado noticia
cómo lo habíamos encontrado, que el río se lo había llevado. Ya que
llegaron me lo dijeron, y yo dije que si era suyo que se lo
llevasen. Ellos me acompañaron hasta el rancho, y me dijeron que
allí cerca había un mulato que tenía su casa, y que allí podía
poner mis bestias seguras en un rastrojo que tenía. Lo fui a ver y
lo acepto y así nos pasamos con todo el rancho a dormir en su
casa.
Ahí junto estaba el río de la Magdalena, y luego nos fuimos a
pescar para cenar. Cogimos dos barbudos, y cenamos de ellos. Allí
había una mulata casada con dos hijas: la una de doce años y la
otra de nueve. Ella había dejado su marido, y vivía allí con otro
mulato, y estaba en días de parir, y decía ahora pariré que el
Padre está aquí y me bautizará la criatura y no habremos de
llevarla a Honda. Cerca de las ocho de la noche entróme un frío de
terciana que me hacía saltar, y me duró dos horas. Entróme después
la calentura y me duró veinticuatro. De éstas tuve siete con solas
tres horas de pausa entre una y otra, y con la circunstancia que al
entrarme la calentura, veía un palo con tres ramas secas y que me
decía que pegándole fuego a la raíz que hasta haberse todo quemado,
no se había de acabar la calentura, y así sucedía que poco a poco
veía yo quemarse el palo, y al acabarse de consumir volvía en mí y
me hallaba fresco y fuera de calentura. El trabajo se gravó porque
mi compañero, a lo que vio que por la mañana no sacaban razón de
mí, se fue para su tierra.
Cuando a la noche volví en mí y me lo dijeron, dije yo a un
mestizo que allí junto vivía con su mujer y tenía una gran
sembrería de tabaco, que si me volvía a entrar otra terciana
semejante, que se fuese al Guayabal y que le dijese al Alcalde, y
que ochocientas borregas que allí habían llegado, que eran mías,
que despachase a los indios y que de mi cuenta las hiciese guardar,
que yo en mejorando pasaría allá y pagaría todo el trabajo. Así se
hizo, y llegó el mestizo a tan buen tiempo que ya los indios,
viendo que no parecía, se querían ir y dejar el ganado sin guarda.
Puso el Alcalde dos mozos a guardarlo hasta que yo fui allá. A
séptima terciana que me dio me corrompió en curso, que ensucié toda
la cama con demasía sin sentirlo. El mulato y la mulata me trujeron
un servicio que tenían, y me pusieron en él, y viendo que en breve
rato lo llené de humor tres veces, pensando que yo me moría,
lloraban a voz en grito. Cuando yo volví en mí por la madrugada, oí
los lloros que hacían tan descompasados, y vi que los dos me tenían
abrazado y sentado en el servicio, me dio tal pasión de risa, que
sin poderme contener solté la carcajada tan desmedida, que les hice
mudar las lágrimas en risa.
El curso fue que me quitó la fuerza a las tercianas, porque
aunque prosiguieron hasta catorce o quince, pero ya no fueron con
mucha violencia y me duraban seis o siete horas. En todo este
tiempo yo no comí más que huevos, y ya que me recobré un poco,
determiné de irme a Honda a ver si hallaba quina para tomar.
Informado pues que mi ganado estaba en el Guayabal, en poder del
Alcalde, pagué el gasto al mulato y la asistencia que me habían
hecho, a más que ellos se habían comido dos arrobas de tasajo que
yo tenía, y un lomo grande cerdo salado. Pagué al mestizo su viaje
hasta que todos quedaron contentos. El mulato y el mestizo se
fueron por la noche a la playa a pescar bagre, y cada cual cogió el
suyo. Ya que los trujeron yo le compré al mulato la cabeza. Díjele
a la mujer del mestizo que la fuera a lavar. Luego las mulaticas
dijeron:Vamos a coger nicuros, que es el pescado que noto Tomo
Primero, capítulo VII.
Yo fui con ellas, y lo propio fue empezar a lavar, que a la
sangrasa y grasa que largaba, acudió una muchedumbre de nicuros.
Las mulaticas los cogían de las barbas, y los tiraban a tierra, ya
tengo uno, ya tengo dos, etc. Mas a la grandecita tiróle un
picotazo uno con la espina de la agalla en la muñeca, que le entro
más de un dedo, y se le quedó el nicuro clavado. Ella con el dolor
aprieta a correr a la casa, y gritando decía: No me lo toquen, no
me lo toquen. El mestizo lo cogió por la espina con los dientes, y
de un tirón se la desclavó. Yo viendo que la mestiza no parecía con
la cabeza de bagre volvíme al río y la veo que se iba corriendo por
la playa gritando: San Pablo, San Pablo. Entendí que había culebra,
llamé la gente, y hubo de ser una culebra toche que tendría seis
varas de largo, y de grueso apenas llegaría al grueso del dedo
pulgar. Ella se subió a las ramas de un árbol, y tenía una vista
tan penetrante como un águila. Ella nos miraba y sacaba una lengua
de cuatro dedos de largo. La mulata que gritaba: Mátenla, mátenla
presto, que ella nos quiere embestir. El mestizo y el mulato a
cañazos la echaron a tierra y la mataron. Ellos contaron que esta
especie de culebras se enroscan haciéndose un ovillo, y así dan un
salto de más de cien pasos cuando persiguen alguno para picarlo, y
su veneno es mortal. Dentro de breve rato mata.
