(Continuación capítulo
V
)
Después de la misión el Padre cura les hizo una plática para la
limosna, y los dos salimos a recogerla. Se juntaron algunos pesos,
becerros y becerras, y tres potros de cuatro años. Y el uno de
ellos, que era el mayor y mejor, era tan soberbio, que cuando lo
fueron a coger embestía contra los indios como una fiera, y de un
encuentro que dio así que se vio enlazado se rompió los dientes
contra un árbol en que lo atracaron, y fue menester para traerlo
que cuatro indios lo trujeran, más arrastrado que caminando, porque
no quería andar y echaba espumarajos por la boca de cólera y
bufidos espantosos por la nariz. Ya que lo trujeron lo ataron en la
plaza contra la picota, y para amansarlo, lo torearon los indios
con garrochas, como toro, y después le ataron un cuero, con cuyo
ruido se embraveció de modo que nos hacía a todos temer de los
brincos, corcovos y bufidos que echaba. El pobre potro por fin se
cansó del todo, y se rindió temblando, pero se quedó
manso.
Yo dejé en poder del cura toda la limosna, que me la mantuviese
en su poder hasta que yo diese la vuelta. El caballo primero que me
dieron en Timaná, que fue el que yo hasta entonces había montado,
salió lleno de sarna, y lo hube también de dejar encargado. El
muchacho que me acompañaba, antes de acabar la misión, me escondió
un caballo, y echó voz de que se le había perdido; y al cabo de dos
días se fue él y no lo vi más, e hice concepto de que también se
habría llevado el caballo.
Un día un indio mocito me vino a ver, y me dijo que tenía una
moza india con quien se estaba aprendiendo a casar, y que la había
traído hacía cuatro años del pueblo de Coello para casarse con
ella, y que el cura no los quería casar porque eran los dos
parientes. Yo le dije que fuese y se viniese con sus padres para
informarme de raíz del caso. A la noche comuniqué la especie al
cura, el cual me dijo: Es esta una gente tan bárbara, que antes que
se casen, hace el mozo con la moza vida maritable tres o cuatro
años, y esto, dicen ellos, es estar aprendiendo a casar; y si al
cabo de este más o menos tiempo, riñen entre sí, despide el mozo a
la moza con las crías que tengan, y cada cual busca otro
consorte.
Ya con esta noticia, entre mí no culpé tanto a la barbaridad de
la gente, como a la barbaridad de los que gobiernan aquellas
provincias, así en lo político como en lo eclesiástico, porque
sabiéndolo y pudiéndolo estorbar, lo permiten.
Todas aquellas tierras son tierras de oro, no porque haya
minerales que allí lo críe, sino que las avenidas de los ríos y
quebradas lo traen de los criaderos o minerales de las serranías.
Ya dije en el Tomo Primero, capitulo IV, que los indios de todas
aquellas provincias que con nombre general llaman los Llanos de San
Juan, pagan el tributo al rey con oro en polvo. Vino pues aquellos
días de Neiva a Natagaima el cobrador de tributos. Él se hospedó en
casa del cura, y a la noche el Teniente del Corregidor se vino
estando nosotros cenando, y traía cuatro alcaldes. El cobrador les
intimó que dentro de ocho días se había de pagar el tributo. Ellos
se fueron a avisar a los alcaldes de los pueblos, para que cada
cual avisara a la gente de su partido. Entonces me dijo el cura:
Ahora los indios de diez y siete pueblos que pertenecen a este
curato, mañana tomarán la batea y bajarán cual al río, y cual a la
quebrada a catear el oro para pagar el tributo, que son cuatro
pesos para el rey, y un tomín para el cobrador. Con este hubo de
venir un mozo mestizo, el cual traía su tiendecita de ropa de
algodón, chaquiras y abalorios para vender. Yo había mandado hacer
allí un armazón de un quitasol aun mestizo práctico que había en
Natagaima, y me costó cuatro pesos. Compré tres varas de rayadillo
tosco de algodón a este de la tienda, y lo hube de pagar a seis
reales cada vara, quieras o no quieras, porque me vi precisado y no
había otro a quien apelar, y así me vino a costar siete pesos el
quitasol, con seis reales que costó el coserle la capa y armarlo.
Ya yo conocía que el rayadillo era sobradamente caro, porque
después compré a un catalán como diré después, y lo compré a dos
reales y me dio la vara; pero entonces lo pagué como dije por la
necesidad que tenía de ello. Un indio me regaló un bolsote de cuero
de zorro para llevarlo, y quedé armado.
