INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO VII


 
Contiene lo que me sucedió en la ciudad de Tunja hasta llegar a la villa de Honda.


 

La ciudad de Tunja es cabeza de la provincia, y es una de las principales ciudades del reino de Santa Fe. Su temperamento es frío y seco. Es ciudad de mucho comercio, y está situada entre unas lomas de una greda colorada, y ya por esto como también por lo rígido del temperamento, cría por cerca de la ciudad muy poco pasto la tierra. Tiene buenas haciendas y mucho ganado vacuno y ovejuno. Tiene buenas cosechas de trigo, maíz y papas. Todos los sábados hay feria y de Vélez traen muchos azúcares y toda la variedad de dulces y los venden muy baratos, y por ello la gente es en extremo muy aficionada al dulce.

Yo me fui derecho al convento de San Francisco en donde fui bien recibido del Guardián con la carta de recomendación que llevaba del Provincial. Allí me destinó un religioso español llamado el Padre Fr. Francisco Flórez, que tenía mucha introducción en la ciudad, para que él me guiase al fin que yo llevaba de recoger unos borregos de limosna. Tenía este religioso allí otro hermano casado que era mercader, y los dos se juntaron para el efecto. Ellos echaron el proyecto de informarse primero de las cosas de la misión y de los estilos de aquellas naciones bárbaras, y después publicaron mi venida y lo que yo les había contado. Fue este un pensamiento muy a propósito, porque a los tres días de llegado, no cabía la gente en el convento de gente eclesiástica y seglar, a ver al Padre misionero, como si fuera yo un hombre venido del otro mundo o venido del cielo.

Reparó el Padre Guardián la general conmoción que había causado en toda la ciudad mi venida, y me rogó que me dedicase a predicar unos días una misión, porque a más de habérselo rogado el señor Corregidor y los señores alcaldes, ya se había escampado por la ciudad que yo había de predicar una misión. Yo conocí que la petición era justa, y condescendí en ello, pero con la condición que no había de durar más de ocho días, y que los Padres del convento en ellos se habían de dedicar a la asistencia del confesionario. Así se otorgó. Se dio la noticia al Corregidor y alcaldes, y catay que se vienen al convento con el cura y todo el común empeñados que la misión se había de predicar en la parroquia, porque el concurso sería grande y la iglesia de la parroquia era más capaz que la del convento.

Esta especie no se recibió ya muy a gusto del Guardián ni la comunidad, y vino en un instante a formarse un pleito, alegando cada cual sus razones a su favor. El Corregidor y alcaldes también se dividieron en dos partes y se redujo todo a gritería. Ya cerraba la noche cuando dijo el Padre cura: Pues señores, déseme siquiera un gusto, y si me lo otorga el Padre misionero, habemos de convenir todos que la misión se predique donde el Padre misionero determinase. Todos dijeron que sí, y así el Guardián como el Corregidor y alcaldes.

Entonces dijo el Padre cura: Pues, Padre misionero, yo con las noticias que he oído de las cosas que usted ha contado de los indios bárbaros, he conocido que en la ciudad entre la gente sobresaliente reina un grande deseo de oírla contar de su boca, y así lo que pido es que en cada sermón vaya enlazando los estilos de aquella gente bárbara con un pedazo de relación de lo que allí pasa, que siendo aquello conducente para que nosotros conozcamos el beneficio que logramos de no haber nacido en aquella barbaridad, con facilidad por ahí se puede introducir la materia moral de lo que se hubiese de predicar. Yo le respondí que esto no fuera difícil de combinar como yo estuviese de espacio para poderlo siquiera notar al propósito, pero de improviso haber de enlazar lo histórico a lo moral, que a más de ser impropio para una misión, distraía el fin principal de la misión, que era la compunción del pecador y su conversión; que yo lo que podría sólo hacer era supuesto que para lograr las indulgencias que en la misión se publican, era necesario explicar un punto de doctrina cristiana que me dedicaría en ella cada día antes del sermón a enlazar lo que entre aquellos bárbaros pasaba relatando cada día un pedazo de historia, que me pareciese más a propósito.

