CAPÍTULO
VII
Contiene lo que me sucedió en la ciudad de Tunja hasta llegar a la
villa de Honda.
La ciudad de Tunja es cabeza de la provincia, y es una de las
principales ciudades del reino de Santa Fe. Su temperamento es frío
y seco. Es ciudad de mucho comercio, y está situada entre unas
lomas de una greda colorada, y ya por esto como también por lo
rígido del temperamento, cría por cerca de la ciudad muy poco pasto
la tierra. Tiene buenas haciendas y mucho ganado vacuno y ovejuno.
Tiene buenas cosechas de trigo, maíz y papas. Todos los sábados hay
feria y de Vélez traen muchos azúcares y toda la variedad de dulces
y los venden muy baratos, y por ello la gente es en extremo muy
aficionada al dulce.
Yo me fui derecho al convento de San Francisco en donde fui bien
recibido del Guardián con la carta de recomendación que llevaba del
Provincial. Allí me destinó un religioso español llamado el Padre
Fr. Francisco Flórez, que tenía mucha introducción en la ciudad,
para que él me guiase al fin que yo llevaba de recoger unos
borregos de limosna. Tenía este religioso allí otro hermano casado
que era mercader, y los dos se juntaron para el efecto. Ellos
echaron el proyecto
de informarse primero de las cosas de la
misión y de los estilos de aquellas naciones bárbaras, y después
publicaron mi venida y lo que yo les había contado. Fue este un
pensamiento muy a propósito, porque a los tres días de llegado, no
cabía la gente en el convento de gente eclesiástica y seglar, a ver
al Padre misionero, como si fuera yo un hombre venido del otro
mundo o venido del cielo.
Reparó el Padre Guardián la general conmoción que había causado
en toda la ciudad mi venida, y me rogó que me dedicase a predicar
unos días una misión, porque a más de habérselo rogado el señor
Corregidor y los señores alcaldes, ya se había escampado por la
ciudad que yo había de predicar una misión. Yo conocí que la
petición era justa, y condescendí en ello, pero con la condición
que no había de durar más de ocho días, y que los Padres del
convento en ellos se habían de dedicar a la asistencia del
confesionario. Así se otorgó. Se dio la noticia al Corregidor y
alcaldes, y catay que se vienen al convento con el cura y todo el
común empeñados que la misión se había de predicar en la parroquia,
porque el concurso sería grande y la iglesia de la parroquia era
más capaz que la del convento.
Esta especie no se recibió ya muy a gusto del Guardián ni la
comunidad, y vino en un instante a formarse un pleito, alegando
cada cual sus razones a su favor. El Corregidor y alcaldes también
se dividieron en dos partes y se redujo todo a gritería. Ya cerraba
la noche cuando dijo el Padre cura: Pues señores, déseme siquiera
un gusto, y si me lo otorga el Padre misionero, habemos de convenir
todos que la misión se predique donde el Padre misionero
determinase. Todos dijeron que sí, y así el Guardián como el
Corregidor y alcaldes.
Entonces dijo el Padre cura: Pues, Padre misionero, yo con las
noticias que he oído de las cosas que usted ha contado de los
indios bárbaros, he conocido que en la ciudad entre la gente
sobresaliente reina un grande deseo de oírla contar de su boca, y
así lo que pido es que en cada sermón vaya enlazando los estilos de
aquella gente bárbara con un pedazo de relación de lo que allí
pasa, que siendo aquello conducente para que nosotros conozcamos el
beneficio que logramos de no haber nacido en aquella barbaridad,
con facilidad por ahí se puede introducir la materia moral de lo
que se hubiese de predicar. Yo le respondí que esto no fuera
difícil de combinar como yo estuviese de espacio para poderlo
siquiera notar al propósito, pero de improviso haber de enlazar lo
histórico a lo moral, que a más de ser impropio para una misión,
distraía el fin principal de la misión, que era la compunción del
pecador y su conversión; que yo lo que podría sólo hacer era
supuesto que para lograr las indulgencias que en la misión se
publican, era necesario explicar un punto de doctrina cristiana que
me dedicaría en ella cada día antes del sermón a enlazar lo que
entre aquellos bárbaros pasaba relatando cada día un pedazo de
historia, que me pareciese más a propósito.