El cura me dijo que me fuera derecho al pueblo del Guamo, y que
allí congregaría una buena limosna. Yo me partí de Natagaima, y me
acompañaron dos indios que se me habían aficionado. El uno fue el
del casamiento, que ya se había casado, porque yo, aunque había
oído decir que nosotros los misioneros participábamos de los
privilegios concedidos a los misioneros jesuitas para poder
dispensar el tercero y cuarto grado de parentesco entre indios, con
todo, como yo no había leído este privilegio, no quise dispensarlo;
y escribí al Padre jesuita de Cabrera, mallorquín, que llevo
relatado para que él diese la dispensa, y la dio, y con ella el
Padre cura los había casado. A mí me quedó bastante escrúpulo,
porque este jesuita, aunque en realidad él había venido para
misionero, pero a él no lo emplearon los superiores en esto, sino
que lo hicieron hacendero para aumento de su caudal.
Cerca de las cuatro de la tarde llegamos al pueblo de Coyaima, y
me fui a arranchar a casa del cura, el cual me recibió con mucho
gusto. Era esto el día antes de los Finado?. Estaba el pueblo lleno
de gente de todos los pueblos que pertenecen al curato. Aquí
advierto que en todas aquellas provincias cada curato, aunque tiene
muchos pueblos de gente india, el cura del pueblo principal los
gobierna a todos, y en todo el curato no hay más sacerdote que él.
Él si hay algún enfermo en algún pueblo, lo avisan, y va a
sacramentarlo, y de no, mueren como pueden. El cura no va a los
pueblos sino una vez al año, a celebrar la fiesta del santo patrón
de cada pueblo, y entonces se congregan en el pueblo que hace la
fiesta mucha gente de varios pueblos. Cada año se señala el día de
la fiesta un mayordomo para el año que viene, y éste paga toda la
fiesta y el convite que dura tres días. Él se reduce a varios
guisos de carne fresca y mucha bebezón de guarapos, chicha,
champuses y masatos, y regularmente se concluye en una general
borrachera de los mas.
Al otro día de mañana me fui a la iglesia a decir misa, y hallé
en ella lo que ya digo: había 23 novillas grandes atadas de cuatro
pies sobre las sepulturas; muchas botijas de chicha y guarapo,
algunos frascos de vino, muchos costales de harina de maíz, algunos
de trigo, montones de camotes, yucas, ñames, etc., y muchos
cerillos de cera negra y amarilla. Todo se ofrece en oblata a los
difuntos, y esto se renueva cada día en toda la octava, y el Padre
cura lo congrega todo echando después de la misa un responsorio en
cada sepultura, que con solo lo que agrega en esta octava de
difuntos, tiene sobrado para pasar el año. Yo como hasta entonces
ni había visto ni oído decir semejante especie, a lo que lo vi me
causó bastante armonía.
Había acudido a la fiesta entre otros un mestizo loco de una
loquería tan chistosa, que aquel día se pasó en una bulla alegre
con los chistes del loco. El otro día de mañana después de misa, un
francés que asistía de pasero en el río que cito Tomo Primero,
capítulo IV, había dejado en el pasto maniatado su caballo, fuese a
buscarlo, y no lo halló. Yo me estaba aprontando para proseguir mi
viaje. Vino él y me pidió que supuesto yo aquel día había por
precisión de pasar por su casa, que le hiciese el favor de llevarle
la silla allá, supuesto que llevaba los potros desocupados,
diciéndome que él se iría por el río con una balsa, y que allí me
aguardaría.
Yo le dije a un indio que me había de acompañar: Pues póngale la
silla a este potro que ya está manso, señalando el de los dientes
quebrados, así se hizo. El potro estuvo quedo y se dejó ensillar.
Ya que lo hubieron ceñido, dije: Póngale sobre la silla el capote
de paja atado. Al tiempo de atárselo, díjome don Miguel el francés:
Padre predicador, mucha armonía le hará al potro este capote de
paja. Yo sencillamente respondí:No señor, como lo lleva atado
y él ya está manso, ya no se moverá. Ya que todo estuvo alistado,
monté a caballo y el indio soltó el potro. Pero a lo que empezó a
moverse, y sentir el ruidito de la paja sobre sus espaldas, se
enfureció de modo, danto saltos y corcovos, que conmovió toda la
plaza que estaba llena de gente. Los indios para sosegarlo lo
rodearon, pero fue peor, porque más enfurecido los embestía como
toro bravo, echando espumarajos por la boca y bufidos espantosos, y
despojó toda la plaza y hasta que rompió la cincha, pretal y
retranca, y se sacudió la silla de encima, no paró. Y así que le
cayó al suelo se devolvió contra ella a bocados y manotadas, y lo
quería todos despedazar con su furia.