A todos les pareció bien mi respuesta, y entonces me dijo el señor Corregidor que yo eligiese en dónde predicar la misión. Yo considerando que si determinaba que en el convento, como me parecía más razón, por ser bien capaz la iglesia, pero que quedaba desairado el Padre cura, y todo el común, y esto nunca me estaba a mí bien; y que si escogía la parroquia desairaba al Guardián y la comunidad, y esto también me estaba a mí mal, respondí: Señores, yo por no desairar a ninguna de las partes, determino, supuesto que el concurso será grande, y a este beneficio tienen tanto derecho el pobre como el rico, digo que la misión se predique en la plaza. A todos les cayó en gracia mi elección, y se celebró mandando el Padre Guardián sacar para todos un refresco. En lo interim dije yo: Supuesto, señor Corregidor, que esto así se haya de efectuar, me parece que V.S. determine el puesto donde haya de ponerse el púlpito, y al mismo tiempo destinar puesto para la ciudad y puesto también para los eclesiásticos, y si es que quieran concurrir en forma de comunidad, para quitar contiendas, que se le dé a cada uno el lugar que le pertenezca y estuviese en práctica de la ciudad.

Así quedó resuelto y determinado que al otro día a la oración se saldría con el asalto de nuestro convento, y dando una vuelta por la ciudad en que se predicarían dos sermones encargándose de uno el Padre Guardián, y del otro el Padre cura, se vendría a terminar la función en la plaza con mi plática en que abriría la misión y se publicarían las indulgencias. Yo advertí al señor Corregidor que desde la primera noche destinase seis rondadores, que rondasen todas las calles todo el tiempo que durase la función de la plaza, para que no sucediese lo que suele suceder de hunos y otras monstruosidades en semejantes congresos. Todo se dispuso muy a mi gusto.

Al otro día se armó el púlpito, se puso escaño para el señor Corregidor, alcaldes, regidores y demás señores de la ciudad. El Padre cura y el común preparó su lugar; lo mismo hizo la comunidad y la de Santo Domingo. El pueblo preparó mesas, sillas y escaños, y los señores mercaderes hicieron para sí un tablado muy decente. Toda la ciudad estaba alborotada aguardando oír predicar un ángel del cielo o un apóstol del Nuevo Mundo. Sólo yo estaba confuso, sin saber por dónde empezar. Aquí hay que notar que en todo el Perú, en los pueblos y ciudades de comercio, las tiendas  de mercancía y pulperías por lo regular están en rededor de la plaza, y unas y otras en nombre afrentoso suelen llamarse covachas. El mismo título de covacha dan a aquellos caramancheles que arman en la plaza los que concurren con géneros para vender en las ferias. Hube yo pues de deliberar aquella tarde de fundar una idea de la misión en metáfora de un gran mercader que había llegado a Tunja con una gran porción de almas en pecado mortal, a ver si hallaba quién me las quisiese comprar, ponderando cada día una felicidad del alma en gracia de Dios, y una infelicidad del alma en desgracia suya. Y para punto de doctrina cristiana explicar en ocho pláticas los rudimentos de la fe, y en cada uno los impedimentos que el demonio tenía puestos para que no entrase esta luz en los indios bárbaros, con la historia de sus estilos y observancias.

Ya que tuve ordenado el orden que yo había de guardar en mis sermones, comuniqué al Padre Flórez una idea que me ocurrió y podía ser muy del caso para terror del auditorio, y fue que entre él y su hermano con todo sigilo buscasen un par de cadenas, y que al empezar yo a ponderar la fealdad del alma en pecado mortal, las hiciesen sonar arrastrándolas por las esquinas de la plaza. Él lo comunicó a su hermano, y lo ordenaron con tal sigilo que todos creyeron que había sido aviso del cielo. En el convento había dos, y otras dos que ellos buscaron, y dentro de canastos se traspusieron cada cual en su paraje sin ser sentidas. Se buscaron cuatro negros, y éstos desnudos y la cara tiznada de almagre con un hachón de pita embreada en la mano con candela, desgreñada la melena, ordenándoles que arrastrando las cadenas así habían de aparecer a la plaza cuando yo desde el púlpito los llamase.

De toda esta idea yo no sabía nada, porque yo sólo había ordenado que a su paso y tiempo se oyesen arrastrar las cadenas. Ya vino la hora, y a la seña de la campana se congregó en nuestra iglesia una gran multitud de gente. La comunidad con los hermanos terceros ordenaron la procesión, la que despedí yo con una plática, y el Padre cura concluía con un santo Cristo mediano acompañado todo de faroles, y ceñían su lado el Guardián y el Padre prior de Santo Domingo. Salimos pues rezando la corona, y a cada tres avemarías una flecha. A trecho proporcionado predicó el Padre Guardián, y en otro barrio el Padre prior. Cuando llegamos a la plaza, y en concurso hubo cada cual tomando su lugar, ya serían las diez de la noche. Estaba la plaza que es bien capaz, toda llena de gente, y en derredor habría más de cincuenta faroles alumbrando. La noche estaba serena, y lo mejor que el auditorio guardaba silencio.

