(Continuación capítulo
I
V
)
Esta es la hacienda que toqué en el Tomo Primero, capitulo y,
cuando allí prometí que en llegando a ella hablaría del robo que
hicieron los indios andaquíes, cuando saquearon la ciudad de La
Plata. Estando pues a lo prometido diré sólo suscinto lo que me
contaron. Fue pues la ciudad de San Sebastián de La Plata
antiguamente tan rica como noto en el capítulo ya citado. Esta
nación andaquí supongo que arrastrados parte de la codicia, y parte
de la torpeza y sensualidad, por estar La Plata poblada de mujeres
mestizas y blancas, formaron sus escuadrones de indios bárbaros, y
avanzaron primeramente a la ciudad de Timaná, y la devastaron,
armados con flechas, dardos y lanzas. La robaron, y sólo dejaron
con vida a las mujeres. De éstas fue la hermana de don Pablo de
Herrera que era chiquilla, como noto Tomo Primero, capítulo IV.
Lleváronselas a sus tierras monte adentro del Andaquí, y dejándolas
allá bien aseguradas de la otra parte del río Verde, volviéronse
ellos para devastar La Plata.
No fue esto tan oculto y secreto que no llegase antes la noticia
a La Plata, y hallándose allí bastantes chapetones y gente blanca,
se determiné formar fuerza, juntando cuantas armas de fuego y
fierro se hallaron para la defensa, y en lo interim hicieron un
propio a Popayán, a efecto de socorrerse más con las armas y
pólvora que les pudiesen de pronto remitir. Llegaron los bárbaros,
y encontraron ya formada la defensa, y se trabó de poder a poder la
batalla. Los nuestros tenían hechas dos trincheras, la una con
escopetas, trabucos y pistolas; la otra con lanzas, dagas y
alfanges. Duró la batalla largo, porque los andaquíes, reconociendo
el daño que padecían con las armas de fuego, se retiraron y
formaron otras dos
trincheras, una de arcos y
flechas, y la otra de dardos y algunos machetes que habían cogido
de Timaná.
Con este nuevo orden y aparato volvieron de nuevo a acometer las
flechas contra las escopetas, y los dardos contra las lanzas. La
trinchera de las escopetas les hacían mucha mortandad, pero ellos
se mantuvieron tenaces. La trinchera de las lanzas padeció mucha
matanza, porque ellos jugaban el dardo de esta forma: clavaban el
asta en el suelo, y con ligereza se subían algo por ella, y daban
salto de más de cinco varas, o seis adentro de los nuestros, y en
el mismo brinco revolvían en el aire la punta del dardo, y al caer
el indio de un dardazo pasaba a cinco o seis de un golpe. Entre
esta batalla se oía de los nuestros estas voces: Anda aquí, anda
allí. Y pensaban los indios que eran voces de los que mandaban, y
que con ellas decían que los matasen a todos ellos. Y de esto más
enfurecidos, repetían ellos mismos: Anda aquí. Y de aquí viene
llamar desde entonces a esta nación los andaquíes. Cómo se llamaban
antes no lo sé yo.
La contienda duró algunos días, con bastante destrozo de una y
otra parte. Y la desgracia de los platenos fue por una traición de
un mestizo. Hubo éste de sentir a un chapetón de los que mandaban
que decía a otro: Hombre, ahora estamos del todo perdidos, porque
ya se nos acaba la pólvora, y era así verdad. Era esto a la entrada
de la noche. Y ¿qué hace este mestizo? Vase y pásase a las
trincheras del Andaquí y díceles: Ahora es tiempo de embestir con
valor, porque ya se les acaba la pólvora a los viracochas. Así se
llaman en su lengua los españoles. Con esta noticia se animaron
ellos, y embisten como bárbaros con grandes gritos y algazara, y a
todos los nuestros quitaron la vida aquella noche. Robaron la
ciudad y se llevaron sólo vivas las mujeres y dos conventos de
monjas. Y de esta mixtura viene que ahora todos los indios
andaquíes se han ido por la propagación vuelto hombres blancos y
barbados como los españoles.
El robo de estas dos ciudades es tradición que ellos lo
escondieron en una cueva entre Timaná y La Plata, como noto en el
ya citado capítulo, y que lo encontraron. Hallándome yo pues en
esta hacienda de El Limonal había allí un viejo que me sacó esta
conversación y vino a rematar en decirme que él sabía esta cueva, y
que había ido allá tres veces. Y con mis preguntas le hice contar
todo el caso. Dijo pues que siendo mozo, un indio le dijo que sabía
de una mina de plata tan pingüe, que la plata cuajada se podía allí
cortar a cincel con mucha abundancia, y que si quería se la
enseñaría que estaba por aquellos montes. Este sujeto le dijo que
sí, y que en estando algo desocupado que lo avisase, y que irían
los dos. Este indio se fue, y al cabo de dos o tres meses, viendo
que no parecía éste lo fue a buscar, y hallado le dijo que cuándo
le enseñaba la mina de plata. El indio dijo que descuidase, que en
teniendo lugar le avisaría.
