CAPÍTULO
IV
Contiene lo que
me
sucedió en la ciudad de Timaná, hasta llegar a
Paicol.
El otro día de mañana me dio el caporal buen avío de bestias y
un indio que me acompañase. No faltaban más que dos leguas, y cerca
de las once llegamos a la ciudad de Timaná, y derecho me encaminé a
casa del señor sacristán. Le entregué la carta de recomendación que
llevaba del Padre sacristán de Almaguer, como llevo notado, y me
recibió en su casa con mucho gusto. A poco rato fuimos los dos a
ver al Padre cura, que había días que iba falto de salud con
flaqueza e inapetencia. Y la relación que le di fue que había
salido con ánimo de ver si recogería algún ganado de limosna, con
ánimo de meterlo en la misión. Él me dijo: Si usted se dedicara a
predicar aquí una misión algunos días, no dejaría de recoger
algunas novillas y toritos; porque cuando ustedes vinieron, se supo
aquí que dos de ustedes predicaron una misión en la ciudad de La
Plata, y con la noticia se conmovió toda esta ciudad, deseando que
en acabando allá, viniesen acá. Yo le dije: Yo fui el uno de los
dos que prediqué en La Plata, y estábamos en ánimo de venir acá, y
esta voz se escampó por toda la ciudad, haciendo nosotros cuenta
que Su Ilustrísima y el Guardián del colegio nos mandarían la orden
para ello; pero como no vino, luego que acabamos, nos fuimos al
colegio. Mas cuanto a predicar ahora, siempre que usted la quiera y
lo halle por conveniente, yo no tengo en ello ninguna repugnancia.
Él me dijo que tendría mucho gusto de ello, y con esto quedamos
acordes que el otro día a la noche se empezase, saliendo con el
asalto.
Yo perseveré en casa del Padre sacristán, y considerando que
siempre de preciso había de retardarme en Timaná aguardando que me
trujeran la cama, tomé por bien emplearme en lo interim en esta
santa obra. El trabajo fue mucho, porque lo emprendí solo. Ello no
había más sacerdotes en la ciudad que el cura y el sacristán. El
cura no asistió con su dolencia; el sacristán ni siquiera se sentó
en el confesionario con la excusa que todos se querían confesar con
el Padre misionero. Y así púlpito y confesionario me lo tomé
solo.
Esta primer noche que llegué ya se divulgó la noticia de mi
venida y destino por toda la ciudad; y el otro día de mañana todos
los principales señores me vinieron a visitar, y en especial se me
mostraron muy afectos y amigos dos chapetones avecindados y casados
en la misma ciudad, uno andaluz y el otro gallego. El andaluz había
corrido mucho por tierra arriba desde Buenos Aires al Cuzco y al
Tucumán, y también de Buenos Aires a Chile. Con esta ocasión,
preguntándome a mí sobre el camino que acababa de hacer, con la
noticia que le di del ganado cimarrón que hay en el llano de Las
Papas, me vino él a contar la muchedumbre que de esto hay en las
pampas de Buenos Aires, el modo que se tiene de cogerlo, y el fin,
ya de parte de Buenos Aires, y ya también de los chilenos, que me
ha parecido ponerlo aquí, porque no he andado por tales
provincias.
Los chilenos todos los años van de Chile a Buenos Aires muchos
en compañía para comprar ropa de España, y para ello aguardan a que
la cordillera de la serranía que penetra todo el
Perú,
como noto Tomo Primero, capítulo y, esté
abierta, porque todos los años se cierra con la nieve y se pone
intransitable, y hasta que se vuelva a abrir no pueden ellos
volver a Chile, y se abre como diré en adelante. Vánse pues
estos mercaderes chilenos con unos carretones tres veces más
grandes que los ordinarios, tirados por veinte y cuatro pares de
bueyes.
Cada carretón tiene tres altos; abajo se lleva la manutención y
el agua, porque para allá de la cordillera no la hay, hasta llegar
a la ciudad de Mendoza, que dista trescientas leguas, todo
despoblado, y es todo arenal; y así de esta agua se ha de mantener
la gente y el ganado. En el segundo alto va la gente; y en el
tercero se arma la cocina. La candela se hace de la boñiga de las
reses que por allí hay en abundancia. El ganado se mantiene en los
pajonales de que está poblado con mucha abundancia todo este
despoblado. Allí se camina con aguja de marear, por no perderse;
porque los vientos mudan varias veces los cerros de arena de un
puesto a otro, y así no puede conservarse camino ni rastro, y se
hace precisa la aguja.