Yo subí al púlpito indeciso cómo había de empezar la plática, y las primeras palabras que se me ocurrieron fueron éstas, y con ellas empecé: Salid, demonios, de estas infernales covachas, que os traigo a vender una partida de almas en gracia de Dios. Lo propio fue oír los negros que estaban prevenidos: Salid demonios de estas infernales covachas pensando que yo ya los llamaba a su función, pegan fuego a los hachones de pila embreada, y aprietan a correr hacia la plaza. Como fue esto de improviso, y el ruido de las cadenas era tan vivo, porque Tunja tiene las calles todas empedradas, y se oía venir corriendo, y de tan cerca se conmovió un alarido y llanto tan exorbitante, que no sé con qué compararlo. Los que estaban en los cuatro ángulos de la plaza, cada cual atendió al ruido que le venía de más cerca; y al volverse a mirar y ven venir a los negros con la cara colorada, y con el hachón que levantaba dos varas de llama, pensaron todos que en realidad eran dominios, y por huir cada cual al viento contrario, empezaron a atropellarse unos con otros con tal gritería, que parecía un día de juicio. Más se aumentó el alboroto y alarido, porque como quedaron las cuatro esquinas despejadas de gente, a lo que asomaron los negros a la plaza cada cual a su esquina, haciendo ademanes de querer embestir, levantando y bajando con compás los hachones, el Corregidor con los señores, los mercaderes del tablado, el común y las dos comunidades que hasta entonces habían estado sólo alterados, soltaron las riendas al miedo y a la voz, y se dobló el alarido. Y como veían que no había por dónde escapar, crecía por instantes la congoja.

Yo que tenía fundamento para poder discurrir lo que era, con todo me alteré tanto, que no me hubieran sacado sangre. Así estuvieron un rato los negros, y se fueron. Al llegar a su paraje, mataron los hachones, se quitaron las cadenas, y cada cual en su canasto la llevó a casa de Flórez. El Padre Flórez y su hermano, autores de la treta, querían sosegar el tumulto, pero no había medio. Los señores y mercaderes que saltaron de su puesto sobre los que estaban apiñados, el que pudo se iba a agarrar de un sacerdote. El Padre cura y el Corregidor se agarraron del santo Cristo; todos confesaban a voz en grito sus pecados; a todos los clérigos les rompieron el manto de tafetán; los frailes dominicanos se fueron con los hábitos destrozados; los frailes nuestros hubo quien llegó al convento sin manto, y cual con un retazo; a mí me despedazaron el hábito y el manto, y don Manuel Flórez la misma noche trujo una pieza de jerga y me vistió de nuevo. Quinientas y más personas se sacaron de uno y otro sexo amortiguadas de la plaza. Duraría el tumulto más de hora y media, y ya se iba sosegando. Yo ya que pude escapar con las manos todas arañadas, me fui a casa de don Manuel Flórez, y me encontré con el Padre cura y el Corregidor, y varios señores y todos llorando. Esforcé al Corregidor y a todos los demás para que se fueran y mandaran abrir todas las iglesias, y que mandaran tocar a plegaria un rato, y que en cada iglesia respectivamente se cantase un Te Deum Laudamus, y que se mandase a todos los confesores que se pusieran a confesar para desahogar la gente, porque sin duda todos acudirían a la iglesia.

Ordené también al señor Corregidor que fuese a la plaza y que pusiera guardas, y que llevasen allá vinagre y destinase quién lo fuese aplicando a confortar a los que estaban allí desmayados. Todo se hizo conforme ordené. Hasta por la mañana no se despejó la iglesia. A lo que se oyó tocar a plegaria, acudió a todas las iglesias la gente, y después del canto se pusieron a confesar hasta que por la mañana se hubo de mandar hacer pausa para poder celebrar y rezar los oficios divinos. Yo no me fui de casa de don Manuel Flórez hasta las diez del día, que entre cuatro mujeres y cuatro indios sastres me hubieron cosido mi vestido.

