INDICE




Fray Juan de Santa Gertrudis...
Introducción

TOMO I
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Explicación del mapa

TOMO II
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7 (Parte1)
Capítulo 8
Capítulo 9

TOMO III
Prólogo al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10

TOMO IV
Prólogo al lector
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 17
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27

Lo que a mí me dio más cuidado fue que no traíamos soga alguna. Lo primero pasaron los chiquillos, y de ahí las mujeres; después pasé yo, y después Patricio pasó con el carnero en las espaldas, y después los demás. Ya que nos vimos todos de la otra parte, subimos a una loma que arriba tenía un llanito, y allí, como ya era tarde, nos arranchamos a pasar la noche.

Había allí mucha hoja grande, y formamos un buen rancho capaz para todos. Yo até mi hamaca entre dos árboles, y tuve con ello muy buena cama. Se hizo una buena fogata, que en el paraje hubo mucha leña, y cada cual secó su ropa. Ya que tratamos de cena, Patricio me volvió a decir que el guagua estaba muy malo, que lo bautizase. Yo me estuve fuerte en no quererlo bautizar. Entonces respondió él: Padre, pues si no quieres bautizar el guagua, no te habemos de dar de cenar. Mata tu carnero, y come.

A esta proposición me sentí interiormente todo mudado, y dije: ¿A ver el chiquillo cómo está? Mirele, y en realidad estaba malo. Dije entonces que me trajeran un pilche de agua; saque de mi frasquera un poco de sal, y tomé la estola y el manojito de flores, y encendiendo el cerillo, bendije el agua, y con ella bauticé Sub conditione al guagua. Nos pusimos después a cenar, y acabada la cena, me eché en la hamaca a dormir.

Aún no sería media noche, cuando despierta la madre del chiquillo y lo halla muerto. Levanta ella el grito con lloros, y nos levanta a todos. Enciendo el cerillo y veo muerta a la criaturita. Dióme tal alegría que no me podía contener, y le canté el Laudate pueril Dominum. Ya que al cabo de rato sosegó el alarido de suspiros y lloros que hicieron, dije yo entre mi: Ahora es tiempo de valerme de la ocasión. Ya yo tenía el estómago algo relajado de no haber comido todos estos días sino harina de maíz, y para ver si más presto saldría de ello fabriqué la idea que ahora diré. Díjele a Patricio: Y ahora ¿en dónde habéis de enterrar a tu hijo? Él me respondió: Padre aquí haremos un hoyo con el machete y lo enterraremos. Yo le repliqué diciendo: ¿No valía más que lo llevéis a San Agustín, en donde dices que hay su iglesia? Él respondió: Padre, todavía faltan tres jornadas, y se había de corromper.

Entonces le dije: ¿No habéis vosotros jamás oído decir que hay brujos que vuelan y andan por el aire? Sí, Padre, respondieron todos. Y con esta especie se armó una conversación de brujos, y cada cual fue contando su cuento. Y yo en lo interim entre mí decía. Esto es lo que quiero. Ya que todos hubieron contado su cuento, salí yo con mi idea, y fue decirle a Patricio: Pues hombre, usted sepa que las brujas, y brujos se valen de los huesos de los niños que no están enterrados en lugar sagrado. Usted no dude que por aquí andarán algunos de ellos, porque ellos para componer sus brujerías siempre andan por los montes despoblados, y ya algunos habrán reparado en la muerte del guagua. Si usted lo entierra aquí, sin duda que lo sacarán, y los huesos de su hijo servirán para estas porquerías. ¿No valiera más que este mozo Antonio se quedase acompañando a ésta del pie malo, y vendrían los dos poco a poco, y nosotros, apretando el paso, en dos días salimos a San Agustín y lo enterramos en la iglesia? Yo se lo pinté con tales coloridos, que lo creyeron como lo dije.

Entonces convino Patricio en ello, y me dijo: Pues, Padre, haremos así. Yo dije: Entonces lo mejor fuera que supuesto que ya estamos cerca y tenemos que caminar bien, matar el carnero y lo llevaremos asado, y les dejaremos a estos dos su parte, y con ello, comiendo bien, tendremos más fuerza para caminar. Lo malo fue que no teníamos olla para aprovechar la sangre. Pero ello en un instante se desolló, y hecho cuartos se asó. Como todavía era cuando mucho la una después de media noche, yo me volví a meter en mi hamaca, y me volví a dormir. Al querer romper el alba desperté y los desperté a todos, y sacando un poco de sal, nos pusimos a almorzar el menudo asado, y al romper el día partimos animosos, y se quedó el mozo con la china del pie escalabrado lavando las tripas del carnero para comerlas asadas.

