CAPÍTULO VI
Contiene lo que me sucedió en La
Mina hasta llegar a la ciudad de Tunja.
Salimos pues de San Luis y en el camino me preguntó el mestizo
si había sabido lo que había sucedido con don José Caballero y el
cura del Guamo. Yo le respondí que no había sabido nada. Entonces
él prosiguió diciendo: Ayer llegó noticia que don Rodrigo su hijo
se había casado con una mulata, y después de haberse casado él
aseguró en casa de unos indios y se fue a su casa de madrugada. Su
padre le preguntó cómo venía tan tarde, y él le respondió que a
primera noche se había casado con la mulata, y que por esto se
había tardado en venir. Su padre a lo que lo oyó, tomó una escopeta
que tiene dos tiros, y él huyendo le tiró dos balas. No se sabe si
lo hirió o no. El no ha vuelto a aparecer ni la mulata tampoco. Don
José furibundo se vino al pueblo y maltrató al Padre cura, el cual
se disculpó diciendo que Va Paternidad los había casado. Y don José
dicen que quiere ir a Santa Fe para hacerlos descasar. Trabajos
tiene don José y perderá en balde los pasos. Yo sí es verdad que
los casé, pero fue rogado del Padre cura y con licencia suya
escrita y firmada de su mano. También dijeron anoche que habían
visto a don Rodrigo en casa del Padre cura de Ibagué, y que el cura
lo tiene oculto en su casa, y quiere promediar para hacer la paz, y
un tío suyo fue a la hacienda de don José, y don José lo sacó a
gritos de su casa, y se movió gran pendencia entre los dos siendo
hermanos.
Yo entonces, sabiendo que el amancebamiento había sido público,
respondí: Don José tiene la mayor culpa, porque sabiendo que su
hijo estaba amancebado con esta mulata de tantos años, y con tres o
cuatro hijos, nunca lo había estorbado pudiendo y debiendo sacar a
la mulata de la hacienda, porque es libre y no esclava, y aun
mandarla desterrar lejos, y no lo ha hecho. Pues ahora que guarde
la infamia, que de aquellos polvos vienen estos lodos. Yo lo cierto
es que habiéndome hurtado un potro bizarro de su potrero,
habiéndose él voluntariamente obligado a mantenerme con cuidado
allí mismo bestias, ni siquiera le ha mandado buscar. Entonces dijo
el mestizo: Yo he oído decir que un indio lo llevaba a este potro
estos días pasados cargado con dos zurrones de miel, y que
queriéndoselo llevar un indio del Guamo, él alegó que lo había
comprado a un indio de Tocaima. Ya el padre cura del Guamo ya sabe
todo esto, y está haciendo la diligencia para volverlo a recobrar.
Y así descanse usted, que el potro volverá a su poder.
Con esta y otras conversaciones se nos hizo hora de comer, y nos
paramos a la margen de una quebrada a la sombra de un manchón de
monte, y comimos bien, porque yo traía un pollo asado, y él traía
tasajo y huevos duros con ají, y con este picantico comimos muy a
gusto. Ya no faltaban sino dos leguas cortas, y nos detuvimos a
pasar allí la siesta por el bochorno del sol. Cerca de las cuatro
de la tarde volvimos a partir, y al quererse enramar el sol
llegamos al pie de la cuesta de La Mina. Allí encontramos al Padre
cura con don Juan de Ran, que era el mestizo más rico del pueblo,
con otros tres o cuatro que nos estaban aguardando. Subimos arriba,
y el Padre cura ya me tuvo prevenida una casa, y allí me apeé
dándome orden para cuanto necesitase que acudiese a su casa.
Está el pueblo fundado dentro de unos espesos peñascos, tanto
que sólo hay tres casas juntas. Las demás, que llegarán hasta
cincuenta, cada una está encima de su peñasco con escalones hechos
a pico para poder subir uno a uno en ellas. Allí corre muy poca
plata, y el comercio para comprar se tiene con pedacitos de bronce.
Allí nada se da de comer, y así todo viene de afuera; sólo algunos
platanares tienen en las vegas del río Coello, que de entre
aquellas serranías nace; pero aunque allí nada se da, nada falta
con el comercio del bronce. Era ya cerca de Navidad, y yo deseoso
de hacerla en Santa Fe, procuré despachar, empezando a predicar la
misión desde aquella noche, y la concluí en once
días.
Yo quise ir a ver alguna de las minas, y estaban en unos
barrancos tan ásperos, que para subir me temblaban las piernas. Son
ellas muy abundantes, y la mayor parte del metal que se saca tiene
muy poca liga de mohos como el fierro. El modo como lo depuran es:
meten todos los pedazos del metal dentro de una hornilla como un
grande almirez. Esta en el centro tiene su taladro, y encima
prenden candela al carbón, hasta que lo liquidan. Todo lo que es
bronce cae abajo a una pocita, y las heces se quedan arriba y
segregadas con mohos de hierro. Allí por lo regular fabrican de
vaciado estriberas, pailas, campanas, candeleros, almireces y
peroles, olleticas para cacao grandes y chicas, etc. Allí hay unas
familias que hacen los moldes de darle camisas toma el grueso que
ha menester. Acércanlo después lo que se ha de fabricar de cera
negra. Estos los embarran de una a la candela y por la boca por
donde ha de recibir el metal sacan líquida la cera. Meten después
el metal y sale la obra perfecta.