A todos les pareció bien mi respuesta, y entonces me dijo el
señor Corregidor que yo eligiese en dónde predicar la misión. Yo
considerando que si determinaba que en el convento, como me parecía
más razón, por ser bien capaz la iglesia, pero que quedaba
desairado el Padre cura, y todo el común, y esto nunca me estaba a
mí bien; y que si escogía la parroquia desairaba al Guardián y la
comunidad, y esto también me estaba a mí mal, respondí: Señores, yo
por no desairar a ninguna de las partes, determino, supuesto que el
concurso será grande, y a este beneficio tienen tanto derecho el
pobre como el rico, digo que la misión se predique en la plaza. A
todos les cayó en gracia mi elección, y se celebró mandando el
Padre Guardián sacar para todos un refresco. En lo interim dije yo:
Supuesto, señor Corregidor, que esto así se haya de efectuar, me
parece que V.S. determine el puesto donde haya de ponerse el
púlpito, y al mismo tiempo destinar puesto para la ciudad y puesto
también para los eclesiásticos, y si es que quieran concurrir en
forma de comunidad, para quitar contiendas, que se le dé a cada uno
el lugar que le pertenezca y estuviese en práctica de la
ciudad.
Así quedó resuelto y determinado que al otro día a la oración se
saldría con el asalto de nuestro convento, y dando una vuelta por
la ciudad en que se predicarían dos sermones encargándose de uno el
Padre Guardián, y del otro el Padre cura, se vendría a terminar la
función en la plaza con mi plática en que abriría la misión y se
publicarían las indulgencias. Yo advertí al señor Corregidor que
desde la primera noche destinase seis rondadores, que rondasen
todas las calles todo el tiempo que durase la función de la plaza,
para que no sucediese lo que suele suceder de hunos y otras
monstruosidades en semejantes congresos. Todo se dispuso muy a mi
gusto.
Al otro día se armó el púlpito, se puso escaño para el señor
Corregidor, alcaldes, regidores y demás señores de la ciudad. El
Padre cura y el común preparó su lugar; lo mismo hizo la comunidad
y la de Santo Domingo. El pueblo preparó mesas, sillas y escaños, y
los señores mercaderes hicieron para sí un tablado muy decente.
Toda la ciudad estaba alborotada aguardando oír predicar un ángel
del cielo o un apóstol del Nuevo Mundo. Sólo yo estaba confuso, sin
saber por dónde empezar. Aquí hay que notar que en todo el Perú, en
los pueblos y ciudades de comercio, las tiendas de mercancía y
pulperías por lo regular están en rededor de la plaza, y unas y
otras en nombre afrentoso suelen llamarse covachas. El mismo título
de covacha dan a aquellos caramancheles que arman en la plaza los
que concurren con géneros para vender en las ferias. Hube yo pues
de deliberar aquella tarde de fundar una idea de la misión en
metáfora de un gran mercader que había llegado a Tunja con una gran
porción de almas en pecado mortal, a ver si hallaba quién me las
quisiese comprar, ponderando cada día una felicidad del alma en
gracia de Dios, y una infelicidad del alma en desgracia suya. Y
para punto de doctrina cristiana explicar en ocho pláticas los
rudimentos de la fe, y en cada uno los impedimentos que el demonio
tenía puestos para que no entrase esta luz en los indios bárbaros,
con la historia de sus estilos y observancias.
Ya que tuve ordenado el orden que yo había de guardar en mis
sermones, comuniqué al Padre Flórez una idea que me ocurrió y podía
ser muy del caso para terror del auditorio, y fue que entre él y su
hermano con todo sigilo buscasen un par de cadenas, y que al
empezar yo a ponderar la fealdad del alma en pecado mortal, las
hiciesen sonar arrastrándolas por las esquinas de la plaza. Él lo
comunicó a su hermano, y lo ordenaron con tal sigilo que todos
creyeron que había sido aviso del cielo. En el convento había dos,
y otras dos que ellos buscaron, y dentro de canastos se
traspusieron cada cual en su paraje sin ser sentidas. Se buscaron
cuatro negros, y éstos desnudos y la cara tiznada de almagre con un
hachón de pita embreada en la mano con candela, desgreñada la
melena, ordenándoles que arrastrando las cadenas así habían de
aparecer a la plaza cuando yo desde el púlpito los
llamase.
De toda esta idea yo no sabía nada, porque yo sólo había
ordenado que a su paso y tiempo se oyesen arrastrar las cadenas. Ya
vino la hora, y a la seña de la campana se congregó en nuestra
iglesia una gran multitud de gente. La comunidad con los hermanos
terceros ordenaron la procesión, la que despedí yo con una plática,
y el Padre cura concluía con un santo Cristo mediano acompañado
todo de faroles, y ceñían su lado el Guardián y el Padre prior de
Santo Domingo. Salimos pues rezando la corona, y a cada tres
avemarías una flecha. A trecho proporcionado predicó el Padre
Guardián, y en otro barrio el Padre prior. Cuando llegamos a la
plaza, y en concurso hubo cada cual tomando su lugar, ya serían las
diez de la noche. Estaba la plaza que es bien capaz, toda llena de
gente, y en derredor habría más de cincuenta faroles alumbrando. La
noche estaba serena, y lo mejor que el auditorio guardaba
silencio.
