INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
CAPÍTULO IV



 
Contiene lo que me sucedió en la ciudad de Timaná, hasta llegar a Paicol.



 

El otro día de mañana me dio el caporal buen avío de bestias y un indio que me acompañase. No faltaban más que dos leguas, y cerca de las once llegamos a la ciudad de Timaná, y derecho me encaminé a casa del señor sacristán. Le entregué la carta de recomendación que llevaba del Padre sacristán de Almaguer, como llevo notado, y me recibió en su casa con mucho gusto. A poco rato fuimos los dos a ver al Padre cura, que había días que iba falto de salud con flaqueza e inapetencia. Y la relación que le di fue que había salido con ánimo de ver si recogería algún ganado de limosna, con ánimo de meterlo en la misión. Él me dijo: Si usted se dedicara a predicar aquí una misión algunos días, no dejaría de recoger algunas novillas y toritos; porque cuando ustedes vinieron, se supo aquí que dos de ustedes predicaron una misión en la ciudad de La Plata, y con la noticia se conmovió toda esta ciudad, deseando que en acabando allá, viniesen acá. Yo le dije: Yo fui el uno de los dos que prediqué en La Plata, y estábamos en ánimo de venir acá, y esta voz se escampó por toda la ciudad, haciendo nosotros cuenta que Su Ilustrísima y el Guardián del colegio nos mandarían la orden para ello; pero como no vino, luego que acabamos, nos fuimos al colegio. Mas cuanto a predicar ahora, siempre que usted la quiera y lo halle por conveniente, yo no tengo en ello ninguna repugnancia. Él me dijo que tendría mucho gusto de ello, y con esto quedamos acordes que el otro día a la noche se empezase, saliendo con el asalto.

Yo perseveré en casa del Padre sacristán, y considerando que siempre de preciso había de retardarme en Timaná aguardando que me trujeran la cama, tomé por bien emplearme en lo interim en esta santa obra. El trabajo fue mucho, porque lo emprendí solo. Ello no había más sacerdotes en la ciudad que el cura y el sacristán. El cura no asistió con su dolencia; el sacristán ni siquiera se sentó en el confesionario con la excusa que todos se querían confesar con el Padre misionero. Y así púlpito y confesionario me lo tomé solo.

Esta primer noche que llegué ya se divulgó la noticia de mi venida y destino por toda la ciudad; y el otro día de mañana todos los principales señores me vinieron a visitar, y en especial se me mostraron muy afectos y amigos dos chapetones avecindados y casados en la misma ciudad, uno andaluz y el otro gallego. El andaluz había corrido mucho por tierra arriba desde Buenos Aires al Cuzco y al Tucumán, y también de Buenos Aires a Chile. Con esta ocasión, preguntándome a mí sobre el camino que acababa de hacer, con la noticia que le di del ganado cimarrón que hay en el llano de Las Papas, me vino él a contar la muchedumbre que de esto hay en las pampas de Buenos Aires, el modo que se tiene de cogerlo, y el fin, ya de parte de Buenos Aires, y ya también de los chilenos, que me ha parecido ponerlo aquí, porque no he andado por tales provincias.

Los chilenos todos los años van de Chile a Buenos Aires muchos en compañía para comprar ropa de España, y para ello aguardan a que la cordillera de la serranía que penetra todo el Perú, como noto Tomo Primero, capítulo y, esté abierta, porque todos los años se cierra con la nieve y se pone intransitable, y hasta que se vuelva a abrir no pueden ellos  volver a Chile, y se abre como diré en adelante. Vánse pues estos mercaderes chilenos con unos carretones tres veces más grandes que los ordinarios, tirados por veinte y cuatro pares de bueyes.

Cada carretón tiene tres altos; abajo se lleva la manutención y el agua, porque para allá de la cordillera no la hay, hasta llegar a la ciudad de Mendoza, que dista trescientas leguas, todo despoblado, y es todo arenal; y así de esta agua se ha de mantener la gente y el ganado. En el segundo alto va la gente; y en el tercero se arma la cocina. La candela se hace de la boñiga de las reses que por allí hay en abundancia. El ganado se mantiene en los pajonales de que está poblado con mucha abundancia todo este despoblado. Allí se camina con aguja de marear, por no perderse; porque los vientos mudan varias veces los cerros de arena de un puesto a otro, y así no puede conservarse camino ni rastro, y se hace precisa la aguja.

