INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO VI

 

 

 

Contiene lo que me sucedió en La Mina hasta llegar a la ciudad de Tunja.

 

Salimos pues de San Luis y en el camino me preguntó el mestizo si había sabido lo que había sucedido con don José Caballero y el cura del Guamo. Yo le respondí que no había sabido nada. Entonces él prosiguió diciendo: Ayer llegó noticia que don Rodrigo su hijo se había casado con una mulata, y después de haberse casado él aseguró en casa de unos indios y se fue a su casa de madrugada. Su padre le preguntó cómo venía tan tarde, y él le respondió que a primera noche se había casado con la mulata, y que por esto se había tardado en venir. Su padre a lo que lo oyó, tomó una escopeta que tiene dos tiros, y él huyendo le tiró dos balas. No se sabe si lo hirió o no. El no ha vuelto a aparecer ni la mulata tampoco. Don José furibundo se vino al pueblo y maltrató al Padre cura, el cual se disculpó diciendo que Va Paternidad los había casado. Y don José dicen que quiere ir a Santa Fe para hacerlos descasar. Trabajos tiene don José y perderá en balde los pasos. Yo sí es verdad que los casé, pero fue rogado del Padre cura y con licencia suya escrita y firmada de su mano. También dijeron anoche que habían visto a don Rodrigo en casa del Padre cura de Ibagué, y que el cura lo tiene oculto en su casa, y quiere promediar para hacer la paz, y un tío suyo fue a la hacienda de don José, y don José lo sacó a gritos de su casa, y se movió gran pendencia entre los dos siendo hermanos.

Yo entonces, sabiendo que el amancebamiento había sido público, respondí: Don José tiene la mayor culpa, porque sabiendo que su hijo estaba amancebado con esta mulata de tantos años, y con tres o cuatro hijos, nunca lo había estorbado pudiendo y debiendo sacar a la mulata de la hacienda, porque es libre y no esclava, y aun mandarla desterrar lejos, y no lo ha hecho. Pues ahora que guarde la infamia, que de aquellos polvos vienen estos lodos. Yo lo cierto es que habiéndome hurtado un potro bizarro de su potrero, habiéndose él voluntariamente obligado a mantenerme con cuidado allí mismo bestias, ni siquiera le ha mandado buscar. Entonces dijo el mestizo: Yo he oído decir que un indio lo llevaba a este potro estos días pasados cargado con dos zurrones de miel, y que queriéndoselo llevar un indio del Guamo, él alegó que lo había comprado a un indio de Tocaima. Ya el padre cura del Guamo ya sabe todo esto, y está haciendo la diligencia para volverlo a recobrar. Y así descanse usted, que el potro volverá a su poder.

Con esta y otras conversaciones se nos hizo hora de comer, y nos paramos a la margen de una quebrada a la sombra de un manchón de monte, y comimos bien, porque yo traía un pollo asado, y él traía tasajo y huevos duros con ají, y con este picantico comimos muy a gusto. Ya no faltaban sino dos leguas cortas, y nos detuvimos a pasar allí la siesta por el bochorno del sol. Cerca de las cuatro de la tarde volvimos a partir, y al quererse enramar el sol llegamos al pie de la cuesta de La Mina. Allí encontramos al Padre cura con don Juan de Ran, que era el mestizo  más rico del pueblo, con otros tres o cuatro que nos estaban aguardando. Subimos arriba, y el Padre cura ya me tuvo prevenida una casa, y allí me apeé dándome orden para cuanto necesitase que acudiese a su casa.

Está el pueblo fundado dentro de unos espesos peñascos, tanto que sólo hay tres casas juntas. Las demás, que llegarán hasta cincuenta, cada una está encima de su peñasco con escalones hechos a pico para poder subir uno a uno en ellas. Allí corre muy poca plata, y el comercio para comprar se tiene con pedacitos de bronce. Allí nada se da de comer, y así todo viene de afuera; sólo algunos platanares tienen en las vegas del río Coello, que de entre aquellas serranías nace; pero aunque allí nada se da, nada falta con el comercio del bronce. Era ya cerca de Navidad, y yo deseoso de hacerla en Santa Fe, procuré despachar, empezando a predicar la misión desde aquella noche, y la concluí en once días.

Yo quise ir a ver alguna de las minas, y estaban en unos barrancos tan ásperos, que para subir me temblaban las piernas. Son ellas muy abundantes, y la mayor parte del metal que se saca tiene muy poca liga de mohos como el fierro. El modo como lo depuran es: meten todos los pedazos del metal dentro de una hornilla como un grande almirez. Esta en el centro tiene su taladro, y encima prenden candela al carbón, hasta que lo liquidan. Todo lo que es bronce cae abajo a una pocita, y las heces se quedan arriba y segregadas con mohos de hierro. Allí por lo regular fabrican de vaciado estriberas, pailas, campanas, candeleros, almireces y peroles, olleticas para cacao grandes y chicas, etc. Allí hay unas familias que hacen los moldes de darle camisas toma el grueso que ha menester. Acércanlo después lo que se ha de fabricar de cera negra. Estos los embarran de una a la candela y por la boca por donde ha de recibir el metal sacan líquida la cera. Meten después el metal y sale la obra perfecta.

