INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
(Continuación capítulo V )  

 

 

Después de la misión el Padre cura les hizo una plática para la limosna, y los dos salimos a recogerla. Se juntaron algunos pesos, becerros y becerras, y tres potros de cuatro años. Y el uno de ellos, que era el mayor y mejor, era tan soberbio, que cuando lo fueron a coger embestía contra los indios como una fiera, y de un encuentro que dio así que se vio enlazado se rompió los dientes contra un árbol en que lo atracaron, y fue menester para traerlo que cuatro indios lo trujeran, más arrastrado que caminando, porque no quería andar y echaba espumarajos por la boca de cólera y bufidos espantosos por la nariz. Ya que lo trujeron lo ataron en la plaza contra la picota, y para amansarlo, lo torearon los indios con garrochas, como toro, y después le ataron un cuero, con cuyo ruido se embraveció de modo que nos hacía a todos temer de los brincos, corcovos y bufidos que echaba. El pobre potro por fin se cansó del todo, y se rindió temblando, pero se quedó manso.

Yo dejé en poder del cura toda la limosna, que me la mantuviese en su poder hasta que yo diese la vuelta. El caballo primero que me dieron en Timaná, que fue el que yo hasta entonces había montado, salió lleno de sarna, y lo hube también de dejar encargado. El muchacho que me acompañaba, antes de acabar la misión, me escondió un caballo, y echó voz de que se le había perdido; y al cabo de dos días se fue él y no lo vi más, e hice concepto de que también se habría llevado el caballo.

Un día un indio mocito me vino a ver, y me dijo que tenía una moza india con quien se estaba aprendiendo a casar, y que la había traído hacía cuatro años del pueblo de Coello para casarse con ella, y que el cura no los quería casar porque eran los dos parientes. Yo le dije que fuese y se viniese con sus padres para informarme de raíz del caso. A la noche comuniqué la especie al cura, el cual me dijo: Es esta una gente tan bárbara, que antes que se casen, hace el mozo con la moza vida maritable tres o cuatro años, y esto, dicen ellos, es estar aprendiendo a casar; y si al cabo de este más o menos tiempo, riñen entre sí, despide el mozo a la moza con las crías que tengan, y cada cual busca otro consorte.

Ya con esta noticia, entre mí no culpé tanto a la barbaridad de la gente, como a la barbaridad de los que gobiernan aquellas provincias, así en lo político como en lo eclesiástico, porque sabiéndolo y pudiéndolo estorbar, lo permiten.

Todas aquellas tierras son tierras de oro, no porque haya minerales que allí lo críe, sino que las avenidas de los ríos y quebradas lo traen de los criaderos o minerales de las serranías. Ya dije en el Tomo Primero, capitulo IV, que los indios de todas aquellas provincias que con nombre general llaman los Llanos de San Juan, pagan el tributo al rey con oro en polvo. Vino pues aquellos días de Neiva a Natagaima el cobrador de tributos. Él se hospedó en casa del cura, y a la noche el Teniente del Corregidor se vino estando nosotros cenando, y traía cuatro alcaldes. El cobrador les intimó que dentro de ocho días se había de pagar el tributo. Ellos se fueron a avisar a los alcaldes de los pueblos, para que cada cual avisara a la gente de su partido. Entonces me dijo el cura: Ahora los indios de diez y siete pueblos que pertenecen a este curato, mañana tomarán la batea y bajarán cual al río, y cual a la quebrada a catear el oro para pagar el tributo, que son cuatro pesos para el rey, y un tomín para el cobrador. Con este hubo de venir un mozo mestizo, el cual traía su tiendecita de ropa de algodón, chaquiras y abalorios para vender. Yo había mandado hacer allí un armazón de un quitasol aun mestizo práctico que había en Natagaima, y me costó cuatro pesos. Compré tres varas de rayadillo tosco de algodón a este de la tienda, y lo hube de pagar a seis reales cada vara, quieras o no quieras, porque me vi precisado y no había otro a quien apelar, y así me vino a costar siete pesos el quitasol, con seis reales que costó el coserle la capa y armarlo. Ya yo conocía que el rayadillo era sobradamente caro, porque después compré a un catalán como diré después, y lo compré a dos reales y me dio la vara; pero entonces lo pagué como dije por la necesidad que tenía de ello. Un indio me regaló un bolsote de cuero de zorro para llevarlo, y quedé armado.