Ya que se despejó la casa de gente extraña nos retiramos a un cuarto a tomar cacao los tres, don Manuel, su hermano y yo, y empezamos a discutir sobre el caso, a ver si sería del caso ir propagando la voz, declarando lo que había sido en realidad, o si sería mejor dejar al pueblo con su aprehensión de que en realidad habían sido demonios del infierno. El Padre Flórez era de parecer que se desengañase la gente con la verdad, para que depusieran el miedo, receloso de que ya nadie quería acudir a la plaza a oír la misión. A este parecer se oponía su hermano don Manuel, temeroso del Corregidor y demás señores, que si sabían que él había ordenado aquella mano tan pesada, podrían tomarlo a mal y hacerle alguna vejación, porque tal vez en la plaza algunos habrían salido escalabrados, otros con algún miembro descompuesto, y de los que allí estaban tendidos, podría alguno morir, y él se llevaría de todo la culpa. Yo fui de parecer que por entonces se dejase el caso oculto, porque tal vez pudo ser providencia de Dios para reforma de la ciudad y que nos estuviésemos a la mira a ver el efecto que resultaba. Porque aunque de pronto se declarase la verdad, y aunque yo lo declarase desde el púlpito, no se había la gente de desengañar, porque fue muy vehemente la aprehensión, y que siempre quedaba tiempo para declararlo, ya que la gente estuviese sosegada, y que lo que más convenía por entonces era largar las riendas al fervor, para que se desahogasen las conciencias, y que yo mismo antes de irme declararía el caso, según viere que conviniese. Este parecer se aprobó, y juntamente que todo el primer día se prosiguiese confesando la gente; pero que después no se volviese a confesar a nadie hasta que yo hubiese predicado dos o tres sermones para que el fervor represado algún tanto, abortase después con más eficacia y valentía. Este designio se notificó al Padre cura y al Padre Guardián y al Padre prior de Santo Domingo, y lo aprobaron y así se hizo.

Desde las once del día que me fui al convento, hasta las cinco de la tarde no me dejé ver de nadie, sí sólo del Guardián y algunos religiosos que estaban todos con aspecto de difuntos. Yo a disimular cuanto podía, y podía poco, porque ya la representación de la especie, me provocaba a risa. Todos aguardábamos que a la noche no parecería nadie a la plaza, yo ideé que si al tocar la oración, el pueblo no parecía a la plaza, que saliesen dos religiosos por cada vereda con un santo Cristo y una campanilla tirando saetas, y convocando a voz en grito a oír la palabra de Dios en la plaza. Un poco antes de la oración se empezó a tocar al sermón en el convento, y cuando se tocó la oración ya la gente no cabía en la plaza. Con todo salieron los religiosos por las calles. Vino la ciudad a acompañar la comunidad y la tercera regla, y nos fuimos a la plaza. Subí al púlpito, expliqué un punto de los rudimentos de la fe, y expliqué un poco de historia de la barbaridad de los indios, y después entré en el sermón moral.

Empecé en esta forma: Anoche, cristiano auditorio, el diablo se llevó el sermón, porque se vino sin llamarlo, porque cuando dije: Salid, demonios, de estas infernales covachas, que os traigo a vender una partida de almas en gracia de Dios, yo no llamaba a los demonios de las cavernas infernales, sino a los que están metidos en estas covachas de pulperías, en estas covachas que se arman en esta plaza todos los sábados de que por tan familiares, ya no se espantan los mercantes usureros, los logreros trampistas y los comerciantes de la vida airada. Prediqué contra el engaño en el comercio ponderando la felicidad de Luzbel y sus secuaces con la hermosura que lograron por el primer grado de gracia y merecieron con el primer acto de amor de Dios que hicieron; y después su infelicidad y fealdad que le acarreó el primer pecado mortal que consintieron. El pueblo no podía contenerse en lágrimas, y publicadas las indulgencias de la misión, al concluir en el acto de contrición a voz en grito pedían todos perdón y misericordia. Ello se prosiguió con toda felicidad y mucho fruto espiritual de las almas.