Cada carretón lleva sus pedreros para la defensa contra
ladrones, de que hay bastantes experiencias de haberles salido
indios bárbaros que viven en las serranías que hay de uno y otro
lado, y haberles robado, y también muerto.
Críanse también en aquellos despoblados muchos alanos de presa
feroces y cimarrones, y vastan mucho al ganado y las bestias. Estos
van a manadas a veces de tres o cuatro mil; y hay experiencia de
haber acometido algunos carros y haberse comido toda la gente, y
por este riesgo se llevan también los pedreros, escopetas, lanzas y
alfanjes, y se anda siempre con mucho cuidado y sobreaviso por
estos enemigos; y al verlos asomar de lejos, ya se empieza a
despedirles balazos para espantarlos y que no se acerquen. Pero
como son tan voraces, se han arbitrado antes que lleguen a buen
trecho pegar fuego al pajonal por donde vienen, y con la candela
ellos no se atreven. Pero si el viento viene contrario, no
aprovecha este medio, porque fuera en perjuicio propio, y se
exponía la gente a morir quemados con carretones y bueyes. Y en
este caso el único remedio es o pelear hasta morir
o
fortificarse dentro de los carretones de modo que ellos no puedan
entrar a hacer presa.
Ha proveído Dios a las bestias y ganado para cuando bajan a
estas pampas, o pasan de una parte a otra, como no hay agua, de una
providencia rara, y es que por bajo de la arena se crían unas matas
que bejuquean como la batata, y dan unas raíces a modo de nabos,
aguanosas y dulces. Críanse también asimismo por bajo de la arena
sandías. El ganado y las bestias con el instinto natural conocen
dónde hay, y escarbando con las patas lo sacan, y con ello suplen
la falta de agua. Y la gente pasajera también a veces ven asomar
alguna punta de cogollo, y entonces sacan y se refrescan. Yo he
visto de estas raíces aguanosas, y he comido. No me acuerdo su
nombre, ni me acuerdo dónde lo comí. Bien sé que preguntando yo al
que me la dio qué raíz era aquella, me dijo su nombre, y que
aquélla era como las raíces que se encontraban bajo la arena en las
pampas de Buenos Aires.
Contóme también un chapetón llamado don Pedro de la Peña
Montañés, estando en Quito, que en estas pampas de Buenos Aires se
cría una culebrita muy chica, y ésta se sustenta de pajaritos, y
que de trecho de unos cincuenta pasos las para de suerte que no
pueden huir, sino que se están temblando con un graznido triste,
hasta que llega esta culebra y hace presa en ella. Y si pasa cerca
el avecilla volando la para también y la hace caer y se la come. Y
hay experiencia también de haber sucedido lo mismo con alguna
criatura. He leído lo mismo del basilisco. Así lo dice Solino,
capítulo 40, con estas palabras:
"Etiam corrumpit
auras, ita ut in aerem nulla alitum impune
transvo
l
et” Y Laureto.
Verbo
Basiliscus.
"Cepe (1)
quoque aerem alitu
inficit”.
Van pues del reino de Chile antes que se cierre la cordillera,
unos traen ganado y otros traen bestias, que unas y otras son de
quien las coge. Y para ello el caporal hace apero de buenos
caballos y la comida y bebida necesaria para los peones que lleva,
cuarenta o cincuenta. El apero para cogerlas es llevarse muchos
rejos con cabestros de cuero de vacas y toros. A lo que llegan al
paraje, se despachan los peones por aquellas serranías a buscar
ganado o bestias. Las puntas que encuentran las van circuyendo con
los caballos y amenazándoles a punta de cabestro las guían donde se
quedó el caporal con la demás gente, que ya de los cabestros han
armado un corral en donde las encorralan, y allí las tienen
encorraladas sin comer tres o cuatro o cinco días, hasta que
conocen que ya de flacas no pueden correr. Abren después el corral
y apartan las mulas que hacen cuenta de llevar, algunos caballos y
potros buenos, y lo demás de potrancas, yeguas y burros lo echan
afuera a que se vaya a la serranía a criar. Con dos o tres puntas
que encuentren, a veces con sola una, escogen treinta o cuarenta
mil bestias. Estas ya escogidas las arrean un par de leguas, o tres
poco a poco, y las dejan algo comer, y al cabo antes de anochecer
las vuelven a encorralar, y así a jornaditas las van acercando a la
cordillera. Y lo mismo hacen con las vacas y toros los que fueron
por ganado.