Un día de mañana el Padre cura, después de la misa dijo a la gente: El Padre misionero, en acabando la misión, había de salir a recoger de limosna algún bronce para mandar fundir algunas alhajas necesarias para llevarse a su pueblo. Por otra parte quiere ir a celebrar la Navidad en Santa Fe; y así lo que le hubiese de dar cada uno después, déselo ahora que pueda algo apresurar su viaje. Y así esta tarde los muchachos y muchachas irán por estas quebradas a buscar bronce, y lo que recogiesen me lo traerán, y la demás gente antes de anochecer cada cual me traerá su limosna. Así se hizo. Los niños recogieron trece libras. Estos son desperdicios que se lleva el agua de las minas con las avenidas de las lluvias. Cada cual también trujo su limosna, y yo determiné que me fundiesen una campana de diez libras, y le puse otras dos de plata, y salió muy buena.

Un perol de a catorce libras, seis ollitas para cacao, un almirez de a ocho libras y tres docenas de candeleritos con asa como el que traigo apuntado. Todo salió muy bueno y a mi gusto, y de la fundición sólo hube de pagar el consumo de la cera, que fueron cinco libras y media, y la pagué a cuatro reales la libra.

Hay en este pueblo un gallego, el cual con unos cortos pesos en años anteriores se vino a avecindar en La Mina, emprendiendo el comercio de mandar fabricar algunas piezas de bronce; y llevándolas a vender por el reino de Santa Fe, con este comercio se mantenía con mediana decencia. Para ver si lo pasaría mejor, se casó allí mismo, y con el dote de la mujer adquirió un par de mulas y una casita, y prosiguiendo siempre su negocio adquirió el manejo de algunos pesos. Viniendo pues de Santa Fe de un viaje, hizo noche en la mitad del monte de Tena, de que hablaré luego en una venta que hay. Allí todo es monte espeso y sólo delante de la venta hay un pedacito de gramadal, que es el pasto único de las bestias de todos los que allí se quedan. Quedó pues allí el gallego, y una de sus dos mulas por la noche se entró monte adentro, y no volvió a aparecer. Ya que vino el día el gallego lo gastó buscando su mula. Tres días la estuvo buscando y no la halló. Aquí tengo que advenir que de Santa Fe y de Quito todos los años todo el tesoro que queda, pagados salarios de las cajas reales, que se junta del tributo anual que al rey paga la gente india, se entrega a un sujeto de confianza, el que con no sé qué lucro que en ello tiene, se obliga a pasarlo a la villa de Honda, y de allí lo embarcan con canoas para Cartagena, y de allí se conduce a España. A esto lo llaman El Situado, lo cual se lleva con mucha ostentación, con bandera real en la mula capitana y guarnición de armas, por haber en tiempos pasados sucedido haberles salido ladrones y haberlo extraviado todo. Y un par de millones o tres importa alguna cosa.

En este pues monte de Tena se sabe que a un situado en años pasados se le extravió una mula cargada con dos cajones de plata, y nunca se había podido encontrar. Andando pues este gallego en este monte buscando su mula perdida, casualmente dicen que encontró una mula muerta y seca, cargada de dos cajones de plata, y se infiere que fue ésta del situado del rey. El a lo que la encontró dicen que lo calló, y señalando el paraje, se fue y trujo bestias y cargó la plata y se la llevó a su casa. Esto es lo que se dice, porque de positivo nadie lo sabe; pero, se infiere, porque desde entonces a breve tiempo hizo en La Mina una buena casa, se aperó de bastante vajilla de plata para su servicio, dejó el comercio de bronce, y de Santa Fe trujo una buena tienda de ropa de España, y la mantiene siempre opulenta; y como allí es sólo que la vende, ha ganado mucho, y es fama que tiene mucho dinero.

En esta serranía de la cabeza del río Coello es tradición que todavía hay indios bravos remontados, pero como es tanta la aspereza de aquellos cerros no ha habido quien se haya dedicado a irlos a conquistar. Se hace esto muy creíble, porque como hay en ellos minerales de oro, y a sus corrientes lo van a catear especialmente la gente que vive en las vegas de este río, se han encontrado algunas veces algunas alhajitas de oro labrado. Doña Gregoria, mujer del tío Bonilla, que por estar cerca vinieron todos a la misión, y hablando, un día de esta especie, me dijo haber encontrado a la margen de Coello una nariguera de oro que tuvo tres onzas. Yo quise informarme del caso, y me dijeron que se sabe por tradición constante que la gala y divisa que traen estos indios remontados en la cabecera de Coello es traer taladrada la ternilla de la nariz, y le meten en el taladro media argolla de oro, que forma una media luna, y el medio círculo es completamente redondo, y remata con puntas agresadas como la luna, y que es un oro muy encendido y de mucho quilate.