Ya que se sosegó lo volvieron a atar, y lo volvieron a ensillar,
pero sin que antes le tapasen los ojos, no hubo indio que quisiese
atreverse a ensillarlo, aunque estaba bien atado, aterrados de
haber visto su braveza. El capote de paja se puso entre mis
petacas, y así comenzamos a caminar. A breve rato encontramos el
caballo del francés maniatado que poco a poco se iba para su casa.
Lo cogimos, y el indio que me acompañaba se devolvió, y le avisó a
don Miguel, el cual muy contento se vino y le puso la silla, y nos
acompañamos hasta su casa. Y como con la comedia del potro partimos
tarde, llegamos al ponerse el sol al río, y allí me quedé en casa
de don Miguel.
Al otro día de mañana partí, y vine a dar a la tarde a casa de
un sevillano llamado don Miguel Correa, como noto Tomo Primero,
capítulo IV. Este caballero me regaló un caballo, y en su casa pasé
la noche, y al otro día partí y vine a dar a la tarde a casa de un
criollo hacendado llamado don José Caballero y en su casa me quedé
aquella noche. Tenía este sujeto aviso del cura del pueblo del
Guamo, el doctor don José Losada, para que lo avisan luego que yo
llegase a su casa, para salirme al camino, y con esta acción
obligarme a que me detuviese en el dicho su pueblo y predicase una
misión como había hecho en Natagaima. Y fue el caso que el Padre
Cuenca, cura de Natagaima, como era amigo, le había escrito lo que
yo allá había trabajado. Dicho sujeto, sin decirme nada, luego que
yo llegué, despachó un negro al Guamo con el aviso al cura de mi
llegada para el dicho efecto.
A la noche estando cenando me preguntó don José si me detendría
mucho en el Guamo. Yo le dije que dos o tres días entretanto que
pudiese recoger alguna limosna. El respondió: Yo sé que el
Padre cura está en ánimo de hacerlo pasar a que predique unos días
y confiese la gente, y ya la tiene avisada. Yo le dije: ¿Y de dónde
sabe el cura que yo ando por aquí? Y él me respondió: Días ha que
el Padre Cuenca, cura de Natagaima, se lo escribió, y le ofreció
que se empeñaría con V. P. para el efecto, y sepa que aquí es tan
necesario como allá. Yo le respondí: Verdad es que algo me apuntó
de esto dicho cura, pero que hasta entonces yo no había deliberado,
porque ya había bastantes días que yo había salido de la misión, y
no podía tardarme tanto tiempo, porque hacía allá falta. Dicho don
José me hizo varias réplicas para que me quedase algunos días, y yo
conocí oue todo era influjo del cura.
Yo siempre tiré a excusarme, pero apenas vino la mañana cuando
recibí una carta del cura en que me daba la bienvenida, y con ella
aviso a donJosé para que me diese bestias para pasar al pueblo, y
que las mías se quedasen en su hacienda a buen recaudo puestas y
aseguradas en buen potrero. Ya con esta demostración, por no
demostrarme descortés, me hube como precisado a condescender, y
como por otra parte veía que el beneplácito y favor del cura
importaba mucho para congregar buena limosna, me resolví a
condescender a lo que me pedía. Con esto don José al instante,
entretanto que almorzamos, envió mis bestias al potrero, y que
trujeran otras para mí y mis trastos. Todo se ejecutó, y cerca de
las ocho partimos para el Guamo y don José me acompañó con un hijo
suyo, llamado don Rodrigo.
Cerca de las tres de la tarde, a la margen de una quebrada nos
encontramos con el Padre cura acompañado de gente, la más florida
del pueblo y un mercader Genovés que nos estaba aguardando. Luego
que nos vieron nos vinieron a recibir con mucho alborozo y alegría.