El tiempo que gastaron en este afán, ya cerró la nieve la
cordillera, y para pasar a Chile se ha de romper. Arrean pues estas
bestias o ganado por delante a punta de rejo. Como es tropa crecida
de muchos miles, a tanta pisada desmenuzan en breve y liquidan la
nieve, y abren el camino. La que resbala o se atasca allí se
queda. Así trastornan la cordillera. Al llegar ya a los llanos de
Chile se marcan, y ya son del caporal. Él es el que paga a los
peones su trabajo. Con este comercio va en Chile la carne tan
barata, que un novillo o vaca no valen más de un peso; un potro lo
mismo; una bestia amansada cinco pesos. Y por este mismo comercio,
el pasajero que va de camino y se le fatiga o cansa su bestia,
tiene licencia de entrar en cualquier potrero y coger la bestia que
quiera, y en dejando la suya, nadie le dirá porqué lo
hace.
Los que de Buenos Aires van a estas pampas al mismo comercio,
como no han de pasar la cordillera, obran de otra forma, y es: Los
que van por ganado, a lo que lo tienen cogido, apartan las reses
grandes y echan las chicas a que críen otra vez en la sierra. Y
este ganado encorralado también lo hacen ayunar hasta que de flaco
no pueda correr. Y entonces cada día hacen matanzas y estiran los
cueros y los cargan en carretones para llevarlos a Buenos Aires.
Cada día mudan
de sitio, y las carnes allí se quedan; y en
tres días, como el sol allí pica tanto, ya se corrompió todo y se
resecó. Con el oler acuden a estas matanzas muchos alanos de presa
a comer. Sólo reservan las reses que han de llevar a Buenos Aires
para abasto de carne y los cueros los embarcan después para
España.
Los que van por bestias al llegarlas a Mendoza, las que quieren
llevar a Buenos Aires, las remiten allá. En Mendoza las suelen las
otras vender a tres pesos. Las que en estas provincias las compran
las llevan a Guanjavelique, que todos los años se arma allí feria
por ello. En esta feria se aperan de mulada muchos mercaderes que
de Lima y aquellas cercanas provincias acuden allá, quiénes con
ropa de España, cuáles con azúcares, cacao o mate, que es una
hierba del Paraguay muy buena que se toma en lugar de cacao o té,
de que hablaré a su tiempo. Pero quien atraviesa más en esta feria
la mulada son los pretensores de corregimiento para hacer sus
repartimientos en sus respectivas provincias. Estas mulas con todo
costo compradas así por junto, mil o dos mil o tres mil, con un
peso de alcabala por cabeza que dan todas puestas en Lima u otra
provincia, les salen a diez u once, y las más caras a doce pesos.
Así me lo contó don Jacobo Blanco Gallego, que después de haber
enriquecido en estos contratos de mulas, que usó muchos años siendo
tropero de una marquesa limeña, murió después teniente de la
provincia de Guailas, y fue muy mi amigo, y yo lo quería bien,
porque fue hombre honrado de quien hablaré a su
tiempo.
Estos pues corregidores, o ya obtengan la gracia de la Corte o
del señor Virrey, que el habiendo vacancia, siempre que no haya
quien tenga de España la gracia, allá los provee por tres años, y
es uno de los mejores renglones con que recogen ellos plata, sin
los gajes que a sus palaciegos se reparten. Pero todo este jugo y
mucho más sacan después ellos desollando a los pobres indios del
corregimiento que obtuvieron; porque se aperan de grandes partidas
de bestias mulares, y bajo el pretexto que aquella provincia está
exhausta de bestias, y que los indios claman por mulas, se llevan
grandes partidas allá, y entonces las reparten por familias según
conocen que tienen más o menos posibilidad para satisfacer. A quien
le dan dos, a cual cuatro o cinco, a pagar dentro de dos años
dicen, y antes de los seis meses ya empiezan a cobrar. Las
compraron ellos a doce o catorce pesos, y les tasan después a
cuarenta pesos vejando con ello y sacando todo el jugo de las
provincias. Los pobres indios, viéndose vejados y sin plata para
poder pagar al corregidor, va y vende las mulas por cualquier
precio, y para ajustar la paga vende cuanto tiene por no verse
perseguido del superior.