Desde El Espinal se me aficionó un mozo indio llamado Juan Antonio, y con éste que era práctico del reino de Santa Fe, me partí de La Mina para allá, remitiendo a Natagaima mis alhajas de bronce al Padre Cuenca. En dos jornadas llegamos al paso del río de la Magdalena. Pasamos el río, y la tercera jornada nos emboscamos en un monte espeso, y casualmente nos dividimos uno del otro. Yo arreando dos cargas tomé una senda, y mi mozo arreando las demás bestias tomó otra. Así poco a poco nos fuimos apartando el uno del otro. Al cabo del rato, viendo que ni lo veía aparecer ni lo oía gritar tras las bestias, empecé ya a dudar si iría talvez extraviado, la duda fue creciendo, porque habiéndome dicho que toda la jornada era tierra llana me llevó la senda por entre unos peñascos horrorosos. Así fui caminando hasta mediodía que vine a dar a una casita. A lo que vi casa me alegré. Tenía delante una tasajera, y mis cargas, que con los saltos que fue menester dar por entre los peñascos se habían ladeado las cargas, se fueron por bajo de la tasajera a pasar y meterse abajo de una barbacoa, ellas tumbaron la tasajera y acabaron de descomponerse las cargas.

Yo afligido empecé a gritar, pero nadie me respondió, porque la casa era dejada y nadie la habitaba. Picaba el sol sobremanera. Yo me apeé para ver si podría componer las cargas, y viendo que solo era imposible, determiné de dejarlas allí atadas y revolver a buscar mi mozo. Estando en esto, como estaba yo tan alto, lo oí por dentro del monte arreando. Entonces valiéndome de un pedazo de guadua, formé de ello trompeta y le grité. El estaría una legua retirado de mí, pero como retumbaba mucho el monte oyó el ronquido de mi bocina, y hubo de estar en paraje que me vio. Dejó entonces las bestias atadas, y se vino por dentro del monte. Ya que llegó, compusimos las cargas y fue menester revolver un par de leguas a tomar el camino. Y como en todo el monte no hay agua, se fatigaron de sed las bestias, y apenas pudimos llegar al cerrar de la noche donde hubo agua, y nosotros tampoco no comimos en todo el día por esta falta, y llegamos abrasados de sed.

Salimos pues del monte y nos arranchamos en una ramada, ranchería de pasajeros. Había allí un trapiche que tenían unos mulatos para sacar guarapo, y miel. Dióse de beber a las bestias y para que comieran cogollo de caña dulce fue menester comprar dos pesos, porque por allí no había pasto alguno. Compramos dos reales de guarapo y hartamos la sed. Cenamos, que yo traía un pollo asado, y compramos otro para el otro día.

Pasamos la noche en el rancho, y al venir el día partimos por otro pedazo de monte que nos duró hasta mediodía, y cerca de las dos nos paramos a comer en un pueblecito, que no me acuerdo su nombre. Tendrá unos 80 vecinos, blancos, mestizos, indios y mulatos. Volvimos a proseguir nuestra jornada, y cerca las cinco de la tarde se me cansó el caballo que en La Plata me dio el hijo de don Silvestre Polanco, tan rematadamente cansado, que fue preciso quitarle la carga y aún así no quería dar un paso. Llegamos a una quebrada y viendo que no quería pasar un paso adelante, díjome el mozo: Padre, aquí lo lavaré, pase usted adelante, que aquí no más cerquita hay un trapiche, y arrancharemos allí, y yo de aquí a un rato que se refresque, ya lo llevaré. Así se hizo. Él se quedó con el caballo, y yo llegué al trapiche. Delante tenía un árbol muy coposo, y yo por las señas de las fogatas conocí que allí solían arrancharse los pasajeros. Salió un negro y me ayudó a descargar, y me arranché al pie del árbol. A poco rato vino mi mozo con el caballo.

Fuese mi mozo al trapiche a traer candela, y el dueño del trapiche le preguntó quién era yo, que ya el negro lo había informado que había llegado un Padre. El mozo le respondió que era un misionero. Entonces salió él, que era un mestizo llamado don Felipe Otálora, vecino de la ciudad de La Plata muy amigo mío, que me conoció allá cuando vine de España y prediqué allá la primera misión, el cual había comprado esta hacienda, y se había pasado aquí con toda su familia. A lo que me vio me conoció, y luego llamó negros y me hizo pasar mis trastes en su casa. Mandó al instante dar de comer cogollo fresco a mis bestias, y me hizo una buena cena. Esta noche fue la primera vez que comí papas, porque aunque las había visto nunca las había probado hasta aquí.