Cada carretón lleva sus pedreros para la defensa contra ladrones, de que hay bastantes experiencias de haberles salido indios bárbaros que viven en las serranías que hay de uno y otro lado, y haberles robado, y también muerto.

Críanse también en aquellos despoblados muchos alanos de presa feroces y cimarrones, y vastan mucho al ganado y las bestias. Estos van a manadas a veces de tres o cuatro mil; y hay experiencia de haber acometido algunos carros y haberse comido toda la gente, y por este riesgo se llevan también los pedreros, escopetas, lanzas y alfanjes, y se anda siempre con mucho cuidado y sobreaviso por estos enemigos; y al verlos asomar de lejos, ya se empieza a despedirles balazos para espantarlos y que no se acerquen. Pero como son tan voraces, se han arbitrado antes que lleguen a buen trecho pegar fuego al pajonal por donde vienen, y con la candela ellos no se atreven. Pero si el viento viene contrario, no aprovecha este medio, porque fuera en perjuicio propio, y se exponía la gente a morir quemados con carretones y bueyes. Y en este caso el único remedio es o pelear hasta morir o fortificarse dentro de los carretones de modo que ellos no puedan entrar a hacer presa.

Ha proveído Dios a las bestias y ganado para cuando bajan a estas pampas, o pasan de una parte a otra, como no hay agua, de una providencia rara, y es que por bajo de la arena se crían unas matas que bejuquean como la batata, y dan unas raíces a modo de nabos, aguanosas y dulces. Críanse también asimismo por bajo de la arena sandías. El ganado y las bestias con el instinto natural conocen dónde hay, y escarbando con las patas lo sacan, y con ello suplen la falta de agua. Y la gente pasajera también a veces ven asomar alguna punta de cogollo, y entonces sacan y se refrescan. Yo he visto de estas raíces aguanosas, y he comido. No me acuerdo su nombre, ni me acuerdo dónde lo comí. Bien sé que preguntando yo al que me la dio qué raíz era aquella, me dijo su nombre, y que aquélla era como las raíces que se encontraban bajo la arena en las pampas de Buenos Aires.

Contóme también un chapetón llamado don Pedro de la Peña Montañés, estando en Quito, que en estas pampas de Buenos Aires se cría una culebrita muy chica, y ésta se sustenta de pajaritos, y que de trecho de unos cincuenta pasos las para de suerte que no pueden huir, sino que se están temblando con un graznido triste, hasta que llega esta culebra y hace presa en ella. Y si pasa cerca el avecilla volando la para también y la hace caer y se la come. Y hay experiencia también de haber sucedido lo mismo con alguna criatura. He leído lo mismo del basilisco. Así lo dice Solino, capítulo 40, con estas palabras: "Etiam corrumpit auras, ita ut in aerem nulla alitum impune transvo l et” Y Laureto. Verbo Basiliscus. "Cepe (1) quoque aerem alitu inficit”.

Van pues del reino de Chile antes que se cierre la cordillera, unos traen ganado y otros traen bestias, que unas y otras son de quien las coge. Y para ello el caporal hace apero de buenos caballos y la comida y bebida necesaria para los peones que lleva, cuarenta o cincuenta. El apero para cogerlas es llevarse muchos rejos con cabestros de cuero de vacas y toros. A lo que llegan al paraje, se despachan los peones por aquellas serranías a buscar ganado o bestias. Las puntas que encuentran las van circuyendo con los caballos y amenazándoles a punta de cabestro las guían donde se quedó el caporal con la demás gente, que ya de los cabestros han armado un corral en donde las encorralan, y allí las tienen encorraladas sin comer tres o cuatro o cinco días, hasta que conocen que ya de flacas no pueden correr. Abren después el corral y apartan las mulas que hacen cuenta de llevar, algunos caballos y potros buenos, y lo demás de potrancas, yeguas y burros lo echan afuera a que se vaya a la serranía a criar. Con dos o tres puntas que encuentren, a veces con sola una, escogen treinta o cuarenta mil bestias. Estas ya escogidas las arrean un par de leguas, o tres poco a poco, y las dejan algo comer, y al cabo antes de anochecer las vuelven a encorralar, y así a jornaditas las van acercando a la cordillera. Y lo mismo hacen con las vacas y toros los que fueron por ganado.