Un día de mañana el Padre cura, después de la misa dijo a la
gente: El Padre misionero, en acabando la misión, había de salir a
recoger de limosna algún bronce para mandar fundir algunas alhajas
necesarias para llevarse a su pueblo. Por otra parte quiere ir a
celebrar la Navidad en Santa Fe; y así lo que le hubiese de dar
cada uno después, déselo ahora que pueda algo apresurar su viaje. Y
así esta tarde los muchachos y muchachas irán por estas quebradas a
buscar bronce, y lo que recogiesen me lo traerán, y la demás gente
antes de anochecer cada cual me traerá su limosna. Así se hizo. Los
niños recogieron trece libras. Estos son desperdicios que se lleva
el agua de las minas con las avenidas de las lluvias. Cada cual
también trujo su limosna, y yo determiné que me fundiesen una
campana de diez libras, y le puse otras dos de plata, y salió muy
buena.
Un perol de a catorce libras, seis ollitas para cacao, un
almirez de a ocho libras y tres docenas de candeleritos con asa
como el que traigo apuntado. Todo salió muy bueno y a mi gusto, y
de la fundición sólo hube de pagar el consumo de la cera, que
fueron cinco libras y media, y la pagué a cuatro reales la libra.
Hay en este pueblo un gallego, el cual con unos cortos pesos en
años anteriores se vino a avecindar en La Mina, emprendiendo el
comercio de mandar fabricar algunas piezas de bronce; y llevándolas
a vender por el reino de Santa Fe, con este comercio se mantenía
con mediana decencia. Para ver si lo pasaría mejor, se casó allí
mismo, y con el dote de la mujer adquirió un par de mulas y una
casita, y prosiguiendo siempre su negocio adquirió el manejo de
algunos pesos. Viniendo pues de Santa Fe de un viaje, hizo noche en
la mitad del monte de Tena, de que hablaré luego en una venta que
hay. Allí todo es monte espeso y sólo delante de la venta hay un
pedacito de gramadal, que es el pasto único de las bestias de todos
los que allí se quedan. Quedó pues allí el gallego, y una de sus
dos mulas por la noche se entró monte adentro, y no volvió a
aparecer. Ya que vino el día el gallego lo gastó buscando su mula.
Tres días la estuvo buscando y no la halló. Aquí tengo que advenir
que de Santa Fe y de Quito todos los años todo el tesoro que queda,
pagados salarios de las cajas reales, que se junta del tributo
anual que al rey paga la gente india, se entrega a un sujeto de
confianza, el que con no sé qué lucro que en ello tiene, se obliga
a pasarlo a la villa de Honda, y de allí lo embarcan con canoas
para Cartagena, y de allí se conduce a España. A esto lo llaman El
Situado, lo cual se lleva con mucha ostentación, con bandera real
en la mula capitana y guarnición de armas, por haber en tiempos
pasados sucedido haberles salido ladrones y haberlo extraviado
todo. Y un par de millones o tres importa alguna
cosa.
En este pues monte de Tena se sabe que a un situado en años
pasados se le extravió una mula cargada con dos cajones de plata, y
nunca se había podido encontrar. Andando pues este gallego en este
monte buscando su mula perdida, casualmente dicen que encontró una
mula muerta y seca, cargada de dos cajones de plata, y se infiere
que fue ésta del situado del rey. El a lo que la encontró dicen que
lo calló, y señalando el paraje, se fue y trujo bestias y cargó la
plata y se la llevó a su casa. Esto es lo que se dice, porque de
positivo nadie lo sabe; pero, se infiere, porque desde entonces a
breve tiempo hizo en La Mina una buena casa, se aperó de bastante
vajilla de plata para su servicio, dejó el comercio de bronce, y de
Santa Fe trujo una buena tienda de ropa de España, y la mantiene
siempre opulenta; y como allí es sólo que la vende, ha ganado
mucho, y es fama que tiene mucho dinero.
En esta serranía de la cabeza del río Coello es tradición que
todavía hay indios bravos remontados, pero como es tanta la
aspereza de aquellos cerros no ha habido quien se haya dedicado a
irlos a conquistar. Se hace esto muy creíble, porque como hay en
ellos minerales de oro, y a sus corrientes lo van a catear
especialmente la gente que vive en las vegas de este río, se han
encontrado algunas veces algunas alhajitas de oro labrado. Doña
Gregoria, mujer del tío Bonilla, que por estar cerca vinieron todos
a la misión, y hablando, un día de esta especie, me dijo haber
encontrado a la margen de Coello una nariguera de oro que tuvo tres
onzas. Yo quise informarme del caso, y me dijeron que se sabe por
tradición constante que la gala y divisa que traen estos indios
remontados en la cabecera de Coello es traer taladrada la ternilla
de la nariz, y le meten en el taladro media argolla de oro, que
forma una media luna, y el medio círculo es completamente redondo,
y remata con puntas agresadas como la luna, y que es un oro muy
encendido y de mucho quilate.