Las papas es una raíz de las mejores que ha criado Dios. Es del tamaño de un huevo, con una peladurita o camisa muy delgada. Cuando está cocida se le despega esta tela. Es raíz aguanosa y se come cocida con sólo agua en lugar de pan. Se come en la olla en lugar de berza, y es la berza mejor, porque por más que se coma, nunca empalaga. Se come frita, se come hecha locrito, y escaldada y seca es tan fina guisada con carne, que no hay comida a qué compararla. Y seca escaldada ya no la llaman papa, sino cocopa. Y el maíz también cuando está sarazo, esto es, ni en leche ni ya duro, también lo escaldan y lo secan, y así lo llaman chochoca. Y martajado y cocido con carne parece arroz, y es tan bueno como él. Hay tres especies de papas: las ya dichas es la más común, y cocidas se ponen de color amarillo; otras siempre conservan el color blanco; y las otras no son redondas sino largas, y de ellas hay también de chatas. De unas y otras hay de blancas, amarillas y moradas. Y de éstas suelen hacer una mazamorra con ají y dulce, lo que es estilo comerse frío. Y no está malo.

Estaba este trapiche fundado casi al pie de La Mesa de Juan Díaz. Esta mesa es un empinado cerro muy eminente, que arriba forma un llano que tendrá una milla de largo, y en proporción de ancho. En años anteriores lo compró al rey un español llamado Juan Díaz, y fundó en él una grande hacienda, y de esto tomó la denominación de La Mesa de Juan Díaz. Es tierra templada y de todos frutos y semillas prueban en él. Tuvo pues este hombre una ventura, pero no la supo conservar, y Dios que se la dio, se la quitó después. Fue el caso que uno de los negros esclavos que tenía encontró dentro de un pedazo de monte muchos montoncitos de oro en polvo, que de sus nidos, en lugar de tierra, sacaban las hormigas que vivían en todo aquel monte. El negro avisó a su amo, el cual fue con el negro allá. A lo que vio tanta riqueza, encargó el secreto al negro, y desde aquel día empezó con todo sigilo a acarrearlo a su casa entre los dos. Ya que tuvo el oro en su poder, se puso muy soberbio, y viendo que las hormigas siempre proseguían en volver a sacar más oro, se figuró que habría mucho, y receloso que su negro no descubriese a nadie aquel secreto, un día estando con él en el monte, mató al negro. Pero al instante todo el oro de los hormigueros, y el que tenía ya en su casa, se volvió estiércol de hormigas, y él, de pesar, dentro de breve tiempo, murió impenitente.

Ya que vino el día, partí con mi mozo, y habiendo caminado cosa de media legua de monte espeso y muy fragoso, empezamos a subir a La Mesa. Tendrá dos horas de subida, y ésta con tal artificio, que de rato en rato el camino es hecho con industria a pico, que sólo puede pasar una bestia. Dos juntas no pueden. Un hombre solo de arriba pudiera defenderse de mucha gente. Es algo parecido al castillo de Alarcón que tenemos en este reino de Mallorca. Ya yo sabía que doña Gertrudis Vargas, que conocí en Paicol, y de quien hablé en el Tomo Primero, capítulo IV, vivía en La Mesa con sus hermanos, porque habiendo allí bastantes vecinos, el cura de Guayabal, que es un pueblo que cae de la otra parte al bajar de La Mesa, mantiene allí un sacerdote, y a este efecto había pasado el doctor Vargas con sus hermanos de Paicol a esta Mesa. Yo a lo que llegué arriba pregunté por su casa, y fui allá. Todos se alegraron de verme, y no me dejaron pasar adelante hasta el otro día. A la noche, estando conversando, me dijo doña Gertrudis: Yo en días pasados supe noticias de usted, porque por aquí pasó un Padre de Popayán, que iba para Santa Fe con cinco cargas de cosas de la misión para regalar al señor Virrey. Esta especie me llamó la curiosidad de saber quién fuese. Lo pregunté, y el doctor me respondió: Es un fraile quiteño, que asiste de Comisario en la misión, llamado José Barrutieta.

Lo propio fue oír yo su nombre y se me heló toda mi sangre, y al instante dije entre mí: Ya éste se vino a Santa Fe al señor Virrey y a sacar licencia para que en Mocoa y Caquetá puedan los popayanejos abrir corte de minas de oro. Ya con el informe que éste habrá dado ha volado todo mi proyecto. Yo con todo les pregunté si sabían a qué fin iba dicho Padre a ver al Virrey, y me dijeron que él había dicho que habiéndose descubierto en aquellas serranías tantos minerales de oro muy pingües, iba a darle çuenta para que enviase la noticia al rey de España. Yo les dije si estaría este religioso o no todavía en Santa Fe, y me dijeron que ya haría quince días que estaba de vuelta para Popayán, y que en su casa se había hospedado a la ida y a la vuelta. Había sido el caso que por el Padre Jacinto Alonso, el que llevo notado que hizo recoger mi cama del puesto donde la dejé, cuando me huyeron los indios, cuando de Almaguer iba para Timaná, como vivía con el dicho Comisario en Santa Rosa, a lo que llegó allá le dio noticia del camino que yo llevaba. Él se hizo la cuenta que yo iría a recoger de limosna algunas reses, que con ellas me volvería a entrar en mi pueblo para tener allí cría y poder comer carne, como las tenía en La Concepción Fr. José Carvo, y por entonces no pensó otra cosa más que esto.