Yo subí al púlpito indeciso cómo había de empezar la plática, y
las primeras palabras que se me ocurrieron fueron éstas, y con
ellas empecé: Salid, demonios, de estas infernales covachas, que os
traigo a vender una partida de almas en gracia de Dios. Lo propio
fue oír los negros que estaban prevenidos: Salid demonios de estas
infernales covachas pensando que yo ya los llamaba a su función,
pegan fuego a los hachones de pila embreada, y aprietan a correr
hacia la plaza. Como fue esto de improviso, y el ruido de las
cadenas era tan vivo, porque Tunja tiene las calles todas
empedradas, y se oía venir corriendo, y de tan cerca se conmovió un
alarido y llanto tan exorbitante, que no sé con qué compararlo. Los
que estaban en los cuatro ángulos de la plaza, cada cual atendió al
ruido que le venía de más cerca; y al volverse a mirar y ven venir
a los negros con la cara colorada, y con el hachón que levantaba
dos varas de llama, pensaron todos que en realidad eran dominios, y
por huir cada cual al viento contrario, empezaron a atropellarse
unos con otros con tal gritería, que parecía un día de juicio. Más
se aumentó el alboroto y alarido, porque como quedaron las cuatro
esquinas despejadas de gente, a lo que asomaron los negros a la
plaza cada cual a su esquina, haciendo ademanes de querer embestir,
levantando y bajando con compás los hachones, el Corregidor con los
señores, los mercaderes del tablado, el común y las dos comunidades
que hasta entonces habían estado sólo alterados, soltaron las
riendas al miedo y a la voz, y se dobló el alarido. Y como veían
que no había por dónde escapar, crecía por instantes la
congoja.
Yo que tenía fundamento para poder discurrir lo que era, con
todo me alteré tanto, que no me hubieran sacado sangre. Así
estuvieron un rato los negros, y se fueron. Al llegar a su paraje,
mataron los hachones, se quitaron las cadenas, y cada cual en su
canasto la llevó a casa de Flórez. El Padre Flórez y su hermano,
autores de la treta, querían sosegar el tumulto, pero no había
medio. Los señores y mercaderes que saltaron de su puesto sobre los
que estaban apiñados, el que pudo se iba a agarrar de un sacerdote.
El Padre cura y el Corregidor se agarraron del santo Cristo; todos
confesaban a voz en grito sus pecados; a todos los clérigos les
rompieron el manto de tafetán; los frailes dominicanos se fueron
con los hábitos destrozados; los frailes nuestros hubo quien llegó
al convento sin manto, y cual con un retazo; a mí me despedazaron
el hábito y el manto, y don Manuel Flórez la misma noche trujo una
pieza de jerga y me vistió de nuevo. Quinientas y más personas se
sacaron de uno y otro sexo amortiguadas de la plaza. Duraría el
tumulto más de hora y media, y ya se iba sosegando. Yo ya que pude
escapar con las manos todas arañadas, me fui a casa de don Manuel
Flórez, y me encontré con el Padre cura y el Corregidor, y varios
señores y todos llorando. Esforcé al Corregidor y a todos los demás
para que se fueran y mandaran abrir todas las iglesias, y que
mandaran tocar a plegaria un rato, y que en cada iglesia
respectivamente se cantase un
Te Deum Laudamus, y que se
mandase a todos los confesores que se pusieran a confesar para
desahogar la gente, porque sin duda todos acudirían a la
iglesia.
Ordené también al señor Corregidor que fuese a la plaza y que
pusiera guardas, y que llevasen allá vinagre y destinase quién lo
fuese aplicando a confortar a los que estaban allí desmayados. Todo
se hizo conforme ordené. Hasta por la mañana no se despejó la
iglesia. A lo que se oyó tocar a plegaria, acudió a todas las
iglesias la gente, y después del canto se pusieron a confesar hasta
que por la mañana se hubo de mandar hacer pausa para poder celebrar
y rezar los oficios divinos. Yo no me fui de casa de don Manuel
Flórez hasta las diez del día, que entre cuatro mujeres y cuatro
indios sastres me hubieron cosido mi vestido.