Y no sólo con mulas engordan estos pollos, sino también con vino
y aguardiente, que de Chile viene a Lima
. Llevan grandes
remisiones de ello, y como estos géneros nadie lleva sino los
corregidores, u otros con orden y permiso suyo, y por otra parte
los indios son aficionadísimos a la bebezón, en este solo género
llevan ya segura la ganancia; porque una botija de vino, que a todo
costo puesta en su casa la tiene, verbi gratia, al corregidor
quince pesos de costo, él la vende por cuarenta o cincuenta a pagar
en dos años en la forma que llevo referida. Otros se llevan grandes
partidas de ropa de España, y también la reparten, y lo que en Lima
les costó tres, allá lo reparten a razón de ocho o más. A
estos modos de hurtar llaman tasado a precio de
provincia.
En los más de los corregimientos tienen los corregidores obrajes
de fabricar ropa de lana y de algodón, bayetas, paños, ponchos y
tocuyos; y como esta es la ropa de que se visten los indios, en
ello ganan mucha plata. De la ropa de España que les quedó hecho ya
el repartimiento arman una tienda y ponen en ella un cajero a su
satisfacción, para que poco a poco lo vayan vendiendo con el título
que dicha ropa es del cajero, porque por premática del reino ningún
corregidor puede armar tienda de ropa de España en su
corregimiento. Esta cautela es otro ardid para hurtar más; porque a
una familia de indios, verbi gratia, les dio en repartimiento el
corregidor bretaña, sombrero castor, medias de seda, cintas finas y
labradas, cintas de tela, etc., y a precio de provincia les tasó
por lo recibido setenta u ochenta pesos. Este pobre indio que no
usa ni puede usar tal ropa, porque sólo ropa basta de lana y
algodón usan los indios, se ve precisado a volverlo a vender, y
regularmente quien sólo se lo puede comprar es el calero del
corregidor. Va allá y se lo vende, por salir de ello, al precio que
quiere el comprador, y en tiempo proporcionado este cajero lleva
esta ropa adonde se pueda vender, que haya gente blanca que la
usan.
Como muchos de estos indios no pueden pagar estas deudas que
forzados y violentados contrajeron con el corregidor, él por
hacerse pago los veja a que vayan descontando la deuda a fuerza de
trabajo, metiéndolos a trabajar en el obraje, hasta que hayan
satisfecho toda la deuda, y de no les quitarán cuanto tienen de
suyo estos pobrecitos. Con estos comercios inicuos quedan como ya
dije exhaustas las provincias y ricos los corregidores; pero Dios
me guarde de tal riqueza. Yo tengo para mí que esta garrapiña es la
raíz de donde por España, cuando ven perdido algún sujeto que tuvo
mucho dinero, suelen decir: Por fin, caudal de
Indias.
Y volviendo a mi relación, digo que el otro que era un gallego,
había mandado fabricar un simulacro de la Virgen del Rosario de
cuerpo entero, muy hermoso y bien perfecto, para colocarlo en una
capilla de la Iglesia, y en aquellos días inmediatos se había
acabado de dorar, y quería colgar a la Señora celebrando un festín,
dándole música la noche antes. Llevóme a su casa a ver a la Señora
y es cierto que estaba muy perfecta. Él significóme la especie del
festín, y yo le dije que me parecía muy del caso. Él me dijo que
puesto que había venido a tan buen tiempo, si quería el día que se
colocase predicar de la Señora. Yo le dije que sí, y viniéndome a
contar que ya tenía hecha la prevención de chicha y guarapo para el
baile, yo mirando que la función por fin se habría de venir a
finalizar en bebezón y borrachería, como es costumbre en semejantes
congresos, lo disuadí del pensamiento diciéndole que entonces fuera
profanar una cosa sagrada, lo que no es lícito. Yo se lo pinté con
tales razones, que lo hice desistir, y supuesto que la gente que
había de asistir a la función era lo más florido de Timaná, le dije
que se conmutase la función en la forma que yo la ordené.
