(Continuación capítulo
V
)
Yo luego traté de cargar y partir, y teniendo ya mi caballo
ensillado, el cura nuevo me mandó un regalo de cuatro cajeticas de
jalea fina de Santa Fe, que la hacen muy rica. Yo por no volver a
desliar las petacas, las metí en las bolsas de mi coraza. Volví
después, estando todo ya pronto para partir a entrar en el cuarto a
ver si se quedaba alguna cosa, y en lo interim alguno de aquellos
mestizos que se habían acercado para ayudar a cargar, o entre todos
ellos, me quitaron las cuatro cajetas. Yo incauto no hice más que
salir y montar a caballo, y partimos, y a cosa de haber caminado un
rato, acaté con mis cajetas, y ya no las hallé. El indio que me
acompañaba dijo que no había reparado nada, y así quedó.
Ya bajamos del cerro y volvimos a pasar el río Coello sin canoa,
porque en este paso se explaya el río en un arenal, y tendrá
cuatrocientos pasos de ancho, pero por lo mismo es muy remanso, y
lleva menos de media vara de agua. Caminamos todo el día, y a la
tarde vinimos a arranchar en despoblado, dentro de un pedazo de
monte espeso. Ya que hubimos arranchado, reparé que por allí había
varios tizones, seña de que allí habían varios arranchados. Yo
pregunté al indio si aquello era ranchería ordinaria de pasajeros,
y me respondió que sí. Mas me contó que en años anteriores,
habiendo arranchado en aquel lugar unos arrieros, pusieron las
enjalmas y aparejos sobre un palo que allí estaba tendido, y al
cabo del rato vieron que el palo se iba. Acudieron algunos, y había
sido una culebra boa, como la que noto Tomo Primero, capítulo 1.
Ella con el mido revolvió, y con el aliento se atrajo dos arrieros
a su boca y se los comió. Los otros huyeron. Se divulgó el caso, y
de Santa Fe vino gente con armas de fuego, y la mataron y le
sacaron cinco mulas cargadas de gordura y se la llevaron a los
boticarios de Santa Fe.
Ahora me acuerdo de otro caso que en El Espinal me contó una
noche cenando don Antonio Álvarez, allí citado. Cosa había de ocho
años que en las cercanías de Santa Fe, en el camino que va de
Chiquinquirá, de cuyo Santuario hablaré a su tiempo, en una
hacienda habían hecho una gran sembrería de maíz. Estaba ya en
mazorca, y un indiecito de catorce años lo guardaba espantando los
loros y guacamayas, que por allí, como van en bandadas grandes,
hacen mucho daño. Un día pues vino un águila tan grande, que el
indiecito se espantó, y se huyó de miedo. A la noche contó en la
hacienda lo que había visto. Pensaron que sería algún cóndor, que
es lo propio que los buitres de España. El indio decía que no, sino
que era más grande, y que volaba muy veloz. El otro día volvió a
ver el mismo pájaro, se volvió a huir, y en casa volvió a contar lo
mismo. El amo pensando que era astucia del muchacho para no ir a
guardar el maizal, lo amenazó que si volvía a huir lo mandaría
azotar. El tercer día volvió el pájaro y embistió al indiecito y se
lo llevó y lo tuvo en el aire más de una hora dándole picotazos, y
al poner del sol lo soltó de cosa de tres o cuatro varas de alto.
El indiecito apareció a la hacienda todo arañado y lleno de llagas,
y contó lo que le había pasado. Al otro día fueron allá algunos
indios y vieron el pájaro que hacia tanto bulto como un becerro de
año. Se divulgó la voz, y llegó a Santa Fe, y el señor Virrey
despachó treinta soldados y lo mataron, y había sido un águila. Y
yo, dijo don Antonio, tengo una mano suya en mi casa y la canilla
del hueso es del tamaño de la muñeca de un hombre, y sus garras son
a proporción. Yo lo creí por la veracidad del sujeto que me lo
contó; con la evidencia de tener en su poder la mano, como la
pintó, y es el caso tan reciente, que era fácil de averiguar de si
era o no verdad, y confirmarlo también el cura del Guamo de que era
así como se contó.
El otro día de mañana partimos y antes del mediodía llegamos a
la hacienda del doctor Moya ya citado. Él me estaba ya aguardando
para comer. Era un hombre vivísimo, muy atento, inteligente y
cortés. A breves razones me declaró que el haberme hecho subir a
Coello para que viniese a dar a su casa, había sido influjo suyo,
comunicado al Padre cura de El Espinal y a don Antonio Álvarez su
concuñado, y esto, ya para tener ocasión de comunicarme, y ya para
pedirme el favor de que pasase por el pueblo de San Juan del Valle,
porque el cura que era muy su amigo, lo había empeñado para que
allí predicase unos días y confesase la gente. Yo como vi sujeto
tan expedito y amable en un todo, no tuve valor para negarle lo que
me pedía, y le di mi palabra, y que a vuelta de viaje volvería a
pasar por su casa, y con esto determiné al día siguiente pasar al
Valle, y él despachó allá un negro a dar aviso al alcalde y al
Padre cura. El me dio otras diez novillas de a tres años y me las
condujo al cura del Guamo, el que me las traspuso en Natagaima con
las demás al Padre Cuenca.