Así lo fue pasando en palabras siete u ocho meses, repitiéndole
viajes e instancias. Al cabo de este tiempo un día se apareció el
indio, y le dijo: Ea vamos, y te enseñaré la mina de plata. Tomaron
mantenimiento, y se fueron los dos por aquellas serranías, y
caminaron dos días. El segundo día a la tarde, al trastornar de una
loma, vio este hombre en un barranco la boca de una cueva, y que
asomaban un poco la culata de dos escopetas. El indio advirtió que
este hombre había advenido con la boca de la cueva, y así que
llegaron a la quebrada de abajo, le dijo el indio: Perdidos vamos;
yo he errado el tino. No está por este paraje la mina; vamos por
este otro lado, porque vamos muy desviados, y a toda prisa lo sacó
de aquella serranía, y lo indilgó a otra totalmente distinta. Pero
este hombre se hizo la cuenta por lo que vio, que aquella cueva era
en donde está escondido el robo de La Plata y Timaná, y que el
indio ya estaba apezarado de haberle llevado por tal paraje, en
dónde pudo ver no sólo la boca de la cueva, sino también la
culata de las escopetas que llaman la atención a inquirir
qué abrá allí dentro escondido, donde asoman los vestigios de armas
españolas.
Llevóselo pues, y le hizo rodear otros dos días por distintas
serranías, a fin, como infería, de hacerle perder el tino, para que
aunque quisiese, jamás acertase la serranía donde vio la cueva. El
cuarto día, por fin, dentro de una quebrada le enseñó un venero de
mina de plata, cosa muy tenue. Y requiriéndolo que aquello no era
lo que le había prometido, el indio se excusó que había perdido el
tino, y ya no acertaba con la mina pingüe, y que si en algún tiempo
la volvía a encontrar, ya le avisaría
. Y con esto lo volvió
el indio para su casa, y se fue.
Él prosiguió diciendo: Padre, yo siempre observé el paraje, y
después de algún tiempo me determiné de ir allá y haciendo
prevención de comida, solo, si dar cuenta a nadie, me partí, y el
segundo día antes de llegar al paraje, cosa de un cuarto de legua,
oí tocar una campana grande. Por aquellos parajes son totalmente
desiertos y nadie los habita, y de muchísimas leguas no hay por
allí iglesia alguna. A lo que oí la campana, me paré a certificarme
si era sonido que se formase en mis orejas, o en realidad campana.
Y reconocí que en realidad lo era, aunque algo retirada. Yo
proseguí mi camino, y notando que el sonido salía de la loma que yo
iba buscando, me animé a caminar, pensando que talvez Dios quería
por aquel medio dar medio y remedio para que se descubriesen las
alhajas hurtadas en su santa iglesia.
Andando pues yo con estos pensamientos, catay que de improviso
se arma una fuerte tempestad de truenos espantosos, rayos y
relámpagos que venían a reventar su furia por delante y alrededor
de mí. Yo al instante conocí que aquello venía de la fuerza del
encanto, conforme había oído contar de otras cosas encantadas,
sucedidas a otros en varias ocasiones. Yo me amedrenté, y temeroso
de no perder la vida en aquel despoblado, retrocedí y me volví. Me
rectifiqué en mi pensamiento, viendo que al instante que me volví
atrás, cesó la tempestad.
Por entonces horrorizado con lo que me había pasado, se me
enfrió el deseo, y estuve cuatro años sin solicitar tal cosa. Al
cabo de este tiempo volvió a picarme la codicia, y pensando que
aquella tempestad pudo ser una casualidad, determiné otra vez
volver allá. Hice prevención de lo necesario, y me llevé a un hijo
mío, muchacho de once años, sin decirle a dónde íbamos. Llegamos al
paraje, y llegando al puesto donde yo había oído la campana, díjome
el niño: Taita, así se llama en el Perú el padre. Taita que por
aquí hay iglesia, yo siento una campana grande. Yo le respondí:
Hijo, yo no oigo nada. Pero el muchacho porfió varias veces que la
oía, hacia el paraje donde está la cueva. Yo pero no la oí. Así
proseguimos nuestro camino, ratificándome yo más en que Dios por
aquella seña quería recuperar las alhajas hurtadas de su santa
iglesia. Al llegar pero un poco más adelante, de improviso se armó
otra tempestad como la ya dicha, y hube de desistir del intento, y
así retrocedimos los dos, y a breve rato volvió a cesar y entonces
conocí por cierto que aquella procedía de la fuerza del encanto. Y
nosotros nos volvimos a casa.