Allí nos apeamos a la sombra del monte a sestear hasta que cayó el
sol. El Padre cura había traído prevención de un guiso de pollo y
una pierna de ternera asada. Al instante sacaron un frasco de
mistela para entretanto que se calentó la comida. Comimos bien, y
cerca de las cinco de la tarde partimos al Guamo, que distaba cosa
de media legua. Ya tenía el cura prevenida una casa para mí, y en
ella me hospedé, señalándome un indio a mi disposición para que me
sirviese hasta que me fuese del Guamo, y me dio orden que acudiese
a su casa para cuanto se me ofreciese. Y como el Padre Cuenca le
escribió que yo era aficionado a leche por la mañana, cada día me
trujeron un calabazo lleno.
Ya había el Padre cura despachado aviso a la gente del partido
de su curato, y al otro día a la noche se empezó la misión, y duré
once días hasta que concluí de confesar la gente. Un día cerca de
la oración, yo estaba en casa del cura, y vino un negro todo
alborozado diciendo: Padre cura, en la iglesia hay una culebra, y
está dormida. Luego fuimos los dos a ver, que estaba cerca. Tenía
ella la cola en la calle, y el cuerpo subía la pared y cobija de la
iglesia y se volvía a bajar de la otra parte, y remataba la cabeza
en la otra calle. Era de color ceniciento medio verdusco, y no
tenía más grueso que el dedo índice. El negro de un machetazo le
cortó la cabeza, y por curiosidad la llevó tendida en medio de la
plaza. Se juntó la gente y nadie supo cómo se llamaba, porque jamás
habían visto otra semejante. Yo tengo por mí que se llama culebra
toche, por lo que diré de otra en adelante. Mandamos por una vara y
se midió, y se halló tener veinte y nueve varas y media. Ya yo veo
que será difícil de creer, pero yo digo lo que vi. Él me contó de
otra que en el pueblo se mató unos años antes, y tuvo 7 varas y 7
hijos en su buche, como noto Tomo Primero, folio
139.
Un grande cuento me sucedió en el Guamo, y fue el caso: que
el hijo de don José Caballero, don Rodrigo, había nueve años que
estaba amancebado con una mulata libre que vivía en la hacienda de
su padre, y en este tiempo tenía ya de ella cuatro hijos, y siendo
así que su padre no lo ignoraba, pudiendo sacar a la mulata de su
hacienda o mandarla desterrar a otro pueblo, nunca lo hizo. Vino
pues un día a verme este don Rodrigo, y me contó todo el caso, y
resolvió que se quería confesar y poner en gracia de Dios. Yo que
no hallaba otro medio que casarse con la mulata, porque de otra
suerte él no la quería dejar de manera alguna, añadió diciendo que
había sabido que su padre en días anteriores le había tratado un
casamiento con una señora doncella de Ibagué, pueblo comarcano a
cosa de cuatro leguas del Guamo, pero que él no quería casarse con
ella ni con otra alguna, sino sólo con la mulata; y que si su padre
lo violentaba, dejaría la esposa y se ausentaría con la
mulata.
Yo que vi que él venía alucinado del apetito, procuré afearle el
intento, ya proponiéndole varios ejemplares de casos semejantes, en
que después de casados se trocó el amor en aborrecimiento, ya lo
violento del natural de su padre, que podría hacer un disparate, ya
la deshonra y mancha con que afeaba su sangre y que por ello podía
su padre desheredarlo; pero él se ciñó que se quería salvar, y que
a no casarse con la mulata veía que se condenaba. Y que un tío que
tenía en Ibagué, hallándose en las mismas circunstancias que él,
también se había casado con otra mulata, y que vivía muy bien con
ella. Yo viéndolo totalmente alucinado e incapaz de entrar en
razón, le dije que si no se atrevía por sí a comunicar su
determinación a su padre, temeroso de su furor, que se fuese a
Ibagué, y que lo comunicase a su tío y a otros amigos de su padre,
a ver si lograría su beneplácito; porque los hijos bajo de culpa
mortal, antes de tomar estado, tenían esta obligación, y con otras
varias razones lo despedí.
