INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
(Continuación capítulo VI )

 

 

Me contó en la ciudad de San Juan de Pasto, de que hablaré a su tiempo, el Padre definidor Villapanilla, lector jubilado y hombre célebre, primo hermano que fue del Padre Miguel Terrero, que conocí en el colegio de Arcos de la Frontera, que imprimió los dos tomos Primicias de Terrero y El serafín humano, que en tiempo del señor Felipe V, rey de España, hubo en Bogotá cacique que también se llamaba Felipe. Éste era hombre algo tocado de vanidad, y fuese por este u otro motivo, el señor Regente de la Audiencia de Santa Fe le llegó a cobrar ojeriza, y para ver si lo derribaba, un día mandó al portero de la Audiencia quitase de la sala la silla que pertenecía al cacique. Así lo hizo, y el otro día al entrar en Audiencia halla el cacique menos su asiento. Se calló la boca ya sospechando de dónde le venía el golpe; dobló su capote, y en su lugar se sentó sobre él. Como era hombre muy astuto le temió el Regente si acudía con la queja al Virrey, y a poco rato, simulando el caso a casualidad, le hizo volver el asiento. El cacique maquinó pagarles a todos otra mano en esta forma: hizo una petición en esta forma: Don Felipe, por la gracia de Dios cacique de Bogotá, Chía, Nemocón, etc. Llamó a su casa al Relator y le dijo: Aquí tienes quinientos pesos de regalo, si mañana al decirte el señor Regente que empieces a relatar, lees en primer lugar esta petición con esta forma: Don Felipe por la gracia de Dios... Al haber dicho por la gracia de Dios, antes de pasar adelante, te haz de poner a toser un rato, fingiendo que te ha dado tos en la garganta, y después proseguirás diciendo: Cacique de Bogotá, etc. Pero esto con todo sigilo que entre los dos ha de quedar. El Relator por ganar aquellos quinientos pesos, lo hizo mejor que lo había tratado. Entra al otro día en audiencia, y a su hora manda el señor Regente al Relator que lea las peticiones. Empieza con la del cacique así:Don Felipe por la gracia de Dios.., y pónese un rato a toser. El señor Regente y los Oidores, al oír don Felipe por la gracia de Dios, pensaron que era algún despacho del rey de España enviado al señor Virrey, y al instante quitándose los sombreros y se levantan en pie conforme ordenanza real. Acabó su tos el Relator, y prosigue cacique de Bogotá, Chía, Nemocón, etc. Entonces larga la mano el cacique y toma la petición diciendo: Vuestras Señorías otro día me hicieron sentar un rato en tierra; ahora yo los he hecho estar un rato en pie. Se celebró por toda la ciudad la gracia del cacique.

Otra mayor pasada le hizo después al señor Regente a solas, y pasó de esta forma: El tenía en su poder una vajilla entera de oro de sus antepasados, entera que consta de doce docenas de platos ordinarios, dos docenas de fuentes grandes, cuatro docenas de platones medianos, seis cucharones, dos docenas de cucharas, tenedores y cuchillos, seis pataguayes, seis tembladeras grandes, doce medianas, seis bernegales, tres palanganas, tres escupideras, tres bacías de afeitar y tres bacinillas para la común necesidad. Él llamó un platero e hizo dar color a toda la vajilla, y quedó como si se acabase de labrar. Buscó ocasión que el señor Regente viniese a Bogotá, y venido le hizo un convite en su casa. Él ya tuvo prevenidos pobres que asistiesen delante de la casa como quien pide limosna. Ya vino la hora de comer, y tuvo seis convidados de lo principal del pueblo, que acompañasen en la mesa al señor Regente. Comieron con mucho gusto y todo se administró en esta vajilla de oro. Así como se quitaban de la mesa los platos, se repartían las sobras a los pobres, y los platos así sin lavar se ponían sin orden ni aliño sobre de otra mesa. Ya que se concluyó el convite y se levantó la mesa, el Regente empezó a celebrar la vajilla, viendo sobre de aquella mesa tanto oro amontonado. El cacique le dijo: Señor, si V. S. gusta servirse de ella la haré limpiar, y ahí la tiene V. S. El Regente le respondió: No, señor, no soy digno de tanta grandeza. Entonces dijo el cacique: Pues, señor, a mí esta vajilla no me sirve, y supuesto que V. S. no la quiere, vaya allá que lo aprovechen los pobres. Diciendo y haciendo todo fue uno, empezó a tirar por la ventana platos y platones, y todo lo tiró a la calle. El Regente se quedó parado de verlo, pero el cacique le dijo: Así obran los hombres que son de corazón magnánimo.