En aquellos días hicieron paz los enemistados, se despidieron las mancebas, se restituyeron grandes cantidades y hurtos de muchos años, y por fin se reformó toda la ciudad que los confesores desde que amanecía, hasta mediodía cogían a dos manos el fruto espiritual de la reforma de costumbres. A los tres o cuatro días comenzaron a divulgarse por la ciudad varias mentiras: unos decían que yo había traído a estos cuatro demonios de los que están metidos entre los indios bárbaros, y que los traía atados y metidos dentro de mis petacas para aterrar a la gente cuando hacía las misiones; otros decían que los había tomado de aquellas dos pocitas de agua fría y caliente que hay junto a la Ovejera; otros afirmaban que había en la ciudad quien los había visto salir de un albañal que hay tras el convento nuestro, y que por allí mismo los habían visto entrar después y que todos los viernes salían por allí, y se iban a la plaza a la media noche llenos de fuego verde; otros decían que los vieron cuando se iban volando por el aire, y que de encima de un cerro habían estado toda aquella noche tocando un tambor y arrojando balas de fuego verde a la ciudad para quemarla y no pudieron, porque el santo Cristo grande y mediano que se había sacado del convento, había llorado sangre y que me había llenado a mí las manos de sangre, y que la sangre quemaba y me había quemado las manos, y que las tenía de ello lastimadas. Corrían generales por toda ciudad todos estos y otros embustes, y varias personas de distinción vinieron a mí a consultarme cuál fuese la verdad de lo que se decía. Yo a todos respondía que yo no me atrevía a deliberar qué podía ser, sólo sí que juzgaba que había sido providencia y aviso de Dios para que cada cual según su estado se arreglase a la ley de Dios.

No fue menos lo que se divulgó por aquellas provincias circunvecinas y llano de Santa Fe. La más general fue que estando yo predicando, se había abierto la plaza, y habían salido una partida de demonios, y se habían querido llevar al señor Corregidor y a los alcaldes, y que ellos se agarraron al santo Cristo, y así escaparon. Otros decían que estando yo predicando, llamé a los demonios, y que habían acudido una muchedumbre llenos de fuego, y que habían embestido y muerto a tanta gente. Otros decían que estando yo predicando vinieron los demonios y que me querían matar y que yo batallé con ellos, y todos me arañaron y llenaron de sangre. Otros decían que estando yo predicando, y no queriéndose la gente convertir, que del santo Cristo había sudado sangre, y que me quemó las manos y que entonces llamé yo a los demonios, y que habían aparecido de ellos una gran caterva y se habían llevado muchísima gente.

Yo concluí mi misión con mucho fruto espiritual, y creo que hasta la hora presente nadie sabe lo que fue excepto el Padre Flórez, su hermano don Manuel y yo. Acompañado de estos dos salí a pedir la limosna, y se congregaron unos pesos y doscientas veinte borregas y carneritos. El Padre prior de Santo Domingo un día que fui a hacerle visita me enseñó tres alhajas de la Virgen del Rosario, dos joyas y una corona imperial todo de oro. La joya más chica tenía quinientos pesos; la otra tenía mil ciento; ellas muy bastas y tachonadas de esmeraldas que valdrían más de doscientos pesos. La corona tenía cuatro mil pesos de oro, y era obra muy delicada fabricada en Santa Fe. Tenía en la delantera tres esmeraldas, un poco mayores que todo el hueco que hacen los dos dedos, índice y pulgar redondeados. Como yo hasta entonces no había visto jamás piedras preciosas tan grandes, me quedé parado de verlas con un verde tan encendido y bien cuajado como pueda haber. Su fondo embelesaba la vista, y los ochavados que tenía no se podían mejorar. Yo le pregunté si sabía cuánto habían costado, y me respondió que cuatrocientos pesos cada una en Santa Fe. Del tamaño de la uña del dedo pulgar tenía varias, y toda ella sembrada de tachones, medio tachones y puntitas. Es una de las más preciosas alhajas de cuantas he visto.

Él buscaba ocasión de tener conmigo un rato de conversación, y este día logró su intento, y entre varias cosas que me preguntó fue una si yo había visto molinos de viento. Yo le dije que en Mallorca los más lo eran. Él me dijo si me atrevería a hacer uno. Yo le dije que con poca diferencia lo trazaría. Entonces me formó un grande empeño en que de cartón le había de trazar uno con todas sus piezas, porque deseaba fabricar uno en una hacienda que tenía el convento, porque teniendo tres haciendas juntas, sólo tenían una atahona, y pasaban mucha penuria de ello. Ello al instante se buscó cartón; un indio carpintero me formó de palo las piedras y los palos que yo le dije. Un herrero formó los ejes y elevasón, y por fin yo tracé el molino con velas y cuerdas, y puesto en forma se lo llevó a probar al viento, y al ver que quedaba todo corriente, no le cabía en el pecho la alegría y me regaló un quintal de chocolate.