Él se fue a contar al cura todo cuanto yo le había dicho, y
según supe después, ya entre dos lo tenían tratado, y el cura lo
deseaba por el interés de los derechos parroquiales. Todo esto
asentado, me consultó el cura el caso, para ver mi sentir sobre si
en un caso tan arduo y la voracidad del padre comprobada con varios
casos prácticos, si él podría dispensar en las proclamas. Yo le
dije que muchos autores había que decían que sí, puesto el caso
conforme me lo pintaba. Entonces me dijo: Pues para que esta
criatura salga del mal estado, y se pongan uno y otro en gracia de
Dios, me parece a mí que pidiéndome los dos que los case
secretamente sin proclamas, debo yo en conciencia casarlos, y
después se buscarán modos para aplacar al padre. Luego que yo vi
que se retiraba a la obligación de párroco, me persuadí que sería
así, y le respondí que hiciese su conciencia recta, y que obrase
según ella; pero que siempre me parecía más acertado que ocurriese
al ordinario del señor arzobispo de Santa Fe, allegando los graves
motivos que ocurrían, y pidiendo con secreto la dispensación de las
proclamas, y que así procedería más acertado. Él me respondió:
Ahora están los dos con lo que han oído en la misión en disposición
de confesarse bien, y tal vez de aquí a que se haga esta diligencia
se les enfriará el deseo y también es posible que en lo interim
mueran, y yo tendría la culpa de su perdición por no haberlos
querido casar, requerido. Y aunque le propuse que la pusiera a ella
en depósito en lugar seguro, y yo los confesaría a los dos, con tal
que la diligencia en lo interim se hiciese, me respondió que era
imposible apartársela del lado, porque habiéndolo intentado su
padre varias veces, hizo tales extremos don Rodrigo, que fue
preciso volvérsela a poner a su voluntad, y que él como cura no
debía dilatar la salud de sus ovejas que en la presente ocasión la
buscaban.
Al otro día de mañana me llamó el cura y me dijo que a la tarde
vendría a confesarse conmigo don Rodrigo y la mulata también, y que
a la noche le hiciese el favor de casarlos porque cuando su padre
lo supiese no se indignase contra él. Yo le dije que no tenía
repugnancia a casarlos, pero que yo no lo podía hacer sin su
licencia, y en vez, que me la dase para ello, la quería escrita y
firmada de su mano, y puesta en el libro donde se apuntan los
casamientos, y que sólo con ello lo haría porque yo no me quería
meter en un laberinto. Era esto ya el día antes de partirme. El
cura convino en cuanto yo le propuse, e hizo la licencia para
casarlos que me daba sin proclamas por ocurrir gravísimos motivos,
de que se obligaba a responder a su superior, y lo
firmó.
Salí con él a pedir limosna, y se congregaron algunos pesos y
unos toritos y becerros, y de ello quedó encargado de remitírmelo a
Natagaima al Padre Cuenca hasta a mi vuelta. Se mandó aquella tarde
por mis bestias, y hubiéronme hurtado el potro de los dientes
quebrados; y aunque se hicieron varias diligencias, nunca lo pude
recobrar, por más que se supo quién lo tenía. Ya a la tarde confesé
a los dos penitentes constantes de su determinación, y venida la
noche trujeron cuatro testigos, y se les leyó delante la licencia
que el cura me daba para casarlos. Los casé y después le dije a don
Rodrigo: Usted llévese la mujer a Ibagué y póngala en lugar seguro,
y usted asegúrese también, y pida a su tío que envíe a llamar a su
padre, y junto con otros amigos que le den noticia de su
casamiento, y hasta que su padre se ablande, no se ponga en su
presencia. Él dijo que así lo haría, aunque después supe que no lo
hizo, antes hizo totalmente lo contrario como diré adelante.
El Padre cura había dado noticia de mi trabajo a un caballero
chapetón casado en Santa Fe, llamado don Antonio Alvarez, concuñado
del doctor Moya, también chapetón y casado en Santa Fe. Los dos
viven en un llano que llaman Llano Grande. Confina la hacienda del
uno con la del otro, y están muy poderosos sin saber el número de
bestias y ganado que tienen. La máxima que han observado los dos
para tanto multiplico es: no vender jamás becerra, novilla ni vaca
alguna hasta que no pare, y lo mismo en las yeguas. Tienen sus
buenos potreros y burros hechores, y crían también muchísimas
mulas. A más de esto tienen arrendados varios trozos de tierra con
amitgeros, con tal que para las yeguas puedan tener caballos
padrones, pero no burro hechón y la yegua que tome del burro del
amo, la cría es del amo y no del amitgero.
Los dos son nobles y viven en sus haciendas y mantienen a sus
esposas en Santa Fe. El día pues de mi partida del Guamo, me dijo
el Padre cura que habíamos de ir a comer a casa de don Antonio, que
ya estaba avisado, y nos estaría aguardando, y así se hizo.