Y volviendo a mi camino, digo que allí cerca de Balsillas vi un pastor que recogía una punta de borregos medianos, y pregunté al casero si nos quería vender uno. El dijo: No sé, pero tal vez querrá vender. Yo le pregunté cuánto podría valer uno de aquellos, y él me dijo que dos reales. Yo le mandé al compañero que fuera y comprara uno. Fue y lo trujo, y aquella noche cenamos la asadura y un pedazo de asado, y lo demás se guardó asado para el otro día. Ya que vino la mañana me levanté; pero fue por demás poder ver nada: estaba todo aquel llano lleno de niebla tan crasa, que se podía cortar, y entonces discurrí que el criar las bestias y el ganado tanto vello en aquel llano vendría de esta niebla continua, o que próvida la naturaleza proveía de mayor abrigo, porque allí era mayor la necesidad. Ya cerca de las nueve, dentro de breve rato, la resolvió el sol, pero quedó una línea sobre toda la corriente del Balsillas que duró media hora más. Habiendo ya almorzado, fue el compañero y trujo las bestias, y cargando partimos para la ciudad de Santa Fe.

Pasamos Balsillas por un tablado que tiene junto a la venta, y después nos encaminamos al puente real, y cerca de las dos de la tarde llegamos a la ciudad. El compañero me acompañó al convento, y entonces la comunidad acababa de salir de vísperas. El Padre visitador que encontré en el pueblo del Alto, como juntos vinimos de España, al instante me conoció y me condujo a la celda del Provincial. El superior me trató con mucha urbanidad. Yo le informé del fin de mi venida a ver al señor Virrey, pero él me dijo: Ya llega usted tarde, porque pocos días ha que vino el Padre comisario, y tuvo mucha introducción con él y con todos los pajes y secretarios, y les regaló varias curiosidades que traía de la misión, y se divulgó una voz por toda la ciudad de que había descubierto unos minerales de oro tan ricos; y los señores de la Casa de la Moneda le hicieron un convite y consiguieron que el oro que se saque en dichas minas se ha de traer a labrar a esta Casa de Moneda, sacándolo vía recta de la misión a Timaná, y por los valles de Susa vendrá aquí, por ser camino más breve que conducirlo a Popayán.

Yo que oía esta relación, temblando de cólera y entre mi decía: ¡Miren que diablura de hombre! Éste para conseguir su pretensión y tener aquí propicio al señor Virrey ha engañado a estos caballeros con la esperanza del lucro que tendrá en el oro. Él dice verdad en lo que dice que de Caquetá a Timaná por los aguanungas hay sólo nueve días. De Timaná por los valles de Susa, hay sólo once días a Santa Fe. Nueve y once son veinte. Si se ha de sacar a Popayán hay veintinueve días de camino. Esto es cierto, pero ¿cómo puede este hombre prometer esto a estos señores, cuando el empeño de los popayaneses es sólo abrir estas minas en nuestra misión para realzar su Casa de Moneda, y dar a entender a la corte de Madrid la mucha razón que han tenido en pedir la nueva fundación de esta Casa de Moneda? Esto es cierto, no hay que dudarlo.