La mestiza que se huyó por la playa se venía por dentro de su
tabacal, cuando incautamente pisó una víbora que allí estaba. La
víbora levanta la cabeza y pícale en la oreja del zapato, y con la
cola enróscasele en la pierna. Ella empieza a gritar. Fueron
corriendo allá y se la mataron, y se vinieron trayéndola muerta.
Toda la oreja del zapato dentro de breve rato quedó como si lo
hubieran quemado con la fuerza del veneno. Yo viendo que apenas
salíamos de un peligro cuando ya entrábamos en otro, díjele al
mestizo si me quería acompañar al Guayabal, porque al día siguiente
determinaba irme. Él me dijo que no tenía repugnancia, pero que más
me convendría irme por el río a Honda a convalecer, porque el calor
del Guayabal era mucho y podía recaer. Yo vi que tenía razón y
dije: Esto fuera bueno si tuviéramos una canoa para bajar, porque
haber de aguardar que pase alguna balsa de arriba con carne, tal
vez tardará muchos días en venir.
Entonces dijo el mulato: Padre, aquí abajo tengo yo un compadre
que tiene una buena canoa, y si lo pagas te llevará a Honda. Era
este un indio que vivía un cuarto de legua más abajo amachinado con
una india, que no tenía de mujer más que el sexo; la cara, la voz y
las acciones todo era de hombre. Tenían allí abierto por el monte
camino, y el mulato diciéndole yo que sí, lo fue a avisar, y al
instante vino con la canoa y la india. El me pidió doce reales por
el viaje, y yo se los di, y contraté con el mestizo que las bestias
me las había de llevar a Honda por tierra. Quedamos acordes para
partir al otro día de mañana. El indio y la india se quedaron allí
hasta la noche, y a la tarde catay que viene un mulato con una
lanza y un machete y pónese con todos de conversación. Él era algo
suelto de lengua, y dos veces dijo: El paraje está bueno. Es este
un buen rinconcito. Como allí los tres que vivían sus mujeres no lo
eran, sino mancebas; levántase la india que se figuró que por ella
hablaba el mulato, y de un tirón quítale el machete y dale un
machetazo en el pecho, y quiébrale dos costillas, que yo a lo que
vi el chorro de sangre me figuré que no viviría una
hora.
Armóse al instante una gruesa de blasfemia y maldiciones. El
mulato tírale a ella con la lanza y clávala en un brazo. Todo era
gritos y confusión. A mí que me coge el frío de la terciana, y toda
la casa iba revuelta y llena de sangre. Por fin ello se vino a
componer, porque el mulato herido era esclavo e iba huido de su
amo, y por no caer en su mano, no quiso pedir justicia. Ellos
trujeron hojas de eliso y varias recinas del monte, y le
compusieron las costillas y los curaron a los dos. Ya cerca la
noche el indio y la india se fueron por tierra a su casa, dándome
palabra que bien a mañana vendría y nos bajaríamos a
Honda.
La mulata preñada me había pedido que le diese una camisa para
hacer camisitas a la criaturita que pariese. Yo como no tenía más
de dos, la que me dio la negra del cura de Neiva y otra que adquirí
en Tunja, viéndome necesitado de ella con las tercianas no se la
había querido dar. Ella aquella noche parió, y su mancebo el mulato
cogió mi camisa y la misma noche la mestiza de ella hizo camisas y
pañales a la criaturita. Ya que vino el día trataron de que yo
bautizase el chiquillo e hicieron compadre al mulato herido y
comadre a la india herida, y con el compadrazgo hicieron la paz.
Hasta cerca de las ocho no apareció el indio. Yo bauticé la
criatura y cuando partimos ya eran las diez.
Embarcáronse todos mis trastos y con la bulla no advertí con mi
camisa. Tiramos río abajo y a breve rato éntrame la terciana. El
frío duró media hora, pero la calentura me entró con mucha fuerza y
como sin resguardo iba al pique del sol, me abrazaba vivo. Sería
mediodía y ya no podía aguantar más. Viéndome el indio tan opreso,
se arrimó a una casita que topamos de unos indios, y en brazos me
sacaron a tierra. Me subieron a la casa, y ya puesto a la sombra me
alivié un poco. Me hicieron un caldito con huevos y tomé un poco, y
picaba tanto que toda la boca me lastimé. Volvimos después a partir
y díjome el indio: Padre, nosotros no llegaremos a Honda, porque el
señor Corregidor me quiere meter a la cárcel, porque no quiere que
yo tenga a la india en casa, y yo la quiero tener, porque aunque
come mucho, también trabaja mucho y ya me ha hecho tres hijos. Yo
le dije que se casaran y él me respondió: Yo me quiero casar con
otra. Ahora iremos juntos a Honda y pararemos en la fábrica de
aguardiente que la gobierna un mulato amigo mío, y allí te
quedarás, y allí te llevará el mestizo las bestias, que ya yo se lo
avisé, y el mulato me ha dicho que no busques tu camisa, porque
para el chiquillo anoche la rompieron, y le han hecho camisitas y
pañales.