El cura me dijo que me fuera derecho al pueblo del Guamo, y que allí congregaría una buena limosna. Yo me partí de Natagaima, y me acompañaron dos indios que se me habían aficionado. El uno fue el del casamiento, que ya se había casado, porque yo, aunque había oído decir que nosotros los misioneros participábamos de los privilegios concedidos a los misioneros jesuitas para poder dispensar el tercero y cuarto grado de parentesco entre indios, con todo, como yo no había leído este privilegio, no quise dispensarlo; y escribí al Padre jesuita de Cabrera, mallorquín, que llevo relatado para que él diese la dispensa, y la dio, y con ella el Padre cura los había casado. A mí me quedó bastante escrúpulo, porque este jesuita, aunque en realidad él había venido para misionero, pero a él no lo emplearon los superiores en esto, sino que lo hicieron hacendero para aumento de su caudal.

Cerca de las cuatro de la tarde llegamos al pueblo de Coyaima, y me fui a arranchar a casa del cura, el cual me recibió con mucho gusto. Era esto el día antes de los Finado?. Estaba el pueblo lleno de gente de todos los pueblos que pertenecen al curato. Aquí advierto que en todas aquellas provincias cada curato, aunque tiene muchos pueblos de gente india, el cura del pueblo principal los gobierna a todos, y en todo el curato no hay más sacerdote que él. Él si hay algún enfermo en algún pueblo, lo avisan, y va a sacramentarlo, y de no, mueren como pueden. El cura no va a los pueblos sino una vez al año, a celebrar la fiesta del santo patrón de cada pueblo, y entonces se congregan en el pueblo que hace la fiesta mucha gente de varios pueblos. Cada año se señala el día de la fiesta un mayordomo para el año que viene, y éste paga toda la fiesta y el convite que dura tres días. Él se reduce a varios guisos de carne fresca y mucha bebezón de guarapos, chicha, champuses y masatos, y regularmente se concluye en una general borrachera de los mas.

Al otro día de mañana me fui a la iglesia a decir misa, y hallé en ella lo que ya digo: había 23 novillas grandes atadas de cuatro pies sobre las sepulturas; muchas botijas de chicha y guarapo, algunos frascos de vino, muchos costales de harina de maíz, algunos de trigo, montones de camotes, yucas, ñames, etc., y muchos cerillos de cera negra y amarilla. Todo se ofrece en oblata a los difuntos, y esto se renueva cada día en toda la octava, y el Padre cura lo congrega todo echando después de la misa un responsorio en cada sepultura, que con solo lo que agrega en esta octava de difuntos, tiene sobrado para pasar el año. Yo como hasta entonces ni había visto ni oído decir semejante especie, a lo que lo vi me causó bastante armonía.

Había acudido a la fiesta entre otros un mestizo loco de una loquería tan chistosa, que aquel día se pasó en una bulla alegre con los chistes del loco. El otro día de mañana después de misa, un francés que asistía de pasero en el río que cito Tomo Primero, capítulo IV, había dejado en el pasto maniatado su caballo, fuese a buscarlo, y no lo halló. Yo me estaba aprontando para proseguir mi viaje. Vino él y me pidió que supuesto yo aquel día había por precisión de pasar por su casa, que le hiciese el favor de llevarle la silla allá, supuesto que llevaba los potros desocupados, diciéndome que él se iría por el río con una balsa, y que allí me aguardaría.

Yo le dije a un indio que me había de acompañar: Pues póngale la silla a este potro que ya está manso, señalando el de los dientes quebrados, así se hizo. El potro estuvo quedo y se dejó ensillar. Ya que lo hubieron ceñido, dije: Póngale sobre la silla el capote de paja atado. Al tiempo de atárselo, díjome don Miguel el francés: Padre predicador, mucha armonía le hará al potro este capote de paja. Yo sencillamente respondí:No señor, como lo lleva atado y él ya está manso, ya no se moverá. Ya que todo estuvo alistado, monté a caballo y el indio soltó el potro. Pero a lo que empezó a moverse, y sentir el ruidito de la paja sobre sus espaldas, se enfureció de modo, danto saltos y corcovos, que conmovió toda la plaza que estaba llena de gente. Los indios para sosegarlo lo rodearon, pero fue peor, porque más enfurecido los embestía como toro bravo, echando espumarajos por la boca y bufidos espantosos, y despojó toda la plaza y hasta que rompió la cincha, pretal y retranca, y se sacudió la silla de encima, no paró. Y así que le cayó al suelo se devolvió contra ella a bocados y manotadas, y lo quería todos despedazar con su furia.