Ya que vino el otro día dije misa en su oratorio que tenía muy
devoto, y después de almorzar partí con un indio para el Valle. A
mediodía llegamos a un pueblecito llamado San Luis. Así que del
pueblo me vieron antes de llegar, catay que avisan al Padre cura, y
éste deseoso de hacerme quedar, juntó en un instante la gente que
pudo, y con los alcaldes me sale a recibir. Yo que antes de llegar
oigo repique de campanas, pensé que habría alguna fiesta; pero al
instante me encontré con la gente que venía a salirme al camino. A
lo que vi al Padre cura me apeé, y después de los acostumbrados
cortejos, me condujeron a casa del Padre cura. Yo que veo que manda
descargar mis bestias, le dije que no, porque yo pasaba adelante al
Valle, que me aguardarían, porque estaban avisados por un negro del
doctor Moya. El cura respondió que él mandaría allá un indio para
que no me aguardasen, alegando que su pueblo tenía tanta necesidad
de una misión como el Valle, y que en suposición de estar ya en su
pueblo, tenía ya más derecho que el Valle. Por fin yo me vi con
todos mis trabajos para poder resistir, y hube de condescender a
darle palabra de volver en acabando la misión en el Valle. Ya no
faltaba sino dos leguas para el Valle, y me hizo quedar a comer y a
pasar la siesta.
Cerca las cuatro de la tarde volví a partir. Había que
trastornar un gran cerro, y antes de llegar a él había un palmar de
una especie de palmas que yo hasta entonces no había visto. Es
palma de bastante cuerpo y altura, y por sí se despoja de las hojas
anualmente. Da unos racimos de cocos un poco menores que la palma
petó, que noto Tomo Primero, capítulo III. Este es el árbol que
vulgarmente se dice que da todo lo necesario para la vida humana,
porque su fruto cocido es bueno a comer; dentro de cada coco tiene
otra comida blanca más delicada, y está lleno de agua blanquizca
muy buena a beber. Entre las hojas cría una tela muy tupida como el
palmito de España, que con sólo cuatro de estas telas hay bastante
para cubrirse una criatura. Y da en las hojas unas espinas como
agujas para coser dicho vestido. Mas allá no se hace caso de nada
de todo esto, y sólo de las dichas telas se aprovechan para hacer
escobas para barrera envolviéndolas y son muy buenas y duran mucho.
Los indios en varias partes las sacan a los poblados bien
compuestas, y las venden muy bien.
Subimos al cerro, y al trastornar ya descubrimos el pueblo del
Valle, y del pueblo nos descubrieron también a nosotros, porque nos
tenían puesta centinela, y como tenían ya los caballos ensillados,
al tiempo que nosotros bajamos, ya estuvieron con nosotros y nos
encontramos al pie de la cuesta. Vino el Padre cura llamado doctor
Luna. Su cuñado que era el alcalde, que era genovés llamado
Gambacorta, cuatro indios regidores con el fiscal y una partida de
gente blanca, mestizos, mulatos e indios. Ya después de los debidos
cortejos del recibimiento nos fuimos para el pueblo, en donde a más
del repique de campanas y cohetes, tenía el Padre cura prevenidas
una partida de doncellas, todas vestidas de blanco muy adornadas de
flores, que con una danza grave y honesta, al compás de arpa y
vihuela, cantaban la victoria de la culpa, efecto que se guardaba
de la misión. Esta lustrosa comitiva nos aguardaba a la entrada del
pueblo. A lo que yo vi el aparato, me acordé del lance de David, y
preguntando sobre ello al Padre cura, me dijo que unos Padres
misioneros jesuitas en años anteriores, habían introducido este
estilo en el pueblo, y que cuando me fuese se haría lo mismo. Sólo
que en lugar de repique, se tocaría a plegaria para el feliz
viaje.
Tenía ya el Padre cura prevenida y adornada una casa decente, y
con todo este acompañamiento me condujeron allá. Hallé prevención
de bizcochuelos, dulces, vino, y mistela, y se tomó un refresco, y
se despidió la gente. Ya que me quedé a solas con el Padre cura y
su cuñado el alcalde, le dije que se llevase toda aquella
prevención de regalo, porque yo no gustaba de ello, y sólo quería
que por las mañanas me solicitase un poco de leche. Él me respondió
que ya tenía para ello orden dada. Yo le dije que a su casa iría a
comer, pero sin ningún extraordinario, y así se hizo. Aquella misma
noche empecé con el asalto, y proseguí la misión con mucho
fruto.
Era la gente muy devota, y antes del primer sermón, como
acostumbraba, canté la salve que había compuesto, y les cayó tan en
gracia que fue menester hacer un traslado para cada familia.