Desde El Espinal se me aficionó un mozo indio llamado Juan
Antonio, y con éste que era práctico del reino de Santa Fe, me
partí de La Mina para allá, remitiendo a Natagaima mis alhajas de
bronce al Padre Cuenca. En dos jornadas llegamos al paso del río de
la Magdalena. Pasamos el río, y la tercera jornada nos emboscamos
en un monte espeso, y casualmente nos dividimos uno del otro. Yo
arreando dos cargas tomé una senda, y mi mozo arreando las demás
bestias tomó otra. Así poco a poco nos fuimos apartando el uno del
otro. Al cabo del rato, viendo que ni lo veía aparecer ni lo oía
gritar tras las bestias, empecé ya a dudar si iría talvez
extraviado, la duda fue creciendo, porque habiéndome dicho que toda
la jornada era tierra llana me llevó la senda por entre unos
peñascos horrorosos. Así fui caminando hasta mediodía que vine a
dar a una casita. A lo que vi casa me alegré. Tenía delante una
tasajera, y mis cargas, que con los saltos que fue menester dar por
entre los peñascos se habían ladeado las cargas, se fueron por bajo
de la tasajera a pasar y meterse abajo de una barbacoa, ellas
tumbaron la tasajera y acabaron de descomponerse las cargas.
Yo afligido empecé a gritar, pero nadie me respondió, porque la
casa era dejada y nadie la habitaba. Picaba el sol sobremanera. Yo
me apeé para ver si podría componer las cargas, y viendo que solo
era imposible, determiné de dejarlas allí atadas y revolver a
buscar mi mozo. Estando en esto, como estaba yo tan alto, lo oí por
dentro del monte arreando. Entonces valiéndome de un pedazo de
guadua, formé de ello trompeta y le grité. El estaría una legua
retirado de mí, pero como retumbaba mucho el monte oyó el ronquido
de mi bocina, y hubo de estar en paraje que me vio. Dejó entonces
las bestias atadas, y se vino por dentro del monte. Ya que llegó,
compusimos las cargas y fue menester revolver un par de leguas a
tomar el camino. Y como en todo el monte no hay agua, se fatigaron
de sed las bestias, y apenas pudimos llegar al cerrar de la noche
donde hubo agua, y nosotros tampoco no comimos en todo el día por
esta falta, y llegamos abrasados de sed.
Salimos pues del monte y nos arranchamos en una ramada,
ranchería de pasajeros. Había allí un trapiche que tenían unos
mulatos para sacar guarapo, y miel. Dióse de beber a las bestias y
para que comieran cogollo de caña dulce fue menester comprar dos
pesos, porque por allí no había pasto alguno. Compramos dos reales
de guarapo y hartamos la sed. Cenamos, que yo traía un pollo asado,
y compramos otro para el otro día.
Pasamos la noche en el rancho, y al venir el día partimos por
otro pedazo de monte que nos duró hasta mediodía, y cerca de las
dos nos paramos a comer en un pueblecito, que no me acuerdo su
nombre. Tendrá unos 80 vecinos, blancos, mestizos, indios y
mulatos. Volvimos a proseguir nuestra jornada, y cerca las cinco de
la tarde se me cansó el caballo que en La Plata me dio el hijo de
don Silvestre Polanco, tan rematadamente cansado, que fue preciso
quitarle la carga y aún así no quería dar un paso. Llegamos a una
quebrada y viendo que no quería pasar un paso adelante, díjome el
mozo: Padre, aquí lo lavaré, pase usted adelante, que aquí no más
cerquita hay un trapiche, y arrancharemos allí, y yo de aquí a un
rato que se refresque, ya lo llevaré. Así se hizo. Él se quedó con
el caballo, y yo llegué al trapiche. Delante tenía un árbol muy
coposo, y yo por las señas de las fogatas conocí que allí solían
arrancharse los pasajeros. Salió un negro y me ayudó a descargar, y
me arranché al pie del árbol. A poco rato vino mi mozo con el
caballo.
Fuese mi mozo al trapiche a traer candela, y el dueño del
trapiche le preguntó quién era yo, que ya el negro lo había
informado que había llegado un Padre. El mozo le respondió que era
un misionero. Entonces salió él, que era un mestizo llamado don
Felipe Otálora, vecino de la ciudad de La Plata muy amigo mío, que
me conoció allá cuando vine de España y prediqué allá la primera
misión, el cual había comprado esta hacienda, y se había pasado
aquí con toda su familia. A lo que me vio me conoció, y luego llamó
negros y me hizo pasar mis trastes en su casa. Mandó al instante
dar de comer cogollo fresco a mis bestias, y me hizo una buena
cena. Esta noche fue la primera vez que comí papas, porque aunque
las había visto nunca las había probado hasta aquí.