Ya que se sosegó lo volvieron a atar, y lo volvieron a ensillar, pero sin que antes le tapasen los ojos, no hubo indio que quisiese atreverse a ensillarlo, aunque estaba bien atado, aterrados de haber visto su braveza. El capote de paja se puso entre mis petacas, y así comenzamos a caminar. A breve rato encontramos el caballo del francés maniatado que poco a poco se iba para su casa. Lo cogimos, y el indio que me acompañaba se devolvió, y le avisó a don Miguel, el cual muy contento se vino y le puso la silla, y nos acompañamos hasta su casa. Y como con la comedia del potro partimos tarde, llegamos al ponerse el sol al río, y allí me quedé en casa de don Miguel.

Al otro día de mañana partí, y vine a dar a la tarde a casa de un sevillano llamado don Miguel Correa, como noto Tomo Primero, capítulo IV. Este caballero me regaló un caballo, y en su casa pasé la noche, y al otro día partí y vine a dar a la tarde a casa de un criollo hacendado llamado don José Caballero y en su casa me quedé aquella noche. Tenía este sujeto aviso del cura del pueblo del Guamo, el doctor don José Losada, para que lo avisan luego que yo llegase a su casa, para salirme al camino, y con esta acción obligarme a que me detuviese en el dicho su pueblo y predicase una misión como había hecho en Natagaima. Y fue el caso que el Padre Cuenca, cura de Natagaima, como era amigo, le había escrito lo que yo allá había trabajado. Dicho sujeto, sin decirme nada, luego que yo llegué, despachó un negro al Guamo con el aviso al cura de mi llegada para el dicho efecto.

A la noche estando cenando me preguntó don José si me detendría mucho en el Guamo. Yo le dije que dos o tres días entretanto que pudiese recoger alguna limosna. El respondió: Yo sé que el Padre cura está en ánimo de hacerlo pasar a que predique unos días y confiese la gente, y ya la tiene avisada. Yo le dije: ¿Y de dónde sabe el cura que yo ando por aquí? Y él me respondió: Días ha que el Padre Cuenca, cura de Natagaima, se lo escribió, y le ofreció que se empeñaría con V. P. para el efecto, y sepa que aquí es tan necesario como allá. Yo le respondí: Verdad es que algo me apuntó de esto dicho cura, pero que hasta entonces yo no había deliberado, porque ya había bastantes días que yo había salido de la misión, y no podía tardarme tanto tiempo, porque hacía allá falta. Dicho don José me hizo varias réplicas para que me quedase algunos días, y yo conocí oue todo era influjo del cura.

Yo siempre tiré a excusarme, pero apenas vino la mañana cuando recibí una carta del cura en que me daba la bienvenida, y con ella aviso a donJosé para que me diese bestias para pasar al pueblo, y que las mías se quedasen en su hacienda a buen recaudo puestas y aseguradas en buen potrero. Ya con esta demostración, por no demostrarme descortés, me hube como precisado a condescender, y como por otra parte veía que el beneplácito y favor del cura importaba mucho para congregar buena limosna, me resolví a condescender a lo que me pedía. Con esto don José al instante, entretanto que almorzamos, envió mis bestias al potrero, y que trujeran otras para mí y mis trastos. Todo se ejecutó, y cerca de las ocho partimos para el Guamo y don José me acompañó con un hijo suyo, llamado don Rodrigo.

Cerca de las tres de la tarde, a la margen de una quebrada nos encontramos con el Padre cura acompañado de gente, la más florida del pueblo y un mercader Genovés que nos estaba aguardando. Luego que nos vieron nos vinieron a recibir con mucho alborozo y alegría. Allí nos apeamos a la sombra del monte a sestear hasta que cayó el sol. El Padre cura había traído prevención de un guiso de pollo y una pierna de ternera asada. Al instante sacaron un frasco de mistela para entretanto que se calentó la comida. Comimos bien, y cerca de las cinco de la tarde partimos al Guamo, que distaba cosa de media legua. Ya tenía el cura prevenida una casa para mí, y en ella me hospedé, señalándome un indio a mi disposición para que me sirviese hasta que me fuese del Guamo, y me dio orden que acudiese a su casa para cuanto se me ofreciese. Y como el Padre Cuenca le escribió que yo era aficionado a leche por la mañana, cada día me trujeron un calabazo lleno.