Ya que se despejó la casa de gente extraña nos retiramos a un
cuarto a tomar cacao los tres, don Manuel, su hermano y yo, y
empezamos a discutir sobre el caso, a ver si sería del caso ir
propagando la voz, declarando lo que había sido en realidad, o si
sería mejor dejar al pueblo con su aprehensión de que en realidad
habían sido demonios del infierno. El Padre Flórez era de parecer
que se desengañase la gente con la verdad, para que depusieran el
miedo, receloso de que ya nadie quería acudir a la plaza a oír la
misión. A este parecer se oponía su hermano don Manuel, temeroso
del Corregidor y demás señores, que si sabían que él había ordenado
aquella mano tan pesada, podrían tomarlo a mal y hacerle alguna
vejación, porque tal vez en la plaza algunos habrían salido
escalabrados, otros con algún miembro descompuesto, y de los que
allí estaban tendidos, podría alguno morir, y él se llevaría de
todo la culpa. Yo fui de parecer que por entonces se dejase el caso
oculto, porque tal vez pudo ser providencia de Dios para reforma de
la ciudad y que nos estuviésemos a la mira a ver el efecto que
resultaba. Porque aunque de pronto se declarase la verdad, y aunque
yo lo declarase desde el púlpito, no se había la gente de
desengañar, porque fue muy vehemente la aprehensión, y que siempre
quedaba tiempo para declararlo, ya que la gente estuviese sosegada,
y que lo que más convenía por entonces era largar las riendas al
fervor, para que se desahogasen las conciencias, y que yo mismo
antes de irme declararía el caso, según viere que conviniese. Este
parecer se aprobó, y juntamente que todo el primer día se
prosiguiese confesando la gente; pero que después no se volviese a
confesar a nadie hasta que yo hubiese predicado dos o tres sermones
para que el fervor represado algún tanto, abortase después con más
eficacia y valentía. Este designio se notificó al Padre cura y al
Padre Guardián y al Padre prior de Santo Domingo, y lo aprobaron y
así se hizo.
Desde las once del día que me fui al convento, hasta las cinco
de la tarde no me dejé ver de nadie, sí sólo del Guardián y algunos
religiosos que estaban todos con aspecto de difuntos. Yo a
disimular cuanto podía, y podía poco, porque ya la representación
de la especie, me provocaba a risa. Todos aguardábamos que a la
noche no parecería nadie a la plaza, yo ideé que si al tocar la
oración, el pueblo no parecía a la plaza, que saliesen dos
religiosos por cada vereda con un santo Cristo y una campanilla
tirando saetas, y convocando a voz en grito a oír la palabra de
Dios en la plaza. Un poco antes de la oración se empezó a tocar al
sermón en el convento, y cuando se tocó la oración ya la gente no
cabía en la plaza. Con todo salieron los religiosos por las calles.
Vino la ciudad a acompañar la comunidad y la tercera regla, y nos
fuimos a la plaza. Subí al púlpito, expliqué un punto de los
rudimentos de la fe, y expliqué un poco de historia de la
barbaridad de los indios, y después entré en el sermón
moral.
Empecé en esta forma: Anoche, cristiano auditorio, el diablo se
llevó el sermón, porque se vino sin llamarlo, porque cuando dije:
Salid, demonios, de estas infernales covachas, que os traigo a
vender una partida de almas en gracia de Dios, yo no llamaba a los
demonios de las cavernas infernales, sino a los que están metidos
en estas covachas de pulperías, en estas covachas que se arman en
esta plaza todos los sábados de que por tan familiares, ya no se
espantan los mercantes usureros, los logreros trampistas y los
comerciantes de la vida airada. Prediqué contra el engaño en el
comercio ponderando la felicidad de Luzbel y sus secuaces con la
hermosura que lograron por el primer grado de gracia y merecieron
con el primer acto de amor de Dios que hicieron; y después su
infelicidad y fealdad que le acarreó el primer pecado mortal que
consintieron. El pueblo no podía contenerse en lágrimas, y
publicadas las indulgencias de la misión, al concluir en el acto de
contrición a voz en grito pedían todos perdón y misericordia. Ello
se prosiguió con toda felicidad y mucho fruto espiritual de las
almas.