Nosotros caminamos de un tirón hasta después del mediodía, y nos paramos un ratito a comer un bocado. Volvimos después a caminar, y al llegar a querer bajar una cuesta, reparé que había muchísimas cruces. Todos se pararon, y cada uno se fue a hacer una cruz. Yo les pregunté qué era aquella novedad, y Patricio me dijo: Padre, aquí se salía el demonio y espantaba a la gente que pasaba y desde que pusieron aquí cruces, no ha vuelto a parecer. Yo saqué mi machete y también hice mi cruz, y allí la clavé. Bajamos la cuesta, y abajo hay un río, y tiene palos por encima de piedras grandes por donde se pasa; pero es paso malísimo, porque no es más de un palo por donde se pisa, y ellos tuertos y se menean, y es menester ir con mucho tiento.

Antes de pasar me dijo Patricio: Por aquí río arriba hay gente, pero nadie sabe en dónde viven. Yo le dije: ¿Y cómo saben que la hay? Él entonces me dijo: Porque viniendo por aquí gente de Timaná varias veces han visto bajar por el río matas de plátano, y también caña dulce estrujada de cuando sacan el guarapo. Y en la serranía de aquí arriba por donde venimos también hay gente, porque varias veces han encontrado el rastro fresco monte adentro. A poco rato de haber pasado el río, se desgajó un aguacero que nos duró hasta la noche. Nosotros paramos en un monte espeso, pero llano, y sólo tuvimos tiempo de hacer un buen rancho y recoger bastante leña, y se hizo buena fogata. Yo sequé mi ropa, que era un hábito azul de tocuyo; pero de los humos que recibió en estos caminos se había vuelto todo ahumado, que estaba casi indecente. Pero como no tenía otro, era el mejor.

Yo para dormir colgué mi hamaca, pero pasamos todos mala noche, porque sin embargo de tener buena fogata, se vinieron unos tigres, tamaños como unos burros, y hasta que fue de día nos estuvieron rondando el rancho. Yo así que vi el primero que se puso unos quince pasos lejos delante de nosotros, me dio un temblor y se me espeluzó todo el cuerpo, y de miedo me mié, sin atreverme a tirarle, teniendo cargada la escopeta de munición y bala, porque él traía los ojos del tamaño del puño, al parecer airados, que parecían dos ascuas de candela. Yo con todo animé la gente y le tiraron ascuas y tizones de candela, y lo hacían huir. Pero a breve rato ya volvían a parecer. A mí se me figuró que eran tres, y según las manotadas que se daban a los bigotes, deseaban ellos embestir y hacer presa. Un poco antes del día se fueron, y como no habíamos dormido, cuando yo desperté, ya era de día claro. Llamé a la gente, y les daba prisa que nos fuéramos. Entretanto que almorzábamos, díjome el padre de la mujer de Patricio: Padre, ayer, que ahora me acuerdo, después que murió el guagua que yo me dormí, lo soñé a usted. Yo le dije: ¿Qué soñó de mí? Él dijo: Vi a un angelito del cielo muy hermoso que bajaba con un libro de oro en la mano y una estola y se lo entregaba a usted. Yo le pregunté si había visto si me decía algo, y dijo que no, sino que al instante se le desapareció, y que yo me había quedado con el libro y la estola.

Con este cuento que me contó este viejo, no lo tuve yo por veleidad de la imaginativa, ni hasta ahora lo tengo por tal, y me hice el cargo que el permitir Dios en mí la terquedad tres días de no querer bautizar esta criaturita; bautizarlo después aterrado de la amenaza que me hizo su padre; morir luego la criatura, y para que yo saliese presto de comer maíz, componerles el enredo de los brujos, y con ello facilitar que su cuerpecito se enterrase en lugar sagrado, da golpe para pensar que Dios no sólo quiso aquella alma, y que su cuerpo estuviese en lugar sagrado, sino que también me trujo para ello a mí por tal camino con todo el desavío y sucesivos trabajos que en este camino fui experimentando.