Ya había el Padre cura despachado aviso a la gente del partido de su curato, y al otro día a la noche se empezó la misión, y duré once días hasta que concluí de confesar la gente. Un día cerca de la oración, yo estaba en casa del cura, y vino un negro todo alborozado diciendo: Padre cura, en la iglesia hay una culebra, y está dormida. Luego fuimos los dos a ver, que estaba cerca. Tenía ella la cola en la calle, y el cuerpo subía la pared y cobija de la iglesia y se volvía a bajar de la otra parte, y remataba la cabeza en la otra calle. Era de color ceniciento medio verdusco, y no tenía más grueso que el dedo índice. El negro de un machetazo le cortó la cabeza, y por curiosidad la llevó tendida en medio de la plaza. Se juntó la gente y nadie supo cómo se llamaba, porque jamás habían visto otra semejante. Yo tengo por mí que se llama culebra toche, por lo que diré de otra en adelante. Mandamos por una vara y se midió, y se halló tener veinte y nueve varas y media. Ya yo veo que será difícil de creer, pero yo digo lo que vi. Él me contó de otra que en el pueblo se mató unos años antes, y tuvo 7 varas y 7 hijos en su buche, como noto Tomo Primero, folio 139.

Un grande cuento me sucedió en el Guamo, y fue el caso: que el hijo de don José Caballero, don Rodrigo, había nueve años que estaba amancebado con una mulata libre que vivía en la hacienda de su padre, y en este tiempo tenía ya de ella cuatro hijos, y siendo así que su padre no lo ignoraba, pudiendo sacar a la mulata de su hacienda o mandarla desterrar a otro pueblo, nunca lo hizo. Vino pues un día a verme este don Rodrigo, y me contó todo el caso, y resolvió que se quería confesar y poner en gracia de Dios. Yo que no hallaba otro medio que casarse con la mulata, porque de otra suerte él no la quería dejar de manera alguna, añadió diciendo que había sabido que su padre en días anteriores le había tratado un casamiento con una señora doncella de Ibagué, pueblo comarcano a cosa de cuatro leguas del Guamo, pero que él no quería casarse con ella ni con otra alguna, sino sólo con la mulata; y que si su padre lo violentaba, dejaría la esposa y se ausentaría con la mulata.

Yo que vi que él venía alucinado del apetito, procuré afearle el intento, ya proponiéndole varios ejemplares de casos semejantes, en que después de casados se trocó el amor en aborrecimiento, ya lo violento del natural de su padre, que podría hacer un disparate, ya la deshonra y mancha con que afeaba su sangre y que por ello podía su padre desheredarlo; pero él se ciñó que se quería salvar, y que a no casarse con la mulata veía que se condenaba. Y que un tío que tenía en Ibagué, hallándose en las mismas circunstancias que él, también se había casado con otra mulata, y que vivía muy bien con ella. Yo viéndolo totalmente alucinado e incapaz de entrar en razón, le dije que si no se atrevía por sí a comunicar su determinación a su padre, temeroso de su furor, que se fuese a Ibagué, y que lo comunicase a su tío y a otros amigos de su padre, a ver si lograría su beneplácito;  porque los hijos bajo de culpa mortal, antes de tomar estado, tenían esta obligación, y con otras varias razones lo despedí.