Partimos del Guamo a punta del día, y llegamos cerca de las diez y
media. Don Antonio que es muy bueno y muy cortés, me hizo mucho
agasajo. Él tiene una casa muy decente, y ha mandado fabricar en
lugar de oratorio, una iglesia de cantería muy grande y capaz, con
cinco altares con sus retablos muy buenos. Tiene en casa siempre un
sacerdote. Y a la sazón tenía un religioso mercedario, muy recogido
y austero. Hablando pues de esta especie me dijo: Es un hombre este
Padre mercedario muy virtuoso, y por ello procuré traerlo aquí para
tener esta buena compañía; pero estoy con tanta soledad con él en
este desierto como si no lo tuviera, porque por la mañana en
acabando de decir misa y desayunarse, se encierra en su cuarto y ya
no lo vuelvo a ver hasta que sale a comer. En comiendo se vuelve a
encerrar hasta la noche, y no teniendo aquí otro con quien
conversar un rato, se me hace su compañía muy
pesada.
Él nos mostró toda la casa y la iglesia, y todo me pareció muy
bueno. Nos hizo un gran convite, y sobre mesa me dijo: Aquí abajo
está el pueblo de El Espinal, cosa de tres leguas de aquí. Yo aquí
soy feligrés suyo, y aunque no es el pueblo principal del curato,
el cual es otro que llaman Coello, pero con todo, ahora está en El
Espinal el Padre cura. Él me ha enviado a decir que le ruegue que
la haga el favor de llevar allá a V.P. para que se detenga unos
días a predicar y confesar la gente. Y yo también lo deseo, para
oír la misión y ganar las indulgencias de que carezco mucho en este
desierto. Como yo estaba desimaginado de tal pensamiento, al
instante conocí que el haberme llevado a esta casa el cura del
Guamo fue para este fin, que ya tendrían ellos entre sí concertado.
Yo aunque procuré excusarme, no hubo remedio, alegando que el
pueblo era corto, y que con ocho días estaría ya despachado. Yo por
mostrarme ingrato y descortés, hube de admitir el ir allá, y al
otorgar la palabra, me ofreció don Antonio diez novillas de a tres
años de limosna. Yo le dije que las mantuviese en su poder hasta
ver si en el pueblo se recogían algunas más, y que juntas me las
remitiese al Guamo, y que el Padre cura con las que allí habían
recogido, me las remitiera juntas a Natagaima al Padre Cuenca. Así
lo prometieron los dos y lo cumplieron con toda fidelidad.
A las cuatro de la tarde nos partimos el Padre cura del Guamo,
el Padre mercedario y don Antonio de su casa para El Espinal en
donde tenía él también otra buena casa. Ellos llevaban buenos
caballos y se adelantaron, yo y el Padre mercedario fuimos a
nuestro paso, hablando de las cosas de los indios infieles de
nuestra misión. A la mitad del camino nos aguardaron en casa de un
amitgero, y al llegar, díjome don Antonio: Padre misionero,
parece que su caballo anda algo cansado. Yo le respondí: Señor don
Antonio, como hace ya días que anda de camino no es mucho. Este me
lo dio en La Plata un hijo de don Silvestre Polanco, y siempre ha
servido o a la carga o a la silla y el pobre ya anda cansado.
Entonces dijo don Antonio: En El Espinal yo le daré un caballito;
pero con todo, mándele usted, dijo, al amitgero cogerle un caballo
para ir de aquí al pueblo. Allí adelante había varios paciendo, y
el amitgero dijo a un negro: Anda, coge aquel gris. Fue y lo trujo.
Quitaron mi silla del mío y se la pusieron. Cuando yo lo vi, no me
pareció cosa el caballo. El sí de buen cuerpo y gordo, pero aquel
color mosqueado no daba traza de ser lo que era.
Ya tratamos de partir y nos vino acompañando también el
amitgero; pero al ir yo a montar, díjome don Antonio: Padre, con
este gris no lo habemos de dejar atrás. Yo repliqué: ¿Que corcovea
o respinga? Díjome: No, seguro va usted; pero con todo, tenga
cuenta con las riendas.