Viendo Patricio la cucha que yo les daba a que nos fuéramos presto, me dijo: Padre, no tengas pena, que ya hoy la jornada es corta, y habemos de llegar con sol a salir del monte, y aun a San Agustín. En almorzando partimos, y después de un rato tomamos cuesta abajo por una loma cuyo monte hacía en medio una división cenagosa, y en aquel lodo encontramos rastro fresco de una danta, que es la gran bestia que noto Tomo Primero, capitulo VI. A lo que yo la vi me hice el juicio que los tigres de la pasada noche vendrían buscando esta fiera por el rastro, y dieron con nosotros. En todo este páramo y monte, el clima, variedad de árboles, hierbas, flores y pájaros es lo mismo que en Guanacas, que noto Tomo Primero, capítulo V.

Cerca de las cuatro de la tarde llegamos a salir del monte a la sabana. Era una culata de pajonal arrodada de monte, y tendrá un cuarto de legua de ancho, y es término de una hacienda que llaman Laboyos, que era del doctor Valderrama, y tiene siete leguas de larga, y a ratos más de dos de ancha, toda de pajonal y manchones de monte, y de la mano derecha confina con el Andaqui, que es la nación que cito Tomo Primero, capitulo V. Los gañánes que la asisten para el trabajo de sembrerías y cuidado de bestias y ganado son negros y mulatos, también algunos indios. La hacienda regularmente tiene siete u ocho mil cabezas de ganado vacuno, y en poca diferencia otras tantas bestias. Ganado ovejuno no lo hay, porque es clima caliente, y no prueban allí las ovejas.

A la mano izquierda de esta culata de pajonal, desviado del monte unos doscientos pasos, y de nosotros por donde salimos del monte a la sabana, unos mil y quinientos pasos, están unos monumentos de los antiguos que luego hablaré de ellos. Nosotros proseguimos nuestro camino, y a cosa de tres mil pasos llegamos a San Agustín. El pueblo no tenía más de cinco casas de indios. Arranchamos en una de ellas, y al instante oí que en otra casa mataban una vaca y me dijo el indio casero: Padre, aquí ha tres meses que ha venido un clérigo de Popayán, y la vaca que matan es suya. Yo dije: Pues lo mejor será irlo a ver y con ello compraremos carne fresca para cenar.

Fui a la casa y lo saludé y me recibió muy atento y cortés, diciéndome: Padre, a buen tiempo ha llegado; esta noche cenará carne fresca. Díjele: Con este intento he venido a ver si nos hará el favor de vendemos un poco para cenar. No es menester camprarla, Padre, me dijo, que yo también soy hijo de San Francisco. El era hermano tercero. Usted, prosiguió, todo el tiempo que esté por aquí vendrá a comer conmigo. Me preguntó de dónde venía, y yo le di la noticia que sólo convenía dar a sujeto que yo no conocía. Le dije: Yo luego volveré, y voy a ver si enterramos un guagüita que se nos ha muerto en el camino. Fui a la iglesia, llevándome el manojito, sal y estola. Ya los indios abrían el hoyo, y se había convocado allí toda la gente del pueblo. Bendije agua y le canté el entierro. El guagüita estaba fresco, sin mal olor y muy hermoso. Y por fin en la iglesia se sepultó.

Esta noche en casa del principal indio del pueblo hubo danzas con mucha bebezón de chicha y guarapo, y se redujo a embriagarse todos, y les duró la calentura hasta el día por la tarde. Yo antes de cerrar la noche volví donde el clérigo y cenamos muy bien. Este clérigo había venido con seis mestizos popayanejos, con instrumentos a cavar guacas; pero no fue su suerte tan infeliz, que llevando ya diez y nueve de cavadas no encontró oro ninguno, sólo un zarcillito muy chico, y lo demás tiestecitos, muñecos y chucherías de indios antiguos.

Esta noche después de cenar me movió conversación de la provincia de Antioquia, por donde él había habitado mucho tiempo, y había sido vicario del cura de Roldanillo, que es el curato más pingüe que tiene la mitra de Popayán. Dijo que anualmente da al cura doce mil pesos. Yo puse dificultad en creerlo, porque aquella provincia es toda de minerales de oro, aunque es oro de bajo quilate. El me dijo que tenía un buen talego aparejado para cuando muriese el cura, para ver si podía agarrar dicho curato. Yo le pregunté si él había tenido allí algún corte de mina, y me respondió que ni el cura lo puede conseguir, no por falta de minerales, que los hay en mucha abundancia, sino por falta de peones que las quieran trabajar. Aquélla, Padre, me dijo, es una gente que en teniendo plátanos y tasajo para el día de hoy, ya están contentos, sin cuidado para mañana. Si usted llama un indio y le ofrece dar de comer y un peso duro cada día para que trabaje, no encontrará uno que quiera ir a trabajar. Y la causa de esta desidia es como sigue.