Él se fue a contar al cura todo cuanto yo le había dicho, y según supe después, ya entre dos lo tenían tratado, y el cura lo deseaba por el interés de los derechos parroquiales. Todo esto asentado, me consultó el cura el caso, para ver mi sentir sobre si en un caso tan arduo y la voracidad del padre comprobada con varios casos prácticos, si él podría dispensar en las proclamas. Yo le dije que muchos autores había que decían que sí, puesto el caso conforme me lo pintaba. Entonces me dijo: Pues para que esta criatura salga del mal estado, y se pongan uno y otro en gracia de Dios, me parece a mí que pidiéndome los dos que los case secretamente sin proclamas, debo yo en conciencia casarlos, y después se buscarán modos para aplacar al padre. Luego que yo vi que se retiraba a la obligación de párroco, me persuadí que sería así, y le respondí que hiciese su conciencia recta, y que obrase según ella; pero que siempre me parecía más acertado que ocurriese al ordinario del señor arzobispo de Santa Fe, allegando los graves motivos que ocurrían, y pidiendo con secreto la dispensación de las proclamas, y que así procedería más acertado. Él me respondió: Ahora están los dos con lo que han oído en la misión en disposición de confesarse bien, y tal vez de aquí a que se haga esta diligencia se les enfriará el deseo y también es posible que en lo interim mueran, y yo tendría la culpa de su perdición por no haberlos querido casar, requerido. Y aunque le propuse que la pusiera a ella en depósito en lugar seguro, y yo los confesaría a los dos, con tal que la diligencia en lo interim se hiciese, me respondió que era imposible apartársela del lado, porque habiéndolo intentado su padre varias veces, hizo tales extremos don Rodrigo, que fue preciso volvérsela a poner a su voluntad, y que él como cura no debía dilatar la salud de sus ovejas que en la presente ocasión la buscaban.

Al otro día de mañana me llamó el cura y me dijo que a la tarde vendría a confesarse conmigo don Rodrigo y la mulata también, y que a la noche le hiciese el favor de casarlos porque cuando su padre lo supiese no se indignase contra él. Yo le dije que no tenía repugnancia a casarlos, pero que yo no lo podía hacer sin su licencia, y en vez, que me la dase para ello, la quería escrita y firmada de su mano, y puesta en el libro donde se apuntan los casamientos, y que sólo con ello lo haría porque yo no me quería meter en un laberinto. Era esto ya el día antes de partirme. El cura convino en cuanto yo le propuse, e hizo la licencia para casarlos que me daba sin proclamas por ocurrir gravísimos motivos, de que se obligaba a responder a su superior, y lo firmó.

Salí con él a pedir limosna, y se congregaron algunos pesos y unos toritos y becerros, y de ello quedó encargado de remitírmelo a Natagaima al Padre Cuenca hasta a mi vuelta. Se mandó aquella tarde por mis bestias, y hubiéronme hurtado el potro de los dientes quebrados; y aunque se hicieron varias diligencias, nunca lo pude recobrar, por más que se supo quién lo tenía. Ya a la tarde confesé a los dos penitentes constantes de su determinación, y venida la noche trujeron cuatro testigos, y se les leyó delante la licencia que el cura me daba para casarlos. Los casé y después le dije a don Rodrigo: Usted llévese la mujer a Ibagué y póngala en lugar seguro, y usted asegúrese también, y pida a su tío que envíe a llamar a su padre, y junto con otros amigos que le den noticia de su casamiento, y hasta que su padre se ablande, no se ponga en su presencia. Él dijo que así lo haría, aunque después supe que no lo hizo, antes hizo totalmente lo contrario como diré adelante.

El Padre cura había dado noticia de mi trabajo a un caballero chapetón casado en Santa Fe, llamado don Antonio Alvarez, concuñado del doctor Moya, también chapetón y casado en Santa Fe. Los dos viven en un llano que llaman Llano Grande. Confina la hacienda del uno con la del otro, y están muy poderosos sin saber el número de bestias y ganado que tienen. La máxima que han observado los dos para tanto multiplico es: no vender jamás becerra, novilla ni vaca alguna hasta que no pare, y lo mismo en las yeguas. Tienen sus buenos potreros y burros hechores, y crían también muchísimas mulas. A más de esto tienen arrendados varios trozos de tierra con amitgeros, con tal que para las yeguas puedan tener caballos padrones, pero no burro hechón y la yegua que tome del burro del amo, la cría es del amo y no del amitgero.