El Provincial me preguntó si yo traía alguna petición hecha para el señor Virrey, y yo le dije que no, sino que lo quería informar de palabra del desaire con que trata este hombre a los Padres conversores, y de los gravísimos daños que infaliblemente han de venir en las conversiones, si se abre allí corte de minas. Y se los empecé a contar conforme los llevo apuntados anteriormente. El Provincial que era hombre prudente, al oír la fuerza de mis razones, se quedó parado, y me respondió: Verdaderamente creo que aquél busca el lucro temporal, y usted el lucro espiritual de las almas; pero con todo, estese usted quedo hasta unos días, y yo le diré lo que le conviene hacer, y cómo ha de proceder en este negocio; que por fin usted ignora los enredos y marañas del palacio del señor Virrey, y la concatenación que entre sí tienen los señores de esta ciudad de unas familias con otras. Me encargó que mirase mucho con quién hablaba así dentro como fuera del convento, porque figurándoseme mansas ovejas, tal vez serían lobos carniceros.

Allí me señalaron una buena celda y un mulato que me sirviera en todo. Viniéronme a ver varios religiosos, pero yo no expliqué más, sino que había venido a congregar de limosna algunos borregos y borregas para meterlos en la misión, con unos toritos y becerras que ya había juntado en los llanos de San Juan, para tener allí cría para podernos mantener. Algunos me dijeron que el Padre Barrutieta ya lo había dicho cuando en días pasados había estado allí. A los dos días ya estuvo divulgada en Santa Fe mi venida, y viniéronme a ver varios caballeros, especialmente hubo uno que se estrechó mucho conmigo para averiguar el fin de mi venida; pero yo me estuve fuerte con decir que sólo había venido a llevar unos borregos para criar allí. Éste me ofreció plata cuanta necesitase, mas yo nada le admití; me ofreció si quería hablar al señor Virrey, que él tenía mucha entrada en palacio. Tampoco le admití el favor, diciéndole que yo no tenía negocio alguno con el señor Virrey. Ya me habló también de Fr. José Carvo, y que había mucho tiempo que tenía contratación y mucha amistad con él.

Ya por fin llegó, viendo que yo no largaba jugo alguno, a abortar de una vez la ponzoña en esta forma: ¿Y de las minas de oro que se han encontrado nuevamente en las misiones de Santa Clara de Mocoa, qué noticias me dará usted? Señor, mío, le respondí, ni yo sé si hay tales minas. Yo estoy en mi pueblo muy internado, en el río Putumayo, muy lejos de Santa Clara de Mocoa, y no sé nada de esto. A este tiempo entró a yerme el Padre secretario, cuya venida trocó la conversación, y el sujeto se despidió y se fue. Ya que nos quedamos los dos solos, me dijo: Manda decirle el Padre Provincial que ayer salió un propio para La Plata, y de allí irá otro para Popayán con un pliego al Padre Comisario Barrutieta, dándole noticia de su llegada a Santa Fe. Y añadió: Y yo pienso que este caballero que ahora se va de aquí lo despachó, porque él tuvo mucha amistad con dicho Barrutieta, y comió muchas veces en su casa. Yo repliqué y dije: ¿Y quién es este caballero? Es el apartador de la Casa de la Moneda.

Apartador se llama el que en una Casa de Moneda con reglas de química compone varias aguas fuertes ya para apartar la liga que tienen los metales nobles, el oro y la plata, de otros metales inferiores, y ya también para saberlos entre sí apartar, aunque esté la plata mixturada con el oro, y ya para sacar el oro que tiene en sí entrañado toda la plata virgen. Este hombre es el que da el quilate que ha de tener la moneda de plata y oro en las casas reales donde se fabrica, mixturándole el oro de mayor o menor quilate, y la plata con liga competente de otro metal inferior, arreglándolos a la ley del reino. A este pues sujeto, como más interesado, había encargado dicho Comisario Barrutieta para que si acaso yo pasaba a Santa Fe, le hiciese un propio a Popayán con el aviso, y que procurase atajarme los pasos, para que yo ni hablase al señor Virrey ni llegase a sus manos petición alguna de mi parte. Esto me lo dijo al cabo de cuatro días el Provincial, el cual por medio de su secretario, que habló de esta materia al secretario del señor Virrey, y de él supo que si yo iba con ánimo de hablar al señor Virrey, no me concederían audiencia, y que si persistía en meter peticiones, las ocultarían, y que con ello me expondrían a que el señor Virrey me mandase preso a Cartagena, y de allí me remitirían a España bajo partida de registro. Y así me aconsejó que sólo tratase por entonces de volverme a la misión, hasta que tuviese ocasión más oportuna, o que desde allá se facilitase otra cosa.