El tiempo que gastaron en este afán, ya cerró la nieve la cordillera, y para pasar a Chile se ha de romper. Arrean pues estas bestias o ganado por delante a punta de rejo. Como es tropa crecida de muchos miles, a tanta pisada desmenuzan en breve y liquidan la nieve, y abren el camino. La que resbala o se atasca allí se queda. Así trastornan la cordillera. Al llegar ya a los llanos de Chile se marcan, y ya son del caporal. Él es el que paga a los peones su trabajo. Con este comercio va en Chile la carne tan barata, que un novillo o vaca no valen más de un peso; un potro lo mismo; una bestia amansada cinco pesos. Y por este mismo comercio, el pasajero que va de camino y se le fatiga o cansa su bestia, tiene licencia de entrar en cualquier potrero y coger la bestia que quiera, y en dejando la suya, nadie le dirá porqué lo hace.

Los que de Buenos Aires van a estas pampas al mismo comercio, como no han de pasar la cordillera, obran de otra forma, y es: Los que van por ganado, a lo que lo tienen cogido, apartan las reses grandes y echan las chicas a que críen otra vez en la sierra. Y este ganado encorralado también lo hacen ayunar hasta que de flaco no pueda correr. Y entonces cada día hacen matanzas y estiran los cueros y los cargan en carretones para llevarlos a Buenos Aires. Cada día mudan de sitio, y las carnes allí se quedan; y en tres días, como el sol allí pica tanto, ya se corrompió todo y se resecó. Con el oler acuden a estas matanzas muchos alanos de presa a comer. Sólo reservan las reses que han de llevar a Buenos Aires para abasto de carne y los cueros los embarcan después para España.

Los que van por bestias al llegarlas a Mendoza, las que quieren llevar a Buenos Aires, las remiten allá. En Mendoza las suelen las otras vender a tres pesos. Las que en estas provincias las compran las llevan a Guanjavelique, que todos los años se arma allí feria por ello. En esta feria se aperan de mulada muchos mercaderes que de Lima y aquellas cercanas provincias acuden allá, quiénes con ropa de España, cuáles con azúcares, cacao o mate, que es una hierba del Paraguay muy buena que se toma en lugar de cacao o té, de que hablaré a su tiempo. Pero quien atraviesa más en esta feria la mulada son los pretensores de corregimiento para hacer sus repartimientos en sus respectivas provincias. Estas mulas con todo costo compradas así por junto, mil o dos mil o tres mil, con un peso de alcabala por cabeza que dan todas puestas en Lima u otra provincia, les salen a diez u once, y las más caras a doce pesos. Así me lo contó don Jacobo Blanco Gallego, que después de haber enriquecido en estos contratos de mulas, que usó muchos años siendo tropero de una marquesa limeña, murió después teniente de la provincia de Guailas, y fue muy mi amigo, y yo lo quería bien, porque fue hombre honrado de quien hablaré a su tiempo.

Estos pues corregidores, o ya obtengan la gracia de la Corte o del señor Virrey, que el habiendo vacancia, siempre que no haya quien tenga de España la gracia, allá los provee por tres años, y es uno de los mejores renglones con que recogen ellos plata, sin los gajes que a sus palaciegos se reparten. Pero todo este jugo y mucho más sacan después ellos desollando a los pobres indios del corregimiento que obtuvieron; porque se aperan de grandes partidas de bestias mulares, y bajo el pretexto que aquella provincia está exhausta de bestias, y que los indios claman por mulas, se llevan grandes partidas allá, y entonces las reparten por familias según conocen que tienen más o menos posibilidad para satisfacer. A quien le dan dos, a cual cuatro o cinco, a pagar dentro de dos años dicen, y antes de los seis meses ya empiezan a cobrar. Las compraron ellos a doce o catorce pesos, y les tasan después a cuarenta pesos vejando con ello y sacando todo el jugo de las provincias. Los pobres indios, viéndose vejados y sin plata para poder pagar al corregidor, va y vende las mulas por cualquier precio, y para ajustar la paga vende cuanto tiene por no verse perseguido del superior.