Los dos son nobles y viven en sus haciendas y mantienen a sus esposas en Santa Fe. El día pues de mi partida del Guamo, me dijo el Padre cura que habíamos de ir a comer a casa de don Antonio, que ya estaba avisado, y nos estaría aguardando, y así se hizo. Partimos del Guamo a punta del día, y llegamos cerca de las diez y media. Don Antonio que es muy bueno y muy cortés, me hizo mucho agasajo. Él tiene una casa muy decente, y ha mandado fabricar en lugar de oratorio, una iglesia de cantería muy grande y capaz, con cinco altares con sus retablos muy buenos. Tiene en casa siempre un sacerdote. Y a la sazón tenía un religioso mercedario, muy recogido y austero. Hablando pues de esta especie me dijo: Es un hombre este Padre mercedario muy virtuoso, y por ello procuré traerlo aquí para tener esta buena compañía; pero estoy con tanta soledad con él en este desierto como si no lo tuviera, porque por la mañana en acabando de decir misa y desayunarse, se encierra en su cuarto y ya no lo vuelvo a ver hasta que sale a comer. En comiendo se vuelve a encerrar hasta la noche, y no teniendo aquí otro con quien conversar un rato, se me hace su compañía muy pesada.

Él nos mostró toda la casa y la iglesia, y todo me pareció muy bueno. Nos hizo un gran convite, y sobre mesa me dijo: Aquí abajo está el pueblo de El Espinal, cosa de tres leguas de aquí. Yo aquí soy feligrés suyo, y aunque no es el pueblo principal del curato, el cual es otro que llaman Coello, pero con todo, ahora está en El Espinal el Padre cura. Él me ha enviado a decir que le ruegue que la haga el favor de llevar allá a V.P. para que se detenga unos días a predicar y confesar la gente. Y yo también lo deseo, para oír la misión y ganar las indulgencias de que carezco mucho en este desierto. Como yo estaba desimaginado de tal pensamiento, al instante conocí que el haberme llevado a esta casa el cura del Guamo fue para este fin, que ya tendrían ellos entre sí concertado. Yo aunque procuré excusarme, no hubo remedio, alegando que el pueblo era corto, y que con ocho días estaría ya despachado. Yo por mostrarme ingrato y descortés, hube de admitir el ir allá, y al otorgar la palabra, me ofreció don Antonio diez novillas de a tres años de limosna. Yo le dije que las mantuviese en su poder hasta ver si en el pueblo se recogían algunas más, y que juntas me las remitiese al Guamo, y que el Padre cura con las que allí habían recogido, me las remitiera juntas a Natagaima al Padre Cuenca. Así lo prometieron los dos y lo cumplieron con toda fidelidad.

A las cuatro de la tarde nos partimos el Padre cura del Guamo, el Padre mercedario y don Antonio de su casa para El Espinal en donde tenía él también otra buena casa. Ellos llevaban buenos caballos y se adelantaron, yo y el Padre mercedario fuimos a nuestro paso, hablando de las cosas de los indios infieles de nuestra misión. A la mitad del camino nos aguardaron en casa de un amitgero, y al llegar, díjome don Antonio: Padre misionero, parece que su caballo anda algo cansado. Yo le respondí: Señor don Antonio, como hace ya días que anda de camino no es mucho. Este me lo dio en La Plata un hijo de don Silvestre Polanco, y siempre ha servido o a la carga o a la silla y el pobre ya anda cansado. Entonces dijo don Antonio: En El Espinal yo le daré un caballito; pero con todo, mándele usted, dijo, al amitgero cogerle un caballo para ir de aquí al pueblo. Allí adelante había varios paciendo, y el amitgero dijo a un negro: Anda, coge aquel gris. Fue y lo trujo. Quitaron mi silla del mío y se la pusieron. Cuando yo lo vi, no me pareció cosa el caballo. El sí de buen cuerpo y gordo, pero aquel color mosqueado no daba traza de ser lo que era.

Ya tratamos de partir y nos vino acompañando también el amitgero; pero al ir yo a montar, díjome don Antonio: Padre, con este gris no lo habemos de dejar atrás. Yo repliqué: ¿Que corcovea o respinga? Díjome: No, seguro va usted; pero con todo, tenga cuenta con las riendas.