Viéndome pues con todas las puertas cerradas, acudí sólo a la Divina Providencia que sabe desbaratar en un instante todos los proyectos de la prudencia humana, y triunfar de ella con sus mismas armas en que más confiaba. Y no discurriendo por entonces otra cosa, determiné dar una vuelta por aquellos pueblos y ciudades más cercanas, y recoger algunos borregos y borregas para la misión.

Un caso raro que pocos años había sucedido en Santa Fe, me contó un chileno. Había en dicha ciudad dos hermanos mercaderes. El uno de la noche a la mañana le pintó tan mal el negocio, que en dar cuentas y completar pagos se halló tan alcanzado, que hubo de vender y malbaratar cuanto tenía. Viéndose el pobre opreso, acudió a su hermano por el alivio; pero éste se mostró con tal impiedad, que con regaños y malas acciones lo sacó de su casa. El pobre se fue opreso de pena, y así anduvo algunos días cabizbajo, hasta que dio en la última infelicidad, y determinó de ahorcarse. Con este diabólico pensamiento tomó un lazo, y se fue por el camino de Chiquinquirá.

Chiquinquirá llaman un Santuario que hay ocho días retirado de Santa Fe, cuyo gobierno tienen los Padres dominicanos de la provincia de Santa Fe, y es uno de los curatos más pingües del Perú, por la mucha devoción y continuas romerías de que es frecuentado, de suerte que desde Cartagena hasta Quito, aquella exclamación con que nosotros en España, en muchos casos decimos: ¡San Antonio bendito!, allí dicen: ¡Virgen de Chiquinquirá! Esta Señora, Ella por sí, apareció pintada en un lienzo con San Andrés de un lado, y del otro San Antonio de Padua. Hay en dicho Santuario una deposición de un venerable ermitaño, que de la Europa fue allá sólo por ver y venerar a esta Señora.

Fue el caso que estando este devoto ermitaño pidiendo a la Virgen le declarase cuál de los retratos y pinturas del mundo le parecía más en la oración le reveló la Virgen que quitando el que de Ella hizo San Lucas, que se venera en Roma con el título de Santa María la Mayor, el que más al vivo le parecía era uno que había en el Perú en Chiquinquirá. Con esta revelación deseoso de verlo y venerarlo, este ermitaño se pasó de Italia a España, y se embarcó para el Perú, preguntando, por fin llegó a Santa Fe, y allí adquirió noticias del dicho retrato. De Santa Fe pasó a Chiquinquirá, y allí volvió a tener revelación de que aquel era el retrato que le había revelado. Dio cuenta al superior, e hizo la deposición. Se divulgó la noticia, y ya por eso y ya también por los muchos milagros que de continuo hace la Señora, se ha propagado tanto como tengo dicho su devoción en todo el reino de Santa Fe.