Yo despaché por delante el ganado, ya los quince días volví a salir de Tunja para Bogotá. Algunos amigos me dieron algunas limosnas secretas, y sabiendo que me habían muerto mi mejor caballo y otros dos con el frío de aquella provincia, uno me regaló una buena mula de carga, y otro un buen caballo, y me acompañaron dos leguas de camino. Revolvimos por los mismos pasos atrás hasta Bogotá, y allí hallé que todo junto el ganado eran trescientas treinta cabezas. En los pueblos del camino donde hacíamos noche, no me veía de polvo para responder a tanta pregunta que me hacían sobre los demonios de Tunja y otras novedades que por allí volaban de que en Santa Fe el señor Virrey quería asolar la ciudad de Tunja, y llevarse el santo Cristo que sudó sangre. Y que la sangre que cayó a tierra estaba allí ardiendo, y que no la podía recoger porque quemaba y otras mil mentiras.

Yo al llegar al indio del puente ya me previne para tener con él otro debate, pero no sucedió así, porque a lo que me reconocieron los del puente, nos abrieron las trancas y nos dejaron pasar en paz. Yo discurrí que o la noticia de los demonios humillaron al indio, o que él daría noticia al cura de lo que conmigo le había pasado, y el cura le diría que con eclesiásticos no se metiese, sino que los dejase pasar. Ello fuese como fuese, el indio no pareció, y nosotros pasamos sin pagar. Llegamos a Bogotá y junta toda la limosna de plata sumaba doscientos y más pesos. Yo le dije al Padre cura que quería que se emplease en borregas y borregos. Él me dijo: pues donde lo hallará con conveniencia será en el Aicadero. Con esto alquilé tres mozos para que me condujeran el ganado a La Mesa de Juan Díaz, con carta a doña Gertrudis Vargas para que me lo mantuviese hasta que yo llegara con otro poco.

En lo interim pasé yo al Aicadero, que como llevo dicho está en el recodo a la mano izquierda de la Venta de Balsillas. El caballero a lo que me vio sospechó que yo era el misionero que venia de Tunja, y me contó treinta mil disparates de las noticias corruptas que allí habían llegado. Yo le dije si daba algún borrego de limosna para la misión, y me dio diez. Después le dije que de la limosna en plata que me habían dado, venía con ánimo de comprarle unas borregas. Él me dijo que para llevarlas camino tan largo habían de ser de tres reales cada una, que es ya una oveja hecha, pero todavía sin haber parido. A este precio me vendió cuatrocientas, con pacto que me las había de trasponer a La Mesa de Juan Díaz. Así se ajustó. La demás plata, que fueron cuarenta pesos, la guardé para alquilar peones para la conducta.

Yo partí por delante con un indio como compañero, y fuimos a dormir a la venta del monte de Tena. Al otro día salí a El Descanso y fui a la misma casa o venta que antes me había hospedado. El indio que me acompañaba, que era de Bogotá, a lo que llegué se huyó y no lo volví a ver. Al caer la noche sobrevino un mestizo mozo, y sabiendo que yo iba desviado de mozo, se alquiló conmigo a dos reales por día hasta Llano Grande. Con esto le mandé dar de cenar y me asé un pollo para el otro día. Ya que amaneció, yo traía un bollo de cacao de una arroba, que en Tunja me habían regalado, y en el llano de Santa Fe y monte de Tena se había con la humedad puesto tan blando como queso fresco, y para almorzar díjele: Abre esta petaca, y dame esta servilleta que hay un bollo de cacao. El hizo lo que yo le mandé; tomé el bollo y como quien taja un pedazo de queso, corté un trozo, y volviéndolo a envolver con la servilleta se lo di diciéndole: Vuélvelo a poner donde estaba, y con esto tomé la olletica y me arrimé a la candela a componer el chocolate para almorzar.