Y no sólo con mulas engordan estos pollos, sino también con vino y aguardiente, que de Chile viene a Lima . Llevan grandes remisiones de ello, y como estos géneros nadie lleva sino los corregidores, u otros con orden y permiso suyo, y por otra parte los indios son aficionadísimos a la bebezón, en este solo género llevan ya segura la ganancia; porque una botija de vino, que a todo costo puesta en su casa la tiene, verbi gratia, al corregidor quince pesos de costo, él la vende por cuarenta o cincuenta a pagar en dos años en la forma que llevo referida. Otros se llevan grandes partidas de ropa de España, y también la reparten, y lo que en Lima les costó tres, allá lo reparten a razón de ocho o más. A estos modos de hurtar llaman tasado a precio de provincia.

En los más de los corregimientos tienen los corregidores obrajes de fabricar ropa de lana y de algodón, bayetas, paños, ponchos y tocuyos; y como esta es la ropa de que se visten los indios, en ello ganan mucha plata. De la ropa de España que les quedó hecho ya el repartimiento arman una tienda y ponen en ella un cajero a su satisfacción, para que poco a poco lo vayan vendiendo con el título que dicha ropa es del cajero, porque por premática del reino ningún corregidor puede armar tienda de ropa de España en su corregimiento. Esta cautela es otro ardid para hurtar más; porque a una familia de indios, verbi gratia, les dio en repartimiento el corregidor bretaña, sombrero castor, medias de seda, cintas finas y labradas, cintas de tela, etc., y a precio de provincia les tasó por lo recibido setenta u ochenta pesos. Este pobre indio que no usa ni puede usar tal ropa, porque sólo ropa basta de lana y algodón usan los indios, se ve precisado a volverlo a vender, y regularmente quien sólo se lo puede comprar es el calero del corregidor. Va allá y se lo vende, por salir de ello, al precio que quiere el comprador, y en tiempo proporcionado este cajero lleva esta ropa adonde se pueda vender, que haya gente blanca que la usan.

Como muchos de estos indios no pueden pagar estas deudas que forzados y violentados contrajeron con el corregidor, él por hacerse pago los veja a que vayan descontando la deuda a fuerza de trabajo, metiéndolos a trabajar en el obraje, hasta que hayan satisfecho toda la deuda, y de no les quitarán cuanto tienen de suyo estos pobrecitos. Con estos comercios inicuos quedan como ya dije exhaustas las provincias y ricos los corregidores; pero Dios me guarde de tal riqueza. Yo tengo para mí que esta garrapiña es la raíz de donde por España, cuando ven perdido algún sujeto que tuvo mucho dinero, suelen decir: Por fin, caudal de Indias.

Y volviendo a mi relación, digo que el otro que era un gallego, había mandado fabricar un simulacro de la Virgen del Rosario de cuerpo entero, muy hermoso y bien perfecto, para colocarlo en una capilla de la Iglesia, y en aquellos días inmediatos se había acabado de dorar, y quería colgar a la Señora celebrando un festín, dándole música la noche antes. Llevóme a su casa a ver a la Señora y es cierto que estaba muy perfecta. Él significóme la especie del festín, y yo le dije que me parecía muy del caso. Él me dijo que puesto que había venido a tan buen tiempo, si quería el día que se colocase predicar de la Señora. Yo le dije que sí, y viniéndome a contar que ya tenía hecha la prevención de chicha y guarapo para el baile, yo mirando que la función por fin se habría de venir a finalizar en bebezón y borrachería, como es costumbre en semejantes congresos, lo disuadí del pensamiento diciéndole que entonces fuera profanar una cosa sagrada, lo que no es lícito. Yo se lo pinté con tales razones, que lo hice desistir, y supuesto que la gente que había de asistir a la función era lo más florido de Timaná, le dije que se conmutase la función en la forma que yo la ordené.