Habiendo pues salido por este camino este hombre, a la tarde le pareció que ya estaba bien retirado del poblado, y pensativo como naturalmente iría un hombre que él propio se va a quitar la vida, se sentó melancólico al pie de un árbol y puso a su lado el lazo. Y sin saber lo que se hacía, casualmente tomó en la mano una piedra, y empieza a dar golpes a otra que asomaba clavada en la tierra. Vio que era movediza y la sacó, y ya de cada lado vio piedras todas movedizas, así una tras de otra las iba sacando, cuando bajo de la tierra descubre un plato boca abajo. Levántalo y halla la boca de una tinaja tapada de hoja de plátano. Quita la hojarasca y halla la tinaja llena de barretones de plata. Al ver la plata se le quitó al instante la tentación de quererse ahorcar. El tomó un barretón, y volvió a cubrirlo de modo como estaba antes, y se volvió para Santa Fe. Llegó a su casa y buscó quién le trocara en plata sellada, y con ello compró un par de bestias, y con ellas poco a poco fue acarreando la plata a su casa. El último viaje dióle la gana de acarrear también la tinaja vacía, y al tirar de ella para afuera, repara que al lado había otra. Alegre con el hallazgo la registró y la halló llena de barretones de oro. Él lo fue todo poco a poco acarreando a su casa, y ya que lo tuvo todo en su poder, buscó reducirlo todo a moneda, y con ella tiró para España.

Yo comuniqué al Provincial mi determinación, y le pedí una recomendación para el Guardián de la ciudad de Tunja, y me la dio. Dista Tunja de Santa Fe ocho días. Aquella misma noche antes de partir arbitré este arbitrio con que de primer golpe derribé toda la máquina que había levantado este Comisario Barrutieta. Supe que el correo estaba de marcha para Popayán, y escribí una carta a mi paisano y amigo don Lorenzo Oliver, en que le decía que no se metiese en saca de minas de Mocoa y Caquetá, porque el Padre Barrutieta traía engañados a los señores de Popayán con estas minas, puesto que en Santa Fe había contratado con los señores de la Casa de la Moneda que todo el oro que se sacase en dichas minas lo habían de sacar por Timaná y Susa, y lo habían de labrar en la Casa de la Moneda de Santa Fe, y tenía de ello dada palabra al señor Virrey, como me lo había dicho el señor apartador de la Casa de Moneda una tarde. Esta sola chinita derribó toda aquella grande estatua.

Yo al otro día metí la carta al correo y me partí para Tunja. De Santa Fe fui a dar a Bogotá, y obtenida la licencia del cura, a la noche se congregó en la iglesia el pueblo, e hice a propósito una plática, y al otro día de mañana con el cura y dos mestizos principales pedimos limosna, y se congregaron unos pesos y unos borregos y borregas. El Padre cura quedó encargado de mantenérmelos en su poder hasta la vuelta de mi viaje. Bogotá es de los pueblos más principales del llano de Santa Fe. Tendrá quinientos vecinos, blancos, indios y mestizos, y algunos negros y mulatos. Todos los martes del año tiene feria y concurren a ella gente de los llanos de San Juan y de los llanos de Santa Fe, y muchos mercaderes con ropa de España, otros con ganado, otros con bestias. Yo anduve otras dos jornadas más en otros dos pueblos, y no me acuerdo de sus nombres. Son pueblos en poca diferencia como Bogotá, y la limosna que recogí la remití por mano de sus respectivos curas al cura de Bogotá.

De allí volví a partir, y a cosa de una hora de camino hallé un pobre que se lavaba las piernas en un chorrito de agua que salía de una peña. Ella con el continuo manar rebalsa en un charco peñascoso. Es agua arrumbrosa, y se le conoce con el olor de arrumbre que despide, y con criar en las peñas una especie de lama verde, tan verdigallo, que parece cardenillo. Él tenía las piernas de las rodillas para abajo todas hechas una llaga encancerada y manando de materia. El mestizo que me acompañaba le preguntó cuántos días había que se bañaba y respondió que siete, y en sólo estos siete días, añadió, ya no se parece este mal a lo que fue. Unas costras dijo tenían encima estas llagas de cuatro dedos de grueso, y abajo estaba todo lleno de podre y gusanos. A los cuatro días le cayó todo esto, y desde entonces veía por instantes que iban sanando. Cuatro años había estado rendido en la cama chupándole los cirujanos la poca plata que tenía, y la acrimonia del humor picante acabándole la vida. Nosotros pasamos adelante y me dijo el mestizo: De muchos pueblos y ciudades vienen los que tienen llagas a curarse, con sólo lavarse en esta agua, y todos en breve sanan. Y por todos estos pueblos comarcanos con sola esta agua curan las mataduras de las bestias. Cerca de las diez del día veo salir de una casa sola que había en el camino un muchacho, el cual cerró una tranca que había, y empezó a gritarnos: O pagar, o irse a pasar por el puente de arriba.