Las papas es una raíz de las mejores que ha criado Dios. Es del
tamaño de un huevo, con una peladurita o camisa muy delgada. Cuando
está cocida se le despega esta tela. Es raíz aguanosa y se come
cocida con sólo agua en lugar de pan. Se come en la olla en lugar
de berza, y es la berza mejor, porque por más que se coma, nunca
empalaga. Se come frita, se come hecha locrito, y escaldada y seca
es tan fina guisada con carne, que no hay comida a qué compararla.
Y seca escaldada ya no la llaman papa, sino cocopa. Y el maíz
también cuando está sarazo, esto es, ni en leche ni ya duro,
también lo escaldan y lo secan, y así lo llaman chochoca. Y
martajado y cocido con carne parece arroz, y es tan bueno como él.
Hay tres especies de papas: las ya dichas es la más común, y
cocidas se ponen de color amarillo; otras siempre conservan el
color blanco; y las otras no son redondas sino largas, y de ellas
hay también de chatas. De unas y otras hay de blancas, amarillas y
moradas. Y de éstas suelen hacer una mazamorra con ají y dulce, lo
que es estilo comerse frío. Y no está malo.
Estaba este trapiche fundado casi al pie de La Mesa de Juan
Díaz. Esta mesa es un empinado cerro muy eminente, que arriba forma
un llano que tendrá una milla de largo, y en proporción de ancho.
En años anteriores lo compró al rey un español llamado Juan Díaz, y
fundó en él una grande hacienda, y de esto tomó la denominación de
La Mesa de Juan Díaz. Es tierra templada y de todos frutos y
semillas prueban en él. Tuvo pues este hombre una ventura, pero no
la supo conservar, y Dios que se la dio, se la quitó después. Fue
el caso que uno de los negros esclavos que tenía encontró dentro de
un pedazo de monte muchos montoncitos de oro en polvo, que de sus
nidos, en lugar de tierra, sacaban las hormigas que vivían en todo
aquel monte. El negro avisó a su amo, el cual fue con el negro
allá. A lo que vio tanta riqueza, encargó el secreto al negro, y
desde aquel día empezó con todo sigilo a acarrearlo a su casa entre
los dos. Ya que tuvo el oro en su poder, se puso muy soberbio, y
viendo que las hormigas siempre proseguían en volver a sacar más
oro, se figuró que habría mucho, y receloso que su negro no
descubriese a nadie aquel secreto, un día estando con él en el
monte, mató al negro. Pero al instante todo el oro de los
hormigueros, y el que tenía ya en su casa, se volvió estiércol de
hormigas, y él, de pesar, dentro de breve tiempo, murió
impenitente.
Ya que vino el día, partí con mi mozo, y habiendo caminado cosa
de media legua de monte espeso y muy fragoso, empezamos a subir a
La Mesa. Tendrá dos horas de subida, y ésta con tal artificio, que
de rato en rato el camino es hecho con industria a pico, que sólo
puede pasar una bestia. Dos juntas no pueden. Un hombre solo de
arriba pudiera defenderse de mucha gente. Es algo parecido al
castillo de Alarcón que tenemos en este reino de Mallorca. Ya yo
sabía que doña Gertrudis Vargas, que conocí en Paicol, y de quien
hablé en el Tomo Primero, capítulo IV, vivía en La Mesa con sus
hermanos, porque habiendo allí bastantes vecinos, el cura de
Guayabal, que es un pueblo que cae de la otra parte al bajar de La
Mesa, mantiene allí un sacerdote, y a este efecto había pasado el
doctor Vargas con sus hermanos de Paicol a esta Mesa. Yo a lo que
llegué arriba pregunté por su casa, y fui allá. Todos se alegraron
de verme, y no me dejaron pasar adelante hasta el otro día. A la
noche, estando conversando, me dijo doña Gertrudis: Yo en días
pasados supe noticias de usted, porque por aquí pasó un Padre de
Popayán, que iba para Santa Fe con cinco cargas de cosas de la
misión para regalar al señor Virrey. Esta especie me llamó la
curiosidad de saber quién fuese. Lo pregunté, y el doctor me
respondió: Es un fraile quiteño, que asiste de Comisario en la
misión, llamado José Barrutieta.
Lo propio fue oír yo su nombre y se me heló toda mi sangre, y al
instante dije entre mí: Ya éste se vino a Santa Fe al señor Virrey
y a sacar licencia para que en Mocoa y Caquetá puedan los
popayanejos abrir corte de minas de oro. Ya con el informe que éste
habrá dado ha volado todo mi proyecto. Yo con todo les pregunté si
sabían a qué fin iba dicho Padre a ver al Virrey, y me dijeron que
él había dicho que habiéndose descubierto en aquellas serranías
tantos minerales de oro muy pingües, iba a darle çuenta para que
enviase la noticia al rey de España. Yo les dije si estaría este
religioso o no todavía en Santa Fe, y me dijeron que ya haría
quince días que estaba de vuelta para Popayán, y que en su casa se
había hospedado a la ida y a la vuelta. Había sido el caso que por
el Padre Jacinto Alonso, el que llevo notado que hizo recoger mi
cama del puesto donde la dejé, cuando me huyeron los indios, cuando
de Almaguer iba para Timaná, como vivía con el dicho Comisario en
Santa Rosa, a lo que llegó allá le dio noticia del camino que yo
llevaba. Él se hizo la cuenta que yo iría a recoger de limosna
algunas reses, que con ellas me volvería a entrar en mi pueblo para
tener allí cría y poder comer carne, como las tenía en La
Concepción Fr. José Carvo, y por entonces no pensó otra cosa más
que esto.