Y fue: Yo los días que estuve parado en Caquetá, me dediqué a
componer una glosa a la salve en honor de la Virgen con un tono que
había oído cantar en Cádiz antes de partir para el Perú, y la
llevaba manuscrita. Díjele pues que supuesto que a la noche habla
que empezar la misión, que propagase la voz que por razón de la
misión se conmutaba el festejo y toda la función en esta otra que
ya digo. Por espacio de nueve noches después del sermón de la
iglesia, que se predicaría al anochecer cada noche, que la gente
convidada concurriese a su casa, y que yo en breve ida allá, y
descubriendo la Señora, alumbrada con decencia, se le rezaría la
corona con los misterios, y, acabada se le cantaría esta salve con
su glosa. Le pareció al gallego muy acertado, y luego lo fue a
comunicar al cura, el que también lo celebró, y así se hizo. El
gallego le compuso a la Señora en una buena sala su altar muy
decente, y se le hizo esta novena con mucho concurso, y se
finalizaba dándoles a la gente un trago antes de irse; y todo lo
que se había de beber en una noche, como se repartió en nueve, la
que había de ser bebezón y borrachera se redujo a un decente
refresco político.
Yo prediqué mi misión con mucho fruto, porque en Timaná no se
tenía ya memoria desde que no se había predicado misión. Y lo que
les puso más aterrados y les cayó más en gracia fue que desde las
diez de la noche para arriba salía yo con el sacristán con una luz
y una campanilla echando flechas por las calles. Con orden del
Padre cura se avisaron todos los indios que vivían dispersos por
aquellas pampas, y con ello se juntó un grande concurso. Pero con
todo se hizo reparable un mestizo muy rico que vivía en su hacienda
cosa de dos horas fuera de Timaná. Él vivía algo achacoso. Éste no
concurrió ni ningún negro ni mulato de su casa. Él es hombre ya de
edad, y como nunca se ha casado, tiene muchos codiciosos de heredar
sus bienes.
Al Padre cura le reconocí gran deseo de ello, porque varias
veces me dijo que nunca lo había podido inducir a que hiciera
testamento ni obra pía, y alegaba que no tenía de qué hacerlo. El
Padre, me decía el cura, es hombre muy codicioso y tiene enterrado
su caudal. Él desde mozo compró esta hacienda y la pobló de negros
y mulatos esclavos para el servicio y no tener que pagar a nadie
salario de servicio. Él tiene su buen trapiche y fabrica bastante
azúcar. Él tiene toda la hacienda poblada de bestias y ganado. Y
finalizaba siempre esta conversación diciéndome que era un grande
usurero, y lo confirmaba diciendo casos prácticos. Yo me informé y
supe que era verdad, porque como él tiene mucho dinero, si va uno a
pedirle prestado algún dinero, él se lo presta con fiadores
abonados, pero que dentro de un año se lo ha de volver, no en
dinero, sino en novillas de a tres años, o potrancas de la misma
edad puestas en su corral. Un sujeto me contó por cosa cierta que
un mercader le pidió prestados nueve mil pesos. Él con las dichas
condiciones se los prestó, y a los diez meses le entregó tres mil
novillas de a tres años en su corral. Bien certificado yo de la
verdad y de las repetidas instancias que me hacía el Padre cura
para que fuese allá a desengañarlo, y especialmente para que
declarase en testamento u obra pía en dónde tenía enterrado su
dinero, o que lo sacase, amenazándolo que no podía entrar en el
cielo si tenía enterrada su plata.
Y por fin, luego que acabé la misión, una tarde fui allá. Le
hablé y le insinué la especie del dinero. Él totalmente lo negó,
antes, me dijo, siempre ando falto de dinero, porque de continuo,
si me entra alguna plata de alguna venta que hago de bestias o
ganado, al instante la presto a varios sujetos que me la piden
prestada, y como son amigos y tengo con ellos algunos comercios, no
se la puedo negar. Con esta ocasión le propuse la especie de la
usura que cometía, y que aquel modo de comerciar era ilícito. Él se
cerró en que él no había empezado, y que veía que otros también lo
hacían así, y que por ello lo hacia él también. Yo viendo que él no
lo negaba, me armé de razones y de ejemplos prácticos, y procuré
afearle el escándalo que daba a toda la provincia, y los castigos
que destina a los usureros el Derecho Canónico y Civil, y rematé
diciendo que si en adelante no cesaba de este contrato, estaba
incapaz de absolución, y que no lo enterrarían en lugar sagrado, y
que el Padre cura estaba en ello de hacerlo así. Él se enterneció,
y empezó a llorar y se quiso confesar. Mas yo le dije que para ello
era menester hacer primero examen de conciencia; díle las reglas
que había de observar, y que aprontase para restituir lo
defraudado, y que sin ello se iba al infierno. Él me dijo que lo
haría, y que dentro de tres días vendría a Timaná a verme, y con
esto me fui.