En aquellos días hicieron paz los enemistados, se despidieron
las mancebas, se restituyeron grandes cantidades y hurtos de muchos
años, y por fin se reformó toda la ciudad que los confesores desde
que amanecía, hasta mediodía cogían a dos manos el fruto espiritual
de la reforma de costumbres. A los tres o cuatro días comenzaron a
divulgarse por la ciudad varias mentiras: unos decían que yo había
traído a estos cuatro demonios de los que están metidos entre los
indios bárbaros, y que los traía atados y metidos dentro de mis
petacas para aterrar a la gente cuando hacía las misiones; otros
decían que los había tomado de aquellas dos pocitas de agua fría y
caliente que hay junto a la Ovejera; otros afirmaban que había en
la ciudad quien los había visto salir de un albañal que hay tras el
convento nuestro, y que por allí mismo los habían visto entrar
después y que todos los viernes salían por allí, y se iban a la
plaza a la media noche llenos de fuego verde; otros decían que los
vieron cuando se iban volando por el aire, y que de encima de un
cerro habían estado toda aquella noche tocando un tambor y
arrojando balas de fuego verde a la ciudad para quemarla y no
pudieron, porque el santo Cristo grande y mediano que se había
sacado del convento, había llorado sangre y que me había llenado a
mí las manos de sangre, y que la sangre quemaba y me había quemado
las manos, y que las tenía de ello lastimadas. Corrían generales
por toda ciudad todos estos y otros embustes, y varias personas de
distinción vinieron a mí a consultarme cuál fuese la verdad de lo
que se decía. Yo a todos respondía que yo no me atrevía a deliberar
qué podía ser, sólo sí que juzgaba que había sido providencia y
aviso de Dios para que cada cual según su estado se arreglase a la
ley de Dios.
No fue menos lo que se divulgó por aquellas provincias
circunvecinas y llano de Santa Fe. La más general fue que estando
yo predicando, se había abierto la plaza, y habían salido una
partida de demonios, y se habían querido llevar al señor Corregidor
y a los alcaldes, y que ellos se agarraron al santo Cristo, y así
escaparon. Otros decían que estando yo predicando, llamé a los
demonios, y que habían acudido una muchedumbre llenos de fuego, y
que habían embestido y muerto a tanta gente. Otros decían que
estando yo predicando vinieron los demonios y que me querían matar
y que yo batallé con ellos, y todos me arañaron y llenaron de
sangre. Otros decían que estando yo predicando, y no queriéndose la
gente convertir, que del santo Cristo había sudado sangre, y que me
quemó las manos y que entonces llamé yo a los demonios, y que
habían aparecido de ellos una gran caterva y se habían llevado
muchísima gente.
Yo concluí mi misión con mucho fruto espiritual, y creo que
hasta la hora presente nadie sabe lo que fue excepto el Padre
Flórez, su hermano don Manuel y yo. Acompañado de estos dos salí a
pedir la limosna, y se congregaron unos pesos y doscientas veinte
borregas y carneritos. El Padre prior de Santo Domingo un día que
fui a hacerle visita me enseñó tres alhajas de la Virgen del
Rosario, dos joyas y una corona imperial todo de oro. La joya más
chica tenía quinientos pesos; la otra tenía mil ciento; ellas muy
bastas y tachonadas de esmeraldas que valdrían más de doscientos
pesos. La corona tenía cuatro mil pesos de oro, y era obra muy
delicada fabricada en Santa Fe. Tenía en la delantera tres
esmeraldas, un poco mayores que todo el hueco que hacen los dos
dedos, índice y pulgar redondeados. Como yo hasta entonces no había
visto jamás piedras preciosas tan grandes, me quedé parado de
verlas con un verde tan encendido y bien cuajado como pueda haber.
Su fondo embelesaba la vista, y los ochavados que tenía no se
podían mejorar. Yo le pregunté si sabía cuánto habían costado, y me
respondió que cuatrocientos pesos cada una en Santa Fe. Del tamaño
de la uña del dedo pulgar tenía varias, y toda ella sembrada de
tachones, medio tachones y puntitas. Es una de las más preciosas
alhajas de cuantas he visto.
Él buscaba ocasión de tener conmigo un rato de conversación, y
este día logró su intento, y entre varias cosas que me preguntó fue
una si yo había visto molinos de viento. Yo le dije que en Mallorca
los más lo eran. Él me dijo si me atrevería a hacer uno. Yo le dije
que con poca diferencia lo trazaría. Entonces me formó un grande
empeño en que de cartón le había de trazar uno con todas sus
piezas, porque deseaba fabricar uno en una hacienda que tenía el
convento, porque teniendo tres haciendas juntas, sólo tenían una
atahona, y pasaban mucha penuria de ello. Ello al instante se buscó
cartón; un indio carpintero me formó de palo las piedras y los
palos que yo le dije. Un herrero formó los ejes y elevasón, y por
fin yo tracé el molino con velas y cuerdas, y puesto en forma se lo
llevó a probar al viento, y al ver que quedaba todo corriente, no
le cabía en el pecho la alegría y me regaló un quintal de
chocolate.