Después de algún tiempo, viendo que ya tardaba, se sospechó que
yo no fuera a Santa Fe a informar al señor Virrey, y temeroso del
daño que yo le podría hacer con el informe, tomó cinco cargas de
todo lo bueno y mejor de varias curiosidades y cosas raras que con
el tiempo había agregado en la misión y con ello partió para
Popayán. En Santa Fe me informaron que llevó gran porción de
guayusa, madre de clavo, que es la cáscara del palo que da el clavo
y sabe a clavo y a canela, y entonces se había descubierto, varios
bálsamos, caraña, galbano y habilla, que es un purgante muy bueno.
Llegó al colegio y dio su relación, y en lo que hizo más pie fue,
que cuando yo estuve con él en Santa Rosa, iba yo muy airado, y que
le dije que lo que el rey da para cada cual de los Padres
conversores, para vestirse y mantenerse, en esto se debía emplear,
y que ningún superior podía disponer de ello contra la voluntad del
dante. Y que ni él podía retener ni darlo al colegio tampoco,
porque era contra la regla: convento de San Francisco con renta
anual, y que no había de volver a la misión hasta que se destinase
un Síndico para este efecto, y éste lo gastase, conforme pidiesen
los Padres conversores, a cuyo favor lo daba el rey. Y que era muy
factible que yo hubiese pasado a Santa Fe, o que pretendiese pasar
a informar al Virrey, y que una vez que yo lograse algún real
despacho, ya sería difícil de componer el negocio. Como todos los
del colegio mamaban de la leche de los Padres conversores que lo
ganaban, se alteraron mucho con su relación, y se resolvió que
inmediatamente pasase él a Santa Fe con su regalo de las cosas de
la misión y que se llevase juntamente una petición de los que
deseaban abrir minas en la misión, para la licencia del señor
Virrey, y que si yo hubiese llegado ya antes allá, que solicitase
anular mi proyecto, lo cual sería fácil con la esperanza del
aumento de la Hacienda Real con la percepción del quinto de oro que
diesen las minas; y proponer también que el Comisario que destinase
el colegio a los Padres conversores, y quien debe gobernarlos, éste
sólo debía entender en suministrarles lo necesario; y que nosotros
los Padres chapetones, como recién venidos, no entendían lo que
allí más se necesita para tener pacífica la conversión y a raya a
las demás naciones aún no sujetas.
La misma tarde se vieron los señores de Popayán, y deseaban
abrir los cortes de minas, y se formó la petición para el señor
Virrey. Esta era la principal llave para conseguir el efecto;
porque aunque en Barbacoas, Iscuandé, Chocó y Cali, que son tierras
de oro basta para abrir minas nuevas la licencia del Gobernador de
Popayán, pero no puede darla, ni tiene poder alguno dicho
Gobernador en las tierras de misiones vivas, y para cuanto se
intente en ellas es menester la licencia del Virrey, y aun éste no
la dará sin consultar primero el parecer de los Padres conversores,
y superiores del colegio a que pertenecen las conversiones en que
se intenta establecer algún nuevo proyecto o acción considerable.
Estando ya pronta la expedición, se partió dicho Padre Barrutieta
para Santa Fe. Llegó allá, y concediéndole el señor Virrey
audiencia, logró cuanto quiso de uno y otro proyecto, así de las
minas como de la administración de lo que se daba de las cajas
reales para el subsidio de los Padres conversores. Yo no lo admiro,
porque teniendo él buena labia y donativos en las manos como éstos
ciegan los ojos más linces del juez más expedito, como el sabio
Salomón, engañó con uno y otro al señor Virrey, y se fue despachado
para Popayán. El regó la voz por el convento de Santa Fe que si yo
iba allá al señor Virrey con alguna petición o sin ella, me exponía
a que el señor Virrey me enviase a España bajo registro.
Yo con la noticia que adquirí en La Mesa de Juan Díaz de que él
ya caminaba para Popayán, aunque muy desalentado de derribar lo que
él ya llevaba por delante conseguido, con todo alentado del
testimonio de mi conciencia, que sólo buscaba la causa de Dios y la
conversión pacífica de los indios bárbaros, proseguí mi viaje.