Tomaron luego el tono y la cantaban de madrugada, y era una gloria
al apuntar el día oír en cada casa cual mejor las glorias de la
Virgen. Yo por despachar me dediqué a confesar por las tardes
también, y era tanto el concurso, que del confesionario me iba al
púlpito. Duró trece días la misión y después de ella salí con el
Padre cura y el alcalde a pedir la limosna, y se congregaron unos
pesos y veintitrés toritos y becerras. De todo se entregó al
alcalde, y quedó con el cuidado de remitírmelo a Natagaima al Padre
Cuenca. Allí me hicieron varios regalos de algunos bollos de cacao,
varias cajetas de dulce, y dos pares de estriberas de bronce
vaciado. El pueblo tendrá ciento cincuenta familias, lo más gente
blanca y mestizos, algunos indios, negros y mulatos. Está en una
pampa de pajonal con manchones de monte y muchas palmas, todo
rodeado de serranía. Hay fábricas de azúcar, mucho ganado y
bestias, cacao y mucho queso, muchos plátanos y maíz, y de él hay
tres cosechas cada año. Allí es estilo general después de haber
cenado, tomar una mazamorra de harina de maíz compuesta con almíbar
y hojas de limón y cerca de las diez, antes de irse a acostar tomar
un pozuelo de cacao.
Partí del Valle con el mismo acompañamiento y me volví a San
Luis. El Padre cura también con el alcalde y regidores y otra gente
me salieron al camino a acompañarme, y en el pueblo también ya me
tuvo una casa prevenida. El pueblo es corto y tendrá unos sesenta
vecinos, blancos, mestizos, indios y mulatos. Aquella misma noche
empezó la misión, y en nueve días concluí. Aquí hay un chapetón
avecindado, casado, llamado don Luis Gutiérrez, andaluz. Él vive
una legua del pueblo en su hacienda; tiene mucho ganado y bestias;
tiene también su trapiche de cuajar azúcar y mucha negrería de
esclavos. Él asistió con toda su familia, y antes de irme me regaló
una mula negra de doce años, pero buena, y unas arrobas de azúcar.
Conversando con él le hube de decir cómo en Natagaima había dejado
un caballo que se había puesto sarnosos. Él me dijo: Si yo lo
tuviera aquí, presto lo curara con el jugo de la pita mezclado con
sal. Era esto el día que se pidió la limosna en que se recogieron
algunos pesos y nueve toritos y becerras, y a él se le entregó todo
para mandármelo a Natagaima al Padre Cuenca.
Yo para obsequiarlo le respondí: Señor don Luis, yo desde que
dejé el caballo no he sabido más noticia de él, ni sé si vive, ni
si murió tampoco, y en suposición que usted dice que lo sabrá
curar, mándelo usted traer con los que llevarán allá mi ganado, que
yo desde ahora se lo doy, así como estuviese. Él dijo que lo
admitía del modo que estuviese, y que en recompensa daba cuatro
pesos más de limosna a la misión, y así lo hizo. Después supe que
ya el caballo, cuando fueron por él, ya había muerto. Había también
en el mismo pueblo un mozo indio que estaba también como el de
Natagaima aprendiendo a casar con una india su parienta. Él ocurrió
a mí por la dispensa, y me ofreció una novilla de a tres años
preñada ya. Yo le remití a Cabrera al Padre jesuita con una carta,
y le dio la dispensa, y el cura los casó. Una viuda me contaron que
había vecina de San Luis, ciega de nacimiento. Ella vive en una
hacienda que tiene de bestias y ganado; siempre mantiene cerca de
dos mil cabezas, con tal felicidad de la memoria, que a cada cual
la tiene puesto nombre, sabe qué color tiene, sabe su edad, el día
en que nació y de qué yegua o vaca nació. Ella hace los tratos y
contratos, compra y vende como el más expedito, y en poniendo la
mano sobre cualquier res sabe cuánto pesa, si está flaca o gorda,
cuánta carne dará y cuánto cebo también. Yo no la vi, pero me
aseguraron lo que he dicho. Yo quise ir allá, pero no fui porque se
adelantó, y me mandó cuatro pesos de limosna.
Hubo en San Luis un mestizo que desde que llegué se me aficionó
con mucha amistad. Éste tenía su comercio en un pueblo distante una
jornada de San Luis que llaman La Mina, porque allí hay minerales
de bronce, y él mandaba fabricar allí muchas obras, y todas se
sacan de vaciado por fundición. Entre otras alhajas vi en su casa
unos candeleritos de cosa de un palmo de alto muy curiosos, con una
asa para cogerlos muy a mi gusto. Yo deseoso de armarme de algunas
alhajas de bronce, que vi haber menester en la misión, le dije que
de buena gana iría allá a proveerme, y en suposición de estar tan
cerca de este pueblo, determiné ir allá. Él secretamente envió a
avisar al cura, y ya del todo despachado de San Luis en su compañía
y de mi mozo indio, partí a La Mina.