Para montar, un negro lo tenía del freno, y otro tenía el estribo contrario. Monté en él, y ya montados todos, bien afianzado de las riendas, díjele al negro: Suéltalo. Lo propio fue soltar aquel caballo, ¿qué torbellino de viento puede haber más veloz? Él caminaba no a carrera abierta, sino a paso llano o aguililla. Y con las dos manos tirándole del freno cuanto podía, pero era por demás el detenerlo, que él pasaba como un rayo. Todos los demás traían buenos caballos, y picaban cuanto podía por alcanzarme;y haciendo yo cuanto pude por detenerlo, les llevé la ventaja de cerca de media legua en legua y media de camino. Yo me quedé pasmado, y aunque después he visto buenos caballos, pero nunca he visto otro como éste. A lo que llegaron, díjome don Antonio: Padre, ¿no se lo dije yo que no lo dejaríamos atrás? Yo le dije al amitgero: Caballero, diez bestias traigo, ¿las quiere usted todas diez por el caballo? Él me respondió: Padre, el caballo es del sillón de mi mujer, no lo puedo largar. Si no fuera eso, yo se lo regalan. Don Antonio me volvió a decir: Yo le daré a usted también un caballo que anda bien, aunque no tan veloz como éste, que de como éste hay pocos.

Vino luego el Padre cura a hacemos visita, y me dijo que ya tenía prevenida una casa, y que por las mañanas me traerían una botijuela de leche, y cuanto se me ofreciese, que acudiese a su casa. Allí cenamos todos juntos en casa de don Antonio, y el cura me dijo que ya tenía avisada a la gente de todo el llano, y que al otro día de mañana ya estarían todos en el pueblo para empezar a la noche la misión, y así se hizo. Nueve días hube de menester para confesar la gente, porque viendo que eran muchos, me apliqué a confesar en las tardes. Allí un particular me hubo de traer una arroba de manojos de tabaco, diciéndome que pertenecía al diezmo o primicia del cura del Guamo, para que, supuesto que allí estaba se la entregase. La tomé y se la llevé, y él hizo dos partes: la mitad dio a don Antonio, y la otra parte me dio a mí, y el Padre cura de El Espinal me lo mandó en su casa hacer cigarros.

Un día de la misión vino un mestizo a yerme y me dijo:Padre, yo quiero mandar decir unas misas a mi madre, que murió el año pasado; no tengo la plata, pero tengo una buena mula de silla, si usted la quiere, y le dirá las misas, yo se la daré. Yo le dije que convenía en ello, pero que yo antes quería ver la mula qué tal era. El dijo que a la tarde la traería. Vino a la tarde, y trajo una mulita baya, de cuatro años, algo pequeña y delgada, con las piernas muy delgadas y los ojos muy vivos. A primera vista me desagradó la mula, pero el Padre cura me aseguró que era buena, veloz en el andar y que tenía paso llano. Él pedía veinte y tres misas por ella, y yo no la quise aceptar. Entonces el Padre cura me dijo que la tomase y que él me aplicaría doce misas, y yo las once, y que si no me contentaba de ella por ser pequeña, que él me la cambiaría con una mayor, y así la acepté, y me salió tan buena que me sirvió mejor que todas las demás bestias que he tenido; y por fin me la quitó uno a quién la hube de prestar para un viaje, como diré adelante.

Ya concluida la misión en El Espinal, el Padre cura me dijo cómo había renunciado el curato días había, y que según le habían escrito ya el curato estaba proveído en un sujeto de Santa Fe, llamado el doctor Reyes, y que era muy posible que llegase al otro día; y así que le hiciese el favor de subir acompañándolo a Coello que era el principal pueblo, para entregarle el curato, y que el camino que yo había de hacer, sólo hacía cuatro leguas de vuelta, y con ello iría a pasar por casa del doctor Moya, concuñado de don Antonio. Yo condescendí a ello, y aquella tarde salimos los dos a pedir la limosna, y se congregaron algunos pesos, unos toritos y novillos, y de todo se entregó a don Antonio para remitírmelo al Guamo, y de allá por mano del cura a Natagaima al Padre Cuenca.