Partí al otro día y llegué al pueblo de Guayabal, y de paso compré
en la tienda de un catalán treinta y tres varas de rayadillo de
algodón, como el que había comprado a seis reales vara para el
quitasol, y me lo dio a dos reales y un cuartillo, y pasé de largo
cosa de legua y media más abajo, en donde acostumbran parar los que
van y vienen de Santa Fe. Hay siete u ocho casitas, y se llama El
Descanso. Allí vi un rancho solo, y allí me fui a apear. Apenas
hube descargado, cuando el mozo que me acompañaba desde El Espinal
me dijo que ya no quería pasar de allí para adelante, y por lo que
me había acompañado le diese un sombrero de los dos que yo tenía.
Este segundo sombrero no me acuerdo dónde lo había adquirido. Yo le
dije que prosiguiese conmigo y que yo en Santa Fe le haría un
vestido bueno, y que después a la vuelta, si no quería acompañarme
más le daría un caballo para que se fuese a su tierra. No hubo que
tratar de composición, y como ya conocía el natural de los indios,
me hice la cuenta que él me hurtaría alguna cosa, y se huiría,
estimé más despacharlo en paz. Díle el sombrero y unos reales para
que comiese en el camino; díle unos trozos de tasajo y díle una
carta para don Felipe Otálora, para que le diese el caballo cansado
que había dejado en su trapiche, y con ello se fue el pobre para su
casa contento.
El pueblo de Guayabal tendrá unos ciento veinte vecinos. Es
curato de agustinos de la provincia de Santa Fe. La mayor parte es
gente blanca y mestizos, y hay también algunos indios y mulatos.
Hay algunos chapetones mercaderes. Es pueblo rico y de mucho
comercio, y todos los jueves hay allí feria adonde concurren de
todo el Llano Grande, de los Llanos de San Juan, y juntamente de
todo el Llano de Santa Fe, Vélez y Tunja. Los del reino de Santa Fe
llevan ropa de España y abalorios, sal que fabrican en Nemocón,
ropa de la tierra de lana y algodón, paños, bayetas, tocuyos, etc.
Los de los Llanos de San Juan llevan cacao, azúcares, mieles,
alfandoques y raspaduras. Unos y otros también llevan bestias y
ganado; muchas papas los santafereños, muchos plátanos y yucas los
llaneros. A lo que fue mi mozo, una viuda con dos mozas que vivían
en la última casa, cuyo llanito todo se compone de gramadal, me
vieron solo arranchado en el ranchito, y se vinieron a decirme que
si gustaba que me pasase a hospedar en su casa. Yo lo admití de mil
amores, ya conocí que allí sólo estaba desviado y expuesto que en
la noche, la cual amenazaba haber de ser rigurosa, pudiera
cualquier malévolo hurtarme alguna cosa; y yo por otra parte no
podía pasar adelante sin baqueano que me acompañase, y así volvimos
a cargar mis trastos y los llevé a su casa. Y la señora fue con las
bestias y las llevó a un potrero en donde tenía un negro que le
guardaba un maizal.
Era esto día 23 de enero, y al cerrar la noche cayó un aguacero
tan recio que parecía con el ruido que llevaba que los peñascos del
monte se hacían pedazos. Y era el caso que como está este llanito
de El Descanso en un fondal horroroso, a la raíz del monte de La
Mesa de Juan Díaz, y de la otra parte la raíz del monte de Tena,
toda el agua que bajaba de estas dos serranías por entre saltos y
peñascos lleva este espantoso mido. La casa no era muy grande, y
antes del anochecer habían venido a arranchar en el llanito más de
diez indios y mestizos, que venían con bueyes cargados de zurrones
de miel del trapiche de Otálora y los otros que llevo apuntados. En
esta casa la señora y las hijas se mantienen fabricando chicha y
haciendo guarapo que venden a los pasajeros. Con el aguacero todos
se vinieron a recoger a la casa y a una cocina que tenían de la
otra banda del gramadal distante uno de lo otro unos 300 pasos. Las
bebidas las tenían en la cocina, y toda la noche la pasaron en
bebezón, y las dos mozas en medio del aguacero lo iban a acarrear;
y hacía tal frío que yo en toda la noche ni dormí ni me pude
calentar.
Ya que vino la mañana, viendo yo que la gente trataba de partir,
también quise proseguir mi viaje; mas un mestizo de aquellos me lo
disuadió, diciéndome: Padre, usted se va a perder y a perder sus
bestias. Este monte de Tena es muy riguroso, y con esta noche que
ha hecho cada paso se verá atascado sin poder salir. Nosotros vamos
con estos bueyes a quedarnos esta noche que viene en la venta, que
está en más de la mitad del monte, porque nos precisa estar en
Santa Fe la Nochebuena, y esto por la confianza que tenemos de los
bueyes que ya están versados a este camino; pero así como está
ahora el monte no es para sus bestias el pasarlo, y si V. P. las
quiere arriesgar no saldrán todas a Balsillas, que es una venta que
hay a la salida, y toma la denominación de un riachuelo que hay
llamado Balsilla.