El Padre cura que aguardaba que yo le trujese noticia en dónde
este hombre tenía enterrado su tesoro, con la relación que le di
quedó más desesperanzado que antes de coger un grande entierro de
este hombre, y me preguntó qué limosna me había dado. Yo le dije
que ni yo le había querido pedir nada, porque si venía a
confesarse, quería no tener las manos atadas con su limosna, y
poder administrar con toda libertad el santo Sacramento. Una noche
me pasó un caso gracioso con este Padre cura. Él era un hombre de
estatura mayor, y bien fornido de cuerpo. Yo al salir de la misión,
como su casa estaba enfrente de la Iglesia, entraba cada noche allá
a descansar y desudarme un rato; porque como era tierra caliente,
bajaba del púlpito remojado. Esta pues noche hube de llegar, cuando
se ponía el cura a cenar. Le trujeron en primer plato un capón
asado y relleno, y no dejó sino los huesos limpios. Trujéronle
después un plato de carne frita, y otro plato de papas y plátanos,
también fritos. Y los platos quedaron limpios. Trujéronle después
un platón de tasajo hecho sancocho, que tendría otra tanta carne, y
se lo mandó también. Trujéronle después otro platón de locrito de
yuca y camote con trozos de carnero mezclado, y también limpió los
platos. Y para postre y remate le sacaron un plato de miel de caña
con queso fresco migrado, y lo limpió también.
Yo que no sabía su maña estaba observando admirado, y me vi el
hombre más apretado del mundo, por verme precisado a disimular la
risa, porque todo el tiempo que duró la cena, no cesó de quejarse
diciéndome que estaba tan desganado, que no podía comer un bocado.
Yo me despedí y me fui a donde el Padre sacristán a cenar, y le
conté lo que me pasaba con el Padre cura; y el Padre sacristán me
respondió: Tiene razón el cura, porque es hombre que en estando
sano, le ponen delante un buen camero asado y relleno, y no deja
sino los huesos limpios, y aún se queda con gana.
El señor doctor Valderrama, a lo que tuvo noticia de mi venida,
y que paraba a hacer una misión, se vino de su hacienda a Timaná, y
me vino a ver. Era hombre fantástico, y llevaba siempre dondequiera
que iba su concierto de música de arpa, violín y vihuela con dos
mozos y un muchacho cantores con sus gustosos villancicos. Él
también cantaba. Yo le di noticia de la función que se hacía todas
las noches en casa del gallego, dando música a la Virgen, y lo
convidé a ello, y asistió las cinco noches que faltaban con su
concierto de música, y ya también por ello fue muy celebrado en
Timaná el novenario. Yo ya que acabé la misión, le pedí que me
diese de limosna un caballo que allí no valía sino cuatro o seis
pesos. Él me dijo que no tenía de bueno que me pudiese servir, pero
con todo me mandó cuatro pesos de limosna a beneficio de la
conversión.
Aquellos días anteriores había muerto una señora y un hijo suyo
que había quedado con obligación de albacea, me dio un caballo con
obligación de aplicar once misas a beneficio del alma de su difunta
madre. El gallego me regaló un freno y un pobre me dio una silla, y
con ello quedé armado para poder pasar adelante mi viaje, porque de
allí adelante es preciso ir a caballo, especialmente por los
excesivos calores que hacen sin variación todo el año. Cuando yo
llegué a Timaná enseñé al Padre sacristán los aguacates que traía,
y él dijo que era fruta muy apreciada. Yo le dije: Pues a mi no me
sabe. Él dijo: Tiempo vendrá, si usted la prueba algunas veces que
le parecerá muy buena, y así fue. Porque hasta que se acabaron la
comí en la mesa dos veces al día compuesta con sal y pimienta, y ya
sentí que se acabasen tan presto, y me volví tan afecto a ella, que
la tengo por una de las más regaladas frutas del Perú. El árbol que
la da es árbol que se hace muy grande y coposo, del tamaño de un
nogal, y carga mucho de fruta. He visto árbol de estos que tendría
seis cargas en un convento nuestro en la ciudad de Guanuco, en el
Virreinato de Lima, como diré adelante.