El indio en toda aquella provincia, en no teniendo carne, toma un barretón y la batea, y se va por la mañana a escarbar donde le da la gana, y catea lo que cava, y a las nueve del día ya se vuelve a su casa con un escudo de oro. Plátanos todos los tienen, y así con trabajar tres o cuatro horas, ya tiene para comprar carne que le alcanza para una semana, y éste es el motivo de no quererse alquilar con nadie para trabajar en la mina.

Éste mismo me contó como testigo de vista este caso que por ser tan raro lo pongo así como sigue: Estando yo en el pueblo de Roldanillo de conversación un día en la tienda de un mercader chapetón con otros chapetones y caballeros criollos, dijo el dueño de la tienda: Un doblón de a veinte apostara que con mi escopeta a bala raza quitaría la cabeza a cualquiera de aquellas tortolitas que andan por la plaza, y con la circunstancia que si la hiero en otra parte, sino sólo en la cabeza, he perdido. Al soltar la propuesta, ya hubo quien le apostó. Unos provocaron a otros y se hizo la apuesta con diez y ocho. Él puso diez y ocho doblones de a veinte encima del mostrador, y sus competidores cada cual puso su doblón de a veinte. Sacó su escopeta, cárgala y mete la bala. Ea, a ¿cuál tengo que tirar? Señálanle la tórtola, y él dispara. Cayó el pájaro; van por él, y sólo la cabeza le faltó. Ello me dijo, yo lo vi. Difícil es de creer, pero era sacerdote el que lo contaba.

Este pues clérigo esta noche fue el que me dio la noticia de los monumentos que dejo apuntados de los antiguos. Yo deseoso de verlo dije que me levantaría bien de mañana, e iría a verlo antes de irme. Uno de aquellos mestizos se ofreció a acompañarme, y con ello me fui a dormir. El otro día de mañana me levanté y este tal estuvo pronto. Yo encargué a otro que si mis indios en lo interim trataban de irse que los contuviese, que yo no me tardaría mucho. Él me respondió: Padre, no tienes que apresurarte, porque con lo que bebieron anoche en el baile están borrachos todos, y hasta la tarde estarán echados, y así fue.

Yo me fui con el mestizo, y llegado al puesto, hay una canoa larga de a siete varas toda de una pieza, hecha de piedra, a manera de piedra sillar, y un poco retirado cosa de quince pasos están las tres mesas con sus dientes, que es fijo que eran para estrujar la caña dulce para sacarle el jugo, conforme ya había visto en varios trapiches. Ellas son también de piedra aunque de otro color. La canoa serviría para recibir el jugo de caña, o talvez para recibir la miel ya azucarada. Fuimos de allí al otro monumento, y hay tres obispos de medio cuerpo hasta la rodilla, de piedra, son su mitra y la mitra alrededor con su galón labrado, y en medio de las mitras de un lado y otro un engaste en donde estarían talvez engastadas algunas piedras preciosas, como esmeraldas o amatistas. Revestidos están con su roquete, y remata con un encaje muy bien labrado y hermoso. Sólo uno tiene los brazos, y en la mano izquierda se le conoce que empuñaba báculo pastoral, y con la mano derecha daba la bendición. En el dedo índice su sortija sin piedra, y en el pecho su venera, también sin piedras, pero con los hoyos de las engastaduras, que supongo que éstas serían piedras preciosas, y quien pudo se las quitaría como las de las mitras. A unos quince pasos están otros dos descabezados, y la cabeza del uno casi sólo es un tolondrón, y poco menos es la del otro, también sin brazos. Yo supongo que estas cabezas serían la piedra más floja, y con las lluvias y temporales se han desfigurado.

De aquí fuimos al otro monumento. Son cinco frailes franciscanos observantes, de las rodillas para arriba labrados de la misma piedra que los obispos. Dos están con las manos plegadas y puestas dentro las mangas, y por la boca de las mangas, que no están del todo juntas, se les ve un pedazo de las manos y dedos, y esto fue lo que yo más admiré, cómo se pudo labrar. Los otros dos están en ademán de quien predica, y algo la cabeza y el pelo tienen aplastado, que con el tiempo y lluvias se habrá comido. El otro está con la capilla puesta sobre la cabeza, y el cabello delantero está labrado tan fino, como si en realidad fuera verdadero.