Yo viendo que todos aprobaban el consejo, determiné quedarme a
ver si el tiempo abonanzaba, y así lo hice. Ya se pasó el día, y en
la tarde concurrieron otros tantos, o más, mieleros con bueyes
cargados de sus zurrones de miel, y al cerrar la noche sucedió otro
semejante aguacero, y todos se vinieron a la casa y a la cocina. Yo
viendo que no parecía bestia alguna de trajín, sino sólo bueyes,
pregunté por ello, y me dijeron que también trajinaban con bestias;
pero que para el acarreo ordinario que ellos usaban todo el año
acarreando dulces, tenían más aguante los bueyes, por lo áspero del
monte de Tena. Y la experiencia que yo vi me lo enseñé que era así.
Yo allí conseguí que la señora con sus hijas, del rayadillo que
traía me cosieron un sotretoldo de camino conforme yo había visto
otros que usaban los pasajeros, y les pagué ocho reales. La lluvia
continué hasta el tercer día de Pascua, y allí me estuve sitiado
sin poder pasar adelante, aunque fui cada día a decir misa en el
Guayabal.
Ya el día de los Santos Inocentes me acompañé con un pasajero
que iba para Santa Fe con una carga de quesos. Partimos los dos, y
bajamos hasta lo inferior de la quebrada, y de ahí comenzamos a
subir el monte de Tena tan nombrado. Yo iba muy receloso por las
malas noticias que de su fragosidad había adquirido. Hasta la mitad
de la subida hay algunas casas de indios; pero la más grande no
tendrá ocho varas de largo, y la cobija del tejado es de hojas de
pita. Cuando yo lo vi, y en un lugar tan áspero y rígido, sin que
abonanzase jamás en todo el año, sino frío y más frío de noche y de
día, me persuadí que ni los ermitaños de la Tebaida vivieron con
tanta aspereza; porque allí sólo hay el consuelo que nunca puede
faltar leña para la candela.
Ya sería la una después de mediodía cuando llegamos arriba del
monte. Aquello, aunque caminábamos sesgando el lomo del cerro,
estaba en llano a ratos, pero lleno de camellones llenos de lodo ya
negro y ya colorado, que a veces era tan hondo que las bestias se
alcanzaban, y quedaban atascadas y se veían opresas para poder
salir. A cosa de una legua encontramos una mula bizarra alazana que
se huía. Ella tenía el pelo tan crecido, que tendría cuatro dedos
como si fuera lana. Yo como hasta entonces no había visto cosa
semejante, pregunté al compañero si había en Santa Fe de aquella
casta de mulas lanudas. Pero me respondió: Padre, todas las bestias
de aquí para adentro son así; todas crían esta lana y aun el ganado
vacuno y cabruno les crece mucho el pelo; pero si se sacan a los
llanos de San Juan, en cuatro meses les cae toda esa lana y sacan
pelo ordinario. Y estas bestia que usted trae, me dijo, si usted
tarda un poco en salir, también criarán lana como esta
mula.
La mula así que nos vio se paró, y se hizo a un lado
desviándose; y por más que la amenazamos, ella se metió por otra
senda y pasó adelante. Íbamos los dos tan llenos de lodo, que yo al
mirarlo con la cara toda tiznada, me reía del compañero, y él hacía
lo mismo de mí. La ruana blanca que yo traía ya no se conocía de
qué color era; las bestias llevaban lodo hasta el hocico. Cerca las
cinco llegamos a la venta, y allí paramos a pasar la noche. Este es
el puesto en cuyo monte el gallego, que en La Mina traigo apuntado,
encontró la carga de los cajones de plata. Nos apeamos y ya después
de descargar y poner las bestias al gramadal, lo primero fue
lavarnos pies y piernas, manos y cabeza. Yo quería lavarla ruana,
pero el indio ventero me dijo: Padre, no es necesario, porque
mañana la ha de volver a enlodar, y tenía razón y así quedó. Yo le
hice matar un pollo que no vale sino medio real, lo asó, y con ello
y unos huevos cenamos lindamente. Yo traía pan y convidé al
compañero procurando agasajarlo cuanto podía por el interés de que
me acompañase hasta Santa Fe. Tenía el ventero guarapo, y como
hacía mucho frío, nos bebimos un real de guarapo.
Ya que vino la mañana almorzamos tasajo asado y huevos duros, y
volvimos a partir, y a cosa de una legua encontramos un mestizo,
que iba en busca de la mula huída. Dímosle noticia de que iba para
El Descanso, y se alegró, porque ya hacía tres días que la buscaba.
Al cabo de un rato empezamos a trastornar cuesta abajo, y si mala
había sido la subida, del día anterior, peor me pareció la bajada.
Así fuimos bajando hasta mediodía a una profundidad horrorosa, que
levantando los ojos apenas alcanzaba la vista a los penachos de los
cerros. Cerro peñascoso de cada lado formando tajos, cuya abertura
de uno y otro no tendrá 30 varas, y arriba parece que de un salto
se puede pasar. En esta profundidad creo que desde que Dios creó el
sol, no había jamás rayado allí. En el llano de esta profundidad
todo son peñascos caídos de los cerros, y éstos es preciso pasarse
como se pueda. Allí hay muchos caños de agua, muchas mulas y reses
muertas, y todo lleno de huesos que testifican lo fragoso de aquel
lugar.