Al aguacate, según diversas provincias, le dan nombres
distintos: en los llanos de San Juan lo llaman curas, y de
Cajamarca para arriba los llaman paltas. Es fruta que regularmente
pesará media libra cada uno, y hay de menores y de mayores también.
Fruta de éstas he visto pesar cinco libras y media, y siete
también. Su color es verdigallo; su hechura es un calabacito de dos
verrugas; tiene su peladura del canto de un cordaba. Su carne es
entre blanco y amarillo. Dentro tiene su pepita vestida de una
telita delgada como la nuez. La pepita es del tamaño de un
albaricoque, y tiene su color pardo; su hechura es un perfecto
corazón. He oído decir que seca, hecha polvo y bebida, es contra
mal de corazón.
A los once días de haber llegado a Timaná, vinieron los indios
que fueron por mi cama, y me dijeron que un Padre misionero que se
iba para Santa Rosa se la llevaba, y que allá la hallaría. Yo lo
sentí mucho, porque con la falta del toldo padecí en este viaje
bastante incomodidad con los mosquitos y jejenes por las noches,
durmiendo sin toldo. El caso fue que el Padre Jacinto, que se había
quedado en Santa Rosa con el Padre comisario, como noto en el Tomo
Primero, capítulo VI, cuando yo llegué a Santa Rosa, no estaba
allá, porque con orden del Comisario había salido a Almaguer, y de
allí pasó a los llanos del Patía a pedir de limosna algunas
novillas y toritos para añadir al ganado de Santa Rosa. Dos días
después que yo falté de Almaguer, llegó allá este Padre. Los indios
que me dejaron solo este día llegaron también a Almaguer. Hubo
quien avisó al Padre que estos indios tal vez me habrían muerto a
mí en el monte, y que venían huyendo, puesto que se les reconocía
algún recato y miedo de que el Padre sacristán no supiese su
venida, y con esta sospecha, a la que el Padre Jacinto lo supo y el
Padre sacristán, los mandaron prender y los mandaron azotar para
que dijesen la verdad. Ellos confesaron de llano que al pie del
páramo me habían huido.
Con esta declaración, sospechando los dos Padres que yo podía
haberme perdido en aquel desolado despoblado, o que alguna fiera
podía haberme devastado, al instante mandaron allí gente en busca
mía. Y como no encontraron más que mi cama, se la llevaron a
Aimaguer, y se la llevó a Santa Rosa, porque poco después supo por
aquellos indios que yo encontré, que iban de Timaná para Almaguer,
como iba ya yo adelante para Timaná con unos indios andaquíes que
casualmente me habían encontrado. De aquí resultó el mayor estorbo
que yo tuve para pasar adelante mi principal intento, como diré
adelante.
Acabada pues mi misión en Timaná, otro día hice una plática al
pueblo exhortándolos para que diese cada cual una limosna a
beneficio de la conversión. Salí con el Padre sacristán a dar la
vuelta por el pueblo, y se congregaron catorce pesos, un caballo y
diez y ocho terneros y terneras. El Padre sacristán me proveyó de
una enjalma y cabestros para cargar en el caballo los trastes que
yo llevaba. Aquel usurero que llevo referido no pareció a confesar,
y me mandó un pan de azúcar de arroba para el camino, y que me
dijeran que no podía por entonces venir a Timaná.
Yo partí para la ciudad de La Plata acompañado de un indio, y
dejé encargado el ganado al Padre sacristán que se ofreció a
enviarlo a un potrero hasta que yo volviese por él.
Cerca de las tres de la tarde llegamos a la margen del río de la
Magdalena, que de preciso se había de pasar. Hay en este paso un
indio pasero. Este tiene hecha una balsita para que la gente pueda
pasar con los trastes que llevan; pero las bestias pasan nadando.
La balsita era tan chica y ruin, que daba miedo sólo el considerar
que sobre aquellos cuatro palitos un hombre se hubiese de fiar para
salvar su vida; porque en este paraje el río ya llevará ochenta
varas de ancho y por otra parte va precipitado con mucha corriente.
A lo que llegamos, encontramos con un mestizo que se aprontaba con
cinco bestias para pasar también. El pasero me preguntó si los dos
caballos que yo llevaba sabían bien nadar. Yo le respondí que todas
las bestias sabían nadar. Él me replicó diciendo: Ya yo también lo
sé; pero yo no le pregunto si saben o no nadar, sino si saben bien
nadar; porque como aquí este río es tan rápido, y lleva tan fuerte
la corriente, si la bestia no está muy versada a nadar, la
corriente le puede revolver patas arriba, como sucede algunas
veces, y llevársela a donde no la vuelvan a ver. Las bestias que
este señor trae, como ya están versadas a este río, son como los
peces. Ahora, Padre, ya lo aviso: Vuestra Paternidad verá si con
este riesgo quiere arriesgar sus dos caballos, porque si el río se
los lleva, yo no saldré responsable por ellos.