Ahora, ello se sabe por tradición constante en Timaná que en la Conquista se hallaron en este puesto todos estos monumentos antiguos. Sólo Dios sabe quién allí los puso. Lo cierto es que ahí están. Y preguntara yo a cualquiera en dónde habían visto los indios antiguos antes de la Conquista obispos vestidos de pontifical, o frailes franciscanos observantes, cuando en toda la Europa no se tenía noticia de tal parte del mundo, y según demuestra la antigüedad de esta obra, el abuelo, ni bisabuelo del Padre San Francisco no habían nacido, y ya aquellas estatuas estaban allí. Cuanto a las de los obispos algunos dirán que en la Etiopía y en la China se han hallado vestigios del apóstol Santo Tomás, y que por aquí querer decir que se fabricarían a honor de algunos obispos que Santo Tomás apóstol consagraría. Esta razón diera alguna luz, a no saber de cierto que los obispos de la primitiva Iglesia no usaban el traje que usan ahora en el vestir de pontifical. Aquél fue totalmente distinto, y el de los sacerdotes para celebrar también. La Iglesia poco a poco en sus concilios los ha ido reformando y determinando. Yo sólo me persuado que el demonio los fabricaría, y me fundo en que en la India los indios no tenían fierro, y por consiguiente tampoco instrumentos para poderlos fabricar. Ellos tenían noticia por los oráculos e ídolos que habían de venir los hijos del Sol, esto es del Oriente, y habían de conquistar aquella tierra; y así creo que el demonio les fabricaría aquellas estatuas y les diría: Hombres como estos, o de este traje, serán los que gobernarán esta tierra. Y esto me parece que es lo más verosímil. Y se hará más creíble por otros monumentos que escribiré en adelante.

Volvimos para la casa, que ya serían las diez del día, porque con el seguro que mis indios dormían descansados, no nos apresuramos. Cuando llegamos, todavía no estaban levantados todos. Yo le dije a Patricio que los levantase y que nos fuéramos para Timaná. Él me respondió: Padre, aquí habemos de aguardar a Antonio y a la china, porque Antonio tiene aquí en un potrero dos yeguas y un caballo, y nos los habemos de llevar. Con esto hube de aguardarme. Hice diligencia entre los indios de San Agustín para enviar por mi cama, pero no hubo quién quisiese ir por ella. Yo, como tenía la hamaca para dormir, no me daba mucho cuidado.

Al anochecer pareció Antonio con la china, ya sana de la hinchazón. Antonio dijo que al amanecer iría por sus bestias, y así fue; pero cuando volvió ya pasaba mediodía. Ello por fin cargaron mis trastes en una bestia y nos fuimos para Timana. Yo me despedí del clérigo, y él me dijo que en breve nos veríamos en Timaná. Caminamos por la sabana toda la tarde y nos cogió la noche en el camino. Ya que hubo anochecido se ofreció haber de pasar un río. Yo que iba tras de las bestias a pasar, me dijo Antonio: Padre, anda a pasar con los otros por el puente. Tenía el río de un lado y otro una línea de arboleda y matorrales que lo ceñía. Yo que por el rumor de los otros hube de ir a tiento para dar con la senda que guiaba al puente, cuando llegué ya habían todos pasado, y hállome con un puente sólo de un palo con veinte varas seguras de largo, y de un lado tirada una cuerda hecha de paja para barandilla o pasamano. Puente y barandilla al pisar en ella todo jamaqueaba, y el puente estaría ocho varas alto del río.

La noche estaba oscura, y al verme yo solo y precisado a pasar, con los vislumbres que daba el agua hasta las piernas me temblaban. Por más que gritaba a la gente, con el ruído del río nada se oía. Por fin yo pasé temblando, con gran trabajo, procurando asentar bien un pie antes de levantar el otro. Cuando llegué a la otra banda, ya los indios se habían alejado bastante, y a lo que salí del monte al pajonal, el ruido de las bestias ya apenas se oía. Así fui caminando por una sendita de a media vara de ancho; y como yo no sabía si iba bien o desviado, iba bastante afligido. Al cabo del rato veo uno que se venía con un tizón de candela en la mano, y fue el caso que viendo que yo no parecía en la casa donde ellos se pararon, sospecharon si me habría caído al río, y venían a buscarme.