Es el caso que este llano lo atraviesa una ciénaga lodosa, y para poderse pasar no se le hallaron estribos para poder cimentarle un puente, sino una legua y media desviado del camino real, y allí lo hicieron, y por ello todos van a pasar por el puente volteando de preciso este trecho. El indio que vivía en esta casa, de propia autoridad, trazó un puente de madera y le puso dos trancas de cada parte, y por su trabajo se figuró que podía poner pecho y hacer pagar a los pasajeros el paso. Y a este fin, a lo que veían venir gente le cerraban la tranca, y antes de llegar le  gritaban que si no pagaba el paso, se fuese a pasar por el puente de arriba y voltear la legua y media. Él lo había comunicado a su cura, y con la autoridad del cura cobraba este tributo a muchos, particularmente trajineros que le daban algunos realitos.

Llegamos nosotros, y mi compañero empujó la tranca y entramos adentro, y el muchacho que gritaba paguen ustedes, o si no no pasarán. En esto sale el indio, y se va corriendo y cierra la otra tranca, diciendo no, no pasarán si no pagan. Yo le dije: Indio, ¿y qué es lo que se ha de pagar? Respondió que medio real por cada cabeza. Yo le dije: ¿Y todos los que por aquí pasan pagan esto? Me respondió que sí. Entonces, dije yo, ya tendrás tu casa llena de plata. El dijo que él había hecho el puente, y que el cura le había dado licencia para que todos los que pasasen pagasen. Yo le dije: Indio, ¿no sabes tú que ni el cura, ni todos los curas pueden imponer un tributo general? Sólo con un despacho de la Real Audiencia se puede imponer. Ea, quita de ahí, indio. Abre esta tranca y déjame pasar. El indio se emperró agarrado de la tranca en que no había de pasar, sin pagar primero. Ya con ello me alteré, y me apeo del caballo diciendo: Ahora te picaré las piernas a ti y te derribaré el puente y te irás con la queja a tu cura. Tú eres un pícaro ladrón, que te usurpas autoridad real de imponer pechos públicos, y en sabiéndolo en Santa Fe te ahorcarán. 

A estas razones habían salido de la casa otros dos indios y una máquina de mujeres gritándole que nos dejara pasar; pero él más emperrado que no habíamos de pasar sin pagar. Yo en lo interim que cojo mi escopeta, y estaba vacía, y hago el ademán de montarla, y me voy al indio como que lo iba a matar. A este tiempo, que no se oía más que gritos y lloros de las mujeres y muchachos, le dijo una india a mi compañero: ¿Este Padre que mata a los indios? El mestizo le respondió: Mata indios como quien mata mosquitos, y a todos vosotros matará también. Las indias que corren y todos se agarran del indio para quitarlo y abrirnos la tranca. Entre todos lo quitaron como quien quita un alano de la oreja de un toro. Abrieron la tranca y pasamos. Y ya que estuvimos unos cien pasos, salió el indio a gritarme: Ah, fraile chapetón, judío, renegado. Hasta que ya no lo oímos nos gritó.

Cerca de las dos de la tarde nos hallábamos en un despoblado, y veo venir tres mestizos a caballo, trayendo una vaca atada con dos rejos. Ya que estuvieron algo cerca, como yo iba con el quitasol hubo ella de aprender ella alguna cosa, y escapa a los dos que la llevaban. Así que se vio suelta, aprieta de carrera abierta a embestirme a mí. Yo con el miedo natural, no tuve otro remedio que tirarle el quitasol antes que llegase a mí. Y como contra ello llevaba ella la Itria, lo embistió e hizo mil pedazos las varillas, y pasó corriendo adelante. Yo iba sediento, que la cólera del indio me ocasionó sed. No había en aquella pampa agua; pero a poco rato topamos unas sembrerías de papales, y de un canto había una partida de manzanos cargados de fruta. Por allí no pareció nadie para comprarle, y cogimos un pañuelo de manzanas. Le pregunté al mestizo cuánto podría valer, y me dijo que un real. Tomé un real y envuelto en un papelito lo colgué de la rama de un manzano, para que lo hallase allí el indio dueño de las manzanas.