Así caminamos entre estos tropiezos cosa de legua y media, y de
ahí comenzamos otra vez a subir, pero todo el camino fuerte de
peña, hasta que se llega a Tierra Blanca que llaman. Es una loma de
greda blanca muy pegajosa y resbalosa, y es menester subirla con
mucho tiento, y al acabarse de repente en una ensillada, se apartan
los dos cerros totalmente, y dentro de 23 pasos se descubre el
llano de Santa Fe, que tendrá diez leguas de largo, y a trechos
tres de ancho. A la mano izquierda hace un recodo, en donde hay una
hacienda que llaman el Ahijadero, en que regularmente se mantienen
en ella ochenta mil ovejas. A su tiempo hablaré de ello. A la mano
derecha está una venta de vender chicha, guarapo, queso, pan y
raspadura.
Como nosotros íbamos todos enlodados y hambrientos, díjele al
compañero: Vamos a esta casa a hacer noche, y tendremos tiempo de
lavarnos y secar la ropa, y mañana, si Dios es servido, iremos a
Santa Fe. Y sin embargo, de ser temprano, así lo hicimos. Nos
llegamos a la venta, y el mestizo me señaló un cuarto que tenía
pegado a su misma casa, que servía de guardar los aparejos de sus
bestias. Ya que descargamos y compusimos nuestros trastos, el
compañero se llevó las bestias a lavar en el río Balsilla, que cae
allí adelante cosa de 200 pasos. Yo hice calentar agua y todo me
lavé, y una india que había me lavé la ruana, y aún secó aquella
noche. Yo que vi que el compañero había dejado sueltas las bestias,
cuando vino le dije que las hiera a atar, pero el ventero me dijo:
Padre, aunque estén sueltas nadie las ha de tocar. Déjelas estar y
así comerán más a gusto. En este llano nadie ata bestia alguna, y
todos las tienen y mantienen aquí sueltas, porque el pasto es común
a todos. Yo vi que había muchísimas y todas sueltas, y así se
quedaron también las nuestras. Yo lo permití porque el ventero me
dijo que si estaban atadas me las podrían hurtar; pero que estando
sueltas no había peligro, porque entonces, como no sabían de quién
eran, no las hurtarían, porque el que hurta alguna bestia en este
llano lo castigan duro en Santa Fe.
Esta pampa, que es del todo llana, tiene una vista muy alegre,
porque está llena de casas a trechos poblada de indios y mestizos,
con varias arboledas y sembrerías de maíz, habas y papales, con sus
bardas o paredes de tapia. Todo lo que es pasto común es gramadal,
y a trechos entreverado con pajonal. Es por sí la tierra tan
húmeda, que por las mañanas hasta las nueve del día nadie puede
salir de su casa, porque amanece todo este llano lleno de niebla, y
hasta esta hora no la resuelve el sol. Es clima frío y caliente,
porque allí el sol abrasa, y en quitarse del sol uno se hiela. A lo
que se deshace la niebla amanece toda aquella pampa poblada de
bestias y ganado así vacuno como ovejuno y cabruno que causa
alegría verlo. A la mano derecha al pie de una serranía a dos
leguas de distancia está Santa Fe, intitulada de Bogotá. Casi en
medio de una legua está un puente de cantería muy buena, y ésta de
preciso se ha de pasar para ir a Santa Fe, porque el río Balsilla
que culebrea está llano y es muy cenagozo, y sólo por el puente se
puede pasar. A la mano izquierda del puente está el pueblo de
Bogotá.
Se llama la capital Santa Fe de Bogotá, porque el pueblo de
Bogotá en tiempo de la Conquista era pueblo principalísimo, y el
cacique, quiere decir gobernador, que lo gobernaba era indio
principalísimo que gobernaba siete provincias, y así era cacique de
siete cacicazgos. Este indio pues usó la lealtad de ir y
presentarse al general de la tropa española y le prometió entregar
de buena paz las siete provincias que gobernaba, y así lo hizo. Fue
tan aplaudida esta acción en la corte de Madrid, que Carlos V lo
remuneró a él y a toda su descendencia con tener voto y asiento el
cacique en la Audiencia de Santa Fe, y se mantiene con esta gracia
y honor hasta el día presente. Esta misma acción dio motivo a
llamarse aquel Virreinato Reino de Santa Fe, porque con la
industria de este cacique toda aquella tierra al instante abrazó la
fe.
Y este fue el nombre con que se condecoró su capital
ciudad, cabeza de Virreinato. Santa Fe comprende la mitad del Perú
desde Honduras hasta Loja, que tirará en largo más de mil
ochocientas leguas medidas por el camino real. Lo llaman también el
Nuevo Reino de Granada. A no ser por ser temperamento frío como
Granada, yo no sé en qué otra cosa se parezcan.