Y fue: Yo los días que estuve parado en Caquetá, me dediqué a componer una glosa a la salve en honor de la Virgen con un tono que había oído cantar en Cádiz antes de partir para el Perú, y la llevaba manuscrita. Díjele pues que supuesto que a la noche habla que empezar la misión, que propagase la voz que por razón de la misión se conmutaba el festejo y toda la función en esta otra que ya digo. Por espacio de nueve noches después del sermón de la iglesia, que se predicaría al anochecer cada noche, que la gente convidada concurriese a su casa, y que yo en breve ida allá, y descubriendo la Señora, alumbrada con decencia, se le rezaría la corona con los misterios, y, acabada se le cantaría esta salve con su glosa. Le pareció al gallego muy acertado, y luego lo fue a comunicar al cura, el que también lo celebró, y así se hizo. El gallego le compuso a la Señora en una buena sala su altar muy decente, y se le hizo esta novena con mucho concurso, y se finalizaba dándoles a la gente un trago antes de irse; y todo lo que se había de beber en una noche, como se repartió en nueve, la que había de ser bebezón y borrachera se redujo a un decente refresco político.

Yo prediqué mi misión con mucho fruto, porque en Timaná no se tenía ya memoria desde que no se había predicado misión. Y lo que les puso más aterrados y les cayó más en gracia fue que desde las diez de la noche para arriba salía yo con el sacristán con una luz y una campanilla echando flechas por las calles. Con orden del Padre cura se avisaron todos los indios que vivían dispersos por aquellas pampas, y con ello se juntó un grande concurso. Pero con todo se hizo reparable un mestizo muy rico que vivía en su hacienda cosa de dos horas fuera de Timaná. Él vivía algo achacoso. Éste no concurrió ni ningún negro ni mulato de su casa. Él es hombre ya de edad, y como nunca se ha casado, tiene muchos codiciosos de heredar sus bienes.

Al Padre cura le reconocí gran deseo de ello, porque varias veces me dijo que nunca lo había podido inducir a que hiciera testamento ni obra pía, y alegaba que no tenía de qué hacerlo. El Padre, me decía el cura, es hombre muy codicioso y tiene enterrado su caudal. Él desde mozo compró esta hacienda y la pobló de negros y mulatos esclavos para el servicio y no tener que pagar a nadie salario de servicio. Él tiene su buen trapiche y fabrica bastante azúcar. Él tiene toda la hacienda poblada de bestias y ganado. Y finalizaba siempre esta conversación diciéndome que era un grande usurero, y lo confirmaba diciendo casos prácticos. Yo me informé y supe que era verdad, porque como él tiene mucho dinero, si va uno a pedirle prestado algún dinero, él se lo presta con fiadores abonados, pero que dentro de un año se lo ha de volver, no en dinero, sino en novillas de a tres años, o potrancas de la misma edad puestas en su corral. Un sujeto me contó por cosa cierta que un mercader le pidió prestados nueve mil pesos. Él con las dichas condiciones se los prestó, y a los diez meses le entregó tres mil novillas de a tres años en su corral. Bien certificado yo de la verdad y de las repetidas instancias que me hacía el Padre cura para que fuese allá a desengañarlo, y especialmente para que declarase en testamento u obra pía en dónde tenía enterrado su dinero, o que lo sacase, amenazándolo que no podía entrar en el cielo si tenía enterrada su plata.

Y por fin, luego que acabé la misión, una tarde fui allá. Le hablé y le insinué la especie del dinero. Él totalmente lo negó, antes, me dijo, siempre ando falto de dinero, porque de continuo, si me entra alguna plata de alguna venta que hago de bestias o ganado, al instante la presto a varios sujetos que me la piden prestada, y como son amigos y tengo con ellos algunos comercios, no se la puedo negar. Con esta ocasión le propuse la especie de la usura que cometía, y que aquel modo de comerciar era ilícito. Él se cerró en que él no había empezado, y que veía que otros también lo hacían así, y que por ello lo hacia él también. Yo viendo que él no lo negaba, me armé de razones y de ejemplos prácticos, y procuré afearle el escándalo que daba a toda la provincia, y los castigos que destina a los usureros el Derecho Canónico y Civil, y rematé diciendo que si en adelante no cesaba de este contrato, estaba incapaz de absolución, y que no lo enterrarían en lugar sagrado, y que el Padre cura estaba en ello de hacerlo así. Él se enterneció, y empezó a llorar y se quiso confesar. Mas yo le dije que para ello era menester hacer primero examen de conciencia; díle las reglas que había de observar, y que aprontase para restituir lo defraudado, y que sin ello se iba al infierno. Él me dijo que lo haría, y que dentro de tres días vendría a Timaná a verme, y con esto me fui.