Ya que tomamos cacao fui a abrir otra petaca en que traía un bote de tabaco para proveer mi cajeta, y casualmente, ya que la hube llenado, sin taparla le puse encima la petaca y con el peso le rompí la mitad del borde del labio. Cierro la petaca, y voy con la tapa en la mano a buscar la cajeta. Busca y más busca y no la hallaba. Buscando la cajeta advierto que el mozo tras de otra petaca había puesto el bollo de chocolate envuelto con la servilleta. No malicié por entonces cosa alguna. Abrí la petaca, meto la olletica, y metí juntamente el chocolate, y levantando la petaca encontré la cajeta. Ya nos alistamos para partir, y al haber andado cosa de trescientos pasos, díceme el mozo: Padre, pase adelante que yo entro al monte a una necesidad. Yo así lo creí. Aguarda y más aguarda, él no volvió a aparecer. Al cabo de un rato veo venir a un negro, y le pregunté si lo había visto, dando las señas, y él me dijo: Padre, este mozo ya se va huyendo por el monte de Tena a Santa Fe; si quieres yo te arrearé las bestias hasta La Mesa. Así me hizo este beneficio este negro y me acompañó hasta la casa de doña Gertrudis Vargas. A lo que llegué me informé del ganado, el cual estaba en el pasto, mas me dijeron que para sacarlo a Llano Grande convenía más irme y llevarlo por La Mesa de Caballero, y de allí al Guayabal de Mariquita, que irme derecho por el paso real, porque como el ganado no estaba versado a los calores que de allí para adelante venían, en el monte del paso real, como no hay agua en dos días ni pasto para el ganado, que me moriría mucho del calor, y que los que sacaban ganado de lana siempre lo llevaban por La Mesa de Caballero al Guayabal de Mariquita, en cuyo camino no falta pasto ni agua; y de no, era preciso del trapiche de don Felipe Otálora remitir por delante pasto y agua para todo el ganado.

Yo tomé su consejo y determiné irme por La Mesa de Caballero, y aquella misma tarde se alquilaron tres peones que lo condujeran. En casa de doña Gertrudis no tuve necesidad de abrir petaca alguna, porque allí me proveyeron de todo lo necesario, y venida la mañana después de almorzar me partí, acompañado de un indio, y ya mi ganado iba por delante. Doña Gertrudis quedó con el encargo de remitirme al Guayabal el otro que venía por detrás del Aicadero, y así salí de La Mesa de Juan Díaz para La Mesa de Caballero por un camino caracoleado hecho a pico, y cavado en la misma peña, tan estrecho, que sólo puede pasar por él una bestia cargada, y antes de emprenderse es menester gritar a ver si hay alguien, porque si se encuentran dos bestias dentro del caracol, no hay como devolver ni desviar, y es preciso ir reculando la una hasta afuera. Era esto el miércoles de Carnestolendas. Caminamos todo el día, y a las cinco de la tarde llegamos a La Mesa de Caballero.

Ya casi arriba hay un trapiche que es de una señora viuda que allí vive. Había en el trapiche muchos negros que trabajaban, y yo viendo que la mula negra que en San Luis me regaló don Luis Gutiérrez venía cansada, pregunté a un negro quién gobernaba. El me dijo: Aquel negro es el caporal. Y yo le hablé y le dije que me tuviese aquella mula a buen recaudo y que dentro de tres o cuatro días vendrían del Aicadero unos indios trayéndome una manada de ganado, y con ellos me la remitiesen al Guayagal de Mariquita. El negro me hizo mucho agasajo, y nos dio guarapo; puso la mula a comer cogollo, y me dijo que ya mi ganado estaría arranchado una legua de allí en buen pasto, que subiese arriba a arranchar en la casa, y que allí estaba la señora. Subimos arriba y la señora me hizo mucho agasajo; descargamos y el mozo se llevó las bestias al trapiche a comer bagazo y cogollo.

Después de haber reposado un rato, me levanté, y sacando la olletica díjele a la señora: Le sacaré chocolate, y tomaremos. Abro la otra petaca, y voy a buscar el bollo de chocolate, pero ni el bollo ni tampoco la servilleta en que iba envuelto pareció. Al instante hice juicio que el mozo que se huyó en El Descanso tuvo maña, al tiempo que estábamos cargando, de sacarlo de la petaca, y que cuando yo allá lo encontré tras la petaca buscando mi cajeta, que él ya allí lo había puesto con ánimo de hurtármelo. Viendo que no parecía habiéndolo yo allí puesto en El Descanso, dije: Pues, señora, un mozo que se huyó, me lo habrá hurtado. Pero con todo, tome usted este pollo que está asado, y mándelo calentar y merendaremos. Voy a la otra petaca a sacar el pollo, y tampoco pareció con otra servilleta que estaba también envuelto, y yo lo había allí puesto de mi mano. Registré entonces con atención, y me faltó un plato fino portugués de dos que había sacado de la misión, y yo en ellos había comido en El Descanso.