Después de algún tiempo, viendo que ya tardaba, se sospechó que yo no fuera a Santa Fe a informar al señor Virrey, y temeroso del daño que yo le podría hacer con el informe, tomó cinco cargas de todo lo bueno y mejor de varias curiosidades y cosas raras que con el tiempo había agregado en la misión y con ello partió para Popayán. En Santa Fe me informaron que llevó gran porción de guayusa, madre de clavo, que es la cáscara del palo que da el clavo y sabe a clavo y a canela, y entonces se había descubierto, varios bálsamos, caraña, galbano y habilla, que es un purgante muy bueno. Llegó al colegio y dio su relación, y en lo que hizo más pie fue, que cuando yo estuve con él en Santa Rosa, iba yo muy airado, y que le dije que lo que el rey da para cada cual de los Padres conversores, para vestirse y mantenerse, en esto se debía emplear, y que ningún superior podía disponer de ello contra la voluntad del dante. Y que ni él podía retener ni darlo al colegio tampoco, porque era contra la regla: convento de San Francisco con renta anual, y que no había de volver a la misión hasta que se destinase un Síndico para este efecto, y éste lo gastase, conforme pidiesen los Padres conversores, a cuyo favor lo daba el rey. Y que era muy factible que yo hubiese pasado a Santa Fe, o que pretendiese pasar a informar al Virrey, y que una vez que yo lograse algún real despacho, ya sería difícil de componer el negocio. Como todos los del colegio mamaban de la leche de los Padres conversores que lo ganaban, se alteraron mucho con su relación, y se resolvió que inmediatamente pasase él a Santa Fe con su regalo de las cosas de la misión y que se llevase juntamente una petición de los que deseaban abrir minas en la misión, para la licencia del señor Virrey, y que si yo hubiese llegado ya antes allá, que solicitase anular mi proyecto, lo cual sería fácil con la esperanza del aumento de la Hacienda Real con la percepción del quinto de oro que diesen las minas; y proponer también que el Comisario que destinase el colegio a los Padres conversores, y quien debe gobernarlos, éste sólo debía entender en suministrarles lo necesario; y que nosotros los Padres chapetones, como recién venidos, no entendían lo que allí más se necesita para tener pacífica la conversión y a raya a las demás naciones aún no sujetas.

La misma tarde se vieron los señores de Popayán, y deseaban abrir los cortes de minas, y se formó la petición para el señor Virrey. Esta era la principal llave para conseguir el efecto; porque aunque en Barbacoas, Iscuandé, Chocó y Cali, que son tierras de oro basta para abrir minas nuevas la licencia del Gobernador de Popayán, pero no puede darla, ni tiene poder alguno dicho Gobernador en las tierras de misiones vivas, y para cuanto se intente en ellas es menester la licencia del Virrey, y aun éste no la dará sin consultar primero el parecer de los Padres conversores, y superiores del colegio a que pertenecen las conversiones en que se intenta establecer algún nuevo proyecto o acción considerable. Estando ya pronta la expedición, se partió dicho Padre Barrutieta para Santa Fe. Llegó allá, y concediéndole el señor Virrey audiencia, logró cuanto quiso de uno y otro proyecto, así de las minas como de la administración de lo que se daba de las cajas reales para el subsidio de los Padres conversores. Yo no lo admiro, porque teniendo él buena labia y donativos en las manos como éstos ciegan los ojos más linces del juez más expedito, como el sabio Salomón, engañó con uno y otro al señor Virrey, y se fue despachado para Popayán. El regó la voz por el convento de Santa Fe que si yo iba allá al señor Virrey con alguna petición o sin ella, me exponía a que el señor Virrey me enviase a España bajo registro.