El Padre cura que aguardaba que yo le trujese noticia en dónde este hombre tenía enterrado su tesoro, con la relación que le di quedó más desesperanzado que antes de coger un grande entierro de este hombre, y me preguntó qué limosna me había dado. Yo le dije que ni yo le había querido pedir nada, porque si venía a confesarse, quería no tener las manos atadas con su limosna, y poder administrar con toda libertad el santo Sacramento. Una noche me pasó un caso gracioso con este Padre cura. Él era un hombre de estatura mayor, y bien fornido de cuerpo. Yo al salir de la misión, como su casa estaba enfrente de la Iglesia, entraba cada noche allá a descansar y desudarme un rato; porque como era tierra caliente, bajaba del púlpito remojado. Esta pues noche hube de llegar, cuando se ponía el cura a cenar. Le trujeron en primer plato un capón asado y relleno,  y no dejó sino los huesos limpios. Trujéronle después un plato de carne frita, y otro plato de papas y plátanos, también fritos. Y los platos quedaron limpios. Trujéronle después un platón de tasajo hecho sancocho, que tendría otra tanta carne, y se lo mandó también. Trujéronle después otro platón de locrito de yuca y camote con trozos de carnero mezclado, y también limpió los platos. Y para postre y remate le sacaron un plato de miel de caña con queso fresco migrado, y lo limpió también.

Yo que no sabía su maña estaba observando admirado, y me vi el hombre más apretado del mundo, por verme precisado a disimular la risa, porque todo el tiempo que duró la cena, no cesó de quejarse diciéndome que estaba tan desganado, que no podía comer un bocado. Yo me despedí y me fui a donde el Padre sacristán a cenar, y le conté lo que me pasaba con el Padre cura; y el Padre sacristán me respondió: Tiene razón el cura, porque es hombre que en estando sano, le ponen delante un buen camero asado y relleno, y no deja sino los huesos limpios, y aún se queda con gana.

El señor doctor Valderrama, a lo que tuvo noticia de mi venida, y que paraba a hacer una misión, se vino de su hacienda a Timaná, y me vino a ver. Era hombre fantástico, y llevaba siempre dondequiera que iba su concierto de música de arpa, violín y vihuela con dos mozos y un muchacho cantores con sus gustosos villancicos. Él también cantaba. Yo le di noticia de la función que se hacía todas las noches en casa del gallego, dando música a la Virgen, y lo convidé a ello, y asistió las cinco noches que faltaban con su concierto de música, y ya también por ello fue muy celebrado en Timaná el novenario. Yo ya que acabé la misión, le pedí que me diese de limosna un caballo que allí no valía sino cuatro o seis pesos. Él me dijo que no tenía de bueno que me pudiese servir, pero con todo me mandó cuatro pesos de limosna a beneficio de la conversión.

Aquellos días anteriores había muerto una señora y un hijo suyo que había quedado con obligación de albacea, me dio un caballo con obligación de aplicar once misas a beneficio del alma de su difunta madre. El gallego me regaló un freno y un pobre me dio una silla, y con ello quedé armado para poder pasar adelante mi viaje, porque de allí adelante es preciso ir a caballo, especialmente por los excesivos calores que hacen sin variación todo el año. Cuando yo llegué a Timaná enseñé al Padre sacristán los aguacates que traía, y él dijo que era fruta muy apreciada. Yo le dije: Pues a mi no me sabe. Él dijo: Tiempo vendrá, si usted la prueba algunas veces que le parecerá muy buena, y así fue. Porque hasta que se acabaron la comí en la mesa dos veces al día compuesta con sal y pimienta, y ya sentí que se acabasen tan presto, y me volví tan afecto a ella, que la tengo por una de las más regaladas frutas del Perú. El árbol que la da es árbol que se hace muy grande y coposo, del tamaño de un nogal, y carga mucho de fruta. He visto árbol de estos que tendría seis cargas en un convento nuestro en la ciudad de Guanuco, en el Virreinato de Lima, como diré adelante. 