A las cinco y media llagamos al pueblo de Chía, pueblo mayor que todos los demás. Tendrá seiscientos vecinos, los más mestizos, algunos blancos y pocos indios. Es el pueblo más frío del llano de Santa Fe, pero es pueblo muy rico, porque allí se da mucho y el mejor trigo y papas, y la carne es la mejor, más gorda y más sabrosa. Yo me apeé en casa de un mestizo y después me fui a ver al cura y le propuse el fin de mi venida, y que para ello a la noche, como acostumbraba, haría una plática a la gente. Él me dijo que no era necesario, sólo sí que al otro día después de misa él me acompañaría a recoger la limosna, dando una vuelta por el pueblo. Así se hizo, y al otro día salimos los dos, y se juntaron algunos pesos y sesenta borregas. Él se quedó con todo, con el encargo de mandármelo al Padre cura de Bogotá.

Partimos al otro día y a las seis de la tarde llegamos al pueblo de Nemocón. Es pueblo de unos cuatrocientos vecinos, los más son mestizos, algunos blancos y pocos indios. Hay en la entrada del pueblo una quebrada de agua salada. Ésta es común a todos, pero ha de ser natural del pueblo para poder usar de ella. Allí de esta agua se fabrica la sal que se gasta en todo el Virreinato, y para que pueda abastecer, allí todos fabrican sal. Tiene cada casa un cuarto a propósito para ello. En unos fondos grandes ponen el agua, y con candela lo hierven hasta que se espesa. Esta agua así la ponen dentro de cueros, y para cuajar la sal, tienen en medio del cuarto un fogón de a seis varas en cuadro, todo lleno de hornillas. Abajo meten las ascuas y en cada boca una ollita en forma de una pera. Estas ollitas las llenan de esta agua ya espesa, y a fuego lento la llegan a cuajar sal, y cuando se va disminuyendo, en lo interim lo ceban de esta agua ya engrasada y salen estos panecitos de cinco hasta siete libras cada uno. Está con sola esta fábrica el pueblo muy rico.

Allí acuden mercantes de todas partes por sal, y unos la llevan a las ferias, otros la transportan a las provincias remotas, y todos ganan en ello su trabajo. En Nemocón la venden a medio real por libra, y puesta en los llanos de San Juan ya va a dos reales la libra. El que la compra por junto no la puede menudear, y sólo los pulperos la pueden vender y dividir en libras, las catarnicas, que así llaman a estos panecitos de sal. Y en las casas, para meter sal a la olla, no la muelen, sino que cortan un terrón y lo meten dentro de la cuchara, y ésta la meten así en la olla, y según conocen, en más o menos tiempo, y según fuera la olla, larga el terrón su salitroso conforme han menester, y lo sacan con la cuchara, y así sazonan por allí las cocineras.

Yo a la noche fui a ver al Padre cura, el cual informado del fin de mi venida, formó un grande empeño en que me había de detener y predicar unos días, y casi forzado me detuve seis días. Pero trabajamos los dos bien, porque todo el día de sol a sol lo pasamos sentados en el confesionario. Pedimos después la limosna, y se recogieron unos pesos y cinco quintales de sal. El Padre cura la tomó de su cuenta, y en uno y otro se ajustaron treinta y dos pesos, los que me llevé y remití al Padre cura de Bogotá para la vuelta.