Yo con la noticia que adquirí en La Mesa de Juan Díaz de que él ya caminaba para Popayán, aunque muy desalentado de derribar lo que él ya llevaba por delante conseguido, con todo alentado del testimonio de mi conciencia, que sólo buscaba la causa de Dios y la conversión pacífica de los indios bárbaros, proseguí mi viaje. Partí al otro día y llegué al pueblo de Guayabal, y de paso compré en la tienda de un catalán treinta y tres varas de rayadillo de algodón, como el que había comprado a seis reales vara para el quitasol, y me lo dio a dos reales y un cuartillo, y pasé de largo cosa de legua y media más abajo, en donde acostumbran parar los que van y vienen de Santa Fe. Hay siete u ocho casitas, y se llama El Descanso. Allí vi un rancho solo, y allí me fui a apear. Apenas hube descargado, cuando el mozo que me acompañaba desde El Espinal me dijo que ya no quería pasar de allí para adelante, y por lo que me había acompañado le diese un sombrero de los dos que yo tenía. Este segundo sombrero no me acuerdo dónde lo había adquirido. Yo le dije que prosiguiese conmigo y que yo en Santa Fe le haría un vestido bueno, y que después a la vuelta, si no quería acompañarme más le daría un caballo para que se fuese a su tierra. No hubo que tratar de composición, y como ya conocía el natural de los indios, me hice la cuenta que él me hurtaría alguna cosa, y se huiría, estimé más despacharlo en paz. Díle el sombrero y unos reales para que comiese en el camino; díle unos trozos de tasajo y díle una carta para don Felipe Otálora, para que le diese el caballo cansado que había dejado en su trapiche, y con ello se fue el pobre para su casa contento.

El pueblo de Guayabal tendrá unos ciento veinte vecinos. Es curato de agustinos de la provincia de Santa Fe. La mayor parte es gente blanca y mestizos, y hay también algunos indios y mulatos. Hay algunos chapetones mercaderes. Es pueblo rico y de mucho comercio, y todos los jueves hay allí feria adonde concurren de todo el Llano Grande, de los Llanos de San Juan, y juntamente de todo el Llano de Santa Fe, Vélez y Tunja. Los del reino de Santa Fe llevan ropa de España y abalorios, sal que fabrican en Nemocón, ropa de la tierra de lana y algodón, paños, bayetas, tocuyos, etc. Los de los Llanos de San Juan llevan cacao, azúcares, mieles, alfandoques y raspaduras. Unos y otros también llevan bestias y ganado; muchas papas los santafereños, muchos plátanos y yucas los llaneros. A lo que fue mi mozo, una viuda con dos mozas que vivían en la última casa, cuyo llanito todo se compone de gramadal, me vieron solo arranchado en el ranchito, y se vinieron a decirme que si gustaba que me pasase a hospedar en su casa. Yo lo admití de mil amores, ya conocí que allí sólo estaba desviado y expuesto que en la noche, la cual amenazaba haber de ser rigurosa, pudiera cualquier malévolo hurtarme alguna cosa; y yo por otra parte no podía pasar adelante sin baqueano que me acompañase, y así volvimos a cargar mis trastos y los llevé a su casa. Y la señora fue con las bestias y las llevó a un potrero en donde tenía un negro que le guardaba un maizal.

Era esto día 23 de enero, y al cerrar la noche cayó un aguacero tan recio que parecía con el ruido que llevaba que los peñascos del monte se hacían pedazos. Y era el caso que como está este llanito de El Descanso en un fondal horroroso, a la raíz del monte de La Mesa de Juan Díaz, y de la otra parte la raíz del monte de Tena, toda el agua que bajaba de estas dos serranías por entre saltos y peñascos lleva este espantoso mido. La casa no era muy grande, y antes del anochecer habían venido a arranchar en el llanito más de diez indios y mestizos, que venían con bueyes cargados de zurrones de miel del trapiche de Otálora y los otros que llevo apuntados. En esta casa la señora y las hijas se mantienen fabricando chicha y haciendo guarapo que venden a los pasajeros. Con el aguacero todos se vinieron a recoger a la casa y a una cocina que tenían de la otra banda del gramadal distante uno de lo otro unos 300 pasos. Las bebidas las tenían en la cocina, y toda la noche la pasaron en bebezón, y las dos mozas en medio del aguacero lo iban a acarrear; y hacía tal frío que yo en toda la noche ni dormí ni me pude calentar.

Ya que vino la mañana, viendo yo que la gente trataba de partir, también quise proseguir mi viaje; mas un mestizo de aquellos me lo disuadió, diciéndome: Padre, usted se va a perder y a perder sus bestias. Este monte de Tena es muy riguroso, y con esta noche que ha hecho cada paso se verá atascado sin poder salir. Nosotros vamos con estos bueyes a quedarnos esta noche que viene en la venta, que está en más de la mitad del monte, porque nos precisa estar en Santa Fe la Nochebuena, y esto por la confianza que tenemos de los bueyes que ya están versados a este camino; pero así como está ahora el monte no es para sus bestias el pasarlo, y si V. P. las quiere arriesgar no saldrán todas a Balsillas, que es una venta que hay a la salida, y toma la denominación de un riachuelo que hay llamado Balsilla.