Para montar, un negro lo tenía del freno, y otro tenía el
estribo contrario. Monté en él, y ya montados todos, bien afianzado
de las riendas, díjele al negro: Suéltalo. Lo propio fue soltar
aquel caballo, ¿qué torbellino de viento puede haber más veloz? Él
caminaba no a carrera abierta, sino a paso llano o aguililla. Y con
las dos manos tirándole del freno cuanto podía, pero era por demás
el detenerlo, que él pasaba como un rayo. Todos los demás traían
buenos caballos, y picaban cuanto podía por alcanzarme;y haciendo
yo cuanto pude por detenerlo, les llevé la ventaja de cerca de
media legua en legua y media de camino. Yo me quedé pasmado, y
aunque después he visto buenos caballos, pero nunca he visto otro
como éste. A lo que llegaron, díjome don Antonio: Padre, ¿no se lo
dije yo que no lo dejaríamos atrás? Yo le dije al amitgero:
Caballero, diez bestias traigo, ¿las quiere usted todas diez por el
caballo? Él me respondió: Padre, el caballo es del sillón de mi
mujer, no lo puedo largar. Si no fuera eso, yo se lo regalan. Don
Antonio me volvió a decir: Yo le daré a usted también un caballo
que anda bien, aunque no tan veloz como éste, que de como éste hay
pocos.
Vino luego el Padre cura a hacemos visita, y me dijo que ya
tenía prevenida una casa, y que por las mañanas me traerían una
botijuela de leche, y cuanto se me ofreciese, que acudiese a su
casa. Allí cenamos todos juntos en casa de don Antonio, y el cura
me dijo que ya tenía avisada a la gente de todo el llano, y que al
otro día de mañana ya estarían todos en el pueblo para empezar a la
noche la misión, y así se hizo. Nueve días hube de menester para
confesar la gente, porque viendo que eran muchos, me apliqué a
confesar en las tardes. Allí un particular me hubo de traer una
arroba de manojos de tabaco, diciéndome que pertenecía al diezmo o
primicia del cura del Guamo, para que, supuesto que allí estaba se
la entregase. La tomé y se la llevé, y él hizo dos partes: la mitad
dio a don Antonio, y la otra parte me dio a mí, y el Padre cura de
El Espinal me lo mandó en su casa hacer cigarros.
Un día de la misión vino un mestizo a yerme y me
dijo:Padre, yo quiero mandar decir unas misas a mi madre, que
murió el año pasado; no tengo la plata, pero tengo una buena mula
de silla, si usted la quiere, y le dirá las misas, yo se la daré.
Yo le dije que convenía en ello, pero que yo antes quería ver la
mula qué tal era. El dijo que a la tarde la traería. Vino a la
tarde, y trajo una mulita baya, de cuatro años, algo pequeña y
delgada, con las piernas muy delgadas y los ojos muy vivos. A
primera vista me desagradó la mula, pero el Padre cura me aseguró
que era buena, veloz en el andar y que tenía paso llano. Él pedía
veinte y tres misas por ella, y yo no la quise aceptar. Entonces el
Padre cura me dijo que la tomase y que él me aplicaría doce misas,
y yo las once, y que si no me contentaba de ella por ser pequeña,
que él me la cambiaría con una mayor, y así la acepté, y me salió
tan buena que me sirvió mejor que todas las demás bestias que he
tenido; y por fin me la quitó uno a quién la hube de prestar para
un viaje, como diré adelante.
Ya concluida la misión en El Espinal, el Padre cura me dijo cómo
había renunciado el curato días había, y que según le habían
escrito ya el curato estaba proveído en un sujeto de Santa Fe,
llamado el doctor Reyes, y que era muy posible que llegase al otro
día; y así que le hiciese el favor de subir acompañándolo a Coello
que era el principal pueblo, para entregarle el curato, y que el
camino que yo había de hacer, sólo hacía cuatro leguas de vuelta, y
con ello iría a pasar por casa del doctor Moya, concuñado de don
Antonio. Yo condescendí a ello, y aquella tarde salimos los dos a
pedir la limosna, y se congregaron algunos pesos, unos toritos y
novillos, y de todo se entregó a don Antonio para remitírmelo al
Guamo, y de allá por mano del cura a Natagaima al Padre
Cuenca.
El otro día de mañana, estando ya cargadas y ensilladas las
bestias para partir, vino un negro y me trujo un caballo de forma
mayor, que de regalo me mandó don Antonio. Yo le quise probar, y
quitando la silla al mío, lo ensillaron. Tenía él buen paso llano y
muy apresurado. El Padre cura lo conoció y me dijo que tenía seis
años, y que era de los buenos que para sí tenía don Antonio. Y por
el negro le mandé los agradecimientos, y con esto partimos para
Coello. En la mitad del camino encontramos un mestizo, el cual dijo
al Padre cura que lo venía a avisar, porque su madre acababa de
morir, para que le hiciese el entierro al otro día, con misa
cantada, y que si quería un caballo por ello, se lo daría, porque
plata no la tenía. El cura le preguntó qué caballo era: Respondió
que era de color blanco, manso y de cuatro años. Entonces dijo el
Padre cura: Pues tráigalo usted, y lo dará al Padre misionero, y él
le cantará la misa, y hará el entierro, y así se hizo. Ya yo
entonces me hallaba con doce bestias y otros dos caballos mochos,
que no me acuerdo dónde los adquirí. Caballo mocho llaman al que
tiene las orejas agachadas y sin movimiento para poderlas jugar.