Al cabo de siete años después, hallándome en la ciudad de Neiva,
una noche casualmente hablando con algunos amigos de esta especie,
hube de contar los dos casos que me habían pasado. Esto lo oyó un
clérigo que allí estaba. Al otro día me llamó y me llevó a su casa,
y me preguntó si en realidad era verdad lo que yo había contado. Yo
le dije que sí. Él me dijo que si me animaba a volver allá, él iría
en mi compañía y llevaría agua bendita, una estola y el libro de
los conjuros, y que esperaba que conjurándolo, cesaría la fuerza
del encanto y podríamos llegar a la cueva. Con estas promesas y
ofrecerse juntamente a pagar el gasto de cuanto se necesitase para
el viaje, le dije que sí. Yo pensé que acompañado de un sacerdote
no me sucedería cosa de mal, y así cobré mucha confianza. Hízose la
prevención, y sin dar cuenta a nadie de nuestro viaje, partimos los
dos. Llegamos al paraje, y en el mismo puesto oímos los dos la
campana un rato largo. Se encendió una vela; el Padre echó los
conjuros, se derramó el agua bendita. Hecha esta diligencia,
proseguimos nuestro camino; pero al llegar algo más allá, volvió de
repente a armarse la tempestad, y por más que el Padre echaba
conjuros y agua bendita, más se enfurecía, y horrorizados los dos
nos volvimos a toda prisa, haciéndonos cruces, y en breve volvió la
tempestad a cesar. Y nosotros nos volvimos a Neiva.
Esto, me dijo, ya ha más de veinte años que pasó, y yo no he
vuelto allá; pero con todo si yo hallaba un sacerdote que quisiese
venir conmigo, llevando con qué conjurar aquel encanto, yo iría de
buena gana. Al instante conocí que con ello me brindaba a ver yo si
quería ir con él, y así fue. Porque yo le pregunté si distaba mucho
de El Limonal, y me dijo que dos días de camino, Yo algo me animé a
ir a probarlo, haciéndome la cuenta que si Dios facilitaba el que
yo descubriese este negocio, tenía mucho ganado para el señor
Virrey, que en dándole cuenta de ello, por esta gracia, tenía
después ganado su favor para mi pretensión. Así me estuve perplejo
hasta la noche; mas pero haciendo acto reflejo decía entre mí: ¿Y
si viene un rayo y me parte por medio? ¿Qué haré entonces? ¿Y si
del horror de la tempestad me da un susto que me quita la salud,
¿Qué iré yo a ganar? No, no. Esto no conviene. Si Dios quiere las
alhajas de su santa iglesia, Él proporcionará medios conducentes
para ello. Con estos pensamientos me resolví a no ir, sino pasar mi
camino adelante. Y viendo que la señora no había aparecido,
haciéndome la cuenta que yo había de volver a la vuelta por allí, y
que entonces pediría a la señora la limosna, determiné irme por la
mañana.
Ya que vino el día partí con el mozo que me acompañaba, y
anduvimos cuatro jornadas, en que una noche tuvimos en despoblado,
y las otras dos en casa de los curas de dos pueblecitos de indios y
mestizos muy chicos, que no me acuerdo su nombre. El sexto día de
haber salido de Timaná llegamos a un pueblo algo grande, llamado El
Pitral. Está fundado el pueblo al pie de una peña que está medio
tendida. Ella tendrá de arriba hasta abajo más de dos mil varas, y
casi la mitad de ancho. Es bastante pueblo de indios y mestizos. El
Padre cura me hospedó con mucho cariño, y sabiendo que yo había
predicado misión en Timaná, quiso que me parase si quería ocho días
a predicar en su pueblo, a fin de que se confesara la
gente.
Yo por pasar presto adelante le dije que a la vuelta de mi viaje
por precisión había de volver por allí, y así entonces que iría más
despacio, predicaría y confesaría la gente. Impuesto él en que yo
iba a traer algún ganado, le pedí que talvez lo mandaría por
delante, y que se lo remitiría a él, haciéndome el favor de
mandarlo cuidar hasta que yo llegase. Él convino en todo, y
quedamos con este concierto. Hallábanse entonces en El Pitral un
hijo del señor don Silvestre Polanco de quien ya tengo hablado, y
un cuñado suyo, y como supieron mi llegada, me vinieron a ver. Yo
les pregunté si había de tardar mucho en volverse a La Plata, y
diciéndome que al otro día se iban, contratamos de irnos juntos, y
con esto despaché al indio que me acompañaba para que volviese a
Timaná, y por la mañana partimos juntos para La Plata, y con tan
buena compañía tuve una feliz jornada, porque ellos traían buen
tasajo cocido, y huevos duros, y a mí me dio el cura un pollo
asado. Con ello a la mitad del camino nos paramos cerca de la una,
y comimos bien.