Al otro día partí, y antes de dos leguas llegué a la división del camino que divide las dos provincias de Vélez y Tunja. A la mano izquierda quedó el que iba a Vélez, y yo tomé el de Tunja. Vélez dista de allí cuatro días. Es tierra muy ardiente; allí no hay más que fábricas de azúcar, mucha gente blanca y muchos negros esclavos en las fábricas, y muchos españoles mercaderes con ropas y otros comerciando con azúcar y varios dulces que allí se fabrican de conservas, jaleas, rayados, alfeñiques, etc. Yo no pasé allá, sino que me informé de varios que allá comerciaban. Cosa de una legua más allá hay una venta en el camino, y allí nos paramos a comer. Volvimos después a partir, ya tierra montuosa, por serranías, y a las tres de la tarde junto al camino encontramos con dos pocitas de agua que eran dos manantiales. El uno de agua fría, en extremo fría; y el otro de agua hirviendo con mucho extremo. Yo lo experimenté metiendo el dedo en ambas pocitas. Mi compañero me dijo que si meten alguna ropa en la pocita que hierve, y no la sacan luego, que dentro de dos credos queda quemada con el ardor, y yo lo creí según vi el efecto que sentí en el dedo que en ella metí en un improviso. Nosotros pasamos adelante, y aquella noche fuimos a dormir a la Ovejera, que es una casa de campo, donde sólo viven pastores con un mayoral que los gobierna.

El temperamento de esta tierra es al doble más frío que en Santa Fe. Aquí sí nos dio el mayoral a cenar buen carnero, que es la carne en estas tierras sabrosísima. A la mano derecha hay un camino que va a la provincia de Muzo, a nueve días de distancia. Yo no fui allá, pero me contó persona que estaba práctica en aquella provincia que es tierra muy ardiente y muy falta de agua; pero se suplen mucho bebiendo en lugar de agua leche de que abunda mucho con el mucho ganado vacuno que hay. Esta es la provincia en que hay minas de esmeraldas. Ellas allá se crían como el oro de mineral granado, como noto Tomo Primero, capítulo V. Ellas se crían toscas, y es menester llevarlas a Santa Fe a labrar. Se sacan en mucha abundancia y en Santa Fe se venden muy baratas: las puntitas dan dos por medio real, las del tamaño de una lenteja cual vale medio real y cual real, conforme están ellas de más o menos cuajadas. Las de sortija valen dos reales, y los tachones, que hace dos cuadros de sortija, valen cuatro reales, y si unas y otras están bien cuajadas con el verde que tire a verdigallo, valen al doble. Las de mayor estación, como ya no se encuentran, tan comunes, se venden conforme se estima por lapidarios prácticos. De algunas de ellas hablaré en adelante.

Lo que acabo de decir es de las esmeraldas labradas en Santa Fe. Ahora en esta provincia de Muzo, ellas toscas, y compradas por junto en partidas, allí en los minerales se compran con mas conveniencia. Hay mercaderes que sólo entienden en esta contratación de ir a Muzo a la compra, y después de mandarlas labrar, las llevan a otras provincias o las embarcan para México o para España. Nosotros al otro día partimos y mis bestias iban bien malas, porque como se habían criado en tierra caliente, el frío de la provincia de Santa Fe y su serranía las achucharró, y todas se pusieron flacas y despeadas, en la mitad de la jornada se me cansaron dos caballos. Allí había una venta y los hube de dejar encargados a un mestizo, que allí vivía, diciéndole que a la vuelta le pagaría el cuidado. Él aceptó el cuidarlos.

Al cabo de un rato me dijo el mestizo que me acompañaba: Ya estos dos caballos los perdió usted. Yo le dije: ¿Por qué? Él me replicó: Esta es una gente que por sólo dar de comer a sus perros los matarán, y después le dirán que ellos se murieron con el frío, y así me sucedió. Nosotros aquella noche fuimos a dormir a un puesto que llaman la Venta. Hay allí en el camino una venta, y aquí dormimos, pero encima de una loma están unas veinte casas de indios que es el puesto de la venta. El otro día a la tarde llegamos a la ciudad de Tunja.

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