Al aguacate, según diversas provincias, le dan nombres distintos: en los llanos de San Juan lo llaman curas, y de Cajamarca para arriba los llaman paltas. Es fruta que regularmente pesará media libra cada uno, y hay de menores y de mayores también. Fruta de éstas he visto pesar cinco libras y media, y siete también. Su color es verdigallo; su hechura es un calabacito de dos verrugas; tiene su peladura del canto de un cordaba. Su carne es entre blanco y amarillo. Dentro tiene su pepita vestida de una telita delgada como la nuez. La pepita es del tamaño de un albaricoque, y tiene su color pardo; su hechura es un perfecto corazón. He oído decir que seca, hecha polvo y bebida, es contra mal de corazón.

A los once días de haber llegado a Timaná, vinieron los indios que fueron por mi cama, y me dijeron que un Padre misionero que se iba para Santa Rosa se la llevaba, y que allá la hallaría. Yo lo sentí mucho, porque con la falta del toldo padecí en este viaje bastante incomodidad con los mosquitos y jejenes por las noches, durmiendo sin toldo. El caso fue que el Padre Jacinto, que se había quedado en Santa Rosa con el Padre comisario, como noto en el Tomo Primero, capítulo VI, cuando yo llegué a Santa Rosa, no estaba allá, porque con orden del Comisario había salido a Almaguer, y de allí pasó a los llanos del Patía a pedir de limosna algunas novillas y toritos para añadir al ganado de Santa Rosa. Dos días después que yo falté de Almaguer, llegó allá este Padre. Los indios que me dejaron solo este día llegaron también a Almaguer. Hubo quien avisó al Padre que estos indios tal vez me habrían muerto a mí en el monte, y que venían huyendo, puesto que se les reconocía algún recato y miedo de que el Padre sacristán no supiese su venida, y con esta sospecha, a la que el Padre Jacinto lo supo y el Padre sacristán, los mandaron prender y los mandaron azotar para que dijesen la verdad. Ellos confesaron de llano que al pie del páramo me habían huido.

Con esta declaración, sospechando los dos Padres que yo podía haberme perdido en aquel desolado despoblado, o que alguna fiera podía haberme devastado, al instante mandaron allí gente en busca mía. Y como no encontraron más que mi cama, se la llevaron a Aimaguer, y se la llevó a Santa Rosa, porque poco después supo por aquellos indios que yo encontré, que iban de Timaná para Almaguer, como iba ya yo adelante para Timaná con unos indios andaquíes que casualmente me habían encontrado. De aquí resultó el mayor estorbo que yo tuve para pasar adelante mi principal intento, como diré adelante.

Acabada pues mi misión en Timaná, otro día hice una plática al pueblo exhortándolos para que diese cada cual una limosna a beneficio de la conversión. Salí con el Padre sacristán a dar la vuelta por el pueblo, y se congregaron catorce pesos, un caballo y diez y ocho terneros y terneras. El Padre sacristán me proveyó de una enjalma y cabestros para cargar en el caballo los trastes que yo llevaba. Aquel usurero que llevo referido no pareció a confesar, y me mandó un pan de azúcar de arroba para el camino, y que me dijeran que no podía por entonces venir a Timaná. 

Yo partí para la ciudad de La Plata acompañado de un indio, y dejé encargado el  ganado al Padre sacristán que se ofreció a enviarlo a un potrero hasta que yo volviese por él.

Cerca de las tres de la tarde llegamos a la margen del río de la Magdalena, que de preciso se había de pasar. Hay en este paso un indio pasero. Este tiene hecha una balsita para que la gente pueda pasar con los trastes que llevan; pero las bestias pasan nadando. La balsita era tan chica y ruin, que daba miedo sólo el considerar que sobre aquellos cuatro palitos un hombre se hubiese de fiar para salvar su vida; porque en este paraje el río ya llevará ochenta varas de ancho y por otra parte va precipitado con mucha corriente. A lo que llegamos, encontramos con un mestizo que se aprontaba con cinco bestias para pasar también. El pasero me preguntó si los dos caballos que yo llevaba sabían bien nadar. Yo le respondí que todas las bestias sabían nadar. Él me replicó diciendo: Ya yo también lo sé; pero yo no le pregunto si saben o no nadar, sino si saben bien nadar; porque como aquí este río es tan rápido, y lleva tan fuerte la corriente, si la bestia no está muy versada a nadar, la corriente le puede revolver patas arriba, como sucede algunas veces, y llevársela a donde no la vuelvan a ver. Las bestias que este señor trae, como ya están versadas a este río, son como los peces. Ahora, Padre, ya lo aviso: Vuestra Paternidad verá si con este riesgo quiere arriesgar sus dos caballos, porque si el río se los lleva, yo no saldré responsable por ellos.