Ellos me informaron de raíz del suceso de la hermana sobre el
darle el hábito; y fue el caso que después que yo me partí de
Popayán, para entrar en la misión, aunque ya dejé contratada su
entrada en el convento, y votos de la comunidad, y favorable y
abonado el parecer y beneplácito del obispo, hubo quien informó a
su Ilustrísima cómo la niña que pretendía el hábito había tenido
una hermana que había estado algunos años en dicho convento de la
Encarnación, y después habiendo sabido que en casa de sus padres en
La Plata se había hospedado un chapetón, y que se trataba de
casarlo con una hermana suya, ella deseosa de casarse, se salió del
convento de la noche a la mañana, se vino a La Plata alegando que
ella era mayor que
su hermana, y así que se quería casar con
aquel chapetón. Todo esto era verdad. El obispo, receloso que ahora
con ésta sucediese lo mismo, le dilató el que se le diese por esto
el hábito.
Yo le dije que sentía el no encontrar a sus padres en La Plata,
siquiera por verlos, y que me diesen un caballo. Él me respondió
que cuánto me querían sus padres, y así fue que al otro día de
haber llegado a La Plata, me dio un caballo castaño muy bueno.
Llegamos a La Plata al ponerse el sol, y habiéndome informado cómo
el marido de doña Bernarda su hermana, don Diego, estaba con sus
padres en Popayán al monjío, y que su casa estaba vacía dije que
quería ir a hospedarme allá en el tiempo que tardase en La Plata, y
así se hizo. Al llegar avisó a doña Bernarda, la cual al instante
vino con la llave y allí me hospedó, con orden pero que en casa de
su madre había de comer y cenar, y así se hizo.
Dos meses había que se había proveído de cura nuevo en La Plata,
y había caído la suerte en un gran sujeto, doctor graduado en
Filosofía y Teología de la provincia de Antioquia. No me acuerdo su
nombre, hombre muy devoto y hermano de la Tercera Orden. La primera
noche que yo llegué, luego que lo informaron, me vino a ver y me
hizo tales instancias, que hube de ir a cenar allá con él en su
casa. Y como él topó allí al marido de doña Bernarda tan afecto a
la Tercera Orden, y que desde nuestra misión había con el fervor
tomado tanto incremento, él lo acabó de realzar frecuentando los
ejercicios que se hacían dos veces a la semana. El otro día era
viernes, y me dijo que les había de hacer una plática, y que le
gustaría que lo señalase a él para un ejercicio de los más penosos,
y la razón que alegó fue decirme: Padre predicador, yo soy hermano
profeso, pero para fervorizar y dar incremento a la orden, aquí he
vuelto a empezar el noviciado, y aunque soy cura del pueblo, con
todo, para dar buen ejemplo a los demás en nuestros congresos, me
siento el último con los novicios.
A mí me pareció todo bien, y al otro día a buena hora se
acompañó conmigo, y dimos una vuelta por la ciudad, y juntamos
algunos pesos de limosna a beneficio de la conversión, y él se
quedó con ellos hasta mi vuelta. Ya que vino la tarde, a las
cuatro, se juntaron en la capilla los terceros, y les hice una
plática espiritual, tomando por tema aquellas palabras de David: O
quam bonum et guam jucundum habitare fratres in unum. Y como
yo había padecido tanta soledad y carencia de esto metido allá
entre los indios bárbaros, les propuse con tal eficacia el bien de
la sociedad y caridad fraternal, que la alegría del texto se volvió
llanto de ternura cuando oyeron lo que era preciso pasar allá por
precisión un Padre conversor.
Después de la plática se rezó la corona a la Virgen Santísima,
y, ésta acabada, se hizo la Vía Sacra. Concluído este ejercicio, se
leyó una lección espiritual, y se tuvo media hora de oración
mental, y antes de concluírse, se hizo señal y se salieron las
mujeres, y nosotros concluímos con la disciplina. Yo casualmente
para la lección espiritual truje mi Padre Nierenberg Temporal y
Eterno, y acerté a leer el capítulo de las delicias de la gloria
pertenecientes a las potencias del alma. El Padre cura que jamás
había oído este autor, le pareció tan bien, que ya que me hubo
acompañado a cenar a casa de doña Bernarda, me pidió que se lo
prestase hasta la vuelta, que lo quería leer. Se lo presté, pero a
la vuelta él se quedó con él, y no hubo medio ni remedio para
volvérselo a sacar. Yo al otro día partí con un indio, y a la tarde
llegamos al pueblo de Paicol.