El otro día de mañana, estando ya cargadas y ensilladas las bestias para partir, vino un negro y me trujo un caballo de forma mayor, que de regalo me mandó don Antonio. Yo le quise probar, y quitando la silla al mío, lo ensillaron. Tenía él buen paso llano y muy apresurado. El Padre cura lo conoció y me dijo que tenía seis años, y que era de los buenos que para sí tenía don Antonio. Y por el negro le mandé los agradecimientos, y con esto partimos para Coello. En la mitad del camino encontramos un mestizo, el cual dijo al Padre cura que lo venía a avisar, porque su madre acababa de morir, para que le hiciese el entierro al otro día, con misa cantada, y que si quería un caballo por ello, se lo daría, porque plata no la tenía. El cura le preguntó qué caballo era: Respondió que era de color blanco, manso y de cuatro años. Entonces dijo el Padre cura: Pues tráigalo usted, y lo dará al Padre misionero, y él le cantará la misa, y hará el entierro, y así se hizo. Ya yo entonces me hallaba con doce bestias y otros dos caballos mochos, que no me acuerdo dónde los adquirí. Caballo mocho llaman al que tiene las orejas agachadas y sin movimiento para poderlas jugar. Esto viene de las muchas garrapatas que se crían en aquellos pajonales. Hay de esto muchísima abundancia, y éstas se pegan a las reses y a las bestias, y con especialidad dentro de las orejas; y las que aquí se pegan, a no tener cuidado de quitárselas, les chupan o les roen aquellas venas o nervios necesarios para el juego de las orejas, y quedan cual con la una y cual con las dos orejas inclinadas, sin poder ya ni levantarlas ni jugarlas, y esto afea mucho una bestia. Estos dos pues caballos mochos y viejos, en Coello los di por cuatro pesos. 

Ya que he tocado la especie de las garrapatas diré lo que me sucedió yendo para Santa Fe. Llegué una tarde arranchar en casa de un indio, y al haber anochecido, como tenía las bestias atadas en una pampa de pajonal, no fiándome del indio que me acompañaba, fui a registrar si estaban bien atadas. Ellas cuando son chiquillas como una liendrecita viven, y están apiñadas en las espigas que cría aquella paja, y es cosa que en una espiga habrá muchos miles. Yo llevaba la túnica arremangada, y fregaría en algunas espigas, y se me agarraron en los paños menores. Ya hecha mi diligencia, me devolví, no hice más que quitarme la túnica, y ponerme para dormir una camisa que usaba por el exorbitante calor que hace por allí, y me eché en la cama. Apenas se pasó un cuarto de hora cuando me subintró un ardor en todo el cuerpo que me abrasaba vivo. Pensé si me habría dado algún tabardillo, y como por instantes se iba gravando, me levanté y alboroté la casa. Esto duró un rato, hasta que repararon que estaba lleno de garrapatas. Me miré con luz una mano, y en ella tendría más de mil, y al parecer me habían cundido por todo el cuerpo. El indio casero me dijo que untándome con jugo de tabaco me caerían todas. Al instante picaron tabaco con agua y con aquel jugo me unté el cuerpo. Así estuve un rato, y se fue desgraduando el ardor, hasta quedar fresco como estaba antes. Me fui a la quebrada y me quité la ropa, y la envolví hecha un lío, me lavé y me cayeron todas, y después me puse otros paños menores, y la túnica, y me volví limpio y sano de la epidemia. Y desde entonces las he visto varias veces apiñadas en las espigas de los pajonales.

Llegamos, pues, a río Coello, y encontramos al cura nuevo en el paso, que se aprontaba para pasar. Él estaba algo tímido, porque el río allí es rápido, y la canoa con que se pasaba era chica. Alí después de las saludes y enhorabuenas él quiso vernos pasar a nosotros primero, y así se hizo. Pasamos nosotros, y pasó él, y nos fuimos juntos al pueblo, que está situado sobre de un cerro muy alto. Tendrá unos 80 vecinos: los más son mestizos, algunos blancos, indios y mulatos. El cura nuevo se apeó en la casa de los curas. El cura salido se fue a casa de una mestiza que le servía, y yo me apeé en una casa sola.

Ya después de cenar nos volvimos a juntar en casa del cura nuevo, y él pensaba que yo había venido con ánimo de predicar también en Coello, como había hecho en El Espinal. Mas yo le dije que no, porque al otro día me iba, y que yo sólo había venido para acompañar al cura y tomar una mula que me había de trocar por otra. Él respondió que bien de mañana la traerían, que ya había dado orden para ello. Con esta resolución me fui a dormir. El otro día de mañana canté la misa y enterré a la difunta, y el mestizo me dio el caballo. Ya después de almorzar, casi unos tras de otro vinieron dos mensajes diciendo que las mulas del cura se habían salido del potrero y que la mula que me había de trocar no parecía. Él hizo varios ademanes de sentimiento. Bien pudo ser que fuera verdad, pero yo nada creí, y juzgué que lo cierto era habérsele ya enfriado el deseo de largarme la mula por la mía.

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