Con esta relación se me clavó una mala espina, y decía yo entre mí: Si yo ahora pierdo estos dos caballos, pierdo todo mi avío. Preguntéle si más arriba o más abajo había otro vado por donde con menos riesgo se acostumbrase pasar y me respondió que no. Y que quien va o viene de Timaná para La Plata, o al contrario, de preciso por allí ha de pasar. A este tiempo oí un escopetazo en el monte a la otra parte del río. Pregunté que seda, y me respondió el pasero: Es el señor Vega de La Plata que por aquí ha días que anda cazando con su escopeta. Este sujeto lo conocía yo muy bien de cuando prediqué la primera misión allá antes de llegar al colegio, como noto en el Tomo Primero, capítulo V. Era platero de oficio, y por haber yo mediado para que una cuñada suya entrase a servir a la hija de don Silvestre Polanco, que metí de religiosa en Popayán en el convento de la Encarnación, por este respecto dicho caballero tuvo conmigo buena correspondencia.

Esta noticia me animó algo para fiar mis caballos al río haciéndome la cuenta que si los perdía, este caballero no me dejaría de aviarme hasta La Plata. Pero con todo quise ver primero cómo pasaban las bestias del mestizo. Ello las echaron, y reparé que ellas revolvían el pecho a la corriente, y sin embargo de echarles el río varios espumajos de agua al hocico ellas la despedían con duros bufidos. La corriente se las llevó más de quinientas varas río abajo, y salieron ellas a la margen por dentro del monte. Entonces pasaron primero mis trastos con la balsilla, y después pasamos nosotros, y por último pasaron mis caballos. Ello les sucedió lo mismo que a las bestias del mestizo, de donde inferí que como se habían criado en Timaná, no sería esta la primera vez que ellos habrían pasado este vado del río, y por consiguiente que eran buenas nadadoras.

El señor Vega que oyó la vocería que se acostumbra dar animando con ello las bestias cuando vadean el río, salió curioso a ver quién era el que pasaba, y entonces nos encontramos los dos. Él se alegró mucho de verme, y me dijo que aguardaba una recua de mulas para pasar a Timaná a cargarlas de azúcar. Yo le pregunté sobre la niña su cuñada si había entrado ya con las monjas de Polanco, y me respondió: Estos días pasados fueron don Silvestre con su mujer doña Agustina a Popayán a este efecto de que su hija tomase el hábito, y así no encontrara usted nadie en su casa. Yo le pregunté a dónde podíamos ir aquella noche a arranchar, y él me respondió: Aquí adelante cosa de una legua y media hay una hacienda llamada El Limonal, que es de una señora viuda muy rica. Vaya usted allí y lo pasará muy bien, porque la señora es muy buena, atenta y caritativa, y celebrará que usted vaya allá arranchar en su casa. Nosotros nos despedimos y tiramos para El Limonal. Llegamos allá y arranchamos. Yo pregunté por la señora, y el que gobernaba me dijo: Padre, ayer se fue a otra hacienda que tiene siete leguas de aquí. Yo pregunté si había de tardar en volver, y me dijo que no sabía; pero que era posible que al otro día volviese. Él me preguntó si era yo el que había predicado la misión en Timaná. Yo le dije que sí, y que pasaba a La Plata a ver si recogería algunos terneros y terneras de limosna para meter en la misión. Entonces me dijo él: Si mi señora estaba aquí, le había de dar aunque fuera un ternero, porque ahora tiene poco ganado, porque ha vendido mucho; pero le daría un macho o una mula, que tiene bastantes, y ha pocos días que dio una a un fraile lego agustino, que venía pidiendo limosna de los llanos de Santa Fe. Con esta relación me detuve el otro día, y la aguardé; pero no vino.

(1)   Cepe transcripción fonética adulterada de saepe. (N. del Transcriptor).(regresar 1)  

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