Yo despaché por delante el ganado, ya los quince días volví a
salir de Tunja para Bogotá. Algunos amigos me dieron algunas
limosnas secretas, y sabiendo que me habían muerto mi mejor caballo
y otros dos con el frío de aquella provincia, uno me regaló una
buena mula de carga, y otro un buen caballo, y me acompañaron dos
leguas de camino. Revolvimos por los mismos pasos atrás hasta
Bogotá, y allí hallé que todo junto el ganado eran trescientas
treinta cabezas. En los pueblos del camino donde hacíamos noche, no
me veía de polvo para responder a tanta pregunta que me hacían
sobre los demonios de Tunja y otras novedades que por allí volaban
de que en Santa Fe el señor Virrey quería asolar la ciudad de
Tunja, y llevarse el santo Cristo que sudó sangre. Y que la sangre
que cayó a tierra estaba allí ardiendo, y que no la podía recoger
porque quemaba y otras mil mentiras.
Yo al llegar al indio del puente ya me previne para tener con él
otro debate, pero no sucedió así, porque a lo que me reconocieron
los del puente, nos abrieron las trancas y nos dejaron pasar en
paz. Yo discurrí que o la noticia de los demonios humillaron al
indio, o que él daría noticia al cura de lo que conmigo le había
pasado, y el cura le diría que con eclesiásticos no se metiese,
sino que los dejase pasar. Ello fuese como fuese, el indio no
pareció, y nosotros pasamos sin pagar. Llegamos a Bogotá y junta
toda la limosna de plata sumaba doscientos y más pesos. Yo le dije
al Padre cura que quería que se emplease en borregas y borregos. Él
me dijo: pues donde lo hallará con conveniencia será en el
Aicadero. Con esto alquilé tres mozos para que me condujeran el
ganado a La Mesa de Juan Díaz, con carta a doña Gertrudis Vargas
para que me lo mantuviese hasta que yo llegara con otro
poco.
En lo interim pasé yo al Aicadero, que como llevo dicho está en
el recodo a la mano izquierda de la Venta de Balsillas. El
caballero a lo que me vio sospechó que yo era el misionero que
venia de Tunja, y me contó treinta mil disparates de las noticias
corruptas que allí habían llegado. Yo le dije si daba algún borrego
de limosna para la misión, y me dio diez. Después le dije que de la
limosna en plata que me habían dado, venía con ánimo de comprarle
unas borregas. Él me dijo que para llevarlas camino tan largo
habían de ser de tres reales cada una, que es ya una oveja hecha,
pero todavía sin haber parido. A este precio me vendió
cuatrocientas, con pacto que me las había de trasponer a La Mesa de
Juan Díaz. Así se ajustó. La demás plata, que fueron cuarenta
pesos, la guardé para alquilar peones para la
conducta.
Yo partí por delante con un indio como compañero, y fuimos a
dormir a la venta del monte de Tena. Al otro día salí a El Descanso
y fui a la misma casa o venta que antes me había hospedado. El
indio que me acompañaba, que era de Bogotá, a lo que llegué se huyó
y no lo volví a ver. Al caer la noche sobrevino un mestizo mozo, y
sabiendo que yo iba desviado de mozo, se alquiló conmigo a dos
reales por día hasta Llano Grande. Con esto le mandé dar de cenar y
me asé un pollo para el otro día. Ya que amaneció, yo traía un
bollo de cacao de una arroba, que en Tunja me habían regalado, y en
el llano de Santa Fe y monte de Tena se había con la humedad puesto
tan blando como queso fresco, y para almorzar díjele: Abre esta
petaca, y dame esta servilleta que hay un bollo de cacao. El hizo
lo que yo le mandé; tomé el bollo y como quien taja un pedazo de
queso, corté un trozo, y volviéndolo a envolver con la servilleta
se lo di diciéndole: Vuélvelo a poner donde estaba, y con esto tomé
la olletica y me arrimé a la candela a componer el chocolate para
almorzar.
Ya que tomamos cacao fui a abrir otra petaca en que traía un
bote de tabaco para proveer mi cajeta, y casualmente, ya que la
hube llenado, sin taparla le puse encima la petaca y con el peso le
rompí la mitad del borde del labio. Cierro la petaca, y voy con la
tapa en la mano a buscar la cajeta. Busca y más busca y no la
hallaba. Buscando la cajeta advierto que el mozo tras de otra
petaca había puesto el bollo de chocolate envuelto con la
servilleta. No malicié por entonces cosa alguna. Abrí la petaca,
meto la olletica, y metí juntamente el chocolate, y levantando la
petaca encontré la cajeta. Ya nos alistamos para partir, y al haber
andado cosa de trescientos pasos, díceme el mozo: Padre, pase
adelante que yo entro al monte a una necesidad. Yo así lo creí.