Yo viendo que todos aprobaban el consejo, determiné quedarme a ver si el tiempo abonanzaba, y así lo hice. Ya se pasó el día, y en la tarde concurrieron otros tantos, o más, mieleros con bueyes cargados de sus zurrones de miel, y al cerrar la noche sucedió otro semejante aguacero, y todos se vinieron a la casa y a la cocina. Yo viendo que no parecía bestia alguna de trajín, sino sólo bueyes, pregunté por ello, y me dijeron que también trajinaban con bestias; pero que para el acarreo ordinario que ellos usaban todo el año acarreando dulces, tenían más aguante los bueyes, por lo áspero del monte de Tena. Y la experiencia que yo vi me lo enseñé que era así. Yo allí conseguí que la señora con sus hijas, del rayadillo que traía me cosieron un sotretoldo de camino conforme yo había visto otros que usaban los pasajeros, y les pagué ocho reales. La lluvia continué hasta el tercer día de Pascua, y allí me estuve sitiado sin poder pasar adelante, aunque fui cada día a decir misa en el Guayabal.

Ya el día de los Santos Inocentes me acompañé con un pasajero que iba para Santa Fe con una carga de quesos. Partimos los dos, y bajamos hasta lo inferior de la quebrada, y de ahí comenzamos a subir el monte de Tena tan nombrado. Yo iba muy receloso por las malas noticias que de su fragosidad había adquirido. Hasta la mitad de la subida hay algunas casas de indios; pero la más grande no tendrá ocho varas de largo, y la cobija del tejado es de hojas de pita. Cuando yo lo vi, y en un lugar tan áspero y rígido, sin que abonanzase jamás en todo el año, sino frío y más frío de noche y de día, me persuadí que ni los ermitaños de la Tebaida vivieron con tanta aspereza; porque allí sólo hay el consuelo que nunca puede faltar leña para la candela.

Ya sería la una después de mediodía cuando llegamos arriba del monte. Aquello, aunque caminábamos sesgando el lomo del cerro, estaba en llano a ratos, pero lleno de camellones llenos de lodo ya negro y ya colorado, que a veces era tan hondo que las bestias se alcanzaban, y quedaban atascadas y se veían opresas para poder salir. A cosa de una legua encontramos una mula bizarra alazana que se huía. Ella tenía el pelo tan crecido, que tendría cuatro dedos como si fuera lana. Yo como hasta entonces no había visto cosa semejante, pregunté al compañero si había en Santa Fe de aquella casta de mulas lanudas. Pero me respondió: Padre, todas las bestias de aquí para adentro son así; todas crían esta lana y aun el ganado vacuno y cabruno les crece mucho el pelo; pero si se sacan a los llanos de San Juan, en cuatro meses les cae toda esa lana y sacan pelo ordinario. Y estas bestia que usted trae, me dijo, si usted tarda un poco en salir, también criarán lana como esta mula.

La mula así que nos vio se paró, y se hizo a un lado desviándose; y por más que la amenazamos, ella se metió por otra senda y pasó adelante. Íbamos los dos tan llenos de lodo, que yo al mirarlo con la cara toda tiznada, me reía del compañero, y él hacía lo mismo de mí. La ruana blanca que yo traía ya no se conocía de qué color era; las bestias llevaban lodo hasta el hocico. Cerca las cinco llegamos a la venta, y allí paramos a pasar la noche. Este es el puesto en cuyo monte el gallego, que en La Mina traigo apuntado, encontró la carga de los cajones de plata. Nos apeamos y ya después de descargar y poner las bestias al gramadal, lo primero fue lavarnos pies y piernas, manos y cabeza. Yo quería lavarla ruana, pero el indio ventero me dijo: Padre, no es necesario, porque mañana la ha de volver a enlodar, y tenía razón y así quedó. Yo le hice matar un pollo que no vale sino medio real, lo asó, y con ello y unos huevos cenamos lindamente. Yo traía pan y convidé al compañero procurando agasajarlo cuanto podía por el interés de que me acompañase hasta Santa Fe. Tenía el ventero guarapo, y como hacía mucho frío, nos bebimos un real de guarapo.

Ya que vino la mañana almorzamos tasajo asado y huevos duros, y volvimos a partir, y a cosa de una legua encontramos un mestizo, que iba en busca de la mula huída. Dímosle noticia de que iba para El Descanso, y se alegró, porque ya hacía tres días que la buscaba. Al cabo de un rato empezamos a trastornar cuesta abajo, y si mala había sido la subida, del día anterior, peor me pareció la bajada. Así fuimos bajando hasta mediodía a una profundidad horrorosa, que levantando los ojos apenas alcanzaba la vista a los penachos de los cerros. Cerro peñascoso de cada lado formando tajos, cuya abertura de uno y otro no tendrá 30 varas, y arriba parece que de un salto se puede pasar. En esta profundidad creo que desde que Dios creó el sol, no había jamás rayado allí. En el llano de esta profundidad todo son peñascos caídos de los cerros, y éstos es preciso pasarse como se pueda. Allí hay muchos caños de agua, muchas mulas y reses muertas, y todo lleno de huesos que testifican lo fragoso de aquel lugar.