Nos encontramos, y me guiaron a la casa. En ella encontré dos mestizas, madre e hija, muy buenas señoras, que me hicieron mucho favor. El marido me dijeron que había días que faltaba, y había ido a la ciudad de Neiva con una recua de mulas cargadas de azúcar. Tenían ellas su buen trapiche y buenos cañaverales, y no lo pasaban mal. A lo que llegué, mandaron a una negra matar un pollo para darme de cenar. Yo sólo lo que  me cayó en gracia fue una especie de montera que llevaban en la cabeza, que según su corte y hechura me pareció adorno de indio, por haber visto a muchos pintados con esta montera. Su material era de bayeta, y formaban en cuatro piezas media naranja que ajustaba la cabeza, y alrededor formaba tres dedos de ala, y ésta remataba en la frente casi en un palmo de ancho. A la parte de atrás llevaba dos estolones de palmo y medio de largo, parecidos a los de las mitras de los obispos. Y todo llevaba su entreforro, y forro de bayeta rosada, siendo ella de bayeta azul. Esta era su gala, e iban ellas con ello muy auténticas.

Después de haber cenado me dijo Patricio: Padre, mañana nosotros de aquí nos vamos a nuestro pueblo. Yo le pregunté si habían de pasar por Timaná, y me respondió que no. Yo le dije que según la contrata que conmigo tuvieron, me habían de llevar mis trastes a Timaná. Entonces me dijo la señora: Padre, no le dé a usted cuidado; que se vayan. Yo le daré avío para Timaná; porque el camino que éstos han de llevar desde aquí se aparta de Timaná, y se va a dar al Andaquí. Yo le pregunté cuánto faltaba para Timaná, y me dijo que siete leguas. Entonces yo, viendo que la señora se ofrecía a darme avío, les dije que se fueran en horabuena. Ellos aquella misma noche se fueron a dormir en la sabana. Ya que se despidieron, díjele a la señora: Yo lo que más siento es que mi cama se quedó en el monte, porque ellos no me la pudieron traer, y en San Agustín no hubo indio alguno que quisiese ir por ella. La señora me dijo: Padre, si mi marido estuviera aquí al instante se la mandara traer, mandando allá un negro del trapiche; pero yo mañana de aquí lo remitiré a casa del amitgero (2) del doctor Valderrama, y un mulato que allí gobierna le despachará un indio de la hacienda, que se la vaya a traer. Con esto ellas sacaron un buen colchón, y en la sala, sobre del estrado, me compusieron una buena cama en que pasé descansada una buena noche. 

Ya que vino la mañana me dieron bien de almorzar: un sancocho y buen guarapo en lugar de vino. Sólo lo que faltaba era el pan, que por allí apenas se conoce pan de trigo; pero se suple con los plátanos, yucas y arepas de maíz, que como yo ya estaba curtido en ello, y en los días anteriores lo había pasado tan mal, me pareció grande regalo. Ya de aquí para adelante mañana, a mediodía, a la tarde y a la noche es general tomar cacao; y de no, raspadura o alfandoque con queso. Este es el postre; y si no, un plato o pilche con miel de caña con queso fresco migado.

Después de haber almorzado, me ensillaron un macho con una silla, y en otro se cargaron mis trastes; y acompañado de un negro, partí para casa del amitgero. Llegamos allá cerca de las cuatro de la tarde. Se dio recado de la señora al caporal, el cual destinó un indio para que de pronto hiciese cocave, y que al otro día en amaneciendo fuera por mi cama. Yo le dije el puesto en donde la dejé advirtiéndole que si topaba unos indios timanecos, que encontramos que iban a Almaguer, si la traían, que se viniese junto con ellos. Yo me quedé allí aquella noche, y una señora que vivía allí cerca me mandó un saparo lleno de aguacates, fruta que yo hasta entonces ni había probado ni visto. Sólo sí la había oído nombrar y encarecer por muy buena. Luego la quise probar, y me pareció muy insípida y desabrida. Yo viendo que no era de mi gusto, la quise repartir entre los negros e indios de la casa; pero el mulato caporal me contuvo diciéndome que en Timaná la apreciarían mucho, y que me la llevase. Con todo, repartí medio saparo, y los que quedaron, el otro día me los llevé para regalar en llegando a Timana.

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