Esto viene de las muchas garrapatas que se crían en aquellos
pajonales. Hay de esto muchísima abundancia, y éstas se pegan a las
reses y a las bestias, y con especialidad dentro de las orejas; y
las que aquí se pegan, a no tener cuidado de quitárselas, les
chupan o les roen aquellas venas o nervios necesarios para el juego
de las orejas, y quedan cual con la una y cual con las dos orejas
inclinadas, sin poder ya ni levantarlas ni jugarlas, y esto afea
mucho una bestia. Estos dos pues caballos mochos y viejos, en
Coello los di por cuatro pesos.
Ya que he tocado la especie de las garrapatas diré lo que me
sucedió yendo para Santa Fe. Llegué una tarde arranchar en casa de
un indio, y al haber anochecido, como tenía las bestias atadas en
una pampa de pajonal, no fiándome del indio que me acompañaba, fui
a registrar si estaban bien atadas. Ellas cuando son chiquillas
como una liendrecita viven, y están apiñadas en las espigas que
cría aquella paja, y es cosa que en una espiga habrá muchos miles.
Yo llevaba la túnica arremangada, y fregaría en algunas espigas, y
se me agarraron en los paños menores. Ya hecha mi diligencia, me
devolví, no hice más que quitarme la túnica, y ponerme para dormir
una camisa que usaba por el exorbitante calor que hace por allí, y
me eché en la cama. Apenas se pasó un cuarto de hora cuando me
subintró un ardor en todo el cuerpo que me abrasaba vivo. Pensé si
me habría dado algún tabardillo, y como por instantes se iba
gravando, me levanté y alboroté la casa. Esto duró un rato, hasta
que repararon que estaba lleno de garrapatas. Me miré con luz una
mano, y en ella tendría más de mil, y al parecer me habían cundido
por todo el cuerpo. El indio casero me dijo que untándome con jugo
de tabaco me caerían todas. Al instante picaron tabaco con agua y
con aquel jugo me unté el cuerpo. Así estuve un rato, y se fue
desgraduando el ardor, hasta quedar fresco como estaba antes. Me
fui a la quebrada y me quité la ropa, y la envolví hecha un lío, me
lavé y me cayeron todas, y después me puse otros paños menores, y
la túnica, y me volví limpio y sano de la epidemia. Y desde
entonces las he visto varias veces apiñadas en las espigas de los
pajonales.
Llegamos, pues, a río Coello, y encontramos al cura nuevo en el
paso, que se aprontaba para pasar. Él estaba algo tímido, porque el
río allí es rápido, y la canoa con que se pasaba era chica. Alí
después de las saludes y enhorabuenas él quiso vernos pasar a
nosotros primero, y así se hizo. Pasamos nosotros, y pasó él, y nos
fuimos juntos al pueblo, que está situado sobre de un cerro muy
alto. Tendrá unos 80 vecinos: los más son mestizos, algunos
blancos, indios y mulatos. El cura nuevo se apeó en la casa de los
curas. El cura salido se fue a casa de una mestiza que le servía, y
yo me apeé en una casa sola.
Ya después de cenar nos volvimos a juntar en casa del cura
nuevo, y él pensaba que yo había venido con ánimo de predicar
también en Coello, como había hecho en El Espinal. Mas yo le dije
que no, porque al otro día me iba, y que yo sólo había venido para
acompañar al cura y tomar una mula que me había de trocar por otra.
Él respondió que bien de mañana la traerían, que ya había dado
orden para ello. Con esta resolución me fui a dormir. El otro día
de mañana canté la misa y enterré a la difunta, y el mestizo me dio
el caballo. Ya después de almorzar, casi unos tras de otro vinieron
dos mensajes diciendo que las mulas del cura se habían salido del
potrero y que la mula que me había de trocar no parecía. Él hizo
varios ademanes de sentimiento. Bien pudo ser que fuera verdad,
pero yo nada creí, y juzgué que lo cierto era habérsele ya enfriado
el deseo de largarme la mula por la mía.