Aguarda y más aguarda, él no volvió a aparecer. Al cabo de un rato
veo venir a un negro, y le pregunté si lo había visto, dando las
señas, y él me dijo: Padre, este mozo ya se va huyendo por el monte
de Tena a Santa Fe; si quieres yo te arrearé las bestias hasta La
Mesa. Así me hizo este beneficio este negro y me acompañó hasta la
casa de doña Gertrudis Vargas. A lo que llegué me informé del
ganado, el cual estaba en el pasto, mas me dijeron que para sacarlo
a Llano Grande convenía más irme y llevarlo por La Mesa de
Caballero, y de allí al Guayabal de Mariquita, que irme derecho por
el paso real, porque como el ganado no estaba versado a los calores
que de allí para adelante venían, en el monte del paso real, como
no hay agua en dos días ni pasto para el ganado, que me moriría
mucho del calor, y que los que sacaban ganado de lana siempre lo
llevaban por La Mesa de Caballero al Guayabal de Mariquita, en cuyo
camino no falta pasto ni agua; y de no, era preciso del trapiche de
don Felipe Otálora remitir por delante pasto y agua para todo el
ganado.
Yo tomé su consejo y determiné irme por La Mesa de Caballero, y
aquella misma tarde se alquilaron tres peones que lo condujeran. En
casa de doña Gertrudis no tuve necesidad de abrir petaca alguna,
porque allí me proveyeron de todo lo necesario, y venida la mañana
después de almorzar me partí, acompañado de un indio, y ya mi
ganado iba por delante. Doña Gertrudis quedó con el encargo de
remitirme al Guayabal el otro que venía por detrás del Aicadero, y
así salí de La Mesa de Juan Díaz para La Mesa de Caballero por un
camino caracoleado hecho a pico, y cavado en la misma peña, tan
estrecho, que sólo puede pasar por él una bestia cargada, y antes
de emprenderse es menester gritar a ver si hay alguien, porque si
se encuentran dos bestias dentro del caracol, no hay como devolver
ni desviar, y es preciso ir reculando la una hasta afuera. Era esto
el miércoles de Carnestolendas. Caminamos todo el día, y a las
cinco de la tarde llegamos a La Mesa de Caballero.
Ya casi arriba hay un trapiche que es de una señora viuda que
allí vive. Había en el trapiche muchos negros que trabajaban, y yo
viendo que la mula negra que en San Luis me regaló don Luis
Gutiérrez venía cansada, pregunté a un negro quién gobernaba. El me
dijo: Aquel negro es el caporal. Y yo le hablé y le dije que me
tuviese aquella mula a buen recaudo y que dentro de tres o cuatro
días vendrían del Aicadero unos indios trayéndome una manada de
ganado, y con ellos me la remitiesen al Guayagal de Mariquita. El
negro me hizo mucho agasajo, y nos dio guarapo; puso la mula a
comer cogollo, y me dijo que ya mi ganado estaría arranchado una
legua de allí en buen pasto, que subiese arriba a arranchar en la
casa, y que allí estaba la señora. Subimos arriba y la señora me
hizo mucho agasajo; descargamos y el mozo se llevó las bestias al
trapiche a comer bagazo y cogollo.
Después de haber reposado un rato, me levanté, y sacando la
olletica díjele a la señora: Le sacaré chocolate, y tomaremos. Abro
la otra petaca, y voy a buscar el bollo de chocolate, pero ni el
bollo ni tampoco la servilleta en que iba envuelto pareció. Al
instante hice juicio que el mozo que se huyó en El Descanso tuvo
maña, al tiempo que estábamos cargando, de sacarlo de la petaca, y
que cuando yo allá lo encontré tras la petaca buscando mi cajeta,
que él ya allí lo había puesto con ánimo de hurtármelo. Viendo que
no parecía habiéndolo yo allí puesto en El Descanso, dije: Pues,
señora, un mozo que se huyó, me lo habrá hurtado. Pero con todo,
tome usted este pollo que está asado, y mándelo calentar y
merendaremos. Voy a la otra petaca a sacar el pollo, y tampoco
pareció con otra servilleta que estaba también envuelto, y yo lo
había allí puesto de mi mano. Registré entonces con atención, y me
faltó un plato fino portugués de dos que había sacado de la misión,
y yo en ellos había comido en El Descanso.