Con esta relación se me clavó una mala espina, y decía yo entre
mí: Si yo ahora pierdo estos dos caballos, pierdo todo mi avío.
Preguntéle si más arriba o más abajo había otro vado por donde con
menos riesgo se acostumbrase pasar y me respondió que no. Y que
quien va o viene de Timaná para La Plata, o al contrario, de
preciso por allí ha de pasar. A este tiempo oí un escopetazo en el
monte a la otra parte del río. Pregunté que seda, y me respondió el
pasero: Es el señor Vega de La Plata que por aquí ha días que anda
cazando con su escopeta. Este sujeto lo conocía yo muy bien de
cuando prediqué la primera misión allá antes de llegar al colegio,
como noto en el Tomo Primero, capítulo V. Era platero de oficio, y
por haber yo mediado para que una cuñada suya entrase a servir a la
hija de don Silvestre Polanco, que metí de religiosa en Popayán en
el convento de la Encarnación, por este respecto dicho caballero
tuvo conmigo buena correspondencia.
Esta noticia me animó algo para fiar mis caballos al río
haciéndome la cuenta que si los perdía, este caballero no me
dejaría de aviarme hasta La Plata. Pero con todo quise ver primero
cómo pasaban las bestias del mestizo. Ello las echaron, y reparé
que ellas revolvían el pecho a la corriente, y sin embargo de
echarles el río varios espumajos de agua al hocico ellas la
despedían con duros bufidos. La corriente se las llevó más de
quinientas varas río abajo, y salieron ellas a la margen por dentro
del monte. Entonces pasaron primero mis trastos con la balsilla, y
después pasamos nosotros, y por último pasaron mis caballos. Ello
les sucedió lo mismo que a las bestias del mestizo, de donde inferí
que como se habían criado en Timaná, no sería esta la primera vez
que ellos habrían pasado este vado del río, y por consiguiente que
eran buenas nadadoras.
El señor Vega que oyó la vocería que se acostumbra dar animando
con ello las bestias cuando vadean el río, salió curioso a ver
quién era el que pasaba, y entonces nos encontramos los dos. Él se
alegró mucho de verme, y me dijo que aguardaba una recua de mulas
para pasar a Timaná a cargarlas de azúcar. Yo le pregunté sobre la
niña su cuñada si había entrado ya con las monjas de Polanco, y me
respondió: Estos días pasados fueron don Silvestre con su mujer
doña Agustina a Popayán a este efecto de que su hija tomase el
hábito, y así no encontrara usted nadie en su casa. Yo le pregunté
a dónde podíamos ir aquella noche a arranchar, y él me respondió:
Aquí adelante cosa de una legua y media hay una hacienda llamada El
Limonal, que es de una señora viuda muy rica. Vaya usted allí y lo
pasará muy bien, porque la señora es muy buena, atenta y
caritativa, y celebrará que usted vaya allá arranchar en su casa.
Nosotros nos despedimos y tiramos para El Limonal. Llegamos allá y
arranchamos. Yo pregunté por la señora, y el que gobernaba me dijo:
Padre, ayer se fue a otra hacienda que tiene siete leguas de aquí.
Yo pregunté si había de tardar en volver, y me dijo que no sabía;
pero que era posible que al otro día volviese. Él me preguntó si
era yo el que había predicado la misión en Timaná. Yo le dije que
sí, y
que pasaba a La Plata a ver si recogería algunos
terneros y terneras de limosna para meter en la misión. Entonces me
dijo él: Si mi señora estaba aquí, le había de dar aunque fuera un
ternero, porque ahora tiene poco ganado, porque ha vendido mucho;
pero le daría un macho o una mula, que tiene bastantes, y ha pocos
días que dio una a un fraile lego agustino, que venía pidiendo
limosna de los llanos de Santa Fe. Con esta relación me detuve el
otro día, y la aguardé; pero no vino.
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Cepe transcripción fonética
adulterada de
saepe. (N. del Transcriptor).(regresar 1)
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