Entonces hice matar un par de pollos a la señora, y de uno cenamos y el otro lo llevé asado para comer al otro día. Al otro día volví a partir y fuimos a dar a la noche a un trapiche de los Padres de San Juan de Dios del convento de Santa Fe. Allí vivía un Padre que había formado allí aquella hacienda, que tenía mucho ganado y bestias, y juntamente tenía fábrica de azúcar. El me hizo mucho agasajo, y me dijo que ya mi ganado estaría arranchado a la otra parte del pueblo, que estaba cosa de un cuarto de legua de la hacienda, y era curato dominico que pertenecía a Santa Fe. A la noche me dijo que si le quería comprar unos borregos de a tres reales por cabeza, y yo le dije que borregas sí, pero borregos no, porque yo lo llevaba para cría. Él convino, porque tenía de sobra, y le compré sesenta, y acabalé ochocientas cabezas de ganado ovejuno. Yo traía un burro y una burra que en Tunja me habían regalado, y él hizo grande admiración que por aquel camino tan fragoso hubieran aguantado. El se enamoró de ellos, y ya que hubimos ajustado la compra de las borregas me dijo que le hiciese el favor de vendérselos. Yo viendo que a mí no me podían servir le dije que sí. Ello se ajustó con darme las borregas y un machito hijo de burra muy bueno, aunque chico de cuerpo.

Esta noche, que era jueves de Carnestolendas, en el Guayabal de Santa Fe que yo acababa de pasar dos días había sucedido este caso que digo: En una casa estaban con gran bulla bailando un fandango; cerca de la media noche salió a bailar con una moza un mestizo mozo de veintitrés años, y estando danzando vino súbitamente un demonio con una figura de hombre horrorosa, con cara de gigante, que hacía más bulto que todo su cuerpo; y tomando al mozo por el cabello, se lo llevó por el aire y lo tuvo así suspenso tres horas. A las tres de la madrugada lo volvió a dejar sin hacerle daño alguno en medio de la plaza del mismo pueblo. Así que se recobró del susto se fue en cuatro pies y se puso a la puerta de la iglesia; pero ya tuvo todo el cabello y barba cana. Desde entonces no ha vuelto a hablar, sino cuando se confiesa. El no entra en la iglesia sino para recibir los sacramentos; en la puerta de la iglesia habita de día y de noche; cuando tiene hambre va a pedir limosna por señas; si le dan plata la tira y arroja de sí; sólo admite lo necesario para comer, y si le dan mucha comida, sólo toma lo que entonces necesita y lo demás lo deja. Estas noticias me trujeron los indios que después de cuatro días me alcanzaron con el ganado del Aicadero en el curato dominico que no me acuerdo del nombre del pueblo.

Mas al cabo de días ya este caso, que es verdadero así como lo escribo, empezó a corromperse con mil novedades y mentiras. Como yo dos días antes había estado en el Guayabal de paso, hubo quien me vio, y con las noticias de los demonios de Tunja, muchos confirmaban que yo traía demonios dentro de las petacas y que los mismos que se dejaron ver en Tunja cuando allí prediqué, estos mismos habían arrebatado a este mozo. Otros decían que yo había ido por el aire con los demonios, y había mandado que se llevasen aquel mozo del baile que por esto ellos ni lo pudieron llevar al infierno ni maltratarlo tampoco, porque yo no lo había permitido, y muchas otras mentiras que con el tiempo enlazaron. Yo de ello logré que por toda aquella tierra me llamaban por lo común el Padre misionero de los demonios.

Ya que vino el día el Padre de San Juan de Dios despachó las sesenta borregas con un negro a que alcanzara a las que ya iban por delante, y las alcanzó ya junto al río de la Magdalena. Los dos nos fuimos al pueblo con mis cargas, y yo al llegar fui a ver al Padre cura para decir misa. Ya después de misa me convidó a almorzar, e informado de mi viaje, me rogó que me detuviese hasta que viniese mi ganado, y si venía algo maltratado del mote de Tena, que le diese algunos días de descanso: allí que era tierra templada antes de meterlo de improviso a los calores del Guayabal de Mariquita. Él tenía razón en su propuesta, pero yo luego le conocí el intento que fue para que predicase allí unos días. Yo por fin condescendí y me detuve seis días predicando. A los cuatro días vino el ganado y vino bueno, y yo lo mandé pasar adelante y escribí al pasajero que me lo pasase con cuidado que dentro de tres o cuatro días yo iría y junto se lo pagaría. En el pueblo se recogieron nueve borregos y los llevaron también. Yo al séptimo día me partí acompañado de un mestizo que pleiteaba con otro hacendado del mismo pueblo que iba a Mariquita a traer la sentencia que a su favor le había dado.

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