Entonces hice matar un par de pollos a la señora, y de uno
cenamos y el otro lo llevé asado para comer al otro día. Al otro
día volví a partir y fuimos a dar a la noche a un trapiche de los
Padres de San Juan de Dios del convento de Santa Fe. Allí vivía un
Padre que había formado allí aquella hacienda, que tenía mucho
ganado y bestias, y juntamente tenía fábrica de azúcar. El me hizo
mucho agasajo, y me dijo que ya mi ganado estaría arranchado a la
otra parte del pueblo, que estaba cosa de un cuarto de legua de la
hacienda, y era curato dominico que pertenecía a Santa Fe. A la
noche me dijo que si le quería comprar unos borregos de a tres
reales por cabeza, y yo le dije que borregas sí, pero borregos no,
porque yo lo llevaba para cría. Él convino, porque tenía de sobra,
y le compré sesenta, y acabalé ochocientas cabezas de ganado
ovejuno. Yo traía un burro y una burra que en Tunja me habían
regalado, y él hizo grande admiración que por aquel camino tan
fragoso hubieran aguantado. El se enamoró de ellos, y ya que
hubimos ajustado la compra de las borregas me dijo que le hiciese
el favor de vendérselos. Yo viendo que a mí no me podían servir le
dije que sí. Ello se ajustó con darme las borregas y un machito
hijo de burra muy bueno, aunque chico de cuerpo.
Esta noche, que era jueves de Carnestolendas, en el Guayabal de
Santa Fe que yo acababa de pasar dos días había sucedido este caso
que digo: En una casa estaban con gran bulla bailando un fandango;
cerca de la media noche salió a bailar con una moza un mestizo mozo
de veintitrés años, y estando danzando vino súbitamente un demonio
con una figura de hombre horrorosa, con cara de gigante, que hacía
más bulto que todo su cuerpo; y tomando al mozo por el cabello, se
lo llevó por el aire y lo tuvo así suspenso tres horas. A las tres
de la madrugada lo volvió a dejar sin hacerle daño alguno en medio
de la plaza del mismo pueblo. Así que se recobró del susto se fue
en cuatro pies y se puso a la puerta de la iglesia; pero ya tuvo
todo el cabello y barba cana. Desde entonces no ha vuelto a hablar,
sino cuando se confiesa. El no entra en la iglesia sino para
recibir los sacramentos; en la puerta de la iglesia habita de día y
de noche; cuando tiene hambre va a pedir limosna por señas; si le
dan plata la tira y arroja de sí; sólo admite lo necesario para
comer, y si le dan mucha comida, sólo toma lo que entonces necesita
y lo demás lo deja. Estas noticias me trujeron los indios que
después de cuatro días me alcanzaron con el ganado del Aicadero en
el curato dominico que no me acuerdo del nombre del
pueblo.
Mas al cabo de días ya este caso, que es verdadero así como lo
escribo, empezó a corromperse con mil novedades y mentiras. Como yo
dos días antes había estado en el Guayabal de paso, hubo quien me
vio, y con las noticias de los demonios de Tunja, muchos
confirmaban que yo traía demonios dentro de las petacas y que los
mismos que se dejaron ver en Tunja cuando allí prediqué, estos
mismos habían arrebatado a este mozo. Otros decían que yo había ido
por el aire con los demonios, y había mandado que se llevasen aquel
mozo del baile que por esto ellos ni lo pudieron llevar al infierno
ni maltratarlo tampoco, porque yo no lo había permitido, y muchas
otras mentiras que con el tiempo enlazaron. Yo de ello logré que
por toda aquella tierra me llamaban por lo común el Padre misionero
de los demonios.
Ya que vino el día el Padre de San Juan de Dios despachó las
sesenta borregas con un negro a que alcanzara a las que ya iban por
delante, y las alcanzó ya junto al río de la Magdalena. Los dos nos
fuimos al pueblo con mis cargas, y yo al llegar fui a ver al Padre
cura para decir misa. Ya después de misa me convidó a almorzar, e
informado de mi viaje, me rogó que me detuviese hasta que viniese
mi ganado, y si venía algo maltratado del mote de Tena, que le
diese algunos días de descanso: allí que era tierra templada
antes de meterlo de improviso a los calores del Guayabal de
Mariquita. Él tenía razón en su propuesta, pero yo luego le conocí
el intento que fue para que predicase allí unos días. Yo por fin
condescendí y me detuve seis días predicando. A los cuatro días
vino el ganado y vino bueno, y yo lo mandé pasar adelante y escribí
al pasajero que me lo pasase con cuidado que dentro de tres o
cuatro días yo iría y junto se lo pagaría. En el pueblo se
recogieron nueve borregos y los llevaron también. Yo al séptimo día
me partí acompañado de un mestizo que pleiteaba con otro hacendado
del mismo pueblo que iba a Mariquita a traer la sentencia que a su
favor le había dado.