Así caminamos entre estos tropiezos cosa de legua y media, y de ahí comenzamos otra vez a subir, pero todo el camino fuerte de peña, hasta que se llega a Tierra Blanca que llaman. Es una loma de greda blanca muy pegajosa y resbalosa, y es menester subirla con mucho tiento, y al acabarse de repente en una ensillada, se apartan los dos cerros totalmente, y dentro de 23 pasos se descubre el llano de Santa Fe, que tendrá diez leguas de largo, y a trechos tres de ancho. A la mano izquierda hace un recodo, en donde hay una hacienda que llaman el Ahijadero, en que regularmente se mantienen en ella ochenta mil ovejas. A su tiempo hablaré de ello. A la mano derecha está una venta de vender chicha, guarapo, queso, pan y raspadura.

Como nosotros íbamos todos enlodados y hambrientos, díjele al compañero: Vamos a esta casa a hacer noche, y tendremos tiempo de lavarnos y secar la ropa, y mañana, si Dios es servido, iremos a Santa Fe. Y sin embargo, de ser temprano, así lo hicimos. Nos llegamos a la venta, y el mestizo me señaló un cuarto que tenía pegado a su misma casa, que servía de guardar los aparejos de sus bestias. Ya que descargamos y compusimos nuestros trastos, el compañero se llevó las bestias a lavar en el río Balsilla, que cae allí adelante cosa de 200 pasos. Yo hice calentar agua y todo me lavé, y una india que había me lavé la ruana, y aún secó aquella noche. Yo que vi que el compañero había dejado sueltas las bestias, cuando vino le dije que las hiera a atar, pero el ventero me dijo: Padre, aunque estén sueltas nadie las ha de tocar. Déjelas estar y así comerán más a gusto. En este llano nadie ata bestia alguna, y todos las tienen y mantienen aquí sueltas, porque el pasto es común a todos. Yo vi que había muchísimas y todas sueltas, y así se quedaron también las nuestras. Yo lo permití porque el ventero me dijo que si estaban atadas me las podrían hurtar; pero que estando sueltas no había peligro, porque entonces, como no sabían de quién eran, no las hurtarían, porque el que hurta alguna bestia en este llano lo castigan duro en Santa Fe.

Esta pampa, que es del todo llana, tiene una vista muy alegre, porque está llena de casas a trechos poblada de indios y mestizos, con varias arboledas y sembrerías de maíz, habas y papales, con sus bardas o paredes de tapia. Todo lo que es pasto común es gramadal, y a trechos entreverado con pajonal. Es por sí la tierra tan húmeda, que por las mañanas hasta las nueve del día nadie puede salir de su casa, porque amanece todo este llano lleno de niebla, y hasta esta hora no la resuelve el sol. Es clima frío y caliente, porque allí el sol abrasa, y en quitarse del sol uno se hiela. A lo que se deshace la niebla amanece toda aquella pampa poblada de bestias y ganado así vacuno como ovejuno y cabruno que causa alegría verlo. A la mano derecha al pie de una serranía a dos leguas de distancia está Santa Fe, intitulada de Bogotá. Casi en medio de una legua está un puente de cantería muy buena, y ésta de preciso se ha de pasar para ir a Santa Fe, porque el río Balsilla que culebrea está llano y es muy cenagozo, y sólo por el puente se puede pasar. A la mano izquierda del puente está el pueblo de Bogotá.

Se llama la capital Santa Fe de Bogotá, porque el pueblo de Bogotá en tiempo de la Conquista era pueblo principalísimo, y el cacique, quiere decir gobernador, que lo gobernaba era indio principalísimo que gobernaba siete provincias, y así era cacique de siete cacicazgos. Este indio pues usó la lealtad de ir y presentarse al general de la tropa española y le prometió entregar de buena paz las siete provincias que gobernaba, y así lo hizo. Fue tan aplaudida esta acción en la corte de Madrid, que Carlos V lo remuneró a él y a toda su descendencia con tener voto y asiento el cacique en la Audiencia de Santa Fe, y se mantiene con esta gracia y honor hasta el día presente. Esta misma acción dio motivo a llamarse aquel Virreinato Reino de Santa Fe, porque con la industria de este cacique toda aquella tierra al instante abrazó la fe. Y este fue el nombre con que se condecoró su capital ciudad, cabeza de Virreinato. Santa Fe comprende la mitad del Perú desde Honduras hasta Loja, que tirará en largo más de mil ochocientas leguas medidas por el camino real. Lo llaman también el Nuevo Reino de Granada. A no ser por ser temperamento frío como Granada, yo no sé en qué otra cosa se parezcan.

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